Enero se dignó a aparecer con las primeras luces del alba de un nuevo día en Islandia, en las tierras de Höfn. A las cinco de la mañana, la fría brisa, la nieve y el tintineo de unas tímidas gotas del aguacero de anoche provocaban una sensación intensa y húmeda que calaba hasta los huesos. Sin embargo, los habitantes de Höfn estaban tan acostumbrados que recibieron al frío como un viejo amigo. A pesar de las modernas tecnologías y de los muchos avances, había un pueblo mas cercano a la naturaleza que sentía cierta aversión a estos avances. Preferían la calidez de una hoguera, un estofado bien hecho en una cazuela a fuego lento y el cobijo de unas gruesas mantas de piel. Todos se espabilaron en cuanto el primer rayo de sol se coló por las ventanas de las casas: las mujeres se preparaban gentilmente para ir al mercado y comprar el pan recién hecho para desayunar, los hombres iban al trabajo y los mas pequeños se sentaban en los salones a ver la tele hasta que sus madres volvían para el desayuno. Era una rutina a la que estaban acostumbrados y que sólo se veía interrumpida con la visita de mercaderes de otros pueblos, alguna exhibición con el objetivo de entretener o alguna que otra temporada de cacería. En las inmediaciones de aquel pueblo, se extendía un bosque, no era grande, de hecho, Islandia era más bien una isla enteramente volcánica y llena de montañas donde escaseaban los arboles, y en invierno ese detalle se apreciaba con creces. Afortunadamente, el pueblo gozaba de un pequeño y agradecido de bosque que les proveía de leña y de una fauna lo suficientemente buena como para permitirse ir a cazar. La nevada, ese año, no había sido muy fuerte, de hecho, en un valle que se extendía entre las infraestructuras y parte del bosque se podía visualizar hierba fresca y verde. Y era todo un lujo, en primavera incontables caballos migraban desde otras partes de Islandia y corrían veloces por grandes extensiones como valles, laderas y colinas y era una belleza verlos en todo su esplendor salvaje.
La brisa terminó por arrancar una hoja de la rama de un árbol y descendió con un ligero vaivén de izquierda a derecha, giró varias veces y reposó suavemente en un bulto oculto por la nieve. Una cabra que andaba cerca de allí, olfateó desconcertada por un olor que no identificaba, agitó sus fosas nasales y clavó las pezuñas en la masa blanca mientras avanzaba lentamente. Se topó con el bulto y pegó el morro antes de darle un tímido golpe para ver si reaccionaba. Silencio. Emitió un sonido parecido al de una vaca y volvió a moverlo, en esta ocasión la nieve se movió y la cabra retrocedió unos pasos, sobresaltada. Unos dedos pálidos emergieron y una mata oscura logró salir del sepulcro blanco en el que se encontraba. En cuestión de minutos, medio cuerpo había salido de la nieve y Harry abrió los ojos por primera vez desde que tenia memoria. Mientras su vista se esforzaba por enfocar mejor, todo lo que podía ver era blanco, blanco, blanco y mas blanco, quizás alguna forma oscura y difuminada, pero eso era todo. Sus oídos fueron conscientes entonces de los gemidos de la cabra, parecía nerviosa, como si no le hubiese gustado aquel extraño. Cálmate, por dios, cálmate, pensó, irritándose por momentos. El zumbido retumbaba en sus oídos con fuerza y lo incomodaba enormemente, pero el animal bufó en sus narices y sintió sus pezuñas en su espalda. Se tensó de repente.
- ¡Lárgate! -rugió, abriendo la boca y mostrando unos colmillos que surgieron de sus encías, producto de su irritación. La cabra lanzó una exclamación de horror y sorpresa, se alzó con sus patas delanteras y huyó muerta de miedo. Tardó unos minutos en recuperar el aliento y que sus colmillos volvieran a su sitio. Estaba débil, se sentía débil, como si hubiera estado durmiendo mucho mucho tiempo. Pero la pregunta importante era: ¿dónde estaba?; obviamente no lo sabia, pero de algo si estaba seguro, y es que no veía Hogwarts por ningún lado, ni la casa de Hagrid, ni el Bosque Prohibido, ni nada familiar a su alrededor. Lo único que veía era nieve, nieve y mas nieve, a ese paso acabaría por cogerle manía al invierno. Por lo pronto, tenia que levantarse, y a juzgar por el entumecimiento de sus músculos y el cansancio general en todo su cuerpo, no iba a ser fácil. Diez minutos pasaron hasta que por fin logró incorporarse y tambaleándose, se sujetó al tronco de un árbol, sacudió la cabeza un par de veces y retiró la nieve de su ropa.
- ¿Dónde estoy? -volvió a preguntarse, quizás por quinta vez en aquel tiempo. Sus últimos recuerdos eran confusos y caóticos, lo único que podía hacer ahora era caminar, caminar y caminar. Y eso hizo. A paso lento y seguro, pero sobre todo, tremendamente lento, acostumbrando de nuevo a sus músculos a funcionar adecuadamente, el frío no suponía un problema dada su alta temperatura corporal, en cambio la nevada era todo un incordio. Transcurrido un buen rato, ya había adoptado un buen ritmo de caminata y avanzaba mas y mas a través de aquel bosque oculto por extensas y tupidas mantas blancas, sin embargo, pronto tuvo otro serio problema: el hambre. Se detuvo en seco y sus fosas nasales aspiraron con fuerza el aire frío de aquella mañana mientras cerraba los ojos, concentrado. Sus pupilas estaban dilatadas cuando los abrió y casi sin pensar, siguió el olor que había captado. No tardó en encontrar a su presa: un reno, un reno adulto que tenia un aspecto muy tierno. La boca se le hizo agua y su estómago rugió al mismo tiempo que su naturaleza lobuna. Estuvo a punto de abalanzarse sobre él cuando otro ruido lo incitó a esconderse, justo en ese instante una flecha silbó en el aire y se clavó en el costado del reno, éste soltó una exclamación de dolor y y pateó el suelo, enloquecido, otra flecha se unió a su gemela y acertó en su yugular. En cuestión de minutos, el animal se desplomó sin vida, el cazador hizo acto de presencia con un pastor alemán y comprobó que no tenia pulso. Harry estaba echando chispas, bueno, mejor dicho, el lobo de su interior echaba chispas ante la escena, ese hombre le estaba arrebatando su presa, el hambre estaba aumentando por momentos y se vio a si mismo, atemorizado con la idea de perder el control. El cazador ató las patas traseras del reno con una cuerda y la unió con un trineo que había traído, para arrastrar al animal con él. Harry apretó los dientes, la sangre del reno le llegaba como un perfume y ya sentía ese familiar cambio en sus encías y sus dedos. Tenia mucha hambre, demasiada. El pastor alemán, de pronto, empezó a ladrar como un loco.
- ¿Qué pasa, muchacho? ¿has visto algo? -preguntó el cazador, en un idioma que Harry no entendió. El perro ignoró a su dueño y siguió ladrando en la dirección del escondite del muchacho. El ojiverde dejó entrever el filo de uno de sus colmillos, frente al canino y éste le respondió de la misma manera. Los pastores alemanes no eran lobos, pero tenían el tamaño ideal para combatirlos si querían. La única diferencia es que Harry no era un lobo cualquiera precisamente.
- Ya basta, chico, ahí no hay nada, seguramente es… -lo riñó pero entonces vio la silueta de Harry en el arbusto donde estaba oculto- ¡eh, tú!, ¿qué haces ahí? ¿quién eres?.
Descubierto, no tuvo mas remedio que salir de su escondite y enfrentarse al cazador, no entendió ni una palabra. El pastor alemán le ladró de nuevo, inquieto y alterado y el hombre lo sujetó del collar con fuerza. Harry dio un paso atrás y reprimió a duras penas responder a las provocaciones del animal, estaba tenso, muy tenso y de apretar los puños, seguramente tendría marcas en las palmas de sus manos.
- Tranquilo, Blazel, tranquilo, muchacho -tiró suavemente del perro para que no se acercara al joven. Lo miró de arriba a abajo con desconfianza- oye, ¿qué haces aquí?, ¿te conozco?
- … -quiso decirle que no le entendía nada pero de repente, Blazel se soltó ágilmente de su dueño y se abalanzó sobre él con violencia, atrapando su brazo entre los dientes. Cayó de espaldas sobre el duro suelo cubierto de nieve y el poco autocontrol que había conseguido se fue a la letrina.
- ¡Blazel! -lo llamó el dueño, sorprendido por su ataque. Harry se revolvió con el perro y lo apartó de un empujón, lejos de él. Blazel se quejó al rebotar, se incorporó y le gruñó al muchacho. Harry le respondió con otro gruñido mas grave y sus colmillos quedaron a la vista del cazador que abrió los ojos como platos y empezó a hablar atropelladamente. El pastor alemán volvió a la carga y los dos volvieron a enzarzarse en una brusca pelea entre colmillos, garras y gruñidos, debía reconocer que el canino tenia fuerza y energía pero el hambre pudo mas que su sentido común y alzó su brazo para asestarle el golpe definitivo. El chasquido de un arma frenó su ataque y volteó lentamente el rostro hacia el cazador, éste empuñaba una escopeta y lo apuntaba con firmeza.
- Suelta… a Blazel ¡ahora! -vociferó con voz temblorosa. A Harry no le hizo falta entender su idioma para saber sus intenciones y lo fulminó con la mirada, el hombre tembló de miedo de pies a cabeza ante la ferocidad de su mirada pero no bajó el arma. Ignorando su amenaza, se volvió hacia el perro, que se retorcía en la nieve bajo su férreo agarre y descendió su garra hacia él. Un estallido rompió el equilibrio del bosque en ese mismo instante y la bala impactó en su hombro, atravesándolo, su cuerpo se congeló pero la cosa no quedó ahí, el cazador volvió a cargar y apretó el gatillo, desesperado porque reaccionara aquella criatura que parecía humana, y ésta vez el proyectil fue a parar a su baja espalda, incrustándose en su piel. El pastor alemán logró salir de aquella cárcel, un poco magullado, al mismo tiempo que Harry se desplomaba en la nieve, ésta empezó a tornarse de color carmesí. Temblando, el cazador ni se molestó en mirar si estaba muerto o no, dejó la escopeta en el trineo, amarró el perro al trineo y salió disparado todo lo rápido que pudo.
Hubo un largo silencio, como si el bosque no tuviera vida y estuviera haciendo un funeral. Entonces, la bala incrustada en la espalda de Harry se agitó y poco a poco, su cuerpo la expulsó y rodó hasta el suelo, enterrada en el manto blanco, sus células regeneraron la zona dañada y la herida desapareció como si nunca hubiese existido. El hombro agujereado corrió la misma suerte y volvió a estar sano y fuerte. Entonces Harry abrió los ojos.
El repiqueteo constante del trineo contra el suelo desequilibraba la paz del bosque pero eso al cazador le importaba bien poco. Llevaba un buen rato, obligando a Blazel a correr como un auténtico loco, huyendo de aquel, de aquel… animal o que sabia él qué era eso. El pobre perro jadeaba violentamente, estaba agotado, el peso de su dueño y del reno adulto empezaba a hacer mellas en sus músculos. Sólo cuando pudo visualizar una fina linea de color madera, tiró de las riendas y frenó gradualmente a Blazel, éste lo agradeció enormemente y el trineo rozó con mimo el blando suelo por primera vez en mucho rato. De repente, el perro alzó las orejas y gimoteó casi al instante, forcejeó con el agarre de las riendas, queriendo liberarse.
- Blazel, cálmate, hombre. Ya estamos llegando y te daré un buen trozo de esa preciosidad que tengo… -musitó antes de que su voz desapareciera de sus cuerdas vocales. Porque al voltear la cabeza para mirar su trofeo conseguido, justo encima de ella, se encontraba un Harry agazapado y poco humano. El hombre pudo atinar a lanzar un grito de horror y por puro instinto, se arrojó trineo fuera y empezó a rodar mientras se alejaba. No podía ser, ¡lo había matado!, ¡lo había matado!, dos balazos y ahora había vuelto para atormentarlo. Se puso de pie a trompicones y corrió con toda la fuerza de sus piernas para salvar su vida, unos blancos colmillos aparecieron en su campo de visión de repente, volvió a gritar y desvió el rumbo sin disminuir la velocidad, resbalando un poco cuesta abajo. Podía sentirlo, esa presencia aterradora, lo perseguía y el miedo lo empujaba una y otra vez a correr y correr hasta desfallecer en el intento.
A un kilometro de distancia, había un pueblo pesquero de diez casas al lado de un puerto. Los gritos del cazador llegó a sus oídos dada la intensidad empleada y los habitantes se mostraron inquietos, temiendo por un compañero suyo. Así que mandaron a un grupo de cinco hombres al bosque con escopeta y a horcajadas en caballos islandeses y emprendieron la búsqueda para encontrarlo.
Unos ojos verdes como la esmeralda y tan salvajes y feroces como el mismo infierno lo helaron y antes de que pudiera reaccionar, el aire abandonó sus pulmones y cayó de rodillas en la nieve. Alzó la cabeza al cielo por última vez, su cuerpo se dejó caer a un lado y enseguida un charco de sangre pobló la zona. La sangre provenía de una garganta abierta de par en par, destrozada y sirviendo como fuente de vida de un intenso color rojo.
Cuando los hombres del puerto llegaron al bosque, se dividieron y no tardaron en cubrir un buen perímetro y encontrar dos escenas diferentes pero al mismo tiempo igualmente aterradoras: en una escena, estaba el trineo del cazador completamente vacío, no estaba el reno y las riendas estaban intactas, y a unos metros de él, estaba el pastor alemán completamente despedazado y el vientre abierto de par en par; y en otra escena, estaba el cazador con la ropa hecha trizas, sin garganta y demacrado por mordiscos y arañazos. Por un momento, el pánico se adueñó de ellos, no era usual ver aquel tipo de carnicerías en Höfn y menos de tal grado pero lo cierto era que un animal salvaje y feroz andaba suelto por ahí y no dudaba en matar a personas. Sólo esperaban que aquello no fuera mas grave de lo necesario porque sino, tendrían que tomar medidas muy serias.
Sin duda alguna, estaba gozando de su recién adquirido festín. La carne del reno era tierna y llena de grasa, en el invierno, aquellas criaturas se aprovechaban de su propia grasa para mantener el calor en su cuerpo, de esa manera no pasaban tanto frío. Dio buena cuenta del estómago y los intestinos con oscura satisfacción mientras su hambre se apaciguaba con lentitud y placer. Pero su banquete fue interrumpido por la cercanía de varios hombres, posiblemente los mismos que encontraron los cadáveres y habían seguido su pista. Enseguida estuvieron en su campo de visión y escuchó las cargas de sus armas, esquivó una bala con agilidad, alejándose de su preciada presa y con un rugido de frustración, se transformó delante de ellos. Sin ningún atisbo de humanidad, los despedazó a todos, abrió estómagos y gargantas, partió escopetas en dos, los derribó de sus monturas, quebró huesos y columnas y antes de que se diera cuenta, tenia a sus pies todo un arsenal de carne, huesos y carne fresca entre humanos y caballos. Satisfecho, se lamió los colmillos ensangrentados y aulló al cielo, dispuesto a disfrutar.
Harry abrió los ojos bruscamente y su cuerpo salió propulsado hacia adelante. El viento le dio la bienvenida a su despertar con el aroma salado del mar y parpadeó confuso. ¿Qué había pasado?, su mente le respondió por él: el cansancio, la nieve, el hambre, el perro, el cazador, el reno, su descontrol. Se miró las manos, la sangre se había secado y ahora tenían un tono rojizo y marrón bastante sucio. El peso de la culpa le sentó como una maza, como un yunque en sus hombros y en su cabeza, había matado a un hombre inocente y sin darse cuenta, el lobo de su interior había tomado las riendas de su cuerpo y loco por el hambre, sus acciones habían sido devastadoras. Su cuerpo y sus ropas presentaban marcas de lo sucedido horas antes y su descontrol fue tal que se había desmayado. El sol lo cegó entonces con su resplandeciente luz y eso pareció espabilarlo y captar de nuevo el olor del mar, se levantó sin fuerzas y se dejó guiar por su olfato. La silueta azul con destellos dorados del sol apareció ante sus ojos y no dudó en correr hacia ella, el hielo del agua impactó con violencia en su piel pero ni siquiera ésta se erizó, lo agradeció enormemente porque calmaba ese ardor característico en su condición, se lavó las manos y la cara concienzudamente hasta que la sangre y la suciedad desaparecieron. Se zambulló varias veces y nadó con energías, descargando todas aquellas emociones negativas que sentía por lo que había hecho. Tienes un lado salvaje en tu interior, Harry, no es ninguna tontería. Puede volverse contra ti cuando le plazca, hasta que aprendas a controlarlo por completo y eso requiere tiempo. Las palabras de Luna hicieron eco en sus recuerdos y no pudo mas que apretar los dientes y golpear el agua con rabia, ojalá no hubiera sido tan estúpido como para perseguir al licántropo que persiguió aquella noche. Ahora no seria un licántropo peligroso y feroz que podía descontrolarse cuando sólo sentía un hambre voraz. Sin embargo, también debía de preocuparse de otras cosas, como por ejemplo, dónde estaba y si había alguna manera de salir de aquel lugar, sin varita para teletransportarse, esta última opción iba a ser difícil. Salió de la playa empapado de pies a cabeza y terminó de romper su camisa que estaba hecha jirones y muy sucia, se quitó las gafas, dejó que resbalara el agua acumulada y volvió a ponérsela sin preocuparse por algunas gotas. Escrutó a su alrededor, buscando algún punto donde pudiera viajar ahora, y ésta vez debía andarse con mucho cuidado, avistó una sombra a lo lejos y creyó que era un barco o algo parecido, donde hay barcos, hay un puerto o un muelle. Antes de empezar la marcha, se deshizo de sus zapatos y y sus calcetines y se remangó las patas del pantalón.
Su primera impresión fue de absoluta quietud y tranquilidad. Un letrero colgaba de una especie de arco con conchas y algo parecido a espinas de algún pez, que decía: Velkomið að höfn þorski. Frunció el ceño, mosqueado por no saber qué significa, aunque la palabra höfn le sonaba de algo. No había nadie custodiando la entrada ni nada por el estilo así que se decidió a franquear por delante del letrero. No sabia qué hora podía ser, pero a juzgar por el gentío en las calles calculaba que las doce de la mañana, oyó el grito de un mercader vendiendo pescado, a una mujer insultando y echando a un indeseable de su tienda de mercería, a varios niños jugando en la nieve. Era el pueblo mas tranquilo que había pisado hasta ahora y el hecho de que estuviera pegado a un puerto, se acrecentaba esa tranquilidad, el mar era perfecto para calmar hasta la bestia mas feroz. Sacudió ese pensamiento de su cabeza. Era evidente también que el olor a pescado era muy intenso, en especial el bacalao y se vio obligado a arrugar la nariz, y casi estuvo a punto de sentir naúseas. La distribución de las casas de no era uniforme, al contrario, estaban dispersas, por lo que había mucho terreno libre para los carromatos, los caballos, los trineos, los juegos de los niños y muchas otras cosas. El muelle se vislumbraba varias calles mas abajo, del tamaño adecuado para diez barcos aproximadamente y un dique rodeaba todo el perímetro del pueblo para que las olas rompieran y no llegará mas allá. No tardó en llamar la atención de los habitantes, en especial de algunas jovencitas que se asomaron con timidez y curiosidad ante el nuevo visitante. Él, en cambio, los ignoro deliberadamente, no quería problemas con nadie, siguió avanzando y escuchó una exclamación de sorpresa y frustración de una mujer. Alzó la cabeza y vio a un joven salir corriendo de una tienda con una bolsa y algo parecido a un fajo en la otra mano.
- ¡Al ladrón! ¡ese granuja me ha robado! ¡que alguien lo pille! -gritó la mujer en el mismo idioma que Harry no entendió. Sin embargo, entendió a la perfección el carácter de aquella escena sin problema ninguno. Y movido por su sentido de la justicia, reaccionó y persiguió al ladrón No fue tan fácil como creía, el chico sabia lo que hacia, se conocía el pueblo como la palma de su mano y como consecuencia, sus ventajas y desventajas. Se escurrió como una rata por varios callejones y mas de una vez, Harry fue víctima de sus vacilaciones y su astucia pero no se rindió. Dejó que sus sentidos del olfato y del oído los guiaran para encontrar al muchacho, los dos corrieron a toda prisa por un estrecho callejón, el ladrón tiró una caja de cerveza al suelo, Harry la bordeó por el aire y le pisó los talones. El muchacho optó por subir al tejado de una casa pequeña y seguir desde arriba, el ojiverde se deslizó a la izquierda, se apoyó en su mano derecha para saltar en su muro… y se encontró con una pared delante de sus narices. Maldijo para sus adentros, le acababa de dar unos minutos de ventaja a ese cretino, se acuclilló y con la ayuda de sus piernas, se impulsó hacia arriba, se tambaleó un segundo y escrutó la zona con ojo critico. Una figura borrosa, tres casas mas allá, le llamó la atención y se movilizó con rapidez.
Creía que había vencido, aquel inútil no volvería a molestarlo, llevaba años en aquella profesión, ser ladrón era un lujo y muy duro, era demasiado inteligente para ese idiota. Pero, de repente, su pie se enganchó y tropezó, soltando su bolsa y su preciado dinero tan bien robado y se desparramó por todas partes.
- ¿Creías que ibas a librarte de mi? -murmuró Harry enfrente de él. El muchacho se incorporó con la sorpresa y el desconcierto en su mirada, sin creerse que aquel forastero le hubiese podido encontrar. Obviamente no entendió su idioma pero no se iba a quedar a averiguarlo, se apresuró a recoger su dinero pero nuevamente Harry se interpuso y lo miró seriamente. Por instinto, sacó una navaja, oculta bajo sus ropas y se la mostró con cara de pocos amigos. Harry alzó las manos, inocente pero no se asustó ni se movió del sitio, observó al muchacho con detenimiento. No tendría más de catorce años, con pantalones holgados y camisa de tirantes, una boina en la cabeza y pálido a pesar de la suciedad de su cara. ¿Por qué ese chico se había metido en el mundo del robo? no lo sabia, pero preguntándoselo no iba a resolver su duda.
- Tranquilo, no quiero hacerte daño. No soy tu enemigo. Pero tienes que devolver eso, no es tuyo -le habló lentamente pero tuvo que golpearse mentalmente. El chico no le entendía y seguía con el cuchillo en alto. Dio un paso hacia adelante y el ladrón reaccionó, atacándolo. Era lo que esperaba. Lo esquivó sin dificultad una, dos y hasta tres veces y cuando lo creyó oportuno, atrapó su muñeca, le arrebató el cuchillo y lo empujó, sentándolo en el suelo. El muchacho estaba realmente sorprendido y no articulaba palabra alguna, Harry empezaba a cuestionarse si era mudo. Entonces, sintió que había alguien mas con ellos y al girarse, diez chicos de uno o dos años mas que el ladrón se habían reunido como si fueran una muralla. Y no iban solos, traían palos, cuchillos, palos de hierro y miradas de "Lárgate, forastero o te damos una paliza". Uno de ellos, con camisa blanca, chaqueta negra y pantalones ajustados, que parecía ser el cabecilla de grupo le dijo algo a Harry, éste permaneció impasible, ¿cómo le iba a responder si no le entendía?, volvió a escuchar al cabecilla pero como no reaccionaba, dio una señal y todos a la vez se abalanzaron sobre él. Harry actuó rápido, se libró del ataque masivo y echó a correr. No les tenia miedo, pero sabia que si se quedaba y los enfrentaba, tendría y habría serios problemas. Así pues, comenzó una persecución por todo el pueblo, la pandilla era rápida, eficaz y astuta pero él tampoco es que fuera precisamente tonto.
Desembocó en la avenida del pueblo y un ensordecedor ruido semejante al sonido de una bola de cañón disparada rompió la persecución por un momento. Por el rabillo del ojo, Harry vio pasar una bala a toda velocidad y rozó un mechón de pelo de su frente. Se giró bruscamente hacia el autor del disparo y un grupo de cinco hombres ocupó su campo de visión, uno de ellos lo señaló y con un grito, corrieron hacia él. El joven estaba desconcertado, a su izquierda se encontraba la pandilla de adolescentes ladrones y a su derecha, los cazadores, pesqueros o qué sabia él qué oficio desempeñaban. Hubo un tenso silencio y justo cuando ambos grupos iban a chocar, Harry desapareció de sus ojos. Aturdidos, frenaron en seco, murmuraron y gesticularon entre ellos y entonces un chico señaló hacia arriba, exclamando a gran voz. Todos a una alzaron sus cabezas y allí estaba el forastero, sujeto a una cuerda donde colgaba una pancarta y avanzando ágilmente hacia el tejado de un bar. Triunfantes, se dividieron, los cazadores se encargaban del flanco derecho mientras que los adolescentes iban por el flanco izquierdo. Los disparos y los lanzamientos de piedras y palos obstaculizaron a Harry, pero éste los esquivaba, saltando de tejado en tejado, realizando volteretas, deslizándose por explanadas de lisa madera. Parece mentira que suspendiera Educación Física en el colegio, pensó sarcásticamente. Pronto se quedó sin casa y sin tejado para saltar, un carromato cargado de pescado llegaba en ese preciso instante y no dudó un instante, tomó impulso y alcanzó el vehículo, aterrizando en el propio banquete, fue de lo mas repugnante pero había experimentado cosas peores en Hogwarts. Se incorporó rápidamente antes de que el conductor reaccionara y volvió a subirse a un tejado al otro lado de la avenida. Sus contrincantes no parecían ser de los que se rendían fácilmente.
Entonces, el relincho de un caballo llamó su atención, era un caballo adulto de un blanco semejante al de la nieve mas pura, que se acercaba al trote en su dirección. Parecía el salvavidas que necesitaba para escapar de allí y dejar de causar problemas. Cruzó tres tejados mas y se dejó caer justo cuando el caballo pasaba por debajo de sus pies. Se aferró sus crines dado que no tenia riendas ni asiento ni ningún otro equipo de montura.
- ¡Vamos! -le pidió y no tuvo que decírselo dos veces. Con un bufido, el caballo salió al galope y en unos minutos, dejó atrás a sus perseguidores y el puerto. Atravesaron una pequeña parte del bosque y salieron a campo abierto. Fue entonces cuando el joven pudo respirar tranquilo y soltó un largo suspiro.
- Menos mal. Ya quería salir de ese lugar. No sé de dónde has salido pero gracias -le dijo al semental, acariciando su cuello con cariño. Sabia que estaba hablando con un animal pero de verdad sentía gratitud. Quién sabe lo que habría pasado si hubiese perdido el control otra vez. No conocía aquel sitio, aquel terreno, así que permitió que el caballo fuera donde quisiese, estaba disfrutando del paisaje. Se inclinó aún mas, recostándose sobre su lomo y su cuello mientras acariciaba sus crines y volvió a suspirar. El caballo giró entonces la cabeza para mirarlo y Harry se vio reflejado en aquella pupila oscura y especialmente sabia. Sonrió y cerró los ojos, completamente relajado y en paz. Un rato después, sin darse cuenta, estaba completamente dormido.
Despertó en una habitación completamente desconocida para él. Se sentía bien, muy bien de hecho, estaba completamente descansado y con energías renovadas como si pudiera levantar una pesa de veinte kilos sin esfuerzo. Estaba acostado en un lecho encima de una alfombra hecha a mano, morada con dibujos abstractos de color azul marino. Retiró la manta de su cuerpo, sofocado por tanto calor y unos pasos lo alertaron.
- Tranquilo, muchacho -le habló la persona recién llegada. Era un hombre mayor de unos cuarenta años, de expresión afable y rostro sereno, su pelo ya presentaba abundantes canas y su constitución era digna del trabajo de un granjero honrado- eh, ya ha despertado.
Lo miró con detenimiento y sorpresa al reconocer el inglés en sus palabras pero no se movió del sitio, serio y algo desconfiado. El hombre se apartó un poco y en la entrada, apareció una mujer joven y Harry se quedó mirándola. No aparentaba mas de veinticinco años, delgada y alta, su cabello rozaba su cintura de un brillante negro azabache, piel pálida, pero sus ojos fueron su principal interés: eran grandes, expresivos y de un intenso color negro.
- Veo que has despertado -habló entonces la chica. Su voz era tan pura como el cristal, ligera como un diente de león mecido por la brisa y el timbre de dulzura era semejante a una gota de turrón derretido en la lengua- ¿cómo te encuentras?
- ¿Quién eres? ¿dónde estoy? -interrogó mas rápido de lo que había creído.
- Está confuso -le dijo el hombre a la mujer.
- Es normal. No tiene ni idea de donde está.
- ¿Quiénes sois? -volvió a preguntar.
- Yo soy Henri. Encantado de conocerte y lamento no estar aquí ahora, tengo cosas que hacer -esbozó una media sonrisa y se marchó gentilmente.
- Hasta después, Henri -lo despidió ella con un gesto. Se volvió hacia el chico con interés. Sonrió y cerró la puerta con suavidad- dime, ¿tienes hambre? he preparado un estofado de ternera hace un momento. ¿Te apetece un cuenco?
- Pues ahora que lo dice… -murmuró con cierta timidez.
- No tengas vergüenza de admitir que tienes hambre. Es una necesidad humana muy básica -lo tranquilizó con amabilidad mientras se acercaba a una cazuela humeante que Harry no había visto. Y animal también últimamente, pensó mientras observaba como vertía la comida en un cuenco.
- Muchas gracias
- No hay de que -tomó asiento en un sillón enfrente de él, observándolo con curiosidad.
- Mmm… esta buenísimo -se relamió, disfrutándolo con verdadero placer.
- ¡Gracias! Henri se burla de mi a veces. Le encanta meter cizaña pero no quiere admitir que mi estofado está de muerte -rió alegremente. A Harry le pareció que aquella mujer era de lo mas encantadora, era casi imposible sentir desconfianza.
- Pues yo lo admito, está delicioso.
- Me alegro…
- Harry -la ayudó- me llamó Harry.
- En realidad ya se quien eres -respondió ella entonces con mucha suavidad.
- ¿Ah, si? -la miró desconcertado mientras dejaba el cuenco a un lado- no lo entiendo.
- No tienes por qué entenderlo. Pero te ayudaré un poco, uno escucha mejor con el estómago lleno.
- Claro, es cierto.
- Para empezar, te interesará saber que te encuentras en Islandia, en Höfn concretamente.
- ¡¿Islandia?! -alzó la voz, incrédulo y salió del lecho de un salto.
- Cálmate, Harry, por favor
- ¿Cómo puede pedirme que me calme? estoy en Islandia. Estoy muy lejos de mi casa.
- Eso no lo dudo, pero, siéntate, por favor, inténtalo. No es bueno que te alteres -lo aconsejó. Y eso era totalmente cierto y movido por esa verdad, descendió lentamente al lecho y la observó detenidamente.
- ¿Quién eres tú? -exigió saber.
- Me llamo Mia -respondió ella con suavidad- y quiero ayudarte.
Harry frunció ligeramente el ceño y Mia sonrió. Quizás no estaba solo después de todo.
