Disclaimer: Los personajes son de la reina J. K. Rowling, a mí no me pagan ni medio centavo partido por la mitad por usarlos o por hacer que Theodore Nott se desnude (lástima).

Capítulo XX: Little brother

"Little brother, we're alright, we just stay inside for now" Now, now


La recepcionista regordeta le había dicho, con voz muy poco amable, que la sanadora Ihara aún no había llegado. Lo que no había mencionado, por supuesto, es que eran las ocho de la mañana y que la sanadora Ihara debería de estar allí desde hacía una hora. Atendía a Daphne. Al principio por las tardes y después por las mañanas y desde luego parecía en todo menos en lo que realmente le importaba a él. No era mala sanadora, de hecho, estaba calificada como una de las mejores, pero últimamente no rendía bien. Así que se encaminó hasta la habitación donde descansaba la rubia hermana de su esposa, que había tocado un collar de ópalos que él conocía bien, demasiado bien. Encontró la puerta cerrada y a Draco apoyado en la pared. Fue caminando hasta allá, balanceando con la mano izquierda el bastón que nunca usaba.

—¿Despertarán a Astoria? —preguntó, saludando con un asentimiento. Al menos Astoria Malfoy tenía posibilidades, con Daphne, su esposa, ya no sabían que hacer. Simplemente no reaccionaba.

Draco Malfoy se encogió de hombros.

—Pye asegura que ya han despertado a gente que ha pasado por lo mismo… —se encogió de hombros—. Es irónico si piensas que esa vez yo la mandé aquí.

Theodore Nott compuso una sonrisa medio torcida.

—Eso fue hace mucho.

—Parece una especie de retorcida justicia poética… —comentó Malfoy—, exceptuando la parte donde los Gryffindor son honorables y no guardan resentimientos.

«Dicen ser honorables», pensó Nott. «Pero casi nadie fue honorable después de la guerra».

—¿Hay noticias de Jezabel? —preguntó Malfoy. Su sobrina había desaparecido el domingo y aun no tenían noticias de dónde estaban o qué les harían.

—No. —Theodore Nott sacó un pedazo de pergamino del bolsillo y se lo extendió a su cuñado—. Mira esto.

Draco Malfoy lo tomó con la mano derecha y leyó el mensaje que tenía escrito. «Iremos por ti, Theodore Nott».

—¿La sientes? —preguntó Nott.

Malfoy asintió.

—Es inconfundible —dijo—. Magia ancestral —escupió.

—El que está haciendo esto es un sangre limpia —espetó Theodore Nott—. No todos la conocen y casi nadie la practica hoy en día. —Se quedó callada, sin nada que agregar, pensando en su esposa y en su hija y en lo mucho que le gustaría lanzarles un Avada Kedavra a los responsables—. Brilló esta mañana. Sea lo que sea… está activo.

«Para eso querían a Jezabel. Querían su sangre», pensó.

—¿Qué has averiguado? —preguntó Malfoy.

—Quizá una venganza, pero aun así…

—… no hay modo de romperlo —completó Malfoy—. Se aseguraron de tener los cabos bien atados antes de empezarnos a cazar —escupió con desprecio.

—Creo que Zabini también recibió uno —soltó Nott por fin. Llevaba bastante tiempo dándole vueltas a esa teoría. Si no, ¿por qué se habían llevado también a Antonin?

Malfoy se encogió de hombros.

—A él ya le hicieron suficiente daño —comentó—. Con lo de Pansy y luego Antonin.

—Lo he visto. Una triste sombra de lo que fue —respondió Nott—. Tendrá que sobreponerse pronto a su tragedia.

Malfoy sonrió.

—Siempre tan cruel.

—Sólo realista.

—¿Leíste el profeta de esta mañana? —le preguntó Malfoy.

—Por supuesto, el titular era demasiado atractivo: «El Ministro de magia ha muerto» —respondió Theodore—. Ahora tienen que elegir a uno nuevo.

—Me preguntó a quién pondrán.

—Potter es el candidato obvio —escupió Nott.

—Oh, sí, salvador del mundo mágico, héroe nacional, todo el mundo lo idolatra… —comentó Malfoy—. Me pregunto si aceptará.

—No lo sabremos hasta que lo anuncien.

«Ya veremos en que acaba esto», piensa Theodore Nott, mientras se disponía a volver a la recepción a preguntarle a esa mujer regordeta con el cabello evidentemente pintado, con la voz gélida, si no sabía si la sanadora Ihara ya había llegado porque él estaba impaciente por verla, aunque sólo le fuera a volver a decir que Daphne, su esposa, seguía sin responder a ninguna clase de tratamiento.


Atascados de trabajo era poco. Estaban ahogados de trabajo hasta las cejas y aunque Harry intentaba mantener la calma, era evidente que no estaba de buen humor. Después de un año extraordinariamente pacífico empezaban las desapariciones, los asesinatos…, todo junto. Y se habían quedado sin ministro. Si el departamento no había colapsado era porque se esforzaba, junto a Zeller, en mantener la cabeza fría.

—¿Cómo está McGonagall, Lupin? —preguntó Rose al joven de cabello azul brillante que estaba justo en el escritorio de al lado y que acababa de llegar después de haber hablado con Telemachus McGonagall. Nunca se lo veía muy animado después de regresar de hablar con el sobrino de la ex directora de Hogwarts.

—Mal. Parece que empeora —le respondió Ted—. El señor McGonagall no se lo está tomando muy bien. Presiona demasiado para que encontremos a los responsables pero, Rose, parecían inteligentes, no dejaron ni un solo rastro que pudiéramos seguir. —Se quedó callado unos momentos, pero después añadió—: Oí que habían considerado ofrecerle la candidatura para Ministro de magia, Rose, mientras venía de camino hacia acá, pero que no creen que sea muy conveniente, después de lo que ha pasado con su tía y la manera en que ha reaccionado.

Kingsley Shacklebolt llevaba muerto menos de veinticuatro horas y ya le estaban buscando un sustituto; uno que, de preferencia, no fuera el ministro interino, el hombre más aburrido del mundo: Percy Weasley. La gente se apresuraba a especular.

Rose volteó la vista hacia El Profeta que descansaba en su escritorio, cuyo titular rezaba: «El ministro de magia ha muerto». Asesinado en su propia casa con un Avada Kedavra. Sus asesinos eran listos, al parecer.

—No me interesa que pase con el puesto del ministro en este momento, Lupin —le espetó al auror. Quizá se lo dieran a un miembro de Winzengamot o quizá a un héroe de guerra. Quizá Harry Potter sería el próximo ministro de magia. Zeller sacudió la cabeza, no lo imaginaba allí—. Lo único que sé es que no debemos dejar que la muerte de Shacklebolt nos suma en una crisis. El mundo mágico en el Reino Unido va a tener que sobreponerse a esto y va a tener que hacerlo rápido. —Evitó añadir que no le parecía normal la cantidad exorbitante de muertes vinculadas que había habido la última semana. Algo se estaba cociendo y tenía que averiguarlo antes de que hubiera más víctimas.

Lupin volteó la vista hacia su escritorio al ver que le había llegado un memorándum que se había posado justo al lado de la foto de su novia, Victoire Weasley. Lo abrió sin prisas y cuando lo leyó, una mueca de sorpresa se extendió por su rostro. Se lo pasó a Rose Zeller en el acto.

«Sigue Mundungus Fletcher», decía.

—Es el segundo que me llega, Rose, el pasado fue el que anunciaba el ataque a Hestia Jones… —dijo Ted—. Y estos memos sólo los puede enviar gente del ministerio.

—¿Qué estás insinuando, Lupin? —inquirió Zeller, interesada por saber qué estaba pensando Ted.

—Que tienen a alguien dentro del ministerio, Rose.

Así que era eso.

—Tenemos infiltrados, entonces.

Quizá debería hablar con Potter y después averiguar de qué departamento venía el memo. Tenían infiltrados.

Como si estuvieran en guerra otra vez.

—Muy bien, Lupin, avisaré a Harry y, recuerda… nada de lo que se hable en la División de aurores sale de la División —ordenó fríamente—. Debemos extremar medidas de seguridad si no queremos que nuestros enemigos —«invisibles aún»— sepan en qué andamos.

Mejor cuidarse las espaldas y no lamentar después nada.


James Potter acababa de llegar a la mansión Zabini y su padre acababa de irse. No había visto a Potter, gracias a Morgana. Estaban aún en el salón principal de la casa. Lo único que Potter conocía de esa casa era el salón principal, el recibidor, la biblioteca y el camino hasta allá. Liliane no se había preocupado por enseñarle mucho y tampoco lo había dejado entrar hasta que James había insistido en consultar su biblioteca. Fue entonces cuando la joven oyó como la puerta se abría y, extrañada, se acercó hasta el recibidor.

Se quedó congelada allí, incapaz de moverse, de reaccionar. No ante lo que estaba viendo. No, no era posible… No. No después de tantos días y no después de haber golpeado la pared de su recamara, desesperada e impotente. No podía aparecer después de eso, apoyado en el brazo de una chica castaña que Liliane conocía bien. No podía ser Antonin, no podía ser su hermano pequeño, que había desaparecido sin dejar rastro.

No. Imposible.

Liliane respiró hondo y caminó lentamente a los dos jóvenes que acababan de entrar, pálidos y muertos de miedo, en el recibidor. Veía como la sangre manaba del brazo izquierdo de Jezabel y como aterrizaba limpiamente en los suelos blancos y pulcros de mármol. Veía como su hermano la buscaba con la mirada con los ojos ausentes.

James se acercó también, al ver la reacción de Liliane.

—Liliane… —dijo y al oír su nombre de los labios del joven Potter, la chica reaccionó.

—Llama por la red flú a casa de los Nott ahora —ordenó con la voz sin atisbo de duda—, y diles que Jezabel está aquí.

James se apresuró a cumplir su orden mientras Liliane se acercaba a Antonin. Cuando lo tuvo enfrente, apenas a unos centímetros, no supo que hacer. No supo si abrazarlo o si quedarse allí, mirándolo. No sabía cómo enfrentarse a aquella situación.

—La noche del funeral de nuestra madre —empezó Liliane, después de respirar hondo—, ¿qué hiciste cuando entré a tu recamara? —preguntó, con la voz dura y fría, dispuesta a asegurarse que ese era su hermano pequeño de verdad, que no era ningún impostor.

Antonin apenas si pudo responder.

—Te abracé —dijo, con la voz quebrada y débil—. Te di un abrazo que nunca respondiste.

Era él, de verdad, era Antonin Zabini, su hermano menor y el preferido de Pansy, que había heredado su fea nariz. Era él, de verdad. Lo rodeo con los brazos, intentó darle un torpe abrazo, ella, que no era dada a ninguna muestra de afecto. Era su hermano, que regresaba de la muerte, después de una semana de cautiverio, herido y débil. Pero vivo aún. Era su hermano pequeño que le había preguntado antes desaparecer, con un tono socarrón en la voz, si tenía la regla. Era su hermano, que siempre la había mirado con envidia, por ser la favorita de su padre. Su hermano, el heredero de la mitad de la fortuna Zabini.

James regresó acompañado de Emmanuel Nott y ella soltó a Antonin en el acto, mientras que el joven de cabello negro y ojos verdes heredados de su madre, pálido como una hoja de papel, se acercaba hasta su hermana.

—Asegúrate de que sea ella —ordenó Liliane, dispuesta a no dejar que aquella situación la descompusiera o la hiciera perder los estribos.

James intervino entonces.

—Están heridos, Zabini —le dijo—, hay que llevarlos a San Mungo.

Liliane asintió en el acto.

—Me encargaré —dijo—. Potter, mi chimenea está conectada al Ministerio de Magia, por mi padre. Ve a la División de aurores y avisa a alguien de la aparición de mi hermano y de Jezabel… —se interrumpió un momento, y luego añadió—: A alguien de confianza. Alguien que no haga demasiadas preguntas sobre qué era lo que estabas haciendo aquí, conmigo, a las ocho de la mañana.

James asintió con expresión severa. Era lo único que compartía con Potter: ambos sabían mantener la compostura en las situaciones difíciles.

—Vamos a San Mungo —le dijo a Emmanuel—. Tienen que atenderlos.

El hermano de Jezabel asintió.

—Dudo que sólo tengan simples heridas —dijo Emmanuel.

—Yo también. —Liliane torció una mueca—. Pero San Mungo es lo único que tenemos.

Salieron hasta los patios de la mansión Zabini y traspasaron el límite de la barrera anti-aparición y se aparecieron justo enfrente del maniquí de aquella tienda que parecía cerrada desde hacía siglos, ubicada en Londres, que era en realidad la entrada a San Mungo.

Una vez que entraron, todo fue muy rápido. Ni siquiera tuvieron que esperar, se llevaron a Antonin y a Jezabel en cuanto vieron las heridas de los dos adolescentes, especialmente de Antonin. Una enfermera le dijo a Liliane que les avisarían en cuanto los pudieran pasar a ver. Liliane asintió sin mirar a la enfermera.

—Así que Potter —dijo Emmanuel.

—¿Qué con él? —preguntó Liliane, a la defensiva.

—Estabas con él… eso ya es lo suficientemente extraño —le respondió Emmanuel, alzando la ceja.

—¿Qué sabías? —preguntó Liliane, intuyendo lo que estaba pensando Emmanuel. Nunca se habían llevado demasiado bien.

—Lo suficiente —respondió él.

—No sabía que se había divulgado por Slytherin —le espetó la chica, recordando los roces con Potter cuando estaban en Hogwarts.

—Albus —respondió Emmanuel simplemente.

Liliane asintió y no dijo nada más.

—Debería avisar a mi padre —dijo Emmanuel—. Está aquí, vino esta mañana. ¿Vienes?

«A su madre la atacaron con la misma maldición que a la mía», recordó Liliane. «Pero Daphne Nott no murió…»

—¿Por qué James Potter? —pregunto Emmanuel curioso.

—¿Te importa? —espetó Liliane, no muy dispuesta a revelar sus secretos.

—En realidad no —le respondió Emmanuel.

—Entonces déjalo así.

Siguieron caminando en silencio hasta que Emmanuel volvió a hablar.

—Quiero encontrar a los que secuestraron a Jezabel y hacerles pagar por eso —dijo, en voz baja—. ¿Tú sabes algo?

—Este no es un lugar seguro para hablar. Las paredes oyen —le respondió fríamente. Era un adolescente de diecisiete años que aún no había terminado Hogwarts. No sabía lo que era el mundo real, nunca había tenido que enfrentarse a él—. ¿Por qué quieres hacerles pagar? —preguntó, de todos modos.

—La familia es lo más importante —respondió él.

Liliane alzó una ceja, pero no dijo nada. No creía que Emmanuel le fuera de mucha ayuda, pero quizá su padre, Theodore, sí. Si había alguien que conocía de magia ancestral entre las familias de más antiguo abolengo, era él.

Una plática con Theodore Nott no le caería nada mal.

Y ahora que Antonin había regresado del infierno, vivo aún, deseaba más que nunca hacer pagar a aquellos que se habían atrevido a llevárselo y a herirlo. Quería oírlos suplicar por piedad, fueran quienes fueran.


¡Hola!

Este es un capítulo que trae un soplo de aire fresco a la historia. Quiero aclarar que todas las escenas son simultáneas, casi. Ocurren todas a las 8:00 am, hora a la que amanece en Londres en Diciembre, según una hermosa página web que consulté para esto.

Primero, una plática un poco tensa entre Draco y Theodore, que tratan los temas recientes (ataques, asesinatos, secuestros). Theodore no se ve demasiado afectado por nada, pero quiere decirles que es por qué así lo imagino. Frío, crudo, realista a morir y no deja que cualquiera vea sus sentimientos. Me lo imagino como un tipo Mr. Gold, de Once Upon a Time, pero con la piel más blanca y el cabello más oscuro… ¡pero con ese mismo carisma, ese mismo poder!

Luego dos Hufflepuffs muy diferentes el uno del otro: Zeller, fría y metódica, y Ted, un poco más alegre… En otra información, Telemachus queda descartado de la línea sucesoria de Kingsley (¿o no?) y Minerva, la adorada McGonagall, no mejora en lo más absoluto. ¿Vivirá? ¿Morirá? Y le llega otro mensajito a Ted… Además, Zeller tiene sospechas, ¿son reales?

Y finalmente la escena más alegre del capítulo… (o lo que sea). ¡Antonin y Jezabel irrumpen en la mansión Zabini! Liliane sigue siendo Liliane le pese a quien le pese y es uno de mis personajes más fríos. No carece de emociones, como han visto, pero tampoco las muestra con facilidad. Racionaliza todo y actua con rapidez, eso sí. Emmanuel le pregunta unas cuantas cosas y ella no responde de buena gana… Antonin parece que la librará y Jezabel también. ¿Qué creen que pase?

La canción que le da título al capítulo es de un grupo bastante desconocido llamado Now, Now y se llama Little Brother. Evidentemente se refiere a Liliane y a Antonin. ( www. youtube watch ?v =eU_xPEB_FWE Sin espacios)

¡Hasta la próxima!

Apártense vacas, que la vida es corta.

Nea Poulain

a 16 de marzo de 2013

(el día del cumpleaños dieciocho de mi novio)