Capítulo 21: ¿Amor o fraternidad?

No muy lejos de la sede de Akatsuki se encontraban dos de sus miembros, al parecer. Uno de ellos era un chico rubio de unos ojos azules grisáceos. Un mechón de su bello cabello se cernía sobre uno de ellos. Su acompañante, por el contrario, era una chica morena, poseedora de unos ojos felinos.

- ¿Por qué te transformas en una humana ahora? – le pregunta el chico, desconcertado.

- Simplemente porque no lo había pensado. Quiero decir, no después de saber que yo también era humana – le aclara la chica de lisos cabellos, sin dejar de sonreír.

- Si no fuera porque tienes el pelo castaño, pensaría que eres Yugito. Aunque también pensaría que eres su reencarnación si no fuera porque nacisteis a la vez… ¿Qué pasa, Yami? – preguntó preocupado al ver que su amiga se había parado y que en ese momento yacía temblando violentamente, con la mirada en el horizonte, sin ver nada realmente.

El rubio se apresuró a ir a su lado, la obligó a sentarse y, cogiéndola del mentón, repitió:

- ¿Qué pasa, Yami?

- La estrella de Mitsuko ha… ha…

Yami cayó al suelo y empezó a respirar entrecortadamente. Deidara la miró con las pupilas dilatadas por el miedo. Estaba temiendo lo peor.

* * *

Itachi me miraba con los ojos enrojecidos de tanto llorar. Depositó un delicado beso en mi fría frente y se levantó despacio, sin apartar la mirada de mi rostro.

- Todavía hay una manera de salvarte… - y salió corriendo de la casa en dirección a la guarida de Akatsuki.

* * *

En una habitación de la guarida de Akatsuki se encontraban casi todos sus miembros alrededor de un cuerpo inerte de una chica morena. Todos la miraban, apenados. Sabían perfectamente que significaba su muerte. Todos se giraron hacia la puerta al notar la presencia de un conocido. Era un chico de pelo azabache largo y de ojos rojos como la sangre.

- Itachi… ¿A qué has venido? – preguntó Pein, sin ocultar su tristeza en ningún momento.

- Mitsuko se ha matado… - respondió con un hilo de voz, haciendo que todos se sorprendieran de su nuevo estado de ánimo. ¿Itachi ha estado llorando? – Yo… Oí leyendas de su clan… Se decía que si salvaban a su gata, salvarían a la chica… Todavía podemos salvar a Mitsu-chan…

A todos se les encogieron el corazón al verle y escuchar sus palabras, pero sobretodo de ver ese brillo de esperanza en sus ojos. Ninguno se atrevió a arrebatársela, por lo que solo volvieron sus rostros hacia el cuerpo.

El chico miró en la misma dirección y sus ojos se agrandaron de la sorpresa. Sus ojos perdieron el brillo de esperanza que tenía. Se acercó a paso lento hacia la cama y cayó de rodillas. Yami estaba muerta.

De pronto, todos sintieron un chakra conocido dentro de la guarida. El Uchiha recordó entonces la promesa que se hizo antes de partir en busca de Mitsuko: "Como me entere de que ese tipo vuelve a hacerla daño, juro que lo pagará caro. Le haré sufrir tanto que deseará no tener la inmortalidad, para así morir y quitarse el sufrimiento". Un brillo amenazante surcó en los ojos de todos.

* * *

Un hombre de pelo blanco y ojos violetas se adentró a paso lento y tambaleante en la guarida a la que pertenecía. Nada mas entrar, sus ojos se cerraron con profundo pesar. No podía evitarlo, todo le recordaba a Mitsuko. Abrió los ojos de golpe al sentir unas presencias que le rodeaban, eran sus compañeros. Sabía en el fondo que no habían ido a darle la bienvenida, sino todo lo contrario. En ese momento habría sonreído con amargura, de no ser porque no tenía fuerzas ni para eso. Se sentía débil y tremendamente triste, como si le hubieran arrancado por la fuerza la mitad de su corazón…

Vio como todos saltaban a por él, todos menos Uchiha, quien tenía el sharingan desactivado y le contemplaba con una mirada de comprensión y tristeza. Pero solo fue un momento, ya que al segundo activó su barrera de sangre y todo se volvió negro.

* * *

Cuando Hidan abrió los ojos comprobó que, tal y como esperaba, yacía encerrado y encadenado en una celda. Delante de él se encontraba un chico de pelo azabache que lo contemplaba con sus ojos rojo sangre de una forma furiosa y escalofriante.

- ¿Por qué le hiciste eso? ¿Y por qué te ibas a suicidar? – le preguntó el segundo más joven de Akatsuki.

- ¿Suicidarme? Yo no puedo morir, ¿recuerdas? – le respondió el peliblanco, desafiante.

- Lo sé todo. Sé que perdiste la inmortalidad y que fuiste a luchar contra Yugito por venganza. También sé que fuiste contra Konoha para suicidarte creyendo que todavía no tenías la inmortalidad. Cosa que me parece estúpida ya que venciste a Yugito con tu ritual – le dijo Itachi, quien pasó por alto el tono y la mirada desafiante de su ex compañero.

- ¿Y si ya lo sabes para qué preguntas? – Itachi le miró, amenazante, por lo que respondió, bajando la cabeza – Intentaba olvidarla, era lo mejor para ambos. Ella ya había elegido. Pero no pude olvidarla así que lo único que podía hacer era quitarme de en medio.

- Idiota – el nombrado levantó la cabeza y le miró – Ella te eligió a ti y no a su hermana. Si hubiera elegido a su hermana ahora ella no estaría muerta, créeme. – los ojos se abrieron de la sorpresa. Ahora lo comprendía todo, pero sus esperanzas se vieron disipadas por lo que dijo a continuación – No te hagas ilusiones, ahora está muerta por tu culpa. Y ahora pagarás las consecuencias. Sentirás tanto dolor que desearás no tener la inmortalidad para así dejar de sufrir.

* * *

Sentí como mi cuerpo entumecido empezaba a calentarse rápidamente. Lo más reconfortante de todo era que ese calor no provenía de mi propio, sino de otro, provocando que esa calidez sea aún más agradable y placentera.

Poco a poco, empecé a sentir como mi alma, o mejor dicho mis tres almas, volvían a mi cuerpo. Entonces, me di cuenta de que un líquido residía en ese momento en mi boca con sabor cúprico, deslizándose por fuera de ella en forma de pequeños riachuelos.

Debido a ese extraño sabor, volví a la realidad, obligándome a mi misma a abrir los ojos, lentamente. A pesar de haberlos abierto finalmente, seguí viendo oscuridad. Al rato, pude ver nítidamente una luz, seguramente del sol, hasta tal punto que tuve que cerrar los ojos para evitar quedarme ciega. Volví a abrirlos y empecé a pestañear hasta acostumbrarme a aquella luz.

Mi cabeza giró automáticamente en la dirección de donde provenía aquella calidez tan agradable y placentera. Mis ojos se encontraron con unos profundos y oscuros ojos vidriosos.

El poseedor de aquellos tristes ojos me contempló asombrado para después cambiar su expresión por una alegre y cálida sonrisa. Yo se la devolví, ya que era lo único que mi cuerpo se podía permitir en ese momento.

Nos seguíamos contemplando tras un largo rato, esperando a que el otro rompiera con el silencio. Al final, abrí la boca para romper por fin con el silencio pero observé que él también tenía las mismas intenciones. Con una sonrisa, ambos cerramos nuestras bocas, dejando que el otro empiece. Itachi fue el primero, finalmente, en hablar:

- Creía… que estabas muerta – para seros sincera, me desilusioné enormemente de sus palabras. Me había esperado una declaración o una confesión de la soledad que le embargó en mi tiempo fuera de este mundo. Pero a él no se le ocurre otra cosa mejor. Me sentí rabiosa de pronto pero, al recordar sus ojos vidriosos, fruto de haber derramado más de una lágrima, y tristes por mi partida, me contuve.

- Pero no lo estoy… - le respondí, sonriéndole, para después añadir – Y todo gracias a ti.

Mi rebelación le tomó por sorpresa.

- No entiendo – nunca le había visto tan perdido y desconcertado, por lo que contesté con una sonrisa socarrona.

- Soy inmortal – le dije, simplemente, ya que, tal y como pensé, él lo captó al vuelo. Pero aún así, se lo expliqué – Iba a morir irremediablemente ya que perdí mi inmortalidad hace ya tiempo – en mi voz se podía percibir ira contenida, cosa que cambió a una más suave y dulce – Pero, al escucharte, me di cuenta de que no podía irme así como así. De olvidarme de mis seres queridos, de devolverlos a una soledad infinita. De devolverte a la soledad. Por eso… cogí los poderes de La Diosa y así también su inmortalidad – y, con una sonrisa, añadí – Además, no soy tan cobarde como para morirme.

- No lo dudo – me respondió, a la vez que me dirigía una mirada dulce y tierna, pero sin cambiar su expresión sin emociones.

Me levanté de un salto, ya estaba cansada de estar sentada. Pero al hacerlo sentí como las pocas fuerzas que tenía se desvanecían por completo y como perdía el equilibrio. Itachi se levantó justo a tiempo para evitar que me cayera.

- ¿Estás todavía sin fuerzas a pesar de haber estado fuera 4 días? – me preguntó con una mirada incrédula.

- ¡¿4 días?! Vaya… - ahora era yo quien no me lo podía creer – (¿Tanto tiempo…?) Bueno, pero he vuelto hace a penas unos minutos… Así que no he descansado tanto (¿Qué he estado haciendo en tanto tiempo? Por más que lo intento no consigo recordar…)

Cada uno estuvo en sus propios pensamientos durante largo tiempo hasta que me di cuenta de algo importante.

- Tú… - empecé, obligándole a salir de sus pensamientos - ¿Has estado todo este tiempo a mi lado… (Llorando?) – él desvió la mirada pero yo no necesitaba una respuesta, era obvia cual iba a ser.

Me aparté con delicadeza de su lado y me dirigí a paso lento hacia la ventana. Contemplé el paisaje que se alzaba ante mí sin verlo realmente, absorta en mis pensamientos. ¿Qué era lo que realmente sentía él por mí? ¿Y yo por él? Aquel silencio era incómodo. Giré sobre mis talones y le miré, sonriendo.

- Bueno, ¿y ahora qué? – él me miró, levemente sorprendido por mi repentina pregunta – Tengo 14 años tirando a 15. Me quedan casi 4 años para que llegue el día. Y como no tengo nada que hacer ya que ya puedo controlarla…

- Entiendo. Quieres empezar una nueva vida… - comprendió mientras salía de la habitación, para después pararse y preguntarme - ¿Sin Akatsuki? ¿Sin Yami?

Aquellas preguntas me cogieron por sorpresa, pero Itachi tenía razón. La única manera de empezar una nueva vida es dejar atrás mi pasado… todo mi pasado, y ello incluía a todos mis amigos y familia.

- Sin Akatsuki… Sin Yami… - y se fue de la casa sin mediar palabra.

No hacía falta. Sabía adonde se dirigía. A terminar con mi antigua vida.

Por la noche regresó y me contó como le fue, aunque en el fondo no quería escucharlo. No podía ni imaginarme como debió sentirse Yami y los demás al enterarse de que yo no quería volver a verlos, de que quería empezar una nueva vida sin ellos, solo con Itachi. Para ocultar mi enorme tristeza en ese momento, lo único que podía hacer era imaginarme sus caras al ver que Yami volvía a la vida después de 4 días en el más allá. A pesar de querer estar siempre conmigo, Itachi no podía negarse a hacer las misiones que se le mandaban, así que pasaba la mayor parte del tiempo fuera. Y yo, sola. Lo único importante que hice allí fue quemar los cuerpos de Kaien y Hoshi, que en paz descansen. Después todo se convirtió en rutina. Por las mañanas salía a cazar y con eso ya tenía para todo el día. Por la tarde leía el libro de mi clan que Itachi me trajo de la guarida. Y por las noches iba al lago que estaba cerca de la casa y empezaba a bailar, expulsando toda la tristeza y rabia que me embargaba.

Seguía sin saber que había entre nosotros, lo que me irritaba de sobremanera. Cuando él se encontraba en casa hablamos solo una vez sobre ello, y en esa ocasión él esquivó el tema. Casi todo el tiempo nos lo pasábamos contemplándonos. Solo queríamos eso. Estar el uno del otro nos bastaba, no necesitábamos nada más. Y entonces lo descubrí, con solo un gesto suyo descubrí lo que ni siquiera con palabras desvelaría.

Él se iba a ir nuevamente a una misión que le tardaría como una semana y, como siempre, me diría adiós con la mano y se iba. Pero esa vez fue diferente, no me dijo adiós con la mano, sino que se acercó a mi y depositó un suave y delicado beso en mi cabeza. Me miró de manera tierna y dulce, y se fue.

Entonces lo comprendí. Nos amábamos el uno al otro, pero no de la forma en que creía. Ese sentimiento no era amor entre enamorados. Era amor… entre hermanos.