Capítulo 20.- Recuerdos del futuro
Barcelona, noche del seis al siete de octubre de 1934.
Palacio de la Generalitat.
"Hago saber:
Que (...) queda declarado el estado de guerra en todo el territorio de la región catalana,
y asumo, por tanto, el mando de la misma,
estando dispuesto a mantener el orden público a todo trance,
empleando al efecto cuantas medidas de rigor sean necesarias,
(…)
Como catalán, como español y como hombre que sólo mira y aspira
al bien de la humanidad, lamento este momento y espero de la cordura
de todos que no se dará lugar al derramamiento de sangre.
Barcelona, 6 de octubre de 1934.
Domingo Batet"
Bando de declaración del Estado de Guerra en Cataluña
Amelia ordenó a sus agentes caracterizados de escamots que la dejaran a solas con Alonso de Enterríos.
Los dos hombres dudaron unos segundos.
- Subsecretària... Ha costat el que no està escrit lligar-li a aquesta columna -aclaró el alto, Valladares, señalándose el ojo que empezaba a hinchársele-. La agent Mendieta ens va ordenar que sota cap concepte... (*1)
- Sota la meva responsabilitat -zanjó Amelia, sin ganas de discusión-. Sortir, si us plau. Ara. Si us necessito us dic. (*2)
Asintiendo, sus hombres cerraron la puerta tras marcharse.
Les habían separado.
Pacino y Alonso, directos a la trampa de la Generalitat se habían presentado en cuanto habían generado la falsa distorsión: ratoncitos atraídos por el olor del queso. De momento Pacino juraba y perjuraba que Irene y Ernesto habían muerto en Monte Arruit. Amelia había dejado con él a Julián y se había ido a interrogar a Alonso, en un cuarto de escobas cercano al patio de los naranjos, aun en el Palau.
Todo en la Generalitat era en aquel momento tensión y nervios. Café, cigarrillos y llamadas de teléfono. Batet tardaría pocas horas en aparecer en la plaza de la República y en menos tiempo aun, la media docena de locales protegidos por milicias y Mossos d'Esquadra, caerían bajo la artillería y las ametralladoras del ejército.
Y los hombres que no huyeran o se rindieran, con ellos.
- ¿Por qué no me lleváis a vuestro tiempo aun, bruja? ¿Por qué sigo aquí? -gruñó Alonso de Entrerríos.
- Esperamos una puerta que aparecerá pronto -trató de sonreir Amelia-. He tenido que restringir el uso de saltadores. Me temo que en el futuro no lo podemos todo.
Amelia no se sorprendió con la pregunta de Alonso ni con su brusquedad.
Sentía que el pecho le saltaba. ¡Estaba tan cerca! Alonso... Por fin... Él, por supuesto, quería verla muerta; pero eso era en ese momento. Con el tiempo, como Julián, comprendería que la suya era la mejor solución posible.
La única solución posible.
¡Era tal su anhelo! ¿Podría hacer ver a sus amigos, a sus antiguos compañeros, lo equivocados que estaban? Ellos, por supuesto, ¡querrían convencerla de lo contrario! ¡Había esperado tanto tiempo para aquello! ¡Para hablar con ellos! ¡Para hacerles ver que ella tenía razón! Agarrarse al viejo Ministerio era un error: un error terrible. No sólo su línea, la línea futura que había surgido con el ataque de Darrow se derrumbaría: su propio futuro, el de los amigos que aun tenía con vida, se derrumbaría también sin los conocimientos y los cambios que estaban haciendo, que iban a hacer.
Se necesitaban: debía hacerles entender aquello.
Sin ella, sin su Ministerio, sin la unión de líneas, el terrible futuro que se avecinaba sobre ellos, el que ella había ya vivido perdiéndoles a todos, acabaría por hacerse realidad de nuevo sin que ningún sacrificio pasado hubiese servido para nada.
¿Cómo hacerle ver aquella realidad a Alonso de Enterríos? ¿Cómo hacerle comprender ecuaciones y modelos del siglo XXIII a un soldado del XVI? ¿Cómo explicar a Alonso, lealtad, terquedad y orgullo, que debía ser, por un momento, todo lo contario de lo que era? La respuesta era simple y Amelia la conocía bien: no podía.
No podía, sin el suficiente tiempo al menos.
Cuando le llevara al futuro, cuando le mostrara lo que había logrado, contra lo que había luchado, él entendería.
¡Tenía que entender!
Amelia se acercó a él despacio y tras sacarse el cicatrizador del bolsillo empezó a cerrarle la brecha que el culatazo del Mauser le había hecho en la sien izquierda. El soldado se revolvió, inquieto, ante la luz azulada y el zumbido.
- ¡No podréis leer mi mente con vuestros artefactos endemoniados! -rugió-. ¡Apartadlo de mi!
Amelia sintió que se le formaba una sonrisa.
Y que se le humedecían los ojos.
Alonso... Lo había visto en Taos. Lo había visto en las catacumbas de la Fuente. Él la odiaba. La odiaba a muerte. Y sin embargo... Sin embargo...
En sus ojos aun podía ver la confusión por tenerla cerca.
El cariño, quizás, por la Amelia que había muerto.
- No necesito un cicatrizador para leerte la mente, Alonso de Entrerríos -sonrió Amelia, sin sentir alegría-. Ya sé lo que piensas.
Luego le pasó un paño por la sien, para que lo viera seco. Alonso comprendió y asintió. Primero sorprendido. Luego, orgulloso y firme, agradecido.
- ¿Dónde están Ernesto e Irene? -preguntó Amelia al fin.
- Murieron en África.
- ¿Cómo?
Alonso la miró, frío. Glacial. Amelia supo que jamás le contestaría. Si por evitar delatar la mentira o por desprecio, a lo mejor ambas cosas a la vez, estaba por ver. Quizás, quiso pensar, no quería recordarlo: el laberinto estaba hecho para no ser recorrido; para perderse o morir por el camino. Haber visto morir a Ernesto e Irene habría sido tan malo como recordarlo.
- Prefiero no decíroslo -gruñó.
- Necesito saberlo -insistió Amelia.
- ¿Cómo murió mi otro yo en vuestra línea? -le preguntó entonces, mirándola a los ojos-. Antes de su ruin traición, Julián nos contó vuestros días juntos en San José. Vuestra edad. Vuestras mentiras. Le contasteis que todos los vuestros murieron. Decidme, ¿os gusta recordarlo acaso?
Amelia sintió que las lágrimas le iban a inundar los ojos. Trató de sonreir. Trató de hacerlo con todas sus fuerzas. No pudo. ¿Cómo había muerto su Alonso de Enterríos? ¿Cómo olvidarlo? Había muerto, como todos, por su culpa.
- Él... Tú... Me... Me salvaste la vida.
Luego Amelia no pudo contenerse más, paso atrás, paso adelante, porque no sabía, no sabía qué hacer ni qué decir... Alonso estaba de repente ahí y era él... Y no era él... Y había pasado toda una vida, pero a la vez no había pasado ni un instante y era como tenerle delante otra vez, como con Julián, incapaz de distinguir el pasado del presente... Y del futuro.
Se derrumbó.
Amelia se derrumbó y sin poder aguantarse más corrió a abrazarle, él atado, y le abrazó y empezó a llorar en su pecho porque, por fin, después de toda una vida, le había logrado recuperar.
Alonso estaba vivo otra vez.
(*1) Subsecretaria... Ha costado Dios y ayuda atarle a esa columna. La agente Mendieta nos ordenó que bajo ningún concepto...
(*2) Bajo mi responsabilidad. Salid, por favor. Ahora. Si os necesito, os llamaré.
Alonso creyó, cómo podía ser de otra manera en tan vil criatura, retorcida bruja, que aquella Amelia trataba de ablandarle con sus lágrimas de cocodrilo. ¡Valiente harpía! ¡Toda una vida había tenido para meterse en su cabeza y poder así engañarle! Si era verdad lo que había entendido de las palabras del ingeniero y de la Amelia electrónica, cien veces podría haber vivido ya ese momento: cien respuestas habría obtenido de él ya y cien argucias habría podido inventar para descubrir que Irene y Ernesto seguían libres. Debía, por tanto, ser firme y darles tiempo a sus compañeros para continuar con la misión.
Porque si preguntaba por ellos, era que aun no los tenía.
Y si no los tenía aun había esperanza.
Aquella no era su Amelia, se repitió, el ajeno y roto llanto sobre su pecho.
Amelia había muerto por defender la Historia. Una valiente soldado, sacrificio aceptado de todo aquello por lo que luchaba el Ministerio: no había muerte más honorable que la del deber cumplido y por mucho que le doliera, por mucho que la echara de menos, no podía por más que aceptar su decisión y respetarla.
Especialmente si, como estaba convencido, la Amelia de verdad había muerto por culpa de aquel demonio.
Aquel había sido sacrificio, sí; pero tras él sin duda estaba la mano de aquella Amelia Folch que, entretenidísima actriz dramática, lloraba mentiras y disimulación sobre su pecho. Que el otro Alonso le había salvado la vida, había dicho. ¡Valiente estupidez!
- Valiente necio ese Alonso -trató de sonar cruel-, que dio su vida por una rata como vos.
Folch levantó los ojos arrasados en lágrimas sin que, pareciera, aquel comentario destinado a herirla lograra mella alguna. Esperaba quizás aquella reacción. O ya la había vivido.
- Sucederá pronto en tu línea -explicó Amelia, sin perder la tristeza, pero mantenido el tono-. En mi vida pasó hace mucho. Aun no sabíamos nada. Aun... Aun éramos vosotros -sonrió, triste-... Intenté... Intenté evitar un atentado, aquí en Barcelona. Todos tratasteis de impedírmelo, pero fui de todas maneras. Iban a morir a cientos, Alonso -continuó-. Y lo peor de todo es que iba a desatar una guerra. Más muertos. Más miserias. Nuestros primeros modelos lo describían como un punto fijo: algo que no se podía cambiar. Pero decidí ir de todos modos: aquello lo empezaba todo. Había que pararlo.
Alonso no quiso escuchar. No quiso atender y menos aun creer, pero las palabras de aquella Amelia Folch se fueron clavando en su alma, lentamente, decididamente, como clavos en un ataúd. Aquellas palabras, comprendió, eran verdad; sin duda Amelia Folch las elegía para manipularle como un pelele, para convencerle, para hacerle hablar; pero aquello, comprendió sin querer comprenderlo, había sucedido de verdad. Habría un asesinato. El del presidente americano. Y poco después el mundo caería en una espiral de violencia y crisis. En España, la situación en Cataluña se complicaría, inútiles, miserables y aprovechados políticos de uno y otro lado.
- Los atentados del once de septiembre lo cambiarían todo -explicó Amelia-. Iban a provocar que la violencia de separatistas y unionistas desencadenara un conflicto civil a gran escala. Madrid mandó al ejército. Y todo empeoró. Cuando la guerra estalló en Europa, nos encontró como siempre: peleándonos entre nosotros.
- Y vos quisisteis cambiar eso.
- ¡Todos queríamos! ¡Menos Salvador! ¡Ese necio se había empeñado en proteger una Historia que nos iba a llevar a la ruína! ¡Que ni siquiera era Historia! ¡Era el futuro! ¿No lo entiendes, Alonso? ¿No puedes entenderlo? ¡Ya no estábamos en el Ministerio! ¡Peleábamos por nuestra supervivencia! ¡El mundo se había vuelto loco! ¡No tuve más remedio que tomar el mando del Ministerio y apartarle! ¡Había que impedirlo! -exclamó Amelia con los ojos en llamas-. ¡Tú no viste en lo que se convertía el mundo después! ¡Tú no viste qué quedaba de nosotros después! -Luego tomó aire, encontrando calma-. Muchos decían que no se podía cambiar, pero nos la jugamos -continuó-. Pudimos encontrar las bombas en Sant Jaume a tiempo y apresar a casi todos los terroristas. Menos a dos. A uno lo mataste tú, Alonso. El otro, te mató a ti, cuando me protegías.
- Y detuvisteis la guerra -adivinó Alonso.
- Mucho más que eso -continuó Amelia, pasándole la mano por el rostro, un gesto dulce en sus ojos-. Comprendimos gracias a ti qué había que hacer para parar el desastre. Comprendimos gracias a ti que había esperanza. Fue tu sacrificio, Alonso, lo que me hizo comprender que podíamos salvar el futuro.
Alonso sintió un escalofrío.
Había esperado a un monstruo, a un demonio, a una bruja...
Era más fácil si del otro lado había un monstruo.
Pero no era así. Uno a uno, recordó que había contado Julián, aquella Amelia había perdido a todos sus seres queridos en aquel mundo que no debía existir. Y en una pelea desesperada, admirable, demente, había cambiado el rumbo mismo del destino para dar sentido a sus muertes.
Para dar sentido, a fe cierta, a su infinito dolor.
NdA: Lo siento. Tiempo de relatos me ha absorbido muchísimo. Intento retomar el trabajo con Guerra Civil. De Barcelona, me temo que aun nos quedan un par de capítulos. Tras ellos, irá Asturias. Esto parece un folletín, pero es que la Guerra Civil... No encuentro que se pueda contar de otra manera.
