Soldados

–No entiendo que hacemos aquí.

–Es un premio por ser de los mejores de tu clase.

–Pues vaya premio.

Las quejas no dejaban de brotar de los labios de McCoy de forma más fluida que de costumbre. Dos días atrás les habían invitado a él y Marie, una de sus compañeras en el hospital de la flota, a participar en la simulación de combate que agruparía a los mejores estudiantes y que se prolongaría durante los próximos dos días. Por ello el buen doctor se encontraba en esos instantes ajustando todas las protecciones que en situación real de combate el equipo médico podía llevar.

–Con esto es imposible que esperen que podamos atender a los heridos de forma efectiva– gruñó Bones tratando de girar su hombro, protegido por una placa que continuaba sobre su pecho y cubría la parte superior de su caja torácica.

–Al menos son mucho más livianas que las de los entrenamientos– dijo Marie a su lado, revisando el contenido de sus bolsas médicas de campo.

–¿Has cogido los antibióticos?

–Sí– la mujer le mostró las cápsulas dónde iban los medicamentos simulados.

–¿Estáis listos?

Los dos médicos miraron a su supervisor y asintieron. Con un simple gesto el hombre les hizo seguirles. Bones estudió a su superior, un hombre de cincuenta años que estaba encargado de coordinar la acción de los cuatro médicos y veinte enfermeros que iban a tomar parte de la simulación en la que competirían doscientos cadetes contra un grupo seleccionado por el alto mando de la flota y en el que estarían casi un centenar de capitanes y oficiales.

Llegando a la sala de transporte del hospital el primer grupo tomó sus lugares en la plataforma, entre ellos Bones que sintió la ya familiar sensación de desmaterialización antes de que su cuerpo apareciese a casi cincuenta kilómetros, en una isla artificial que la flota había construido para pruebas cómo la que en el día de hoy iba a desarrollarse. Al salir de la plataforma Bones comenzó a inspeccionar el lugar: un sinfín de bosque ante él que se extendía durante más de veinte kilómetros de diámetro.

–Genial– murmuró recordando los pésimos resultados que había tenido semanas atrás cuando había practicado con Jim el combate cuerpo a cuerpo.

Sin tiempo a más miramientos su supervisor le arrastró hasta su sala de control, una pequeña tienda de campaña llena de aparatos electrónicos y monitores que señalaban los ritmos cardiacos del equipo de cadetes.

–La misión del equipo médico es clara: mantener la supervivencia de sus hombres y retirar a cuantos soldados crean que han sido heridos de gravedad– comenzó a decirles uno de los oficiales allí presentes–. Tanto las municiones cómo los phasers han sido modificados para que sólo puedan aturdir. La gravedad de la herida será reflejada por el color que tome la mancha de pintura que quedará impresa en la ropa de los cadetes y que se corresponderá con la cercanía a un órgano vital: Blanco significa fuera de peligro, amarillo posibilidad de infección, rojo herida peligrosa, gris necesidad de operación inminente y negro muerte. Cuando un soldado sea herido se activará un protocolo virtual que simulará la lesión en cuestión y que ustedes tendrán que tratar de la forma más efectiva que crean conveniente. Los medios de los que disponen son aquellos que ustedes mismos ya transportan. En el caso de que un soldado sea herido de muerte, o ustedes consideren que debe ser retirado de la simulación, pondrán en funcionamiento el transporte de emergencia que desmaterializará al soldado y le llevará de vuelta a su centro de operaciones.

Las explicaciones continuaron un par de minutos antes de que les llevasen junto a sus líderes. Bones estaba bajo las órdenes un cadete de cuarto año versado en combates similares pues era el tercer año que participaba en la gran maniobra. Apenas había escuchado las intenciones del cadete cuando el cielo se iluminó en rojo y el ejercicio comenzó.


El paso de las horas se volvió monotonía para Bones que avanzaba en el centro del grupo en el que le habían asignado curando todas y cada unas de las heridas que llegaban hasta él por más nimias que estas fueran, cómo médico McCoy sabía que en todas se escondía un riesgo latente que no estaba dispuesto a correr aunque aquello fuese una maniobra de entrenamiento. No supo cuanto tiempo había pasado cuando descubrió que se habían desviado tanto él cómo los tres soldados que tenía delante, y que de forma cautelosa trataban de avanzar por el corazón del bosque.

–¡Bomba!

El grito fue proferido por el soldado más cercano a Bones, pero el médico desconocía dónde estaba la carga explosiva que este había visto así que no pudo anticipar la explosión cuando esta se produjo.

Un intenso silbido cruzó de lado a lado la cabeza de Bones. Parpadeó y la visión volvió a él permitiéndole, casi a cámara lenta, ver a tres de sus compañeros en el suelo: uno tenía dos manchas negras sobre el traje y los otros dos una gris y otra amarilla. Sin pensárselo se lanzó hacia el soldado con la marca gris y comenzó a tratar la herida que el panel de control le mostraba: rotura de tres costillas, una de las cuales estaba perforando el pulmón izquierdo.

Intentaba aliviar la presión del pulmón cuando un soldado enemigo apareció ante él. Se trataba de un oficial de orion que, con el phaser en alto, avanzaba en su dirección. El médico calculo que el disparo iba a hacerle más daño del debido pues el orionita estaba apuntando a su sien. A pesar del inevitable final Bones se interpuso entre el orionita y el cuerpo herido del soldado.

El phaser zumbó.

Un único disparo cruzó el bosque, pero este no fue contra la cabeza de Bones sino que cayó justo sobre el lugar que ocupaba el pecho del cadete orion que, de inmediato, quedó cubierto por una mancha negra. Sin recrearse en la forma en la que su enemigo estaba desmaterializándose, Bones se volvió justo a tiempo de ver cómo Jim emergía entre la maleza. Tras día y medio de maniobra estaba cubierto de mugre, sudor, y media docena de manchas amarillas que evidenciaban heridas menores, pero avanzaba confiado, sin sonreír de forma engreída, ni molesta, no. Su gesto era reconfortante y la posición de cada músculo de su cuerpo transmitía seguridad.

–¿Estás bien?

Antes de que contestase, Jim se giró sobre si mismo y disparó hacia los árboles. Bones trató de ver algo entre la maleza pero sólo alcanzó a atisbar un cuerpo cayendo.

–Sí, pero deberíamos salir de aquí, esta zona no está asegurada.

–No puedo– Bones continuó su labor virtual de operación–. Necesito ocho minutos para estabilizar sus constantes.

Jim realizó otro certero disparo y un grito se escuchó entre los árboles.

–Trataré de conseguirte ese tiempo Bones.

Mientras el médico intentaba salvar las complicaciones que en la simulación médica iban surgiendo, no podía dejar de reparar en los movimientos de Jim a su alrededor, tratando de evitar que nadie llegase hasta ellos.

–Mierda, mi phaser ya no responde– musitó Jim.

Bones iba a calmarlo pero el joven reaccionó antes y, sin que Bones pudiera decir nada, desapareció de nuevo entre los árboles. Los siguientes cinco minutos el médico sólo pudo escuchar sonidos ahogados que dedujo procedían de las víctimas que Jim iba haciendo mientras salvaguardaba la zona.

–¡Está!– exclamó cuando la mancha gris comenzó a desvanecerse.

Cerca de él Jim apareció llevando esta vez una marca roja a la altura de la cadera.

–¿Qué…?

–Luego Bones, tenemos que salir de aquí, esto está infestándose de enemigos y no podré mantener la zona mucho más.

–Está bien– dijo entredientes el médico aceptando sus palabras.

Tomando con cuidado el cuerpo del soldado herido Jim le guió por el bosque hasta el punto de reunión del que se había desviado, y en el que la actividad era frenética pues entre dos enfermeros trataban de apagar las alarmas rojas que cuatro soldados tenían. Sin tiempo que perder, y tras asegurar al herido que Jim acababa de dejar en el suelo, Bones comenzó su trabajo. Sólo con el paso del tiempo, casi una hora, el médico se dio cuenta de que Jim parecía estar al mando del lugar.

–Han eliminado a nuestro líder– le informó el enfermero junto a él.

–¿Cuando?

–Hace casi un día.

–¿Cómo?– preguntó exaltado Bones–. ¿No deberíamos de estar ya eliminados?

–Fue una emboscada muy certera por parte del almirante Archer, que está al frente del otro equipo junto con dos de sus capitanes. Y si no nos hemos venido abajo aún es por que Kirk está junto a Robinson liderándonos. Entre los dos han logrado mantener a los oficiales tras nuestras líneas de defensa.

Sabía que no debía sorprenderse pero aún así Bones lo hizo. Poco después de que él fuese seleccionado para la prueba Jim le había comunicado que había recibido una invitación a la misma por parte de su instructor de combate terrestre, así que ambos formarían parte de los únicos quince alumnos de primer año que habían sido seleccionados para las maniobras. No dudaba del potencial de Jim, pero de eso a poder comprobarlo con sus propios ojos había un gran trecho. Buscó con la mirada al rubio y lo encontró cruzando el perímetro de seguridad seguido por cuatro soldados que asentían a cada una de sus palabras. Aún llevaba las manchas de las heridas encima, aunque la más grave se había vuelto de un color amarillo.

Su instinto le hizo salir en pos de su amigo pero supo que sería en balde; en aquel momento Jim no era el niño desvalido que de vez en cuando mostraba ser cuando estaban a solas: ahora era James Tiberius Kirk y tenía una batalla que ganar.


Las maniobras duraron cincuenta y dos horas y acabaron en un empate técnico, algo que Jim y los suyos celebraron cómo una victoria ya que su equipo había acabado con más de cien bajas y una retirada de cuarenta efectivos por heridas médicas de gravedad. Las felicitaciones se sucedieron a lo largo del camino de vuelta hasta que los cadetes regresaron a las instalaciones de la flota en San francisco y se dispersaron por el campus en busca de un descanso que bien merecían.

–Nunca creía que me alegraría tanto de decir esto pero: hogar dulce hogar– dijo Bones tirándose boca arriba en su cama.

–Han sido dos días de buen entrenamiento, aún así admito que también tenía ganas de descansar– reconoció Jim empezando a desvestirse.

–La verdad es que no ha estado del todo mal– murmuró Bones cerrando los ojos–. Al menos logré llegar vivo al final y eso me dará tres puntos más en mi calificación final de combate. Y gracias a ti.

–No he hecho nada en especial, Bones. Aunque si quieres agradecérmelo podrías cederme el turno de ducha, ardo en deseos de quitarme toda esta mugre.

–Adelante, yo creo que soy incapaz de moverme de aquí– se quejó Bones.

Escuchó que Jim reía y poco después el sonido de la ducha sónica funcionando. Debió de quedarse dormido por que lo siguiente que pudo notar fueron las manos de Jim sobre sus hombros.

–Vamos viejo, ayúdame un poco.

–¿Qué?

–Ya te he dejado una muda y el pijama en el baño– comenzó a explicarle Jim mientras le ayudaba a ponerse en pie–. Toma una ducha, cámbiate, te prepararé algo caliente y luego podrás ir a descansar.

–Suena bien.

–La otra opción era salir a tomar unas cervezas hasta el Candy's, pero creo que te quedarías dormido antes de salir de las habitaciones.

–Es posible– el médico bostezó mientras se quitaba los pantalones y Jim programaba la ducha–. Malditos críos y sus energías, ¿es que tú no estás cansado?

–Yo no soy un anciano cómo tú.

Bones resopló y se metió a la ducha. El tiempo transcurrió de una manera incierta pues tras lo que parecieron ser un par de parpadeos se encontró fuera de la ducha, luchando con su camiseta para ponérsela. Cuando lo consiguió regresó a la habitación en dónde Jim le esperaba con una taza de té. Al llevárselo a la boca Bones descubrió el sabor inconfundible del licor y sonrió.

–A tu salud.

–A la tuya Bones– dijo Jim alzando también su taza.

No supo cómo, pero Bones se encontró sin la taza y acostado en su cama mientras Jim le echaba las mantas encima. Aunque sólo fue por un instante, Bones creyó ver una sabiduría en la mirada de Jim que antes no había apreciado.

–Ei niño.

–¿Sí?

–Puede que no vayas a ser tan mal capitán cómo creía.

–Tal vez, Bones. Buenas noches.

Casi de inmediato el médico quedó dormido, y por ello no vio la última mirada que Jim le dedicó, una mezcla de genuina preocupación y cariño antes de que se levantase para, con mucha menos energía de la que había demostrado, llegar hasta su cama sobre la que literalmente se dejó caer. Penosamente, y usando sus últimas reservas de energía, Jim se cubrió con las mantas, suspiró quedamente, y cerró los ojos.