Feliz Navidad a todos. :)
Disclaimer: Si Frozen me perteneciera estaría viviendo en medio de Disneyland, conduciendo naves de utilería de Star Wars, peleando con espadas láser y embriagándome con Mickey Mouse dentro del castillo de la Cenicienta, o algo así. Pero no, entonces, solo utilizo los personajes de Frozen para entretenerme un rato. Todos los derechos van para la empresa del ratón.
Una reunión de Navidad
—No olvides llevar zapatos para poder caminar en la montaña, papá va a llevar el trineo para la nieve para que podamos deslizarnos —Hans asintió por enésima vez al escuchar la vocecita chillona de su hermana menor a través de la pantalla del iPad—. ¡Será la mejor Navidad del mundo!
Esas conferencias en Skype eran más escandalosas de lo que uno se esperaba cuando Anna estaba de por medio.
—¿Estás empacando el suéter navideño de galletas de jengibre? ¡Llévalo! —exclamó la pecosa, tratando de echar un vistazo a la maleta abierta que descansaba sobre la cama— Quiero que todos nos pongamos suéteres clásicos y horribles en Navidad, Elsa me prometió que ella se pondría el de copos de nieve que mamá le tejió. ¡Yo llevaré el de muñecos de nieve y Kristoff el de renos que le regalé! ¡Será estupendo!
—Puedo escucharte a la perfección, Anna —rezongó él, colocando otro abrigo en su equipaje—. Y no pienso ponerme esa cosa. Es ridícula.
—¡Por favooooooooooooor! —suplicó ella poniendo ojos de cachorrito.
Hans suspiró, buscó la prenda en su armario y la colocó en su valija de mala gana. No podía negarle nada a esa chica.
—No puedo creer que papá te haya dejado llevar a tu noviecito. Es una fecha familiar.
—Eso es porque papá lo adora, ¡ya es como de la familia! Te va a caer bien Kristoff, es un experto en esquiar en la nieve y odia la última película de Star Wars como tú, ¡sé que la pasarán en grande quejándose!
—Odiar algo en común no es motivo para ser amigo de alguien. Y ni siquiera me gusta tanto Star Wars, eso es para niños y gente patética que colecciona figuras de acción.
—Di lo que quieras, eres un nerd de clóset —dijo la colorada—. Tengo que irme, no he comenzado a preparar mis maletas, ¡nos vemos hoy en la tarde!
Anna se desconectó sin darle tiempo a despedirse, de modo que tomó el iPad y lo metió en una funda para agregarlo a su valija con el cargador. A veces le parecía increíble toda la energía que tenía esa chica.
A petición de la muchacha, la familia entera había decidido pasar Navidad y Año Nuevo en la vieja cabaña que tenían en el pueblo de Arendelle, al igual que solían hacerlo en el pasado. Las tres navidades anteriores la tradición había sido dejada de lado, debido a la lejanía de los hijos mayores de la familia Solberg.
Una que no era precisamente la más convencional.
Hans contaba con solo tres años de edad cuando su padre, viudo desde su nacimiento, había conocido a una maravillosa mujer en sus mismas condiciones. Había sido cuestión de tiempo para que Adgar Solberg decidiera llevar a vivir a la casa a Idún y a su pequeña bebé, una niñita de cabellos rubios que a excepción de dicho rasgo, era la viva imagen de su madre. Ella había cuidado de ambos y lo había acogido como a un hijo, sin hacer nunca distinciones entre ellos.
Tiempo después la pareja había procreado a su hermana menor, la adoración de todos en casa.
Si bien él no podía presumir de llevar una relación excelente con su hermanastra conforme iban creciendo, ambos podían coincidir en su extremo amor fraternal y preocupación por la pelirroja, que era un imán para los desastres y la más vivaracha de los tres. Todo lo opuesto a su reservada hermana mayor, tan callada y precavida, con ese aire de elegancia que había heredado de su madre y le ganaba miradas de admiración de chicos y grandes.
Hans suspiró cerrando su maleta, consciente de lo que aquella reunión familiar representaba. Tendría que volver a verla.
No se veían desde hacía tres años, estando Elsa estudiando arquitectura en la Universidad de Oslo y él haciendo sus prácticas periodísticas en Drammen. El resto de su familia permanecía en su natal Voss, una ciudad cerca de la costa donde tenían su residencia principal.
Desde entonces, Hans no había hecho un solo esfuerzo por estar con la familia durante las fiestas, alegando tener demasiado trabajo. Su hermanastra había hecho lo propio, prefiriendo permanecer en los dormitorios de la universidad y más tarde, en un piso compartido, para disgusto de sus padres. Ella solía acudir a verlos durante las vacaciones de verano, mientras él lo hacía en Pascuas, o viceversa.
Era obvio que ambos hacían lo posible por evitarse, desde aquel último invierno que habían pasado en la cabaña…
Hans apartó esos pensamientos de su cabeza, terminando de empacar y revisando su teléfono. Ingresó a su correo verificando que no hubiera nada pendiente y contestó el correo de su jefa, quien le había escrito deseándole unas felices fiestas.
Actualmente trabajaba escribiendo para una importante revista online que su superior, una mujer emprendedora, dirigía desde su natal Escocia. Elinor Dunbroch le había tomado cariño desde que el verano pasado, acogiera un tiempo a su hija que había ido a hacer un intercambio a Noruega.
Habían sido las semanas más estrambóticas de su vida.
Salió de su habitación para terminar de preparar sus cosas. En el recibidor, su amado perro labrador Sitron movía la cola y jugaba con su vecina, una muchacha de largo cabello rubio de la misma edad de Anna que honestamente, lo sacaba de sus casillas. Pero alguien debía cuidar de su mascota mientras él no estaba.
—¡Toma la galleta, Sitron! Toma la galleta —el can se estiró para coger de un mordisco la pequeña galleta en forma de hueso que la muchacha sostenía. Luego, ella tomó al animal por las mejillas y se las apretó cariñosamente— ¡Qué buen perro eres!
Hans puso los ojos en blanco y terminó de llenar su termo con café recién hecho en la pequeña cocina del apartamento. Desde el horno de microondas, un reptil diminuto clavó sus ojos en él y el muchacho desvío la mirada, incómodo.
Odiaba cuando Rapunzel metía a su camaleón. Ese animal lo ponía nervioso.
—¿Estás listo para partir? —le preguntó la aludida, acercándose a la barra de la cocina— Recuerda llevar botas para la nieve y una parca muy gruesa, ¡dicen que este fin de semana habrá una tormenta!
A veces la chica era peor que su hermana al preocuparse por él.
—Lo llevo todo —masculló, guardándose las llaves del jeep en el bolsillo y tendiéndole las del departamento—. Dale de comer a mi perro dos veces al día y sácalo por la mañana. No es muy paciente cuando tiene que ir al baño.
—¡Descuida!
—No olvides recoger el correo que llegue a mi casillero, ni tampoco regar las plantas —Hans frunció el entrecejo—, y por el amor de Dios, si vas a fumar hierba con tu novio aquí, ¡salgan al balcón! No quiero regresar y encontrar olor a cannabis por todas partes… o a ustedes medio desnudos en la alfombra.
—Cielos, eso solo pasó una vez. Eugene solo tenía algo de calor.
—No me importa, hippie. Ya te lo dije. Ah, y recoge la mierda de tu mascota cuando entren.
—Hierba en el balcón y recoger la mierda de Pascal, entendido. Descuida Hans, todo estará en orden cuando vuelvas, tu perro se queda en las mejores manos, ¡puedes confiar en mí! —Rapunzel balanceó las llaves que acababa de darle con su dedo índice de manera confiada, hasta que una de ellas le dio en el ojo— ¡Ouuuuuch! —emitió un lamento y se frotó con una mano.
—A veces no sé ni como haces para levantarte de la cama sin romperte algo.
—Mi mamá suele decir lo mismo. Esa perra.
—En fin, me voy —el cobrizo tomó sus cosas y comenzó a dirigirse a la puerta—. Adiós, muchacho —se despidió de Sitron acariciándole la cabeza y permitiendo que lamiera su mano, antes de descender a la planta baja del edificio.
—Está bien, ¡feliz Navidad! —Rapunzel lo despidió agitando la mano de manera entusiasta desde el umbral de su hogar— ¡Diviértete en las montañas!
El joven hizo una última seña de despedida con la mano antes de ir a abordar su vehículo.
—Hemos terminado por hoy —Elsa bajó del banquillo en cuanto la señora Eudora terminó de tomar sus medidas.
La mujer estaba por elaborar un nuevo vestido para su colección y siempre recurría a ella para coser las prendas de muestra. Esa era tan solo una de sus funciones al trabajar en la boutique de aquella talentosa modista. Ya fuera que terminara atendiendo la caja registradora, acomodando la ropa o entregando algún atuendo, siempre había algo que hacer ahí. Y por suerte le pagaban lo suficiente como para vivir por su cuenta sin tener que recurrir a su madre.
—Tienes una figura maravillosa, querida —la halagó Eudora, haciéndola ruborizar—. Aun no entiendo porque no te dedicas a modelar profesionalmente. Con esa carita de ángel no sería tan complicado.
—Creo que estoy mejor diseñando edificios —repuso la rubia, abochornada y cansada.
Un virus la había estado afectado desde el día anterior y amenazaba con convertirse en el peor resfriado del mundo. Justo después de años de envidiable salud en invierno. Elsa estornudó y se cubrió la nariz, mareada.
—¿Estás segura de que te encuentras bien, cariño? No se te ve muy buena cara, ¿has ido al doctor?
—Tomé un poco de medicina, no es nada. Seguro me sentiré mejor por la tarde.
—Bueno, más vale que así sea. No quisiera que mi mejor empleada pasará una Navidad enferma —la buena mujer buscó su bolso y sacó de allí un sobre que le entregó a la muchacha—. Toma, el pago del mes.
—¡Muchas gracias! —Elsa lo tomó con entusiasmo y sonrió.
—¿Vas a comprarte algo especial por Navidad?
—Iré a Arendelle a reunirme con mi familia, tenemos una cabaña en las montañas —dijo ella—. Tal vez pueda encontrarle algo bonito a mi hermana.
—No te olvides de ti, cariño. Trabajas muy duro y estudias sin descanso, a veces me recuerdas mucho a mi hija —repuso Eudora—. Bien, supongo que nos veremos hasta Enero en ese caso. Pasaré una temporada en Nueva Orleans con ella y su esposo. Me muero por ver las mejores que le han hecho a su restaurante.
—Salúdela de mi parte.
—Desde luego. Feliz Navidad, querida.
—¡Feliz Navidad, Eudora! —la joven abrazó a la mujer y se despidió antes de volver al pequeño piso que arrendaba cerca de la universidad.
Encontró a Moana, su compañera de apartamento, haciendo sus propias maletas para partir de vacaciones. La morena pasaría su descanso navideño navegando por un crucero en el Pacífico con su familia, por lo cual estaba empacando en grande, algo que no era muy usual en ella.
—¡Hey! Bienvenida a casa —le dijo nada más entrar—, traje a mi hermano para que me ayudara a llevar algunas cosas. ¡Estoy emocionada por subirme a ese barco!
—Me alegro por ti —le dijo la blonda sonriendo, después de saludar con un movimiento de cabeza a Maui, el robusto hermano de la muchacha que se encontraba comiendo una caja de galletas en la cocina—. Espero que la pasen muy bien.
—¡Puedes apostar a que así será! ¿Y tú? ¿Lista para divertirte? —le preguntó Moana, al ver que ella también sacaba una maleta para empezar a meter su ropa— No pongas esa cara, Els. Creí que te encantaba la nieve.
—Y me encanta. Y me encanta volver a ver a Anna, y a mis padres y estar juntos… pero…
—¿Pero?
—Todos van a estar presentes.
—Oh —Moana comprendió—, bueno, algún día tenías que encontrarte con él, amiga. No puedes evitar a tu hermanastro para siempre. Además, seguro que habrá un montón de cosas que puedas hacer para no tener que compartir ningún momento incómodo con él, ¿no es así?
—No sé. Probablemente le ponga algo al ponche navideño y me embriague hasta olvidar que él existe, o que ha sido un año de mierda y que estoy sola —dijo Elsa irónicamente.
—Sí, suena como algo que harías tú —apuntó Maui sin sensibilidad.
—Tranquila, Elsa. Todo va a estar bien —le aseguró su amiga, acercándose a su hermano para darle una fuerte colleja—, no le hagas caso a este cretino. Aunque la verdad es que te veo algo pálida, ¿tomaste tu medicina en la mañana? ¿Estás segura de que puedes viajar así?
—Sí. Le prometí a Anna que estaría presente, no puedo fallarle —la chica hizo un leve sonido nasal en tanto buscaba un transportador pequeño para mascotas—. Será mejor que empiece a empacar.
—¡Ánimo! Estoy segura de que tú y el señor Marshmallow se la pasarán muy bien en la cabaña —la animó Moana—. Nosotros ya tenemos que irnos, ¡así que hasta el próximo año! —la abrazó y Elsa le devolvió el gesto sonriendo ligeramente.
—Que la pasen muy bien, feliz Navidad.
—Feliz Navidad, Elsa.
—Feliz Navidad, bola de pelos —Maui le habló al gato blanco que yacía oculto bajo la mesita de café y tras tomar una de las maletas de su hermana, la siguió hasta la puerta para marcharse.
Elsa se asomó a la ventana para mirar como introducían todo en la destartalada camioneta Ford del mayor y se alejaban, con Moana agitando la mano a través de la ventana.
—Bien —dijo una vez que estuvo a solas—, somos solo tú y yo, Marsh. A empacar se ha dicho.
El minino le respondió con un ronroneo y Elsa se entretuvo en preparar sus cosas, esforzándose por acomodarlo todo únicamente en una maleta. Debía viajar ligero, pues sería complicado llegar sola hasta la cabaña. Ya su madre le había enviado indicaciones por Google Maps y advertido que se verían por la tarde.
La rubia guardó su cepillo de dientes en una bolsa pequeña, recordando las navidades que pasaban en familia. Fue inevitable pensar en un par de ojos verdes y una cabellera roja como el fuego que aún eran capaces de hacerla suspirar, y se sintió avergonzada. No quería dedicarle un solo pensamiento a Hans, su insoportable hermanastro lejos del cual estaba mejor.
Hacía tres años había roto su corazón, precisamente en plena víspera navideña. No le daría otra oportunidad para jugar con sus sentimientos.
Terminó de hacer la maleta y alistó su bolso, dentro del cual comprobó que estuviera su boleto para el tren y el cargador de su teléfono. Luego tomó una manta para su gato, metió a este dentro de su transportador y salió de su apartamento, decidida a pasar una buena Navidad sin importar que.
La vieja cabaña de la familia se encontraba en buen estado, aunque era obvio que necesitaba una limpieza a fondo. Antes, cuando solían ir cada año, Adgar e Idún se tomaban la molestia de pagarle a alguien en el pueblo para que acudiera a hacer la limpieza regularmente. Debido a que las últimas Navidades las habían pasado en la ciudad, era obvio que el lugar había caído en el olvido.
La construcción, que combinaba un estilo rústico con toques minimalistas y grandes ventanales de vidrio, se recortaba contra el cielo límpido de la montaña. Se hallaba justo en lo alto de una colina nevada, a muy poca distancia del resto de las casas del pueblo. Tenía un pórtico enorme, cuatro dormitorios y un ático que estaba lleno de memorias.
Lo primero que hizo Hans tan pronto como hubo estacionado su auto frente a la residencia, fue prender la calefacción y revisar todas las habitaciones. La despensa de la cocina estaba vacía, como era de esperarse y los dormitorios se hallaban algo sucios. Sería necesario barrer y colocar sábanas limpias en todas las camas, además de pasar la aspiradora para acabar con el polvo acumulado. Esta última debía encontrarse en el desván, si mal no recordaba.
Tras dejar su equipaje en la habitación correspondiente, subió hasta el ático y buscó el dichoso aparato, no sin antes echar un vistazo a las cajas que contenían las decoraciones navideñas.
Todo lo que solían poner en Navidad cuando ellos eran niños seguía ahí, afortunadamente en cajas perfectamente selladas. No había alimañas que hubieran hecho de las suyas, aún.
Vislumbró el árbol navideño en una caja grande y abrió otra para comenzar a sacar esferas, cuando algo situado al fondo llamó su atención. Era un pequeño pingüino de felpa, con una capa azul en torno a él y tejido a mano.
Sir Jorgen Jorgen.
Elsa adoraba a esa cosa. La abuela Gerda lo había tejido especialmente para ella, cuando solo tenía seis años. Entonces se habían hecho inseparables, pues la pequeña rubia llevaba al animalito a todos lados. Luego, en algún momento de su adolescencia debió quedar olvidado allí, antes de que dejaran de acudir a la cabaña eventualmente. Una sonrisa inconsciente se dibujó en los labios del pelirrojo al recordar aquellos tiempos.
No estaba tan bien como antaño. Uno de los botones de sus ojos había desaparecido, el relleno se le escapaba por la parte superior y su cuerpecito se había vuelto de un gris algo deteriorado.
Se preguntó que cara pondría su hermanastra de toparse con aquel recuerdo de infancia donde menos lo sospechaba.
Le pareció escuchar ruidos abajo y saliendo de su trance, tomó la aspiradora para bajar a toda prisa. Sus padres y Anna debían haber llegado ya; probablemente se habían adelantado un poco.
El picaporte de la puerta principal giró justo en el momento en que el colorado bajaba por las escaleras.
No eran ni Anna, ni sus padres. Una joven de tez pálida ingresó en el vestíbulo, cubierta por virutas de nieve y enfundada en un grueso abrigo negro. Traía una bufanda azul en torno al cuello y un pequeño bulto en los brazos, envuelto con una manta. Elsa le dirigió una mirada sorprendida que encubrió casi al instante con su habitual semblante de frialdad. Depositó el fardo que llevaba en el suelo y dejó que su gato saliera de la cobija, explorando el lugar a su gusto.
—Llegaste antes —le dijo Hans, tenso por su presencia en la casa y arrastrando la aspiradora con él—. Creía que no llegarías hasta mañana por la noche.
—Un "hola" es suficiente como bienvenida —dijo ella indiferente, mientras se sacudía la nieve del cabello—. Aunque puedo notar que no estás complacido de verme.
El cobrizo resopló, prefiriendo ignorar su sarcasmo. Elsa estornudó de manera adorable y se frotó la nariz, suspirando.
—No irás a decirme que por fin tu sistema inmune cedió a la crudeza del invierno, creí que el frío no te molestaba.
—Cállate.
—¿Traes auto?
—Pedí un Uber.
Hans salió al pórtico, mirando como el conductor terminaba de sacar las pertenencias de la chica de su auto para dirigirse a la cabaña. Elsa le indicó que las dejara en el recibidor y sacó un par de billetes de su bolso para pagarle y despedirlo.
—¿Y eso?
—¿Qué? —Elsa se volvió hacia su hermanastro una vez que se encontraron sueltos.
—Eso —el muchacho miró ceñudo a Marshmallow, quien arrogantemente se había acurrucado ya en el sofá, dirigiéndole a su vez una mirada penetrante—, ¿qué hace aquí?
—Eso, es Marshmallow —respondió ella cortantemente, al tiempo que dejaba el transportador del minino a un lado y tomaba el asa de su maleta para subir a su dormitorio.
—¿Por qué lo trajiste? Vaya molestia.
—No podía dejarlo solo, mi compañera de piso estará fuera todas las vacaciones —explicó la blonda altivamente, en tanto él la seguía a una distancia prudente—. No iba a olvidarme de él.
—Espero que no rompa nada, esta casa de por sí es un desastre —Hans se permitió mirarla un momento, mientras colocaba la valija encima de la cama junto a su bolso.
Decir que estaba preciosa era poco. A pesar de sus mejillas enrojecidas y la mirada cansada, Elsa estaba radiante. El pelo de un rubio platino le enmarcaba su rostro níveo como un halo, haciendo resaltar su colorada naricita de botón de una manera tierna. Las pecas que coronaban su puente nasal y sus pómulos continuaban dándole ese aire infantil que recordaba de antaño. No podía dejar de notar sus largas pestañas y sus labios rojos, así como su delicado perfil. Vaya que había madurado en los últimos años y para mejor.
—¿Soy o me parezco? —la pregunta de la muchacha lo sacó de su ensoñación bruscamente.
—¿Por qué decidiste venir antes? —inquirió a su vez, haciéndose el obtuso.
—Termine con mi trabajo antes de lo esperado y decidí aprovechar. Mañana la estación de trenes habría sido una locura.
—Claro.
Elsa volvió a estornudar y maldijo en un murmullo. Ese tonto resfriado solo parecía empeorar conforme pasaban las horas, ¿cuándo haría efecto la maldita píldora?
—¿Hablaste con Anna?
—Mamá y papá vienen en camino con ella… y su novio —Hans frunció la boca con desagrado.
—No me digas que estás celoso, ya no es más la pequeña hermanita —repuso Elsa después de revisar brevemente su teléfono.
—No me encanta la idea de que cualquier sujeto le ponga las manos encima —de hecho, no le gustaba la idea de que cualquier hombre tocara a ninguna de sus dos "hermanas".
—A mí me parece buen tipo.
—¿Cuándo te lo presentó? —espetó Hans inquisitivamente.
—Hablamos una vez por Skype —dijo ella, volviendo a tomar su bolso y saliendo de la habitación—. ¿Te importa que tome tu auto? Voy a bajar al pueblo.
—Sí, me importa. ¿Qué demonios vas a hacer allí? La cabaña está hecha una auténtica pocilga, hay que limpiarla —dijo él desagradablemente.
—Quiero acercarme al mini súper, debo comprar comida para mi gato —respondió Elsa mirándolo de soslayo—. Te ayudaré con la limpieza en cuanto regrese.
Hans tomó su propio abrigo del perchero, decidiendo que aquello no era tan mala idea. Aunque Idún se ocuparía de traer comida suficiente para hacer la cena de Navidad y más, no estaba de más comprar algunas provisiones hasta que el resto de la familia llegara.
—Iré contigo —dijo, tomando las llaves de su jeep y su billetera.
—No es necesario, yo…
—Dije que iré —dijo él terminantemente—. Anda, que mientras más pronto volvamos a limpiar, mejor. Falta poner el árbol y toda esa mierda.
Elsa arrugó el entrecejo y se encaminó hacia el vehículo. Sí, aquel no estaba resultando ser el reencuentro más agradable de todos, ¿pero que más podía esperarse? Hans seguía siendo el mismo patán de siempre, solo que con mejor aspecto.
En silencio, lo observó mientras ponía en marcha el motor y notó que, debajo del abrigo, sus brazos y torso se habían desarrollado un poco más. Se veía más fuerte y más guapo. El sol decembrino le arrancaba un destello rojizo a su cabellera de fuego, cuyo color parecía más brillante de lo que recordaba. Y sus ojos verdes seguían teniendo ese encanto silencioso que hacía que todas las mujeres cayeran rendidas a sus pies.
Suspiró. Se había prometido no ser tan ingenua de nuevo.
La Cabaña de Oaken, era la única tienda de ultramarinos disponible en el pueblo de Arendelle, un local de buen tamaño atendido por el mismo Oaken y su familia, que abastecía a los suyos desde hacía años. Elsa tomó una cesta nada más entrar y se dispuso a recorrer los pasillos del supermercado en miniatura, al lado de su hermanastro.
Examinó con ojo crítico una bolsa de croquetas para gato y la colocó en la cesta, mientras él hacía lo propio con algunas latas de comida.
—¿Cómo va todo por Oslo? —le preguntó de improviso, sorprendiéndola.
—Bien —contestó, secamente—. Las clases son una locura pero me las arreglo.
—¿Sigues compartiendo apartamento con esa chica, Moana?
—Sí. Ninguna de las dos está aún en condiciones de pagar un alquiler completo, así que… —Elsa se encogió de hombros.
Hans asintió con la cabeza, satisfecho. Al menos no le había salido con la noticia de que vivía al lado de algún tipo, un amigo… o novio. Eso era bueno. No soportaba la idea de imaginarla con otra compañía masculina, aunque sabía que era algo necio y estúpido.
En algún momento debía conocer a alguien que le llamara la atención. Era una chica joven y muy hermosa, cuya soltería era un milagro en sí.
Una sensación desagradable le oprimió el estómago.
—¿Y tú? —la albina no pudo ocultar su curiosidad, al dirigirse a él como si no tuviera interés.
—Es difícil habituarse a un trabajo de oficina tan repentinamente, pero mi jefa es una buena mujer.
—Imagino que sí —Elsa hizo un mohín con los labios—, debes tener la misma opinión de su hija.
—¿Mmm? —el joven se fijó en ella con una ceja arqueada.
—Lo digo por las múltiples fotos donde aparecen juntos en las redes sociales —dijo ella como si nada, tratando de ocultar la horrible punzada de celos que la molestaba en el pecho—, imaginó que debe ser la razón principal de que te encante trabajar ahí. Debes tener bastante tiempo libre para verte a solas con… ¿cuál era su nombre? ¿María? ¿Martha?
—Mérida —Hans esbozó una sonrisa presuntuosa—, ¿estás husmeando en mi Facebook, hermanita?
—¡Anna es quien me lo ha contado! —exclamó Elsa con las mejillas encendidas— No tengo tiempo para revisar tan a menudo las redes sociales… y no me digas así, no soy tu hermanita.
—Vaya, si no te conociera diría que estás celosa —apuntó el colorado con satisfacción, su corazón dando un vuelco al pensar en tal posibilidad.
Elsa bufó, desdeñosa.
—No me interesa con quien vayas o dejes de ir a la cama —le dijo de modo hostil—, simplemente estaba haciendo conversación, pero eres el mismo idiota de siempre.
—Interesante tema para hacer conversación, considerando lo poco que te importa a quien meto en mi cama —replicó él, disfrutando con el momento—. Admito que Mérida sería una opción interesante…
—Oh, ya lo creo que sí —espetó la muchacha molesta.
Ni siquiera conocía a la susodicha y ya la odiaba.
—De no ser porque es lesbiana, quizá hasta lo habría intentado —soltó Hans, sin perderse un solo segundo de la reacción de la platinada, cuyo rostro pasó de lucir un furioso rubor al más absoluto desconcierto.
Elsa se volvió hacia él con sorpresa.
—¿Les… lesbiana?
Hans esbozó otra sonrisa maliciosa.
—Vamos por acá —dijo adelantándose por el corredor—, quiero llevar galletas de chocolate. Son las favoritas de Anna.
Maldiciéndose por ser tan tonta, Elsa lo siguió y no se atrevió a decir nada más hasta estar de vuelta en la cabaña.
Pudieron guardar sus compras una vez que hubieron limpiado un poco la cocina, acomodando sus provisiones en silencio dentro de la alacena. Elsa estornudó un par de veces más y luego suspiró. Aquella salida breve no le había sentado bien, se moría por tomar una siesta pero aun debía ayudar a su hermanastro a poner en orden la casa. Todo debía estar en perfectas condiciones para la llegada del resto de la familia.
—¿Segura que te sientes bien? —le preguntó el pelirrojo con una ceja alzada.
—Estoy bien —repuso Elsa con voz débil—. ¿Por dónde comenzaremos a limpiar?
—Pensaba barrer las habitaciones de arriba y luego el piso de abajo.
La muchacha asintió con la cabeza.
—En ese caso, pasaré la aspiradora por aquí mientras estás arriba.
—Habrá que bajar el árbol de Navidad y todos los adornos que están en el ático —dijo Hans con pereza—, a veces no sé en que pensaba Idún al guardar tanta mierda.
—Tenemos algo que poner para Nochebuena, ¿no?
—Supongo… aun no sé cual era el problema en pasar las Navidades en la ciudad. Este lugar es un desastre.
—A Anna le encanta, era quien más disfrutaba viniendo aquí —Elsa se enterneció al recordar la cara de felicidad de la pelirroja cuando era una pequeña niña, mirando la cabaña y los árboles que rodeaban el prado nevado.
En el fondo ella también se sentía anhelante por las memorias. Si tan solo no se sintiera tan terriblemente enferma, quizá podría apreciar aquel sitio un poco más. Las extremidades le pesaban y un dolor sordo empezaba a hacer mella en su cabeza. De pronto se sentía tan fatigada y muy caliente…
—Bien, maldición. Entonces más vale empezar… —Hans la miró de soslayo, clavando sus orbes esmeraldas en su delicada nuca y observando como colocaba, sin ganas, una lata de arvejas en uno de los estantes más altos— escucha Elsa, yo…
La blonda se precipitó hacia el suelo de manera repentina, y Hans se movió a tiempo para atraparla en sus brazos.
—¡Elsa!
Su cara se encontraba demasiado colorada y ella se había quedado inconsciente contra su pecho, extenuada como si acabara de correr una maratón. Tocó su frente y la encontró ardiendo, maldiciéndose por haberla dejado salir al frío.
¿Cómo no se había dado cuenta de lo enferma que estaba? Conociéndola, seguramente se había empeñado en viajar a pesar de su malestar.
Más hubiera valido que se quedara en Oslo.
—Elsa, ¿me escuchas? —murmuró, sacudiéndola con cuidado.
La joven emitió un suspiró por lo bajo pero no abrió los ojos por completo, cediendo al adormecimiento que se había apoderado de su cuerpo.
—Eres una necia —susurró el bermejo, retirando unos mechones de pelo de su frente y maldiciendo su terquedad. Debía aprender a procurar más su salud si deseaba seguir viviendo sola; sus padres no habían hecho del todo bien al dejarla por su cuenta, pero ya él se encontraba ahí y se ocuparía de que reposara como era debido—. Voy a cuidar de ti.
Con cautela, la tomó en sus brazos y subió hasta el dormitorio donde la esperaba su equipaje.
La tarde entera se convirtió en una jornada insoportable para Hans, entre la fiebre intermitente de su hermanastra y las labores que había que realizar en su cabaña. Lo primero que hizo, fue remover el abrigo y los zapatos de la jovencita, antes de meterla en la cama. Colocó un grueso cobertor sobre su cuerpo y pasó un paño húmedo sobre su frente, esperando a que la temperatura descendiera.
Cuando finalmente sucedió, Elsa seguía sumida en un profundo sueño y él aprovechó para aspirar el piso de abajo y retirar todo el polvo de las estancias. Su teléfono sonó mientras se hallaba en plena faena. Su padre le llamaba para avisar del retraso de la familia.
—No vas a creer lo que ha sucedido —le dijo Adgar al otro lado de la línea—, la estación de tren ha suspendido los viajes a Arendelle a causa de la tormenta de nieve. No podrán reanudar los traslados sino hasta mañana por la tarde. Anna se encuentra terriblemente enfadada.
—Imagino que sí —Hans resopló por lo bajo.
—Es una suerte que Elsa pudiera adelantarse para hacerte compañía —dijo su padre—, ¿podrán arreglárselas a solas hasta mañana?
—Por supuesto —de nada servía preocupar a los otros con la repentina enfermedad de la chica, especialmente conociendo a su madre.
Ya era bastante malo que Anna estuviera de mal humor, pero si se enteraban de la convalecencia de la joven, ambas se volverían locas de preocupación.
—Intentaremos estar mañana lo más temprano posible —se despidió Adgar de él, quien se enfocó en terminar de hacer la limpieza.
Luego se dirigió a la cocina para prepararse un par de emparedados y poner a hervir una olla con agua. Media hora después subía con una bandeja en las manos hasta la habitación de Elsa, quien seguía dormitando apaciblemente. Se veía tan pequeña y delicada.
Tocó su mejilla y suspiró con alivio al constatar que su temperatura había vuelto a ser regular. Dejó que su pulgar vagara a lo largo de su pómulo y se deleitó con la suavidad de su piel. Habían estado demasiado tiempo lejos del otro.
¿Pensaría ella en aquellos días en los que comenzaban a tener sentimientos por el otro?
Elsa se removió levemente bajó su toque y él retiró la mano. Sus ojos celestes se abrieron y se dijeron en él adormilados. Se sentía mucho mejor después de un sueño reparador, pero aún tenía la nariz congestionada y el cuerpo entumecido.
—¿Qué… qué sucedió?
—Te desmayaste hace un rato, en la cocina —Hans le envío una mirada de reproche—. Debiste decirme lo mal que te sentías.
—No creí que fuera para tanto, tomé una píldora antes de ir a la estación…
—Maldición, Elsa.
La aludida desvío su mirada de la suya, apenada.
—Tú… ¿me trajiste aquí? —la muchacha parpadeó al mirar el cobertor que la cubría.
Él, por su parte, tomó la bandeja que había dejado sobre la mesita de noche y la colocó encima de su regazo. Había en ella un plato de sopa y una taza de chocolate caliente.
—Debes comer un poco, o no te recuperarás antes de mañana —le dijo—. Papá ha llamado para decir que su tren se retrasó. No podrán llegar hasta mañana por la tarde debido a la tormenta de nieve.
—Oh no —Elsa se mostró desanimada—, pobre Anna, debe estar muy decepcionada.
—De un humor de perros, pero lo superará —el pelirrojo la instó a tomar la cuchara—. Come.
La muchacha se llevó a la boca una cucharada de sopa e hizo un sonido reconfortante en cuanto hubo probado el caldo. El sabor era agradable y el calor de la comida también. Había olvidado lo bien que podía cocinar su hermanastro.
—Gracias —le dijo—, no me había dado cuenta del hambre que tenía hasta ahora.
—Prueba el chocolate, te hará bien.
La rubia le hizo caso le dio un sorbo a la bebida, encontrándola realmente exquisita. Con lo que le gustaba el chocolate en invierno.
—Bien, así que estamos solos hasta mañana. ¿Qué se supone que vamos a hacer?
—Tú, quedarte aquí a dormir un poco más. Y yo me ocuparé de terminar con la limpieza.
—Me siento mejor, creo que puedo…
—No, Elsa —dijo el pelirrojo terminantemente—, no voy a arriesgarme a que te desmayes de nuevo mientras no dejes atrás ese resfriado. Eres realmente descuidada a veces, ¿lo sabías?
—No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer —replicó ella frunciendo el ceño y obteniendo una fría mirada a cambio—. Al menos déjame poner las decoraciones navideñas. Sabes bien que tú solo no podrás tenerlo todo a tiempo para mañana, y realmente me siento mejor.
Hans soltó un pesado suspiro, sabiendo que no llegaría a ninguna parte discutiendo con ella. Lo dicho, era terriblemente obstinada.
—Bien, pero termina de comer. ¿Traes alguna medicina?
—En mi bolso.
Elsa lo vio sacar de ahí las dichosas tabletas que tan poco le habían servido y aceptó que le pusiera una en la boca. Era extraño, encontrarse ahí con él de nuevo. Ver como cuidaba de ella casi con ternura, como si los acontecimientos del pasado hubieran quedado en el olvido.
No quería caer de nuevo.
—¿Qué pasó con Marshmallow?
—¿Ah?
—Mi gato, ¿dónde está? No lo habrás dejado salir, ¿cierto?
—Insisto en que no tengo idea de porque tuviste que traerlo contigo —dijo Hans—. No se ha levantado del sofá en toda la tarde, aunque intentó subir un par de veces.
—Debiste dejarlo —lo regañó su hermanastra—, el pobrecito solo quería acompañarme. Ahora tengo que darle de comer.
—Ya te encargarás de darle algo, antes necesitabas descansar —le dijo Hans, recogiendo la bandeja vacía de sus rodillas—. ¿Cómo lo conseguiste, por cierto? Creí que no te dejaban tener animales en el piso donde vives.
—Marshmallow merodeaba por los jardines de la universidad cuando era cachorro, siempre tenía hambre. No soportaba la idea de dejarlo solo, así que lo llevé al apartamento. Se supone que no debemos tener animales, pero él es tranquilo y silencioso, y el casero rara vez va al edificio.
A Hans, aquello no le sorprendió. En el fondo su hermanastra era una sentimental, había demasiado que ocultar tras esa fachada de fría indiferencia con la que solía enfrentar al mundo.
—¿Quién diría que irías en contra de las reglas por un animal? Eres una chica terrible.
—Hablas como si fuese una aguafiestas —Elsa frunció sus labios rojizos e hizo ademán de pararse de la cama—. ¿En dónde se encuentran esos adornos navideños?
—Tómatelo con calma, copo de nieve. Tengo que bajar todo del ático. Ve a ver a esa bola de pelos mientras saco el árbol y toda esa basura de ahí.
Ella decidió hacerle caso. Encontró a Marshmallow dormitando en la sala de estar y disfrutó del roce de su lomo contra los tobillos, en cuanto el animal se hubo percatado de su presencia. Le sirvió un poco de leche y croquetas y después se concentró en darle un toque navideño a la casa.
Hans había bajado el árbol de Navidad junto con todos los ornamentos que su madre solía guardar en años pasados. Se empeñaron en armarlo entre ambos, (era tan grande como lo recordaban) y luego fueron colgando las esferas a su alrededor. Elsa colocó una guirnalda con escarcha en el barandal de las escaleras y medias para cada miembro de la familia cerca de la chimenea.
Tomó la preciosa estrella de cristal tallado que coronaría la punta y se mordió el labio inferior. Con su metro noventa de altura, al bermejo le sería sencillo colocarla en el lugar adecuado. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, Hans se acercó con un extraño semblante en los ojos.
—¿Te importa? —inquirió, señalando la estrella con los ojos y luego a ella.
—¿Ah?
Elsa se vio cogida de la cintura y elevada hasta la cima del abeto. La chica se removió un poco, avergonzada y con el corazón latiéndole fuertemente. Escuchar la risa profunda y socarrona de su hermanastro no ayudó a tranquilizarla.
—¡Bájame, Hans! ¡No seas inmaduro!
—Pon la estrella.
—¡Bájame! —la joven refunfuñó e intentando esconder la sonrisa que amenazaba con asomar a la comisura de sus labios, colocó el ornamento con cuidado, recuperando su libertad y el suelo bajo sus pies.
—Creí que tú querías poner la estrella. Siempre lo hacías cuando veníamos a decorar la cabaña.
—Eres un tonto —Elsa se cruzó de brazos y trató de mirarlo de forma severa.
No funcionó.
—Faltan las luces —señaló Hans, tomando una serie con focos de colores que parecía un nido de lo enredada que estaba—, esto llevará más tiempo del que pensé.
—Dios mío.
Para cuando terminaron la cabaña definitivamente lucía más hogareña de lo que había estado en años. Se sentaron en el sofá exhaustos y en silencio, con Marshmallow en medio de los dos, contemplando el abeto que ahora resplandecía en medio de la oscuridad. Era una vista hermosa y muy nostálgica.
—¿Se siente bien estar de vuelta? —preguntó el pelirrojo, curioso por saber si ella estaría sintiendo lo mismo.
—Eso creo —la mirada de Elsa pasó de su magnífico árbol hasta la ventana, donde tenían una vista maravillosa de la montaña—. No creí que volviera a pisar este lugar en mucho tiempo.
—¿Demasiado acostumbrada al ruido de la ciudad?
—No —Elsa se mordió el labio inferior—, es solo…
—¿Qué?
—Este lugar está lleno de recuerdos.
Hans se mordió el interior de la mejilla, sabiendo a lo que se refería. No era fácil hablar del pasado.
—Éramos solo unos niños estúpidos, lo sabes, ¿no?
Su hermanastra clavó sus ojos como zafiros en él, con una furia silenciosa que lo sobrecogió por completo.
—¿Es eso lo que piensas?
—Es toda la verdad. Elsa, sabíamos que no aquello no iba a llegar a ninguna parte, quiero decir… somos familia —el joven suspiró y negó con la cabeza—. No tiene ningún caso hablar de esto.
—Para mí no era cosa de niños —murmuró ella, haciendo que su corazón se detuviera un instante.
Hans la observó con perplejidad, admirando el fulgor en sus mejillas, la manera en que las luces del árbol se reflejaban en su cabellera de un rubio suave. Ni el resfriado podía restarle un ápice de su belleza etérea.
—Estaba enamorada de ti, Hans —le confesó ella, sintiendo que su corazón volvía a hacerse trizas—. Sé que no se suponía que me sintiera así, pero era una adolescente tonta que idealizaba todo cuanto tú hacías, a pesar de lo cruel que podías ser a veces… En verdad, te amaba.
—¿Lo hacías? —musitó él, sintiendo una cálida e inevitable emoción expandirse por su pecho.
—Soy una imbécil —repuso ella con rabia, limpiando una lágrima que amenazaba con derramarse sobre su mejilla—, una imbécil.
—Elsa…
—No sé porque estoy hablándote de eso en este momento —dijo la chica, poniéndose de pie—, es como dices, no tiene caso. El pasado está en el pasado.
—Espera… —trató de retenerla, en vano.
—Voy a dormir —dijo ella con frialdad—, todavía no me siento bien.
La miró desaparecer a toda prisa junto a su dormitorio y permaneció allí, solo. Preguntándose en que instante había permitido que sus sentimientos por ella afloraran de nuevo.
—¡¿Cómo que no encuentran un tren que venga hasta Arendelle?! —Elsa exclamó con horror junto a su teléfono, apenas su madre terminó por darle las terribles noticias.
Al parecer, la tormenta había retrasado los trenes de la estación de Voss más tiempo del esperado y su auto no estaba en condiciones de salir a la carretera. La platinada sintió que el alma se le caía a los pies.
—Estuvimos haciendo lo posible por conseguir un transporte —le dijo Idún al otro lado de la línea—, el tren estará habilitado para partir hasta hoy por la noche.
—Entonces no llegarán a tiempo para la víspera de Navidad —murmuró Elsa con decepción.
—Lo siento tanto, cariño. Es terrible, Anna está muy molesta —dijo su madre con apuro—, ni siquiera su novio ha sido capaz de levantarle el ánimo. La pobre, esperaba con ilusión reunirse con ustedes.
—¿Qué harán ahora? —Elsa se mordió el labio inferior y echó un vistazo hasta la sala de estar, donde Hans leía algo en su iPad distraídamente.
Ella se encontraba en la cocina preparando un poco de café.
—Cenaremos en casa esta noche todos juntos y por la mañana, cogeremos el tren. No tiene caso meternos prisas a estas alturas. Así que es seguro que estaremos con ustedes para Navidad —dijo Idun, tratando de tranquilizarla—. Realmente es una suerte que Hans esté ahí contigo, habría sido horrible que también él se quedará atrapado en pleno camino por la tormenta. O tú.
"Sí, una suerte", pensó la rubia de soslayo, volviendo a observar al pelirrojo por el rabillo del ojo.
—¿Podrán arreglárselas hasta entonces?
—Sí —respondió Elsa con desgana—, fuimos a comprar algo de comida al minisúper, así que estaremos bien, supongo.
—Mañana todos juntos tendremos un gran festín en el almuerzo —le aseguró la morena con felicidad—. He preparado el relleno que les encanta. Ahora debo irme, amor. Pasen una feliz Navidad.
—Feliz Navidad, mamá. Felicita a Anna y a papá en mi nombre.
—De tu parte. No hagas enfadar a tu hermano.
Elsa sonrío de lado y colgó. Luego suspiró y vertió café en su taza con aire melancólico.
—¿No vendrán? —la voz de Hans a sus espaldas la sobresaltó de manera repentina.
—No hasta mañana. La tormenta ha inhabilitado el tren para viajar hoy, están despejando los caminos.
—Ya —el bermejo se apoyó contra la barra de la cocina, con las manos metidas en los bolsillos—. Eso quiere decir… que estamos solos los dos.
—Solos en Nochebuena —Elsa suspiró sin atreverse a mirarlo.
Todos sus esfuerzos para evitar estar con él se habían venido abajo en un solo día, ¿por qué había tenido que adelantarse a la cabaña?
—¿Cómo sigue ese resfriado? —preguntó él, tras una silenciosa pausa entre ambos.
—Me siento mucho mejor —le respondió la blonda, con la voz menos congestionada—, obviamente seguiré tomando mis medicinas. No creo que sea buena idea que vuelva a salir.
—Es cierto. Será mejor que salga a limpiar la nieve del pórtico —dijo Hans—. No quiero que papá vaya a quejarse mañana.
La muchacha lo miró alejarse y luego decidió subir a su habitación, demasiado desanimada como para fingir indiferencia.
Se encontraba leyendo un libro con Marshmallow acurrucado a su lado, cuando Hans tocó a su puerta, sorprendiéndola. Todo el día no habían hecho más que evitarse, incluso a la hora del almuerzo, cuando cada uno se había hecho bocadillos para comer en lugares distintos de la cabaña. La tensión entre los dos era tal que casi se podía cortar con un cuchillo.
—¿Sí? —Elsa levantó la cabeza, antes de que él entreabriera la puerta y asomara su cabeza.
—¿Piensas quedarte toda la noche con ese gato? —inquirió, haciendo que la chica frunciera el ceño.
—Creí que era obvio que no quisiéramos estar juntos —le dijo con frialdad—, si los demás no están… no tiene caso.
—Baja —le dijo él, haciéndole una señal con la cabeza—, he preparado algo.
Sin otra opción interesante, la joven abandonó su lectura y lo siguió hasta la planta baja, en donde el colorado había arreglado una mesa para dos. No tenían la fina vajilla que su madre usaba en las fiestas, ni comida decente o tradicional, pero para contar con recursos limitados, el muchacho se las había arreglado bastante bien.
La mesita estaba cubierta con un rojo mantel y los platos y vasos de plástico, habían sido acomodados prolijamente. Incluso las servilletas desechables habían sido dobladas con delicadeza y hasta había puesto un florero con una solitaria rosa en medio.
Elsa arqueó una ceja y miró a su hermanastro, extrañada.
—Es la víspera de Navidad, ya es bastante triste que la familia se haya quedado atorada en casa como para quedarnos sin hacer nada, ¿no?
—Tal vez —dijo ella, acercándose y colocando una mano sobre la silla designada para ella—, ¿entonces…?
—Entonces, vamos a cenar —Hans extendió una mano en dirección para indicarle que se sentara, solemnemente.
—¿Qué? No compramos más que comida enlatada —dijo la blonda, tomando asiento de todos modos—. Con lo mucho que debe haberse esforzado mamá cocinando desde ayer.
—Bueno, hay lasaña de microondas y jugo de naranja. Creo que nos valdrá hasta que mamá llegue a salvarnos con sus habilidades culinarias.
Elsa rió por lo bajo.
—Muy bien, sírveme —al fin y al cabo, estaba por ser Navidad.
Mientras el cobrizo se afanaba en sacar la pasta y colocarla en los platos, ella sirvió las bebidas. Luego, ambos se sentaron a comer a las luces del árbol que resplandecía en el corredor. Era algo agradable, si uno no se detenía a pensar en los recuerdos.
—No está tan mal —dijo Elsa, tras probar un primer bocado de su lasaña—. En estos momentos, Anna debe estar ingiriendo enormes cantidades de pavo. Come mucho cuando está de mal humor.
—¿Recuerdas aquella Navidad que pasamos aquí y papá cocinó hamburguesas? Se comió dos demasiado rápido.
—Le dolió tanto el estómago que no pudimos salir a deslizarnos en la nieve, así que nos quedamos los tres en su habitación, abrigados bajo la misma manta —Elsa sonrió con añoranza—. Mamá nos llevó una linterna y estuvimos haciendo figuras de sombras con las manos hasta quedarnos dormidos.
—Eran muy buenos tiempos.
Hans la miró con intensidad y ella tuvo que desviar la mirada hasta su plato.
—Aunque eras un poco fastidioso. Siempre me hacías esas bromas pesadas como tirarme en la nieve.
—Era divertido.
—Eras muy inmaduro —la platinada frunció los labios de un modo que le pareció adorable—, no has cambiado mucho.
—Creo que ninguno de los dos lo ha hecho.
El resto de la velada transcurrió de manera demasiado amistosa como para tratarse de ambos, entre recuerdos de la infancia y reproches mutuos, que no eran demasiado graves como para arruinar la reciente atmósfera de encanto que habían creado en la cocina.
Una vez que hubieron terminado con su segunda porción de lasaña, Elsa se dejó caer en su silla de manera perezosa.
—Supongo que llegó la hora —su hermanastro se dirigió a una de las encimeras y sacó de allí una caja de cartón con un burdo cordel atado a manera de moño de regalo encima—, disculpa el envoltorio, no tenía a la mano ningún papel navideño ni nada. Feliz Navidad.
Le entregó el paquete. Elsa parpadeó sorprendida.
—¿Qué… qué es esto?
—¿No es obvio? —Hans levantó una de las comisuras de su boca, burlonamente.
—No… me refiero a… es que… —ella tomó el obsequio abochornada y mordisqueó su labio inferior—, no tengo nada para ti. Quiero decir, aun. Los regalos que compré siguen en la maleta y yo…
—Lo sé —él frenó sus explicaciones—, no quise esperar hasta mañana para entregarlo con los demás, cuando todos estuvieran aquí. Este es especial.
—¿Ah? —Elsa miró la caja con dubitación y procedió a desatar el cordel.
Desde el interior de la caja, un pingüinito de felpa muy conocido le devolvió la mirada y sintió que el corazón le daba un vuelco. Sir Jorgen Jorgen seguía prácticamente igual a como lo recordaba en sus días de infancia.
—Es Sir Jorgen —murmuró, tomándolo entre sus manos—. Creí que se había perdido. ¿Cómo…?
—Lo encontré en el ático, junto con todas nuestras cosas de Navidad —explicó Hans—. Al parecer, mamá no se había deshecho de nada.
—Oh —Elsa acarició al muñequito con añoranza—, no puedo creerlo, creí que no volvería a verlo. Sir Jorgen era genial escuchando.
—Jugabas por horas con él, hablándole de todo. Parecías una loca.
—Mamá me lo dio a los seis años, justo en Navidad —recordó ella con alegría—. Nos sentamos todos frente al árbol y fue el primer regalo que abrí.
El pelirrojo dulcificó su sonrisa, sintiéndose pleno al observar como Elsa abrazaba al pequeño pingüino y lo frotaba contra una de sus mejillas. Era como observar a aquella niñita rubia de nuevo.
—Sabía que te gustaría —murmuró—. Elsa, lamento que nos distanciáramos tanto en estos últimos años.
La aludida clavó sus pupilas cerúleas en él penetrantemente.
—Me habría gustado que las cosas se hubieran dado de manera distinta, ¿sabes?
—¿En verdad?
Los ojos de la muchacha se hallaban brillantes y llenos de resentimiento.
—¿En verdad crees que puedes venir como si nada en Navidad y decirme todo esto? —prosiguió ella, encarándolo— ¿Cómo si lo de antes solo hubiera sido… una clase de accidente o alguna tontería por el estilo?
Hans parpadeó, consternado.
—No fue tan solo un error pasajero, Hans. Era solo una niña tonta… pero estaba segura de mis sentimientos —la muchacha bajó sus ojos con tristeza y los clavó en el pingüino—. Por ti…
—¿Crees que es fácil para mí decirte todo esto? —repuso él de manera sombría— Mierda, Elsa. Solo quería que todo fuera normal entre nosotros.
—¿Normal? ¿Normal como cuando me hacías llorar por ser más pequeña que tú? ¿O como cuando peleábamos sin descanso, fingiendo que estaba bien porque era lo que hacen todos los hermanos? —la chica bufó y volvió a observarlo con rencor— Ni siquiera sé que hizo que me fijara en ti después. Es enfermizo… no debería haber abierto mi corazón para que lo rompieras.
—Exacto —Hans le dirigió una fría mirada, con la que trataba de encubrir el cúmulo de emociones que se lo comían por dentro. Lo único que quería era avanzar hasta ella y tomarla en sus brazos, acariciar su cabeza y decirle lo mucho que la quería, lo mucho que siempre la había querido—. No soy una buena persona, Elsa. Te lo dije entonces. Únicamente te traería problemas. Mereces hago mejor.
—¿Ves? Lo estás haciendo de nuevo.
—¿El qué?
—¡El decidir por mí! ¡Mierda! —la platinada se puso de pie y descargó la palma de su mano contra la mesa— ¡Siempre te crees tan maduro como para elegir tú solo! ¡Pero este también sigue siendo asunto mío, idiota!
Empujó la silla con violencia y fue a grandes zancadas hasta la puerta corrediza que daba a la parte trasera de la casa, saliendo al frío intempestivamente. En ese momento, lo único que necesitaba era estar lejos d ese hombre, de su maldita necesidad de tenerlo todo bajo control.
El clima gélido de las montañas le dio de lleno en el rostro y la hizo temblar bajo el grueso pulóver de lana que llevaba puesto.
Una mano la aferró por el antebrazo firmemente.
—¡¿Estás loca?! —Hans la miró furioso— ¡Vuelve adentro! ¡Enfermarás otra vez!
—¡No me importa! ¡Suéltame!
—Demonios —el pelirrojo masculló enfadado y se agachó frente a ella para colocarla sobre su hombro y alzarla del suelo. La joven protestó y trató de lastimarlo con sus puños y pies, sin ningún éxito.
No le importaba cuando tratara de escapar, no podía permitir que se enfermara de nuevo.
—¡Sigues siendo una chiquilla malcriada y difícil! —le espetó, entrando en la cabaña y dejándola caer sobre un sofá.
—¡Y tú eres un estúpido arrogante! —las largas pestañas de Elsa se encontraban humedecidas por el llanto incipiente. Sir Jorgen era apretado sin piedad por una de sus pálidas manos— ¡Ni siquiera sé porque tengo que soportarte! ¡Únicamente vine para hacer feliz a Anna! Pero está claro que tú y yo nunca podremos llevarnos bien, ¡y te odio! ¡Te odio por seguir afectándome de esta manera!
—¡Maldita sea! —aquello había sido todo lo que necesitaba para perder el control.
Hans se inclinó hacia ella y la encerró entre sus brazos, presionando sus labios sobre aquella boca carnosa de labios rosados, probándolos sin consideración y logrando que la blonda emitiera un quejido de enfado y sorpresa. A la mierda con todo, si después de aquello otra bomba estallaba, no le importaba.
Llevaba demasiado tiempo ansiando probar esos labios. Igual que alguna vez antaño lo había hecho. La sensación era tan increíble como en aquel entonces, la boca de la blonda era suave y cálida, tierna bajo la suya que se comportaba demandante.
Elsa se resistió un poco y luego, dominada por un inesperado calor, le respondió con toda su furia acumulada, con todos los sentimientos que había guardado hacia él en esos años. Le rodeo el cuello con sus brazos dejando a Sir Jorgen olvidado en el suelo, reviviendo aquella vez en que a sus dieciocho años, durante un verano inolvidable en Voss, su hermanastro la había besado de la misma manera incontenible, revelando el supuesto amor que meses atrás había empezado a nacer hacia ella.
Antes de acabar con sus esperanzas a la Navidad siguiente.
Pero por un instante breve, podía permitirse disfrutar y recordar otra vez, antes de que hiciera pedazos su remendado corazón.
—Dios —Hans se separó brevemente de su boca y la miró intensamente, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole muy fuerte en el pecho—, ¿cómo es que logras afectarme de esta manera? Justo cuando creía haberte olvidado…
La chica arrugó delicadamente su ceño, su aliento acariciando los labios del cobrizo.
—¿No te das cuenta de todo lo que provocas en mí? —inquirió él con la voz enronquecida, encendiendo una llama que también ella creía apagada— Me haces demasiado mal, Elsa.
—¿Eso significa que me quieres? —preguntó ella sin aliento, cayendo una vez más en el encanto de su mirada de jade.
Siempre volvía a caer.
—Nunca he dejado de hacerlo —confesó él, mirándola con ternura.
—¿Entonces por qué, Hans? ¿Por qué terminaste con todo? —ahora, las pupilas de zafiro de su hermanastra lo contemplaban suplicantes— ¿Cómo creerte cuando me has ignorado todos estos años? Creí que solo estabas jugando conmigo…
—Joder, no. Nunca haría algo así, ¿es qué no lo ves? —él acunó el bello rostro de Elsa entre sus manos, atormentado— Iba a irme de casa, estar en otra ciudad… no habría funcionado, no habría soportado tanto tiempo lejos de ti. Aún hoy sigue siendo difícil, pensar en ti sin poder tenerte, preguntándome si te habrías enamorado de otro, si habrías superado lo que comenzó como un juego peligroso entre ambos. No quería prolongarlo más de la cuenta y terminar rompiéndote el corazón, que te dieras cuenta de que nunca seré lo suficientemente bueno para ti…
—Eres un idiota —Elsa retiró su cara delicadamente y clavó sus fanales en la alfombra—, odio que sigas decidiendo por mí. ¿Y qué si yo quería arriesgarme? —levantó la mirada— ¿Qué si yo quiero arriesgarme ahora?
Hans creyó que se quedaba sin aliento.
—Soy egoísta, celoso y un retardado emocional —le dijo, como si recalcara algo obvio—, no puedo cambiar esas cosas.
—Y también eres arrogante, cínico y un controlador obsesivo —observó ella con descaro—. ¿Y qué? Yo soy un manojo de nervios que apenas y puede lidiar con sus emociones. Soy fría la mayoría del tiempo e inmadura al mismo tiempo. Y aun así… —Elsa se mordió el labio inferior, insegura de lo que iba a decir a continuación. Luego se dejó caer en el vacío—, aun así te sigo queriendo. Con todo mi corazón.
Hans se quedó paralizado.
—Y si no hubiera sido por esa Navidad de mierda en la que me dijiste que debíamos terminar —continuó ella—, probablemente seguiría más enamorada que nunca de ti. Porque nunca se ha tratado de si puedes ser lo bastante bueno para ti. Conozco tus defectos y he aprendido a lidiar con ellos. Si fuera de otro modo, no serías el hombre del que inexplicablemente me enamoré.
—Elsa…
El colorado se había quedado sin habla. Sintiéndose como un estúpido cualquiera. Esperanzado.
—Entonces —dijo ella, rozando su boca de nuevo—, ¿vamos a seguir comportándonos como si no pasara nada y evadiéndonos? O…
—¿O? —juraba que esa muchachita iba a volverlo loco con tan solo su presencia.
Tal vez era la víspera de Navidad o su delicioso perfume floral que le embotaba los sentidos, pero por primera vez desde su reencuentro, tan solo quería dejarse llevar. Ver hacia donde los llevaba aquella locura.
—¿O averiguar cuanto tiempo podemos soportarnos el uno al otro, antes de seguir comportándonos como dos perfectos estúpidos?
Hans emitió una risa estridente y volvió a besarla, esta vez de manera más tierna y rápida que la anterior.
—La distancia es un tema.
—Drammen y Oslo no están tan lejos entre sí.
—No será fácil —el pelirrojo arqueó una ceja—, ya lo dijiste, soy un controlador obsesivo y tú un manojo de nervios.
—Una combinación muy peligrosa —Elsa volvió a acercarse para acariciar su boca tentativamente con la suya—, pero creo que estoy dispuesta a tomar el riesgo.
—Habrá que dar muchas explicaciones… a mamá y papá, Anna…
—No es como si tuviéramos algo de lo que avergonzarnos realmente. Somos hermanastros pero esto no es un romance incestuoso de Juego de Tronos —la rubia rió por lo bajo—. Y si conozco a Anna tan bien como creo, imaginó que esto no le sorprenderá demasiado.
—¿Tú crees que ella…?
—No quiero sacar conclusiones… pero sí.
Hans la volvió a atraer hacia sí y sonrío de lado, de esa manera prepotente que a ella le encantaba y la sacaba de quicio al mismo tiempo.
—¿Entonces…?
—Entonces —Elsa acarició su labio inferior con el dedo índice—, no digas más tonterías y empieza a arreglar mi Navidad. Esto ha sido un buen comienzo —levantó a su pingüino de felpa del suelo—, pero ya no soy una niña. Ahora mis intereses… son otros.
Volvió a besarla, recorriendo su carnoso labio inferior con la lengua y metiendo esta en su húmeda cavidad, arrancándole un gemido y deleitándose por la manera en la que se estremecía contra su pecho.
—Deberías calentarte un poco o el resfriado volverá.
—Creo que tú sabrás como ayudarme con eso —insinuó la chica de manera felina, mientras volvía a acurrucarse contra Hans y él besaba su sien.
Cierto era que no sería sencillo, pero una vez admitidos los sentimientos enterrados, ¿qué importaba lo que les deparara el futuro? Sería hermoso averiguarlo juntos.
—Te amo, copito de nieve.
Elsa le dirigió una sonrisa resplandeciente y él supo que, a pesar de todo, esa se convertiría en su mejor Navidad.
Nota de autor:
Hola, queridos panecillos. :3 Aquí yo, trayéndoles un poquito más de amor Helsa, antes de que sea Navidad. Una vez más nuestros pajaritos vuelven a ser hermanastros y se desean con locura. D:
Verán, no estoy muy convencida con el resultado. Originalmente tenía escrita una cosa muy distinta, con Sir Jorgen en un papel más protágonico, era más cómico e intervenían más personajes de Disney. xD Solo que estúpidamente, hice algo con mi computadora y borré todos mis archivos, ¡me quería dar un tiro! T-T Me sentía tan mal que pensé en no escribir nada hasta el año siguiente, pero después cambié de opinión e hice esto que también rondaba en mi cabeza hace poco. Solo que no sé si al final salió bien, jaja. Ustedes tendrán la última palabra.
Y recuerden: siempre tengan un respaldo en la nube. Yo por suerte lo tenía de mis archivos más importantes, pero jamás había contado a mis intentos de fanfiction entre ellos. Soy una idiota. TnT
Guest 1: Thanks for your beautiful words, I feel bad for Hans because of his family, Disney should approach that perspective in a deep way and give him the chance of redeem. I'm sure Elsa could do a better person of him like in previous oneshot. :3
Guest 2: ¿Verdad? ¡Me choca que dejen a Hans de lado! ò.ó
Voodoo Happy: Que felicidad que te encantara tanto el OS anterior, sé que los fics morbosos no son tanto de tu agrado, así que quería volver al universo original y hacer algo que disfrutaras, que todos disfrutaran. :3 Me hubiera gustado que algo así sucediera en el corto navideño, jejeje. Habría sido un lindo mensaje sobre el perdón y la capacidad de ser mejores personas. Pero no, desaprovechan a Hans descaradamente como bien dices, (por eso el corto recibió tanta mala onda en las redes sociales, fue su karma, jajaja). ¡Cielos, me ruborizan tus palabras! Escribir es mi pasión y cada día me esfuerzo un poco más para hacerlo mejor, me has dado muchos ánimos para seguir adelante, inspirándome y aprendiendo, ¡te adoro! :3
¡Les deseo a todos una gran Navidad y que la pasen de maravilla! Creo que esto será lo último que les traiga este año, así que en caso de que nos leamos hasta Enero, les envío mis mejores deseos para el 2018, ¡abrazos de la tía Frozen! ;)
