21. Oscuridad
Cuando desperté a la mañana siguiente, una intensa luz me pegaba en el rostro. Abrí los ojos despacio y miré a través de mis pestañas para identificar de dónde venía. Creía haber cerrado las cortinas la noche anterior.
Noté que había una pequeña ventana en forma de semicírculo encima de la puerta. Me removí en la cama para evitar la luz y entonces noté que estaba solo. Me incorporé sobre mis codos y agucé el oído. No estaba acostumbrado a los ruidos de la ciudad, pero no impidieron que distinguiera el sonido de la ducha.
Me desperecé, haciendo que mis articulaciones se quejaran. Era un hábito que había adquirido de Luz, y eso me hizo sonreír. Me puse de pie y me acerqué a la puerta del baño. La golpeé con delicadeza para no sobresaltarla.
- Buenos días… -saludé. Mi voz sonaba ronca, así que me aclaré la garganta antes de volver a hablar.
- Hola –me respondió su voz desde dentro del cuarto. Miré la hora en mi reloj de pulsera. Eran casi las nueve treinta.
- ¿Despertaste hace mucho? –pregunté.
- Solo hace unos cuantos minutos.
- ¿Puedo pasar? –la frase salió de mis labios sin que pudiera evitarlo. Tardó algunos segundos en responder.
- Claro –concedió por fin. Abrí la puerta esperando verla, pero la cortina de la ducha cubría su cuerpo de mi vista. Me apoyé en el marco de la puerta y me dediqué a mirar la silueta que se dibujaba en la cortina. Me pasé varios minutos en silencio, simplemente disfrutando de estar en la misma habitación en la que ella estaba.
- ¿Estás ahí? –preguntó luego.
- Sí, aquí estoy –respondí, aun concentrado en el sonido del agua cayendo en su cuerpo.
Un momento después, el agua cesó y ella estiró su brazo para alcanzar una toalla. Le sonreí cuando corrió la cortina con la toalla envuelta en el cuerpo. Su rostro se había ruborizado. Se veía muy hermosa con los destellos de las gotas de agua en su cabello.
Pasamos el resto de la mañana en aquel hotel, tan solo disfrutando el hecho de estar juntos. Ya había pasado la mitad del tiempo del que disponíamos para la excursión, pero el hecho de saber eso solo hacía que apreciara más esos momentos. Como entonces, que ella descansaba sobre su costado, de frente a mí y con el cabello mojado. Yo deslizaba las yemas de mis dedos por su cuerpo, dibujando una vaga línea desde su cintura hasta su cadera. Adoraba ver la forma en la que se le erizaba la piel cuando mis dedos la rozaban cerca de sus costillas.
- Deberíamos marcharnos –soltó luego de un suspiro. Parecía renuente a pronunciar esa simple frase. Suspiré a mi vez y asentí con la cabeza lentamente.
- Lo sé –concedí. Me mordí el labio y rodé en la cama para quedar sobre mi espalda, mirando al techo. Sabía que tenía razón, no podríamos quedarnos demasiado tiempo más, encerrados. Tarde o temprano deberíamos salir a buscar comida. Además, estar al aire libre no tenía nada de malo-. ¿Quieres ir a explorar a las afueras de la ciudad? –propuse. Lo pensó por un segundo.
- Quizás podríamos acampar algunos días –respondió. Fingí pensarlo.
- Un par de días contigo… solos en el medio de la nada, sin nadie que nos interrumpa o nos escuche… -hice una pausa- debo advertírtelo: podría aprovecharme de la situación.
Su rostro se puso carmesí, pero levantó la barbilla pretendiendo que no se había avergonzado.
- Pues entonces démonos prisa –replicó. Me quedé sin palabras y no supe que responder, pero mi cuerpo lo hizo por mí: un gruñido ronco se escapó del centro de mi pecho. Luz soltó una pequeña risa nerviosa y se puso en marcha para vestirse.
Juntamos nuestras escasas pertenencias en las mochilas en apenas unos minutos. Como siempre lo hacíamos, quitamos las sábanas de la cama y la tendimos con un juego limpio antes de irnos, era una costumbre de las almas el dejar todo como lo habían encontrado.
Me puse mis anteojos oscuros antes de salir. No eran completamente indispensables, pero me sentía más seguro con ellos. Jared me había repetido lo útiles que eran tantas veces en las cuevas en los últimos años, que ya estaba grabado en mi mente. Incluso recordaba una vez en la que me había dicho algo como: "No solo pasas desapercibido entre las almas, sino que también te ves genial mientras lo haces"
Estuvimos en el auto en cuestión de minutos. Cuando volví a mirar la hora eran casi las dos de la tarde. No pude evitar preguntarme a dónde diablos se habían ido las horas. Era como si el tiempo se escurriera entre mis dedos cuando estaba con ella. Como si intentara atrapar el agua de lluvia con las manos.
Conducíamos hacia el Sol, así que agradecí internamente los repetitivos discursos de Jar. De esa forma, las personas a nuestro alrededor no notarían que no había reflejo. Todavía me resultaba extraño atravesar la ciudad. No podía evitar la sensación de paranoia que hacía que pensara que todo el mundo me miraba por el rabillo de sus ojos. Tenía que tranquilizarme, no podía pensar de esa manera… moriría de un infarto antes de los treinta años.
Decidimos buscar primero los artículos de acampar que necesitaríamos. Comencé a enumerarlos uno a uno para que Luz los consiguiera, pero después de nombrar diez cosas, decidí que sería mucho más simple acompañarla.
Entramos al lugar cuyo cartel nos indicaba que tenían lo que queríamos. Parecía un lugar agradable. Las paredes estaban pintadas de verde claro y los aparadores conservaban un lustroso plateado. Saludamos al encargado con sonrisas en nuestros rostros, a pesar de que había un gran nudo en mi estómago. Dimos nombres falsos, por supuesto. Luz era "Agujas de cristal" y yo decidí ser "Hoja de la mañana".
- Buenos días, soy Canción del Cielo en la Tierra ¿En qué puedo ayudarlos? –preguntó el muchacho de unos aparentes veinticinco años que se encontraba detrás del mostrador. Expliqué lo que queríamos y él lo conseguía a medida que se lo decía-. ¿Disfrutan acampando? –soltó a modo de conversación mientras alcanzaba una bolsa de dormir de un estante.
- Muchísimo, jamás tenemos suficiente –respondió Luz. Mis manos sudaban, a pesar de que sabía que no había ninguna razón para estar nervioso. Los chicos habían hecho esto miles de veces. Ya no se trataba de algo raro para las personas de las cuevas. Además, mis lentes ocultaban mis ojos. No había nada de qué preocuparse.
El encargado miró con curiosidad a Luz por un breve segundo, y yo intenté recordar lo que le había dicho. No conseguía entender por qué algo habría llamado su atención… O quizás solo fuera mi imaginación. Dios, a este paso no tardaría en volverme tan loco como el tío Jeb.
- ¿Necesitan algo más? –el chico había comenzado a tamborilear los dedos en el mostrador. Eso no era algo frecuente: no había demasiadas almas impacientes. Tragué saliva con dificultad y procuré que mi voz sonara nivelada.
- Una tienda de campaña, por favor –pedí. Canción del Cielo en la Tierra asintió con la cabeza y fue a la parte de atrás de la distribuidora para buscarla. Regresó al cabo de unos minutos. Respiré tranquilo cuando por fin nos marchamos del lugar. Había algo en la mirada del muchacho que me ponía los pelos de punta.
- ¿Todo bien? –me preguntó Luz al tiempo que subíamos al auto.
- Sí, no hay problema –solté a la vez que dejaba escapar el aire de mis pulmones. Se quedó callada, mirándome. Quizás no sabía si debía creerme o no. Al cabo de un minuto puso el auto en marcha y volvió a hablar.
- ¿Qué más nos hace falta? –lo pensé.
- Comida –sentencié finalmente-. Agua. Mucha agua.
Solo condujimos unas cuantas calles para llegar a la primera estación de servicio y abarrotes que veíamos desde el hotel. Era una simple estructura, rodeada de grandes estacionamientos. Decidí bajar con Luz para poder ayudarla con el peso del agua y las latas de comida conservada. No quería que tuviera que cargarlas sola.
Abrí la puerta para ella e hice una pequeña reverencia mientras dejaba que pasara primero. Ella sonrió y puso los ojos en blanco. Se veía hermosa cuando hacía eso. Saludamos a la mujer que permanecía sentada detrás del mostrador.
Luz nos presentó con los mismos nombres que habíamos usado en la distribuidora de artículos para excursiones y yo fui directamente al estante en el que se encontraba el agua, todos los productos estaban organizados en las paredes, de modo que no había nada que obstaculizara mi vista para encontrar lo que necesitaba.
Medité sobre si sería mejor llevar un envase grande o varias botellas de dos litros. Supuse que sería más fácil para Luz manejar las botellas en caso de que tuviera sed, así que tomé un pack de seis de ellas y lo puse en el mostrador.
Fruncí el ceño al notar que la mujer se había marchado, no era de buena educación dejar un lugar desatendido sin dar aviso a las personas que estaban en él. Y las almas tenían por regla ser de buena educación.
Me acerqué a Luz para preguntarle si había visto a dónde se había ido la mujer. Ella estaba de pie frente a las latas de comida conservada. Comencé a pensar en la expresión del rostro del alma al vernos entrar. No parecía a gusto. Tenía exactamente la misma postura y gestos que el encargado de la última distribuidora a la que habíamos ido.
- ¿Sabes a dónde se fue la encargada? –le pregunté al estar suficientemente cerca. Ella miró hacia el mostrador y luego se encogió de hombros negó con la cabeza.
- ¿Crees que deberíamos llevar carne o legumbres? –replicó. Ignoré su duda mientras el nudo en la boca de mi estómago crecía. Había algo mal con todo aquello. Me acerqué un poco a la puerta que probablemente llevaba a una oficina en la parte trasera e intenté girar el picaporte. Mi corazón comenzó a saltar en mi pecho cuando comprobé que estaba cerrada con llave. En un mundo perfecto ¿qué necesidad tenía un alma de bloquear deliberadamente una puerta? Tragué con dificultad y apreté los dientes.
- Tenemos que salir de aquí –anuncié. Llegué a la conclusión en cuestión de unos cuantos segundos: alguien nos había descubierto. Comencé a sentir la adrenalina fluyendo hacia mis piernas.
- ¿Qué? ¿A qué te refieres? –soltó Luz con los ojos dilatados y el entrecejo fruncido.
- Hay algo mal aquí. Debemos irnos –volví a su lado dando grandes zancadas y la tomé del brazo, provocando que las latas que sostenía cayeran en el piso con un fuerte ruido metálico.
- ¿Cómo que hay algo mal? ¿Qué sucede? –insistió elevando la voz mientras dejaba que la remolcara hasta las puertas de vidrio.
- La mujer no se hubiera ido sin avisar si no hubiera notado algo malo –balbuceé intentando explicarle. Las palabras se atropellaban las unas a las otras-. Y bloqueó la puerta. Las almas no hacen eso –agregué mientras atravesábamos la puerta. Vi el pánico en los ojos de Luz antes de comprender que no era una reacción a mis palabras… Y cuando seguí la dirección de su mirada, supe que todo estaba perdido.
En un rápido conteo, vi que había al menos diez vehículos de los buscadores deteniéndose frente a nosotros, rodeando el edificio. Jamás creí que hubiera tantos de ellos. Me congelé en donde estaba, apenas a un par de pasos fuera del local. Escondí a Luz detrás de mi cuerpo cuando noté las luces de láser apuntándonos y retrocedí, llevándola conmigo hacia adentro de la estación de servicio. Era el único lugar al que podíamos ir.
Todo sucedió lentamente para mí a partir de ese momento. Pensé en cómo salvar a Luz, en cómo lograr que ella saliera ilesa de todo esto, pero no tenía caso. Mis propios instintos me habían traicionado. Si no me hubiera interpuesto entre los buscadores y ella ahí afuera, tan solo hubieran pensado que era la víctima de un secuestro. Maldito fuera por arrastrarla conmigo.
Me moví rápidamente y tumbé una de las estanterías que se encontraba en la pared, a un lado de la puerta, para poder bloquear la entrada. No serviría de mucho, pero al menos nos daría un poco de tiempo. Me quité los lentes y los arrojé a un costado. Ya no servían de nada.
- Lo siento tanto –susurré acercándome a ella como si no pudiera evitarlo. Sus ojos estaban dilatados por el miedo y la sorpresa. Tomé su rostro en mis manos y le di un beso corto y desesperado en los labios. Cuando me alejé, las lágrimas casi desbordaban de sus ojos, así como de los míos-. Jamás hubiera querido esto –juré.
- Te amo –respondió. No dijo nada más. Dios ¿cómo diablos le había hecho tanto mal? Noté que los buscadores se estaban acercando a nosotros y me concentré en el resplandor plateado que brillaba en aquellos profundos ojos.
- También te amo –respondí.
En contra de mi voluntad quité mi vista de ella y miré hacia afuera. Se aproximaban con cautela, como temiendo que fuésemos a lanzarles una bomba o algo así. Cerré los ojos, moví la mano de su rostro y presioné mis dedos en el comunicador de mi hombro.
- Cuatro, cinco, dos –anuncié en voz alta. Casi de inmediato escuché la voz de Mel en mi cabeza con un simple "¿Hola?". Sonaba como una pregunta.
- Lo siento tanto, Mel –atiné a decir, con mi voz quebrándose y las palabras atorándose en mi garganta. "¡Jamie, ¿qué es lo que sucede?!" casi gritó aquella voz que me había consolado tantas veces siendo un niño. Cerré los ojos con más fuerza, pues sabía que esto le rompería el corazón-. De veras lo siento. Jamás creí que nos atraparían.
Escuché a Mel jadeando sin aire. "No" murmuró. Busqué en mi bolsillo la píldora de escape que había guardado por tantos años y noté que Luz hacía lo mismo.
- Dile a todos que los quiero. No necesitan marcharse. No habrá peligro para ustedes.
"Jamie" susurró Mel en mi mente. Su voz estaba estrangulada.
- Adiós, Mel –dije por fin y quité el comunicador de mi hombro. Lo metí en mi boca y lo mordí con fuerza antes de tragarlo. Era la única forma en la que no lo encontrarían. Y si lo hacían, al menos no podrían repararlo.
Un golpe en la puerta hizo que me sobresaltara. Estaban rompiendo los cristales para entrar. Noté que la mano de Luz estaba aferrada a la mía y la estreché con fuerza. Ella temblaba y quizás también yo.
La miré por un breve momento, pero luego algo me lastimó el costado del torso y me incliné hacia adelante para sostenerme en pie. Empujé a Luz lejos de mí para intentar evitar que le dispararan también y presioné mi mano en la herida. Los buscadores ya habían entrado y estaban comenzando a rodearnos.
Supe que era el momento de morder la píldora, pero había desaparecido de mi mano. Al parecer la había tirado al recibir el disparo. Deseé que me hubieran atinado en el corazón o en la cabeza, pero sabía bien que esa no había sido su intención.
Mi corazón latió con fuerza en mi pecho y busqué a mí alrededor algo con lo que me pudiera volar los sesos. Los buscadores sostenían armas, pero también tenían en alto tubos de tranquilizantes. Si lograban dormirme antes de matarme, toda mi familia estaría condenada.
- ¡Quietos! ¡Pongan sus manos donde pueda verlas! –ordenó una voz áspera y autoritaria.
A solo unos metros de mí, Luz me miraba con el terror marcado en sus ojos. Caí de rodillas en el piso, buscando frenéticamente la píldora. Las lágrimas y el miedo nublaban mi visión, pero pude ver aquella pequeña mancha negra moviéndose hacia mí desde donde estaba Luz. Levanté la vista y noté que su mano estaba abierta. Era su píldora, y ella la había arrojado hacia mí.
Me encontré con sus brillantes ojos una fracción de segundo antes de que la vida los abandonara por completo y su expresión se pusiera en blanco. Como si el momento se volviera eterno solo para torturarme, vi la escena como si todo se moviera en cámara lenta. Vi la sangre escapar de sus ojos, su nariz, su boca y sus oídos, solo un segundo antes de que su cuerpo cayera flácido sobre sus rodillas, para finalmente desplomarse en el piso por completo.
- ¡Luz! –grité con todas mis fuerzas, aún arrodillado en el piso. Mi cuerpo entero me pidió que fuera hacia ella, pero varias personas me aferraron por los brazos. Grité de nuevo, sin saber exactamente lo que decía, y luché con todas mis fuerzas hasta lograr zafarme de su agarre.
En cuanto me liberé, cayendo al suelo, lancé mi mano hacia la píldora con toda la rapidez de la que fui capaz y la metí en mi boca con un solo movimiento. La mordí con fuerza para luego notar el ácido en mi lengua. Apreté los labios para evitar que el veneno se escapara y sentí la sangre ardiendo en mis venas. Tosí sin poder evitarlo, pero sabía que el veneno ya estaba en mi organismo. Solo era cuestión de segundos.
Intenté voltear hacia Luz para mirarla una última vez, pero ya no tenía el control de mi cuerpo. Todos mis músculos se tensaban y acalambraban a su antojo, torturándome. Sentía manos extrañas tirando de mis brazos y quise rehuir al contacto. Mi vista se nubló y finalmente todo se volvió negro…
Ya no tenía nada que hacer en este mundo.
