Bueno este es otro capitulo de esta nueva adaptación, espero que les guste.

Los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos creadores


Capítulo 19

—¡De todos los hombres arrogantes… horribles… y pomposos! —Lucy fue sacando los libros de los estantes de la biblioteca de Allendale House uno a uno y lanzándolos sobre el montón que crecía a sus pies mientras mascullaba en voz alta—. ¿Por supuesto, nos casaremos? ¡Ja! ¡No pienso hacerlo! No me casaría con él… ni aunque fuera… ¡el último hombre de Londres!

Sopló para apartarse un mechón de pelo de los ojos y se limpió las manos manchadas de polvo en el vestido de lana gris que se había puesto sin prever el daño que iba a causarle durante la hora siguiente. Parecía que había pasado un tornado por la biblioteca. Había libros por todas partes… En las mesas, en las sillas y en varios montones en el suelo.

Tras un silencioso trayecto en el carruaje de Dragneel, a altas horas de la noche, Lucy entró sigilosamente en su casa y se metió en cama, donde se debatió entre el deseo de permanecer bajo las sábanas y no volver a salir nunca más y el deseo todavía más intenso de dirigirse a Dragneel House, despertar a su dueño y decirle por dónde podía meterse su generosa y caballerosa oferta.

Durante varias horas, había practicado la familiar costumbre de revivir los acontecimientos una y otra vez en su cabeza, sin saber si llorar o dejarse llevar por la cólera al pensar en la sorprendente manera en que él había arruinado lo que hasta ese momento había sido una noche perfecta. Natsu le había enseñado lo asombrosa que podía llegar a ser la pasión, le había mostrado el éxtasis absoluto, para destruirlo todo un momento después. Y eran esos instantes los que acudían a su mente, los que acontecieron justo después de su descubrimiento, cuando él le hizo recordar que ella no estaba destinada a pasiones de ningún tipo.

No, en lugar de decirle cualquiera de las innumerables cosas maravillosas que podría haber dicho y que hubieran sido perfectamente apropiadas en la situación en la que se encontraban —desde «Eres la mujer más maravillosa que he conocido, ¿cómo podré vivir ahora que he alcanzado el Cielo en tus brazos?», pasando por «Lucy, te quiero más de lo que nunca habría imaginado» o incluso «¿Volvemos a hacerlo?»—. Dragneel lo había echado todo a perder disculpándose.

Todavía peor, había mencionado el matrimonio.

Y eso era lo último que tenía que haber hecho. Desde luego, ella se habría sentido encantada si lo hubiera dicho entre «Eres la mujer más maravillosa que he conocido» y «¿Cómo podré vivir ahora que he alcanzado el Cielo en tus brazos?». Habría sido absolutamente perturbador que la hubiera mirado a los ojos con total devoción y le hubiera dicho «Hazme el hombre más feliz del mundo, Lucy. Cásate conmigo».

Por supuesto, si él lo hubiera dicho —y permitía magnánimamente cualquier variación sobre el tema—, ella se habría desmayado. Se habría reído, volado a sus brazos y le habría permitido besarla hasta hacerle perder el sentido durante el regreso a casa. Y todavía estaría en la cama, soñando con una larga y feliz vida como marquesa de Dragneel.

En lugar de eso, eran las nueve y media de la mañana siguiente a la que debería haber sido la noche más maravillosa de su vida —incluyendo las que todavía le quedaban por vivir— y estaba ordenando la biblioteca.

Poniendo los brazos en jarras, ladeó la cabeza ante lo que tenía delante.

—Pues este es tan buen momento como cualquier otro.

«Bien, por lo menos no había llorado.» Estornudó. Lo primero era quitar el polvo.

Se acercó a la puerta y la abrió bruscamente para indicarle a un lacayo que le trajera un paño apropiado para ello, y descubrió a Michel y a Anne, con las cabezas inclinadas, manteniendo una conversación entre susurros con una doncella en medio del vestíbulo.

Las tres cabezas se alzaron de repente cuando oyeron el sonido de la puerta de la biblioteca. La doncella se quedó boquiabierta al verla.

—Necesito un paño para el polvo —le pidió a la criada, con voz monótona. La chica se quedó perpleja, como si estuviera viendo visiones y no fuera capaz de comprender sus palabras. Lucy volvió a intentarlo—. Para quitar el polvo de los libros. En la biblioteca. —La muchacha parecía haberse quedado paralizada. Lucy suspiró—. Me gustaría limpiar hoy el polvo de la biblioteca, ¿crees que será posible?

La pregunta fue el detonante para que la criada se pusiera en movimiento y se escabullera por el pasillo para llevar a cabo el recado de su ama. Lucy clavó en Anne y Michel una adusta mirada.

«Bien, al menos tenían el sentido común de no hacer ningún comentario.» —Oh, Dios mío —susurró Michel—, es mucho peor de lo que pensábamos.

Amonestó a su hermana con los ojos, en muda advertencia, antes de girar sobre sus talones y regresar a la biblioteca para comenzar la larga tarea autoimpuesta de colocar en orden alfabético los libros que ahora estaban fuera de las estanterías.

Sentada en el suelo, donde había comenzado su labor, reparó en que Anne y Michel la habían seguido hasta el interior de la estancia. Anne se apoyaba firmemente en la puerta cerrada, y su hermana se había sentado en el brazo de un sillón.

Las dos la observaban con reserva y permanecieron quietas durante varios minutos mientras ella ordenaba los montones más próximos. Michel rompió finalmente el silencio y preguntó:

—¿Por qué letra vas?

—Por la A —indicó Lucy, mirando a su hermana desde donde estaba, rodeada de montones de libros.

Mich se inclinó para estudiar la pila de libros que había a sus pies. Cogió el volumen que estaba más arriba y esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Alighieri. Infierno —leyó.

—Ah, ese es Dante —respondió Lucy, girándose entre los libros—. Debería estar en el estante de la letra D.

—¿De veras? —Michel arrugó la nariz con un libro en la mano—. Me parece que no, el apellido comienza con A.

—El apellido de Miguel Ángel comienza con B y siempre lo colocamos en la letra M.

—Hmmm —musitó Michel, fingiendo interés en la conversación—. Debe de ser cosa de los italianos. —Se mantuvo en silencio cuando la criada llamó a la puerta y entró con un paño en la mano. Cuando la chica salió de nuevo, Mich continuó hablando en tono inocente—. Me pregunto si a Meredy habría que colocarla en la M o en la F.

Lucy tensó la espalda brevemente ante la mención de la hermana de Dragneel antes de ponerse a limpiar el polvo.

—No tengo ni idea. Probablemente en la J.

Anne intervino en ese momento.

—Es una pena que oficialmente no lleve el apellido St. John. Siempre me ha gustado la S.

Michel asintió con la cabeza.

—Estoy de acuerdo.

Lucy levantó la cabeza y las miró.

—¿Adónde tratáis de llegar?

—¿Qué sucedió anoche?

Ella volvió la vista hacia el estante que estaba colocando.

—Nada.

—¿No?

—No.

—Entonces, ¿por qué estás reorganizando la biblioteca? —preguntó Michel.

Lucy encogió los hombros.

—¿Por qué no? No tengo otra cosa que hacer.

—Claro, no tienes nada mejor que hacer que ordenar la biblioteca…

Lucy se preguntó si sería muy difícil estrangular a su hermana.

—Algo que solo haces cuando necesitas desahogarte —agregó Anne.

Sí, también quería estrangular a su doncella.

Michel se levantó del brazo del sillón y se apoyó en el estante en el que Lucy estaba trabajando.

—Me prometiste que me lo contarías todo, ¿recuerdas?

Lucy volvió a encoger los hombros.

—No hay nada que contar.

En ese instante sonó un golpe en la puerta. Las tres mujeres se volvieron hacia el mayordomo, que trató de ignorar con valentía el desorden que reinaba en la estancia, por lo general impecablemente organizada.

El hombre entró y cerró la puerta firmemente a su espalda, como si tratara de que no los vieran desde el vestíbulo.

—Milady, lord Dragneel está aquí. Ha solicitado verla.

Michel y Anne intercambiaron una mirada de estupefacción antes de que Michel clavara los ojos en Lucy con una expresión relamida.

—Es por culpa de él, ¿no?

Lucy puso los ojos en blanco y se volvió al mayordomo.

—Gracias, Davis. Puedes decirle al marqués que no estoy. Que regrese más tarde, a ver si entonces tiene más suerte y estoy en casa para recibirle.

—Por supuesto, milady. —El mayordomo efectuó una reverencia y salió de la estancia.

Lucy cerró los ojos y respiró hondo, temblorosa, tratando de tranquilizarse. Cuando los volvió a abrir, Michel y Anne estaban frente a ella y la observaban atentamente.

—¿Así que no hay nada que contar? Mmmm… —intervino Anne.

—No. —Lucy esperó que su voz permaneciera estable.

—Jamás has sabido mentir —señaló Michel, como si estuviera hablando de algo sin importancia—. Espero que Davis se las arregle para hacerlo algo mejor que tú.

Mientras las palabras flotaban en el aire entre ellos, la puerta se abrió otra vez y el viejo mayordomo apareció de nuevo bajo el umbral.

—Milady. —Se inclinó en una reverencia.

—¿Se ha marchado? —preguntó Lucy.

—Er… No, milady. Dice que esperará a que regrese.

Michel se quedó boquiabierta ante la información.

—¿De veras?

Davis miró a la hermana menor y asintió con la cabeza.

—De veras, milady.

Mich se giró hacia Lucy con una brillante sonrisa.

—Bueno, esto empieza a parecer una aventura en toda regla.

—Oh, deshazte de él —ordenó Lucy a Davis—. Déjale claro que no recibo visitas. Es demasiado temprano.

—Ya le he hecho notar ese punto, Milady. Desafortunadamente, el marqués parece ser un poco… persistente.

Lucy dio una patada de frustración en el suelo.

—Sí. Tiene ese defecto. Tendrás que insistir.

—Milady… —intentó evadirse el mayordomo.

La joven perdió la paciencia.

—Davis. Estás considerado uno de los mejores mayordomos de Londres.

Davis se irguió, orgulloso. Bueno, al nivel que podía hacer eso un mayordomo y seguir manteniendo una actitud apropiada.

—De Inglaterra, milady.

—Sí. Bien. ¿Y crees que podrías… demostrarlo esta mañana en particular?

Anne soltó una risita al ver la cara que puso Davis.

Michel se dirigió al mayordomo e intentó tranquilizarlo.

—No es su intención insultarte, Davis.

—No, claro que no —respondió con la nariz levantada y expresión inalterable. Entonces se inclinó en la reverencia más regia que Lucy le hubiera visto nunca y se fue.

La joven suspiró mientras regresaba a las estanterías, sumergiéndose en su tarea.

—Seré castigada por mi comportamiento, ¿verdad?

—Desde luego. Te servirán carne pasada durante por lo menos un mes — aseguró Anne, que apenas podía controlar la diversión.

Mich estuvo observando una pila de libros antes de preguntar casualmente:

—¿Creéis que será capaz de disuadir a lord Dragneel?

—Yo no apostaría por ello.

A Lucy se le subió el corazón a la garganta ante aquellas secas palabras que llegaron desde de la puerta. Giró la cabeza hacia el sonido, pero una estantería le bloqueaba la vista. Podía ver a su doncella con los ojos abiertos como platos, paralizada al final del pasillo entre las librerías, mirando fijamente hacia la salida.

En el silencio que hubo después, Lucy miró a Michel. Su hermana menor ignoró la mirada de súplica que le lanzó y esbozó la sonrisa que le había valido el calificativo de Ángel Allendale.

—Lucy, parece que tienes visita —dijo, toda dulzura.

Lucy entrecerró los ojos. Definitivamente no había nada en el mundo peor que una hermana.

Observó que Mich se incorporaba y alisaba las faldas, con la mirada clavada en la puerta… y en Dragneel.

—Hace un día precioso —comentó ella.

—En efecto, lo hace, lady Michel —dijo la voz incorpórea de Dragneel, que provocó que Lucy diera una irritada patada en el suelo. «¿Por qué tenía que parecer siempre tan tranquilo?»

—Creo que voy a dar un paseo por los jardines —indicó Michel, en tono conspirador.

—Me parece una idea estupenda.

—Sí, eso pensaba yo. Si me disculpa… ¿Anne? —Lucy observó cómo su hermana efectuaba una rápida reverencia y salía de la estancia, con Anne, la traidora, pegada a los talones. Ella, sin embargo, se quedó justo donde estaba, esperando, simplemente esperando, a que Dragneel se fuera. Un caballero no la arrinconaría entre dos estanterías ¿verdad? Y, desde luego, la noche anterior había dejado bien claro que era todo un caballero.

El silencio cayó sobre ellos mientras Lucy seguía ordenando los libros e ignorando la presencia de Dragneel. «Adams, Aisopos[1], Aiskhúlos.»[2]

Percibió el sonido de sus pasos cada vez más cerca. Finalmente miró por el rabillo del ojo y lo vio al final de la librería, observándola. «Ambrosio, Aristóteles, Arnold.»

Sí, intentaría aparentar que no estaba allí. ¿Cómo podía permanecer tanto tiempo en silencio? Era suficiente para acabar con la paciencia de un santo. «Agustín.»

Al final, no lo pudo soportar más. Sin apartar los ojos de la estantería donde ordenaba los libros en una hilera perfectamente derecha, se dirigió a él de malos modos.

—No recibo visitas.

—Interesante —pronunció él, lenta y firmemente—. Parece que a mí sí me recibes.

—No. Tú te has presentado en la biblioteca sin esperar invitación.

—Ah, ¿así qué esta estancia es la biblioteca? —preguntó retóricamente, esbozando una mueca—. No estaba seguro al ver todas las librerías vacías.

Lucy le lanzó una mirada exasperada.

—Estoy ordenándola.

—Sí, ya lo veo.

—Por eso no recibo. —Enfatizó la palabra con la esperanza de que él se diera cuenta de su rudeza y se marchara.

—Juraría que hemos superado esta etapa, ¿no crees?

Al parecer a él no le importaba resultar grosero. Estupendo, a ella tampoco le importaría.

—¿Qué deseas, milord? —indagó ella con serenidad.

Se volvió para mirarlo. Un error. Estaba exactamente igual de apuesto que siempre: pelo suave y piel dorada, con la corbata impecable y las cejas arqueadas justo en el ángulo adecuado para dar la impresión de que su interlocutor había nacido y crecido en un establo. De inmediato, se sintió muy consciente de que era gris y monótona; sin duda ahora todavía más, con el vestido sucio y la horrible necesidad de disfrutar de una siesta y un baño.

Era un hombre indignante. En serio…

—Me gustaría continuar la conversación que comenzamos anoche.

Ella no respondió, se agachó para recoger varios libros del suelo.

Natsu la observó sin moverse, aunque sin embargo parecía estar considerando las siguientes palabras con mucho cuidado. Ella esperó, mientras colocaba lentamente los libros en el estante, deseando que no dijera nada; esperando que se diera por vencido y se fuera.

Natsu se acercó y ella se vio arrinconada en aquel espacio débilmente iluminado.

—Lucy, no tengo palabras para disculparme. —Parecía muy sincero.

Ella entrecerró los ojos al tiempo que deslizaba los dedos por el lomo de un libro. Vio las letras de la cubierta, una brillante pátina dorada, pero no pudo leerlas. Respiró profundamente para intentar contener las emociones que la embargaban.

Negó con la cabeza, sin ser capaz de mirarlo ni confiar en sí misma si lo hacía.

—Por favor, no te disculpes —susurró—. No es necesario.

—Claro que es necesario. Mi comportamiento fue intolerable. —Natsu levantó una mano en el aire—. Sin embargo, lo más importante es que rectifique la situación de inmediato.

El significado era claro. Lucy volvió a negar con la cabeza.

—No —murmuró en voz muy baja.

—¿Perdón? —Dragneel no pudo ocultar la sorpresa.

Lucy se aclaró la garganta para que su voz resultara más fuerte en esta ocasión.

—No. No hay ninguna situación y, por lo tanto, no es necesario rectificar nada.

Natsu emitió una incrédula risita.

—No puedes hablar en serio.

Ella enderezó los hombros y lo empujó para pasar a la zona central de la biblioteca. Se limpió las manos en el vestido y se puso a ordenar el montón de libros que había en una mesa cercana. No leía los títulos, no sabía quiénes eran los autores.

—Hablo muy en serio, milord. Puede que creas que has cometido algún tipo de desliz, pero te aseguro que no has hecho nada de eso.

Él se pasó la mano por el pelo con un gesto de irritación en la cara.

—Lucy, te he comprometido. Por completo. Y me gustaría poner remedio ahora a ello. Nos casaremos.

Ella tragó saliva, sabiendo que si lo miraba no sería responsable de sus actos.

—No, milord, no lo haremos. —Era posible que fueran las palabras que más le había costado decir en su vida—. No acepto tu oferta —añadió formalmente.

Él pareció desconcertado.

—¿Por qué no?

—¿Milord?

—¿Por qué no quieres casarte conmigo?

—Bueno, para empezar, ni siquiera me lo has preguntado. Me lo has ordenado.

Natsu miró al techo, como suplicando paciencia.

—Muy bien. ¿Quieres casarte conmigo?

La pregunta le hizo sentir una amarga emoción. Se viera obligado o no, que el marqués de Dragneel se le declarara formaba parte de la lista de momentos incomparables de su vida. «De hecho, ocupa uno de los primeros puestos.» —No. Pero muchas gracias por preguntar.

—De todas las tonterías… —Natsu se contuvo—. ¿Qué quieres entonces? ¿Que me ponga de rodillas?

—¡No! —Lucy no creía que fuera capaz de ver cómo se arrodillaba para pedirle que se casara con él. Sería la ironía más cruel del universo.

—Entonces ¿dónde demonios está el problema?

«El problema está en que no me amas.»

—En que, simplemente, no encuentro ninguna razón para que nos casemos.

—Ninguna razón… —repitió él como si no se creyera lo que decía—. Te aseguro que podría recordarte un par de razones buenísimas.

Lucy se atrevió por fin a mirarlo a los ojos, y se quedó desconcertada por la convicción que brillaba en aquellas profundidades verdes.

—Sin duda alguna no habrás intentado casarte con todas las mujeres a las que has comprometido en tu vida. ¿Por qué empezar conmigo?

Él agrandó los ojos ante aquel arranque. Pero la sorpresa pronto se vio reemplazada por la irritación.

—Vamos a aclarar esto de una vez por todas. Es evidente que me consideras mucho más disoluto de lo que he sido. En contra de lo que pareces creer, me he declarado a todas las mujeres a las que he desvirgado. ¡A todas!

Lucy se sonrojó ante su franqueza y apartó la mirada, mordisqueándose el labio inferior. Natsu parecía preocupado por la situación y ella lo lamentaba. Pero lo cierto era que no podía estar más molesto que ella. Había pasado una noche gloriosa en brazos del único hombre al que había amado siempre y, de repente, él se le estaba declarando a ella impulsado por un extraño sentido del honor y el deber, con el mismo romanticismo que un bistec.

¿Y se suponía que debía caer rendida de gratitud a los pies del generosísimo marqués de Dragneel? No, gracias. Se conformaría con revivir a lo largo de su vida una y otra vez aquella maravillosa noche y sería feliz con ello. «O eso esperaba.»

—Tu honorable propósito ha sido anotado, milord…

—Por el amor de Dios, Lucy, deja de llamarme «milord». —Su voz rezumaba irritación cuando la interrumpió—. ¿Te das cuenta de que puedes estar embarazada?

Al oír esas palabras, Lucy se llevó las manos a la cintura. Contuvo el intenso anhelo que la atravesó al pensar en tener un hijo con Natsu. Ni siquiera se le había ocurrido tal posibilidad, ¿sería posible?

—Dudo muchísimo que se dé el caso.

—No obstante, existe la posibilidad. No pienso permitir que mi hijo sea bastardo.

Lucy agrandó los ojos.

—Tampoco lo permitiría yo. Pero esta conversación es un tanto prematura, ¿no crees? Después de todo, el riesgo es mínimo.

—Un riesgo es un riesgo, punto. Quiero que te cases conmigo. Te ofreceré todo lo que quieras.

«Jamás me amarás. No podrás. Soy demasiado corriente e insulsa. Demasiado aburrida. No lo que tú mereces.» Las palabras resonaron en su cerebro, pero guardó silencio mientras meneaba la cabeza.

Natsu suspiró, frustrado.

—Si no te avienes a razones, no me quedará más remedio que hablar con Laxus.

Lucy contuvo la respiración.

—No te atreverías.

—Es evidente que no me conoces bien. Voy a casarme contigo y no me importa que sea tu hermano el que te obligue a ello.

—Laxus jamás me obligaría a casarme contigo —protestó Lucy.

—Me parece que pronto vamos a descubrir si lo haría o no. —Permanecieron el uno frente al otro durante un buen rato, con los ojos brillantes de frustración, antes de que él añadiera en voz baja—: ¿Sería tan malo estar casada conmigo?

Una cruda emoción inundó el pecho de Lucy y no pudo responder. Claro que casarse con él no sería tan malo. De hecho, sería maravilloso. Llevaba años loca por él, observándolo llena de anhelo desde los rincones de todos los salones de baile, leyendo con avidez las secciones de chismes en busca de noticias que lo mencionaran. Mientras la sociedad especulaba a lo largo de toda una década sobre la futura marquesa, Lucy siempre había soñado que Dragneel se le declarara a ella.

Pero durante todos esos años se había imaginado que sería un matrimonio por amor. Había fantaseado con ese día en que él la viera desde el otro extremo en un salón de baile, o en el interior de una tienda en Bond Street, o en un banquete y se enamorara locamente de ella. Y se había imaginado que vivirían felices desde entonces.

Los matrimonios que se llevaban a cabo por lástima y para reparar errores cometidos no eran los que solían resultar felices para siempre.

Debido a su edad y temporadas, Lucy sabía que la única oportunidad de casarse y tener familia era aceptar un matrimonio sin amor, pero acceder a tener eso con Dragneel era, simplemente, demasiado cruel.

Lo había anhelado durante demasiado tiempo como para aceptar otra cosa que amor.

—Por supuesto, no sería malo —aseguró llena de coraje—. Estoy segura de que serás un buen marido, pero yo no estoy disponible.

—Perdona, pero no te creo —se burló él—. Todas las mujeres solteras de Londres buscan marido. —Hizo una pausa como si estuviera considerando la situación—. ¿Es por mí?

—No. —«De hecho, tú eres perfecto.» Iba a seguir presionándola hasta que le diera una razón. Encogió los hombros—. Se trata simplemente de que creo que no nos llevaríamos bien.

Natsu la taladró con la mirada.

—¿Crees que no nos llevaríamos bien?

—No. —Lo miró a los ojos—. Creo que no.

—¿Por qué demonios lo crees?

—Bueno, no soy precisamente el tipo de mujer que te gusta.

Dragneel levantó la mano para que no siguiera hablando y miró al cielo reclamando paciencia.

—¿Qué tal si me dices cuál es el tipo de mujer que me gusta?

Lucy emitió un suspiro de frustración. ¿Por qué seguía presionándola?

—¿De verdad me vas a hacer decirlo?

—De verdad, Lucy. Porque te aseguro que no entiendo nada.

En ese momento, Lucy lo odió. Lo odió casi tanto como lo amaba. Agitó la mano con irritación.

—Hermosa. Sofisticada. Experimentada. ¡Yo no soy así! Soy justo lo opuesto a ti y a las mujeres que siempre te han rodeado. A pesar de leer libros e ir a bailes, odio la sociedad y tengo tan poca experiencia en relaciones románticas que tuve que ir a tu casa a altas horas de la noche para recibir mi primer beso. Lo último que quiero es casarme con alguien que lamentará haber contraído matrimonio conmigo desde el mismo momento en que pronunciemos los votos —expuso Lucy con airada rapidez, furiosa de que la hubiera presionado para dejar al descubierto todas sus inseguridades. Algo que le reprochó al instante—: Muchas gracias por haberme obligado a decirlo.

Él la miró y parpadeó en silencio, mudo ante sus palabras.

—No lo lamentaría —repuso con sencillez.

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. Ya había tenido suficiente. No quería más de su bondad y su compasión. No quería que él prestara más atención a su corazón y a su cuerpo. No quería castigarse con más momentos a solas con él. No quería vivir más situaciones que le hicieran soñar que, después de todo, podría tener alguna posibilidad con Dragneel.

—¿De veras? ¿Igual que no lamentaste lo que pasó en tu estudio? ¿Ni lo que sucedió la noche pasada? —Negó con la cabeza tristemente—. Te has apresurado a disculparte después de cada uno de esos momentos, Dragneel, se ve muy claro que casarte conmigo es lo último que harías libremente.

—Eso no es cierto.

Ella lo miró con los ojos llenos de emoción.

—Claro que es cierto. Y, francamente, no pienso hacer que te pases el resto de tu vida lamentando estar atado a alguien tan… tan corriente e insulso… como yo. — Ignoró la mueca de desagrado que hizo ante esa descripción. Las mismas palabras que él había dicho aquella tarde en su estudio—. No lo podría soportar. Así que, muchas gracias, pero no me casaré contigo. —«Te amo demasiado y llevo haciéndolo durante demasiado tiempo.»

—Lucy, yo nunca he dicho…

Ella alzó las manos para que se callara.

—Basta, por favor.

Él clavó los ojos en ella durante un buen rato, y Lucy notó la frustración que lo embargaba.

—Esto no quedará así —afirmó, con voz firme e inquebrantable.

Ella sostuvo la mirada de aquellos penetrantes ojos verdes.

—Sí —aseguró.

Él se giró sobre los talones y salió de la habitación.

Ella le observó marcharse y esperó hasta oír el estruendo que produjo la puerta principal al cerrarse de golpe para dejarse llevar por las lágrimas.


[1] Esopo en griego (N. de la T.)

[2] Esquilo en griego (N. de la T.)