Capítulo 21: El error de Merlina

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La víspera y el día mismo de Halloween, Merlina tuvo mucho que hacer. Ayudó a ornamentar el comedor junto con Hagrid, Flitwick y McGonagall, dando forma a las calabazas, dibujando las malévolas sonrisas en la gruesa cáscara naranja, colgando guirnaldas negras y soltando murciélagos con el fin de que revolotearan de un lugar a otro, encantándolos para que no mordieran a nadie.

Su deber, el mismo día de Halloween en la mañana, fue recibir las autorizaciones de los de tercero para visitar Hogsmeade y hacer una lista de los estudiantes más grandes que pensaban ir, para tenerlos a todos contados e identificados.

En años anteriores, no se habían tomado tantas medidas de seguridad como en ese momento: Merlina tuvo que acompañarlos y quedarse allí en el pueblo, rondando por las tiendas hasta que se cumplieran las tres de la tarde. Dumbledore no era de los que pensaba que Merlina podía frenar un ataque a algún estudiante, pero, al menos, podría dar aviso a alguien si es que eso llegaba a ocurrir.

De todas maneras, Merlina se sentía mil veces más segura fuera que dentro del castillo, principalmente por la odiosa presencia de Dunstan. No había formulado ningún plan contra ella, ni la más mínima broma por falta de ingenio. Merlina temía que no hiciera falta vengarse para recibir alguna pesadez de aquella mujer. Tenía que andarse con cuidado.

Las cosas con Snape iban un poco más mal que de costumbre, porque no había momento en que Severus no le reprochara el haberse metido con Dunstan: "Te dedicas a perder el tiempo gastándole bromas…" "Te desconcentras de tus deberes de conserje por estar buscando la venganza perfecta…" "Te has puesto insoportablemente paranoica…" "Es odioso que vengas a vigilarme constantemente…"

Bueno, lo último era lo más cierto de todo, porque, luego del degradante engaño de Dunstan, Merlina no pasaba mucho tiempo sin creerse encantada y, para comprobarlo, iba a mirar a Severus "disimuladamente". Para nada pensaba que "podía serle infiel", por eso tenía como referencia lo siguiente: si Severus se estaba besando con Dunstan, entonces estaba hechizada; si estaba revisando trabajos, haciendo pociones o refunfuñando contra ella, todo estaba en orden.

Luego de unas horas, estar paseando sola y sin rumbo por el pueblo, resultaba deprimente. Había tenido la esperanza de encontrarse con Ginny, pero la pelirroja no había asistido. En realidad, poco se la había topado, y no porque alguna deseara no estar con la otra. Cada una estaba preocupada de sus propios asuntos.

Cerca de la una de la tarde le bajó un hambre atroz. Se compró un emparedado de lechuga con pollo en una de las tiendas y se sentó en la terraza. Un escalofrío le recorrió la nuca y los vellos de los brazos se le erizaron bajo la gruesa capa que llevaba encima de una camisa muy abrigadora.

¿Había tenido un déjà vu? Porque la situación se le hizo muy familiar. Merlina se estaba sintiendo vigilada tal como aquella vez en el Callejón Diagon, cuando se citó con Edelberth. Miró para todos lados tapándose la cara con la servilleta, como si con eso pudiera pasar desapercibida.

No había nadie que conociera, exceptuando a los estudiantes, por supuesto, pero ninguno de ellos parecía tener algún interés por Merlina. Nadie la observaba… ¿Realmente se estaba volviendo paranoica? Severus tenía razón…

―Quise venir antes ―dijo de pronto una voz femenina, casi mandando a Merlina al suelo por el susto ―, pero tenía mucho deber acumulado… y adivina para quién.

Ginny acababa de aparecer prácticamente de la nada. Se sentó en la butaca acompañante, enfrente de Merlina.

― ¿Por qué me asustaste? ―Le espetó Merlina recuperando el aliento.

Ginny parpadeó varias veces con sus ojos castaños. Anonadada preguntó:

― ¿Te asusté?

― ¡Claro que sí! ¿Me estabas vigilando?

La muchacha arqueó una ceja pelirroja.

―No… Merlina, acabo de llegar. Doblé por esa calle de allí y me vine por la acera. ¿No me viste acaso? Te vi girar la cabeza hacia mí.

Merlina había mirado para todos lados, pero no había visto a Ginny. Bufó.

―Creo que me estoy volviendo loca.

―Sí, ya lo creo. Hace bastante rato que estás así. Creo, que desde que perdiste la memoria.

Estuvieron hablando un rato de cosas sin sentido, hasta que llegaron al tema que Merlina ansiaba por compartir con ella. La chica Weasley era la única persona que podía ayudarla a maquinar un plan más o menos digno contra Dunstan, dándole un poco de su propia medicina de "Sortilegios Weasley". Porque, ¿qué otra cosa podría utilizar Merlina para formular un plan gracioso?

―He estado pensando todo este tiempo en que tengo que darle una lección, y Severus está comenzando a enojarse más de lo que suele estar… Porque, de algo que estoy cien por ciento segura, es de que no me quedaré de brazos cruzados. Menos cuando ella ha sido la que partió todo, empujándome al fuego.

― ¿Qué? ―Saltó Ginny horrorizada.

La muchacha quedó aturdida luego de recibir semejante información de primera mano.

― ¡Eso es más que raro! ¿Y dices que no sentiste nada, aparte de no quemarte? ―Merlina asintió ― ¡Si Hermione estuviera aquí! Estoy segura de que ella encontraría la respuesta de alguna manera… No digo que haya sido malo pero… es tan anormal… ¿Y si tienes algún súper poder?

―Ginny, el día que tenga un súper poder será cuando termine con Dunstan. Ahora, ayúdame a crear un plan. Lo que menos quiero es dejar en claro a ella que no soy muy brillante para vengarme.

―Bueno… en tus tiempos de guerra con Snape usaste poción multijugos para ridiculizarlo. Podrías hacer algo similar con Dunstan esta vez… ¿no?

Con apenas esa simple frase desinteresada de Ginny, Merlina maquinó un plan fantástico en tres segundos, asombrándose a ella misma. Sólo necesitaba un pequeño empujón… Y Ginny se lo había proporcionado.

―Oh, querida… ―farfulló Merlina emocionada ―vas a tener que ayudarme, porque yo no podré sola.

―Puedes contar conmigo ―aceptó Ginny de buena gana, dedicándole una sonrisa de oreja a oreja ― ¿De qué trata el plan?

Merlina se inclinó hacia ella, sin antes vigilar sus alrededores por si alguien estaba agazapado por allí, escuchando indebidamente.

Le reveló a la pelirroja lo que se le había ocurrido, y ella encontró que era un plan completamente… desastroso.

― ¿Estás… demente? ¡Ni siquiera loca, Merlina! No, no, no. Creo que no voy a participar ―contestó negando fervientemente con la cabeza.

― ¿Por qué? ―Gruñó Merlina frunciendo el entrecejo ―Lo prometiste ―añadió señalándola con un dedo acusador.

―Porque, hace cinco minutos, no tenía idea de qué iba todo esto.

―Es muy simple, Ginny…

― ¡Es sumamente simple! De hecho es un plan brillante ―aceptó la joven sin rastro de sarcasmo en la frase ― Pero, ¿no te has puesto a pensar, aunque sea un segundo, en las consecuencias que va a traerte eso? ¡Vas a utilizar a Snape!

― ¿Y qué? Él no va a ser el que quedará en vergüenza.

Ginny inhaló y exhaló varias veces seguidas, tratando de calmarse.

―Oh… Merlina, te ayudaré, pero yo no me haré responsable de lo que venga después.

―Tranquila… ¿qué podía pasar, aparte de recibir una venganza más de Dunstan?

Sí… ¿Qué podía suceder?

Los paseantes de Hogsmeade regresaron a Hogwarts junto con Merlina, a las tres en punto de la tarde, tal como el director había ordenado. También dio permiso a Merlina para descansar antes de participar en la fiesta de Halloween.

― ¡Hola! ―Saludó alegremente a Severus, que estaba leyendo un libro junto al fuego de la chimenea, sentado en una butaca, cuando ella entró al despacho. Aquella era una imagen milagrosa, dado que no hacía más que revisar informes.

―Mmm ―murmuró como respuesta sin levantar la mirada.

A las ocho en punto bajó al banquete, pero sin Severus, quien se negó rotundamente ser partícipe de "esa payasada". Merlina no veía qué tenía de "payasada" todo el asunto, dado que no era con disfraces, pero prefirió no insistir.

Es mejor así, pensó Merlina. Lo mejor era no toparse con sus negros ojos legeremánticos. Ginny podía tener razón… Severus de seguro se enfurecería si se llegara a enterar que él era parte de la revancha. Sin embargo, si las cosas seguían así de frías hasta la otra semana, Merlina podría mantener el secreto y no arruinar nada. Jamás se detuvo a pensar, sin embargo, que aquella frialdad podía ser un mal augurio para situaciones siguientes…

Al menos, junto a Ginny y su extravagante amiga de los torposoplos, Luna Lovegood, pudo disfrutar de una velada agradable y de la música de los grupos invitados. Dunstan estuvo compartiendo con los profesores, tratando de desplegar una simpatía que no poseía. Albus Dumbledore fue el único que la soportó durante toda la noche.

Merlina no hallaba la hora de cumplir su deseo. ¡Ojalá el tiempo pasara rápido!

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Y el tiempo voló, calzándole justo a Merlina para que tuviera todo preparado el viernes en la noche, resguardando las cosas a utilizar en una de las cabinas del baño de Myrtle La Llorona. No quiso comprometer a Ginny más de lo necesario, así que ella se encargó del "robo" de un cabello de Dunstan. Fue muy fácil meterse en su habitación cuando ella daba clases y extraer un pelo de su almohada. Tampoco fue difícil sacarle una de sus túnicas: tenía más de una docena, y no la extrañaría por medio día.

Pan comido sí que fue hacer lo mismo con Severus: ella era dueña del cuarto que compartían y tenía todo a su disposición: la ropa, los cabellos… y hasta a él mismo. Porque, el paso más importante de todos era hacerlo dormir con polvo de los sueños (cortesía de Ginny). Lo mismo que a Dunstan, pero eso sería un poco más complicado… era la parte más difícil de todo: sabía la profundidad del sueño de Severus, pero de esa mujer… Bueno, esa noche lo comprobaría.

A la una de la mañana fue a encargarse de Severus. Entró a hurtadillas con guantes de plásticos puestos, destapó el pote del polvo de los sueños y colocó una pizca en sus ojos, nariz y boca. Eso le aseguraría por lo menos diez horas de sueño profundo, según las indicaciones de la pelirroja.

Súbitamente le atacó un sentimiento de culpabilidad… ¿estaba utilizando a Severus? No, no… ya no podía echarse atrás. Era la única manera de darle una buena lección a Dunstan.

Estuvo tentada de depositar un beso en los labios de Severus. Se veía tan inocente, tranquilo…, pero recordó que podía quedarse dormida si es que lo hacía: al más mínimo contacto con el polvo de los sueños… Además de ser injusto besarlo mientras dormía, ¿no? Si estuviera despierto, no se atrevería.

De la despensa de las pociones sacó unos frascos de poción multijugos fabricadas por los estudiantes de más renombre y se los guardó en el bolsillo libre. Del otro, extrajo el Mapa del Merodeador y comprobó si la mota de tinta que representaba a Dunstan estaba quieta.

Lo estaba, así que no perdió tiempo en ir a encargarse de ella.

Los pasillos estaban más que silenciosos, una falta de ruido absorbente, lo que le puso la piel de gallina a Merlina.

Anduvo con cuidado, con la varita en alto por si tenía que encargarse de Peeves, caminando a ciegas y afirmándose de la helada pared desnuda.

Cuando llegó al primer piso, se guió con facilidad gracias a la luz de la luna que se colaba por las ventanas. Comprobó ambas puertas (la directa y la del aula), pero estaban las dos cerradas. Eligió entrar por la que se conectaba con el aula.

Antes de entrar al despacho de Dunstan, comprobó si seguía quieta.

Sin respirar, con su manojo de llaves ―insonorizados para no tintinear ― quitó el pestillo.

Uf, no había sonado ningún tipo de alarma mágica. El primer paso, había sido superado.

Entró sigilosamente a la oficina, procurando no tropezar con nada. Empuñó la varita por si se veía obligada a atacarla…

No fue necesario. Dunstan roncaba tan fuerte, que daba la impresión de estar escuchando dos personas a la vez y no una.

Merlina quiso asegurarse echándole más polvo de los sueños, pero desistió: eso podía causarle serios problema, y la idea era avergonzarla y no matarla.

―Bueno, bueno… ―masculló cuando estuvo asegurada de que no despertaría ― Mañana te toca hacer un poco de teatro. Porque peor es arrastrarse por alguien que llevarse una falsa desilusión amorosa…

Merlina tendría el honor de representar a Agatha. Ginny, que solía imitar muy bien a Severus, mejor que Merlina incluso, haría su papel. Lo que resultara de la actuación, era prácticamente improvisación. Apenas habían quedado de acuerdo en las pautas básicas. Lo demás sería cuestión de tiempo y suerte. Debía salir lo más natural posible.

La escena no podía durar más de media hora, si no estarían fritas: Ginny sería expulsada y Merlina, despedida.

Algo le decía, sin embargo, que todo saldría bien. Podía ser un pensamiento de aliento, o el instinto. ¡Nada podía fallar!

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Merlina hizo un gesto disimulado a Ginny, dándole a entender que ya era hora.

La tensión había invadido a Merlina durante el resto de la noche. Había sido inevitable: la espera aumentaba la posibilidad de ponerse nervioso.

Se presentó en el desayuno, como estaba planeado. Por unos segundos le extrañó la ausencia de Severus y Dunstan, y luego recordó que ella los había mandado a dormir sus buenas horas.

― ¿Y Severus, Merlina? ―Indagó Dumbledore con el ceño fruncido cuando pensaba retirarse por la puerta de los profesores. Había tardado apenas diez minutos en pasarse la comida por la garganta.

―Eh… supongo que está en el despacho, ahora mismo voy… a verlo.

Dumbledore le lanzó una última mirada inquisidora antes de seguir tomando su té con leche.

― ¡Hola! ―Saludó Ginny con una efusividad sobreactuada cuando llegó al baño de Myrtle La Llorona, a las nueve con veinte minutos. Tenían cuarenta minutos aún para la función, y a esa hora ya todos los alumnos debían estar despiertos.

En cabinas separadas se vistieron con las ropas respectivas que utilizarían, y luego se reunieron afuera nuevamente, ambas con el rostro rebosante de nervios.

―Toma ―dijo a la pelirroja, sacando de su bolsillo un pañuelo (que contenía el cabello de Severus) y del otro una botella de poción multijugos. Luego preparó la suya.

La esencia de Dunstan era de un color rojo sangre. Merlina no pudo evitar que saliera una arcada de su boca. Ginny hizo lo mismo por el licuado aspecto de la poción multijugos con el pelo de Severus: antes (Merlina no lo recordaba) era negro como el azabache, pero ahora era de un azul noche poco apetitoso.

― ¿No te la puedo cambiar, Merlina? ―Quiso saber Ginny, afligida.

Merlina negó secamente con la cabeza. No podían invertir los papeles. Se ubicaron frente a los espejos, aprovechando la ausencia de Myrtle. Se miraron mutuamente a través del reflejo algo indecisas.

― ¿Lista? A la cuenta de tres ―murmuró Merlina ―. Uno… dos… tres.

Le sorprendió sentir un sabor tremendamente dulce. ¿Dunstan, dulce? Hubiera apostado antes a que tenía sabor agrio por el sólo hecho de ser como era.

Ambas soltaron las botellitas de poción; se hicieron añicos contra el suelo de fría piedra. La impresión del dolor las había sorprendido a ambas: Ginny jamás había hecho algo como eso, y Merlina no se acordaba de la experiencia anterior.

Merlina, que solía ser más llena de cadera que de busto, se sintió incómoda al notar la inversión de esta característica. ¿Cómo esa mujer podía soportar semejante peso sin que le doliera la espalda?

A pesar de que Dunstan no era mucho más alta y maciza que Merlina, el estómago y los intestinos parecían estar transformándosele a Merlina a otra cosa, porque era un dolor casi insoportable.

De soslayo vio cómo Ginny se apoyaba en uno de los lavabos, generando unos estruendosos ruidos de arcadas y quejidos lastimeros. Podría comprenderlo, porque Ginny era muy menuda en comparación a Snape, aparte de cambiar radicalmente de género.

―Nunca… más…―Exhaló cuando todo acabó.

Merlina se descubrió arrodillada, con las palmas apoyadas en el suelo helado. Suspiró y asintió con algo de esfuerzo.

Tenían la cara brillante de sudor y los ojos llorosos. La incomodidad iba a tener que valer la pena, sino se asegurarían de ahorcarse mutuamente.

Se miraron al espejo analizando la terminación de la transformación. Ver a Snape con semejante mueca de inconformidad, resultaba gracioso. Lo mismo que ver la cara de terror de Dunstan.

―Así que así se siente ser Snape ―dijo Ginny. ¿O Snape? Era su voz. Miró el cabello grasoso con una mueca de asco ―. La verdad, Merlina, no sé cómo puedes…

―Oh, cállate ―la cortó Merlina-Agatha con esa voz antipática. La voz de Dunstan era natural… La pobre había nacido siendo un horror de persona ―. Lo siento, pero estamos perdiendo tiempo ―añadió ante las cejas arqueadas del falso Snape ―. ¡Vamos!

Mirando el Mapa del Merodeador comprobaron si los corredores que pensaban tomar para no ser vistas estaban vacíos.

―Esto es tan extraño ―expresó Merlina a Ginny mientras corrían hacia el pasillo que conducía a la puerta por donde entraban los profesores ― Siento como si tuviera tumores en vez de… ―se señaló el pecho. Ginny-Snape sonrió con maldad.

Se ubicaron fuera de la puerta cerrada del comedor, un poco agitadas.

―Bien, Ginny. ¿Lista para gritar un poco?

―Por supuesto.

Asintieron al mismo tiempo.

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Cuando la puerta que estaba tras de la mesa alta se abrió de súbito, todos creyeron que Peeves había decidido alterar el ánimo tranquilo de día sábado de los estudiantes. Luego, pensaron que Snape era el que deseaba alterar la paz de los muchachos.

Y, por un mínimo instante visualizaron a Merlina avanzando tras Snape (algo que hubiera sido normal), pero, luego, comprendieron que no era ella… sino Agatha Dunstan. Nadie jamás la había visto con ese rostro de pena absoluta.

Cada uno de los profesores dio medio giro para observar la insólita escena.

― ¿Me puedes escuchar un momento, aunque sea? ―rogó la profesora de Defensa, sin dejar de seguir a Severus Snape, que parecía a punto de explotar. Aquello era natural, pero ver a Dunstan así…

A todos se les desencajó la mandíbula.

El hombre no contestó nada. Su fin era sentarse en su lugar en la mesa alta, sin embargo…

― ¡Da la cara cómo hombre! ―Exigió Dunstan, silenciando hasta la última mosca.

El profesor de Pociones le dirigió una mirada iracunda a la mujer y se incorporó otra vez, lentamente.

― ¿Es que acaso no se puede desayunar tranquilo en este lugar? ―Farfulló con odio.

Sólo los más cercanos escucharon la réplica, pero la cara de pasmo se extendió a lo largo de las cuatro mesas. Los susurros comenzaron a correr a una velocidad inaudita.

En cuanto a los profesores, ninguno podía estar más impresionado que el otro. Hagrid había volteado una jarra de jugo de calabaza sobre el inmaculado mantel blanco, a McGonagall casi se le salían los redondos ojos de las órbitas, y Sprout se había quedado con la cuchara de pastel de frutas a medio camino de su boca. El director daba tres parpadeos por segundo, con sus huesudas manos entrelazadas.

―Tenemos que hablar ―insistió Dunstan con la voz alterada.

―Creo que no ―gruñó Snape con dientes apretados.

Con brusquedad, y seguido por su negra capa ondulante, pasó entre las mesas de Ravenclaw y Gryffindor, en dirección a las puertas principales.

Agatha no perdió el tiempo, y se fue otra vez tras él, pisándole los talones.

Los estudiantes, emocionados por presenciar algo que les distrajera un poco, siguieron a la pareja sin nada de disimulo.

Para la suerte de ellos, no habían llegado más lejos que el mismo centro del vestíbulo. Se arremolinaron alrededor de ellos.

― ¡Te exijo que me dejes en paz! ¿Acaso no puedes comprender esa simple petición?―Gruñó Snape metiendo la mano al bolsillo, como si planeara sacar la varita. Su cara estaba contorsionada y salpicaba saliva.

― ¡No hasta que me des una respuesta clara! ¿Cómo no puedes darte cuenta que, con Merlina Morgan, no tienes ni un futuro? ¿Cómo no te das cuenta de que ella… te está utilizando? ¡Abre los ojos, Severus Snape!

Los profesores llegaron en aquel instante, ubicándose tras la masa emocionada de estudiantes, con la intención de imponer orden. Por supuesto que también se quedaron mirando la escena.

― ¿Abrir los ojos? ¿A qué te refieres, Dunstan? ¡Ya te he dejado en claro que no quiero nada contigo! Ni siquiera te conozco bien y eres una absoluta molestia para mí; no paras de zumbarme en el oído―declaró con crueldad―. Arruinas mi vida.

― ¡Por favor, Severus! ¡Tienes que darme una oportunidad! No puedes decirme que he arruinado tu vida si no has abierto las puertas…

― ¡Pasas todos los días molestándome con lo mismo! ¿Cómo no me vas a haber arruinado, eh? ¡Grábate en la cabeza que no quiero nada contigo!

―Pero, Severus, tienes que entender…

― ¿Entender qué? ¿Que eres un bowtruckle en la oreja o que eres lo más patética que existe?

―Que estoy enamorada de ti ―contestó con violencia.

La gente contuvo un suspiro en la boca, para expulsarlo con énfasis segundos después.

―Pero yo no ―declaró Snape con voz firme ― Pero te declararé algo ―añadió ―: eres una mujer indeseable y arrogante. Déjame en paz, Dunstan, si no deseas que me convierta en un real enemigo tuyo.

Para sorpresa de todos, Dumbledore se hizo camino entre los muchachos, mirando con severidad a ambos profesores.

― ¿Qué es lo que sucede aquí? ―Demandó con voz autoritaria.

―Director ―comenzó Snape con la mandíbula apretada ―, lo único que deseo es que Agatha Dunstan me deje tranquilo. Desde que ha llegado, no ha sabido hacer más que agasajarme, pero me harté. ¿Es mucho pedir tranquilidad? No lo creo ―declaró.

Acto seguido, se retiró seguido por su toga negra, empujando con brusquedad a los que estaban en su camino. Desapareció camino a las mazmorras.

― ¿Y ustedes, qué miran? ¡El espectáculo se acabó! ―vociferó Dunstan entre avergonzada y enojada, antes de esfumarse, subiendo a trote la escalera de mármol del vestíbulo.

El bullicio se desató cuando ambos desaparecieron. ¡Un triángulo amoroso entre dos profesores y la despistada celadora de Hogwarts! Eso sí que daba para comentar. En la historia de Hogwarts, jamás se había visto algo como aquello.

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Ninguna de las dos había previsto la intervención de Dumbledore, por eso Ginny tuvo que buscar la manera más "Snape" de zafarse del problema, lo que Merlina lo encontró más que brillante. Ella, por su parte, había hecho lo más fácil y obvio: avergonzarse y huir.

De todas formas, llegaron apenas cinco minutos antes al baño del tercer piso, para volver a su forma original. Tuvieron que coger atajos para logarlo.

Ginny tropezó con la túnica de Snape al entrar en el resbaladizo baño. Myrtle estaba llorando, y había estropeado los lavabos, como siempre. En una ocasión menos comprometedora, Merlina le hubiera reprochado el desastre, pero como ella y la pelirroja estaban con ropas que no le pertenecían, ocupando una cabina con sus pertenencias, no era recomendable enfrentar al fantasma escandaloso.

Rápidamente Merlina ayudó a la pelirroja para que se reincorporara, y se resguardaron en sus respectivos cubículos para volver a la normalidad.

― ¡Estuviste fantástica, Ginny! ―Farfulló Merlina, emocionada.

―Gracias. Creo que diste una imagen muy denigrante de Dunstan, así que te felicito también. Aunque, lo realmente importante, es… ¿qué harás cuando Snape se entere?

―Supongo que soportar unos cuantos días de burlas y retos. Nada fuera de lo común, ¿no? ―Contestó Merlina, sin temor.

Cinco minutos más tarde, se estaban despidiendo en un oscuro corredor del segundo piso. Merlina llevaba las túnicas guardadas bajo la túnica, dándole aspecto de embarazada.

―Muchas gracias Ginny. Más tarde hablaremos, ¿sí?

―Bien. Vete a dejar eso antes que alguno de los dos se despierte.

Merlina echó un vistazo al mapa para asegurarse de que no había moros en la costa. Corrió hacia el despacho de Dunstan, dejó la túnica tal como estaba, y se fue a hacer lo mismo con la de Severus, pero prefirió llevarla a la lavandería. Estaba impregnada del perfume floral de Ginny. Suerte que Severus tenía como diez túnicas del mismo color y forma.

Con el mismo sigilo volvió al despacho, se puso el pijama y se acostó en su cama. Miró fugazmente a Severus, que seguía plácidamente dormido.

De seguro que, cuando supiera todo el embrollo que había generado, se enojaría mucho… pero no tenía de qué preocuparse.

No tardó en caer profundamente dormida, comenzando sueños bastante incoherentes, hasta que…

― ¡Morgan!

La voz de Snape sonó como una trompeta de campamento.

―Déjame dormir…

Sintió la presencia de Severus al lado, sentada en su cama. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que había cerrado los ojos? ¿Diez minutos? ¿Una hora?

Habían sido dos horas con exactitud, en realidad, pero el cansancio lo tenía acumulado, y sentía que podría seguir durmiendo durante años.

Severus le agarró un hombro y la zarandeó bruscamente.

― ¿Por qué no me despertaste? ¡Es la una de la tarde!

Merlina bostezó abiertamente y se giró, dándole la espalda. Escuchaba la voz de Severus lejana, casi como en un sueño. Y ella, lo único que deseaba era seguir durmiendo…

―Ah… te vi tan bien así… ¿para qué iba a despertarte? ―balbuceó con voz adormilada.

Severus bufó exasperado sobre su cabeza, pero no le dijo nada más.

Antes de caer dormida otra vez, escuchó el ruido de la ducha, y diez minutos después despertó por el portazo que Severus había dado para marcharse a merendar, de seguro.

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Iba caminando por un bosque desconocido. ¿O era el Bosque Prohibido? Podía ser una opción, dado que nunca se había adentrado tanto… De pronto su ritmo cambió; ya no caminaba, sino que corría, sintiendo un peso extraño en su cuerpo, haciéndola sentir diferente. Alguien la incitaba a correr, le gritaba…

―¡MORGAN!

Ésta vez, Merlina no se despertó con sutileza, sino que pegó tal salto, que se cayó de la cama con un enredo de mantas encima, dado que tampoco había sido un grito para despertar plácidamente. Había sido un bramido encolerizado, aún cuando venía desde el despacho. De todos modos, la puerta del cuarto no tardó en chocar contra la pared. Mágicamente no se salió de sus goznes.

La joven se asustó cuando vio a Snape con la mandíbula apretada, enseñando los dientes, y casi en pose de gato engrifado. Estaba morado por la falta de aire. La ira no le dejaba respirar.

― ¿Qué…qué sucede? ―Tartamudeó tratando de incorporarse.

Pero ya sabía a qué se debía esa reacción tan violenta. Ginny había tenido razón en advertirle, y no le había escuchado. Y ya no había nada que hacer. A lo hecho, pecho.

― ¿QUE QUÉ SUCEDE? ―Rugió dando tres saltos para llegar hasta ella.

Merlina trató de retroceder, y terminó sentada en la mesa de noche. Severus no podía estar más cerca de ella tampoco. Tenía su cara rabiosa a un palmo de la suya, y ya la había sujetado por los hombros para que no se escabullera.

―Yo… Severus… ―masculló Merlina con una mueca de horror.

― ¡Me metiste a mí! ¡Me utilizaste para tu estúpida venganza con Dunstan! ―vociferó.

Merlina creyó que los tímpanos se le iban a reventar con semejantes gritos.

―L-lo… lo siento de verdad…

Para su sorpresa, Severus sonrió, y de manera muy cruel.

― ¿Lo sientes? ¿Que lo sientes?

―Severus, tenía que vengarme de alguna manera y…

― ¿No podías ingeniártelas sin entrometerme? ―Indagó con voz peligrosa.

―Contigo todo iba a resultar bien y, si te lo pedía, no me ibas a ayudar; no pensé que te fuera a molestar tanto… ―Merlina hablaba entrecortadamente y tenía la cara sudada de los nervios. Estaba aterrada.

― ¿Sabes lo que andan comentando de mí ahora, Morgan?

―No, yo…

―Que he estado jugando contigo y con Dunstan, y que no saben cómo mujeres como ustedes se han podido fijar en mí. Y quizás qué otras cosas andan diciendo. He quedado en vergüenza.

―Severus…

―Y eso no es lo peor ―se le adelantó, taladrándola con la mirada ―. Lo peor es que, los estudiantes hablan mucho más mal de Dunstan, sobre todo los varones―siseó aproximándose a su rostro otra vez; merlina sentía su aliento tibio ―, y aunque eso me importa un bledo, has hecho que Dumbledore me mandara a citar a su despacho.

―Iré a aclarar…

―Tú no irás a aclarar nada ―repuso él con firmeza ―. Yo te sacaré del problema ―añadió con voz suave acariciándole el brazo ―. Dunstan aún no ha aparecido, a menos que lo haya hecho ahora, pero creo que alcanzaré a resolver las cosas con el director.

Merlina puso los ojos como plato. No podía comprender la actitud de Severus. ¿Cómo podía pasar de ser un diablo a un ángel con tanta facilidad?

―Como te digo… te sacaré del problema para que no te culpen. No me conviene ―lo dijo de tal manera, que parecía no estar refiriéndose a "no me conviene porque te pueden despedir".

― ¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Severus curvó la comisura de sus labios burlonamente.

―No debiste haberme incluido en esto, Morgan. Cometiste un error.

Merlina abrió la boca, asustada.

―O… o sea que…

―Tú te lo buscaste. No pienso quedarme de brazos cruzados, Morgan. Vamos a volver a los viejos tiempos ―la atajó Severus, girándose con brusquedad para retirarse.

Se fue, dejando a Merlina congelada en la mesa de noche.

Severus se iba a ir en su contra. Se iba a vengar. ¿En qué lío se había metido? Ahora iba a tener que luchar contra dos. ¿Se alearían, acaso? Eso sí que iba a ser una pesadilla.