Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, solo me adjudico algunos personajes. La historia es producto de mi imaginación.

Playlist.

(1). Comptine d'un autre été - Yann Tiersen.

(2). Keaton Henson - Corpse Roads.

Disfruten.


—¿Y ahora qué está pasando? — le pregunté a Phil, alborotando mi cabello.

—Los números están bajando, Edward. El bar está al borde de...

—No lo digas. — lo callé. — Mi bar no puede quebrar. Las cosas no pueden estar tan jodidas para mí.

—Lo siento. Pero anoche nadie vino al bar.

—Phil. Esta noche no abras.

—¿Estas seguro? — me preguntó él.

—Si. Yo tengo un par de asuntos por resolver. Pero los acabo y regreso a buscar una solución.

—Edward. Cualquier cosa, llámame.

—Sé que puedo contar contigo, Phil. Adiós.

Corté la llamada y entré a vestirme. Diana aún dormía así que traté de no hacer demasiado ruido.

Me coloqué un jean azul claro y una sudadera de los 'Sex Pistols'. Considerando que más tarde iría a ver al padre de Diana, me coloqué zapatos.

—¿A dónde vas tan lindo? — me sonrió Diana, desperazándose en la cama.

—Yo, no voy a ningún lado. Nosotros, sí vamos. — me acerqué y me recosté a su lado.

—¿A dónde iremos? — me abrazó.

—Cita con tu padre. ¿Lo olvidas? — acaricié su cabello.

—Yo... no iré.

—Diana. Necesito que me acompañes.

—¿Realmente lo necesitas?

—Sí. Necesito que estés conmigo.

—Si tú realmente lo necesitas... iré. Pero porque tú me lo pides y por la razón más significativa. Porque me importas.

—¿Como cabe tanta dulzura en este diminuto cuerpo? — le hice cosquillas en su cuello.

—No lo sé. Sólo contigo puedo ser así — rió retorciéndose.

—Dejaré de hacerte cosquillas porque no quiero que te tires un gas. — me levanté.

—Yo no me tiro gases. — me contestó alzando sus cejas.

—Yo tampoco. — me pavoneé.

—¡Desagradable! — me gritó levantándose y cubriéndose con las sábanas.

—No soy desagradable. — reí alzándola.

—¡Edward! Estoy desnuda. — me dijo y la bajé.

—Ahora realmente lo estás. — le dije tomándola por la cintura y acercándola a mi cuerpo. Las sábanas se habían caído.

—Edward... — miró mis ojos.

—Por primera vez estoy tocando tu cuerpo desnudo. — murmuré.

—Es... extraño. — me sonrió nerviosa.

—Tenemos que ir con tu padre. — la solté y no dejé de mirarla a los ojos.

—Iré al baño. No me mires.

—¿Bebiste la aspirina? — le pregunté de camino al balcón.

—Si. Gracias. — me sonrió.

Mientras fumaba otro cigarrillo mi móvil sonó.

—Hermano. — me saludó Emmett.

—¿Como van las cosas? — le pregunté.

—Todo tranquilo. ¿Donde estás?

—En la ciudad del viento. — le respondí.

—¿Qué haces allí?

—Busco al mejor abogado, Emmett. El padre de Diana, mi... amiga.

—Menuda cagada. — bufó.

—¿Qué pasó?

—Las cosas con Raquel se solucionaron. No necesitaremos al abogado.

—¿Recién me lo dices? — le pregunté.

—Acabo de tomar un café con ella. Acabo de llegar a un acuerdo... recien.

—Excelente. Vine hasta aquí a nada.

—¿Fuiste sólo?

—No. Con una amiga.

—¿Diana?

—La misma.

—Disfruta la estadía allí con ella. No te preocupes.

—Nos hablamos, hermano. — me despedí.

El viaje había sido en vano. Aunque sonaba interesante eso de disfrutar con Diana. Pero no debía olvidarme de que en Boston mi bar estaba teniendo problemas.

—Tengo noticias. — le dije cuando salió del baño.

—¿Que sucede? — me preguntó acomodando su maleta.

—No necesitaremos a tu padre. Mi hermano ya arregló sus asuntos.

—Eso es... buenísimo. — me sonrió haciéndose una coleta en su cabello

—Yo tengo que regresar lo antes posible. Debo ocuparme de algunos... asuntos. Pero podemos aprovechar todo este día y regresar en la noche.

—Bueno. Será lindo disfrutar este último día en Chicago. — se acercó y me abrazó.

—Me apetece ir a nadar. — le dije acomodando un mechón de su cabello.

—¿Nadar? Podemos hacerlo en la piscina del hotel. — me sonrió. — Después podríamos almorzar algo tranquilo y por la tarde deberíamos platicar.

—¿Platicar? — fruncí el ceño.

—Si. Me gusta hablar contigo.

—Con disfrutar el día me refería a algo más... divertido. Como nadar, comer algo y lanzarnos en paracaídas.

—¿Estás bromeando? — alzó sus cejas.

—No. — negué.

—Suena fantástico.

—Ponte ropa cómoda. Ese vestido no puede mojarse y menos podrás lanzarte con él.

—Tú deberías colocarte tu traje de baño. — me tocó la nariz.

—Eso haré. — besé su frente.

Me puse mis bermudas de baño y dejé mi torso al desnudo.

—¿Vamos? — Diana hizo una posturita con su toalla en el hombro.

—Toda una... loba. — bromeé.

—Hace mil años que no voy a nadar. — me dijo tomando mi mano.

—Yo tampoco. No recuerdo la última vez que lo hice. — reí saliendo de la habitación.

Encaminamos juntos hacia la piscina climatizada de la parte baja del hotel.

—Pueden dejar sus toallas y pertenencias aquí. — un muchacho muy amable nos tendió una caja.

—Gracias. — le agradeció Diana, dejando su móvil.

—Yo dejaré esto. — dejé mi celular.

—Disfruten. — nos sonrió.

Con Diana dejamos las toallas y nos metimos en la piscina. El agua te relajaba por completo. La gente que se encontraba alrededor estaba enfocada en sus cosas. Con sus familiares, novios, novias, hijos.

—Este traje de baño me hace ver tan pálida. — bufó Diana enredando sus piernas en mi cintura.

—Te hace ver tan hermosa. — la abracé por su cintura.

—Tú siempre tan dulce. — me besó en la nariz.

—Es una de las cosas que te gustan de mí. — le guiñé el ojo.

—Una de las cosas que me gustan de ti es que eres tan atento.

—De pequeño me enseñaron a serlo con las personas que de verdad me importasen.

—¿Realmente te importo?

—De no ser así, no estaría aquí contigo.

—Te quiero. — me dijo apoyando su frente en la mía.

—Yo también, preciosa.

Ella era muy dulce. Y tan sincera que sus palabras hacían un 'clic' en mi corazón. Me hacían sentir muchas cosas inexplicables. Estar con Diana me distraía. Me olvidaba de los problemas cuando estaba con ella.

—Ustedes sí que se ven enamorados. — nos dijo una mujer anciana y volteamos.

—¿Disculpe? — le pregunté acercándome con Diana en mis brazos.

—La forma en que se miran. Ustedes están realmente enamorados.

—Qué linda. — le sonrió Diana. ¿Enamorados? Yo... no, no, no. No estaba enamorado. Me gustaba, sí. Pero no estaba lo que se decía enamorado. Realmente mi corazón no pertenecía a nadie. Mi corazón estaba a la deriva.

—Tenemos que irnos. — le sonreí incómodo.

—Adiós. — nos dijo la mujer.

Salimos de la piscina y ninguno de nosotros hablaba. Diana me miraba con expresión de '¿es en serio?'.

—¿Qué pasa? — le pregunté, secándome.

—Edward, por lo menos finge que te importo. — me dijo, yéndose por el ascensor.

Me pregunté a mí mismo, ¿Qué? No tenía idea de qué había hecho. Diana se había cabreado. No me quedaba otra cosa que hacer. Fui tras ella y entré a la habitación.

—Diana. — me acerqué a ella que se encontraba acostada en la cama. En posición fetal.

—Edward, quiero estar sola. — me arrodillé a un lado de la cama y tenía su rostro frente al mío.

—Explícame porqué esa reacción.

—Edward, realmente necesito estar sola.

—Diana. La última vez que discutimos...

—Recuerdo muy bien lo que pasó la última vez. — sollozó levantándose y saliendo al balcón.

—No hagas esto. Dime qué hice mal. — la seguí.

—Decirle adiós a esa mujer porque te sientes incómodo, porque no sabes qué decir. ¡Finge por un minuto que te importo! — ella estaba realmente mal. Lloraba.

—Diana, me importas. Pero no puedo decir que estoy enamorado de ti. Porque sería una mentira. Y lo siento, pero no puedo decirte eso.

—¿No puedes ni siquiera fingirlo delante de una extraña? — me preguntó frunciendo el rostro.

—¿Prefieres que lo finja o que lo sienta?

—Desearía que tú sintieses por mí lo mismo que yo siento por ti. — me dijo entrando.

—Diana. Espero sentir lo mismo algún día. Pero, ¿bajo presión? Eso es una locura.

—Edward. No es bajo presión. Sólo demuestra que esto te importa. Si esto no va a llegar a ninguna parte, sólo dímelo.

—Diana, estoy tratando de que esto funcione desde que llegamos aquí. Y no sé si esto llegará a alguna parte o no. Sólo sé que me gustas y que me importas demasiado.— ella me miraba atónita. — No quiero perderte. — la tomé por la cintura.

—Yo tampoco. — me tomó del cuello y me besó apasionadamente.

La alcé y me saqué las ganas de besarla. Necesitaba darle un beso. Quería hacerlo. Sus labios no lo sé... me tentaban.

En un movimiento la recosté en la cama y me abalancé encima.

—Diana. — murmuré mirándola.

Ella no me contestó, sólo asintió y siguió besándome. Seguramente creyó que yo iba a hacerle el amor. Pero no me parecía un buen momento.

Me dio la vuelta y ahora ella estaba encima de mi cuerpo.

Acariciaba mis pectorales. Mordisqueaba, chupaba y besaba mi cuello. Me causaba tanto cosquilleo y placer. Me estremecía.

Acaricié su cabello y ella me miró.

—Me encanta que hagas eso. — me dijo acercándose a mi boca.

—¿Que acaricie tu cabello?

—Me vuelve loca. — rió besando todo mi rostro.

Plantó piquitos castos en todas partes. En mi nariz, en mi frente, en mis mejillas, en mis párpados. Y ella me parecía tan dulce.

—Tengo hambre. — se detuvo y se sentó.

—¿Qué quieres almorzar? — le pregunté acomodándole un mechón.

—Pastel de chocolate.

—¿Pastel? — fruncí el ceño.

—Tengo muchas ganas de comer pastel. — me hizo una mueca de tristeza.

—Bien. Me vestiré. — le contesté.

—Yo también. — dio saltitos y se metió al baño.

Hacía unos minutos estábamos besándonos apasionadamente y ella ahora quería pastel. Súper normal.

A las 14hs. salimos del hotel, rumbo a una confitería cercana. Íbamos caminando por la senda, tomados dulcemente de la mano.

Chicago era una ciudad enorme y muy bonita. Los altos edificios le daban un toque de elegancia y lujo. No me molestaría vivir ahí.

—A mi me gustan los pasteles de vainilla. — le dije, entrando a la confitería.

—Lo siento. A mí me gustan más los de chocolate. — me sacó la lengua.

—Tenemos que llegar a un acuerdo. — me crucé de brazos frente a ella.

—¿Mitad y mitad? — propuso con una media sonrisa.

—Hecho. — le sonreí.

Le pedimos el pastel a nuestro gusto y el muchacho nos dijo que esperásemos cómodos en una mesa junto a la ventana.

—Todo es tan pintoresco aquí. — me dijo, mirando por la ventana, apoyada en sus codos.

—De veras lo es. — le respondí, mirándola.

—Mis personas deben vivir muy bien aquí. — no quitó la vista del cristal. — Hay tantas cosas preciosas.

—Tantas. — murmuré mirándola y me miró.

—¿Yo soy una? — me preguntó.

—Una muy preciosa. — le contesté.

—Qué dulce eres. — musitó.

El tipo de los pasteles se acercó con una bandeja y la dejó en la mesa. La descubrí y madre santa. Ese pastel se veía jodidamente delicioso.

Relamí mi labio inferior inconscientemente.

Ataqué la parte de chocolate con un cuchillo y un tenedor. El gusto a chocolate era tan rico. Y podía sentir que mi garganta ardía un poco cuando tragaba. Dicen que cuando eso pasa, es porque el chocolate es buenísimo. Y ese realmente lo era.

—Tienes chocolate. — rió Diana, comiendo un poco de vainilla.

—¿Me limpias? — le pregunté, enseñándole la pasta chocolatosa de mi boca.

—Qué asco. — apartó la vista.

—Tendré que hacerlo yo mismo. — reí, limpiándome con una servilleta.

—¿Tu madre te hace pasteles? — me preguntó.

—Antes. Ahora... últimamente está muy ocupada y atareada. Pero si se lo pido, me haría uno. — le contesté, bebiendo café.

—Mi madre me hacía pasteles de frutilla cuando era pequeña. Los amaba. — me contó, congelando su mirada. Recordando.

—¿Extrañas hablar con ella? — le pregunté

—No quiero ponerme sentimental. Pero... sí. — miró hacia otro lado.

—Diana. — acaricié su mano. — Puedes hablar conmigo, si quieres. Yo te escucho.

—Edward, eso lo sé. Pero puedo aburrirte.

—No me aburres. — tomé su barbilla y la alcé.

—Mi madre y yo éramos muy unidas. Ya que era la única. Todo lo hacíamos juntas. Pero después del conflicto... nos distanciamos todos.

—¿Cual fue el verdadero conflicto?

—Mi padre quería que estudiase derecho y yo la verdad odiaba eso. También quería que me quedase con ellos y me comportase como una niñita. Ninguno de ellos podía ver que estaba creciendo y que ya era una mujer. Y me mudé a Boston para rehacer mi vida.

—Disculpa si soy grosero. Pero no creo que por eso te hayas separado de ellos. — me miró, y miró por la ventana.

—Mi padre engañó a mi madre.

—Ahi está el porqué. — le dije.

—Ella lo perdonó y yo cabreada decidí mudarme.

—¿Nunca más hablaste con ellos?

—Nuncas más. — musitó. — Ni siquiera intentaron contactarse conmigo.

—No estés mal. — le sonreí.

—No hablemos de esto. ¿Qué te gusta hacer? — me preguntó, dándole un sorbo a su café.

—Antes tocaba el piano.

—¿Antes?

—No lo hago hace... bastante.

—Edward. Que tus problemas no te impidan hacer lo que te gusta.

—Es que... no tengo tiempo. O creo que el momento indicado para hacerlo aún no llega.

—¿Alguna vez tocaste para un público? ¿O varias personas?

—Nunca.

—¿Te gustaría hacerlo?

—Bueno... no me molestaría. — reí, cruzándome de brazos.

—Quizás algún día... se te cumpla. — sonrió.

Después de ese café regresamos al hotel. La idea de ir a lanzarnos en paracaídas fue suplantada por una siesta. Realmente ella estaba cansada todavía por la noche anterior. Y a mí no me perjudicaba descansar un rato más.

Cuando despertamos preparamos todas las maletas y ordenamos un poco el cuarto.

—Extrañaré este lugar. — dijo Diana, observando por el balcón.

—Yo también lo extrañaré. — la tomé por la cintura, por detrás.

—Me encantó pasar estos días contigo. — volteó y me tomó por el cuello.

—A mí también. — la besé.

Tomamos nuestras cosas y partimos hacia el aeropuerto.

Una hora y media después...

—¿Cenaremos algo? — le pregunté a Diana, cargando las maletas en el baúl del Volvo.

—El vuelo me dejó sin apetito.— bromeó subiéndose.

—Ya es algo tarde, ¿en serio no quieres cenar? — me subí, encendí el coche.

—No, gracias. Iré a mi casa y descansaré. ¿Tú qué harás? — me preguntó.

—Antes de ir a mi casa, tengo que pasar por mi bar.

—Oh no. Te acompañaré.

—Diana. No es necesario.

—Quiero ir contigo.

—Está bien. — le respondí.

Conduje hasta mi bar y carajo. Se veía tan apagado y solitario. Me daba pena y una idea extraña se cruzó por mi cabeza. Tenía que cerrar el bar. No había solución.

—¿Está cerrado? — me preguntó observando por la ventanilla.

—Si. — le contesté.

—¿Qué pasa? — me volvió a preguntar.

—Los números bajaron y tendré que despedirme de este lugar.

—Edward. Pero...

—Diana. Regreso en un segundo. — le dije bajándome.

Abrí las puertas de acero y me adentré. Iba a extrañarlo. Inaugurarlo había sido un paso agigantado para mí. Y era feliz con un bar. Pero ahora era el momento de cerrarlo y olvidarme de que alguna vez existió.

No me quedaba otra cosa que hacer ahí. Ese lugar dejaría de ser mío pronto y debía olvidarlo. Todo mi esfuerzo, ayuda de amigos y demás... a la basura.

—Edward. Podíamos buscar una solución. — me dijo Diana, mientras conducía hacia su casa.

—Ya está. No hay solución. Mi bar fue un fracaso y me duele. No voy a mentir. Pero es el fin.

—No digas eso. Todo pasa por algo. — me alentó acariciando mi mano.

—¿Te veo mañana? — le pregunté aparcando el vehículo frente a su casa.

—Claro. Nos hablamos. — me dio un beso casto en mis labios y bajó. Por detrás bajé y le di sus maletas.

Al llegar a mi casa me sentí mal. Analicé en frío la situación de mi bar. Era tan duro que el corazón me dolía, lo juro.

Sumergirme en mis sueños había sido una buena decisión.

Por el mediodía desperté, súper relajado. Mi despertador no había sonado y por eso abrí mis ojos tan tarde. El día estaba nublado y ya sabía que el día iba a ser una real mierda. Tendría que aplastar mi culo todo el día en el sofá de mi sala o algo de eso.

No iba a desayunar. Ya era demasiado tarde y vaya... ningún mensaje de texto en mi móvil. Esperaba tener alguno de Diana pero no.

Edward. — 12.45

Buenos días. Me extraña no tener ningún sms tuyo. ¿Como va tu día?

Diana. — 12.48

Va muy bien. Lo siento, hablamos luego.

Eso había sido... raro. Me estaba evitando o realmente se encontraba ocupada. No lo sabía.

Y bueno, la tarde fue una cagada. Aplasté mis pompas en mi cama, leí un libro de crímenes. Lo acompañé con un café amargo y para concluir... lluvia. Me hubiese gustado pasar ese rato con Diana. Pero estaba ocupada.

A las siete de la tarde la puerta principal de mi casa sonó.

—Ya voy. — dije encaminando y abriendo.

—Hola. — me sonrió Diana, abrazándome.

—Creí que no tenías tiempo para mí. — le dije, dramatizando.

—Estaba organizando una sorpresita. — me dijo, revisando su bolso.

—¿Para quién? — le pregunté

—Para ti. — volteó y me tendió un folleto.

"Venga a disfrutar de una noche increíble en el bar 'Paradise White'. ¡Presentaciones en vivo! ¡Karaoke y mucho más!

Los esperamos a las 21hs. en Comton Rd. 297.

No va a arrepentirse. Buena música, bebidas, amigos y mucha diversión.

Esta noche: cena show.

Y más tarde: disco."

—¿Qué es esto? — le pregunté, sin entender.

—Estos son los folletos que le repartí a casi todos los habitantes de Boston.

—Diana, ¿tu hiciste esto? — la miré emocionado.

—Lo hice por ti. Porque no puedo dejar que abandones tu lugar. Le dedicaste mucho tiempo y no puedes tirarlo todo a la basura. Ya progresarás. Con esto saldrás adelante. — me tomó por mi rostro.

—Gracias. — planté un beso casto en su frente y después la besé apasionadamente.

—Esa es una buena forma de agradecerme. — rió.

—Esto es muy importante para mí. — le sonreí.

—Lo sé. Por eso hice lo que hice por ti. Ahora quiero que tú me hagas un favor a mí. — me pidió mirándome fijamente. Asentí. — Quiero que invites a tus padres, a tu hermano y a las personas que te importan.

—¿Invitarlas?

—Al bar. Será una noche muy agradable y quiero que la compartas con tus queridos.

—Suena bueno. Lo haré. — le contesté tomando mi móvil.

Me comuniqué con Esme y ella me dijo que Carlisle ya estaba en casa. Que tomando medicamentos se sentiría mejor. Prometieron estar en el bar más tarde.

Emmett dijo que vendría con Rosalie. A ellos les encantaba salir a divertirse así que estarían. A Alice también le avisé. Me aseguró con Jasper.

Y no podía olvidarme de mi amigo Bruce. Él era atento y le prestó a mi padre toda su atención. Lo invité también.

Y me pensé un buen rato en si debía invitar a Victoria o no. Pero llegué a la conclusión de que si ella iba... sería incómodo.

Y por último, Phil. Él se puso muy contento cuando le dije que el bar reabría.

—¿Todo hecho? — me preguntó Diana.

—Si. Todos apuntados. — volteé y madre santa. Se veía espléndida. Un vestido negro con brillos muy lindo.

—Tienes que cambiarte. Estamos atrasados. — miró su reloj.

Me metí en mi habitación y me vestí rápidamente. Con un pantalón negro y una camisa blanca. Corbata azul y zapatos negros. Tenía que lucir elegante, según Diana.

Al subir a mi coche ella se ofreció a conducir. Vendó mis ojos y condujo hasta el bar. Yo estaba muy nervioso porque no podía ver nada. Pero al bajar, me quitó la venda.

Quedé pasmado al ver a tanta gente fuera. No podía creerlo. Estaban haciendo fila para entrar y ni siquiera habíamos abierto.

Entramos por la parte trasera y el bar estaba bellísimo. Diana lo había decorado con símbolos musicales y muchas luces de colores. El bar era grande. Mesas de cristal por todos lados y un escenario en el centro. En él, un piano. También había sofás y dos barras. La gente tenía que estar cómoda y eso era lo importante.

—¿Qué te parece? — me preguntó Diana. Sentándose en una mesa.

—Es todo tan perfecto. — le sonreí.

—Que no te quede duda. Lo hice por ti.

—Esto es tan importante. Significa mucho para mi. — le contesté francamente. — ¿A qué te referías con presentaciones en vivo?

—Hay gente detrás que va a cantar y tocar instrumentos en vivo.

—Esa es una idea buenísima. ¿Quien empieza?

—Tú. — me tocó la nariz.

—¿Yo? — fruncí el ceño.

—Piano, corazón. Cuando todos estén aquí, tú tocarás el piano.

—Me da vergüenza.

—¿Vergüenza? Oh no, no. No arruinarás esta noche. Por favor, sigue mis instrucciones.

—Dios. — bufé con gracia.

Caminaba de un lado al otro porque estaba nervioso. Diana me había dicho, 'quédate detrás del telón'. No podía salir de ahí.

Pero quise hacerlo cuando escuché que ella abrió las puertas. El bullicio se escuchaba y podía oír como se acomodaban en las mesas y eso. Espié por la cortina y pude ver a Phil en la barra. Ya estaba sirviendo tragos.

Después de unos veinte minutos, el lugar explotaba. Las personas que no pudieron sentarse, se quedaron de pie. Con amigos, bebiendo, riendo.

—Buenas noches a todos. — Diana estaba hablando por micrófono, en el escenario.

—Buenas noches. — le respondía la gente.

—¿Vinieron a pasarla bien?

—¡Sí!

—Muy bien. Esta noche inicia con la presentación del mismísimo Edward Cullen. Dueño de este bar.

—¡Ese es mi hermano! — la voz de Emmett hizo reír a todo el bar.

—El hermano del muchacho tocará una pieza para todos ustedes. ¡Un fuerte aplauso para él!

(1) Ay madre. Todos aplaudían y a mí me sudaban las manos. No quedada más. A paso de hombre me senté en el banquillo del piano. Saludé en general con mi mano y todos aplaudieron.

Hacía tanto tiempo que mis dedos no tocaban piano. Lo extrañaba. Realmente necesitaba perderme en esas notas. Y pensar en lo que estaba pasando. Diana había salvado todo y eso me ponía muy contento. Estaba feliz de poder estar en mi bar. Y me gustaba que estuviese repleto de personas. Porque eso me hacía ver que las cosas estaban mejorando. Una noche atrás no había nadie y ahora estaba lleno.

Todo gracias a Diana. Sin su ayuda y dedicación... no hubiese funcionado. Ella se había esmerado y había repartido folletos. Se había involucrado en un asunto que era mío para ayudarme. Ella tenía un corazón gigantesco y yo estaba en él. De no ser así no habría hecho eso por mí. Ni siquiera habría tocado el tema. Estaba tan agradecido con ella. Eso me demostraba que yo realmente le importaba y que no lo hacía con otras intenciones. Era sincera, bonita y dulce. Perfecta.

Toda la tristeza que había sentido una noche atrás, había desaparecido. Ahora estaba contento y satisfecho. Todos mis problemas estaban desapareciendo. Eso no quería decir que no tendría más, pero era un avance. Las cosas estaban saliendo hacia detrás en mi vida. Pero ahora estaban mejorando. Y no lo sabía pero sentía que las cosas mejoraban gracias a Diana. Quizás y porque estaba con ella. O simplemente porque me hacia bien.Y pensaba en ella. Pensaba en que ella era tan buena conmigo. Y que no tenía a su familia. A final de cuentas sólo tenía a su hermano y bueno... a mí. Lo que me había contado me había hecho reflexionar y me propuse ser más agradecido. Con mis padres. No me gustaría nada pasar por lo que había pasado Diana. ¿Dejar de hablar con tus padres? ¿Quién es capaz de soportar algo así? Ella era fuerte. Pero yo sabía que en algún momento tenía que quebrarse. Quizás antes de dormir o mientras se duchaba. Pero la fuerza que una persona tiene se agota. Tarde o temprano el cuerpo de un ser humano lo pierde todo.

Y yo mejor que nadie lo sabía. Me quebraba seguido antes de que Diana apareciese. Y yo al conocerla no creí que se volvería tan importante en mi vida. Ahora sólo pensaba en ella y quería hacerlo todo con ella. Pero mis sentimientos... no podía entenderlos. Quería que mi corazón me dijese, 'oye, esto tienes que hacer.' Y necesitaba algo así porque no sabía qué hacer. ¿Como sabría si era la indicada? Ella me gustaba y me sentía atraído de una manera... inexplicable. Pero, ¿era suficiente?

Nadie me diría si era suficiente o no. Y lo que más me importaba era que no tenía que desilusionarla. Porque ya lo había hecho una vez y me había dolido muy en el fondo. Pero me di cuenta y reconocí un poco tarde lo valiosa que era Diana. Y noté tarde también lo bien que me hacía ella. Pero ahora no era tarde porque estaba con ella. ¿Qué éramos? No lo sabía. Dos amigos que se querían mucho y que no querían perderse. ¿Quizás? Algo más serio. No tenía idea. Pero sabía que pronto iba a saberlo y que pronto íbamos a concretar de una vez todo.

—¡Un fuerte aplauso para él! — dijo Diana, acercándose a mí.

—Gracias a todos. — les dije y todos se pusieron de pie.

Bajé del escenario y fui a la barra.

—Bien hecho. — Phil me palmeó sirviéndome un trago.

—Estaba tan nervioso. — le confesé bebiendo.

—No se notó. — miró a su alrededor. — Edward, este lugar está molando.

—Lo sé. — reí sin poder creerlo.

—Esa muchacha... — señaló con su dedo índice a Diana. — Todo es gracias a ella. Cuídala.

—Si. Ella... es muy buena. — le dije.

(2) Cuando divisé a mi familia en una mesa me acerqué a ellos.

—¿Disfrutando? — les pregunté.

—¡Cariño! — mi madre dio un saltito y me abrazó. — Estuviste muy bien.

—Gracias. — le sonreí.

—Hijo, eso fue genial. — Carlisle me abrazó.

—Papá, ¿como te sientes?

—Mejor. No hay nada por lo que preocuparse.

—Quiero agradecerles por estar esta noche aquí. Es muy importante para mí.

—Hermano, siempre estaremos aquí para ti. — me abrazó.

—Somos una gran familia. — dijo Esme.

—Y cada vez se hace más grande. — mi padre palmeó a Alice.

—Espero que siga agrandándose. — aportó Jasper.

—Sí. Pero no tanto. — rió Rosalie.

—Nietos son bienvenidos. — bromeó mi madre.

—Mamá. Ya tienes a Sharon. No hinches. — le contesto Emmett.

—Pero queremos más. — mi padre me guiñó el ojo.

—A mí no me miren. — reí.

—¿Tienes un segundo? — Diana tomó mi brazo por detrás.

—Claro. Primero te presento. — le sonreí, tomando su mano y acercándome a mis padres. — Ella es Diana.

—Hola. — les sonrió ella.

—Un placer conocerte, preciosa. — mi madre tomó su mano.

—El placer es mío. — le contestó, con timidez.

—Soy Carlisle. — mi padre le sonrió.

—Él es mi hermano. — se saludó con Emmett. — Ella es su prometida Rosalie.

—Es un gusto. — les dijo Diana.

—Alice, y Jasper. — se los presenté.

—¿Eres amiga de Edward? — le preguntó Alice.

—Si. — le respondió con una sonrisa.

—Dime qué necesitas. — nos apartamos a un lado.

Las personas bebían en las barras y bailaban en parejas. Todo estaba siendo tan perfecto. Y por un instante me vi envuelto en pensamientos. Observaba a mi familia. Tan contenta, pasando un rato agradable... tan unidos. Y me emocionaba un poco. Yo estaba realmente agradecido a dios por la hermosa familia que me había tocado. Y no sólo por eso. Por los maravillosos amigos que tenía a mi lado. Desde Jasper hasta Bruce. Absolutamente todos. Y también estaba agradecido por Diana. Por esa mujer de cabello rubio, ojos claros, y tan dulce con la cual me había topado.

—Quería decirte que te quiero. — murmuró abrazándome.

—¡Qué linda eres! — la besé en la frente.

—Espero que estés pasando un rato agradable. — me sonrió acomodando mi cabello.

—Lo estoy haciendo. — le respondí. — Y es gracias a ti que estoy contento.

—Hay alguien que quiere verte. — me dijo yéndose. Miré para todos lados y Bruce se hizo ver tras una mesa.

—Amigo. — sonreí abrazándolo.

—¿Como has estado? — me preguntó palmeando mi espalda.

—Excelente. Hace bastante que no nos vemos.

—Es verdad. Ya estaba extrañando esos cafés que bebíamos para charlar. — rió sentándose.

—¿Como no extrañarlos? — bromeé —Bruce, necesito ir al baño. ¿Me disculpas un segundo?

—Claro. — me respondió.

Estaba orinándome en serio. Beber me daba ganas de ir al baño.

Entré y me topé con mi padre.

—Hey. — le dije.

—Hijo. ¿Vejiga pequeña? — bromeó lavándose las manos.

—No imaginas qué tan. — le respondí liberando.

—Edward. Esa muchacha... la que nos presentaste.

—¿Qué tiene? — le pregunté, enjuagando mis manos.

—Ella es muy bonita. ¿Qué lazo los une realmente?

—Es mi amiga. Y sí, es preciosa. — lo tenía frente a mi rostro.

—Vamos... hijo. Estás loco por ella. Vi la forma en la que la miras.

—¿Y...? — fruncí el ceño.

—Quiero que sepas que te apoyo. Que no me interpondré. — palmeó mi hombro. — Y que si tu eres feliz con ella... a mí no me molestará. Te apoyaré.

—Papá. Gracias, en serio. Aprecio mucho tus palabras.

No podía creerlo. Tenía el apoyo de mi padre y nada podía ser mejor que eso. Sentirme apoyado por Carlisle era algo increíble para mí. Estaba impresionado por sus palabras. Y él, sin saber que había algo entre Diana y yo... lo notó.

Todo estaba saliendo bien. Todos esos meses y ese tiempo que estuve mal, había sido reemplazado por buenos momentos. Las lágrimas que había derrochado ya no eran más que felicidad.


Gracias por leer.

Las invito a que se unan al grupo de Facebook (link en mi bio de fanfiction)

Espero que les haya gustado. Me gustaría saber qué opinan :)

Anbel.