Ya tengo su perdon o debo seguir subiendo capitulos?

Disclaimer: Los personajes son de Hiro Mashima y la historia de Kat Martin


20

Sentado tras el escritorio de su despacho de su casa de Crocus, Zancrow levantó la vista de los papeles que había estado leyendo, la dirigió hacia la puerta y, con un ademán, hizo pasar a Azuma. El hombretón se acercó con su viejo tricornio firme en las manos, grandes y huesudas.

-¿Y bien? ¿Has hecho lo que te dije?

Azuma tragó saliva. La nuez de Adán se le movía de arriba abajo.

-Sí, lo hice. La maté... tal como usted me dijo - clavó la mirada en un punto de la pared más arriba de la cabeza de Zancrow - Pero no me dijo que ella era tan hermosa.

-¿Hermosa? - Zancrow gruñó con crueldad - Tan hermosa como esas malditas cobras de la India. Adiós y buen viaje, eso digo yo - echó la silla para atrás y se puso de pie - ¿Te vio alguien? ¿Entraste y saliste sin problemas?

-Yo estaba observándola desde hacía más de tres días. Hoy dejó que los sirvientes se retiraran temprano. Era un buen momento para hacerlo.

-Bien pensado, Azuma.

Azuma se movía nervioso, apoyándose sobre un pie y después sobre el otro.

-¿Qué sucede? - Zancrow revolvió, inquieto, los periódicos que había en su escritorio, con cierta impaciencia, ahora que sabía que la misión estaba cumplida.

-Había una mujer. Entró en la habitación justo cuando yo me marchaba.

-¿Te vio? - preguntó Zancrow, inclinándose sobre el escritorio.

-Me vio. No la cara, pero me vio bastante.

-¡Maldición! Hemos de saber quién era, deshacernos de ella antes de darle tiempo a que nos traiga problemas.

-Yo sé quién era.

-¿Lo sabes?

Azuma agachó su greñuda cabeza.

-Era la chica con quien usted iba a casarse.

-¿Lucy? ¿Lucy Heartfilia?

-La misma.

-Dios Santo, ¿y qué estaría haciendo Lucy con una mujer como Kamika? - se inclinó aún más sobre el escritorio. Sus rubios cabellos empolvados brillaban a la luz del sol que entraba por la ventana - ¿Estás seguro de que era ella? ¿No estarás equivocado?

-Era ella.

Zancrow se dio cuenta de que estaba sudando. No le agradaba la sensación del sudor corriendo por el costado bajo la camisa de lino.

-Tienes que acallarla, Azuma. Tu vida podría correr peligro.

-Y la suya también.

Lucy estaba husmeando, buscaba información sobre la muerte de su padre. Si había hecho amistad con Kamika, sólo podía ser con un propósito.

-Mátala - le ordenó - Quítala de en medio antes de que nos cause problemas.

Azuma arrastró sus pies voluminosos.

-No me gusta matar mujeres. Sobre todo si son hermosas.

-¡Escúchame bien, grandísimo zoquete! ¡Vas a deshacerte de esa mujer antes de que abra la boca y te lleven a Fiore Hill!

Azuma lo escuchó con expresión sombría, frunciendo las negras cejas hasta que prácticamente se juntaron en medio de su frente.

-Vamos - apremió Zancrow - Ponte en marcha y haz lo que te digo, cuanto antes mejor.

Azuma frunció el entrecejo y asintió con parsimonia, con expresión ostensiblemente velada y amargada por la resignación. Morir colgado era su más secreto temor. Él haría lo que le decía Zancrow. Con paso ligero para un hombre de su porte, avanzó pesadamente hacia la puerta, salió y la cerró con cuidado. Zancrow trató de reanudar su lectura donde la había dejado, pero la inquietud no lo abandonó, como ocurría casi siempre. ¿Qué quería Lucy? ¿Por qué buscaba información sobre un crimen cometido ocho años atrás?

Si Azuma la mataba, jamás sabría por qué.

Aunque, pensándolo bien, una vez muerta, poco importaba. Sonrió satisfecho y se recostó en el asiento.

Tomó el último fajo de papeles que requerían la firma del duque de Hargeon, metió la pluma en el tintero y escribió su nombre en el pie de cada uno. La tinta salpicó y emborronó las hojas inmaculadas, pero no le importó. El coche lo aguardaba en la puerta. Ya tenía los baúles preparados y cargados. En cuanto terminara con estos últimos quehaceres, saldría de Crocus rumbo a la finca de East Sussex, su última adquisición, la antigua residencia de Wendy Marvell.

Tenía un entierro al que debía asistir.

Zancrow esbozó una segunda sonrisa satisfecha. Esta vez era por su unión con Wendy Marvell y por la muerte de su suegro, la empresa más provechosa que había llevado a cabo desde hacía años.

-N&L-

Romeo Conbolt se encontraba al pie de la escalera que conducía a la entrada de la residencia de Konzern. Había comenzado a caer una pertinaz llovizna, el aire estaba frío y agobiante y el cielo estaba cargado con unos nubarrones oscuros que corrían raudamente. Alzó la vista ante el ruido de las pisadas de Wendy, ligeras y suaves, unos pasos ahogados que se acercaban con un ligero temblor.

-Wendy...

A Conbolt le cortó el aliento, como le ocurría últimamente cada vez que ella se presentaba como una aparición luminosa y esbelta con su figura aniñada y adorable que se le antojaba más seductora que la de la cortesana más sofisticada. Su atracción por ella había aumentado desde que habían llegado a la casa de campo de los Heartfilia, donde pasaban horas en el jardín o compartían una cena sencilla frente a la chimenea. Le enternecía su honestidad; él veía en ella una sinceridad indudable. Ella era de una timidez adorable y generosa en extremo. Más aún, su talante parecía encajar bien con el suyo, con su dulzura haciendo contraste con la fortaleza de él; una conducta moderada que atemperaba sus audaces propósitos.

-Cuando quieras, Romeo.

La tomó de la mano y la ayudó a bajar el último escalón.

-¿Estás segura, Wendy? ¿No hay nada que pueda hacer para disuadirte?

-Era mi padre, Romeo. Yo lo amaba. Tengo que darle el último adiós. No podría vivir sabiendo que no lo hice.

La ira se fue adueñando de él, furia contra Zancrow Dragneel.

-Si está el duque, si te ordena que vuelvas con él a Crocus, no tendré forma de protegerte.

La pequeña figura de Wendy se puso a temblar. Romeo percibió el miedo que la embargaba.

-Tengo que ir – susurró - Por favor, no te enfades.

Estaba mucho más que enfadado. Estaba furioso de rabia y frustración. Wendy Marvell debía ser suya, no de Dragneel. Él la habría tratado con ternura y respeto. Pero ahora sólo Dios sabía el sufrimiento que tendría que soportar en manos del duque.

-Si no hubiese sido por ti... - dijo ella, con voz que era poco más que un susurro - si no hubiese sido por estos días que hemos estado juntos, por el valor que me has transmitido, no sé qué habría hecho. Pero tú eres sensato y fuerte, y parte de esa fortaleza y sensatez ahora está en mí.

Los ojos pálidos se le iluminaron con el brillo de las lágrimas. Vibraron tras el telón de sus pestañas oscuras hasta que rebosaron y rodaron por sus mejillas.

-Nunca te olvidaré, Romeo. Recordaré toda mi vida estos días tan especiales.

Él sintió que lo atravesaba un cuchillo afilado.

-Wendy...

La tomó en sus brazos con afán de protegerla. Sentía en el pecho un amargo pesar, además de bastante miedo por ella.

-Mi amor, te lo suplico. Por favor... di que te quedas; aquí estás a salvo. Con el tiempo, encontraremos una solución, saldremos de este embrollo en el que nos han metido a todos las traiciones de Dragneel. Siempre hay una salida, si uno...

-¿Romeo, tú me amas?

Él le tomó el rostro entre sus manos.

-Me importas mucho, Wendy. Tú sabes cuánto me importas.

Al decir esto, advirtió que ella sacudía la cabeza ligeramente.

-En realidad no tiene importancia. Mi vida se ha echado a perder, ya no soy pura, no soy la clase de mujer con quien un hombre de tu talla querría casarse.

Romeo le tomó los brazos.

-Eso no es cierto. Ni siquiera Zancrow tiene el poder de humillar tu naturaleza dulce, buena e inocente. No vuelvas a decir eso.

Wendy lo miró con una expresión de tristeza en los ojos.

-Eres el hombre más fuerte y más valiente que he conocido en mi vida, y yo te amo con toda mi alma. Si tú me amaras de la misma forma, no hay nada en el mundo que no estuviera dispuesta a hacer para que estemos juntos.

-Wendy, por favor. No soy un hombre que ama con facilidad. Mis sentimientos por ti son profundos e irrevocables pero ¿eso es amor? No lo sé, y no voy a mentirte para mantenerte junto a mí.

Ella sintió un nudo en la garganta. Más lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

-Por eso te quiero, Romeo. Y por eso sé que siempre te querré.

Ella sintió una opresión en el pecho.

-No te vayas, Wendy, por favor.

-Tengo que hacerlo, milord. Por favor, no lo hagas más difícil todavía.

Él respiró muy hondo. Si la amara, tal vez ella se quedaría, y tratarían de encontrar la manera de poder estar juntos.

Si la amara.

Pero, ¿la amaba? Jamás había amado a una mujer. No estaba seguro de saber hacerlo. Tal vez debería haberle mentido. Romeo rechazó la idea. Más allá de lo que pudiera pasar, no sería justo para Wendy.

Cuadró la mandíbula para hacer frente a la tensión que iba acumulando en su interior y llevó a Wendy hasta el carruaje, la acomodó en el asiento y después se sentó frente a ella, estirando sus largas piernas para afrontar el viaje que tenían por delante hasta la casa de ella, en East Sussex. Quería que ella llegara antes que el duque, que pareciera que había estado allí todo el tiempo. Romeo la iba a acompañar casi todo el camino, después la dejaría y ella llegaría sola.

La idea hizo que la opresión del pecho se extendiera hasta sentir que las costillas se le clavaban en los pulmones. De alguna forma iba a ayudarla, se hizo la promesa. Él encontraría la manera, ya vería cómo.

-N&L-

Ya había oscurecido; sólo un mínimo recorte de luz de luna iluminaba las desiertas calles de Crocus que se veían desde la casa de los Heartfilia. Los únicos sonidos que llenaban el aire gélido de la noche eran el traqueteo de algún carruaje que llevaba a los ocupantes a sus respectivas casas y el solitario ulular del búho que había anidado en la cochera.

Se acabó. Después de tantos años, por fin todo ha terminado. Él estaba cansado, extenuado en extremo. El fracaso le pesaba como una mortaja que envolviera sus hombros. En el silencio de su dormitorio, Natsu sentía las paredes de la derrota cercándolo más y más, como una cárcel invisible, implacable.

Lo único que iluminaba la habitación era la luz parpadeante de una vela, que ardía con llama baja en el estanque de cera derretida que se había formado con el paso de las horas. En un rincón, sentado en una silla con las piernas estiradas y el cabello suelto a la altura de los hombros, alzó la botella de coñac hasta sus labios y dio cuenta de un buen trago del calmante líquido.

Esa noche necesitaba ese consuelo, necesitaba alejar de sí los demonios del odio.

Nunca lo habían perseguido como esa noche, desde el primer día de aquellos ocho años. Por aquel entonces, cuando lo llevaron a la cárcel, cuando lo obligaron a soportar sufrimientos, dolores y humillaciones, lo había hecho con un único y firme propósito: hacer que su hermano pagara por el crimen.

Las promesas de venganza lo habían mantenido a flote durante la tortura de aquellas semanas a bordo del bergantín cargado de prisioneros, días de estar tan enfermo y descompuesto que no importara dormir en sus propios vómitos, demasiado débil para levantar la cabeza de la hamaca donde dormía, obligado a respirar el fétido aire que se colaba en el palmo que lo separaba del cuerpo pestilente del hombre que había a su lado.

El odio por su hermano le había dado la fuerza necesaria para sobrevivir a los días abrasadores bajo el inclemente sol en el palacio del infierno, con escasa comida y el agua justa para mantenerse vivo, largos días de trabajo extenuante, luchando contra la fiebre, el sudor y la muerte que acechaba en los malignos pantanos.

Cuando creía que no podría seguir, cuando creía que sería preferible estar muerto a enfrentar un nuevo amanecer, se le aparecía la imagen de Zancrow viviendo en Hargeon Hall, cenando faisán y champaña, mientras él se alimentaba a base de arroz lleno de gorgojos y una sopa aguada hecha con un solo hueso de buey para cincuenta hombres, y lo sacaban a flote. Imaginaba a Zancrow derrochando la fortuna de Hargeon, destruyendo el buen nombre de su padre, durmiendo con la mujer, que Natsu había creído que amaba.

Aquel firme propósito fue su aliado. Y la necesidad de venganza era tan intensa, que el solo hecho de pensarlo podía hacer que se le revolviera el estómago.

Siempre creyó que ganaría. Siempre. Esa noche, en las sombras de su silenciosa habitación, se encontraba sentado en la oscuridad enfrentando la terrible certeza de que Zancrow sería el vencedor. Las pruebas que él tenía no alcanzaban para indultarlo. Ahora que Kamika ya no estaba, tendría que marcharse de Fiore sin haber hecho justicia, sin esa venganza que ansiaba con tanta desesperación. Si no se marchaba, tarde o temprano terminaría en la horca.

Y entonces, Zancrow ganaría también esa última y vacía victoria. Natsu bebió un largo y decidido trago de la botella mientras se burlaba de sí mismo. ¿A quién trataba de engañar? Su hermano ya había vencido hacía años, con la crueldad de su traición. Él ya había perdido parte de su vida en los años terribles pasados en prision, en aquellos días que siguieron a su huida por los salvajes pantanos, siempre perseguido por el aullido de los sabuesos. Días de ser más animal que hombre.

Sobrevivir era su única meta, con una voluntad tan férrea que anulaba los valores que siempre había tenido, los restos de decencia que aún le podían quedar. Fue durante aquellos días terribles cuando había renunciado a toda posibilidad de vivir como lo había hecho antes, de ser el hombre que había sido.

Natsu lanzó una mirada fugaz a la puerta, el pensamiento puesto en la mujer de la habitación contigua, la pequeña belleza de cabellos dorados, Lucy Heartfilia. Lucy Dragneel, se corrigió. Su esposa, a efectos prácticos, a excepción de uno. Un matrimonio genuino, sancionado por Dios.

Que él no podía tener, había jurado con un pacto de sangre que jamás se lo iba a permitir.

Bebió otro trago de licor. Había habido un tiempo en que sí quería tal unión, en el que había soñado con tener hijos y un hogar y compartir su vida con una mujer que le perteneciera, como habían hecho su padre y su madre.

Esos sueños murieron en la cubierta bañada con sangre de una corbeta fiorence, capturada y destruida para siempre en un cruel acto de violencia y muerte que lo colocaba entre los hombres más viles de la tierra.

Al pensar en ello, se le aparecieron imágenes, el eco del disparo de un cañón, el olor a pólvora flotando en el aire, los gritos de mujeres arrastradas en la cubierta en llamas.

Natsu sacudió la cabeza luchando con los recuerdos, con las terribles imágenes, apretando los dedos alrededor del cuello del botellón, cuyos bordes de cristal tallado empezaban a cortarle la carne.

Con gran fuerza de voluntad, logró apartar las truculentas imágenes, dejó la botella en el suelo, se levantó y comenzó a quitarse la ropa. Primero la levita arrugada, después el chaleco y, sacudiendo los hombros, la camisa de batista blanca. Todavía no estaba tan ebrio como para dormir, pero tal vez pudiera descansar un poco. Al menos una hora le sentaría bien. Fuera cual fuese el rumbo que tomara su vida, era necesario estar muy alerta si pretendía sobrevivir en los días que tenía por delante.

Sus movimientos eran lentos y torpes, por efecto del cansancio y el alcohol. Maldijo cuando rozó el borde de la mesa y la ladeó hacia un lado, lo que hizo que una copa de licor sin usar que había encima para ese fin, cayera al suelo y se hiciera añicos.

Maldijo su suerte, que parecía un reflejo de los acontecimientos del día; apenas tuvo la energía para agacharse y recoger los cristales.

Lucy oyó el ruido de rotura de cristal en la habitación vecina. Natsu aún estaba despierto. Aunque ella ya lo había sospechado. El asesinato de Kamika lo había hundido en la más profunda depresión, convencido de que la última esperanza de demostrar su inocencia había muerto con ella.

Lucy trató de animarlo durante la cena, narrándole en detalle su encuentro con el comisario; le transmitió la noticia de que el hombre parecía satisfecho con el relato del asesinato. El asesino era un asaltante cualquiera, aseguraba el comisario, y sólo quería las joyas de la condesa. Por ahora estaban salvados, le dijo a Natsu, pero él se limitó a asentir con la cabeza, después se excusó y se retiró a su habitación.

A los pocos minutos, llamó a un sirviente e hizo que le llevaran una botella de licor a su dormitorio. Desde entonces no se le había vuelto a oír. Prestó atención y escuchó los movimientos de Natsu a través de la pared que separaba las dos habitaciones. Sabiendo que no debía y con el corazón en un puño, Lucy asomó las piernas por un costado de la cama, se puso la bata acolchada y se dirigió hacia la puerta de su dormitorio. No estaba cerrada. El asesinato de Kamika era tan reciente que a Natsu le preocupaba su seguridad y quería poder entrar con rapidez si había algún problema. Levantó el picaporte con cuidado, abrió la puerta y entró.

Unas sombras alargadas llenaban la habitación, tan sólo iluminada por el tenue parpadeo amarillo de una vela que ardía con una mecha ya muy baja. Natsu se encontraba arrodillado junto a una mesilla redonda y tallada, de espaldas a ella y tratando de recoger los trozos de cristal de una copa rota. Su torso, dorado por el sol, parecía lustrado a la tenue luz de la vela. Estaba desnudo de la cintura para arriba, advirtió, y sólo llevaba los pantalones y las botas.

Él se incorporó al oír que ella se acercaba y comenzó a darse vuelta, no sin que antes Lucy se percatara del irregular entramado de blancas cicatrices que formaban un atroz mosaico en su espalda.

Se le escapó un grito ahogado que no pudo reprimir. Natsu soltó un juramento, puso los cristales en la mesilla y fue hacia ella.

-¿Qué quieres, Lucy? ¿Acaso no se te ocurrió llamar?

A Lucy le tembló el labio inferior. Se le revolvió el estómago.

-Tu... tu espalda. Dios Santo, Natsu, ¿qué te sucedió, por el amor de Dios? ¿Qué te han hecho?

Natsu se puso rígido. Fue hacia ella y se detuvo a unos pocos pasos, sin querer acercarse demasiado. Su semblante era de una gran dureza, encerrado en sí mismo y distante.

-Me azotaron. Es lo que hacen con los criminales, Lucy. No es que sea un hombre muy humilde, precisamente. Obedecer órdenes me resultaba difícil, a mí, que fui educado como heredero de un duque. Humillarme les llevó algún tiempo, más que a la mayoría.

Los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo pudo no habérselo imaginado? Aunque también era cierto que habían hecho el amor pocas veces y que ella se había ensimismado por completo en lo que él le hacía. O tal vez sólo fuera que él había tenido el cuidado de que ella no las viera.

Lucy cerró la puerta con un leve ruido sordo y fue hacia él cruzando la habitación. El corazón le latía dolorosamente en el pecho. El dolor era por él; cada aliento de su respiración le resultaba un sofoco de angustia y de piedad.

-Date vuelta - susurró ella, y acto seguido lo vio irritarse aún más.

-No es agradable, Lucy. Esperaba que nunca tuvieras que verlo.

-Por favor, Natsu - tenía la garganta tan cerrada, el dolor que sentía en ella era tan intenso que apenas podía hablar - Quiero ver el daño atroz que te han hecho.

A él le temblaron los músculos, agarrotados por la tensión que sufría todo su cuerpo fornido. Ella pensó que tal vez se negara, pero a continuación se dio vuelta lentamente. Estiró los hombros al hacerlo y la vela iluminó las estrías y protuberancias. Eran de un tono más claro que el resto de la piel, tostada por el sol, un laberinto de finos surcos que atravesaban los firmes músculos, algunos más profundos que otros, allá donde el látigo había golpeado más de una vez. Le habían arrancado trozos de carne en diversas zonas que habían logrado crecer poco a poco de nuevo, pero enseguida se los habían vuelto a arrancar.

A Lucy se le cortó el aliento; el horror le abrasaba la garganta. Dios mío, cuánto había sufrido. Los ojos le ardían por las lágrimas acumuladas, hasta que rebosaron y se le derramaron por las mejillas. Ni siquiera podía empezar a imaginarse la tortura, la angustia incesante que él había tenido que soportar. La mano le temblaba cuando fue a tocarle la piel cicatrizada y magullada. La apoyó con suavidad en una de las estrías, después se inclinó y apretó su boca sobre la piel tirante y oscura.

Ella oyó el sonido sibilante de la respiración de Natsu, percibió la tensión de sus músculos. Le volvió a rozar la piel con la boca dos veces más, como si con ello pudiera eliminar el dolor, borrar la horrible angustia que había sufrido.

Entonces Natsu se volvió con ojos penetrantes, sombríos por los terribles recuerdos, con una rabia que ahora parecía ir dirigida hacia a ella.

-Soy un criminal, Lucy. Traté de explicártelo, quise hacértelo ver. No maté a mi padre, pero he cometido otros crímenes, docenas de ellos, crímenes aún peores que el asesinato.

-No... - era una palabra susurrada. Lucy negó con la cabeza - No era lo mismo. Tú eras inocente. Luchabas por salvar la vida. No te merecías lo que te hicieron.

Él la aferró por los hombros, clavándole los dedos, tenso e implacable.

-¿Por qué no lo quieres ver? ¿Por qué te es tan difícil entenderlo? - miró a su izquierda, se acercó la llama de la vela al cuello.

-Esto me lo hicieron cuando estaba preso. Robé dinero, Lucy, en una pequeña iglesia. Asalté al vicario para conseguirlo, un hombre mayor que se interpuso en mi camino. Yo trataba de escapar de la plantación de arroz donde estaba preso. Necesitaba dinero para hacerlo, y no me importaba de dónde sacarlo. Cuando me capturaron, calentaron en el fuego una larga barra de hierro y me marcaron.

Lucy se quedó paralizada. Un fuego abrasador le empezó a arder en el estómago. ¡Cielo Santo!

Se frotó el tejido deformado de la piel del cuello.

-Por entonces yo era más grande y más fuerte que dos hombres de menor estatura juntos. Como trabajador convicto, valía más vivo que muerto. Si no, me habrían colgado sin más.

El corazón de Lucy se hizo trizas. La lástima que sentía por él la estrangulaba, llegando al borde de la náusea.

-Cuando al fin logré escapar tres años más tarde, puse mi cuello sobre la llama de una vela para borrar la gran L que habían marcado en ella. Una L espantosa y enorme, Lucy. Toda la gente de ese lugar sabía qué significaba esa L.

A Lucy se le escapó un sollozo.

-No lo soporto. No puedo oírlo.

Lucy dio un paso más, el que la acercaba definitivamente a él, le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la mejilla en su hombro. Amargos sollozos la sacudieron de pies a cabeza. Sintió la mano de Natsu, tímida al principio, que finalmente le acariciaba suavemente la espalda.

-No pasa nada, duquesa. Esos días quedaron atrás. Las cicatrices ya no me duelen.

Pero Lucy lloró aún con más ganas. Dios Santo, ¿cómo había podido soportarlo? ¿Cómo había logrado sobrevivir?

- Está bien - susurró él - Por favor, no llores. No merezco tus lágrimas, Lucy. Un hombre de mi clase no las merece.

Ya había dicho estas cosas varias veces. Ella se apartó para mirarlo, y lo vio a través de un telón de lágrimas.

-Ésas no son las únicas cicatrices que tienes, ¿verdad, Natsu? También están las que llevas adentro, que son mucho peores. Cuéntame qué has hecho, eso tan terrible que te tiene casi destruido. Sea lo que sea, lo hiciste por una razón. Luchabas por tu vida, por reparar el daño que te habían hecho. Cuéntamelo, Natsu, deja que comparta tu espantosa carga y ya verás cómo el tiempo se encargará de ir borrando el dolor.

Él se limitó a negar con la cabeza. Ya empezaba a asomar la sombra en sus ojos y le iba cubriendo el semblante.

-No me pidas eso, Lucy. Si algo te importo, no vuelvas a pedírmelo nunca más.

La mirada turbulenta delataba una profunda angustia que le llenaba el alma. La llevaba tan grabada en sus entrañas que Lucy sintió un dolor agudo en el corazón.

Ella quería abrazarlo, consolarlo. Quería ahuyentar su dolor, borrar los terribles recuerdos.

-Está bien, Natsu. No tienes que contarme nada si no quieres - se acercó a él para acariciarlo y apartó de su mejilla un mechón suelto de su pelo rosa.

Después se dio vuelta y comenzó a desabrocharse la bata. Le llevó más tiempo de lo normal debido al acusado temblor de sus dedos. Natsu no dijo nada cuando vio que la dejaba caer de sus hombros ni cuando se encaminó hacia su gran cama con baldaquín, y retiró las sábanas.

Él permanecía en las sombras, inmóvil, pero Lucy sentía su mirada clavada en ella, como un fuego abrasador, brillante, ensombrecido por el calor y las turbulentas emociones. Sin pensar en el pulso acelerado que sentía dentro del pecho ni en la calidez que empezaba a correrle por las venas, tiró de un extremo del camisón y se lo quitó por la cabeza.

Los ojos olivas y brillantes de Natsu vieron cómo lo arrojaba sobre la gran cama.

-Por favor... - Lucy comenzó a forcejear con la trenza, la desató y se soltó la melena, que le cayó sobre los hombros - Te necesito, Natsu, y sé que tú también me necesitas. Hazme el amor esta noche. Ayúdate a ti mismo y a mí también, para que podamos olvidar, aunque sólo sea por esta noche.

Transcurrieron largos momentos. Natsu no dijo nada. El corazón le latía intensamente, le golpeaba con fuerza en el pecho. Se mantuvo de pie, rígido, como si tuviera miedo de moverse, mirando a la joven que ya no era una joven a causa de él, a la mujer con quien se había casado y que, en realidad, no era su esposa.

Él cerró los ojos ante la imagen tentadora de la mujer tendida en su gran cama, con su seductor cuerpo desnudo sobre las sábanas blancas como la nieve. La melena dorada enmarcaba sus delicadas facciones y los labios carnosos, sensuales. Los senos blancos y lozanos apuntaban hacia arriba y estaban coronados con suaves pezones rosados. A la luz de la vela, un triángulo prohibido de sedoso vello castaño estaba anidado entre las piernas, desafiando sus caricias.

-Ven, Natsu.

Sus ojos marrones le imploraban que no la rechazara de nuevo.

A Natsu, que ya tenía una erección, le latía todo el cuerpo acalorado. La sangre corría hacia la rígida protuberancia de carne que le oprimía molestamente la bragueta de sus ceñidos pantalones. Día tras día, había tratado de bloquear su deseo por ella desde que habían dejado la posada. Había veces en que, de hecho, lo conseguía. Pero no era el caso de esa noche.

Lucy pasó la mano por el espacio vacío junto a ella, a modo de invitación.

-Ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta qué nos traerá el futuro. Necesito que me abraces, que me toques, que me hagas sentir a salvo. ¿Lo harás, Natsu?

La respiración de Natsu se aceleró, saliendo con una cadencia más corta y más rápida. La ansiedad le aumentaba a cada latido de su corazón, encendido por el brillo de su piel, la turgencia de sus pechos. Vio cómo se le endurecían los pezones hasta transformarse en dos pequeños picos enhiestos, tal vez por el frío que invadía la habitación o quizá por el hecho de saber que él la deseaba con toda su alma.

Su erección se acentuó, doliéndole con cada respiración. Deseaba meter ese rosado botón entre sus dientes, lamerlo y estimularlo hasta que ella se estremeciera y suplicara su posesión. Quería saquear esa dulce boca, invadirla con la lengua. Quería separar aquellas piernas esbeltas, llenarla con su dureza, penetrarla hasta que el deseo contra el que luchaba sin cesar quedara al fin saciado.

-¿Vienes?

Por todos los diablos, él era un simple mortal. Y la necesitaba con toda su alma. Empezó a desabrocharlos botones de los pantalones con manos temblorosas, soltó el primero y después el siguiente, se sentó y se quitó las botas.

Tal vez él tendría que pagar por su deseo. Lo más probable es que su destino fuese arder en el infierno pero, ¿qué más daba, un pecado más o menos, en una vida ensombrecida por tantos, por más de los que podía contar?

Él susurró el nombre de Lucy mientras se sentaba desnudo en la cama junto a ella.

-Dios santo, duquesa, te deseo con toda mi alma.

Una leve sonrisa afloró a los labios de Lucy. Desplazó la mirada de su rostro hacia sus hombros y después recorrió su pecho. Le pasó la mano por los chatos músculos de su estómago y se detuvo para mirar su sexo prominente.

-Eres muy hermoso. Y muy fuerte, Natsu, increíblemente viril. Ni siquiera las cicatrices que tienes pueden atenuar tu belleza.

Él sonrió sin darse cuenta, conmovido por la sinceridad de sus palabras.

-Se supone que soy yo quien ha de decir esas cosas.

Ella lo miró tras sus pobladas y castañas pestañas.

-¿Me crees hermosa?

-Creo que eres increíble.

Entonces la besó, tomó su boca con suavidad al principio, aunque lo que en realidad deseaba era conquistar, reclamar, poseer toda su esencia. Quería fundir su cuerpo con el de ella, que formara parte de él para que jamás lo olvidara.

Ella le devolvió los besos con mucha menos suavidad, exigiéndole que le demostrara su fortaleza, o tal vez, percibiendo sencillamente la urgencia de él, como tantas veces era capaz de hacer. Él soltó un gemido al sentir su pequeña lengua deslizándose en su boca y perdió definitivamente el control.

Las manos de Natsu recorrieron todo su cuerpo, percibiendo la suavidad de su piel, la dulzura de las colinas y los valles que la identificaban como mujer. Besó todo el recorrido de la piel hasta sus senos, se metió uno en la boca, lo saboreó y acarició hasta que ella se estremeció bajo su cuerpo. Después, la mano descendió y encontró su suavidad. Estaba mojada y caliente. La acarició profundamente; advirtió que el cuerpo de ella comenzaba a temblar y que le clavaba las manos en los hombros.

-Natsu -susurró ella mientras él le separaba las piernas con la rodilla - Necesito... necesito...

-Está bien, mi amor. Yo tengo lo que tú necesitas.

La penetró con una simple embestida que la llenó por completo e hizo de ellos un solo cuerpo. Fue un acto rápido y feroz, impulsado por una pasión bloqueada desde hacía tiempo, o tal vez por la desesperación. Al terminar, sus cuerpos quedaron unidos.

Pasaron breves momentos y él la volvió a poseer, esta vez más despacio, casi con parsimonia, saboreando la intimidad, sabiendo que estaba mal pero que el placer era tan intenso y el júbilo tan conmovedor, que no le importaba.

Después se quedó dormido, se sumió en el sueño más profundo y despreocupado que era capaz de recordar. Ya se preocuparía al día siguiente por la seguridad de Lucy y la propia y tomaría las decisiones que hicieran falta, por dolorosas que fueran.

Pero esta noche sólo existía esta pequeña mujer, y la paz que no había sentido en años. Lo último que registró fue el placer de sentirla acurrucada en sus brazos.


Espero que dejen un review por capitulo xD