Disclaimer: Personajes de Rowling. Trama mía.


Luz


Su blanquecina mano acariciaba con devoción aquellos rubios cabellos pertenecientes a la chica, qué se encontraba recostada en su regazo, dormitando, pensando, analizando la situación que vivían, cuestionándose en silencio hasta cuándo estarían allí.

Astoria soltó un suspiro, mientras su mirada se conectaba con la de su esposo.

-¿Cuánto crees que dure esto?-cuestionó con un leve interés y quizás miedo.

Miedo, miedo de que cuando aquello acabara terminaran donde habían comenzado, miedo de volver a su vida de esclava, miedo a alejarse de Draco, miedo de separarse de aquél rubio justo ahora cuando estaban tan unidos… ¡Joder! ¿Podía ser su vida más asquerosa?

El rubio tomó un mechón de la chica y lo llevó hacía su nariz, disfrutando de aquél adictivo olor, aquél del cuál durante mucho tiempo se vio privado, aspirando aquella maravillosa fragancia.

Luego suspiró, suspiró porque sabía que aquello no duraría mucho tiempo, que todas aquellas cosas fantásticas que vivía con su esposa en aquél momento quizás no tuvieran una larga duración, porque eran fugitivos, eran escoria y muy seguramente pronto les encontrarían, pese a los hechizos protectores, pese a todo, algún día, quizás lejano, quizás pronto el ministerio de magia iría a aquél lugar o a cualquier otro y les encontrarían.

Sus ojos volvieron a posarse en Astoria, y sin aún responderle acercó su rostro al de ella, dándose cuenta que respiraba su mismo aire, que sus alientos se mezclaban, y… ¡Joder! Dándose cuenta del por qué se había sentido tan vacio durante sus años de esclavo.

Enamorado, se había enamorado de aquella mujer que se encontraba frente a sí, no estaba seguro de en qué momento; pero lo sentía, podía hacerlo, maldición y sí, le gustaba aquél extraño sentimiento.

La besó, la besó, porque lo necesitaba, porque lo quería, porque la amaba y… ¡Joder! La besó porque le pertenecía, Astoria Greengrass le pertenecía, su amor, su cuerpo, sus besos, toda ella le pertenecía.

Sí, aquella era su personalidad posesiva, porque no, se negaba a que alguien más que él tocase a la rubia, y por eso tenía una deuda que cobrar, algo que cobrar a aquél desgraciado que la había desvirtuado; pero no, nunca se lo diría a ella, sabía que buscaría la forma de detenerlo; pero no, se negaba a dejar aquella deuda de esa forma, esa malnacido pagaría todo el daño causado a su esposa.

-Espero que el suficiente…-acotó cuando el beso culminó.

Ella soltó un suspiro, sí, esperaba de igual forma que aquello durara el tiempo suficiente.

-Te amo, Draco.-confesó la rubia.

Y el blondo no respondió, no era fácil para él declarar aquellas palabras; pero estaba seguro de que quizás algún día podría hacerlo.

La besó, porque para él un gesto valía mucho más que una palabra, la besóo para sentirla nuevamente suya y sí, fue eso lo que sintió al besarla, que Astoria Greengrass le pertenecía y sí, él también a ella.


-¿En verdad hiciste eso, Rodolphus?-cuestionó Rabastan a su hermano.

El ex mortífago sólo asintió en señal de afirmación.

-Hermanito, hermanito… ¿Sabes algo? A partir de hoy eres mi héroe, sí, lo eres…-acotó divertido el Lestrange.

Rodolphus observó a su hermano cómo si éste se encontrase mal de la cabeza… ¿Habría enloquecido en tan poco tiempo? Bueno era posible, quizás la situación, el estrés, tantos factores habían podido enloquecer a su hermano.

Y sí, sonrió notablemente ante sus propios pensamientos.

Sin embargo la sonrisa maliciosa en el rostro de su hermano lo hizo pensar… ¿Qué? ¿Qué interés podría tener su hermano en Scabior? O… ¡Lo tenía! No era en Scabior sino en Granger… ¿Qué rayos pretendía Rabastan con Granger?

-Ya lo entiendo…-murmuró en voz alta.- Querido hermano… ¿Qué pretendes con Granger?-cuestionó

Rabastan posó su vista en Rodolphus sin dejar aquella sonrisa maliciosa.

-Diversión e información.-acotó con simpleza el Lestrange.

Sí, exactamente la respuesta que se esperaba, conocía a Rabastan, sí lo conocía tanto como se conocía a sí mismo, incluso mucho más.

Suspiró, era justo la respuesta que esperaba y la que no quería oír, sobre todo si significaba daño para la castaña, no es que tuviese algún interés en la chica simplemente le tenía agradecimiento y no, no podía permitir que saliese dañada, no al menos mientras se encontrase en aquella casa.

Sonaba raro aquél pensamiento en su memoria, él, ósea Rodolphus Lestrange… ¿Cuidando a una impura?

Bufó, era lo mínimo que le debía… ¿No? Después de todo era gracias a ella y a sus amigas que había dejado de vivir un infierno.

Su vista volvió a posarse en el rostro de su hermano.

-Lo diré sólo una vez Rabastan…-comenzó a decir, mientras se dirigía hacia la salida de la habitación de su hermano.-, una, una maldita lágrima que suelte Granger por tu culpa y lamentaré en verdad tener que enterrarte ése mismo día.-acotó con simpleza cuando salió de aquél lugar.

Rabastan estaba sorprendido, sí… ¿Qué coño le pasaba a Rodolphus? ¿Acababa de amenazarlo de muerte? Y sí, su vista se quedo fija en la puerta por la cual segundos antes su hermano había salido, tratando de descifrar, tratando de comprender, comprender la maldita actitud de su hermano.

¿Y ahora? ¿Qué maldición hacía? ¡Joder! ¿Qué coño era lo que le pasaba a su hermano? No lo sabía; pero tenía que convencerlo, convencerlo para que le ayudase, era por su bien, por el bien de ambos.

Sin embargo, sino lo convencía tendría que retroceder su plan… ¡Joder! ¡Maldita sea! ¿Qué coño era lo que pasaba a su hermano con Granger? ¿Por qué carajo se ponía a defenderla?

Y… ¿Qué pasaría si continuara su plan? De todos modos su hermano no tendría por qué enterarse y si Granger sufria, pues sólo le quedaba huir, allá Rodolphus si no le acompañaba.

Sí, eso haría.


Extraño, sí claramente así se sentía, demasiado y absolutamente extraño… ¿Qué rayos era aquello que sentía? Por eso se había alejado, alejado de aquella chica antes de confundirse más.

Al principio, era un hobbie, algo para no aburrirse en aquél lugar, y al igual que él, el carroñero también encontró su diversión en aquella chica, sin embargo algo raro le estaba pasando, si bien disfrutó al ver la reacción de la chica al ser besada por Scabior, luego de aquél día no podía sacársela de la cabeza, no sabía por qué maldita razón; pero el hecho de haberla visto luego del maldito beso que le proporcionó el carroñero, simplemente no era capaz de sacarse aquella imagen de la cabeza.

Regulus Black estaba confundido, demasiado en realidad, confundido por qué se había descubierto a sí mismo queriendo hacer lo mismo que había hecho el carroñero… ¿Qué coño? ¿Qué carajo era lo que le estaba ocurriendo con Hermione Granger?

Suspiró, no sinceramente no sabía qué coño era aquello; pero le asustaba, era la primera vez que lo sentía y era algo extraño, demasiado extraño.

No sabía lo que era; pero si lo que sentía, era algo que lo llevaba a querer estar con la castaña las veinticuatro horas del día, cuidar de la susodicha, velar sus sueño… ¡Joder! ¿Qué carajo era todo eso? ¿Acaso le gustaba la castaña? Pues en realidad no era fea; pero no… ¡No! Él luego de que todo eso acabara se iría, lejos de todo y de todos, quizás volviera al mundo muggle, tal vez.

Bufó totalmente cansado de ese estúpido sentimiento que le hacía sentir una rabia al imaginar que Scabior volvía a besarla, a tocarla.

Joder, y más joder, al parecer Hermione Granger comenzaba a gustarle.


Y Alecto gimió, gimió al sentir aquél maldito contacto tan placentero, estaba molesta, furiosa, enojada; pero aún así aquél maldito hombre siempre lograba envolverla, mejor dicho empaparla, humedecerla… ¡Joder! Odiaba desear de aquella forma tan antinatural a Fenrir Greyback, se odiaba a ella por desearlo y lo odiaba a él por ser el causante de su deseo.

-Creo que antes de hacerme llegar al orgasmo deberías pedirme disculpas por lo menos…-habló siendo presa de su enojo.

Aunque perfectamente sabía que el maldito hombre-lobo jamás le pediría disculpas, aún así, tenía una pequeña esperanza y… ¡Joder! ¿Cómo? ¿Cómo maldición aquél maldito hombre lograba hacerla desfallecer en un solo instante? ¿Por qué la hacía gemir de aquella forma? ¡Maldición! Débil, se estaba volviendo débil en cada maldita caricia, sobre todo si la manos de Greyback se dirigían justo allí, a su centro, a su maldito sexo que clamaba por sus caricias… maldito traidor ¿Tenía que ser tan débil?

-Mi querida Carrow, es una lástima; pero soy de los que no piden perdón ni disculpas…-acotó con aquella ronca e incitante voz justo en su oído.

Se estremeció… ¡Joder! No pudo evitarlo, era casi imposible no hacerlo, aquél maldito susurro había sido su perdición, aquél desgraciado sabía perfectamente cuáles eran sus puntos débiles y qué exactamente la excitaba.

Era un desgraciado, un maldito, un engendro, un lujurioso y una magnificencia con sus manos.

Jadeos, suspiros, gemidos… en ese se habían convertido sus palabras, aquél maniático había logrado doblegarla, pese a que horas antes le había gritado, humillado, pese a eso ella seguía allí, siendo besaba por aquél hombre-lobo, siendo acariciada, lamida-porque sí, la lengua de aquél hombre se encontraba en zonas realmente intimas de su cuerpo- y sintiendo el miembro palpitante de Fenrir Greyback a punto de adentrarse en su cuerpo, y eso le encantaba, le fascinaba.

-Maldito Greyback…-jadeó la Carrow al sentir el miembro de Fenrir en su interior.

Sus jadeos se volvieron constantes, sus respiraciones agitadas y sus cuerpos estaban total y absolutamente perlados, perlados de sudor, mientras que él arremetía contra la mujer frente a sí y ella se dejaba hacer, mientras sus manos viajaban por las zonas íntimas de Greyback.

Una, dos, tres, las estocadas del hombre-lobo se aceleraron, se volvieron frenéticas, el orgasmo estaba cerca, ambos lo sabían, y fue justo en el momento en que las paredes de la Carrow estrecharon el miembro de Greyback que ambos llegaron al orgasmo.

-Alecto…-susurró el tipo en cuestión cuando el extasis lo embargo por completo.

Y ella simplemente unió sus labios con los de él, en un beso lujurioso, deseoso, furioso y enojado, que la hacía desquitarse de todo lo anterior y malditamente hecho por el mortífago.


Preocupado, intrigado, sospechoso… buscando respuestas.

Aquél era el estado de Harry Potter, estaba preocupado, sí, su mejor amiga y novia habían desaparecido sin dejar rastro alguno, la habían buscado en todos los lugares posibles, en todo maldito Londres y no, ningún paradero ni de Ginny, ni de Hermione, aunque a quién quería encontrar antes era a la pelirroja, exigirle alguna explicación que lograse hacerlo comprender su actitud.

Porque había ayudado a un mortífago a escapar, el ministerio aún no lo sabía y el dueño de Carrow tenía simples lagunas mentales, sí, exactamente aquello, le había lanzado un hechizo desmemorizante, tanto al dueño de Carrow, cómo a todos los que habían presenciado la huida de la pelirroja.

Si no lo hubiese hecho, muy seguramente Ginny Weasley sería otras de las caras buscadas para encarcelar y él no podía permitir eso, el único lugar en que no habían buscado era en la casa de Luna, sin embargo no sabía en donde vivía la susodicha, ya que las direcciones de aquella extravagante casa la conocían única y exclusivamente Ginny y Hermione.

¡Joder! Tenía una leve sospecha, más sin embargo temía porque fuese la verdad, temía que su novia y mejores amigas hubiesen armado aquella revolución, temía porque ellas fuesen las causantes de que el ministerio estuviese siendo abarrotado de personas malhumoradas, sí, temía porque ellas fueran las culpables de todo aquello, sin embargo había una gran probabilidad de que sí, de que ellas fueran las culpables.

Sobre todo por la estupidez que había hecho Ginny, y sin mencionar lo que había estado a punto de hacer Hermione-[i]sí, Ronald había hablado con él, preocupado de que la castaña hubiese desaparecido misteriosamente de su hogar, días después de su pelea por el mortífago Barty Crouch Junior[/i]-, joder… ¿Qué coño les había pasado a esas dos mujeres? ¿Acaso habían enloquecido de la noche a la mañana? De Hermione más o menos lo comprendía, su amiga siempre se había empeñado en ver lo mejor de las personas, incluso si estás eran mucho más que oscuras, pero de Ginny no, no tenía ni la remota idea de lo que hubiese podido pasar por la cabeza de la pelirroja al hacer aquél escándalo.

Suspiró cansinamente, estaba harto de aquello, demasiado harto, quería encontrar a su pelirroja y volver a su antigua relación, quizás irse de Londres y tal vez de esa manera olvidar todo lo ocurrido.

Su mirada se posó en la ventana y vio, un montón de lechuzas dirigiéndose hacia aquél lugar en donde él se encontraba, de sus labios volvió a salir un suspiró cansino.

Eran más quejas de su incompetencia, lo sabía, aquellas cartas eran diarias y habían comenzado el mismo día en que los mortífagos habían desaparecido.

Se acomodó en su asiento mientras esperaba la llegada de aquellas aves, después de todo sin ninguna certeza del paradero de los seguidores de Lord Voldemort, él no podía realizar trabajo de campo.


Respiró agitadamente, sí, tenía la obligación de hacerlo… ¡Joder! ¿Cómo era posible? Era una simple, sencilla y hasta inocente propuesta y simplemente habían acabado en aquello… ¿En qué puto momento?

Aunque sí, lograba comprenderlo, a aquella chica no le decía la puta de Slytherin por puro hobbie, hobbie, aquella maldita palabra que lo había llevado a esa maravillosa situación, sí, en verdad que nunca se arrepentiría de su propuesta.

-Alto…-dijo justo en el momento en que ella comenzaba a tocar más allá de lo estipulado.

La pelinegra sonrió con malicia, mientras su labio inferior sufría al ser mordido por los dientes de la susodicha.

-¿No querías divertirte, Blaise?-cuestionó la morena, mientras besaba la comisura de los labios del chico y descendía su mano un poco más allá de las caderas del ex -Slytherin.

Estaba cediendo, cediendo a las malditas caricias de Pansy Parkinson; pero no, no podía ser de aquella forma, no al menos mientras ella no sintiese lo mismo que él, al hacerlo… ¡Joder! ¿Por qué? ¿Por qué de entre todas las Slytherins? ¿Por qué era ella de quién se había enamorado? Odiaba eso, odiaba haberse enamorado de aquella que nada conocía de sentimientos, aquella que sólo se dejaba llevar por el placer… ¡Joder! ¿Por qué tenía que fascinarle Pansy Parkinson de aquella manera?

La detuvo, detuvo el descenso de la mano de la chica, no, en el momento en que sus cuerpos se volvieran uno, sería por las razones correctas, cuando ambos sintiesen lo mismo y… ¡Joder! Cuando ella le correspondiera.

Y la separó de sí, logrando que Pansy le mirara sin comprender.

Él suspiró y retiró un mechón de la frente de la morena y sus labios se posaron justo en aquél lugar, la morena abrió los ojos como platos, incapaz de susurrar alguna palabra, simplemente dejó que el moreno besara su frente.

-Algún día Pansy, algún día lo haremos; pero no hoy.-acotó con simpleza.

Se fue, dio media vuelta y se alejó de la chica, dejándola en aquél lugar sola y sin comprender la actitud del moreno… ¿Qué coño le había ocurrido a Blaise? Anteriormente en sus años en Hogwarts nunca se había negado al placer y… ¿Por qué justo ahora lo hacía? No comprendía nada; pero tampoco tenía la paciencia y menos el tiempo para hacerlo.

Se alzó de hombros mientras tomaba la dirección contraria del moreno, alejándose de aquél lugar en donde había vivido la situación más extraña de su vida.


-Alimentando a tus características plantas…-una voz en su oído hizo sobresaltar a Luna.

Se volteó con rapidez y suspiró con alivio al percatarse de quién se trataba.

-Me has asustado…-dijo la rubia con cierto aire de reproche.

Evan Rosier sonrió notablemente, dando una leve semejanza a un niño que regañaban por hacer alguna travesura.

-En verdad lo lamento señorita…-susurró con voz teatral, mientras se inclinaba y hacía una reverencia por demás exagerada.

Y rió, la rubia rió ante aquella divertida actuación, logrando que el mortífago sonriera de satisfacción, sí, su objetivo se estaba logrando a la perfección.

-Eres divertido…-comentó la rubia sonriendo, mientras se giraba a alimentar y regar a sus plantas.-, aún no logro entender cómo es que posees un alma tan oscura.-soltó sin más.

Sí, sacaba su característica sinceridad, su sinceridad que incomodaba a muchos menos a ella, y el mortífago se incomodó, por supuesto que sí… ¿Cómo es que aquella chica hablaba de la oscuridad de su alma con tanta tranquilidad? ¿Cómo era posible que aquella joven supiera que en su alma, en su corazón aún había deseos de matar? Pero no, no a sangre sucias, ni impuros, sino al desgraciado de su dueño, al ministerio, a todos los culpables de que él hubiese sufrido tres malditos años siendo un prisionero.

-Te has quedado callado…-observó la rubia, mientras miraba con fijeza al mortífago.-, unos ojos tan turbios y oscuros cómo tu alma…-agregó sin bajar su mirada.- ¿Sabes? La oscuridad no es buena, es mejor la luz

-En la luz no hay lugar para mi…-soltó Rosier sin pensar.

¿Qué coño? ¿Qué hacía él hablando de aquellas cosas con Lovegood? ¿Qué diablos era todo aquello? ¡Joder!

-Eso no es cierto…-aseguró la rubia.

Él la miró sin poder creer sus palabras, pese a que sabía que no debería estar hablando de aquello con la rubia, parecía que de su boca salían las palabras sin ni siquiera pensarlas.

-¿Cómo puedes estar tan segura?

La rubia se alzó de hombros.

-Sólo lo sé.-acotó con simpleza.

Y volvió a su labor con las plantas, dejando al mortífago pensativo… ¿En verdad tendría razón aquella chica? ¿Habría algún lugar para él en la luz? ¡Joder! ¿Qué hacía él pensando en aquellas tonterías?