Quiero agradecer a Kariito Cullen Masen, lady blue vampire, christydechiba por sus comentarios.. También a las que me agregan a favoritos y alertas!

Hoy estoy un poco agotada porque me tocó ser presidenta de mesa en las elecciones de mi país, pero igual les voy a dejar un par de capítulos. Ya falta poquito para que termine! Son en total 25 cap más el epílogo

Besos

Ana Beth

Capitulo 20

El gran salón estaba colmado de gente. Los sonidos de las risas se mezclaban con el laúd y el arpa mientras los caballeros y las damas comían y los vasallos y los siervos chocaban las copas en numerosos brindis. El aroma del faisán recién asado im pregnaba el aire.

Bella recorrió el enorme recinto con la mirada y luego levantó la vista hacia el hombre del que iba tomada del bra zo. Los rangos y las posiciones significaban poco para Lord Edward Cullen, un hecho que él había dejado muy en claro hasta frente al rey mismo. Edward no otorgaba su respeto facilmente, no estaba dado por sentado, sino que tenían que ganárselo, y él daba todas las oportunidades para que los demás se lo ganaran, al tratarlos a todos en Forks con jus ticia. Bella le sonrió a su esposo mientras la guiaba a tra vés del salón. Éste era su hogar, y aunque su padre era un hombre justo y amable, nunca había visto a Forks tan lleno de vida.

Edward buscó con la mirada a Lord Charlie entre el gentío. Cuando lo encontró, tomó a Bella de la mano y la guió hacia su padre. Lord Charlie Swan observó a la pareja que se acercaba entrecerrando los ojos y se preguntó si la sonrisa de su hija era genuina. Lo dudaba, luego de haberla visto tan tris te en su alcoba apenas la mañana anterior. Pero, pensó Charlie con un desconcierto que le arrugaba la frente, no había nada oculto, nada calculado en la cálida sonrisa que Lord Edward le ofrecía. El hombre realmente irradiaba tanta felicidad que Charlie Swan se preguntó qué había sucedido entre su hija y su esposo en las últimas veinticuatro horas.

—Lord Charlie —Edward lo saludó serenamente cuando lle garon junto a él.

—Señor —le contestó el padre de Bella con una leve in clinación de la cabeza y luego volvió su atención a su hija—. Isabella —la tomó de los brazos y la acercó para besarla en la frente—, ¿cómo te sientes?

—Estoy bien, padre —sus ojos pasaron de uno a otro hom bre. Frunció el ceño al percibir la rabia de su padre—. ¿Qué su cede? —le preguntó cautelosamente.

Edward le respondió dando un paso hacia adelante para co locarse frente a frente con su padre.

—Me temo que fui más que irrespetuoso con tu padre el otro día. Lord Charlie, le pido que acepte mis disculpas por el modo en que le hablé. No hay excusas para mi comporta miento.

Charlie lo miró durante lo que a Bella le pareció una eternidad. Casi podía ver a su padre buscando la sinceridad dentro de Edward.

—Si hubiera pensado que tal vez usted estaba preocupado por mi hija en ese momento, habría...

—Lo estaba —lo interrumpió—, mucho más de lo que es taba dispuesto a admitir. —Se dio vuelta y fijó en su esposa una mirada significativa: —demasiado.

Charlie miró a su hija pero ella no tenía idea de a qué se re ferían y por lo tanto no pudo ofrecerle ninguna respuesta. Sor prendido por la disculpa de Edward y el que admitiera que sen tía algo por su hija, Lord Charlie se quedó sin palabras, así que se aclaró la garganta.

—Muy bien, entonces. Acepto su disculpa.

—Edward le prodigó una sonrisa tan radiante que Bella se sintió mareada. Le susurró al oído que necesitaba hablar con Jasper y luego la dejó a solas con su padre.

—¿Qué sucedió entre ustedes dos? —le preguntó a la jo ven apenas se marchó Edward—. Te juro, te miraba como si fue ra un escudero enfermo de amor.

El corazón de Bella saltó al escuchar las palabras de su padre mientras sus ojos seguían aferrados a Edward que ahora estaba tomando asiento junto a su hermano.

—Creo que mi esposo se está convirtiendo en un hombre sirena —se dio vuelta para mirar a su padre y las cálidas lá grimas en su rostro lo emocionaron aunque en verdad no te nía idea de lo que estaba hablando. —Lo amo, padre —le ex plicó—, y creo que él está empezando a corresponderme.

Su padre sonrió con ternura y le rodeó los hombros con su brazo.

—Eso no es nada difícil, Isabella.

—No —dijo Bella. Finalmente creía que Edward ya no amaba a Tanya de Denali. Su corazón no era cautivo del amor sino del temor de volver a amar—, la traición de ella lo tiene prisionero.

Charlie se dio vuelta para seguir la mirada de su hija. Tanya de Denali entró al salón del brazo de Sir Alex Ham lin, uno de los hombres que la había escoltado a Forks. Su cabello era del color del trigo blanqueado por el sol, y lo lle vaba recogido alrededor de la cabeza como una corona. Sus ojos contenían el encanto y la inocencia de una niña. Mientras observaba su pequeña figura al entrar al salón, Bella pudo entender por qué Edward la había amado tanto. Las miradas de las dos mujeres se encontraron por un breve instante y Tanya sonrió antes de bajar la vista. La sangre de Bella hervía.

—Ella no me engaña con su belleza angelical. Jacob me dijo cómo... —de repente sus ojos se abrieron enormes al mi rar a su padre—. ¡No te marchaste con él!

—¿Con quién?

—Con el duque... se suponía que te irías a Normandía con él. ¡Se marchó sin ti!

Su padre se inclinó más cerca.

—Mi querida —le susurró mientras Tanya pasaba a su la do—, Jacob no volvió a Normandía. Tu más leal sirviente, el duque, se ha marchado a luchar por ti.

Bella miró estupefacta a su padre. Sus cejas se enarcaron expresando su confusión. Pero antes de que pudiera interro garlo, el sonido de una risa dulce asaltó sus oídos. Se dio vuel ta justo a tiempo para ver a Tanya echar la cabeza hacia atrás invitando a su escolta a enterrar el rostro más profundamen te en su cuello. Con los ojos entrecerrados, Tanya gimió lo suficientemente fuerte como para que todos en el gran salón se dieran vuelta para mirarla. Todos incluyendo a Edward.

—¡No vale morder, Alex! —Tanya rió como una chiqui lla y alejó al hombre de un empujón-, guarda eso para la al coba —giró la cabeza con toda intención en dirección a Edward.

Bella estaba paralizada en su sitio observando la reacción de su esposo, que por cierto era bastante diferente de lo que había previsto. Edward apenas levantó la vista con un vago in terés hacia la apasionada pareja y continuó su conversación con Jasper. Bella quería arrancarle los ojos a la mujer.

—Intenta burlarse de mi esposo frente a sus hombres —ob servó furiosa, más para sí que para su padre. Pero Lord Charlie contestó de todos modos.

—Entonces ve y hazlo sentir como el hombre que es, Isabella. Muéstrale que se ha casado con una mujer y no con una ni ña malcriada.

La batalla. La guerra. Los ojos de Bella se encendieron y enderezó los hombros con determinación. Amaba a Edward. Lo amaba desde el mismo instante en que lo vio, vivo y exuberante. Sabía lo que él quería, sabía cómo hacer que su es poso se sintiera feroz y vivo. Lo único que no había perdido por la traición de Tanya era el deseo. Y entonces, con una sonrisa sensual formándose en sus labios, se quitó los bro ches del cabello y cruzó el salón con la gracia digna de una reina.

La energía se infundió en el aire con una sensualidad indó mita que hizo que todas las cabezas se volvieran para mirarla pasar coronada por su magnífica cabellera que le caía sobre los hombros y el pecho al andar. Edward vio a su esposa acercarse y la expresión en sus labios y la mirada de deseo le dijo a Bella que todos los demás en el salón ya no existían, incluyendo a Tanya. La pasión de Bella llamaba a su esposo como un halcón llamado por el silbido de su amo.

Los ojos de Edward se oscurecieron y la observó con una son risa ostensiblemente masculina. Se puso de pie para recibirla. Cuando ella se acercó, aspiró su anhelante y conocido aroma a jazmín. Le pasó la mano alrededor de la cintura y le ofreció una silla junto a la suya. Sus ojos nunca abandonaron los de ella mientras el apetito levitaba como una espesa niebla alre dedor de ambos.

—¿Tienes muchos asuntos que tratar aquí esta mañana, espo so? —los labios de Bella rozaron su oído mientras se sentaba.

La expresión de Edward cambió enseguida, se sorprendió al descubrir las claras intenciones de su joven esposa; luego son rió, respondiendo:

—Nada que no pueda esperar, querida. Pero creí que habìamos acordado que...

—Maravilloso. Apresúrate con Jasper, por favor —interrumpió Bella.

La insinuación erótica en su voz envió un golpe de fuego a través del cuerpo de Edward. ¿Qué estaba haciendo?, se pregun tó. ¿Por qué sus ojos le rogaban que la arrastrara a su recáma ra? Él no había querido usar su cuerpo sin darle lo que ella ne cesitaba, y sabía que ella tampoco lo quería. La observó recoger un bizcocho y llevárselo a la boca. La miel goteó sobre su labio inferior y ella la recogió con la lengua. Edward inhaló con todo su ser, sabía que debía poseerla.

Como si leyera los pensamientos de su esposo, la muchacha entrecerró los ojos y captó el modo en que la evaluaba.

—¿Qué sucede, Bella?

—¿Qué sucede con qué, esposo?

Él sonrió. Pero más allá de un ansia salvaje, ella podía ver la confusión en sus ojos.

—¿Por qué me tientas de esta manera?

Cuando él habló, se escuchó la risa de Tanya otra vez mientras su amante le apretaba la parte interior del muslo de bajo de la mesa. De repente Edward comprendió todo, y su son risa se desvaneció.

—Haces esto sólo para que no le preste atención a ella —acu só a Bella en voz baja.

—¡Ja! —rió Bella y volvió a masticar su bizcocho—. Soy yo la que tiene toda tu atención, mi señor —bajó la voz para que nadie más que su esposo pudiera escucharla—, es mi cuerpo el que se deleitará con tu ardiente deseo. Mi carne la que te senti rá pulsando dentro de mí en nuestra cama. Recuerda —agregó con una chispa en los ojos—, me has jurado fidelidad.

Edward estudió a su esposa con sospecha mientras luchaba por controlar la anhelante dureza que le crecía bajo la mesa. La certeza en su voz le aseguró que ella creía seriamente lo que había dicho.

—Haces esto porque sientes lástima por mí —concluyó él golpeando la mesa con la palma de su mano—. No me tengas lástima, Bella.

Ella se dio vuelta en su asiento para ponerse frente a frente con su esposo. Sus ojos eran chispas ardientes mientras se in clinaba más cerca de su rostro. Edward casi podía sentir el calor que emanaba de ella, el ansia que le hacía temblar la voz, y la ardiente necesidad que hacía que sus senos se elevaran hin chados sobre su vestido cuando respiraba.

—No te tengo lástima, mi amor. Quiero darte placer. Quie ro mirar dentro de tus ojos y que tú mires dentro de los míos mientras nuestros corazones golpean una contra el otro y nuestros cuerpos gozan hasta el punto de estallar. Quiero sen tir el fresco satinado de tu cabello enredado entre mis dedos mientras usas la lengua para acelerar el pulso en mi garganta —su voz era un murmullo sensual que lo provocaba y ator mentaba y ponía a Edward tan tenso como un látigo. Una son risa malvada se asomó en el rostro de ella, al verlo retorcerse en su silla y luego continuó torturándolo aun más—. Quiero acariciar tu dureza con la palma de mi mano, frotar su carne sedosa y luego... quiero saborearte—concluyó ella, disfrutan do el efecto que tenía en su esposo. Se inclinó aun más cerca y besó la sonrisa que se demoró en sus labios.

Girando en su asiento, Edward apoyó el codo sobre la mesa y se llevó un puño abajo del mentón. Permaneció sentado de ese modo mientras los segundos se hacían minutos y Bella se preguntó si no había ido demasiado lejos.

—¿Estás enfadado conmigo, Edward?

Deslizó sus ojos brillantes hacia ella.

Non —dijo sencillamente—, pero necesito unos minutos, para... relajarme antes de cargarte por las escaleras y tomarte como te mereces. —Estuvo en silencio durante un segundo y luego se puso de pie.

Una esquina de la boca de Bella se elevó dibujando una sonrisa encantada cuando vio que el cuerpo de él no se había "relajado" completamente todavía.

Edward corrió la silla de ella hacia atrás con un movimiento rápido y levantó a su esposa en sus brazos.

—Nos retiramos —dijo en voz alta ante los rostros sorpren didos sin que su salvaje mirada abandonara los ojos de su es posa—. Disfruten el resto del día, señoras y señores.

Bella se rió y echó los brazos alrededor del cuello de su esposo mientras la llevaba cargada fuera del gran salón.

Edward cerró la puerta de una patada y llevó a Bella a la enorme cama con dosel. Ella lo miraba extasiada mientras él la recostaba gentilmente sobre el colchón de plumas. Su cuer po poderoso se inclinó para besarla apasionadamente.

—Me duele sólo mirarte —susurró ella cuando él se alejó lentamente.

—¿Dónde? —le levantó la falda carmesí y rozó con los de dos el aterciopelado monte que se elevó para encontrarse con su contacto sedoso—, ¿te duele aquí?

Ella asintió excitada. Movió las caderas acrecentando la pre sión de los dedos de él. El gemido profundo que Edward le arrancó hizo que su cuerpo se tensara por la urgencia feroz de estar dentro de ella.

—Hablaste de darme placer, pero déjame complacerte pri mero, Bella —su voz jadeante era casi irreconocible por su deseo incontrolable. Los dedos de Edward trabajaron con una lenta delicadeza mientras desataba uno a uno los lazos de su vestido. Una vez liberado, deslizó sus manos bajo la tela rozan do con las palmas el satén de sus senos y los sensibles capu llos que se endurecían con su contacto. El vestido cayó de sus hombros hasta la cintura, acariciando sus rodillas. Edward le vantó las manos y simplemente observó la belleza que había expuesto.

—Te ves terriblemente salvaje, esposo —gimió ella, bebien do su poder masculino.

—Me siento terriblemente salvaje —la sonrisa que le ofre ció era tan indómita como la caricia de sus dientes contra su carne—. Deleitas mi lengua con la miel más dulce— lamió el valle entre sus senos—, como la primavera misma la punta de su lengua trazó un círculo alrededor de su pezón y luego lentamente lo envolvió con los labios para beber de su esplendor. La caricia de su boca se transformó en intensa lascivia. El calor fluía como torrentes a través de ella... y le arrancaba lán guidos gemidos de las profundidades de su garganta.

—Te complazco? —preguntó Edward observando la reac ción de su esposa mientras le enviaba fuego hacia el cuello con las dulces pinceladas de su lengua—, ¿te enciendo?

Bella no podía responderle. Casi no podía respirar mien tras las llamas de sus dedos continuaban trazando un ardien te sendero hacia el montículo cobrizo entre sus piernas. Los dedos ásperos se volvieron suaves al sondear los delicados plie gues que se amoldaban a él. Pasó las yemas de los dedos len tamente sobre el escondido rubí haciéndola temblar mien tras un trueno estallaba dentro de ella. Aun así, él seguía sondeando, más allá de los delicados pétalos que pulsaban de deseo.

—Floreces para mí tan rápidamente.

—Sí —jadeaba ella tan ardiente como el líquido que empa paba los dedos de él.

Edward inhaló entre sus dientes apretados. Su placer se es taba convirtiendo en agonía mientras su carne hinchada lu chaba por liberarse de los pantalones. Se puso de pie; parecía un cazador que había encontrado a su presa. Bella lo ob servó con ojos muy grandes mientras él se desvestía. Estaba completamente excitado, tan tenso que parecía a punto de es tallar. Ella sonrió presa del éxtasis ante su cuerpo poderoso y resplandeciente de deseo por ella.

—Eres hermoso... magnífico.

Non —Edward sacudió la cabeza—, tú eres hermosa. No puedo describir lo que eres para mí, Bella.

—Entonces muéstramelo, mi apuesto caballero —lo con vocó y él obedeció.

El leve roce de sus dedos envió fuego por el poderoso mus lo de Edward mientras empujaba para abrir sus piernas y se arrodillaba entre ellas. Su virilidad latía y descansaba contra la carne de Bella, caliente y viva, ansiando. Ella la recorrió con los dedos, luego cerró la mano acariciando delicadamen te el aterciopelado acero.

—Toma lo que quieres —le susurró sensualmente—, ya no puedo esperar para sentir esta fuerza dentro de mí.

Edward cerró los ojos y emitió un sonido como si la pasión estuviera siendo arrancada brutalmente de su cuerpo. Se irguió sobre las rodillas hasta levantarse en toda su estatura por en cima de ella. Una sonrisa le transformó el rostro salvaje en uno de total éxtasis. Deslizó la mano de ella hacia abajo y luego ha cia arriba una y otra vez hasta que Bella pensó que estallaría en su mano. Luego abrió los ojos y sonrió tan maliciosamen te que ella se hubiera asustado de no haber sido porque sentía lo mismo.

—Ábrete para mí —le ordenó.

Ella obedeció rodeándolo con las piernas mientras él baja ba sobre su cuerpo. Sus ojos la inmovilizaron cuando la pe netró. Lenta, provocativamente, enviando ola tras ola de ar dientes convulsiones por su interior; luego los asaltos del cuerpo de Edward se volvieron más urgentes, deliciosamente primitivos. La meció, tensando los dedos entre su cabello, bus cando su boca con la lengua mientras ambas partes de su cuer po la reclamaban vorazmente, luego retrocedió. Ella se aferró a él con las piernas, las uñas, arqueando cada vez más la es palda, cuanto más fuertemente se aferraba, más intenso se vol vía el deseo de él hasta que el placer estalló dentro de Bella haciéndola temblar mientras gritaba su nombre.

Saboreando cada fragmento de su calidez, Edward se retiró lentamente, luego se deslizó dentro de ella otra vez llenándo la hasta estallar. La provocaba mientras su cuerpo tenso acariciaba cada centímetro de él. Se deleitaba con cada espasmo pulsante que aferraba y luego soltaba, sus ojos la penetraban tan profundamente como su cuerpo. Permanecía en silencio mientras la tomaba, como una bestia salvaje, mientras su cuer po la poseía, era un acantilado que sufría los embates de una enorme marca turbulenta.

Y fue en su silencio cuando Bella escuchó el corazón de él. Había ansiado mirar dentro de esa sonrisa pecamino sa y sensualmente sombría que tenía. Ver el éxtasis que una vez la sobrecogió mientras nadaba, y luego nuevamente cuando la tomó tan salvajemente. Bella había pensado que su triunfo llegaría con esa sonrisa. Pero estaba allí, en el sutil arco de su ceja, en el silencioso anhelo de sus ojos mien tras bebía su rostro, y Bella entendió que tomarla ya no era suficiente. Él quería dar. En el silencio de su pasión, ella pu do escuchar su corazón batiéndose en dulce rendición.

Más tarde yacía enredada entre sus brazos, con una de sus poderosas piernas encima de las de ella. Él no había pronun ciado una palabra, aun después de caer agotado y tembloroso sobre ella. La recogió en sus brazos, besándole la frente, las me jillas, los labios, todo con un exquisito cuidado. Bella cerró los ojos hundida en la fuerza de su pecho y se preguntó si lo que había visto en sus ojos era real o sólo su obcecada esperan za agitándose una vez más. Quería preguntárselo pero no se atrevió, temía estar equivocada.

—Tengo hambre —susurró ella acariciando las finas líneas de su pecho con los dedos.

Edward se movió en la cama acercándola hacia él.

—También yo —respondió con voz ronca.

Levantando la cabeza para verlo, Bella sonrió mientras el gentil brillo de sus ojos se convertía en una llamarada volup tuosa.

—El guerrero vuelve a despertar.

Oui.

Bajo las colchas, unos delicados dedos susurraron encima de él, midiendo su carne excitada.

—Déjame que te complazca como te lo prometí —ella aca rició su rígido órgano y sonrió, sintiendo el tenso temblor co mo un látigo recorriendo a su esposo.

—¿Dónde aprendiste a complacer a un hombre así? —ja deó Edward cerrando los ojos bajo el amado contacto de su mano.

—Alice me ha contado muchas cosas. Es turca, sabes. Vivía en el harén de un sultán antes de que mi padre la tra jera aquí.

—Eso explica por qué Jasper siempre está sonriendo.

—Como lo estarás tú mañana, mi guerrero —Bella pre sionó los labios contra el cálido y musculoso pilar de su cue llo. Su lengua trazó un fogoso sendero hasta su pecho. El sa bor de su salado aroma masculino la embriagó como si estuviera bebiendo vino. Recordó cómo él había bebido dulcemente de sus pezones, atrayéndola con insaciables aunque delicados besos. Su lengua revoloteó sobre los pezones de él y luego chupó y sonrió secretamente ante el tenso gemido que le arrancó.

El cuerpo de Edward se tensó contra la salvaje pasión que lo recorría con cada caricia de la mano de su esposa.

—¿Cómo puede un instrumento aterciopelado tan esplén dido crecer tan rígido entre mis dedos?

—Crece ante tu sola presencia, mujer —Edward le dijo ja deante, observando su cobriza corona deslizarse hacia abajo por su cuerpo.

—¿De veras? —preguntó Bella encendiendo fuego a lo largo del interior de su muslo—. Pensé que al menos tenía que ser tocado... —hizo una pausa levantando la vista de su carne para provocarle una oscura sonrisa—, tal vez hasta besado.

El fuego rugió indómito, sacudiendo el cuerpo de Edward mientras los labios de ella lo acariciaban y el calor pulsaba ha cia arriba partiendo de sus sedosas caricias. La lengua le recorrió todo el largo antes de abrazar su pasión en la calidez de su boca. Edward gimió mientras los estallidos de éxtasis convulsionaban su cuerpo, tensionando sus músculos hasta llegar a una dichosa agonía. Tomó su cabeza entre las manos, y la guió, la dirigió lentamente, y luego la llevó hacia más significativos asaltos.

Bella nunca había imaginado que dar placer podía ser tan maravilloso como recibirlo, pero al sentir los gruesos músculos de esos muslos convulsionarse debajo de ella, al escuchar los profundos, ásperos lamentos arrancados de la garganta de su esposo, su pasión volvió a crecer.

Cuando Edward pensó que ya no podía soportar un segun do más de esa deliciosa agonía, levantó la cabeza.

—Ven aquí.

—¿Adónde?

La levantó sin esfuerzo. Deslizó las manos bajo sus brazos.

—Justo... aquí —gentilmente bajó a su esposa hacia su pal pitante carne—. Reclámame tan profundamente como yo te reclamé.

Oui —le susurró mientras ella se deslizaba hacia abajo hundiendo su espada hasta la empuñadura.

Su nombre fue arrancado de la garganta de Bella con una rudeza que coincidía con los asaltos de él. Su cabello se derra maba sobre el pecho de Edward como fuego incandescente. Y como si el fuego hubiera lamido su carne, él gimió con abati do placer. La empujó hacia abajo, la quería más cerca, la nece sitaba más cerca. Y detrás de la cortina de cabello cobrizo, su boca deseosa encontró la de ella.

El tiempo dejó de existir mientras sus cuerpos se movían en un ritmo perfecto. Una humedad caliente y suave los cubría encendiendo estallidos de calor hasta convertirlos en peque ñas explosiones mientras el puro placer los colmaba por den tro y por fuera. Bella echó la cabeza hacia atrás, asaltada por espasmos tan tentadoramente pecaminosos que pensó que moriría empalada encima de él. Edward se irguió a su encuen tro encontrando sus pezones apretados y erectos, los mordió tiernamente.

—Deja que tu perfume me inunde, Bella —le susurró.

Ella gritó su nombre nuevamente clavándole las uñas en los musculosos hombros mientras las explosiones se volvían incontrolables, sacudiéndola, convulsionándola en un febril arrebato encima de él. Y Edward saboreó cada duro y completo asalto. Disfrutaba la fuerza con la que ella lo reclamaba apre tándose alrededor suyo más tensamente que su propia carne, hasta que finalmente gritó, inundándola con todo lo que tenía para dar.

Durmieron al fin mientras la noche cubría Forks como una niebla de humo. Por primera vez, Edward no soñó.