Capítulo 21

Afronté, durante lo que me parecieron horas, una tormenta de fuego y horrores ¿Quién dijo que morir era doloroso? Yo puedo asegurar bajo juramento que volver a la vida es aún más doloroso, si bien no me vi obligada a revivir cada momento vivido (como es tan popular decir en las películas), tuve que afrontar cada debilidad de mi propio ser. Fui obligada a sentir el sufrimiento que yo misma hice padecer a las personas, cada corazón roto, cada insulto, cada pelea, reviví en el lugar de la otra persona. Quizá a pesar de que les explique todo esto no puedan imaginarse el horror que fue vivirlo, si bien yo siempre asumí ser una mala persona, jamás pensé cuánto dolor era capaz de causar en el otro. Jamás creí ser tan vil, tan odiosa.

Realmente no merecía una segunda oportunidad, pero sabía que nada de lo que había hecho podría compararse con lo que significaría para mi Bill el simple hecho de perderme. Definitivamente no iba a permitir que mi dulce ángel sufra aún más por mí. Él sí que no lo merecía.

Sentía mi cuerpo pesado y débil, cada centímetro de mi ser ardía como si mí misma sangre fuera un veneno para mi cuerpo. Genial, ni mi sangre me quería. Cientos de veces traté de abrir mis ojos, consciente de mi cuerpo, pero mis párpados se cerraban fuertemente, haciéndome sentir como si estuviera luchando contra el plomo.

Poco a poco mis síntomas fueron desapareciendo, fui volviendo a la realidad, escuchando el mundo real que me rodeaba, bueno, como si hubiera mucho para escuchar: sólo una acelerada respiración que descansaba a mi lado, supuse que pertenecía a algún otro paciente de la clínica que estaba en peores situaciones que yo.

Entonces caí en la cuenta de que realmente tenía pánico de abrir mis ojos, abrirlos y ver que en la mayoría de las personas cercanas a mí, nada hubiera cambiado si moría o no, abrirlos y sentirme sola, perdida y sola. En mi mente comenzaron las dudas de si estaba bien mi última decisión. No niego que la vida es hermosa, pero hay personas en la vida que no la merecen, están de más.

Una gota de agua cayó en mi rostro sacándome de mis maquinaciones, logrando que mi instinto protector abriera mis ojos sin pensarlo para ver, desparramado en mi cama, a una versión deprimida de Bill Kaulitz.

Gracie… Despertaste… Estás… ¡Gracie!— Dijo el perfecto chico entre lágrimas, mientras me abrazaba, yo no pude hacer otra cosa que caer en sus brazos, con mis ojos cerrados, con el objetivo de detener el maremoto de llanto que, igualmente, calló sobre su campera de cuero.

Gracias… Mi amor, gracias…— Murmuré, asombrada del tono débil de mi voz.

No… Gracias a ti, por volver— Respondió él, separándome amablemente de su cuerpo, para mantenerme a cortos centímetros de su rostro.

Te amo, Bill, Te amo…— Susurré yo, él colocó una mano sobre mi rostro, acariciándolo suavemente, provocando que mis ojos se cierren ante el placer que me provocaba su cálida roce.

Y yo a ti— Sentenció él, sellando sus palabras con un beso sincero.

Pasaron los segundos, los minutos y yo me perdí en sus labios, en el sabor incomparable de sus labios. Seguí perdiéndome en él, hasta que el fuerte estruendo de la puerta al abrirse y golpear contra la pared, nos hizo voltear. Y en el umbral habían dos personas: un hombre gordo y con aspecto preocupado, y una bella y delgada mujer, con los ojos irritados por las lágrimas.

¡Alejate de ella, monstruo!— Gritó mi padre desde la puerta, acusando a Bill con el dedo. Al instante una oleada de debilidad surcó mi cuerpo, y no pude más que aferrarme con más fuerza a mi amor, como si aquello lograría que mis fuerzas vuelvan a mi cuerpo.

¡Calmate! ¡¿No ves que la ponés nerviosa?!— Lo contradijo mi Bill.

¿Yo la pongo nerviosa? ¡Hipócrita! ¡Si no hubiese sido por vos, ella ni siquiera estaría aquí! ¡Vos le hiciste esto! ¡Asesino!— Lo acusó aquel hombre, yo no pude más que echarme a llorar en el pecho del cantante, quien acarició mi cabello con suavidad.

Señor, retírese de la habitación por favor— Dijo una enfermera, interrumpiendo la escena—. La señorita Sand necesita descansar.

¡Es mi hija! ¡Que se vaya él también!— Dijo mi padre, acusando por segunda vez a Bill.

No… Por favor… Bill… Quédate conmigo…— Conseguí decir, lo suficientemente alto como para que la enfermera me oyera y obligue a salir a mi padre y a su esposa.

¡Ok, pero cuando ella se reponga no la volverás a ver nunca más, Kaulitz! ¡Me encargaré de que te vayas de su vida!

Instantáneamente me sentí aún más débil, a punto del desmayo, Bill me sostuvo entre sus brazos, de manera tal para que pueda acostarme en ellos.

Estaré aquí cuando despiertes, Gracie, lo prometo— Susurró él, cuando mis ojos se cerraron y lo único que pude ver fue la oscuridad total.