Los dos lados de Mika y el peso de los secretos.
Según Zeth, en Acuario no había un regulador de agua para los baños así que cuando ibas a bañarte, el agua era simplemente fría y si la querías caliente, tenías que encender un fuego. Mika todavía no se acostumbra a las tinas pero agradecía al cielo por el regulador de agua que su maestra probablemente había mandado a instalar en algún punto en su reinado de terror en el templo de Escorpio. Hablando de ella, ya había intentado ganarse su corazón actuando de todas las formas que sabía, algunas de ellas no lo hacían sentir orgulloso pero todo valía cuando se trataba de cumplir con su misión. Un niño entusiasta de sonrisas amplias, un luchador que no se rinde a pesar de su obvia debilidad, un pequeño inútil que requiere protección y llora por lo que sea, un enano de ojos dulces necesitado de amor, un niño dañado y traumatizado por su pasado ¡incluso un prometedor estudiante con destreza y carácter para la guerra! Pero sin importar qué hiciera, Milo seguía mirándolo desde su escasa altura como si no fuera otra cosa más que un saco de piel y huesos. Bien, él no tenía la culpa de ser tan delgado o más bajo que los demás niños de su edad pero eso no le daba derecho a su maestra de tratarlo como si no pudiera subir por las escaleras sin caerse… aunque le había costado un poco caminar durante una hora desde Libra hasta Escorpio las primeras veces. De todas maneras, tenía que ganarse el cariño de su maestra a como dé lugar y no pensaba rendirse por nada del mundo. Ya había descubierto que sus tretas no funcionaban así que no le quedaba más opción que decirle la verdad.
Si tan solo tuviera el valor.
Suspirando cansinamente, decidió salir de la cómoda tina de agua fresca. Pensaba tomarse un momento para estirar los músculos después de la brutal sesión de entrenamiento que tuvo con su amigo, el cual por cierto adoraba mantenerse físicamente sano haciendo todo tipo de ejercicios, cuando escuchó el sonido. No era como si algo se rompiera, pero sí como algún objeto pesado que se choca contra el piso sin cuidado. Casi esperó escuchar algún improperio por parte de su maestra pero al no escuchar su voz se dio prisa por vestirse y salir. En su cuarto todo estaba normal excepto por el tercer cajón de su mesa de luz cuyo estaba un poco abierto y por su puerta entreabierta. Toda su vida había tenido un problema serio con el orden y la limpieza, su madre lo llamaba trastorno obsesivo compulsivo, su amigo Zeth creía que era locura pero a su maestra parecía encantarle así que estaba bien. Fue hasta su mesa de luz dispuesto a cerrar el cajón pero se detuvo al notar que las fotografías que tenía guardadas ahí dentro estaban en una posición diferente a la que las había puesto. Preocupado, decidió que tal vez su maestra las había visto y salió disparado del cuarto en su busca, hallándola en el suelo, con el sospechoso aspecto de estar desmayada.
Un gemido bajo y lastimero emergió de su garganta cuando en lugar de ver a su maestra, estaba viendo a su madre en el suelo del granero de su casa en Milos. Sus manos comenzaron a sudar y sintió un frío desagradable subirle por la espalda hasta hacer temblar sus hombros y sus ojos vagaron por todo el lugar buscando a su padre. Respiró tan profundo como pudo intentando hallar humo y por un segundo creyó seriamente que había una cuerda alrededor de sus manos y pies pues no fue capaz de moverse ni un solo centímetro. Cuando sintió que iba a gritar, se obligó a sí mismo a detenerse y respirar tan profundo como pudo con inspiraciones largas y pausadas. Zeth le había enseñado a calmarse concentrándose en lo que más importaba y almacenar sus recuerdos dolorosos en el rincón más alejado de su mente, donde no pudieran hacerle daño o alterar la realidad.
Fijando su concentración en su maestra, se espabiló y se acercó a ella con cuidado, teniendo nuevamente serios problemas para calmarse cuando notó que sus ojos estaban entreabiertos y carentes de expresión y brillo. Delicadamente la recostó sobre su espalda y sacudió sus hombros, suavemente al principio y con más fuerza después de varios intentos en los que ella no reaccionó. Incluso aunque dijo su nombre y le recriminó por darle sopa de vez en cuando. Pero ni siquiera con ello logró que su maestra reaccionara. Nuevamente desesperado, estuvo a punto de recurrir a los dueños de los templos cercanos en busca de ayuda cuando un poderosísimo y tranquilo cosmos invadió Escorpio.
El santo de Virgo apareció por el pasillo caminando tranquilamente y con su cosmos manando como si quisiera envolver todo el lugar. Mika se enervó por inercia y el deseo de ocultarse de la presencia de ese hombre y a la vez la preocupación por su maestra batallaron en su interior. Mentiría si dijera que Shaka de Virgo no lo ponía nervioso. Sentía que él podía ver en su interior, que conocía todos los secretos que guardaba y que no sabía cómo confesar, sentí que él podía leerlo como a un libro para niños.
—Permíteme hacerme cargo de ella, por favor— pidió él con su tranquila y controlada voz. Se puso de rodillas junto a su maestra y rodeó con sus manos la derecha de ella.
— ¿Qué va a hacer?— farfulló. La tensión de sus hombros comenzaba a doler y su visión se tornó rojiza en los bordes cuando el santo, a su parecer, se inclinó demasiado cerca de su maestra.
—Intentaré llegar a ella para traerla de vuelta. —respondió él, encendiendo su cosmos tan rápido que Mika retrocedió varios pasos lejos—Necesito que me hagas un favor, pequeño. Trae de inmediato a Camus de Acuario, su presencia aquí es indispensable para cuando ella despierte.
— ¿Por qué lo necesita a él?—replicó de inmediato, sabiendo que desafiar la orden de un santo de oro era un acto de desobediencia que podía costarle caro, pero importándole poco.
Además, ¿Por qué ese hombre era tan importante? Bien, quizás él podía ser el mejor amigo de su maestra pero eso no quería decir que deberían estar pegados todo el tiempo. Y Mika estaba ahí y también era muy cercano a ella, y podía hacer algo más para ayudarla.
—Deja a un lado tus celos infantiles y ve a cumplir la orden que se te ha dado—respondió el santo—Tu maestra está indispuesta y necesita a la persona en quien más confía.
—Sí, señor—farfulló Mika, sintiendo sus mejillas arder.
—Te recomiendo también que no le guardes secretos a tu maestra por tanto tiempo—continuó él, desviando su atención de Milo hacia él y aunque tenía los ojos cerrados, pudo sentir su mirada calando en sus huesos—Ella no lo apreciaría.
Sin decir nada más salió a toda prisa de Escorpio y pensaba cruzar Sagitario sin llamar la atención, pero su protector, Aioros de Sagitario estaba en la entrada, mirando impasible con los brazos cruzados. Sus ojos verdes lo escrutaron de los pies a la cabeza y finalmente pareció sonreír aunque casi imperceptiblemente.
— ¿Qué asuntos te traen hasta aquí, pequeño Mika?—preguntó él, resplandeciendo en su armadura dorada como un pequeño sol.
—Tengo que llevar al señor Camus de Acuario al templo de Escorpio—explicó y luego, pensando que lo dejarían pasar sin problemas, rápidamente agregó—Son órdenes del señor Shaka de Virgo.
— ¿Le sucedió algo a la guardiana de Escorpio?— los ojos del santo de Sagitario, siempre amables y brillante, de pronto cobraron un borde filoso y precavido, y erguido en toda su estatura se vio como el peligroso guerrero que era.
—Se desmayó. El señor Shaka de Virgo dijo que la traería de vuelta y también dijo que necesita que el señor Camus…
—Ve a Acuario, ya le he dicho al guardián de Capricornio que pasarás rápidamente por su templo—anunció él, comenzando a bajar los escalones. La armadura repiqueteó con el movimiento y las grandes alas se movieron al unísono. —Pídele al santo de Acuario que te permita permanecer en su templo por algunas horas y no te muevas de ahí hasta que tu maestra te llame.
Sin esperar una respuesta por parte de Mika, el santo se marchó dejándolo solo en las escaleras. Su sangre hirvió y juró haber visto vapor saliendo de los poros de su piel al ser dejado a un lado. Los santos dorados sin dudas eran los más fuertes entre los guerreros de Athena pero también eran una docena de presumidos. Indignado pero presuroso Mika avanzó por Capricornio, donde se cruzó con su guardián que pasó a su lado casi sin advertir su presencia o tal vez ignorándolo olímpicamente.
Cuando llegó a Acuario, en la entrada estaba su guardián. Camus de Acuario era el hombre con el semblante más frío, duro y neutro que había visto nunca. No sabía si existía alguna cosa capaz de perturbar su apariencia perfectamente controlada y sospechaba que no lo había. Al ver su porte, su altura intimidante, sus helados ojos zafiro y la forma en que el aire parecía ponerse pesado su alrededor, se preguntó por qué alguien como él acabó siendo el mejor amigo de su maestra, que era todo expresiones, emociones y sentimiento. Quizás se debía a que sus personalidades eran opuestas, o quizás porque el sujeto era bien parecido, o tal vez porque todos los dorados parecían inclinarse hacia su maestra por ser la única mujer en la orden y estaba esperando su oportunidad como todos los demás para lanzársele encima.
Sí, definitivamente era lo último.
Milo de Escorpio, su maestra, era la mujer más hermosa que había visto desde su madre. Era natural que hombres de rango tan alto se fijaran en ella.
Mika sintió que odiaba un poco a este hombre.
—Quédate en el interior del templo y no salgas hasta que tu maestra te lo ordene—dijo él, su voz plana y sus ojos escrutando cada centímetro de su escasa estatura antes de avanzar—Zeth cuidará de ti.
Mika quiso decirle que no necesitaba que nadie cuidara de él y que por el contrario, fue él quien cuidó de Zeth cuando llegó al orfanato pero el santo de Acuario se marchó de inmediato llevándose consigo su orgullo y pretensión. Al verlo irse, con su capa moviéndose ligeramente con el viento y su delicado cabello cayendo con gracia en su espalda, deseó que se cayera por las escaleras y se rompiera esa nariz altiva y perfecta que tenía.
— ¿Por qué estás viendo así a mi maestro?—la voz de Zeth lo sobresaltó por un momento pero no dejó que se le notara. Se volteó hacia él y le dio una expresión hosca.
— ¿Así cómo?— preguntó fingiendo demencia. Se sentó en las escaleras y un momento después, Zeth se dejó caer a su lado.
—Como si lo odiaras.
—Sólo un poco.
Zeth guardó silencio y así permanecieron un largo rato. Mika podía sentir varios cosmos aglomerados en el templo de Escorpio pero no podía reconocerlos a todos por separados, simplemente le parecía una gran masa de cosmo con distintas tonalidades. Quería comentarle a su amigo lo que había sucedido con las fotografías y su maestra revisando sus cosas pero sabía lo que le diría, no obstante, necesitaba soltar lo que tenía guardado, así que habló comentándole cómo fueron las cosas desde que ella comenzó con la inspección hasta que él salió del baño y encontró las fotografías fuera de su lugar y a su maestra desmayada en el pasillo.
—Creí que a estas alturas ya se lo habrías dicho—dijo Zeth, tal y como lo había predicho. Mika guardó silencio, fijando su mirada en el suelo y su amigo continuó—No deberías ocultárselo por más tiempo. Todas las pruebas están a la vista, solo tienes que abrir tu gran bocaza y decirlo.
—No es tan sencillo como creí que sería—farfulló Mika, frunciendo el ceño y sintiendo como sus ojos ardían.
—Prometiste que se lo dirías. Ese fue el trato—respondió el peli turquesa, clavando sus fríos ojos en él—Nuestro trato consistía en venir al Santuario por separado; tú vendrías primero para asegurarte que realmente fuera ella y luego se lo dirías. Prometiste que ya no tendríamos que preocuparnos por nada después.
— ¡Sé lo que prometí!— gruñó Mika, poniéndose de pie y dándole la espalda a su mejor amigo—Prometí que todo estaría bien aquí, que la encontraría y luego ya no tendríamos que preocuparnos por nada pero no es tan fácil. Milo es una chica difícil.
— ¿Siquiera te importa convertirte en santo de Athena?—preguntó Zeth. Podía sentir su mirada clavada en su espalda como pequeñas cuchillas atravesando su piel.
Mika no respondió, la verdad es que quería ser como ella, pero no estaba seguro de querer dar su vida por alguien a quien no conocía, no porque despreciara a Athena o no creyera en ella. Él había visto el eclipse, había visto esa inmensa masa de energía cruzar el cielo, había sentido el cosmos de la diosa y aunque le parecía que era una chica dulce y agradable, todo lo que le importaba en el mundo estaba en el templo de Escorpio. Proteger a la diosa o llegar a ser un santo en toda regla dependería de cuán provechoso resultara eso para cumplir el objetivo por el que estaba en el Santuario.
—Parece que tus planes malignos tendrán que esperar un poco—anunció de pronto su amigo Zeth. Se puso de pie y miró hacia arriba, donde una figura delgada y no tan alta se dejó ver en las sombras del templo.
Mika palideció cuando vio a la joven de largo cabello violeta y grandes ojos puros y cristalinos, que repleta de luz se dejó ver ante él y su amigo. Athena. La diosa por la que Milo había dado su vida. Mika podía comprender, si se esforzaba en ello, qué impulsaba a su maestra a darlo todo por esa niña, sin embargo tenía serios problemas con la imagen mental de la escorpiana muriendo de alguna forma que pudiera darle honor a Athena.
Por muy dulce y bondadosa que fuera, por más que fuera la única protectora de la Tierra, Mika odiaba un poco que Saori Kido valiera más que Milo. No obstante, cuando la chica se acercó a ellos, hizo una reverencia pensando que eso era lo que a su maestra le hubiese gustado.
—Mika, que bueno verte otra vez—dijo ella. La sonrisa dulce y encantadora encandiló las sombras en las que el templo de Acuario estaba sumido.
—Señorita Athena—murmuró, sintiendo que su corazón latía un poco más rápido de lo normal. Se preguntó si todos los santos se sentían así de compungidos estando cerca de ella—¿Busca al guardián de este templo?
—No. En realidad me dirigía hacia Escorpio—respondió ella y miró a su amigo, que se mantenía al margen de la situación—Tú debes ser Zeth.
—Para servirle, señorita—Zeth respondió con una inclinación de cabeza y una sonrisa pequeña pero sincera. Sus ojos tras las gafas se mantenían tranquilos y estables, no como Mika que sentía que le iba a dar taquicardia.
—Asumo que te irás pronto a Escorpio a descansar—dijo la diosa, dirigiendo su mirada brillante nuevamente hacia Mika.
—No, señorita. Se me ha dicho que permanezca aquí entre tanto auxilian a mi maestra. Ella… no se encuentra bien.
La diosa asintió como si supiera de lo que hablaba y Mika sospechó que sí lo hacía. La vio pasar entre ambos sin mirar atrás. La chica se marchó pero la calidez que despedía se quedó en el templo de Acuario.
—Tienes que decir la verdad pronto, Mika—susurró Zeth, volviéndose a sentar en las escaleras—Deja de mostrarte como un niño estúpido, o la señorita Milo te dará la patada en el trasero que te mereces.
Mika no respondió.
Él sabía que se merecía una patada por la jugarreta que estaba haciéndole a todos pero por mucho que quisiera hablar con ella, tal parecía que tendría que esperar su turno.
Ya había demasiados hombres alrededor de su maestra y sus celos hicieron hervir su sangre ante ese pensamiento.
Deseó brevemente que todos ellos también fueran pateados por Milo.
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La habitación no era muy grande. No había muebles más allá de dos camas una junto a la otra y una mesa de luz entre ambas. Una pequeña ventana del lado derecho tenía las cortinas abiertas y el vidrio estaba algo sucio, el piso de linóleo reflejaba el techo de color blanco cuya única lámpara iluminaba de forma tenue el espacio entre las camas. Una caja de Pandora de la armadura de Altar descansaba a los pies de la cama de la izquierda y en la cama de la derecha, junto a la ventana, la niña estaba saltando sobre el colchón. Su pequeña figura delgada y descuidada subía y bajaba sin la menor precaución, el vestido blanco con el que iba ataviada se anudaba en su diminuta cintura y la falta revoloteaba alrededor de sus rodillas, su cabello azul largo hasta por debajo de los hombros estaba realmente despeinado y sus ojos turquesa lucían aburridos de realizar el movimiento que tal vez algunos minutos antes le resultó divertido.
— ¡Shaka!—exclamó ella, volteándose a verlo. — ¿Eres Shaka, verdad? Porque también te pareces a Asmita. Ya sabes, el de la última vez….
Shaka se acercó a la cama con pasos lentos y pausados, la armadura no repiqueteaba en ese lugar tanto como la cama no se mecía a pesar de los bruscos saltos que Milo hacía. Ella sonrió y se bajó, llegando hasta él a medio camino y abrazándose a su pierna. En ese lugar podía también ver todo con claridad absoluta a pesar de estar llevando los ojos cerrados.
—Pequeña Milo, te me has escapado. ¿Cómo es que llegaste a este lugar tan solitario?—dijo él, acariciando la cabeza de la niña y revolviendo un poco más su cabello.
Ella se carcajeó como muchos años atrás le había escuchado hacer antes de cometer alguna fechoría en la que acababa preguntándose cómo es que llegó a un punto en el que todo estaba fuera de control.
— ¿Puedo tocar ese puntito en tu frente?—preguntó ella, apuntando a su rostro con un dedo y estirándose en las puntas de sus pies.
—Primero debes responder mi pregunta. ¿Sabes cómo llegaste aquí?—preguntó Shaka, tomando la mano derecha de Milo y guiándola al borde de la cama para sentarla ahí.
— ¿Luego puedo tocar el puntito en tu frente?—insistió Milo, tomando asiento en el colchón maltratado por su jugarreta. Shaka asintió mostrándole una sonrisa sincera y entonces ella puso una expresión pensativa y concentrada que habría derretido el corazón de cualquier ser humano—Bueno… no lo recuerdo bien. Creo que estaba dormida y cuando desperté estaba aquí. Quise salir por esa puerta, pero hay un hombre allá afuera que tiene un traje parecido al tuyo…pero diferente.
—Dime cómo luce exactamente.
—Tiene el cabello azul como yo y muy, muy largo. Y ojos verdes. Y siempre me dice que debo irme a dormir después de conocer al alumno de un tal Acuario esta noche.
— ¿Recuerdas lo que sucedió esta noche?—preguntó Shaka, reconociendo en la vaga descripción a Saga de Géminis.
—Había cuatro hombres con Athena—murmuró ella. Sus ojos brillantes y profundos lucieron indecisos e inseguros mientras miraba hacia atrás, a la ventana—decían algo sobre que tenía que irme con ellos pero no sé por qué ni adónde. Le he preguntado al sujeto detrás de la puerta pero nunca dice nada diferente.
— ¿Recuerdas algo más de esos hombres que estaban con Athena?—insistió. Temiendo lo que ya sabía que sucedería, Milo asintió con una sonrisa. El ambiente crepitó con energía en forma de pequeños rayos eléctricos que cruzaron el aire y ella gimió bajo y se agarró la cabeza con ambas manos antes de inclinarse hacia adelante.
Shaka podía sentir el cambio de la tensión en la mente de Milo, podía incluso escuchar los latidos de su corazón y el pitido en sus oídos. La técnica que Saga utilizó para borrarle los recuerdos de la noche en que esos cuatro hombres visitaron el Santuario se activaba cada vez que Milo recordaba algo sobre eso, y a su vez, la técnica desconocida que uno de ellos había usado para borrar la misma secuencia de sucesos también se activaba cuando ella comenzaba a recordar, y ambas a la vez causaban que su cerebro colapsara.
Como resultado, todos los recuerdos que Milo había formado a lo largo de su vida como santa de Athena también desaparecían, dejando solo los que se decía que había olvidado tras un accidente que le costó la vida a sus padres.
—Uno de ellos está ahí—Milo se enderezó de un golpe y apuntó a la ventana—Estaba frente a la estatua con Athena y… —continuó y luego se detuvo, volviéndose a agarrar la cabeza.
Apenado por el estado en que se encontraba su querida compañera, Shaka decidió que le pondría fin a esa situación. Sabía que sus compañeros estaban justo ahí, en el pasillo en el que Milo había desfallecido y en el que la encontró cuando sintió una mínima alteración en su cosmos y supo de inmediato que debería asistirla. También sabía que todo lo que le había dicho a Milo fue oído por todos y que incluso la diosa estaba presente, prestando atención a lo que decía. Se arrodilló para estar a su altura y le dijo:
—Ahora puedes hacerlo—hizo a un lado su flequillo y esperó, y al instante sintió la presión que el dedo de Milo ejercía en su frente.
El espacio alrededor de ambos comenzó a desdibujare y romperse como un sueño hecho añicos. Así había sido la última vez, que tras darle su mano a Milo y alzando su cosmos pudo llevársela de regreso. Sintió el choque de las técnicas de Saga y de ese hombre que no conocía estallando pero los rayos que provocaban no le afectaron ni a él ni a Milo.
Un momento después, Shaka ya no se encontraba en la mente de su amiga sino de vuelta en el pasillo. Milo estaba en el suelo junto a él, con una mano tomando la suya y la otra alzada hacia su rostro y su dedo aún presionando su frente.
—Creí que tus ojos…—estaba diciendo ella. Sus ojos se iluminaron gradualmente y su cosmos, que antes estaba ahí pero ausente, se volvió a sentir normal—… no sé qué iba a decir.
Un suspiro colectivo se levantó en el aire. Todos estaban ahí, observando atentos y expectantes, sin embargo el aire se tensó cuando Milo cerró los ojos. Su mano cayó laxa y su cuerpo se relajó como si fuese a dormir. Camus de Acuario, que estaba justo frente a él a la izquierda de ella, fue el primero en reaccionar levantándola del suelo para acomodarla en sus brazos. Aunque no podía ver el rostro de su compañero, sabía que se mostraba en total calma y sabía también que en su interior él se sentía amenazado. Todos se sentían así, incluso Saga, Aioros, el mismo Patriarca.
Incluso Athena de pie a un lado y asomándose desde detrás de la espalda de Shura de Capricornio.
—Debo confesar que temo profundamente por la estabilidad mental de Milo—dijo a todos en general—Por lo poco que creo que comprendieron de mi intercambio con ella, les explicaré brevemente lo que sucede en su mente: todos sus recuerdos que formó desde los cinco años en adelante son quitados de su memoria, dejándola en el limbo en el que su mente se convirtió a esa edad inmediatamente después de ese terrible suceso en el que su familia murió. Está atrapada en ese momento particular por el choque que provocan el Satán Imperial y la técnica que ese hombre usó para borrar sus recuerdos. Ambas en conjunto hacen que su cerebro colapse. Me preocupa que pueda no hacerla regresar la próxima vez que eso suceda.
—¿Qué sugieres que hagamos?—preguntó Aioros de Sagitario. Su voz pareció cortar el silencio y la tensión de todos.
—En un principio mi idea era utilizar el cosmos de Camus para traerla de vuelta. Ella lo reconocería incluso aunque sus recuerdos sean confusos o no estén ahí, pero Milo no solo estaba perdida en su mente, sino que no le importaba regresar. La solución es simple: hay que revertir el efecto—respondió Shaka, sabiendo que varias voces se alzarían a favor y en contra por igual.
Y así fue. Los santos de oro podían ser los más fuertes al servicio de Athena, tenían un récord único en revivir luego de morir, todos podían utilizar sus armaduras divinas y la luz que los doce emitían igualaba a la del mismísimo sol.
Pero no podían ponerse de acuerdo.
—A estas alturas hacer eso sería contraproducente—intentaba razonar Mu.
— ¡Dijimos que la protegeríamos! ¡¿Cómo lo haremos si no sabe de qué debe defenderse?!—gruñó Kanon.
— ¿Y qué si no quiere defenderse? ¿Y si elige irse con ellos?—replicó en respuesta Shura.
—¿Crees que es así de estúpida?—Aioria salió en defensa de su compañera, poniéndose frente a frente con Shura, que no retrocedió un paso ante la furia del león—¿Acaso no la viste delante de la estatua de Athena cuando vinieron a llevársela? ¡Quiso matar a uno de ellos!
—Quiso matar a Camus dos veces— dijo Afrodita, riendo por lo bajo y ganándose una mirada encolerizada por parte de Aioria. —Ya saben, su mejor amigo.
—Tratará de matarnos a todos cuando sepa que estuvimos ocultándole esto por meses—murmuró DeathMask, cuyas palabras ocasionaron que todos guardaran silencio por un momento.
—Athena fue muy específica en su orden—la voz de Kanon se alzó de nuevo—ella dijo: protejan a Milo de Escorpio.
— ¿Por qué nunca terminas esa frase?—replicó su hermano mayor, desviando la mirada de todos y centrándose en Milo— Protejan a Milo de Escorpio tanto como puedan. Y cuando sientan que ya no se puede hacer nada por ella, deberé decirle la verdad y dependiendo de cuál sea su reacción veré si debo entregársela a Hades. Esas fueron las palabras de nuestra diosa, ¿Verdad?
Todas las miradas se centraron entonces en la joven de ojos celestes. Sin inmutarse por las expresiones de demanda que recibía, ella asintió, corroborando que esas fueron las precisas palabras que pronunció cuando doce de ellos, excluyendo por supuesto a Milo, se reunieron en su presencia en el salón del Patriarca. Shaka podía recordar a la perfección lo silenciosa y oscura que estaba la noche en que se reunieron los doce, tan solo dos días antes que Milo volviera a la vida, recordaba el descontento de muchos y la sorpresa de otros al enterarse que Athena había quitado el sello que mantenía dormido a Poseidón y que el rey del Inframundo estaba despierto, y podía recordar su propia consternación al saber las condiciones de la orden de la diosa.
Tenían que proteger a Milo a cualquier costo y por sobre todo, no revelarle bajo ninguna circunstancia el motivo por el cual debían hacerlo. Todos los dioses en conjunto harían un esfuerzo por ayudar, olvidando momentáneamente sus disputas y conflictos personales para guardar celosamente la vida de su compañera. Ellos lo harían, juraron por Athena que protegerían a la octava guardiana. Pero la diosa les dio un ultimátum junto a esa orden:
—La protegerán utilizando todos sus recursos y hasta el final—había especificado ella, sentada en el trono y flaqueada por el Patriarca—Pero si no podemos hacer nada por ella, si llegamos a ese punto le diré la verdad y permitiré que ella elija cuál será su destino, pero si elige no estar de nuestro lado se convertirá en nuestra enemiga y eso me obligará a dar un paso al costado para que el rey del Inframundo actúe en consecuencia.
Eso desató la primera discordia entre los santos de oro, discordia que quedó rápidamente en el olvido cuando Athena les dijo que Milo estaba pronta a resucitar. Tuvieron que dejar a un lado su desacuerdo para recibirla haciéndole creer que todo era normal y que estaban de acuerdo con volver al mundo de los vivos sin ninguna razón más allá que la que Athena le había hecho creer: que Hades no los quería en su territorio.
—Athena, tú lo prometiste—Aioria lucía algo desesperado, casi podía oír sus puños cerrándose con fuerza.
— ¿Eso quiere decir que no podemos hacer nada más por ella?—inquirió Aldebarán, algo alejado del grupo—Milo tomará el tipo de decisión que queremos evitar que tome si le decimos la verdad.
—Pero si no lo hacemos su cerebro colapsará y esos hombres tomarán provecho de esa situación—continuó Aioros.
—Si se lo decimos nos odiará a todos—Dohko, el viejo maestro con el aspecto de un chico de dieciocho años se llevó una mano a la cabeza y rascó tanto su costado derecho que su cabello quedó hecho un lío. —Camus, tú eres su mejor amigo. ¿Qué quieres hacer?
Todos miraron al aludido. Camus sostenía a Milo contra su pecho y el rostro de la muchacha era cubierto por una de sus manos, dando el aspecto de estar ocultándola del resto de ellos. Por lo que Shaka sabía, el santo de Acuario a pesar de ser el más cercano a ella, no era un hombre de naturaleza celosa pero en ese momento en que todos le miraban atentos y a la chica que sostenía, él se vio y se sintió como si fuera a matarlos si daban un paso más en su dirección.
—Quiero lo mejor para Milo—respondió él, con voz tranquila y su cosmos forzosamente estable— No me importa qué elijan siempre que sea lo más conveniente para ella; ya he sentido su odio dos veces y puedo vivir con ello otra vez.
—Rayos, compañero—exclamó DeathMask en voz baja, llevándose una mano al pecho—Eso dolió.
—Decirle la verdad es lo mejor que podemos hacer—Kanon mantuvo su postura y fue apoyado en su opinión por Aioria y Afrodita.
—Kanon, ya basta—exclamó Saga, fulminando a su hermano menor con la mirada—Tu opinión aquí no es la única que cuenta y definitivamente no es la más importante.
—Pero la tuya sí lo es, ¿Verdad?—replicó su gemelo, y riendo continuó—Por supuesto que sí, porque estás de acuerdo con Athena.
—Estás faltándole el respeto a nuestra diosa—apuntó Shura, mirando con agudeza al menor de los gemelos.
—Tienes razón, no debería haber dicho eso—Kanon se dirigió a Athena y le dijo—discúlpeme por poner su nombre en la misma oración en la que hablo de mi hermano.
Shura y Aioros se pusieron rápidamente a ambos lados de Saga y con una mano cada uno en sus hombros, lo detuvieron cuando avanzó amenazante contra su gemelo.
—Esto no va a funcionar—Dohko suspiró y se acercó a Shaka, que hasta ese momento solo se había limitado a observar las pequeñas contiendas sabiendo que de nada serviría esperar a que alguien tome una decisión y que el resto la aceptara. No había una buena decisión para tomar en ese caso, ni siquiera Camus podía aplicar algo de lógica o sentido común. —Shaka, eres el más sabio entre todos. Dinos algo que pueda funcionar y que a la vez evite que estas bestias se maten entre sí.
—¿Acaba de llamarme bestia?—susurró muy bajito Afrodita, soltando aire como si se ahogara.
—De hecho lo hizo—rio DeathMask, palmeando el hombro de su compañero visiblemente ofendido.
—No hay una buena o mala decisión para tomar—Shaka decidió poner sus pensamientos en palabras—Tampoco hay alguien entre nosotros con el derecho específico o la obligación para hacerlo exceptuando a Athena.
Todos volvieron a mirar a la diosa. Ella por su parte se había mantenido al margen, simplemente escuchando y absorbiendo todo en silencio y en calma al igual que él. Ella miró a todos por igual y tras suspirar, se volteó dándoles la espalda a los santos de oro y comenzó a andar hacia la salida.
—Me tomaré esta noche para pensarlo y mañana les daré un veredicto final—era la voz de su cosmos la que habló en las mentes de todos, sonando extrañamente plana y lejana—Estén preparados para actuar en consecuencia.
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Con pasos tranquilos y decididos subió escalón por escalón. El ondear de la falda de su vestido y el movimiento de sus manos y pies al andar disimulaba los pequeños temblores que sufría en las manos y los pies que delataban su nerviosismo. Su cabeza estaba saturada de las voces de sus santos, de sus propios pensamientos de duda, sobre ella permanecía el círculo de estrellas que evitaba que las nubes de Poseidón actuaran como una barrera y la luz de la luna los alcanzaba parcialmente esa noche. Reconoció que haber abandonado así a sus santos de oro no fue la mejor opción de todas las que se le ocurrieron pero necesitaba urgentemente estar a solas para pensar. No mintió cuando dijo que meditaría sobre qué haría con respecto a Milo pero temía tomar una decisión apresuradamente.
Sospechaba que por mucho que pensara, no llegaría a una solución satisfactoria y tal como Shaka había dicho, no había una buena decisión para tomar. Tendría que conformarse con trabajar con lo que tenía a la mano por mucho que esa idea le desagradara.
Llegó al templo de Acuario y vio ahí a los dos niños aprendices de los santos de Acuario y Escorpio. Esos niños se parecían mucho a sus maestros, llegando a ser casi extensiones de cada uno y a Athena, verlos intercambiando golpes como estaban en ese momento, le hizo viajar atrás en el tiempo en que Sasha caminaba por las mismas escaleras y veía entrenando juntos a Kardia de Escorpio y Degel de Acuario cuando todavía eran jóvenes adolescentes con ojos brillantes y llenos de vida y la guerra santa era solo una premonición para la que tenían tiempo de prepararse. Ambos niños se detuvieron e hicieron una reverencia, sin embargo, la manera en que Mika se inclinó hacia adelante, con los hombros tensos, y los ojos sumidos en sombras le hizo sentirse extraña.
Se detuvo un momento demasiado corto para él pero suficiente para ella y lo observó, notando lo extraño que se sentía el aire alrededor de ese niño y preguntándose si su maestra habría notado lo mismo en él. Su cosmos, o lo poco que podía sentir de él expresaba una pureza tan densa que podría haber sido comparada con la nube más blanca que surcaba el cielo del Olimpo pero a la vez había algo que le pareció como furia contenida, o como mínimo, mucha frustración acumulada. Ella sabía por experiencia que los niños que llegaban al Santuario por lo general traían consigo recuerdos de sucesos que marcaban su comportamiento y afectaban la manera en que los demás los percibían. Pero lo que percibía del alumno de Milo era una mezcla de paz y odio en perfecto estado de armonía.
—Creo que permanecerás aquí un poco más—murmuró sonriendo un poco. Él no respondió de inmediato, limitándose a asentir de forma casi renuente—Pero no te preocupes por tu maestra, sus compañeros están cuidando de ella.
—Eso supuse—contestó él, mirándola como si hubiese algo que tratara de comprender y tuviera serias dificultades para hacerlo. —¿Cómo está ella? Es importante para mí, por favor dígame cómo se encuentra.
—También es importante para mí—contestó Athena. Todos sus santos lo eran, a tal punto que ella misma estaba tomando cartas en el asunto esta vez, evitando así que ellos se pusieran en la línea de fuego—Estará bien. Como te dije, están cuidando de ella ahora.
Con esto dicho, comenzó a avanzar excusándose con un gesto de su cabeza que indicaba un saludo de despedida, sin embargo se detuvo ya lejos de la entrada en el pasillo principal, estática ante la voz de Mika que a lo lejos reclamaba diciendo:
—¿Si es tan importante para ti, por qué no estás cuidándola tú?
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Adelanto del próximo capítulo:
"—No comprendo por qué está tan molesto, ni siquiera sabemos cómo reaccionó ella—susurró Owen, suspirando cansinamente por los improperios que lanzaba Cam.
—Porque es un blandengue inmaduro—respondió Argus, medio riendo por el espectáculo de luces y sonidos que provocaban las explosiones de energía del pelirrojo.
—¡¿A quién le llamas blandengue inmaduro?!—exclamó el susodicho a la distancia. Sus ojos azules intensos y oscuros brillaban con fuego y violencia y su rostro estaba crispado en una expresión que era una mezcla extraña entre odio y tristeza—¡Ven aquí y dímelo en la cara!
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Nota al margen: ah, este capítulo fue un placer escribirlo desde el principio hasta el final y en lo personal estoy muy satisfecha con el resultado, sobre todo después de los cortos que resultaron los últimos dos capítulos. Así que ahí tienen: un poco de Mika, un poco de Mini-Milo con Shaka y discusiones entre dorados. No pueden faltar las discusiones entre los dorados. Muchas gracias por sus buenos deseos para mi salud. Después de unos nueve días en cama y tomar y soltar la computadora para escribir o leer, ya me estoy sintiendo mejor. Tenía Dengue. Maldigo a todos y cada uno de esos mosquitos, los maldigo con todo mi ser. Y no les deseo ser picadas por esas pequeñas bestias chupasangre infernales. De verdad, hace que cada comida que pongas en la boca tenga un sabor amargo, hace que te duelan las articulaciones, que te de nauseas, que no puedas caminar demasiado, te da fiebre. Te hace olvidar lo que significa tener hambre. Es horrible. En fin, espero sus opiniones y espero que tengan una buena semana. ¡Nos vemos la próxima!
Curiosidad: cuando ligué la trama de esta historia a Saint Seiya y lo convertí en un fic, la protagonista sería una OC llamada Sofía, que portaría la armadura dorada de Sagitario en lugar de Aioros.
Publicación del próximo capítulo: 31/01/16
