Capítulo 21

Terry intentó varias veces saber qué había pasado, pero Candy se negó hablar. El camino al hotel lo hicieron en completo silencio. Terry la acompañó hasta su habitación y antes de que ella entrara, besó su frente suavemente, recordándole que mañana tomarían desayuno a las nueve y treinta, para luego tomar el tren de regreso a Nueva York a las once.

La noche fue larga para Terry. La actitud de Candy dañaba su corazón y su orgullo. ¿Por qué no confiaba en él? Trataba de apoyarla, pero en lugar de eso, ella optaba por esconderse. ¿Qué era el amor sin confianza?

A la mañana siguiente, durante el desayuno, la situación seguía igual. Candy tenía los ojos hinchados, pero aun así, no le hablaba a Terry. Él actuaba con total naturalidad y le comentaba esto o aquello de la fiesta, hasta que de pronto saludó a alguien con suprema alegría:

- ¡Ey! Charlotte, Charlotte, ¡por aquí!

Candy se volvió y para su sorpresa Charlotte no era otra que la morena de la noche anterior.

- Terry, pero… ¿cómo te atreves? –le preguntó indignada en voz baja.

- Charlotte, querida, lamento haberme ido anoche sin despedirme, pero hubo un pequeño problemita.

- Está bien, descuida – le respondió la morena con una fresca sonrisa, tomándolo de la mano.

- ¡Oh, aquí viene John!

- ¡Hola, Terry! – saludó alegre un hombre que Candy reconoció como uno de los que habían estado conversando con Terry la noche anterior. De pronto tuvo un mal presentimiento.

- Charlotte, John, les presento a la señorita Candice White, mi novia –dijo Terry, para luego agregar, mirando a la rubia directamente a los ojos – Candy, te presento a Charlotte, mi prima Charlotte – dijo recalcando la palabra prima –, y a John, su esposo.

- ¿Tu… tu…? –tartamudeó Candy.

- Hola, Candy, ¡qué gusto conocerte! Terry me habló mucho de ti durante la fiesta. Hacía años que no nos veíamos, ¿desde cuándo? – dijo mirando a su primo – ¿Tal vez desde los catorce o quince años?

- Algo así. ¡No puedo creer que te hayas casado y no me avisaras! – le reclamó Terry.

- Bueno, lo nuestro fue amor a primera vista –dijo su marido–, así que fue todo muy rápido. Me habían ofrecido un puesto en las empresas Britter, así que decidimos que sería el momento ideal para comenzar una nueva vida, en un nuevo país y luego…

Candy no lo podía creer. La mujer que creyó estaba coqueteando con Terry era su prima. ¡Su prima! Y lo que había hecho con Albert… ¡Dios! ¿Cómo había sido tan idiota, tan tonta, tan…? No pudo responder más que con monosílabos el resto del desayuno. Terry reía de buena gana con su prima y su marido, recordando los viejos días en Londres. A las diez en punto se despidieron porque debían ir a la estación. Antes de dejarla en su habitación, Terry besó la frente de Candy y le dijo con la más dulce de las sonrisas:

- Estaré esperándote en el lobby del hotel, mi amor. Me alegra que conocieras a mi prima y a su marido. De no haber sido ella, jamás te habría dejado tanto rato sola en la fiesta de anoche. Contrariamente a lo que algunos piensen, yo sí soy un caballero.

Sin más, se dio media vuelta y partió a buscar su equipaje. Terry había escuchado todo.

El viaje de regreso a Nueva York fue largo y silencioso. Candy no se atrevía a mirar a Terry a la cara y él optó por aceptar su silencio, encerrándose en sí mismo. Durante la noche, mientras ella dormía en su asiento, decidió ir al coche comedor. Necesitaba un té, un buen té inglés. Se las arregló para que le dieran algo de leche fría y saboreó el resultado. Poco a poco empezó a repasar las palabras de Albert. No había sido su intención oír tras la puerta, pero cuando llegó al despacho estaban gritando y bueno… escuchó todo. ¿Así que el bueno de Albert pensaba que él era un patán? Terry sonrió amargamente. Su fama siempre lo acompañaría. Pero en realidad Albert tenía razón: Candy se escondía tras la fama de Terry, tras su fama de hombre difícil. Y sí, Candy se había convertido justamente en lo que Albert había descrito, una mujer amargada, asfixiante, exigente, demandante.

Tomando un sorbo de té para bajar el nudo que se formaba en su garganta, Terry por fin dejó caer la venda de sus ojos. ¿Era esa la mujer de la que se había enamorado? ¡Había estado dispuesta a utilizar a su amigo para sacarle celos! Ni siquiera le dio la oportunidad de explicarle quién era Charlotte, no. Simplemente decidió que él le mentía y trató de usar a Albert para molestarlo. ¿A qué habían llegado? ¿Qué mujer tenía a su lado? ¿Era lo que él se merecía? No, él no era un patán. Su único error era amar todo lo que hacía, amarla a ella y darle el espacio que él creía que ella necesitaba para desarrollarse, para ser independiente. Pero para su sorpresa, Candy se había vuelto una mujer insegura y dependiente. No había volado con alas propias. Él le había prometido que harían una vida juntos, no que se transformarían en uno solo.

La Candy que había cautivado su corazón amaba su carrera, amaba su vida, era fuerte e independiente. Él la admiraba y quería ser cada día más y mejor para que ella también pudiera admirarlo. Todo lo que hacía, era por ella. Pero tal vez la había dejado mucho tiempo sola. Tal vez ella había necesitado más apoyo. Tal vez ella no era tan fuerte como él creía. O tal vez él no era lo que ella necesitaba, porque él no la hacía una mejor persona.

El té de su taza se acabó y lentamente amaneció. Dentro de un par de horas llegarían a Nueva York. Terry no lograba ver bien a través de la venta. Sería porque estaba lloviendo… no. Sólo llovían lágrimas de sus tristes ojos verdes.

Cuatro días después del silencioso regreso a Nueva York, Terry visitó a Candy en su departamento. Ella se veía ojerosa y triste. No había ido a trabajar en todos esos días y aunque Terry le había dicho que debía avisar que se sentía mal, la rubia no le había hecho caso.

- ¿Avisaste al hospital que no irías a trabajar?

- No – le respondió fríamente.

La respuesta le hizo amarga gracia a Terry.

- Oh, bien… supongo que si te sugiero que respires dejarías de hacerlo con tal de llevarme la contra, ¿no?

-
Déjate de bromas, Terry. Estoy cansada, ¿qué quieres?

- Bueno, para comenzar habría esperado una disculpa, pero creo que eso no está dentro de tus planes – le dijo tranquilamente.

- No sé de qué hablas – le contestó Candy dirigiéndose a la cocina. Terry la detuvo suavemente y la llevó hasta la sala.

- Sabes perfectamente a qué me refiero, Candy. Y también sabes que escuché tu conversación con Albert.

- Terry, yo… yo no… – se le caía la cara de vergüenza; no había nada que pudiera decir a su favor.

- ¿Sabes cómo me sentí, Candy? – dijo Terry poniéndose de pie – Como un completo idiota. Mi novia, a dos metros de mí, bailando con quien había sido mi mejor amigo, abrazándolo y susurrándole cosas al oído, mientras yo bailaba con mi prima para zafarme de las mujeres que me coqueteaban. Yo no quería que mi novia se sintiera mal, mientras que mi novia hacia todo lo necesario para hacerme sentir mal a mí. ¿Y por qué? Porque tuve la mala idea de bailar con mi prima antes que con mi novia.

- ¡Pero yo no lo sabía, Terry! – suplicó Candy.

- Y ni siquiera te acercaste a preguntarlo. ¿Esa es tu forma de cuidar nuestra relación, Candy? ¿Cualquier mujer pude venir y llevarme de tu lado y tú, en lugar de luchar por mí, simplemente decides irte a coquetear con otro?

- Yo no sabía, Terry…

- Me dejaste como a un idiota frente a todos, Candy. Te burlaste de mí frente a todos y no alcancé a evitarlo porque fuiste tan… tan obvia, que Albert tuvo el buen juicio de detenerte. Los seguí apenas dejaron el salón y sí, Candy, escuché todo lo que te dijo.

- Fue horrible –lloró Candy, esperando que Terry confirmara que todo lo que Albert había dicho no eran más que mentiras.

- Lo sé… pero también sé que… – le partía el corazón, pero ya lo había decidido. No iba a echarse atrás – sé que tiene razón. Tú ya no eres la persona que todos queríamos y no… tú ya no eres… no eres la mujer de la que yo me enamoré.

- ¡Terry!

- No, Candy, escúchame. ¡Mírate! ¡Mírame! ¿En qué nos hemos convertido? Yo sólo he tratado de recuperar mi carrera para que estés orgullosa de mí, para demostrarte que hacías lo correcto confiando en mí. Si alguna vez te descuidé, pecosa, fue sólo para darte el espacio que yo siempre pensé que una mujer necesita para desarrollarse. Así te conocí, Candy: independiente, fuerte, decidida. Eso es lo que amé de ti, tu espíritu indómito, tu fuerza rabiosa, tu pasión por la vida, por cada cosa que hacías. ¡Éramos iguales!

- ¡Somos iguales, Terry! – lloró Candy, asustada por el giro que estaba tomando la conversación.

- No, Candy. Ya no lo somos. Yo quise ser más por ti y esperaba que tú hicieras lo mismo por mí. Pero me equivoqué. Lo que yo hacía era para darte tu espacio, para dejarte volar libre porque sabía que siempre volverías a mis brazos; pero tú decidiste verlo como algo totalmente distinto…

- ¡Pero me dejaste sola, Terry! – estalló por fin Candy – Yo te necesitaba a mi lado, siempre a mi lado, ¿cómo crees que me siento cada vez que estás rodeado de tus amigos del teatro y todos esos aduladores?

- Con ellos siempre habló de ti, Candy. Jamás te habría sido infiel, pecosa, jamás habría querido verte triste – dijo mirándola con el corazón roto.

- ¡Pero lo hiciste, Terry! ¿Cuántas veces me dejaste plantada?

- Tú sabías que…

- Sí, ya sé que el teatro es muy demandante, pero también sé que otros actores hacen esfuerzos por hacer una familia. Sólo una vez en todos estos años fuiste a buscarme a mi trabajo. ¿Nunca te has preguntado qué me pasa? ¡Nunca me lo has preguntado! Me trajiste a esta ciudad y estaba sola, ¿qué más podía hacer aparte de aferrarme a ti?

- ¡Sólo quería que fueras como siempre habías sido, Candy!

- Pero yo te necesitaba a ti, Terry. ¡A ti!

La discusión siguió por varios minutos. Recriminaciones, celos, amargura… Terry la miraba estallar de rabia, llorar, levantar la voz y pensaba que esa no era la mujer que había amado. ¿Cuándo la había perdido? El momento había llegado y no tenía caso seguir alargando el sufrimiento.

- Candy, por favor, escúchame. Albert…

- ¡No quiero hablar de Albert!

- Pero él tiene razón, Candy. Ya no soy el hombre que tú necesitas. Me lo has dicho ya varias veces esta noche.

- Pero tú puedes cambiar, Terry, yo sé que tú…

- ¡Pero yo no quiero cambiar! – gritó Terry desesperado – ¡Sólo quiero ser yo mismo, con lo bueno y lo malo! Quiero ser una mejor persona, sí, pero no quiero dejar de ser yo mismo, Candy… y no quiero a mi lado una persona que no me acepte como soy, no quiero alguien que sea infeliz con el hombre que yo soy. Quiero a alguien que me ayude a ser mejor, alguien a quién yo también haga una mejor persona…

- Terry, por favor, no, por favor… – suplicó Candy.

- Candy, acéptalo: tú tampoco me amas ya. Tú no eres feliz a mi lado. Acabas de decírmelo, lo veo cada día en tu cara, lo oigo en tus reclamos, en tu amargura. Yo no te hago feliz, Candy. Lo nuestro ya no tiene sentido.

- No puede ser… ¿Tú quieres que… que…?

- Candy, por favor, entiéndelo. Abre los ojos, ni tú ni yo somos felices.

- ¡Yo sería feliz a tu lado! Por favor, no me dejes, Terry, no me dejes, no tengo a nadie más, ¡te lo suplico!

- No, no, Candy, por favor, no lo hagas más difícil, acéptalo, tú y yo ya no nos amamos. Lo nuestro se ha vuelto sólo una rutina asfixiante. No puedo vivir por los dos. No puedo…

- Te odio, Terry – le dijo con voz cargada de amargura Candy.

Terry sintió que su corazón se partía en mil pedazos. La miró en silencio por última vez. Ella, lo miraba desafiante. Estaba irreconocible. El sueño había terminado.

- Eso – le dijo Terry tomando su chaqueta y dirigiéndose a la puerta – eso es justamente lo que jamás habría querido que llegaras a sentir por mí. Algún día me entenderás y sabrás cuánto me cuesta hacer esto…

- ¡Vete de una vez! – le gritó finalmente Candy.

- Adiós, Tarzán Pecoso… sé que algún día lo entenderás.

Una hora después, cuando llegó a su departamento, Terry llamó a su agente.

- ¿Estás realmente seguro de lo que estás haciendo? Tú la amas…

- Precisamente porque aún la quiero debo hacerlo. Ella ya me odia. Yo no quiero llegar a odiarla.

- Como quieras. El tren sale a las siete de la mañana. Paso por ti a las seis.

Terry colgó el teléfono y se dejó caer en el sofá. Sólo entonces dejó caer también las lágrimas que aguantaba hace horas. Lloró por los años que había compartido junto a Candy. Lloró por saber que no era el hombre que ella necesitaba. Lloró porque ella lo odiaba. Él sólo quería ser el mejor hombre para ella, pero en algún lugar del camino se había perdido y con ello la había perdido también a ella. La idea de un futuro sin Candy lo destrozaba y sintió deseos de correr a su departamento y rogarle que lo perdonara, besarla y pedirle que empezaran de nuevo, otra vez, una vez más. Pero no podía hacerlo. No debía hacerlo. Sus besos. ¿Cómo iba a vivir sin sus besos y sus abrazos? ¿Cómo iba a retomar su vida sin sus ojos? ¿Con quién iba a soñar por las noches y con quién soñaría de día, como cuando fantaseaba con la noche en que por fin sería suya, totalmente suya? Su corazón añoró el recuerdo de ambos bailando en el festival de mayo, su primer beso en Escocia, su llegada a Nueva York, sus caminatas por algún parque, acurrucados como dos locos enamorados.

Sólo eso habían sido. Dos locos enamorados.

Continuará…