Nota de Autora: aviso que cometi un error cuando queria subir esta capitulo, y sin querer borre el capitulo 19... de todas formas ya lo volvi a subir... era solo para avisar, jaja. Ahora si, disfruten!
Capítulo 20: Las Joyas de la Corona
–Nunca quise lastimarte –le confesó él con su voz gruesa y profunda. Ella lo taladró con la mirada, el ceño fruncido, incapaz de decirle nada. El muchacho no pudo mantenerle el contacto visual, y bajó la cabeza, avergonzado. –No debí decir aquello…–se lamentó.
–No, no debiste, Lancelot.–le criticó ella, en tono mordaz. Estaba parada frente a él, con los brazos cruzados. Sus brillantes y penetrantes ojos celestes estaban clavados en él.
–Vaya, estas verdaderamente muy enojada… nunca me dices Lancelot. – se afligió Wence, mientras que se pasaba una mano por los cabellos, en un gesto inconciente de nerviosismo.
–Creo que estoy en todo mi derecho de enojarme. –le respondió ella, manteniendo aquel tono duro e impasible.
–Ya no sé como pedirte perdón, Hedda…–volvió a disculparse Lancelot, levantándose de su silla, para mantenerse de pie frente a ella. Lancelot era un muchacho alto para sus trece años, y le llevaba más de una cabeza a Hedda, quien a pesar de eso, no dejaba de mirarlo con dureza.
–No me sirve que me pidas perdón, Lancelot, porque tus disculpas no cambian nada. –le explicó ella, pero su voz pareció dulcificarse un poco.
–¿Entonces no significa nada para ti que yo me arrepienta de lo que te dije? ¿No piensas darme una segunda oportunidad? –le preguntó Wence, algo indignado. Hedda bajó la mirada por primera vez, y soltó un suspiro.
–Lo que tú no entiendes, es que no estoy enojada contigo solo por lo que me dijiste. Estoy enojada por lo que hiciste. –aclaró ella. Wence abrió la boca para decir algo, pero Hedda se lo impidió. –Déjame terminar antes de empezar a justificarte… –le pidió ella. Lancelot cerró la boca inmediatamente, obediente. –Yo te quiero, Lance. Eres como un hermano para mí. –le confesó la chica. Lancelot no pudo evitar sonrojarse ante aquello y sonreír levemente. –Pero cuando haces esas cosas, o dices algo tan espantoso como lo que me dijiste aquel día en la Sala Común… en esos momentos es cuando siento que no te conozco. Te conviertes en otra persona, en un extraño para mí. Y llega un punto en el cual ya no se cuál es el verdadero tú…–terminó Hedda, y la tristeza se reflejó en su voz musical. Lancelot dio un paso hacia delante, y con delicadeza, tomó la mano de la chica entre las suyas.
–Tú me conoces mejor que nadie, Hedda… sabes bien quién soy yo. –le dijo él, en tono sincero, un tono que solo se permitía con ella.
–No, Lance… creo que no te conozco tan bien como creía. El chico que yo conocía, mi vecino, jamás hubiera usado una palabra tan horrible como sangre sucia. Creo que Hogwarts te ha cambiado…–lo contradijo ella, apesadumbrada.
–No, Hedda. Por favor, sigo siendo yo. Mírame, soy yo, Lance. –le pidió él, casi en tono de súplica. Hedda levantó la mirada y sus ojos celestes se encontraron con los verdes de su amigo. Ella le sonrió tristemente. –Siempre seré para ti la persona que conociste aquel verano. –agregó él.
–Pero sólo lo serás para mí… para el resto de la gente, serás otro Lancelot. –se lamentó ella. Wence frunció levemente el ceño, mientras que desviaba la mirada.
–Hay cosas que tú no entiendes, Hedda. –le dijo. Hedda se mordió el labio ante aquella respuesta. Se había esperado algo así.
–Entonces explícame. –pidió ella. Lancelot se rió de manera amarga, mientras que ambas manos se elevaban hacia su cabeza, para enroscarse entre sus cabellos oscuros, en un gesto claro de impotencia.
–No puedo… no lo entenderías. Hedda, tu crees en un mundo que no existe. Crees que el mundo se divide en bueno y malos, en blanco y negro, en justicia o injusticia, en fidelidad o traición… pero el mundo real no es así. –le explicó él. Ella alzó una ceja, sorprendida.
–¿A dónde quieres llegar? –le preguntó ella, con algo de desconfianza, mientras alzaba las cejas inquisitivamente.
–A lo que voy es que… yo no soy una persona cuando estoy contigo y otra cuando estoy sin ti… soy ambos, Hedda…no puedo ser como soy contigo con mis amigos, porque ellos no son como tú. –se explicó Lancelot. Hedda permaneció callada, en un silencio que se prolongó varios minutos. –Por favor, di algo-le pidió entonces él.
–Puede ser que tengas razón conmigo, Lancelot. Yo sí veo todo en extremos, porque en mi mundo, los tonos grises no existen. –habló Hedda, en tono calmo. –Pero hay algunas cosas, que simplemente no tienen puntos medios. La gente no puede ser buena y mala al mismo tiempo, no puede ser fiel e infiel al mismo tiempo, y definitivamente nadie puede ser dos personas al mismo tiempo. Algún día, Lancelot, vas a tener que elegir quien quieres ser: si el chico que eres cuando estás conmigo, o el que eres cuando estás con tus amigos. Porque algunas veces, no existe un punto medio. Algunas veces, tenemos que elegir. –sentenció ella, con una madurez que sorprendió a su amigo. Y entonces, se alejó, sin decirle nada más.
–¿Dónde está Hedda? –preguntó Albus, cuando llegó junto a sus amigos, que continuaban tumbados en el césped del patio.
–Está hablando con Wence. –gruñó Scorpius, visiblemente molesto.
–¿Qué? –exclamó Potter, indignado. –Justo ahora que los necesito a todos…–se lamentó el muchacho.
–¿Qué sucede? –le preguntó Rose, dejando de leer su novela, y levantando la mirada hacia su primo.
–Creo que tengo una nueva pista sobre la Casa de Lancaster. –respondió Albus, sonriendo. Y les contó sobre lo que acaba de sucederle, de cómo se había quedado sólo en la oficina de Zaira, y había encontrado aquel libro, donde había un dibujo idéntico al que ellos poseían de la Flor de Lis, con las palabras Las Joyas de la Corona escritas debajo.
–A nuestro dibujo le falta una parte en el margen inferior, ¿recuerdan?… talvez en el fragmento faltante decía las mismas palabras. – opinó Elektra.
–Las Joyas de la Corona… jamás escuché hablar de eso. –confesó Rose, con expresión concentrada. Tenía el ceño levemente fruncido, y los labios apretados. Era una expresión que Albus conocía bien. Siempre tenía esa expresión cuando había algo que ella no sabía y le molestaba.
–Ahí viene Hedda. –anunció Lysander, señalando hacia la pálida muchacha que avanzaba a paso rápido por el jardín. Albus le salió al encuentro, incapaz de contenerse.
–¡Hedda, al fin apareces! –le dijo el morocho.
–¿Y ahora qué? –exclamó ella, visiblemente malhumorada.
–¿Recuerdas que me dijiste que hablara con Zaira para ver si averiguaba algo sobre la Casa de Lancaster? –preguntó Albus retóricamente, ignorando su mal humor.
–¿Lo hiciste? –preguntó Hedda, sin poder creerlo. La emoción centelló en su rostro.
–Bueno, no exactamente. –aclaró Albus, sonriendo de manera maliciosa. Albus volvió a relatar la historia que minutos antes le había contado al resto de sus amigos. Hedda escuchó atentamente, con esa expresión tan típica de ella cuando estaba sumida en sus propios pensamientos. –¿Por casualidad no te suena de algún lugar eso de las Joyas? –preguntó Albus, ilusionado.
–No… lo siento, Albus. No tengo idea a que se refiere. –le confesó ella. Albus no pudo esconder su decepción.
–Entonces voy a tener que pedirte un favor… tienes que conseguir otro permiso de Slughorn para sacar un libro de la sección prohibida. –dijo Potter a continuación. Todos callaron, y lo miraron con expresiones turbias.
–¡Ah, no! –reaccionó Hedda, dando un paso hacia atrás. –Albus, no puedo. Se dará cuenta, sospechará inmediatamente.
–Talvez no sea necesario conseguir ese libro, Al…–dijo Rose, en ese momento, poniéndose de pie.
–¿A qué te refieres? –preguntó Hedda, extrañada.
–Creo que hay alguien que puede contarnos la historia que necesitamos saber… –balbuceó Rose, todavía con expresión pensativa.
–¿Quién? –preguntó rápidamente Albus, ansioso ante aquella posibilidad.
Encontrar al profesor Binns no les resultó nada sencillo. Primero, porque el profesor Binns no solía mostrarse en público fuera de sus clases. Y segundo, porque Binns era un fantasma.
–¡Justo hoy tuviste que darle el Mapa a tu descerebrado hermano! –se quejó Hedda, mientras que buscaban en todas las aulas del quinto piso.
–¡Pero si tú fuiste quien me dijo que se lo dé! – se quejó Albus, mientras que abría una nueva puerta y miraba en su interior.
–Esto es inútil… jamás lo encontraremos. –sentenció Scorpius, desalentado.
–¿Es que no tiene una oficina? –preguntó Elektra quien, para sorpresa de todos, parecía exasperada.
–Bueno, sus clases son en el cuarto piso…–sugirió Lysander, mientras que se apoyaba en una pared para recuperar el aliento. –Talvez su oficina esté allí…–sugirió a continuación. Albus se sintió como un idiota en cuanto Lysander dijo aquello. ¡Como es que no se les había ocurrido buscar en el aula!
Los seis se encaminaron entonces hacia el cuarto piso. Entraron en el aula de Historia de la Magia prácticamente corriendo. El salón se encontraba vacío, a excepción de los bancos donde los alumnos acostumbraban a sentarse y escuchar la clase (o bien dormir). No había señal del profesor.
–Diablos. –dijo Scorpius, molesto, mientras que se sentaba en una de las sillas, todavía agitado por la corrida que habían hecho hasta allí. –No hay nadie acá..
–¿Profesor Binns? –llamó Rose, sin éxito. La pelirroja cruzó una mirada con su primo.
–¡Profesor Binns! –gritó entonces Albus. –¡Profesor! –continuó gritando al ver que nada sucedía.
–Albus, creo que no hay nadie…–trató de hacerlo entrar en razón Ely.
Pero entonces, la figura fantasmagórica del profesor atravesó una de las paredes del aula, apareciendo en el frente del aula como solía hacer cada clase.
–Disculpen, ¿pero puedo saber a qué se debe tanto alboroto en mi salón? –habló enojado el profesor, con su monótona voz. Los ojos de Albus se iluminaron entonces.
–Lo sentimos mucho, profesor Binns… es que lo estábamos buscando. –se excusó Potter.
–Sí, creo que me di cuenta que me buscaban, jovencito.– lo regañó el fantasma. –¿Se puede saber para qué? –les exigió entonces. Todos miraron instintivamente a Albus. El pelinegro se aclaró la garganta antes de explicarse.
–Bueno, mis amigos y yo queríamos hacerle unas preguntas… pensamos que siendo usted el mago en el colegio que más sabe de historia…–le dijo Albus. Sus palabras tuvieron el efecto esperado. El pecho del profesor pareció inflarse de orgullo al escuchar aquello.
–Está bien, está bien. –accedió Binns, haciendo un leve movimiento con la mano, invitándolos a tomar asiento. –Díganme en que puedo ayudarlos.
–Nos preguntábamos si usted sabría algo de… las Joyas de la Corona. –inquirió Potter. Sintió que el estómago se le estrujaba al decir aquellas palabras. Estaba tan cerca de develar el misterio…
–Oh… las Joyas. Usted no es el primero en interesarse por algo tan increíble como las Joyas de la Corona, jovencito. Y seguramente no será el último. –habló el profesor. –Pero lamento decirle que, en mi opinión, las Joyas no son otra cosa que una leyenda más de las que plagan nuestra historia. –agregó luego con un leve chasquido de la lengua, dando a entender que desaprobaba ese tipo de historias.
–Pero… ¿qué dice la leyenda? –preguntó Hedda, ansiosa. Sus ojos celestes brillaban de la emoción. Como Albus, ella también podía sentir que por fin llegaban al final de aquel enigma.
–Pues, todo se remonta al siglo XVI, y a la Casa de los Lancaster. –accedió a relatarles Binns. Todos se inclinaron levemente hacia delante al escuchar aquello, atentos a cada palabra que el profesor les decía. –Pero la figura principal en la historia de las Joyas es la reina Marguerite d'Anjou. Supongo que habrán escuchado hablar alguna vez de ella, ¿verdad? –inquirió el profesor, aunque su mirada decía que dudaba de que hubieran escuchado algo.
–Sí, fue la esposa de Enrique VI–respondió Elektra rápidamente, sorprendiéndolo.
–Fue mucho más que la esposa de Enrique VI, señorita. Marguerite fue hija de Renato I de Napoles e Isabel, ambos muggles. Pero a diferencia de sus padres, ella era bruja. Fue por eso que su padre, al enterarse que en la familia de los Lancaster también había gente como su hija, vio una increíble oportunidad: una alianza con Inglaterra y la posibilidad de que su hija se casara con un igual. Para ese entonces, Marguerite ya era una increíble bruja, muy poderosa para su corta edad. Era una mujer ávida de conocimientos, que había buscado a los mejores hechiceros de la época para que la instruyeran en el arte de la magia. –la voz del profesor Binns relataba con monotonía aquella historia, y por primera vez, los seis chicos prestaban total atención a todo lo que el fantasma decía. El profesor, al notar aquello, se sentía más incentivado a contar aquella leyenda. –Su casamiento con Enrique se convirtió pronto en la oportunidad de su vida. Marguerite se caracterizaba por su fuerte carácter y sus ansias de poder, que se vieron alimentadas al convertirse en reina de Inglaterra. Su poder ahora no se limitaba sólo al mundo mágico, sino que también se extendía por sobre los muggles. Su esposo, de carácter débil y mente frágil, pronto cayó bajo el control de su mujer, y la figura de Marguerite fue tomando cada vez más importancia. Y con el nacimiento de su hijo, Eduardo, la francesa se aseguraba un sucesor al trono. Pero la Casa de York, formada por Nobles muggles, deseaba también el trono. El poder de los York crecía cada vez más, y Marguerite se sintió amenazada. La leyenda cuenta que la francesa escarbó en lo más profundo de la magia oscura hasta dar con la respuesta a sus miedos: crearía un arma, algo que la hiciera la mujer más poderosa de todas. –el profesor hizo una pausa en ese momento, que los chicos aprovecharon para formular las preguntas que tenían en mente.
–¿Un arma? ¿Qué tipo de arma, profesor? –Rose fue la primera en preguntar. Binns tardó en responder, mientras que parecía meditar como continuar contando esa historia.
–Marguerite creó entonces Las Joyas de la Corona. –le respondió el profesor, como si aquello respondiera a todas las preguntas.
–¿Y qué se supone que son exactamente las Joyas de la Corona? –preguntó Scorpius, con un brillo peculiar en los ojos que llamó la atención de Albus.
–Bueno, nadie lo sabe con exactitud, porque como les he dicho, nunca se ha podido comprobar su verdadera existencia. Pero se dice que son una corona, una gargantilla y un anillo. –le respondió Binns. Albus sintió que aquella respuesta era demasiado simplona. ¿Las Joyas de la Corona eran entonces… simplemente joyas?
–Pero ¿qué tenían de especial estas joyas? –preguntó Albus, sin comprender qué tipo de arma podían representar un montón de alhajas. El profesor Binns pareció ponerse incómodo ante aquella pregunta.
–La leyenda dice que Marguerite, cegada por el poder, cometió un acto de terrible maldad y horror: mediante magia muy antigua y oscura, la reina robó el poder de todos los brujos miembros de la Casa de Lancaster, y encerró todo ese poder en el interior de las joyas. –respondió Binns finalmente.
–¿De toda la Casa de Lancaster? ¿Incluso su esposo y su hijo? –preguntó entonces Elektra, atónita.
–Sí, también de ellos. –le respondió con simpleza el profesor.
–Pero… ¿por qué hizo eso? Es decir… convirtió a toda la Casa de los Lancaster, a su familia en squibs… ¿de qué podía servirle eso contra los York? –preguntó Albus, que todavía no llegaba a comprender la magnitud de lo que Marguerite había hecho.
–Porque quien poseyera esas joyas, muchacho, también poseería el poder que contenían. A través de esas tres alhajas, Marguerite se encontró a si misma dueña de un poder fuera de lo común, que la convertía, sin duda, en la mujer más poderosa de mundo. –le explicó Binns. Albus sintió un leve escalofrío recorriéndole el cuerpo al comprender.
–¿Qué sucedió entonces? ¿Cómo puede ser que Marguerite haya perdido la Guerra de las Rosas si tenía esas Joyas? –preguntó Hedda, a quien la emoción la había desbordado completamente, y por primera vez desde que Albus la conocía, las emociones se leían sin filtro en su pálido rostro.
–Oh, La Guerra de las Rosas… bueno, inicialmente Marguerite llevó las de ganar. Hasta que los eventos dieron un giro inesperado. En 1471, su hijo Eduardo es asesinado por los yorkistas durante la batalla de Tewkesbury, y su esposo es capturado y encerrado en la Torre de Londres, y antes de que ella pudiera rescatado, es asesinado en la misma Torre. –explicó Binns.
–¿Y qué hizo Marguerite cuando se enteró? –preguntó Scorpius, inclinándose más hacia adelante.
–Bueno, nuevamente aquí hay muchas especulaciones sobre lo que verdaderamente sucedió. Marguerite, cegada por el deseo de poder y la codicia, no había reparado en el daño que había causado. La muerte de las únicas dos personas que amaba pareció regresarla a la realidad. –comenzó a explicar el fantasma.
–Ella les había quitado su magia, y ahora ellos estaban muertos…–razonó Lysander, horrorizado, mientras que sus dedos acariciaban su mentón en un gesto ausente.
–Exacto. –coincidió Binns. –La leyenda dice que la misma Marguerite se entregó a los Yorkistas, pues se sentía culpable por la muerte de su esposo e hijo, y deseaba ser castigada. Los Yorkistas la encerraron en la Torre de Londres. Fue su primo, el rey de Francia, Luis XI, quien salió a su defensa, y consiguió su liberación en 1478. Marguerite regresó entonces a Francia, y se retiró al Castillo de Dampierre.
–¿Pero, y las Joyas? –inquirió Hedda algo agresivamente.
–Ya les he dicho que se cree que las Joyas son una simple leyenda… nunca se ha encontrado ningún rastro de ellas…–criticó el profesor.
–Pero… ¿qué dice la leyenda sobre ellas? –insistió Rose, con mucho más tacto que Hedda. Binns suspiró.
–Bueno, la leyenda dice que Marguerite, comprendiendo el peligro que las Joyas significaban y en un último gesto de arrepentimiento antes de entregarse a los York, entregó las joyas a los miembros de la Casa de Lancaster, y les delegó la misión de esconder las joyas por separado en lugares seguros, para que así nunca nadie pudiera volver a utilizarlas. –aceptó responder el fantasma, aunque el tono en su voz indicaba que consideraba todo aquello como puras especulaciones en torno a una leyenda.
–¿Y ellos aceptaron esconderlas después de lo que Marguerite les había hecho? –preguntó Elektra, con un leve dejo de indignación en su voz.
–Los Lancaster lo sintieron como un deber, señorita. Si esas Joyas caían en manos equivocadas…–Binns dejó la frase incompleta. Pero no era necesario que la completara. Todos allí sabían lo que esas joyas podían significar en las manos equivocadas.
–¿Y qué pasó después? –lo instó a seguir Albus.
–Bueno… dicen que luego de ser rescatada por su primo, Marguerite esperó pacientemente en Dampierre hasta ser informada de que sus joyas se encontraban escondidas y a salvo. –le respondió el profesor de mala gana.
–Y entonces se suicidó. –susurró Albus, para quien las piezas de aquel rompecabezas comenzaban a encajar perfectamente.
–Sí, es verdad que Marguerite se suicidó en Dampierre… pero no hay pruebas de que su suicidio haya tenido algo que ver con el recibir noticias sobre las Joyas…–se apuró a aclarar Binns.
–Pero la forma en que se suicidó… es decir, la Flor del Suspiro era el símbolo de la Casa de Lancaster.– recordó Elektra, como si aquello fuera prueba suficiente para establecer la relación.
–Tampoco hay pruebas que demuestren que ella se suicidó con la Flor del Suspiro, señorita. Seguramente se trata de alguna modificación que sufrió la historia a lo largo de los años para darle más tragedia a la leyenda. –discrepó Binns.
–Bueno, muchas gracias, Profesor. –dijo entonces Albus, poniéndose de pie. Todos fueron tomados por sorpresa ante aquello. Hubo unos breves minutos de silencio, y entonces Binns reaccionó primero.
–De nada, muchacho. Ahora si me disculpan, tengo cosas que hacer. –dijo el profesor, visiblemente ofendido ante esta última actitud de Potter. El fantasma desapareció atravesando la pared, y dejando a los seis chicos solos.
Albus les hizo una seña para que lo siguieran, y salieron del aula de Historia de la Magia. Potter los guió en silencio por varios pasillos, hasta dar con un pasadizo secreto detrás de un tapiz. Les indicó que entraran allí, y sus amigos obedecieron, algo confusos. Potter entró detrás de ellos, y cerró el tapete.
–Muffliato– murmuró Albus. Y entonces, giró a mirar a sus amigos, que esperaban expectantes. –¡Así que eso es lo que buscan! –exclamó Potter, completamente agitado.
–¿Crees que los Guardianes van detrás de las Joyas? –preguntó Scorpius, tratando de interpretar las palabras de su amigo.
–Sí, creo que sí. Todo encaja. –dijo Albus, algo agitado por la emoción. –Piénsenlo… la muerte de la Sra. Austen y la muerte de Marguerite encierran el mismo significado, ambas se suicidan para proteger el mismo secreto…
–El escondite de las Joyas… ambas se suicidan para no revelar nunca dónde están escondidas. –comprendió Hedda.
–Claro… Marguerite esperó hasta saber que la tarea que ella había delegado a los Lancaster se cumplía, y luego, se suicidó para que el secreto nunca se supiera. –explicó Rose, quien también comenzaba a comprender el enigma.
–¿Y por qué la Flor del Suspiro? –preguntó Scorpius, algo dudoso de las deducciones aceleradas que sus amigos estaban haciendo.
–Talvez es sólo un simbolismo… Marguerite tomó todo el poder de los Lancaster, y al final, tuvo que acudir a ellos para pedir ayuda… creo que quiso rendirles honores al matarse con aquello que representaba el Escudo de Armas de la Casa de Lancaster. De esa forma, el secreto siempre estaría en manos de la Flor de Lis. –explicó Rose inteligentemente.
–Y el dibujo que le encontraron a Jacob Malone… seguramente él había descubierto todo esto. ¡El dibujo era una pista que él dejó para que los Aurores también lo descubrieran! –continuó Albus, hilando todos los cabos sueltos. Se hizo un silencio entre ellos.
–¿Creen que ya hayan encontrado alguna de las Joyas? –Lysander formuló en voz alta la pregunta que todos se estaban haciendo mentalmente.
–No lo creo. –le respondió Hedda. –Pienso que siguieron una pista hasta los Austen… pero por lo visto, no consiguieron nada allí…
–¿Qué te hace pensar eso con tanta seguridad? –quiso saber Elektra.
–Que la Sra. Austen se suicidó llevándose el secreto con ella, igual que Marguerite.-fue la respuesta de Le Blanc.
Chan! Creo que con este capítulo llegamos al punto culmine de la historia ajajja. Espero que haya servido para aclarar todas las posibles dudas que había... si no es así, sientanse libres de preguntarme lo que sea.
Quiero agradecerle a KobatoChan que ha aceptado ser la Beta Reader de esta historia, asi como de su posible continuacion. Gracias!!
Ahora si, respondo los reviews... y espero otros, claro jajaja.
Rose Weasley de Malfoy: sisi, Harry y Zaira SABEN que los guardianes son reales... y de hecho, saben mucho mas que eso. Pero bueno, todo a su tiempo, jajaja. Me acuerdo de tu "teoria" sobre Hedda... y recuerdo que te dije que si bien no era verdad, se acercaba mucho a la realidad jajaja. Es otro de los pequeños misterios que pretendo revelar en el curso de esta historia. Vaya... Albus y Hedda? mmm... no puedo decirte eso, necesito al menos que crezcan un poquito mas... once años es muy temprano para decirlo jajaja.
Nat Potter W: si, solo quedan unos 4 o 5 capitulos... en realidad no estoy segura de cuantos faltan, porque aun no los he escrito... es un calculo mental aproximado. Pero si, la historia se acerca a su fin. Igual no te preocupes si es que aun tienes muchos interrogantes, porq recien se empiezan a responder a partir de este capitulo... hay un par de cosillas mas que se responderan en los siguientes... o talvez me guarde algun misterio para resolverlo en la continuacion de esta historia. Aun no he decidido esos detalles. Si, Harry tiene su investigacion bastante avanzada, pero Albus no puede dejar un misterio son resolver... va contra su naturaleza jajaja. Veremos a donde lo lleva...
Agustin dumbledore: eyy! tanto tiempo! Se te extrañaba por acá. Me alegra que hayas solucionado tu problema con la computadora. Y gracias por todos los halagos!!! Me pone muy feliz cuando la gente me dice cosas asi, jajaja, me da ganas de seguir escribiendo, nose si me entiendes. En cuanto al tema de parejas... (parece que ahora a todos les ha picado el mosquito de las parejas amorosas jaja)... bueno, has señalado algo muy intersante, y es que sí: Hedda es fría y oscura, talvez demasiado para Albus... pero bueno, como ya dije antes, son solo crios, y por el momento, muy buenos amigos.
adrisstbdt: jajaja asi q has resuelto el misterio detras de Hedda?? mmm, me encantaria saber que es lo que tienes en mente... igual no te preocupes, pienso revelar el misterio, eventualmente, jajaja.... estoy decidiendo si lo voy a revelar en esta historia o en la siguiente... pero prometo que lo voy a revelar jaja. Si, yo tambien le tengo mucho cariño a James... creo que le da un toque diferente a la historia, con su aire divertido y despreocupado... tengo muchos planes para James, ajjaja. Espero que te haya gustado el cap!!
jjaacckkyy: mmm... creo que este capitulo nos da una idea de lo que "descubrio" Zaira... pero bueno, solo son especulaciones claro, ajjaja. Y obviamente, Harry no piensa abandonar la investigacion tan facilmente... no nos olvidemos que la curiosidad de albus viene de herencia por parte de su parte!! jajaja. Sí, ya estamos llegando al final de esta historia... pero bueno, voy a tratar de hacer una continuacion, si prometen leerla!!! Jajaja.
KobatoChan: antes que nada, gracias!!! te he declarado mi beta oficial jajaja. Ahora, en cuanto al review... triangulos amorosos??? Bueno, tengo que decir que es algo bastante interesante jajaja. Si, tienes razon en que no le dedique mucho a la descripcion de Rose en el capitulo pasado... sera que siempre pienso que todo el mundo tiene ideada una buena imagen de ella en sus mentes q no hay tanta necesidad jajaja. Cuento con tu ayuda para la segunda parte, eh!! Saludos!
