—Cabalgando al amor—
Sakuno vio el accidente a cámara lenta pasar delante de sus ojos. La camioneta contra el vehículo de Ryoma. Golpearlo contra el costado provocando que diera varias vueltas de campana. Casi le pareció escuchar un grito escapando de los cristales rotos. La mujer descendió de la camioneta con las manos en la cabeza. Tenía la nariz enrojecida por el impacto del volante y estaban tan histérica que ni siquiera era capaz de sentir sus propios dolores.
Ella continuaba agachada, con la mirada clavada en una de las ruedas que giraba sin parar, como si aquella fuera la escena sacada de un libro que luego repites hasta que los sucesos son tan reales que terminas creyendo que era verídico.
Y era completamente verdad.
Momoshiro fue el primero en llegar, dio una patada al coche y tiró de la puerta hasta que cedió. Lo primero que se llegó a ver fue una mano cayendo pesadamente al suelo seguida de un brazo lleno de sangre. Momoshiro gritaba algo y tiraba con todas sus fuerzas. An había desaparecido y Riku se acercó para ayudar a su padre. Eiji intentó mantenerla en pie, cogiéndola.
Sakuno juraría que su cuerpo estaba bien. No sentía nada. Tan solo sus ojos parecían trabajar, como si grabara todo lo que pasaba a su alrededor como una cámara de video. Sin embargo Eiji continuaba con el afán de clavarle los dedos en los brazos, tirar de ella y arrastrarla. Le gritó algo, de eso estaba segura, pero no comprendió ni una sola palabra.
Finalmente la dejó y le vio acudir junto al coche. Agacharse junto a la puerta y meter su cuerpo en el interior. Solo sacó la cabeza para gritarle algo a Momoshiro y volver a adentrarse.
Las preguntas empezaron a amontonarse lentamente en su cabeza.
¿Qué hacen? ¿Por qué no lo sacan ya? ¿Qué están esperando? Ryoma está bien ¿no lo ven?
Tragó y deseó ir. Pero sus músculos no le respondieron. Miró hacia abajo. Estaba sentada en el suelo, sobre el barro, con los vaqueros llenos de suciedad y húmedos. Sus manos estaban impregnadas de la misma sustancia. Se miró las manos y el barro comenzó a convertirse en sangre. Chorreaba por sus muñecas, descendía hasta sus brazos, le manchaba la blusa. Abrió la boca, echó la cabeza hacia atrás y gritó.
El sonido de las sirenas acalló sus gritos. An la zarandeo y acogió en su pecho mientras los paramédicos se encargaban del accidente. La policía no tardó en llegar. Todo fue un caos y esta vez, pasó realmente rápido antes sus narices. Se llevaban a Ryoma y no podía ni ver cómo se encontraba. Momoshiro fue con él en la ambulancia, mientras ella solo podía ver cómo se perdía de vista el maletero de la furgoneta en medio de un terrible dolor de cabeza.
(…)
Yohei Ryuzaki fue adentrado en una fría y apestosa cárcel. O más bien, una jaula con barrotes que le recordaron a su buena fe de tener las reses libres. Pero eso no era lo que le importaba. Punto uno: Esos barrotes por muy débiles que parecieran no se romperían para que él pudiera salir libremente. Punto dos: Si consiguiera escabullirse terminaría con una bala alojada en cualquier parte de su cuerpo. Y tercer punto: Le importaba mucho más lo que había escuchado por la radio mientras iban de camino a la comisaria que cualquier otra tontería del mundo. Una jaula era el menor de sus problemas.
El aviso no había sido demasiado conciso y los nervios estaban matándole.
A todas las unidades libres, acudan a la entrada principal del rancho Ryuzaki. Tenemos una colisión grave entre dos vehículos de gran envergadura. Creemos que uno de los conductores está grave. Ya se ha advertido al servicio sanitario.
La condenada radio repitió aquella advertencia tres veces, torturándole mientras él había estado sentado en la parte de atrás del vehículo. El sheriff había levantado el comunicador y con toda la parsimonia del mundo había enviado una de sus unidades, alertando de agresividad en la granja por parte de los trabajadores e informando que él llevaba, como si fuera un trofeo, a Ryuzaki Yohei en la parte trasera de su vehículo tras una detención.
Yoheí había esperado que se inventara una película al estilo cowboy de los años de matusalén. Pero sabía que era verídico. Que aquello estaba pasando a las puertas de su rancho. Sin embargo, el condenado Sheriff no había abierto la boca más que para indicarle que entrara dentro de la jaula.
—Dígame qué sucede al menos. — demandó con tranquilidad. El hombre le miró con suspicacia—. No te estoy pidiendo salir. Solo dime qué ocurre con el accidente. En esa casa está mi hija. — La voz se le convirtió en un ahogado susurro—. Ella… ella podría estar muerta en estos momentos. Si por un casual ella hubiera querido seguirme… si estuviera muerta… Joder.
Sacudió las verjas con las manos. Estas chirriaron pero no se movieron ni un milímetro.
—¿Es que acaso no tienes una hija? ¿Es que no te preocupa? ¡Eres un policía, deja de ser tan condenadamente corrupto cuando se trata de la vida de una persona!
El Sheriff clavó una seca mirada en él. Ningún resentimiento. Nada. Se sentó frente a él en la mesa, colocó los pies sobre esta y cruzó los brazos. Yohei deseó ser capaz de atravesar esa condenada cárcel de barrotes y estrangularlo.
—Hubo un tiempo en que sentí el mismo sentimiento que tienes tu ahora. — La voz del hombre resonó entre las frías paredes. — Ya no.
—¿Qué quieres decir, maldición?
—Mi hija murió hace tres años. Tenía esa misma edad. Tres pequeños años. Le gustaba indicarle a todo el mundo que tenía esa edad, mostrando sus tres pequeños dedos a todo aquel que la mirase con sus ojos. Encandilaba a todo el mundo. Era preciosa. Tenía el cabello del color del fuego. No solo el naranja, mezclaba el amarillo en una forma realmente increíble.
Yohei apretó los dedos en los barrotes tanto que sus nudillos se volvieron blancos.
—Tenía una enfermedad extraña. No recuerdo, ni quiero recordar su nombre. Solo sé que me costaba un riñón la operación. ¿No es gracioso? Para que una niña sobreviva a la muerte, tienes que comprar a desgraciados su tiempo. Médicos se llaman. Ja. Mentiras podridas vestidas de blanco y caminando con puro orgullo y como santos por los pasillos de un hospital, pavoneándose por llevar los bolsillos llenos gracias a las desgracias de otras personas. Eso es lo que son.
Hizo una pausa para levantarse el ala del sombrero con el índice. Quería asegurase de que él estuviera completamente atento a su narración. Yohei apenas podía sentir ya los dedos y su boca iba por el mismo camino de la presión que sus dientes ejercían unos contra otros.
—Mi niña tenía tres años… ¿Sabe? Solo eso. Tres años y una deuda más grande que una casa en sus espaldas y la muerte pisándole los talones, sonriéndole con dulces palabras y caramelos en forma de guadaña. — Esbozó una amarga sonrisa— ¿Sabe que hice? Fui al banco, pedí préstamos. Me los negaron. Fue al trabajo, pedí adelantos descomunales. Me despidieron. Pregunté a mi familia. Se negaron porque la daban por muerta. Me até a una cadena en el ayuntamiento. Grité a políticos. Moví los medios de comunicación. Nadie respondió. Nadie quería ayudar.
Yohei sintió como las tripas se le revolvían.
—No me diga. — masculló con todo el asco que sentía en su voz—. Apareció Osakada como un ángel caído del cielo y le tendió el dinero necesario como si le sobrara.
El sheriff esbozó una tenue sonrisa.
—Ese hombre, se lo digo en serio, es capaz de sacar oro de su nariz. Sus mocos deben de ser lingotes.
—Sí, y caga diamantes. — sarcástico escupió en el suelo.
—No tengo ni idea. Pero sé que me puso aquella tremenda cantidad de dinero delante de mis narices. Y estamos hablando de una enorme cantidad, no de un simple y pequeño préstamo. No. Millones.
—Puedo hacerme una idea.
—El caso es que yo lo acepté… ¿Qué clase de padre sería si no lo hiciera? Mi hija se estaba muriendo. Fui con todo aquel dinero y el hospital me hizo una facturita y me dio las gracias por pagarles por salvar la vida de mi hija. Se quedaron con todo. No sobró ni un simple yen. Nada. Todo para sus bolsillos. Pagando medicinas que en el futuro de su estancia podría necesitar. Ni siquiera sabían si eso era fijo, pero a ellos no le importaba nada. Tenían sus arcas repletas de dinero.
Movió las llaves por encima de su hombro sujetándolas con tan solo un dedo y silbó el comienzo de una canción infantil. Yohei no había sido muy de cantarle canciones infantiles a Sakuno, pero aquella la conocía. Se le retorcieron las tripas.
—Operaron a mi hija aquella tarde. Una operación horrorosa. Mi mujer y yo solo podíamos estar fuera, mirando como las enfermeras entraban y salían. Como se gritaban unas a otras sin responder ninguna de nuestras preguntas. "Esperen, por favor". "Sean pacientes como los demás"… ¡Y un cuerno!
Golpeó con el puño la mesa, clavando sus ojos en él, como si fuera la diana de todas sus lamentaciones.
—Mi hija estaba ahí dentro… ¿cómo diantres puede calmarse un padre? Agonía. Miedo. Dolor. Impotencia. Deseos de golpear algo. De expulsar la energía que cada vez crecía más en mi como adrenalina. Y nadie lo comprendía. Todos me miraban con superioridad, como si estar ahí fuera un privilegio que no consiguiera comprender y estuviera por encima de mis posibilidades.
—Eso es la alta sociedad.
—Gilipolleces, eso es lo que es. Son gilipolleces. Yo te miro por encima del hombro. Otro lo hace hoy para mí. Y tú miraras a otra persona por encima del hombro porque es tu día de hacerlo. Es el asco de cualquier tipo de sociedad. Da igual tu alcurnia o que vivas en un basurero.
—Pero tu hija… ¿Se salvó?
El sheriff tardó unos segundos en responder.
—Sí y no.
—¿Cómo que sí y no?
—Le salvaron la vida a costa de tener que ser siempre un vegetal enchufado a una máquina, tomar medicinas inútiles y hacerla sentir un ser que no sirve para nada. Cualquier otra persona diría: Ey, que está viva. Bien. Felicidades por pensar de esa forma tan abierta. Mi hija está sufriendo postrada en una cama, perdiendo su juventud, perdiendo su vida. No va a saber nunca lo que es ser besada por un chico en la puerta de su casa. Ir al baile de graduación o que su padre la lleve del brazo al altar. No. Ella no sirve para eso.
—Mierda…
El policía sonrió.
—Exacto. Mierda. No importa de qué modo lo mires, lo retuerzas o lo tortures. Es una completa mierda. Pero eso es lo que tengo en mi casa, amarrado a una esperanza que mi mujer se afana en tener, rogándole a un dios que no hace nada por salvar a mi hija… ¿Sabe…— hizo una pausa y continuó—… qué hago cada noche cuando vuelvo a casa?
—No.
—Me detengo ahí, frente a su cama. Observo sus rizos. Lo que queda de su hermosura infantil ya extinguida. Me acuerdo de sus sonrisas, de su alegría, de la facilidad que poseía para hacer amigos. Y luego, miro esa condenada máquina que la mantiene presa en un cuerpo sin vida. Entonces, pienso… ¿Por qué demonios aguanto esto? ¿Por qué hago que mi hija sufra este destino? Y me acerco hasta el aparato. Lo miro por un largo rato. — Frunció los parpados mientras gesticulaba con las manos—. Entonces, mis manos se acercan hasta el enchufe y lo mantengo ahí apretado por unos segundos. Si desconecto eso, mi hija morirá. Se marchará para siempre y ya no tendrá que sufrir nunca más esta maldición.
—Pero no lo haces. — dedujo. El hombre sonrió.
—Aparece mi mujer y me detiene, golpeándome, tirándome del pelo y atacándome como si fuera un animal. Instinto de protección maternal. Llámelo como quiera. Es ahí, en ese momento, cuando me pregunto: ¿Estoy siendo realmente un buen padre? ¿Está bien que piense que desconectarla es lo mejor? Porque está viva, respirando. Pero nada más. Si para comer necesita un puñetero tuvo.
—¿Por qué me está contando esto? — masculló a media voz. Solo de pensar en Sakuno…
—Porque, quiero que entienda el motivo de que le haya encerrado, de que le esté haciendo sufrir imaginando quién habrá sufrido ese accidente. Y porque… esa es mi tarea para poder pagar que mi hija esté postrada en una cama siendo un simple vegetal que respira.
En un lento proceso alargó la mano hasta la radio. Descolgó el micrófono y apretó el intercomunicador.
—Aquí el sheriff, ¿cuál es la situación del rancho Ryuzaki?
Un murmullo llegó desde el otro lado. La ansiedad aumentó en él.
—Un varón blanco ha sido enviado en una ambulancia con gravedad hacia el hospital. El vehículo que conducía está siendo atendido por los bomberos. Nosotros pasaremos a escoltar a la mujer del vehículo contrario hasta el hospital.
Oh, dios… ¿por qué siempre él? ¿Por qué siempre atacas a ese muchacho? ¿Realmente… tanto deseas llevártelo contigo?
—¿Quién es el chico?
Yohei se lamió los labios.
—Es mi yerno.
(…)
Recordaba que An había acudido a ella, la había zarandeado bruscamente, incluso abofeteado. Algo nublado sabía que había sido arrastrada hasta un vehículo y que en diferentes momentos había perdido el sentido mientras el coche en el que iba seguía a la ambulancia. An le gritaba mientras conducía. Se detenía tras la ambulancia, gesticulaba y hasta le daba con el codo de vez en cuando.
Estaba a punto de gritarle que le dolían las costillas cada vez más con los golpes, pero su voz no salía.
Habían llegado al hospital cuando An volvió a gritarle algo. Miró la ambulancia como si de un cuadro feo se tratara. Porque aquello no era real. No podía estar pasando.
An la guió hasta la sala de espera donde Momoshiro caminaba inquieto de un lado a otro. Les vio intercambiar una conversación agitada. El hombre clavó los ojos en ella estupefacto, se frotó el rostro con una mano y se dejó caer sobre una de las sillas.
¿Qué era lo que había dicho de Ryoma?
Se agachó frente al moreno y colocó ambas manos sobre sus rodillas. Momoshiro retrocedió asustado y buscó ayuda con la mirada a An. Pero esta no se movió. Sakuno suplicaba que su voz fuera capaz de salir. Necesitaba con todas sus fuerzas saber qué pasaba. ¿Por qué nadie le explicaba correctamente? ¿Por qué ella era tan estúpida e incapaz de comprenderlo?
Todo estaba yendo de mal en peor. Cuando aquel abogado había dado pocas, pero algunas esperanzas antes de masacrarles, en su regreso no había esperado que todo estuviera yendo tan mal. Tenía a su padre en la cárcel y ni siquiera sabía si podría sacarlo. Y Ryoma… ¡Quería saber qué iba a pasar, demonios!
Ese era… él era… su verdadero amor.
No fue consciente de cuánto tiempo llevaba en cuclillas, mirando la cara de Momoshiro, como si pudiera descubrir américa en ella. Al menos, quería alguna noticia, algo que pudiera comprender. Sin embargo, esta no llegaba y cuando las puertas se abrieron, Momoshiro la dejó caer al levantarse bruscamente. Al darse cuenta, el joven se agachó para ayudarla a levantarse, pero solo tuvo fuerzas para golpearle la mano y rechazarla.
Él dijo algo que ella no alcanzó a escuchar. Luego se volvió para atender al doctor. Ella miró con curiosidad. Apretó los labios y mentalmente exigió a sus oídos poder escuchar.
Miró ansiosa a ambos, aferrando del brazo a Momoshiro. El chico de ojos violetas clavó la mirada en ella y sonrió.
… bien… Echizen.
Un crujido y la sensación de los oídos al destaparse.
—Repítalo. — suplicó. El doctor la miró con sorpresa.
—El señor Echizen está bien. Estable y con algunos rasguños. En realidad, se ha dado un golpe fuerte en la cabeza que le ha hecho perder el sentido, pero no ha ido a nada más grave. Nos hemos encargado de hacerle pruebas para asegurarnos y los resultados han sido satisfactorios.
—Entonces…— balbuceó.
El médico se volvió entonces hacia ella y arqueó una ceja.
—Eres la pequeña Ryuzaki… ¿verdad?
—Sí— respondió.
Fue entonces cuando se dio cuenta de lo sucia que estaba. El pelo revuelto y lleno de barro. La cara manchada y probablemente tendría alguna que otra marca de las manos de An cuando intentó despertarla. No daba una impresión perfecta a la que estaban acostumbrados.
—¿Se encuentra bien?
—Estoy perfectamente. — No supo exactamente de dónde sacó valor—. Solo necesito saber si él estará bien.
—Lo estará. — Garantizó el doctor subiéndose las gafas—. No se permiten visitas, pero dado que es usted, puede pasar. Sígame, por favor.
Sakuno dudó. ¿Estaba realmente bien eso? Iba hecha un asco. El médico pareció comprender su situación y mirándola con ternura, le indicó una habitación.
—Una compañera le entregara un mono de trabajo. Siéntase libre de utilizarlo.
Cabeceó afirmativamente y entró. Olía a medicina y antiséptico. Varias mesas vacías decoraban las paredes y el suelo. Un letrero informando una nueva enfermedad en vías de tratamiento y pequeño armario era el resto de la decoración. La luz tintineo.
—Señorita.
Se volvió al tiempo que alguien cubría su boca con un trapo. Sin poder debatirse, cayó presa de una oscuridad absoluta.
(..)
Despertó con el ronroneo de una máquina a su lado. Un aparato para la respiración, pero él no recordaba su nombre técnico. Tampoco le importaba. Momentos antes había estado estrellándose contra otro coche y ahora… Por lo que podía deducir, y aunque sonara a broma teniendo en cuenta que acababa de despertar de un accidente, estaba en el hospital. Las paredes blancas le provocaban dolor en los ojos. Un tuvo delgado colgaba de un saquito transparente e iba directamente su brazo, atravesando el líquido hasta la aguja.
Parpadeó y clavó su mirada en el sofá oscuro. Había una figura cubierta con una manta sobre esta. Un mecho castaño caía por el costado de la ropa. Por un instante pensó que se trataría de Ryuzaki, pero cuando la figura se movió, se estremeció.
—Ah, Ryoma, despertaste.
La voz provocó que le dolieran las sienes.
—Tuviste un accidente, así que estás en el hospital. No te preocupes. Yo cuidaré de ti.
Solo pudo abrir la boca y emitir un gruñido. ¿Pánico? ¿Terror? ¿Agonía? Ella no se inmutó. Llegó hasta su altura y se inclinó hasta pegar su mejilla a la de él.
—Tranquilo, tu caballo está perfectamente. Siempre será mío. Igual que tú.
Osakada…
N/a
¡Hola!
Bien, yo creía que iba a terminar cabalgando al amor pronto, pero me he dado cuenta de que todavía no. Hay algunas cosas que contar y dado que todo está más liado que nunca…
Pero no le queda mucho, eso sí.
Bueno, pues nada más queda decir que no dudéis en pasaros por Imaginación Fanfiction para estar al día con mis fics (no, no quiero darme de importante uxu).
¡Un abrazo enorme!
Pd: Perdón por la tardanza.
