Recomendación Musical: "Remember Me" – Thomas Bergersen
―¡¿Akuma?! ―el grito de todo Tensai atrajo más de una mirada.
―¿Por qué no habías dicho nada, Odayaka-kun? ―el entrenador inquirió en un tono preocupado― Te preguntamos si todo iba con normalidad en la Copa de Invierno y nos dijiste que sí…, que sólo debíamos preocuparnos por luchar contra una Reina en la final.
―Y no fue mentira ―dijo el menor al escuchar una pausa―. Hasta ahora, las líderes de Chūbu han logrado vencer a escuelas de gran renombre. No entiendo la razón de que se preocupen por una escuela más. Saben, ¿por qué?
―De seguro porque estás en primero ―la capitana fue quien decidió tomar la palabra y atrajo las expresiones sorprendidas de sus demás compañeros, en especial la de su as―, y perdona si te ofendo, pero tú no estuviste cuando esas arpías atacaban a una de nosotras hasta mandarla al hospital; tú no sabes el miedo que tenemos por imaginar a cualquiera bajo las garras de esas bestias. Creímos que por fin nos libraríamos de ellas…
―No ―intervino Odayaka―, no es por eso. La verdadera razón es porque es una alineación totalmente nueva.
Mientras el resto del equipo se volvía hacia el mánager con expresiones confundidas, Katomi recordó aquel encuentro que tuvo con las viejas titulares hacía varios meses. Rememoró las palabras que Hosoku Arale le había susurrado y supo que no había más peligro: Izanami Kesshō y Hitogoroshi Kirara habían abandonado el mundo del deporte. Cuando volvieran a encontrarse con las jugadoras gris y zafiro, serían con completas desconocidas.
―Al parecer ―la voz del varón hizo que la peli-naranja saliera de sus pensamientos―, el equipo nuevo no quiere revelar nada a la luz hasta enfrentarse a ustedes. La información que he conseguido es escasa, pero puedo asegurar que conseguiré todo para la final.
―Admiro tu determinación, Taka-chan ―Katomi exclamó―, pero una semana es muy poco tiempo para reunir la información de una nueva generación. Creo que con su modo de juego…
―Perdón, perdón ―el menor le interrumpió―. Es cierto, lo olvidé ―sostuvo una hoja en sus manos y se la entregó al entrenador―. Como la Copa de Invierno femenil se atrasó este año, los organizadores tuvieron problemas para la final y hay un atraso de mes y medio, por lo que el juego se disputará el siguiente año.
―Fantástico ―Yūgana expresó entre dientes y en un tono lleno de frustración―, justo cuando todos estamos gordos por las comidas de Navidad y Año Nuevo. Ni modo. ¿Saben lo que eso significa?
―Mayor tiempo para prepararnos.
―Más entrenamientos.
―Mejores posibilidades de obtener la victoria.
―Hai, hai ―la rubia dibujó una mueca que era bastante conocida para la única oji-naranja―. Esos son buenos puntos que obtendremos, pero lo mejor es ―de un instante a otro, rodeó los hombros de Kanryō y la atrajo hacia sí―, que tu castigo será de todo un mes y medio, Gin-chan.
Acto seguido, Yūgana ignoró las súplicas de la menor y la arrastró fuera del edificio, bajo las miradas de todos los presentes. Shijima rodó los ojos y siguió con la mirada el cuerpo de sus dos estudiantes. Al ver que su capitana forzaba a la oji-gris en el autobús, supo que debía actuar rápido para que no ocurriera una masacre.
―Hay cosas que jamás cambiarán ―exclamó para sí mismo―. Mis niñas, hora de regresar a Tensai ―mientras la mayoría de las estudiantes obedecían al entrenador, éste miró sobre su hombro y se encontró con el rostro sonriente de su estrella―. Nos vemos en el entrenamiento de mañana, Katomi. Cuídense, prodigios. Adiós, Alexandra.
Después de escuchar las despedidas de los demás, el hombre pasó a retirarse. Katomi se despidió de él con un ademán y se volvió hacia el resto. Supo que todos habían escuchado la plática, por lo que no se mostró confundida ante las expresiones de sus amigos y hermanos. Al igual que ella, tenían dudas sobre si, de verdad, las otras finalistas fueran una nueva Akuma. Pero ella decidió olvidar sus preguntas. Ya se preocuparía de ello cuando el día de la final llegara.
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―¡Alex! ―la hermana menor arrebató la bandeja de las manos de la rubia y protegió el postre con su cuerpo― ¡Ves que el pastel es pequeño y todavía metes dedo!
―Quería asegurarme que estuviera bueno.
Katomi fulminó a la mayor con su mirada y rodeó la mesa de la cocina. Se encontró con Nigō jugando junto a Trauern y ambos canes estuvieron a punto de tirarla. Por fortuna, Midorima llegó a su lado y evitó que la charola cayera, así como la chica. Los perros continuaron con su juego, hasta que vieron a cierto peli-carmín saliendo de su escondite (también conocido como baño); ladraron en diversión y pasaron a perseguir al pobre de Kagami, quien tuvo que refugiarse en el cuarto de su hermana.
El peli-verde dejó el postre en la mesa de centro mientras Katomi sacaba unos refrescos de sus bolsas. Inspeccionó las bebidas y se dio cuenta que eran del mismo sabor. Al querer averiguar si el resto eran igual, una pequeña explosión se mezcló junto a un mar de risas. Ambas americanas llevaron su mirada hacia el comedor y se encontraron con las frituras esparcidas por toda la mesa después de que Kise apretara demasiado la bolsa. Los demás prodigios que estaban ahí rieron por la expresión asustado del rubio o por su idiotez (en el caso de Aomine). La menor de las hermanas García rodó los ojos, mas le fue imposible borrar la sonrisa de su rostro. Se volvió para buscar un recipiente dónde verter las frituras, pero observó las acciones de su hermana por el rabillo del ojo.
―Si todavía tienes hambre ―empezó mientras seguía buscando en la alacena―, sírvete otro plato. Ten.
―Gracias, pero estoy reservando para toda la chatarra y pastel que pueda comer ―siguió con la mirada a la menor hasta que ésta le tendió el tazón a Momoi―. ¿Crees que sea suficiente?
―No ―contestó y se detuvo a un lado de Alexandra―. Creo que tendré que ir volando a la pastelería y conseguir otros dos. ¿Me prestas tu auto?
―Podrás manejar ―le tendió las llaves de su camioneta―, pero estás loca si crees que te dejaré ir sola al centro a dos horas de Año Nuevo.
―Necesito que una adulta respon…, que una adulta quede de testigo por si los prodigios queman mi departamento.
―Digas lo que digas, hermanita, a pesar de que ya eres mayor de edad en casa, sigo siendo tu tutora en este país, te guste o no. Así que, tú decides: voy contigo o los niños se quedan sin pastel.
La más alta ahogó una contestación en su garganta. No era momento de pelear con su hermana. No despediría un año y le daría la bienvenida a otro con argumentos rápidos en contra de la mayor. Estudió la expresión de Alexandra y vio cómo agitaba con diversión las llaves de su transporte. Antes de tomar el artilugio en posesión, giró su mirada hacia donde sus amigos estaban. Kise ayudaba a formular un plan para que el deseo de Año Nuevo de Kuroko se cumpliera, el cual, al parecer, era asustar a la única invulnerable a la poca presencia del peli-celeste. Aomine se mofaba de Momoi, le picoteaba las mejillas y la impulsaba a romper su dieta. La oji-rosada, ignorando las burlas del moreno, tenía una disputa interna entre apegarse a su sistema nutricional (impuesto hacía un par de meses), o dejarse vencer por toda la comida, alta en calorías, que plagaba la mesa entera. A diferencia de ella, Murasakibara no le importaba en lo más mínimo lo poco saludable de toda la comida chatarra y se abastecía de todo lo que encontrara, como un oso preparándose para invernar. Midorima servía un poco de refresco en los vasos de los invitados y terminaba con el último sabor diferente a los demás. Akashi venía de ayudar al pobre de Kagami del ataque de dos fieras o era así como el oji-carmín gritaba.
Ambas hermanas García habían invitado a la 'Generación Milagrosa' para celebrar la llegada de un nuevo ciclo. Los adolescentes accedieron gustosos y llegaron al departamento de las americanas para degustar de una deliciosa cena hecha por la menor de ellas y un agua de frutas con un exceso de azúcar (cortesía de la oji-esmeralda). Ahora esperaban que las campanas sonaran para dar la bienvenida a un nuevo año, acompañados de un pastel libre de queso, mermelada y nuez; es decir, sano para Akashi.
Katomi sonrió con ternura ante la escena. Era la primera vez que todos se reunían para una celebración de tal magnitud y puede que fuese la última. Se sintió un poco mal por no haber invitado a Himuro y a Nijimura, pero ellos estaban del otro lado del mundo, a más de doce horas para la llegada de su propio ciclo. Si seguía con sus planes, el próximo año podría celebrarlo con ellos. Era por eso por lo que quería que todo saliese perfecto y la ausencia de pastel y homogeneidad de bebidas, arruinaban su perfección.
―Está bien ―cedió y sostuvo las llaves de la camioneta―, pero te culparé si mi departamento termina incendiado.
―Los bomberos ya me conocen ―se detuvieron unos instantes para colocarse sus bufandas―, de seguro te hacen descuento.
La menor rodó los ojos por décima vez en esa reunión. Después de envolver la bufanda en su cuello, caminó hacia el perchero y se vistió con un abrigo color caqui. Dejó que su hermana abriera la puerta e inspeccionar el silencioso corredor. Katomi se volvió hacia el grupo multicolor y llamó al único de anteojos.
―¿Pasa algo, Kati? ―el más alto quiso saber― ¿A dónde vas?
―Alex y yo iremos rápido por otros dos pasteles y refrescos de más sabores ―miró de reojo a los demás prodigios―. ¿Puedo encargarte todo?
―C-claro, pero… ¿están seguras de ir al centro a estas horas? Ya casi es Año Nuevo y las calles, de seguro, estarán plagadas.
―No te preocupes, Shin-chan, si corremos con suerte, sólo tardaremos media hora. Llámame si ocurre cualquier cosa, ¿está bien?
―Entendido. ¡Con cuidado!
La oji-naranja cerró la puerta detrás de ella y siguió a su hermana por el pasillo. Pese a que no hubiera ni un alma en él, un ambiente energético y familiar se escuchaba dentro de cada departamento. Aunque sus vecinos no decidieran visitar los templos, sabía que se la estaban pasando de maravilla.
Detuvo la puerta del ascensor justo cuando Alexandra presionó el botón que la cerraba. El elevador descendió hasta la planta baja, inundado de las risillas de la rubia. Lo primero de lo que se percataron fue que no había brisa tan helada como días anteriores, puede que fuese por su vestimenta invernal; sin embargo, a diferencia de semanas pasados, no se encontraron con la molesta necesidad de desempañar sus anteojos. El estacionamiento no estaba tan lleno como usualmente, por lo que les fue fácil divisar la camioneta negra.
―¿Quieres ir caminando o en coche? ―preguntó la menor mientras ambas se acercaban al automóvil― Ten en cuenta que, tal vez, nos tardaremos más por el tráfico, pero cargaríamos menos.
―¿Qué tan lejos está? ―inquirió sin responder― No me gusta la idea de caminar solas a estas horas.
―Llegaríamos en media hora…, bueno, eso fue lo que Shin-chan y yo tardamos cuando vamos por pasteles.
―Ya me arrepentí. Que te acompañe él. No quiero caminar.
―En coche, entonces.
Alexandra imitó la sonrisa burlona que dibujó su hermana y se adentró en el asiento de copiloto. Por su parte, tras cerrar la puerta del conductor, Katomi se colocó el cinturón de seguridad, encendió el auto y dio reversa para salir del estacionamiento. Hacía unos cuantos meses que había conseguido su licencia para conducir y demostró ser bastante responsable en la tarea, tanto que incluso Yūgana y Alexandra le encargaban a sus respectivos bebés.
―Iré por el camino largo, ¿está bien? ―habló la oji-naranja en el momento en que salieron del estacionamiento― Es menos concurrido, así que habrá menos tráfico.
―¿Todavía crees que haya pasteles del mismo sabor? ―mientras avanzaban por una avenida con un par de coches más, intentó encender la radio, pero recordó que se había dañado días atrás― Escuché que tenían promoción de queso, mermelada y nuez. ¿Por qué no compramos de ese sabor?
―A menos que quieras que Sei-chan destruya todo el edificio, vamos por él.
Las dos rieron con ligereza. La plática prosiguió conforme se acercaban a su destino. Se habían encontrado con uno que otro tumulto de vehículos, pero lo mayor que esperaban para avanzar era diez minutos. Fue cuando llegaron a una calle, que Alexandra pensó que ya había estado ahí, lo cual era extraño, ya que jamás había acompañado a la menor por sus postres favoritos. Estuvo a punto de preguntarle, cuando el auto derrapó y Katomi perdió el control de vehículo. Logró controlarlo al cabo de unos segundos, pero eso fue lo necesario para que el conductor que venía en sentido contrario, le pitara con molestia.
―K-Kat ―todavía asustada, la rubia se soltó del asiento―, con cuidado. Sabes que no puedes ir tan rápido después de una nevada. Las calles están cubiertas de hielo. Si uno puede caer caminando por las banquetas, imagínate lo que puede suceder en auto.
―Lo siento, lo siento ―exclamó mientras daba vuelta en la otra avenida―, pero tu camioneta tiene mal derrape y la resbalosa nieve no le ayuda en mucho.
La rubia pensó en responder, pero las palabras de su hermana la dejaron pensante. Al adentrarse más en su mente, más creía que ese lugar (en especial, esa calle que acababan de cruzar), lo había visitado antes.
Llegaron al cabo de otros minutos. Antes de apagar el vehículo, Katomi se percató que habían tardado media hora desde el estacionamiento hasta ahí. Después de que ambas salieran, colocó el seguro de la camioneta y las dos se quedaron viendo la pastelería, que, por fortuna, se encontraba abierta. ¿Lo malo? Ellas no eran las únicas en buscar un pastel a última hora: alrededor de diez clientes más se paseaban por los mostradores, la mayoría aprovechando la promoción de queso, mermelada y nuez.
―¿Qué te parece si tú vas por los refrescos y yo me encargo de los pasteles? ―opinó Katomi― Estoy segura de que no te estresarás tanto comprando tres de diferente sabor.
―¿¡'Tres'!? ¿¡Cómo es que la juventud, hoy en día, puede mantenerse saludable con pura chatarra y azúcar!?
Katomi rio ligeramente al ver cómo la mayor se alejaba. Se volvió hacia la pastelería y, al entrar, lo primero que encontró fue un tumulto de gente que gritaba acerca de la promoción del trío de sabores. Ella se acercó a los mostradores y suspiró al ver que todavía tenían de chocolate (el favorito de los prodigios). Cuando intentó pedir ambos pasteles, se dio cuenta que esa sería la parte difícil: todos los trabajadores caminaban de un lado a otro, desesperados por todas las voces que les llegaban de un lado a otro. Estuvo varios minutos buscando a quien fuera o llamando a quien estuviese más cerca, y sólo logró atraer la atención de un hombre después de veinte minutos. Salió del lugar, cuidando de que los postres no terminaran con su vida en el resbaloso suelo. Lo primero que vio al levantar su mirada hacia el vehículo, fue con Alexandra, quien apuntaba la cámara del celular hacia su rostro y tenía un par de bolsas de plástico a sus pies.
―Estas fotos darán inicio a una nueva sección en mi álbum ―burló la rubia―. ¿Qué te parece "Katomi García, la única que compra pasteles a una hora de Año Nuevo"?
―¡¿Falta una hora?! ¡Maldición! ―corrió hacia la puerta del conductor y dejó el par de pasteles en los asientos traseros. Por precaución, los aseguró con los cinturones― ¡Rápido, Alex!
―No manejes rápido o ya no te dejaré usar mi camioneta ―cerró la puerta del copiloto y se abrochó el cinturón―, ¿entendido?
La menor tan sólo afirmó con un monosílabo y empezó a avanzar por la misma calle. Antes de llegar a la avenida donde perdió el control del auto, se percató del tráfico que ahora plagaba la calle. Dejó escapar un par de insultos en su idioma natal y se decidió ir por el camino corto, anhelando que no estuviese tan concurrido. Como una mala broma de fin de año, se vieron atrapadas en una ola de tráfico. Sin una forma de escapar y buscar otra ruta, Katomi se recargó en el asiento y decidió esperar a que los autos se disiparan o el Año Nuevo llegara mientras estaban en el tráfico.
Alexandra rio un poco por las expresiones de su hermana. Decidió que el silencio sería una buena forma para que la oji-naranja encontrara la paz interior, por lo que divagó su mirada por la ventana de la camioneta. Sus ojos recorrieron las filas de autos que estaban a sus costados y la mayoría de los conductores, sino eran todos, tenían los mismos rostros que el de Katomi. Siguió con la mirada cómo el tráfico avanzó un par de metros, cuando captó algo bastante familiar. Movió su cabeza para ver mejor entre el especio que un camión y una camioneta, hasta que lo vio: el 'Parque del Lago Rojo'.
No importaba que el famoso lago se viese azul por la ausencia de luz, ella conocía bastante bien ese parque. Ahora ese sentimiento de nostalgia se le hacía normal. Sus párpados expresaron sorpresa al darse cuenta de la primera vez que visitó la pastelería de la que acababan de alejarse: hacía cuatro años, ella, junto a Katomi, fue a preguntar sino habían visto a sus padres después de que éstos no las recogieran del cine. Se sintió mareada y con nauseas al percatarse que aquella calle, donde Katomi perdió el control del auto, fue la misma donde Oleguer y Chassidy sufrieron su accidente.
Tardó unos segundos en recuperar su respiración y que el mareo la abandonara. Los ojos esmeraldas de la mujer viajaron del parque hacia su hermana. La más joven, ajena de lo que ocurriera en la mente de Alexandra, movía de manera frenética sus dedos, esperando a que el tráfico acabara. La rubia entrecerró los ojos. Acaso, ¿Katomi llegó a esa pastelería inconscientemente? ¿Sin recordar lo que había sucedido cuatro años atrás? Acaso, ¿no rememoró las imágenes que vio en aquella avenida? Acaso, ¿lo había olvidado?
Sin embargo, Katomi lo recordaba todo, a la perfección. Claro que ella reconoció a la mujer que le dijo que sus padres habían abandonado la pastelería en su cumpleaños número quince. Claro que se vio a sí misma corriendo por la banqueta perpendicular a donde estaba la escena del choque. Claro que recordaba todas las veces que la familia García jugaba en aquel parque. Todos los rostros y escenas de esa noche seguían en su cabeza. Sólo que, por fin, lo había superado. Se había deshecho de ese dolor que estuvo en su corazón por años y la muerte de sus padres ya no significaba un día oscuro en sus demás cumpleaños, sólo un trágico accidente en uno de ellos.
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Los gritos eufóricos se mezclaron junto el pitido que daba final al partido. La mayoría de los espectadores celebraba con emoción la victoria de aquel equipo. No obstante, un grupo de jugadores, quienes se reunieron para presenciar la final, se quedaron congelados en sus asientos. No lo podían creer. Tardaron unos momentos en salir de la sorpresa. La antigua mánager fue la primera en percatarse de que el pública empezaba a abandonar el edificio. Sacó a los demás de la impresión. El resto parpadeó para aclarar sus pensamientos y se levantó de las gradas. Se quedaron unos momentos de pie frente a sus lugares, pues los demás observadores aún no salían de sus filas. Aprovecharon para ver el marcador final: ciento veinte tres sobre ciento veinte dos, favor los líderes de Kioto. Había sido un juego muy emocionante, pues Fukuda Sōgō demostró una fuerza que no había sacado a la luz por varias temporadas. Sin embargo, la mayor sorpresa provino del as del equipo que quedó en segundo lugar.
La 'Generación Milagrosa' conocía a Haizaki Shōgo desde la secundaria y jamás lo creyeron capaz de intentar algo tan extremista. Puede que su habilidad de robar movimientos enemigos les diese una idea de lo que podría intentar en su disputa contra Rakuzan, pero, ¿adueñarse del 'Ojo de Emperador'? De verdad que el peli-gris era quien más cambió de todos ellos.
Por fin pudieron salir de las gradas. Envueltos en una plática llena de risas, los adolescentes se dirigieron a la planta baja para buscar al capitán del equipo blanco y felicitarlo por su segunda Copa de Invierna consecutiva. De la misma forma, Midorima sonreía gustoso por saber que su equipo llevaba el trofeo de tercer lugar a las instalaciones de Shūtoku. Por su parte, Kagami y Kuroko tuvieron que aceptar el cuarto lugar que obtuvieron; el oji-celeste no expresaba mucha tristeza (como era normal en su rostro serio), pero el peli-carmín aprovechaba cada vez para mandarle una mirada asesina al capitán peli-verde. El grupo llegó al pasillo donde los jugadores de Rakuzan tenían sus vestidores y se encontraron con los titulares (acompañados del mánager y del entrenador), caminando hacia ellos.
Akashi sonrió al encontrarse con el rostro de sus amigos. Le entregó el trofeo a Shirogane Eiji y le pidió permiso para ausentarse a la sesión de fotos que se había programado. El hombre accedió, puesto que pensaba cancelar la cita que tenían. Estaban cansados y el día todavía era joven; estaba seguro de que sus jugadores lo aprovecharían descansando y visitando el urbano Tokio. Después de que su equipo siguió con su capitana, el pelirrojo se detuvo frente a los demás prodigios.
―Gran juego, Akashi-cchi ―el rubio fue el primero en decir algo―. Tu victoria merece una celebración.
―¿No creen que celebramos por todo? ―opinó el único oji-celeste, asustando a más de uno―. Materias aprobadas, corte de cabello nuevo….
―Es que todo merece celebración ―el capitán de Shūtoku intervino―. Por ejemplo, los ganadores de la Copa de Invierno, los que obtuvieron el tercer lugar…
―¡No traigas eso de nuevo, Midorima! ―Kagami gritó y pasó por desapercibido la sonrisa que dibujó el de anteojos― ¡Ten un Uno a Uno contra mí y te demostraré!
―¡Tai-chan! ―su hermana le reprendió― Así como todo Seirin perdió, todo Shūtoku ganó. La victoria se la llevó todo el equipo, no sólo un jugador.
―Ya habló la cumpleañera ―un quejido escapó la garganta de la apodada tras escuchar a Aomine―. Mejor hacerle caso, ¿no creen?
―Ahora que lo mencionas ―Akashi volvió a retomar el habla y atrajo la expresión asustada de la oji-naranja―. ¿Cómo celebraremos un año más de vejez de Katomi?
―Habíamos pensado en juntar tu victoria con el cumpleaños de Katom-chin
Sin esperar alguna reacción, la menor de las hermanas García desapareció de los costados de sus amigos. Lo último que vieron estos últimos, fue su cabellera anaranjada desapareciendo por el corredor. Se percataron que los segundos en los que tardaron en reaccionar, fueron los suficientes para que Katomi alejara considerablemente la distancia. Aun así, corrieron hacia la salida del edificio (Akashi todavía sin saber bien qué era lo que ocurría), pero sólo se encontraron con el público restante que había estado presente en la final entre Rakuzan y Fukuda Sōgō.
―Maldición ―masculló Aomine―, se escapó.
―¿Qué es lo que le quieren hacer? ―quiso saber el oji-rojo.
―En América ―Kagami empezó―, Tatsuya, Kat y yo teníamos una costumbre de lanzar al cumpleañero a una fuente de sorpresa. Les mencioné la idea y a todos les gustó, por lo que teníamos pensado lanzarla a un lago…, pero creó que ella ya lo imaginaba.
―S-sólo es para quien cumple años ―con nerviosismo, el pelirrojo empezó a caminar hacia atrás―, ¿verdad?
―Hai ―respondió Murasakibara―. No te preocupes, Aka-chin, tú te salvas de la pulmonía.
―Ahora tenemos que separarnos para encontrarla ―Midorima declaró―. Lo mejor será que cada uno vaya a donde crean que se haya escondido…
Mientras los prodigios ideaban su plan para atrapar a Katomi, la chica (ahora de diecinueve años), corría por las banquetas sin ninguna dirección en mente. Todos los lugares que antes le daban seguridad (su departamento, Tensai, Teikō), ahora serían donde primero buscarían. Estaba segura de que Alexandra estaba incluida en el plan de la generación, sus compañeros de equipo tenían una peor sorpresa preparada y la encontrarían fácilmente en el gimnasio de Shirogane. Por eso, continuó corriendo por varios minutos hasta que creyó que la distancia ya era suficiente. Y funcionó. Ella misma estaba perdida. Detuvo su carrera y pasó a inspeccionar sus alrededores. Algunos edificios se le hicieron conocidos, por lo que continuó con su caminata. Siguió con la mirada a sus costados, hasta que ésta chocó con otro gimnasio bastante conocido. Supo que la encontrarían rápidamente si seguía ahí. Volvió a aumentar la velocidad y continuó calle arriba. Estuvo así varios minutos, cuando, a lo lejos, logró ver a una compañera de equipo. Sin saber qué hacer, se adentró en el tétrico lugar que estaba a un costado.
'―Genial ―pensó―, no pudiste buscar un lugar más obvio para esconderte.'
Como no sabía si Kanryō seguía cerca, se adentró en el cementerio. Al recorrer el lugar, se dio cuenta que no era tan tenebroso a esa hora. Las lápidas brillaban por los rayos de Sol que daban un poco de calor al invierno. Una que otra ave bajaba para picotear las semillas que caían de los árboles. Las pocas velas que reposaban como ofrendas, estaban derretidas o simplemente apagadas. Katomi sonrió de lado antes de detenerse en un par de lápidas que conocía muy bien. Se arrodilló enfrente de ambas y limpió los nombres y epitafios que se le había dedicado a sus padres cuando fueron sepultados.
―No tengo mucho tiempo ―exclamó ella en su idioma natal―. No sé si lo han notado, pero estoy siendo cazada para ser arrojada a un frío lago. A veces me odio a mí misma por haber creado esa tradición, aunque era más divertido en Los Ángeles porque siempre hacía calor ―rio un poco y guardó silencio, como si, por arte de magia, obtuviera una respuesta. Levantó su mirada hacia el cielo y pasó a sentarse de lado―. ¿Saben? Es un poco raro hablar con ustedes con normalidad. Pero…, bueno…, la primera vez que lo hice, sólo me disculpé; la segunda, me despedí; la tercera, lo superé…, creo que toca contarles cómo me va, ¿eh? ¿Se llevaron el balón que les dejé el año pasado? Me gusta creer que sí. Estaba muy viejo y dudo que alguien lo hubiese querido. No me malinterpreten; no es que les haya dado basura, sino que ahora tengo sus nombres en mi brazo y eso me recordará a ustedes por toda la vida. Me imagino que ustedes se hubieran puesto peor que Hisame-sensei cuando viesen mi tatuaje, ¿no? Él casi me lo arranca a rasguños antes de asesinarme, pero no lo puedo culpar. Es bastante sobreprotector, casi igual que tú, Papá. Hubo una vez que me dijo que no entrenara porque no había comido en todo el día y tenía miedo de que me desmayara. Ya me conocen. No le hice caso y, ¿adivinen quién perdió la consciencia después de media hora? No dejó de reprenderme y recalcar que siempre tiene la razón. En eso me recuerda mucho a ti, Mamá. ¿Sabes que Alex dejó de parecerse a ti después de convertirse en mi tutora? A veces es la primera en querer verme enferma y luego anda caminando de un lado a otro cuando llego una hora tarde. Ella no lo acepta, pero creo que es bipolar ―volvió a guardar silencio y se volvió hacia los epitafios de sus dos padres. Los leyó y se levantó del suelo―. No piensen que los he olvidado o reemplazado; jamás podría. Sólo que he empezado a hacerles caso y…, creo que, ahora, estos días son más mi cumpleaños que su aniversario de muerte. ¡Mírenme! Estoy escondiéndome porque los prodigios quieren lanzarme a un lago ―se colocó en cuclillas, besó sus dedos de la mano derecha y plantó los besos en el nombre de sus padres―. Así que lo mejor será que siga corriendo. No tardarán mucho en encontrarme aquí ―empezó a caminar por donde había llegado, cuando se detuvo y miró sobre su hombro―. I love you.
Mientras tarareaba una melodía pegajosa, salió del lugar y se encontró con una banqueta libre de quienes querían aprehenderla. Cuando dio un paso al frente, miró de reojo y se encontró con una cabellera peli-rosa que le era bastante conocida. Supo que Momoi les daría su ubicación y la atraparían si continuaba con su camino. Por eso, volvió a adentrarse en el cementerio con paso veloz. Detrás del lugar, había un parque y, si corría hacia el oeste, llegaría a Teikō. A partir de ahí, podría dirigirse al enorme centro de Tokio y perdería a sus perseguidores.
Katomi emprendió carrera en los pasillos de lápidas y volvió a pasar frente a las de sus padres. Si estuvieran ahí, pensó, cómo se estarían riendo de ella. Aumentó la velocidad al acercarse al muro que daba fin al lugar y miró a sus alrededores para saber que estaba sola. Después de asegurarse de la ausencia de demás personas, se impulsó con sus piernas y sujetó la orilla del muro con sus dedos; subió todo su cuerpo con ayuda de sus piernas y cayó sobre el césped del parque que estaba detrás del cementerio. Sin esperar a que Momoi les avisara a los demás sobe lo que ocurría, emprendió carrera hacia el único lugar que parecía seguro: el centro.
No obstante, fue muy tarde.
Enfrente de ella, se encontró con una defensa impenetrable entre Murasakibara y Kise. A sus costados, Akashi, Midorima, Aomine y Kuroko. Y detrás, Alexandra y Kagami. Al cabo de unos segundos, Momoi también llegó. Intentó buscar alguna forma de escapar, pero no había ni un árbol qué escalar. Preparándose para una última carrera sin posibilidades de escapar, corrió hacia donde Kuroko y Aomine estaban. En el momento en que fue atrapada por el moreno y los demás llegaron para ayudarle, aceptó su trágico destino.
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Una serie de pitidos interrumpió la plática de ambas hermanas. Las dos pensaron que era el resultado de que los conductores ya estaban cansados del eterno tráfico; sin embargo, cuando observaron las expresiones alegres en los rostros de los demás, supieron que era la forma de celebrar que la cuenta hubiera llegado a cero y las campanas por fin sonaran. Como por arte de magia, los autos comenzaron a avanzar y el tráfico, a desaparecer. Ambas americanas intercambiaron miradas nerviosas, antes de soltar pequeñas risillas. La llegada del nuevo ciclo les tocó en medio del tráfico.
―Feliz Año Nuevo, Kat ―la mayor de ellas dio inicio a un abrazo―. Que todos tus sueños se hagan realidad. No olvides que te amo.
―Te amo, Alex ―respondió mientras los autos delante todavía esperaban por avanzar―. No existe persona en el mundo con quien deseara recibir otro año, en medio del tráfico, que no seas tú. Feliz Año Nuevo, hermana.
El abrazo de ambas se vio interrumpido por un pitido molesto del conductor que estaba atrás de ellas. Katomi rodó los ojos y vio cómo los autos adelante ya habían avanzado. Estuvo a punto de avanzar también, pero escuchó un segundo pitido que no lo dejaría pasar de largo.
―Shut up your fucking Japanese butt, son of a bitch!
Mientras comenzó a avanzar, vio de reojo la expresión sorprendida de su hermana y no pudo evitar reír un poco. Alexandra no sabía si preocuparse por la poca paciencia que la menor desarrolló al estar al volante o alegrarse porque se parecía a ella.
Tardaron unos quince minutos en llegar al edificio. Ignoraron las llamadas perdidas que tenían y se apresuraron en descargar todo lo que habían comprado. Katomi aseguró la camioneta y siguió de cerca a la mayor, cuidando de que los pasteles que cargaba no fueran a caerse. Entraron en el ascensor y subieron hasta su piso. Los festejos seguían escuchándose dentro de cada departamento, incluido el suyo. Alexandra abrió la puerta con un poco de dificultad.
Lo primero que vieron fue una serie de expresiones vacías de los adolescentes multicolores. No era necesario ser un genio para saber que intentaban ahogar las risillas. La mirada seria de la peli-naranja fue todo lo necesario para que los prodigios estallaran de risa. Las burlas se hicieron presentes mientras las hermanas dejaban en la mesa de centro los refrescos y los pasteles. Y mientras se preparaban para felicitar a los demás por un tardado Año Nuevo, supieron que eso daría inicio a una nueva sección en el álbum de fotos de la familia.
«Alexandra y Katomi. Las únicas que reciben el Año Nuevo atrapadas en el tráfico»
Quise hacer un capítulo intermedio y me quedó un poco largo, ¿no creen? Siendo sincera, este capítulo no significa mucho para la trama; sólo era para demostrar cómo Katomi actúa en sus cumpleaños (ya no se siente triste por la muerte de sus padres). Ja. Nada como expresar diez palabras en una parte de cinco mil, ¿ah? En fin. Nos leemos en el siguiente capítulo. Chao.
