Cap. 20
Redención
Todo estaba oscuro, su cabeza daba vueltas, estaba mareado…
Podía sentir su cuerpo como si flotara debido a la fiebre, mientras sus oídos eran acribillados por el molesto sonido de un moscardón.
Trató de mover sus brazos, pero estos pesaban como si estuvieran hechos de plomo.
Había voces a lo lejos, hablaban sin parar, pero no era capaz de entenderlas.
Entre abrió sus ojos negros y solo pudo distinguir imágenes borrosas de una habitación que no lograba enfocar.
Pudo sentir una mano que tocaba su frente, y en medio de la confusión fue capaz de distinguir unos ojos de un verde asombroso.
Su resistencia se agotó, y se entregó nuevamente a la oscuridad.
Abrió los ojos lentamente y de sus labios surgió un lastimero gemido. Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera estado durmiendo días enteros.
Severus se incorporó lentamente y la franela húmeda que estaba en su frente cayó hasta su regazo.
Se sobó el rostro un par de veces mientras se sentaba en el borde de la cama, dirigiendo luego su atención a contemplar el lugar en que se encontraba.
Era una habitación muy espaciosa… realmente muy espaciosa. La cama era grande, con bordados dorados sobre la tela roja.
Snape gruñó audiblemente al deducir con ridícula facilidad a que casa había pertenecido el mentecato que lo había llevado ahí.
Escuchó una puerta que se abría lentamente a sus espaldas y decidió ignorarla. Fuera quien fuera la persona que había llegado, no estaba ahí para hacerle daño, pues de cualquier otra manera lo habría matado mientras estaba inconsciente.
- ¡Severus!
La voz femenina inundó sus oídos y al momento siguiente sintió como la cama se hundía bajo el peso de la mujer, la cual le rodeó la espalda con sus brazos y apoyaba su rostro en su hombro.
Snape sintió el súbito deseo de lanzarla lejos, pero se contuvo sabiendo que le haría daño.
Un momento después, enarcó la ceja. ¿Desde cuando a él le importaba si le hacía daño a alguien?
- ¡Eres un bruto!
Le recriminó ella soltándose y dándole un ligero golpe en el costado, mientras él se giraba a mirarla.
- ¿Evans?
- Po-tter. PO-TTER. ¿Cuántas veces debo decírtelo? ¿O quieres que te lo escriba?
Severus se puso de pié de golpe, alejándose instintivamente de ella al sumar dos mas dos.
- ¿Estamos en tu casa? ¿Estamos en la casa de Potter? Maldición, tengo que…
- No Severus, no estás en la casa de James.
Vino la voz profunda del hombre que entraba en la estancia, mirándole con tranquilidad.
- Estamos en Hogwarts, esta es mi habitación.
- A-Albus… quiero decir… profesor Dumbledore.
El anciano sonrió con indulgencia y se acercó hasta el muchacho. Severus era unos cuantos centímetros más alto que el director de Hogwarts, pero aún así se sentía mil veces inferior.
- Tuviste una fiebre muy alta durante varios días, hablabas en sueños y te sacudías con pesadillas. Por un momento creí que no ibas a lograrlo… pero Lily nunca perdió la esperanza.
Snape desvió su mirada un instante hacia la pelirroja y luego volvió a mirar al suelo, resueltamente nervioso.
- ¿Cómo llegué aquí?
- Fui a tu casa, estabas muy mal, y te traje aquí.
El muchacho cerró los ojos tratando de recordar con claridad lo que había ocurrido, encontrando vagos retazos de lo que había pesado tras aquella horrible pesadilla.
- No lo comprendo… ¿Cómo…
- Tu magia se disparó mientras soñabas, según parece, y tus habilidades en Legeremencia hicieron posible que entraras en contacto con Lily. Tú la llamaste a ella, y ella me llamó a mí.
En consecuencia a aquellas palabras, Snape se dejó caer derrotado en el colchón, mientras Lily sonreía de esa forma encantadora que solo ella poseía.
- ¿Y qué quiere de mí? ¿Para que me trajo? La última vez que hablamos quedó más que claro…
- La última vez que hablamos, Severus, no eras más que un asesino al servicio de Voldemort.
El muchacho se estremeció levemente al escuchar aquél nombre, pero no dijo nada.
- Pero puedo ver que en este tiempo algo cambió en ti, algo que te afectó tan profundamente que sacudió hasta tu alma, llevándote a mirar tus pasos y darte cuenta de los errores. Es una virtud a la que muchos hombres se niegan, y que tú sin embargo, siempre has poseído. Pero lo habías olvidado.
- Continúo siendo un mortífago. Puedo arrepentirme el resto de mi vida, y durante ese tiempo seguiré siendo mortífago.
- Puede ser. Pero si de algo estoy seguro, es de que ya no le eres fiel a Voldemort, ¿O me equivoco?
Severus se mantuvo en silencio razonando aquellas palabras, para finalmente suspirar y negar lentamente con la cabeza.
- De todas formas, usted debe de estar pensando que esto es una mentira más convincente que la anterior para ganarme su confianza. Hágame un favor y déjeme en paz… no estoy para bromas.
Iba a ponerse de pié y marcharse como le fuera posible de aquél lugar, pero la mano pequeña y delicada de Lily se posó sobre la suya.
- ¿Severus?
Se detuvo, pero no se giró a mirarla.
- Quédate esta noche. Estuviste muy mal.
- Yo no necesito…
- Si necesitas nuestra ayuda, aunque no lo admitas. Es muy difícil que te des cuenta de lo mal que has estado todo este tiempo, y mas, si tratas de hacerlo tu solo.
Se hizo un largo silencio tras las palabras de la joven mujer, y Severus se giró finalmente a mirarla para esbozar una triste sonrisa.
- Hace unos cuantos días me enojé con Malfoy, y lo violé. Hace una semana atrapé a una hija de muggles, y la torturé hasta el cansancio. Durante meses he participado en orgías y asesinatos… hace un par de días conocí por fin a mi abuelo… y también lo maté. No necesito tu ayuda Evans, ni la suya, profesor Dumbledore, solo necesito… estar solo.
Dicho aquello salió de la habitación, y ambos Gryffindors se miraron un momento. El anciano cerró los ojos sintiéndose mal tras haber escuchado aquella confesión, mientras la joven de ojos verdes se cubría la boca, horrorizada ante las escalofriantes afirmaciones.
Sin embargo, hasta sus oídos llegó el sonido de un cuerpo al desplomarse, por lo que ambos acudieron bastante preocupados, encontrándose con el joven mortífago tirado en el suelo.
- ¡Ay no!
Lily corrió y tomó entre sus brazos a Snape, tocándole la frente.
- La fiebre está subiendo de nuevo. Profesor Dumbledore, ¿Qué le pasa a Severus?
Albus negó con la cabeza y tomó el cuerpo del muchacho entre sus brazos, llevándolo de regreso a su cama.
- Mi querida Lily, no soy ningún experto en medicina, por lo que no puedo decirte exactamente lo que está pasando.
- Pero tiene una idea bastante cercana, ¿No es así?
- Puede ser.
Ambos se sentaron al borde del colchón, mientras la pelirroja tomaba al Slythering por un tobillo, observándolo angustiada.
- Severus está atravesando una metamorfosis.
- ¿Qué tipo de metamorfosis?
- ¿Has escuchado alguna vez el dicho que dice "Cuando mas oscuro está, es por que está a punto de amanecer"?
- Si, lo he escuchado.
- Severus está atravesando exactamente por eso. Es… como cuando uno tiene gripe. Está mormado, la nariz se le pone roja, y los ojos están llorosos. Pero cuando uno empieza a aliviarse, nuestro cuerpo comienza a purificarse de la enfermedad mediante expulsar todo aquello que nos estaba haciendo daño.
- No lo comprendo.
- La maldad, y todas las cosas malas que Severus ha hecho hasta este día, han sido su enfermedad, la cual afectaba no su cuerpo, sino su alma, empañándola de suciedad, pero ahora que su espíritu desea ver la luz, debe quitarse de encima todas esas gruesas costras que estaban tan adheridas a su esencia, es… como querer arrancarse lo que llegó a ser una segunda piel.
Lily cerró los ojos un momento y se dedicó a acariciar desde el tobillo hasta la rodilla del joven de piel cetrina.
- Que su alma se esté purificando está alterando a su cuerpo. Por eso no cede la fiebre.
- Así es Lily.
Ambos se quedaron en un profundo silencio, mientras la hermosa mujer de ojos verdes miraba al techo.
- Pero… ¿Qué ocurrirá cuando despierte?
El director suspiró con pesadez.
- Cuando todo el proceso haya terminado, su alma estará tan llena de heridas abiertas, su mente estará frágil y todo lo que ha hecho hasta ahora lo llenará de asco por si mismo. Si Severus es lo suficientemente fuerte, aprenderá a superarlo y con el tiempo, tal vez logre perdonarse a si mismo… pero mientras tanto, será una pesadilla cada día de su vida. Un alma pura no puede cargar sin dificultad con un pasado lleno de violencia como el de Severus.
- A menos que cuente con ayuda.
Susurró ella acostándose a los pies de Snape, cerrando los ojos mientras se aferraba a las sábanas.
- Lily… ¿Lo sigues queriendo?
Ella observó al director con sus ojos profundamente verdes y luego sonrió, para luego cerrar nuevamente sus párpados.
- No director… amo a mi esposo mas que a nada en el mundo, y la sola idea de serle infiel es absurda para mi… pero Severus, lo quiera o no, fue la persona a la que amé durante mucho tiempo, y él ni siquiera se dio cuenta… no puedo dejarlo solo.
Dumbledore palmeó la espalda de la joven mirándola con cariño.
- Eres una persona verdaderamente excepcional, Lily.
Pero ella no respondió nada, por lo que el director se inclinó un poco para observarla mejor, descubriendo con sorpresa que la hermosa esposa de James Potter había caído dormida.
Snape se movía sin control mientras dormía. Los rostros de toda la gente a la que había asesinado se mostraban ante él una y otra vez, y él, en un afán de defenderse de sus intrusiones volvía a asesinarlos, descubriendo muy tarde que todo lo que él hacía, era observado por su madre.
Despertó sintiéndose porquería.
Rodó en el colchón mientras se hacía un ovillo abrazando sus piernas. Podía sentir las lágrimas que se aglomeraban en sus ojos, pero trataba de contenerlas.
Su cuerpo temblaba violentamente de frío a pesar de tener encima una gruesa cobija, a pesar del calor que poco a poco se amoldó a su espalda mientras unos brazos rodeaban su cintura.
Snape se giró lentamente observando intrigado a la persona que estaba a su lado.
- Evans…
Ella se revolvió en sueños pero no despertó.
En aquél instante, el joven de ojos negros se sintió aún peor, si es que eso era posible. ¿Cómo era posible que alguien como Lily estuviera siquiera tocándole? ¿Cómo podía ella dormir a su lado sabiéndolo un maldito asesino?
Un asesino…
Aquellas palabras hicieron eco en su mente mientras su memoria era acribillada sin piedad por los rostros de los que habían sucumbido en sus manos, mientras recordaba toda la sangre chorreando de sus dedos.
Se puso de pié sin saber que hacer, sin saber a donde mirar, si debía correr o esconderse, si debía suicidarse o continuar viviendo para pagar sus pecados, si debía permanecer ahí o marcharse.
Se llevó las manos a la cabeza y clavó sus dedos en su rostro, deseando con aquello otorgarle un poco de claridad, y por un instante, lo único que deseó fue escapar de si mismo, correr tan rápido que todos los recuerdos quedaran atrás, que todo lo malo se quedase en donde no podía hacerle daño.
Y de repente se supo a si mismo corriendo. Su mirada estaba desorbitada y su boca abierta en un grito mudo mientras sus piernas se movían tan rápido como era posible, escapando de un enemigo del que jamás podría escapar, por que se trataba de si mismo.
Se aferró a una de las ventanas del castillo respirando agitadamente y empañando el vidrio con su aliento.
¿Qué hacer? ¿A dónde huir?
Corrió con desesperación y tropezando muchas veces, levantándose de inmediato por que de alguna absurda manera, sentía como si los fantasmas de los muertos lo estuvieran persiguiendo.
Finalmente salió del castillo y se encontró de cara a la noche.
Dio vueltas sobre si mismo varias veces mientras observaba los enormes jardines, se llevó las manos al cabello y lo estrujó casi con la fuerza suficiente para arrancárselo, cayó de rodillas y miró al cielo sin luna.
Incapaz de soportar un momento más aquella locura, exhaló un grito que perforó la noche como si se tratara de una afilada cuchilla, gritó tantas veces como le fue posible hasta sentir que se había desgarrado la garganta, para luego caer a gatas en el suelo.
Estrujó el césped bajo sus dedos y lloró sin encontrar consuelo alguno.
Todo había sido una mentira, todo lo que había conocido hasta ese entonces, y por un ínfimo instante, su mente se dirigió a su segundo padre, al hombre al que había amado con toda el alma y que tanto extrañaba.
No había pensado en él hasta entonces…
¿El también había sido parte de aquél plan para convertirlo en mortífago? ¿Le había fingido su cariño durante tanto tiempo? Ese hombre al que había amado tanto… ¿No había sido más que otra ilusión?
Todo era una red de trampas y mentiras, nada valía la pena… ¡Nada! ¿Y todo para qué?
Se descubrió a tirones el antebrazo rompiéndose la ropa y observó con asco la marca oscura.
Todo para eso… todo para ostentar esa porquería en su brazo como si fuera un premio, una medalla al mas estúpido de todos los hombres.
Arañó la piel de su antebrazo clavando sus uñas tan profundo como le fue posible, y pudo observar como iba dejando finas líneas de un tinte rojizo.
Repitió aquella acción una, y otra, y otra vez, cada vez más rápido y cada vez con más fuerza, hasta que algunos hilillos de sangre comenzaron a brotar de la carne.
Sus ojos se estrecharon al descubrir que finalmente había logrado deformar aunque fuera un poco la imagen grabada en su piel, por lo que encajó sus uñas de manera vertical, profundizando tanto como le era posible la herida.
Pero aquello no era suficiente, jamás lograría arrancarse aquella cosa de su carne si se valía solamente de sus uñas.
Tanteó desesperadamente el suelo y encajó sus dedos en el césped, arrancándolo y lanzándolo al aire mientras escarbaba con un frenesí que caía en la demencia.
Finalmente gimió quedamente de dolor al sentir que se lastimaba los dedos, removió la tierra sin importarle el dolor que se provocaba al chocar contra la piedra que se aferraba al lugar donde había permanecido seguramente por años, y solamente se permitió gemir de dolor cuando en un intento desesperado por obtener aquél trozo de roca, lanzó un manotazo que le provocó que una de sus uñas se levantara de su dedo.
Pocos segundos mas tarde, sostuvo en sus manos aquél objeto duro y se sentó en el suelo. Estaba lleno de tierra y sudor. Se echó hacia atrás el cabello con su mano ensangrentada manchándose el rostro.
Y finalmente, encajó la piedra sobre su carne. Ni siquiera gritó.
Una y otra vez repitió aquella operación con el lado filoso de la roca mientras la piel comenzaba a sangrar. Sonrió con satisfacción cuando un chorro de líquido vital salió volando y le golpeó la cara, dando paso a una hemorragia.
Sonrió demencialmente mientras continuaba su labor. Si necesitaba arrancarse el brazo para quitarse la marca, lo haría sin dudarlo.
- ¡Severus! ¡Severus!! ¡Donde estás!
Podía escuchar la voz preocupada de Lily, y al poco pudo escuchar la voz de Dumbledore llamándole también por su nombre.
La distracción de aquél instante lo hizo mirar en todas direcciones, pero no por ello detuvo sus golpes, por lo que falló espantosamente y se reventó la muñeca.
No podían verle, aquella noche no había luna, y él, envestido en sus túnicas negras, se volvía uno con la noche para que nadie pudiera encontrarlo.
Sin embargo, estaba tan sumergido en su mundo que no era consiente de los lastimeros gemidos animales que emitía con cada golpe, con cada trozo de si mismo que era despedazado, y pronto, los ojos azules de Albus dieron con la figura apenas visible en aquella oscura noche.
- ¡SEVERUS, NO!! ¡QUÉ HACES!
El director se echó a correr en su dirección y le tomó por la espalda, tratando de arrebatarle la roca, pero Snape estaba totalmente fuera de si, por lo que cuando su instrumento le fue finalmente alejado y lanzado lejos, acercó su brazo a su boca y arrancó un trozo de si mismo con sus dientes.
- ¡BASTA, DETENTE, POR FAVOR DETENTE!!
- ¡Profesor Dumbledore, Profesor Dumbledore!!
- ¡No te acerques Lily!
Respondió el anciano mientras trataba de contener al mortífago, el cual se debatía cual si estuviera poseso, comenzando a emitir chillidos más propios de un demonio que de un ser humano.
- ¡Llama a la enfermera!
- ¡Pero…!
- ¡AHORA!!
La joven dio un respingo, y un momento mas tarde corría de regreso al interior del castillo.
Dumbledore mientras tanto trataba de contener la manera frenética en que el muchacho se movía, hasta que poco a poco comenzó a calmarse y se quedó quieto, lánguido, escupiendo sin cesar la sangre que había impregnado su paladar.
- Severus, Severus… mírame, soy yo, soy Albus. Mírame…
Pero el muchacho no hablaba, sus ojos comenzaban a cerrarse y la sangre de su brazo no se detenía.
- Al…bus.
- No, no, ni se te ocurra desmayarte. Mírame, quédate conmigo. ¡Severus, no cierres los ojos!
El joven no le obedeció y los cerró un instante, por lo que el director lo sacudió con fuerza con su brazo libre, pues su otra mano la utilizó para tratar de contener la hemorragia, cosa que era imposible debido a la extensión de la herida.
- ¡Severus, abre los ojos!
Los pozos de absoluta negrura se abrieron lentamente, y el director pensó por un momento que la luz en ellos estaba apagándose.
- ¡Vamos, vamos!… quédate conmigo.
Albus miró desesperadamente a su alrededor, deseando que Lily llegase de una buena vez por todas con la enfermera. ¡No podía luchar solo contra la muerte!
- ¿Albus…?
- Eso Severus, sigue hablando, continúa hablando hijo, no te vayas…
- No quería… no quería… suici…darme.
Parecía estúpido que le dijera algo que parecía tan increíblemente obvio, pero el muchacho movió ligeramente su brazo herido, señalándolo con su otra mano, lo que le permitió al director observar la uña levantada que continuaba aferrada a la carne, tiñéndola de morado.
- Quería… arrancármela… ya no… no…
- ¿No qué? ¡Vamos, sigue hablando!
- No quería… seguir… marcado…
Aquellas palabras tardaron un poco en ser procesadas por el anciano director, el cual regresó su atención a la herida.
- ¿ESQUE PENSABAS CORTARTE EL BRAZO ENTERO???
- Solo del codo… para abajo.
Añadió el joven con una sonrisa, para luego observar al hombre de ojos azules.
- Mátame Albus… te lo ruego… te lo suplico… te lo… suplico… mátame…
- ¿Severus? ¡Severus!!
Lo movió con fuerza, pero el chico no contestó, pues la pérdida de sangre lo hizo caer inconsciente.
- No… no… ¡Severus, despierta! ¡DESPIERTA!
- ¡Albus!!!
- ¡Profesor Dumbledore, ya llegamos!!
La enfermera y Lily corrían en dirección a donde se encontraban ambos hombres, la pelirroja llegó primero y se llevó las manos a los labios contemplando horrorizada la escena.
- ¡Por Dios! ¡Por Dios, por Dios!!! ¡Severus! ¡Severus, reacciona!! ¡Por favor!
- A un lado señora Potter.
Dijo la mujer mayor mientras se arrodillaba junto al chico y sacaba su varita, dejando a un lado su maletín, para después retirar la mano del director de encima de la herida para poder examinarla.
- ¡Severus, Severus!
- No te dejes llevar por el pánico, querida, necesito luz para poderlo ayudar.
Lily aceptó temblando asustada y agitó su varita, invocando un Lumus.
- Por como se encuentra, estará muerto para cuando lleguemos a la enfermería, tendré que curarlo aquí.
Durante un largo rato nadie dijo nada mientras la enfermera trabajaba. Lily sostenía su varita en alto, observando impotente mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo y trataba en vano de limpiar el rostro del joven, pero la sangre era tanta, que el pañuelo estuvo rápidamente empapado y la cara del joven parecía mas sucia que al principio.
Tras una agónica hora, la enfermera suspiró con cierto alivio y se limpió el sudor con el brazo.
- Aún no he terminado, pero está fuera de peligro. Hay que llevarlo a la enfermería.
Albus aceptó, ni siquiera pensó en un hechizo levitatorio, sino que tomó al muchacho en sus brazos y caminó detrás de la enfermera, mientras Lily iba sosteniendo su cabeza.
- ¿Lily?
- ¿Profesor?
- Tal vez y desees volver a casa. James debe estar preocupado por ti.
- No se apure, le diré que tuve una misión muy importante. El comprenderá.
El director aceptó aquellas palabras sin rebatirlas, y continuaron su camino a la enfermería.
Mientras la mujer trabajaba, Albus se llevó a Lily a su oficina. Ambos estaban sucios con la sangre que había emanado de las heridas de Severus, pero estaban tan shockeados que no atinaban a limpiársela siquiera.
- Toma querida… para tus nervios.
Susurró el director mientras le tendía un poco de té. Lily extendió sus manos y tomó el platillo, pero apenas estuvo entre sus dedos, la taza empezó a temblar violentamente, por lo que ella se apresuró a colocarlo en el escritorio, retorciéndose luego los dedos.
- Lo siento profesor…
- No tienes nada de que disculparte mi pequeña.
Respondió el anciano tomándola por el hombro izquierdo con una mano y acariciando su cabello con la otra.
- Esque… esque no lo comprendo… jamás pensé… que Severus fuera a intentar suicidarse.
- Oh no, él no intentaba suicidarse.
- ¿Cómo dice? ¡Estaba tratando de matarse!
- Te equivocas en eso, lo que en realidad estaba intentando hacer Severus, era mutilarse el brazo.
Lily le observó como si se hubiera vuelto loco.
- ¡Se estaba arrancando un brazo para morir!
- Se estaba arrancando un brazo para vivir.
Contestó Albus con voz apacible, consiente que Lily no comprendería lo que acababa de decir.
- No comprendo.
Susurró ella haciéndolo sonreír, pues aquello ya se lo esperaba.
- ¿No viste que era lo que intentaba hacer Severus? ¿Lo que yo mismo te he dicho?
- Quería… arrancarse el brazo.
- No, no todo el brazo.
- Bueno, el antebrazo, ¿Y eso que importa?
- Lily… ¿Qué tiene Severus en el antebrazo?
- La marca oscura, ¡Pero eso no…!
La joven mujer se detuvo a si misma de golpe y se quedó con la boca abierta, mientras la sonrisa del anciano se pronunciaba al ver que ella finalmente se había dado cuenta de lo que había ocurrido con el muchacho.
- Severus… quería arrancarse la marca oscura.
Albus aceptó lentamente con la cabeza.
- Está tan horrorizado consigo mismo… que la única manera de liberarse que encontró fue arrancar de raíz aquello que lo vuelve prisionero.
- Pero, él no…
Lily se cubrió el rostro.
- No puedo creerlo.
- Su arrepentimiento es auténtico. Severus es buen actor, pero no tan bueno.
- ¿Y ahora que haremos profesor?
- Por lo pronto, supongo que irnos a bañar.
La joven parpadeó confundida y observó a detalle al director, poniéndose colorada al ver el lamentable estado en el que se encontraba, e igualmente supuso como andaría ella.
- Te sugiero que te quedes en mi habitación de huéspedes. James ha quedado de venir a verme mañana temprano, y no creo que haya problema en que se encuentren aquí.
- ¿Y cuando me pregunte lo que he estado haciendo?
- Contéstale con la verdad.
Ella le miró horrorizada, pensando por primera vez en lo que diría su marido si descubría con quien había estado todo aquél tiempo.
- Dile que estabas salvando una vida.
La Gryffindor sonrió.
A la mañana siguiente, Severus abrió sus ojos lentamente y observó el lugar donde se encontraba.
Maldijo por lo bajo al volver a verse rodeado por los colores de Gryffindor. No le cabía duda que volvía a estar en la habitación de Albus.
Se incorporó lentamente luchando con el mareo. Sus ojos vagaron hasta su brazo, el cual estaba firmemente vendado y atado con un pañuelo que rodeaba su cuello, como si estuviera roto, además que uno de los dedos de su mano derecha estaba igualmente vendado.
Suspiró y se puso lentamente de pié, encontrándose con que al menos lo habían vestido con un pijama verde. No era el verde de Slythering, pero al menos no era rojo.
Salió de la habitación y se encontró con un pasillo que daba a un tramo de escaleras. Podía escuchar voces.
Se acercó sigilosamente y se asomó por el borde de la pared, encontrándose con que aquellas escaleras daban directamente al despacho de Dumbledore, el cual se encontraba hablando con Lily.
Durante largos minutos, Severus observó a la pelirroja, la cual sonreía mientras escuchaba lo que el anciano le estaba comunicando, acerca de la salud del huésped que supuestamente dormía en su habitación.
Ella estaba preocupada por él.
¿Cuándo había sido la última vez que alguien se había preocupado tanto por él?
Sus ojos negros acariciaron la dulce figura de aquella hermosa mujer, sus sentidos captaron cada vibración de su risa, y por un momento se preguntó como había podido ser tan ciego durante sus años en la escuela para no haberse dado cuenta que ella existía.
La imagen en su mente de Lucius Malfoy burlándose de él con otros mortífagos en un salón de su mansión fue una respuesta contundente para aquella interrogante.
Recordó con claridad como días atrás ella lo había besado, y de manera casi inconsciente se llevó su mano libre a los labios.
Nunca había sentido la calidez de un beso igual al que había recibido aquél día. Totalmente distinto a cualquier otro, sin pasión, sin lujuria, simplemente… un beso puro y casto de una mujer hermosa que le sonreía a pesar de ser un monstruo.
En aquél instante se abrió la puerta, y Severus retrocedió un poco cuando un rostro desagradablemente familiar apareció en la pequeña estancia.
- ¡James!
El joven de despeinados cabellos negros abrió sus brazos mientras en sus labios ostentaba una enorme sonrisa, la cual se convirtió en una carcajada de felicidad cuando Lily lo abrazó firmemente.
- Hola preciosa. ¿Me extrañaste?
Ella aceptó con la cabeza y lo besó, abrazándose luego a él mientras se mecía suavemente de un lado a otro.
Snape se mantuvo en silencio observando la escena y luego desvió la mirada, regresando con pasos lentos a la habitación.
Observó sus ropas en una silla y se cambió con desgana, pensando una y otra vez en lo que acababa de ver.
Estaba dolido, y no sabía por qué.
No podía ser amor, él no podía amarla. Eran más bien… celos.
Pero no los celos de un hombre hacia una mujer, no, no eran de ese tipo. El los conocía, los había sufrido con su ex novia, era más bien…
Una sonrisa irónica y de pena por si mismo se dibujó en sus labios.
Era más bien los celos que siente el perro favorito de una chica bonita cuando esta tiene un novio y le prestaba menos atención a él. Si… eran ese tipo de celos.
Aunque tampoco podía estar del todo seguro, ya que nunca había amado a nadie mas que a su madre.
Se detuvo mientras se colocaba encima la camisa, y pensó en ella. En su madre, en la mujer a la que más había amado y la que más lo había amado.
Se terminó de vestir y se dirigió a un pequeño escritorio en la habitación, escribió una escueta nota y se dirigió a la chimenea.
Había una maceta ornamentada con el León de Gryffindor a un lado, rebosante de polvos Flú. Tomó un puñado y lo lanzó al fuego, entró a las llamas esmeraldas y pronunció alto y claro su destino.
Una hora más tarde, Severus se encontraba caminando entre las lápidas del cementerio mágico donde descansaba el cuerpo de su madre.
Elevó la mirada al cielo, el cual estaba un poco nublado, lo mismo que había estado el último día que había estado ahí.
Sus pasos lo llevaron ante la tumba de Eileen Snape.
Severus se arrodilló frente a la lápida de piedra que tenía su nombre escrito con letras de fantasía y cerró los ojos, buscando los recuerdos largamente bloqueados de su memoria.
- Mamá, ¿Por qué tengo que aprender Oclumancia?
- Por que es una rama importante de la magia.
- ¿Pero no es una rama oscura de la magia?
- Bueno, si tanto te interesa, no la aprendas. Me gustaría estar ahí cuando te enfrentes a un mago capaz de usar la Legeremencia.
El niño se quedó en blanco, y Eileen rodó los ojos.
- Estás a punto de entrar a Hogwarts en unos meses, y me parece increíble que a pesar de todo lo que has leído y todo lo que te he contado, no sepas lo que es la legeremencia.
Severus bajó la mirada avergonzado, ya que no recordaba haber leído sobre aquello en sus libros, pero se prometió a si mismo en lo sucesivo poner mas atención y estudiar mas. Su madre podía ser muy cariñosa, pero cuando de los estudios se trataba, era excesivamente estricta.
- La legeremencia, es la capacidad de extraer sentimientos y recuerdos de la mente de otra persona.
Ante aquella afirmación, la mandíbula del pequeño cayó un par de centímetros.
- Debes saber apreciar los matices. Los muggles hablan de tonterías como "leer el pensamiento". La mente no es ningún libro que uno pueda abrir cuando se le antoje o examinarle cuando le apetezca. Los pensamientos no están grabados dentro del cráneo para que los analice cualquier invasor. La mente es una potencia muy compleja y con muchos estratos.
Hizo una pausa y sonrió con ironía mientras pensaba en su marido.
- O al menos así son la mayoría de las mentes. Sin embargo, es cierto que aquellos que dominan el arte de la Legeremencia pueden, bajo determinadas condiciones, hurgar en la mente de sus víctimas e interpretar de forma correcta sus hallazgos. Los que dominan ese arte a la perfección casi siempre saben cuando alguien les está mintiendo. Solo los que dominan la Oclumancia saben bloquear los sentimientos y recuerdos que delatarían su mentira, y decir falsedades sin que el otro las detecte.
Severus se quedó en un silencio absoluto, fascinado ante la explicación de su madre, bebiéndose cada palabra que había surgido de su boca.
Ella observó la expresión embelesada de su hijo y sonrió.
Snape abrió los ojos lentamente y se permitió curvear sus labios. Recordaba las palabras de su madre a la perfección. A pesar de todo, a pesar de los años que habían transcurrido, y a pesar de lo mucho que había renegado de ella.
Bajo su brazo llevaba la caja negra de Gringotts, la colocó sobre el sepulcro y tomó el libro de objetos contenidos en la cámara.
Le tomó unos pocos minutos tener sobre la blanca piedra un pequeño caldero que hervía sobre un fuego que ardía sobre una vasija de latón.
Severus sonrió mientras observaba el crepitar de aquellas llamas del fuego de Gubraith.
Cerró los ojos un instante, permitiendo que los recuerdos lo envolvieran nuevamente.
- Mamá, ¿Qué es esto?
- ¿Qué amor?
El niño le mostró su libro, y la mujer sonrió ampliamente.
- Oh… eso. Es el fuego de Gubraith.
¿Y eso que es?
- Eso, hijo mío, es el fuego eterno. Nunca se extingue.
- ¿De veras?
- ¿Me estás llamando mentirosa, jovencito?
Severus se encogió de hombros con una sonrisita traviesa en el rostro, para un segundo mas tarde ser lanzado a la cama, empezando a reírse cuando su madre le empezó a hacer cosquillas.
- Ya fueron muchas preguntas. A dormir.
- ¿Puedo preguntarte otra cosa?
- Ya lo hiciste amor.
- Otra cosa aparte de lo que ya pregunté.
Ella sonrió mientras se sentaba en el borde de la cama.
- Dime.
- ¿Alguna vez conjuraste un fuego eterno?
Eileen se quedó en silencio, y por un instante, el pequeño de apenas seis años creyó que su madre iba a llorar.
- Si… logré conjurarlo una vez.
- ¿Todavía existe?
- Si, todavía existe.
- ¿Y donde está?
La mujer cerró los ojos y se llevó una mano al pecho.
- En una vieja vasija, guardado en un lugar seguro.
Snape abrió los ojos lentamente recordando aquél día. El lugar seguro había sido la cámara de Gringotts. Aún recordaba aquél día que conoció la bóveda por primera vez, y encontró una vitrina de cristal que en su interior contenía lo que parecía una caldera vieja, y en su interior, la llama eterna de su madre.
El caldero comenzó a despedir vapores de todas las tonalidades verdes y plateadas posibles, elevándose en el aire y haciendo formaciones caprichosas en el aire.
Sus ojos vagaron al líquido del cual emanaban todos aquellos gases. Agua eterna, el alma gemela del fuego de Gubraith.
Finalmente sacó su varita y apuntó a la lápida, concentrándose para borrar las letras que Lucius había echo grabar, sustituyéndolas por nuevas, escritas en caracteres idénticos a los que aparecían bajo el escudo de Hogwarts.
"Aquí yace Eileen Prince. La madre mas maravillosa del mundo."
Sonrió con tristeza mientras apretaba las manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
- Lo siento mucho mamá… lo siento de veras… me gustaría… saber si me perdonas por haber sido un tonto… si… si a pesar de lo que he hecho… aún me amas.
Cerró los ojos, agudizando sus sentidos en la vana esperanza de escuchar una respuesta.
El viento sopló con fuerza en aquél instante, y Severus no se movió un centímetro, sino hasta que sintió unas manos sobre su rostro.
Abrió los ojos y por un instante pudo ver como las nubes de humo lo habían envuelto, y le pareció observar el rostro de su madre dibujado entre aquellas tonalidades esmeraldas.
Retrocedió un paso debido a la sorpresa y tropezó con su túnica, pero al volver a mirar, vio que todo continuaba tal y como había estado antes.
Se puso de pié y se sacudió la ropa, tratando de encontrarle algún sentido a lo que acababa de presenciar. Sin embargo, unos pasos lo distrajeron, unos pasos que pudo reconocer.
Albus se mantuvo en silencio observando lo que Severus había echo con el sepulcro de su madre y se permitió sonreír.
- ¿Para que me citaste aquí, Severus?
El muchacho no le miró, se sentía incapaz de mirarle, pero tras observar largo rato los vapores que emanaban del caldero sobre el sepulcro de su madre, encaró al director, el cual tenía fijos en él sus ojos azules.
- Quiero ayudar.
- ¿Ayudar a qué, Severus?
- En lo que sea. No importa.
Dumbledore sonrió y observó el sepulcro de Eileen. Conjuró del aire una rosa, a la cual le arrancó los pétalos y los vertió sobre el agua que hervía.
Al instante, los vapores que emanaban desprendieron el fragante perfume de la flor, sin alterar sus colores.
Finalmente, el director observó seriamente al muchacho.
- Aún necesito un espía.
Severus se tensó, pero tras unos segundos de vacilación, aceptó con la cabeza.
- Seré tu espía, Albus.
TBC…
Hola!! Finalmente Severus está en el camino de los chicos buenos, ¿Qué será de él ahora? ¿Lucius se quedará con los brazos cruzados después de lo que ocurrió?
Por cierto, hice un pequeño fan art sobre la escena de Severus y Eileen en el cementerio, pueden encontrar el link en mi fololog, ¡Espero que les guste!
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¡Y Quindi, saludos!!! Vas a salir muy pronto!!
Besos!
Lady Grayson, la oscuridad
