Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.


Capítulo 19

No resultó muy difícil que adelantaran la fecha de la boda.

Cuando iba de vuelta a casa en Bloomsbury (después de hacer entrar sigilosamente a una muy despeinada y desarreglada Isabella en su casa de Mayfair) a Edward se le ocurrió que podría haber un muy buen motivo para celebrar la boda más pronto.

Claro que era improbable que ella hubiera quedado embarazada en ese solo encuentro amoroso. Además, tuvo que reconocer, si hubiera quedado embarazada, el hijo sería un bebé ochomesino, lo cual no era tan terriblemente sospechoso en un mundo lleno de hijos nacidos a sólo seis meses de la boda.

Por no decir que los primeros bebés solían tardar más en nacer (ya tenía bastantes sobrinas y sobrinos para saber que eso era así), con lo que el hijo nacería a los ocho meses y medio, lo cual no era nada insólito.

Así que en realidad no había una necesidad urgente para adelantar la boda.

Aparte de que él deseaba adelantarla.

Así pues, tuvo una «charlita» con las dos madres, en la que, como si tal cosa, dejó caer vagas insinuaciones y circunloquios que daban a entender muchísimo sin decir nada explícito, y ellas se apresuraron a aceptar su plan de precipitar la boda.

Sobre todo dado que «posiblemente» él las llevó a creer erróneamente que sus «intimidades» con Isabella habían ocurrido hacía ya unas cuantas semanas.

Ah, bueno, unas pocas mentirijillas no son una transgresión tan grande cuando se dicen para servir a un bien mayor.

Y una boda apresurada, reflexionaba cuando estaba en la cama cada noche, reviviendo esa noche con Isabella y deseando ardientemente que ella estuviera a su lado, decididamente servía a un bien mayor.

Las madres, que se habían hecho inseparables esos últimos días preparando la boda, protestaron al principio, preocupadas por las desagradables habladurías (que en ese caso serían ciertas), pero lady Whistledown vino en su rescate de un modo totalmente indirecto.

Los cotilleos en torno a lady Whistledown y Cressida Twombley, y sobre si las dos eran o no la misma persona, hacían furor como nada visto u oído en Londres hasta el momento. De hecho, las habladurías eran tan ubicuas, tan absolutamente imposibles de evitar, que nadie se paró a pensar en el cambio de fecha de la boda Cullen-Swan.

Lo cual venía muy bien a los Cullen y a las Swan.

Con la excepción, quizá, de Edward e Isabella, que no se sentían particularmente cómodos cuando la conversación pasaba al tema de lady Whistledown. Isabella ya estaba acostumbrada, por supuesto; en esos diez últimos años no pasaba un mes sin que alguien hiciera alguna ociosa elucubración en su presencia acerca de lady Whistledown. Pero Edward seguían tan molesto y furioso por su vida secreta que ella había empezado a sentirse incómoda. Varias veces había intentado tocar el tema, pero él se cerraba en banda y le decía que no quería hablar de eso (en un tono muy poco característico de él).

Sólo podía deducir que él se avergonzaba de ella, y no ella exactamente, de su trabajo como lady Whistledown; y eso era como un golpe en el corazón, porque ese trabajo de escribir era la única parte de su vida que podía señalar con mucho orgullo y sensación de logro. Había hecho «algo». Se había convertido en un gran éxito, aun cuando no pudiera poner su nombre en su trabajo. ¿Cuántos de sus contemporáneos, hombres o mujeres, podían afirmar lo mismo?

Bien podía estar dispuesta a dejar atrás a lady Whistledown y vivir su nueva vida como la señora de Edward Cullen, pero eso no significaba de ninguna manera que se avergonzara de lo que había hecho.

Ay, si Edward pudiera enorgullecerse también de sus logros.

Ah, sí que creía con todas las fibras de su ser que él la amaba. Edward jamás mentiría en algo así. Podía recurrir a muchas palabras ingeniosas y pícaras sonrisas para hacer sentirse feliz y satisfecha a una mujer sin decir palabras de amor que no sentía. Pero tal vez era posible, y habiendo observado el comportamiento de él ya estaba segura de que era posible, que alguien pudiera amar a una persona y de todos modos avergonzarse de ella y sentir desagrado.

Simplemente no se había imaginado que eso pudiera doler tanto.

Una tarde en que iban caminando por Mayfair, cuando sólo faltaban tres días para la boda, volvió a intentar sacar el tema. Por qué, no lo sabía, ya que no podía imaginarse que su actitud hubiera cambiado desde la última vez que lo hizo, pero no pudo refrenarse. Además, esperaba que el hecho de ir por la calle, donde podía verlos todo el mundo, lo obligaría a mantener la sonrisa en la boca y escuchar lo que tenía que decirle.

Calculó que a la distancia que estaban de la casa Número Cinco, donde los esperaban para tomar el té, tendrían cinco minutos para conversar antes de que él la hiciera entrar en la casa y cambiara el tema.

—Creo que tenemos un asunto inconcluso del que debemos hablar —dijo.

Él arqueó una ceja y la miró con curiosidad, pero con una sonrisa juguetona. Ella sabía exactamente cuál era su intención, utilizar su encanto e ingenio para desviar la conversación a lo que él quisiera. En cualquier instante esa sonrisa iba a adquirir ese sesgo infantil y diría algo para cambiar el tema sin que ella se diera cuenta, algo como…

—¿No es algo muy serio para un día tan soleado?

Ella decidió no perder la paciencia.

—Edward, me gustaría que no intentaras cambiar el tema cada vez que hablo de lady Whistledown.

—Me parece que no te oí mencionar su nombre, o supongo que debería decir «tu» nombre —dijo él en tono tranquilo, controlado—. Además, lo único que hice fue alabar el buen tiempo.

Isabella sintió un fuerte deseo de plantar los pies firmemente sobre la acera y obligarlo a detenerse, pero estaban en público (culpa de ella, claro, por elegir ese lugar para iniciar la conversación), por lo tanto continuó caminando, con paso tranquilo, aunque los dedos se le enroscaron en pequeños puños.

—La otra noche, cuando publicaron mi última hoja, estabas furioso conmigo.

—Ya se me pasó —dijo él, encogiéndose de hombros.

—No lo creo.

Él giró la cabeza y la miró con una expresión de superioridad.

—¿Y ahora me vas a decir lo que siento?

Ese golpe bajo no podía quedarse sin respuesta.

—¿No es eso lo que debe hacer una esposa?

—Todavía no eres mi esposa.

Isabella contó hasta tres, luego decidió continuar hasta diez, antes de contestar:

—Lamento si lo que hice te molestó, pero no tenía otra opción.

—Tenías todas las opciones del mundo, pero de ninguna manera voy a discutir ese asunto aquí en Bruton Street.

Y estaban en Bruton Street. Vaya, tonta, había hecho el cálculo de distancia y tiempo sin tomar en cuenta el paso que llevaba. Sólo les quedaba un minuto más o menos para llegar a la escalinata de la casa.

—Te aseguro que la que tú sabes no saldrá nunca más de su retiro.

—No tengo palabras para expresar mi alivio.

—Desearía que no fueras tan sarcástico.

Él se volvió a mirarla con los ojos relampagueantes. Su expresión era tan distinta a la de moderado aburrimiento que tenía sólo un instante antes que ella casi retrocedió un paso.

—Ten cuidado con lo que deseas, Isabella. El sarcasmo es lo único que mantiene a raya mis verdaderos sentimientos. Y te aseguro que no los deseas a plena vista.

—Creo que sí lo deseo —dijo ella, con una vocecita débil, porque no sabía si deseaba verlos.

—No pasa un día sin que me vea obligado a pararme a pensar qué demonios voy a hacer para protegerte si se descubre tu secreto. Te amo, Isabella. Dios me asista, pero te amo.

Isabella habría pasado muy bien sin esa súplica a Dios, pero la declaración de amor le sentó muy agradablemente.

—Dentro de tres días —continuó él— seré tu marido. Haré la solemne promesa de protegerte hasta que la muerte nos separe. ¿Entiendes lo que significa eso?

—¿Me salvarás de minotauros merodeadores?

La expresión de él le dijo que no encontraba nada divertido eso.

—Cómo querría que no estuvieras tan enfadado —musitó.

Él la miró con expresión de incredulidad, como si pensara que ella no tenía ningún derecho a decir nada.

—Si estoy enfadado se debe a que no me gustó saber lo de tu última hoja al mismo tiempo que todos los demás.

Ella asintió, cogiéndose el labio inferior entre los dientes.

—Te pido disculpas por eso. Sí que tenías derecho a saberlo antes, ¿pero cómo podría habértelo dicho? Habrías intentado impedírmelo.

—Exactamente.

Estaban a sólo unas casas de la Número Cinco. Si quería preguntarle algo tendría que hacerlo rápido, pensó ella.

—¿Estás seguro…?

Se interrumpió, no sabía si deseaba terminar la pregunta.

—¿Estoy seguro de qué?

Ella negó con la cabeza.

—Nada, no es nada.

—Es evidente que es algo.

Simplemente se me ocurrió… —Miró hacia un lado, por si la vista del paisaje urbano le daba el valor que necesitaba para continuar—. Estaba pensando…

—Suéltalo, Isabella.

Era tan raro que él hablara en ese tono cortante que eso la catapultó a seguir:

—Estaba pensando si tal vez tu inquietud por mi… mi…

—¿Vida secreta? —suplió él, con voz arrastrada.

—Si lo quieres llamar así. Se me ocurrió que tal vez tu inquietud no nace totalmente de tu deseo de proteger mi reputación si se descubriera.

—¿Qué quieres decir exactamente? —preguntó él en tono abrupto.

Ella ya había hecho la pregunta; no le quedaba más remedio que contestar sinceramente.

—Creo que te avergüenzas de mí.

Él la miró fijamente tres segundos completos y al final dijo:

—No me avergüenzo de ti. Ya te lo dije una vez.

—¿Qué, entonces?

A él le vacilaron los pies y antes de darse cuenta estaba detenido ante la puerta de la casa Número Tres. La casa de su madre estaba dos casas más allá, y estaba bastante seguro de que los estaban esperando desde hacía cinco minutos, y…

Y no lograba que se le movieran los pies.

—No me avergüenzo de ti —repitió, principalmente porque no lograba decidirse a decirle la verdad, que le tenía envidia, que envidiaba su éxito, que la envidiaba a ella.

Ese era un sentimiento muy feo, una emoción muy desagradable; lo corroía, produciéndole un vago sentimiento de vergüenza cada vez que alguien sacaba a relucir a lady Whistledown, lo cual, dado el tenor del momento de los cotilleos de Londres, ocurría más o menos diez veces al día. Y no sabía qué hacer al respecto.

Su hermana Daphne le comentó un día que él siempre sabía qué decir, siempre sabía poner cómodos a los demás. Había pensado en eso varios días después que ella se lo dijo, y llegado a la conclusión de que su capacidad de hacer sentirse bien consigo mismos a los demás debía provenir de sus sentimientos consigo mismo.

Era un hombre que siempre se sentía absolutamente a gusto en su piel.

No sabía a qué se debía ese don, tal vez a que tuvo buenos padres, tal vez era simple suerte. Pero ese último tiempo se sentía violento, incómodo y eso se iba extendiendo a todos los detalles de su vida. Le ladraba a Isabella, escasamente hablaba en las fiestas.

Y todo se debía a su detestable envidia y a la vergüenza que la acompañaba.

¿O no?

¿Se sentiría tan envidioso de Isabella si no notara ya una carencia en su vida?

Esa era una interesante pregunta desde el punto de vista psicológico, al menos lo sería si se refiriera a otra persona, no a él.

—Mi madre nos está esperando —dijo secamente, sabiendo que eludía el problema, y odiándose por eso, pero incapaz de hacer otra cosa—. Y estará tu madre ahí también, así que es mejor que no nos retrasemos.

—Ya estamos retrasados —observó ella.

Él le cogió el brazo y la levó hacia la casa Número Cinco.

—Mayor razón para no quedarnos aquí.

—Me eludes —dijo ella.

—¿Cómo te eludo si estoy aquí contigo con mi mano en tu brazo?

Ella lo miró ceñuda.

—Has eludido mi pregunta.

—Lo hablaremos después, cuando no estemos en medio de Bruton Street, con sólo el cielo sabe cuántas personas mirando por sus ventanas.

Entonces, para demostrar que no aceptaría más protestas, le puso una mano en la espalda y la empujó, sin mucha suavidad, para que empezara a subir la escalinata.

.

.

.

.

Una semana después no había cambiado nada aparte de su apellido, pensaba Isabella.

La boda fue mágica, una ceremonia y fiesta discretas, para gran consternación de la sociedad londinense. Y la noche de bodas, bueno, también fue mágica.

Y el matrimonio era mágico en realidad. Edward era un marido maravilloso:

Simpático, pícaro, amable, atento…

A excepción de cuando surgía el tema lady Whistledown.

Entonces se volvía…, bueno, ella no sabía bien en qué se convertía, aparte de que no era él mismo. Desaparecía su encanto, su locuacidad, todo lo maravilloso que lo hacía ser el hombre que amaba desde hacía tanto tiempo.

En cierto modo era casi divertido. Durante mucho tiempo todos sus sueños habían girado en torno a casarse con ese hombre. Y de pronto en esos sueños comenzó a aparecer el momento en que ella le revelaba tímidamente su secreto. Él reaccionaba con incredulidad al principio y luego con entusiasmo y orgullo. Qué extraordinaria era ella al haber engañado a todo Londres durante años; qué ingeniosa al escribir esas frases tan bien redactadas. Le admiraba la inventiva, le alababa el éxito. En algunos sueños él incluso le sugería la idea de ser él su informante secreto.

Le había parecido el tipo de cosa que a él le gustaría, justo el tipo de tarea divertida, enrevesada, que él disfrutaría.

Pero las cosas no resultaron así.

Él decía que no se avergonzaba de ella, y tal vez incluso creía que eso era cierto, pero ella no conseguía creerle. Le vio la cara cuando él juró que lo único que deseaba era protegerla. Pero ese deseo de protegerla era un sentimiento enérgico, fiero, ardiente, y cuando Edward hablaba de lady Whistledown sus ojos se tornaban inexpresivos y sosos.

Trataba de no sentirse desilusionada. Se decía que no tenía ningún derecho a esperar que Edward estuviera a la altura de sus sueños, que la visón que ella tenía de él era injustamente idealizada, pero…

Pero seguía deseando que fuera el hombre que había soñado.

Y se sentía culpable por cada punzada de desilusión. ¡Ese era Edward!

Edward, por el amor de Dios. Edward, que estaba tan cerca de la perfección como cualquier ser humano podría esperar estar. Ella no tenía ningún derecho a encontrarle defectos, pero…

Pero se los encontraba.

Deseaba que él se enorgulleciera de ella. Eso lo deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo, más aún de lo que lo deseaba a él todos esos años en que lo observaba desde lejos.

Pero apreciaba y valoraba su matrimonio, y aparte de esos momentos violentos, apreciaba y valoraba a su marido. Así que dejó de mencionar a lady Whistledown; estaba cansada de la expresión velada de Edward. No deseaba verle esas arruguitas de tensión alrededor de la boca.

Y no era que se pudiera evitar eternamente el tema; en cada incursión que hacían en la sociedad era inevitable que saliera a relucir su alter ego. Pero no tenía para qué poner el tema en casa.

Así fue como una mañana durante el desayuno, mientras conversaban amistosamente y echaban una mirada al diario de esa mañana, ella intentó encontrar otros temas.

—¿Te parece que hagamos un viaje de luna de miel? —le preguntó, extendiendo una generosa capa de mermelada de frambuesas en su panecillo.

Tal vez no debería comer tanto, pensó, pero la mermelada estaba francamente deliciosa y, además, siempre comía mucho cuando estaba nerviosa. Frunció el ceño, primero mirando el panecillo y luego a nada en particular. No se había dado cuenta de que estuviera tan nerviosa. Había creído que sería capaz de meter el problema de lady Whistledown en algún recóndito recoveco de la mente.

—Tal vez más avanzado el año —contestó Edward, alargando la mano hacia el plato de mermelada—. ¿Me pasas la tostada, por favor?

Ella se la pasó en silencio.

Él levantó la vista, o bien para mirarla a ella o la fuente con arenques ahumados, era difícil saberlo.

—Pareces decepcionada.

Tal vez debería sentirse halagada porque él levantó la vista de su comida.

O igual fue para mirar los arenques y ella estaba en el medio; lo más probable era que fuera eso; era difícil competir con la comida por la atención de Edward.

—¿ Isabella?

Ella pestañeó.

—¿Te dije que pareces decepcionada?

—Ah, sí, bueno, supongo que lo estoy —lo miró con una sonrisa trémula—. Nunca he estado en ninguna parte y tú has estado en todas.

Supongo que pensaba que podrías llevarme a alguna parte que te haya gustado especialmente. A Grecia, tal vez, o a Italia. Siempre he deseado visitar Italia.

—Te gustaría —musitó él distraído, su atención más puesta en los huevos que tenía en el plato que en ella—. Venecia sobre todo, creo.

—¿Entonces por qué no me llevas?

—Te llevaré —dijo él, cogiendo un trozo de beicon con el tenedor y metiéndoselo en la boca—. Sólo que no ahora.

Isabella lamió un poco de mermelada del panecillo y trató de no parecer demasiado afligida.

—Si has de saberlo —suspiró Edward—, el motivo de que no quiera que nos marchemos es… —Miró hacia la puerta abierta y frunció los labios, molesto—. Bueno, no lo puedo decir aquí.

Isabella agrandó los ojos.

—¿Quieres decir…? —dibujó una enorme W sobre el mantel.

—Exactamente.

Ella lo miró sorprendida, un tanto sobresaltada. Le asombraba que él hubiera puesto el tema y más aún que no pareciera terriblemente molesto.

—¿Pero por qué? —preguntó al fin.

—Si llegara a descubrirse el secreto —dijo él, enigmáticamente, por si hubiera algún criado cerca, que era lo habitual—, quiero estar aquí para controlar el daño.

Isabella se desinfló en su silla. Nunca encontraba agradable que la llamaran un daño, que era lo que él acababa de hacer. Bueno, indirectamente al menos. Miró fijamente su panecillo, tratando de determinar si tenía hambre.

No tenía hambre, en realidad.

Pero se lo comió de todos modos.


Mmm ya se asoman los problemas al paraiso!