Disclaimer: sigo sin ser lo suficientemente rica como para tener los derechos de Los juegos del hambre, pero sí estoy lo suficientemente loca como para llamar a todas las otras tontunas de esta historia mías, lo cual es bastante satisfactorio.


Las agudas capacidades de observación de Ritsuki le decían que el cielo se había puesto muy oscuro. Siguiendo un delicado y exhaustivo proceso de deducción, llegó a la conclusión de que debía de haberse hecho de noche, así sin comerlo ni beberlo. Y la noche, como todos sabemos, es un momento dramático y buenísimo para que pasen cosas épicas. Por ejemplo, pensaba ella, ahora mismo podrían ser atacados por la espalda, pero ella se daría cuenta en el último momento y haría ondear la capa que su estilista le había hecho ponerse a última hora sin razón aparente, de forma que su silueta se recortara amenazadora a la luz de la luna. Esta visión sin duda dejaría patidifusos a sus enemigos.

También podría ocurrir que siguieran avanzando y toparan con alguna avanzada trampa capitolina de la que sólo podría salvarles su agudísimo ingenio y sus afinadísimas capacidades de observación.

Pero lo que no era de recibo, de ninguna de las maneras, era que ella tuviera que estar ahí, en medio del entretenimiento más mortal y más televisivo del mundo, soportando ver cómo su compañero de distrito le hacía carantoñas a un gato. A un gato, maldita sea.

A ver, pongámonos en antecedentes. Los dos tributos del distrito 9, envalentonados por las palabras de su mentor, habían ido hacia la Arena dispuestos a todo lo que hiciera falta. Habían soportado las últimas atenciones de su estilista con el mayor estoicismo, como unos campeones. Incluso cuando el susodicho estilista intentó convencerles de que entraran a la Arena en bikini, que así causarían sensación, incluso entonces lo soportaron ejemplarmente. Luego habían subido a la Arena, y mientras la atención de todos los demás estaba en otra parte, en cuanto lo habían visto posible habían adoptado la sabia estrategia de alejarse del centro de la acción lo más rápido que les llevaran sus piernecitas.

Habían tenido suerte. No se habían encontrado ni trampas mortales, ni kétchup caducado, ni tributos rotatorios. Pero sí se habían encontrado con la horma de su zapato en cuanto Pettulip había visto un gatico escondido en el seto y había empezado a intentar convencerlo de salir de ahí. Y así llevaban la última media hora, con Ritsuki cada vez más impaciente porque estaba convencida de que en cualquier momento se les iba a acabar la suerte… y la verdad es que Ritsuki no lidiaba bien con la impaciencia, no. Ni de lejos. Y encima los gatos le daban alergia, hacían que le picaran los ojos, y eso no lo podía soportar. Podríais pensar que tampoco es para tanto, pero es bastante más complicado rascarte cuando llevas un parche en el ojo (si es por razones médicas, o estéticas, lo dejamos a discreción del lector).

Así que, para ir empezando, Ritsuki le dio una buena colleja a su compañero, de esas que resuenan en varios kilómetros a la redonda. Para su sorpresa, el chaval ni se inmutó, tan absorto como estaba en su adoración por los gatos. Por si acaso, le dio otras dos collejas, no sea que la primera no hubiera sido suficiente. Pero nada, oiga, Pettulip seguía haciéndole carantoñas al minino. Y así, Ritsuki se encontraba en todo un dilema. Podía seguir esperando a que su compañero de distrito se despabilara de una vez (con la ayuda de sendas collejas más, y alguna otra lindeza que se le ocurriera), o podía abandonarle a su suerte, pero oía la entusiasta vocecilla de su mentor en su cabeza gritándole que eso estaría feo y que ambos tenían que trabajar juntos para devolver la gloria al distrito 9. Y las palabras de su mentor habían calado bastante hondo, la verdad (por no decir que ese hombre era un tanto perturbador, y su instinto de preservación siempre le sugería que era mejor no llevarle la contraria). Por otra parte, su instinto de preservación también le sugería, de forma bastante más egoísta, que siempre estaba bien tener a un compañero al que empujar a la boca del lobo si las cosas se torcían…

Jamás se habría esperado, eso sí, encontrarse inmediata y literalmente con la susodicha boca del lobo. O muto. O ser infernal. Lo que quiera que fuera esa cosa.

Y es que, mientras uno estaba ocupado obsesionándose con un gato y la otra estaba ocupada dándole collejas, una manada de bichos enormes se había ido acercando al equipo del distrito 9, con mucho sigilo para tanta monstruosidad junta, y les tenían rodeados sin saber muy bien cómo.

Claro, ver de pronto varias hileras de dientes afilados como cuchillos a pocos centímetros de su frágil cuerpecillo hizo que a Ritsuki se le olvidaran de golpe todas sus dudas sobre qué hacer con su compañero. Como un rayo, se metió entre Pettulip y el seto, y empezó a empujar al muchacho hacia la hilera de dientes más cercana. No sea que el bicho tuviera hambre y tal. Pettulip por su parte había conseguido salir del trance, no tanto por méritos propios si no más bien porque el gato había huido sabiamente al ver acercarse a la manada de seres del averno. Sin nada que distrajera su atención, y enfrentado de pronto a esa panda de sabuesos infernales, Pettulip se dejó llevar por su naturaleza, y agitando un dedo amenazadoramente ante el hocico del bicharraco más cercano, dijo:

- ¡Perro malo! ¡Malo! ¡Has espantado al gatito!

- ¿Guau?

- ¡Sí, le has asustado, y eso no se hace! ¡Perro malo!

- Guauuu…

- ¡Ahora no me vengas llorando! ¡Así aprenderás para la próxima vez!

Mientras Pettulip conseguía milagrosamente domar a un ser salido de las peores pesadillas de la gente normal, y Ritsuki estaba por ahí de fondo flipando en colores y preguntándose si todo esto no sería algún tipo de alucinación, el ejemplar más descomunal y más aterrador de todos se estaba abriendo paso hasta el frente de sus congéneres. Y a lomos de tan perturbador corcel, Cassie observó la escena a su alrededor y… francamente, no entendió nada. ¿Cómo había conseguido ese chaval larguirucho y escuchimizado amedrentar a sus temibles (pero adorables) bestias demoníacas?

- Vamos a ver, ¿qué está pasando aquí?

- Pues verás, resulta que tus perros han espantado a un gato monísimo que había debajo de este seto.

- ¡Ay no! ¿Un gatito?

- ¡Sí, y era adorable!

-¡Me encantan los gatitos! Lo siento mucho, si lo llego a saber, habríamos tenido más cuidado...

- Ya no hay nada que hacer…

Dicho lo cual, Pettulip se dejó llevar por la tristeza y una lagrimilla recorrió su mejilla. A continuación se puso a mirar lastimeramente a Cassie, quien le devolvió la mirada fijamente. Y así estuvieron los dos sus buenos cinco minutos, mirándose como dos pasmarotes, mientras Pettulip se preguntaba encantado si por fin habría encontrado a alguien inmune a sus encantos y a Cassie le entraba la duda de si ese chaval estaría en sus cabales. A ella no le apetecía cargarse directamente a otro amante de los animales, pero la verdad es que empezaba a estar bastante incómoda ahí atrapada en el concurso de miradas, así que dijo:

- Bueeeeno, esto, yo casi que me voy a ir yendo ya, ¿eh? A ver si encuentro por ahí al gatete…

- ¡Voy contigo!

- ¿Eh?

- ¡Que sí, que voy contigo! ¡Entre los dos lo encontraremos más rápido!

¿Sería esto un extraño intento de seducción? ¿Se había cansado Pettulip de andar y simplemente estaba intentando agenciarse una montura a su costa? Cassie no lo tenía muy claro, pero lo que sí sabía es que nunca estaba de más tener un poco de comida extra para sus tiernas mascotas. Y si esa comida venía en forma de un chaval que la seguiría voluntariamente sin que ella tuviera que hacer nada, mejor que mejor, oiga. Nunca hay que decirle que no a oportunidades como éstas. Y quien sabe, igual hasta el chaval podía ser útil para algo más que ser masticado. Nunca se sabe.

Así que Cassie asintió y dejó que Pettulip se subiera a lomos de Cuqui, la bestia monstruosa que tenía el honor de ser el segundo de la manada (y el deshonor de tener un nombre tan moñas como ese). Como tampoco tenían muy claro adónde ir, y pensar en un plan definido estaba más allá de sus posibilidades, simplemente avanzaron por el laberinto a ver dónde les llevaba la vida… hasta que Pettulip se acordó de algo.

Y es que no os penséis que se había olvidado tan fácilmente de su compañera de distrito, oh no. La gloria del su hogar seguía muy presente en su mente, y ni siquiera Cassie con su amor por los gatos y la fascinación que despertaba en él por su inmunidad al 'efecto desmayo' podía distraerlo por mucho tiempo de ello. Su mentor se había encargado de que su misión quedara grabada indeleble en las mentes de los del distrito 9 con su última charla, por métodos muy probablemente chungos e ilegales que todavía siguen siendo un misterio para la audiencia. Además, sabía que trabajar en equipo siempre vende mucho más ante las comerciales cámaras del Capitolio (por lo menos al principio, después ay de aquel que se interponga entre un capitolino y las puñaladas traperas por la espalda). Así las cosas, tuvo lugar la siguiente conversación:

- Estooo… perdona, hermosa desconocida, ¿te importaría frenar a tu majestuosa manada y que recojamos a mi compañera de distrito? Juro que no te molestaremos, además seguro que entre todos encontramos a ese gatito antes… - dijo Pettulip, agitando su melena como tenía por costumbre hacer cada vez que pedía favores. Normalmente, sin que él supiera muy bien por qué, la gente lo consideraba encantador y caían misteriosamente bajo su influencia… pero no así con esa muchacha, para su sorpresa y deleite.

- A ver, chaval, que me llamo Cassie, métete esas gilipolleces de 'hermosa desconocida' por donde te quepan. Por mí podéis venir si queréis, pero luego no os quejéis si mis pequeñines os dan algún mordisquito, ¿eh, mis niños? ¿Mis perritos buenos? ¡Oyoyoyoyoy!

Y con esta desconcertante diferencia en el trato hacia las personas y los mutos, los tributos del distrito 9 quedaron provisionalmente aceptados en tan excelsa compañía (tras presentarse debidamente). De nuevo, en opinión de Cassie, cuanta más comida decidiera seguirla, mejor. Pettulip se contentaba con dividir el tiempo entre pensar en el gato perdido (no pensaríais que se olvidó de él, ¿no?), en la gloria de su distrito, y en la encantadora (o eso pensaba él) amante de los gatos que había tenido la suerte de encontrarse. Se ve que Cassie lo había impresionado (aunque no está tan claro que fuera recíproco). Y así iba él, con una sonrisa de oreja a oreja, sin darse cuenta de que detrás de él iba Ritsuki haciéndole unos gestos que habrían hecho palidecer hasta al más vulgar de los capitolinos. No le había hecho mucha gracia que en ningún momento le pidieran su opinión sobre ir en medio de una manada de seres infernales y probablemente hambrientos, nooo. No le había hecho ninguna gracia. Pero por otra parte, no le apetecía corretear por la Arena sin rumbo fijo, que sus piernecillas se cansaban fácilmente. Era mucho mejor deambular por la Arena sin rumbo fijo montada en un monstruo tremendamente intimidante, dónde iba a parar, que así por lo menos ahorraba energías (y seguro que cualquiera que los viera se lo pensaba dos veces antes de atacarles). Así que el pragmatismo ganó al orgullo y se montó en una de aquellas bestias, lo cual no impidió que mostrara su descontento a través de sendos gestos e insultos de lo más creativos murmurados por lo bajini. Así era ella.

Mientras esta alianza improvisada y probablemente destinada a un fin entre mandíbulas (o al menos para algunos de sus miembros) seguía así su camino tan alegremente, en la otra punta del laberinto dos tributos estaban a punto de protagonizar un choque frontal sin ellas quererlo ni nada. Y no me refiero a un choque de voluntades, o de puntos de vista, no. Me refiero a que se iban a dar tal golpe la una contra la otra que durante los cinco minutos siguientes no se acordarían ni de decir "esternocleidomastoideo".

Tampoco es que esa sea una palabra muy común, dirán los descreídos. Qué poca fe. Quizá las dos tributos son gente muy culta que utiliza esa palabra habitualmente en su vida diaria, o quizá a la autora le parece que suena bien. Que para algo están las licencias artísticas, oiga.

El caso es que ahí estaban Lesley y Dana, a punto de darse el guantazo de sus vidas. ¿Qué las había llevado a tan doloroso destino, os preguntaréis? Pues en realidad, el hecho de que las circunstancias de su vida estaban resultando ser muy similares. En primer lugar, ninguna de las dos se había aliado con nadie (por no decir que Lesley había salido huyendo ante la idea, literalmente), así que no había nadie con quien pensar en un plan mejor que correr como si les fueran a dar una medalla. Quizá esto se deba a que sus peculiares personalidades eran difíciles de soportar, quizá a que no había compañía digna de ellas, cada cual que opine lo que quiera. Y, en segundo lugar, su particular conjunto de habilidades las hacía idóneas para la estrategia de correr como alma que lleva el diablo. Quien dice "particular conjunto de habilidades" dice "no tener ni idea de por qué lado se coge un cuchillo", así que sabiendo que si llegaban a un enfrentamiento tenían poco que hacer, ambas habían optado muy sabiamente por la opción de salir corriendo en cuanto tuvieron la oportunidad, y a partir de ahí improvisar.

Por desgracia para ellas el diseño de la Arena ese año dejaba bastante que desear, quizá por la falta de presupuesto o por la improvisación de último minuto. Hasta el momento sólo habían visto, cada una por su lado, interminables pasillos discurriendo entre los setos decorados ocasionalmente por envoltorios de hamburguesas. Por envoltorios de hamburguesas bastante vacíos, todo hay que decirlo, así que sin comida ni armas a la vista ambas se habían limitado a correr y seguir corriendo. Luego a andar rápido, a velocidad de maruja en las rebajas, porque eran humanas y también se cansan, oiga. Y luego a correr otro poco. Y así habían pasado el primer día hasta que cayó la noche y el destino (o quizás la falta de visibilidad) había llevado a Dana a chocarse de pronto y a alta velocidad con lo que le pareció un borrón con gafas. Para su deshonra, el borrón con gafas resultó ser más joven pero más alta que ella, así que se cayó de culo tras el impacto. Qué difícil es mantener la dignidad en estos Juegos, de verdad. Por si fuera poco, el borrón con gafas empezó a reírse desaforadamente de su desgracia. Y eso ya sí que estaba muy muy feo.

Visto desde la comodidad (y la inmovilidad) del suelo, el borrón con gafas le parecía decididamente menos borrón y más una chiquilla que le sonaba vagamente de las entrevistas por ser el orgullo de los insultos del distrito 4. Así que Dana, que no podía pasar por alto que se rieran del dolor en su baja espalda, decidió hablarle en un idioma que pudiera entender:

- ¡Eh, tú, miserable estrella de mar! ¡Mira por dónde vas! – dijo la tributo del distrito 10, pensando que eso sería apropiadamente insultante para alguien del distrito 4. Cuando su insulto no hizo más que agravar la risa de la otra chica, entendió de lleno los peligros de no tener ni idea sobre otras culturas. Resulta que en ese distrito las estrellas de mar se tienen en alta estima por su valor como complementos para el pelo, cosas de la vida, y más que insulto se consideran un gran halago. Pero claro, Dana no sabía nada de esto y sólo veía que a la otra chica empezaba a faltarle el aire de tanto reírse. El conflicto diplomático podría haber llegado a más si no fuera porque Lesley también acabó en el suelo, rodando de la risa, y ante semejante espectáculo Dana no pudo evitar contagiarse, por mucho que se resistió, como suele pasar en estos casos. De forma que acabaron las dos desternilladas en el suelo sin saber muy bien cómo ni por qué. Achaquémoslo al estrés de participar en una competición mortal (que nunca se sabe por dónde va a salir), achaquémoslo a que a ambas les faltaba un tornillo o dos. Pero bueno, al menos se quedaron bien a gusto, oiga.

Y así las cosas, al cabo de un buen rato Lesley consiguió recuperar el aliento lo suficiente para iniciar una conversación más normal:

- Ay, perdona que me ría tanto. Pero es que ha sido muy gracioso, ¡has rebotado y todo! Por cierto, me llamo Lesley, ¿y tú? – dijo la joven del distrito 4, levantándose ágilmente y tendiéndole la mano a Dana. Normalmente no le habría resultado tan fácil superar su timidez, pero es que después de tanto reírse de la otra chica, esa barrera estaba superada. Dana por su parte se quedó mirando por una fracción de segundo la mano extendida, todavía recuperando el aliento después de su propio ataque de risa. Se le había pasado el enfado de que se rieran de ella por caerse de culo, que la risa lo cura todo, dicen los científicos. Así que no tuvo muchos reparos en acabar cogiendo la mano de Lesley para levantarse, así, sin rencores. De colegueo, incluso. Está visto que estas dos pasan de un estado de ánimo a otro como en una montaña rusa, están hechas tal para cual.

- Yo soy Dana, del 10. Y no pasa nada, mujer, si te hubieras caído tú yo también me habría reído.

Lesley asintió, reconociendo lo que todos sabemos que es una verdad universal. Y así de fácil se recuperó Dana del resentimiento, con gente así da gusto. El caso es que, viendo que ninguna de las dos representaba un peligro inmediato, al final empezaron a hablar de todo un poco, porque tampoco tenían nada mejor que hacer. Cuando ambas descubrieron que tenían los mismos gustos literarios, ya que su libro favorito de todos los tiempos era "Escaleras, ¿van hacia arriba o hacia abajo?", pues hasta empezaron a caerse bien. Es lo que tienen los libros, que unen mucho, sobre todo los de tan profundo calado filosófico. Al final, casi sin darse cuenta echaron a andar sin rumbo fijo las dos juntas, y así sin que ninguna de las dos lo vocalizara formaron una alianza. La mentora de Lesley, gran amante de los libros tanto por su poder como arma arrojadiza como por su habilidad para unir a las personas, habría estado orgullosa.


En una sala súper secreta (y probablemente bastante hortera) en algún lugar del Capitolio, Mari Puri se había unido a Manolo para ver cómo progresaban sus Juegos. Y la verdad, no le gustaba nada lo que estaba viendo. En los últimos 5 minutos no había muerto ni media persona, ni siquiera había habido una heridita sangrante, ni un arañazo un poco chungo, nada de nada. Sólo dos pánfilas discutiendo sobre escalones como si de un programa de tertulias se tratara. Sospechaba que al resto de los capitolinos, o al menos a los que estuvieran lo suficientemente sobrios como para no ver borrosas sus pantallas, tampoco les estaría entreteniendo demasiado el espectáculo. Seguramente empezaran a aburrirse. A aburrirse mucho. Y es que si no había mutos monstruosos o matanzas sangrientas en pantalla perdían el interés, como es normal.

Por no hablar de lo que opinaría el Presi. En eso no quería ni pensar, la verdad.

En el fondo, el único que parecía feliz era Manolo. Ajeno a todo, él llevaba las últimas horas entrenando a sus más recientes creaciones, un montón de patitos asesinos que había modificado genéticamente él mismo para ser tan adorables como letales. Poco le importaba el hecho de que los patitos sólo estuvieran vivos en su imaginación, porque en sus delirios provocados por algún cóctel capitolino de más había confundido a un montón de patitos de goma con los animales de verdad. Así que se dedicaba a darles órdenes de tipo "Ataca, ¡a la yugular!" a una muy atenta (y poco responsiva) audiencia de plástico, mientras Mari Puri se desesperaba de fondo.

Y es que el hecho de que las dos chicas formaran una alianza improvisada ya fue la gota que colmó el vaso. ¿Dónde habían quedado las buenas costumbres, como atacar a todo tributo que se moviera? ¿Cómo apuñalar a diestro y siniestro, sin preguntar primero? El mundo se estaba yendo a pique, estaba claro. Y Mari Puri no lo podía seguir permitiendo más.

Así que se puso de pie, y luego se tiró al suelo para ir rodando hacia la mesa de control, como una croqueta. Lo de ir de un sitio a otro en patines ya había quedado desfasado en el Capitolio (por suerte, porque Mari Puri tenía moratones en sitios innombrables de todas las veces que se había caído). Una vez allí, tocó unos cuantos botones y la tecnología avanzadísima de la Arena reconfiguró discretamente el paisaje, justo en la zona a la que se dirigían Dana y Lesley sin sospechar nada. Si alguien hubiera preguntado a Manolo, no les podría haber dicho nada sobre lo que ocurría a su alrededor porque estaba muy ocupado con sus patitos de goma. Pero si alguien hubiera pasado por allí, sí que habría podido oír a Mari Puri exclamar como una maníaca:

- Pues si no se quieren enfrentar la una a la otra, se enfrentarán con el entorno, ¡BWAHAHAHAHA!

Y su acceso de risa maníaca digna del mismísimo Presi sólo fue interrumpido por un ataque de tos que le dio. En fin, no todos pueden dominar el arte de ser un villano maquiavélico, qué le vamos a hacer.


Nota de la autora: efectivamente, y por increíble que parezca después de tanto tiempo, ¡resurjo! ¡BWAHAHAHAHA! ¡Y vengo más cargada de tonterías que nunca! ¡BWAHAHAHAHAHAHAHA!

Perdonad, que me debe de haber poseído el espíritu de Mari que hayáis disfrutado de este capítulo de transición, con formación de alianzas y todo, en preparación para lo que se les viene encima a los pobres y desprevenidos tributos en el siguiente. Y ahí os dejo, con todo el cliffhanger, porque soy un ser del mal :D

Y ya sabéis, dejadme opiniones, comentarios, remedios caseros para el mal de ojo, vuestro punto de vista sobre si las escaleras suben o bajan, y todo lo que se os ocurra en un review. Si lo hacéis, Manolo os enviará uno de sus patitos imaginarios en agradecimiento. ¡Una oportunidad única!

Y en serio, muchas gracias a todos los que todavía estéis leyendo esto por leer y comentar y esas cosas. Me anima mucho cada vez que hay un nuevo comentario o favorito o lo que sea. Juro que acabaré esta historia, aunque sea cuando tenga 80 años y los androides nos hayan invadido y la humanidad ya no sea como la conocemos, ¡pero la acabaré! (*música solemne*)

Y dicho esto, ¡hasta el próximo capítulo! ;D