Con la llegada de nuevos integrantes a nuestro grupo de escritores (Soncarmela, Kirari y Leny –debido al cambio de foro-) y el mantenimiento de los originales, he aquí el capítulo 20, con la introducción de los nuevos personajes del tren verde:
Capítulo 20: Huídas
Stingmon tragó saliva. Frente a él, los humanos se transformaban en formas que le eran familiares: SkullKightmon, Leomon, Kabukimon, Turuiemon, MadLeomon. Pidmon ya se había alejado de él, cuando estaba distraído, y se había acercado a Togemon. Estaba en una obvia situación de desventaja. Pero no estaba dispuesto a desertar.
Todos se miraban entre ellos, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir. Stingmon sabía que ese era el momento para actuar. Se abalanzó, a toda velocidad, hacia Samuel, el más pequeño de todos, y todavía no más que un humano, agarrándolo por el cuello y utilizándolo como escudo.
-¡Suéltame!- exclamó el joven de pelo azul. Sin embargo, su grito quedó ahogado cuando el portentoso brazo de Stingmon le tapó con un rápido gesto la boca. Trató de morderlo, pero le sujetaba con tanta fuerza la mandíbula que era imposible.
Madleomon hizo ademán de lanzarse a por Stingmon, sin embargo, Kabukimon se lo impidió. Había observado el agresivo estilo de combate de la leona, y, si hacía lo que pretendía, seguramente Samuel saldría malparado.
-Es mejor el combate indirecto.- susurró.
Pero la leona no atendía a razones. Dio un paso a delante y soltó un rugido. Stingmon no se inmutó. Leomon desenvainó su espada. No iba a dejar que Lara se apoderara de todo el protagonismo.
-¡Deteneos!- exclamó Sonia, quien se encontraba arrodillada junto al herido Togemon. Pidmon se encontraba junto a ella. Esperaba que sus conocimientos básicos de medicina sirvieran para algo.- Si atacáis, Samuel sufrirá todo el daño. ¿No veis lo rápido que es Stingmon?- Estaba en lo cierto. Todos lo que habían estado en el mercadillo habían comprobado la velocidad del insecto, así como su sangre fría.
Apollo, apartado del resto, contemplaba la lucha, impasible. Se había pasado la mañana montando y desmontando aquel instrumento que se había encontrado; y que ahora sostenía entre sus manos. Y cuando se había percatado del alboroto que había fuera, se había reunido con el resto. Estaba sorprendido con la presencia de más humanos, más era uno de los pocos que recordaba aquel tren rojo que partió junto con el azul. Pero lo que más le llamaba la atención era que ellos también podían transformarse. ¿Serían más poderosos que Amadeus y Dalia?
Sin embargo, no tenía tiempo de ponerse a pensar en esas cosas. Un nuevo enemigo había hecho acto de presencia, y tenía que pensar en un plan rápidamente. No estaban acostumbrados a ser tantos, y tampoco conocían sus poderes, por lo que la confusión y descoordinación jugarían en su contra. Aunque contaban con ventaja numérica, lo cual no estaba nada mal…
-¿A qué estáis esperando?- preguntó Stingmon, burlón. Comenzó a aletear sus alas más y más rápido, como si estuviera dispuesto a despegar; aunque no tenía intención de hacerlo: al menos, no por el momento.
Michel prestó especial atención a su amago. Si se decidía por alzar el vuelo, sería un problema, porque ninguno de ellos podía volar, aparte del Digimon con forma de ángel del otro grupo, y todavía no sabía lo eficiente que podía ser en una batalla.
Pidmon seguía atendiendo a Togemon junto con Sonia, pero no obtenían resultados. Se estaba poniendo bastante nervioso. Sonrió para sus adentros de forma amarga, intentando pensar en algo.
- Ninguno de tus doctorados te cualifica para tratar a un cactus, ¿verdad? - se limitó a decir, dirigiéndose a Erika.
La respuesta fue una mirada de enfado, de su amiga Sonia. No era tiempo de ponerse a reprochar: había que salvar a Togemon. Eso sin contar que derrotar a Stingmon era igual de importante. O incluso más. Pero a Sonia Stingmon le daba igual en esos momentos: ya se encargaría el resto de él. Ahora, ella, debía de estar con Togemon, a pesar de la impotencia que sentía por no poder ayudarle.
Aprovechando la confusión, las gemelas dieron un pequeño rodeo, y se situaron por detrás de Stingmon. Ninguno de sus compañeros se percató de lo que iban a hacer. Solo Yoshi se dio cuenta. Había pensado hacer algo similar, mas recordando el fracaso cuando trató de atacar a Thunderballmon por la espalda.
Con un ágil movimiento, Karin y Karon se abalanzaron sobre el insecto. Éste, sobresaltado, alzó levemente el vuelo, elevándose un par de metros. Extendió los brazos y golpeó con sus puños a las asesinas a sueldo, las cuales cayeron al suelo, inconscientes, junto con Samuel, quien se había escurrido de entre los brazos de Stingmon cuando este había agredido a las recién llegadas.
Turuiemon dio una voltereta y recogió al muchacho. Samuel le sonrió, aliviado de ya no estar preso. Pero su expresión cambió repentinamente cuando miró por encima del hombro del conejo.
-¡Cuidado! – gritó.
Turuiemon no tenía mucho tiempo de reacción, menos cuando estaba cargando al chico, pero pudo ver a Stigmon lanzándose contra ellos. Antes de poder pensar en algún ataque posible o un mero plan de escape, el puño del insecto le golpeó el hombro. Sin embargo no hubo tanto fuerza como esperaba y cuando volvió a abrir los ojos extrañada vio ante sí a la Madleomon, sujetando por la cabeza a Stingmon.
El conejo no se hizo de rogar y llevó a Samuel con el resto. Mientras el resto de humanos lo recibían más relajados y Turuiemon regresaba para comprobar el estado de las gemelas, Stingmon cogió impulso hacia delante, consiguiendo alzar las piernas y golpear a Madleomon en la cara, que lo soltó con un gruñido, retrocediendo un par de pasos. Pero en el suelo Skullknightmon lo estaba esperando. Sin esperar a que Stingmon recuperase el equilibrio lo golpeó con una de sus lanzas.
El insecto tuvo que retroceder, pero extendió de nuevo sus alas para detener el movimiento y aprovechó para alzarse un par de metros sobre el suelo. No le gustaba la situación. Su misión era encargarse de esos mocosos, pero pelear contra cinco adversarios – seis si Pidmon decidía unirse – al mismo tiempo iba a ser muy complicado. Necesitaba separarlos, o al menos derrotarlos rápidamente. Era obvio que no peleaban en equipo. Eso podría haber sido una ventaja para Stigmon. Podría. Si no peleaban en equipo era porque la mayoría parecía demasiado confiado en su fuerza como para permitir que fuera otro el que lo venciera, y eso significaba que estaban atentos a cualquier momento que uno de sus compañeros dejase de atacar para relevarlo en la labor.
Alzó un poco más el vuelo, buscando una forma de atacar a alguno de ellos, o al menos ir capturando a otro humano.
-¿Por qué no subes a por él? – le reprochó Madleomon a Pidmon. No quería tener que compartir enemigo con más gente, pero le irritaba un poco el desentendimiento del otro digimon.
Pidmon se limitó a encogerse de hombros y volvió la vista a Togemon. Erika se ponía más nerviosa por momentos y Sonia parecía a punto de explotar.
-¿Por qué no utilizáis ataques a distancia? – sugirió Kalvin. No mostraba la expresión de preocupación de Jack o la mueca de miedo de Hugo, pero desde que Stigmon había llegado mantuvo el ceño fruncido, mirando de vez en cuando a los digimon nuevos.
-Los esquivará – respondió Apollo, entrecerrando los ojos – puede volar más alto en cualquier momento y los ataques ni le rozarán.
-Pues quietos tampoco van a hacer mucho – murmuró Hugo. Lo único que quería en ese momento es que se librasen de Stigmon cuanto antes. Para una vez que encontraban un sitio que parecía mínimamente acogedor.
-¿Dónde está? – preguntó de pronto Phoenix, escudriñando el cielo.
El gruñido de Leomon atrajo su atención. El león miraba detenidamente el bosque, lo que es dio a entender que el enemigo se había ocultado entre los árboles. No era una mala idea en el fondo, su color verde lo hacía más complicado de distinguir y su velocidad no parecía reducirse demasiado por tener que esquivar los troncos.
El zumbido se hizo más fuerte y Leomon tuvo el tiempo justo para girarse, pero no para alzar la espada. El puño de Stingmon le alcanzó en el pecho. Reprimió otro gruñido y con una sonrisa de satisfacción por poder encargarse por fin del insecto levantó su arma. Arremetió varias veces, y aunque no acertó en todos los intentos no volvió a recibir ningún otro ataque.
-Acabemos con esto – dijo el león con satisfacción, alzando su puño, que estaba tomando tonalidades doradas.
Stigmon también guardo el aguijón que había utilizado para defenderse de la espada del otro y preparó su ataque. Ambos chocaron en el aire y Leomon comprobó irritado que no había tenido el efecto deseado.
-¡No!
El león miró confuso hacia la derecha. Turuiemon, aún con las armas preparadas para atacar mientras las gemelas despertaban poco a poco, miraba en su dirección. Madleomon había vuelto a cubrir su brazo de un aura morada y miraba también irritada al conejo. Kabukimon miró intrigada la escena, tenía que haber algo con ese ataque que molestaba o preocupaba al otro grupo, porque era la segunda vez que la detenían.
Aquel momento de distracción sirvió a Stigmon, que disparó de nuevo una multitud de agujas, lastimando a ambos leones. Skullknightmon tampoco estaba perdiendo el tiempo, de los ojos de su pecho salieron dos haces de luz que golpearon a Stigmon. Las alas del insecto no lo salvaron de dar varias volteretas hacia atrás esta vez, dirigiéndose hacia el resto de los humanos, que contuvieron una exclamación.
Una corriente de pétalos los salvó de cualquier golpe. Kabukimon se había puesto delante de ellos y había atrapado a Stingmon en otro ataque, todavía más directo que el que había recibido de Skullknightmon segundos antes. Cuando el insecto cayó al suelo se sentía ya bastante cansado y algo dolorido. Podría haber combatido un rato más, pero ya se había convencido de que no era buena idea contra todos ellos. Dejaría a esos soldados rasos un leve descanso mientras preparaba su siguiente movimiento, que no tardaría en llegar.
-Descansen soldados – les ordenó con serenidad mientras se levantaba – será la última vez – les prometió mientras alzaba de nuevo el vuelo.
Los humanos soltaron un suspiro de alivio, pero no podían evitar seguir preocupados. No estaban dispuestos a ignorar la amenaza de Stingmon, pero ahora tenían tiempo para recuperarse del combate, antes de la inevitable revancha.
Togemon seguía grave. La impotencia que sentía le recordó a Pidmon el momento que encontró su espíritu; recordó a la diosa y decidió que debía tranquilizarse. Cerró los ojos, se concentró en pensar alguna solución para Togemon, y sólo los abrió cuando se dio cuenta de que sus manos se estaban iluminando. Sentía que perdía fuerza. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que había pasado, ya había vuelto a su forma humana.
Togemon se incorporó, sorprendiendo a los que lo atendían. Estaba obviamente recuperado, y con sus renovadas fuerzas miró a David.
- Gracias – dijo, símplemente.
David le devolvía la mirada, confuso, todavía sin ser consciente de lo que había hecho. Cuando iba a preguntar por qué le daba las gracias, Apollo lo interrumpió.
- ¿Está Togemon bien?
En ese momento, Togemon se levantó por completo y estiró sus articulaciones. Apollo no cabía en su asombro.
- Estoy perfectamente – respondió.
Uno a uno, los que habían tomado parte en la batalla fueron recuperando sus formas humanas. El último fue Amadeus, y unos segundos después escuchó una voz horriblemente familiar a su espalda. Era la de Michel.
- ¡Hermano!
Se dio la vuelta, y lo vio lanzándose a sus brazos, pero no reaccionó. Se quedó inmóvil mientras su hermano lo abrazaba, aturdido por esta nueva situación.
- "Michel está aquí" - se repetía, intentando pensar en qué iba a hacer.
Los demás los observaban, confundiendo lo que veían con una agradable reunión familiar. Ninguno dijo nada, hasta que Kalvin lo creyó necesario.
- Deberíamos presentarnos, pero supongo que estaréis de acuerdo en que lo mejor será que entremos primero.
Los demás asintieron: tenían mucho de lo que hablar.
Togemon les condujo a la sala de los cojines, no sin antes sacar unos cuantos más para los nuevos invitados y preparar un rico, rico zumo de los suyos. También indicó a Floramon que llevara a las gemelas a la habitación contigua a la suya: pese a estar ya conscientes, seguían aturdidas y necesitaban reposo.
Todos tomaron asiento en el suelo, dividiéndose en dos grupos claramente diferenciados: a la derecha, los recién llegados, y a la izquierda aquellos que ya llevaban tiempo conviviendo con Togemon. Situado al fondo de la sala, y presidiendo la mesa baja que Togemon había colocado para que apoyaran los vasos, se encontraba el propio encargado del albergue.
-Vosotros debéis de ser los llamados "humanos del tren rojo".- rompió el hielo Togemon, con aquella enigmática sonrisa que le caracterizaba.- Los chicos me mencionaron cuando llegaron que también había otro tren como en el que llegaron ellos.
- Ahora que lo dices – mencionó Kalvin – También había un tren azul, ¿ibais en él?
- Efectivamente – respondió Dalia – Y nosotros tampoco sabemos quién nos convocó.
- Por no saber, tampoco sabemos cómo os habéis encontrado – comentó Jack.
-Creo que eso puedo aclararlo yo.- dijo Dalia, dispuesta a comenzar a contar la historia.- Cómo todos sabéis, Floramon y yo nos habíamos internado en el bosque para estudiar las plantas de la zona.- Dalia midió sus palabras en lo que buscaba a Floramon con la mirada. Ni rastro: aún debía de estar acomodando a las gemelas; o quizás se había retirado a descansar a su habitación. El resto del tren azul asintió a lo que decía: era dato conocido que visitar el bosque era una rutina ya adoptada por la pelirroja y la peculiar huésped.- Mientras nos internamos en la parte más profunda del bosque, oímos un ruido. –
-Una especie de explosión.- matizó Michel, aún eufórico por haber encontrado a su hermano. Al final las promesas de quien les había citado allí se iban cumpliendo. ¿Habría Amadeus pedido lo mismo?
Sin embargo, el moreno se encontraba con la mirada perdida, absorto en sus propios pensamientos…
-Eso es lo de menos.- comentó Hugo. – Lo importante es decir que en el bosque estaba aquella extraña tienda de campaña.-
-Sí, ya iba a decirlo.- respondió Dalia, algo molesta. Pero trató de no exteriorizarlo: debía causar mejor impresión a este grupo y no cometer los mismo errores que con sus compañeros.- Total, que nos acercamos a la tienda y…-
-Y se encontraron con nosotros.- interrumpió Hugo a la pelirroja.
Dalia le fulminó con la mirada, y acto seguido sonrió tiernamente.
-¿Y qué hacíais vosotros en la cabaña?- preguntó Jack, intrigado.
-Acabábamos de atravesar la sabana y nos habíamos internado en el bosque. Entramos en la cabaña para preguntar si alguien podía guiarnos.- explicó Kalvin, quien se encontraba completamente tumbado en el suelo.
-Y entonces fue cuando nos encontramos con ellos.- exclamó Ana, entretenida. Ahora que ya habían encontrado a otros humanos, sería algo más sencillo luchar contra aquellos monstruos que los atacaban. Además, quizá incluso podría hacer amigas: lo cierto es que no había hecho muy buenas migas con el resto del grupo. No porque no quisiera, sino porque había grietas por todos lados…
- Uno se llamaba Thunderballmon – dijo Lara, intentando recordar - Y los otros dos...
- Nohemon y Cyclonemon – completó Michel – Aunque supongo que vosotros ya los conocéis.
Dalia no pudo evitar pensar en Nohemon, y en su obsesión con ella. Lo curioso era que esa obsesión no evitaba que intentara matarla.
- Sí, han estado acosándonos desde que llegamos.
- A nosotros nos ha pasado algo similar – comentó Ana – Aunque nos han atacado otros.
Phoenix pensó en las batallas que habían tenido que hacer en esos últimos días.
- Ogremon y Ginkakumon nos persiguen. Y también está aquella sombra.
Se puso tenso recordando su encuentro con Devimon, y sus palabras, que lo anunciaban como a un futuro oponente.
- Eso quiere decir que en total hay por lo menos siete enemigos persiguiéndonos, si añadimos a Stingmon – comentó Apollo.
- Stingmon... Es ese que trajo la rubia, ¿no? - preguntó Miles.
Los del tren azul se miraron entre ellos; tardaron un momento en darse cuenta de a quién se refería.
- Aquí no hay ninguna rubia – dijo Samuel, mirando a David con cierto despecho.
Miles se quedó mirándolo, confuso, y sus compañeros parecían hacer lo mismo.
- Me llamo David...-
Los integrantes del tren rojo le miraron, incrédulos.
-No es la primera vez que me confunden.- admitió el joven. –Bueno, yo ya me he presentado. Quizás sería hora de que lo hiciéramos todos.-
Todos se miraron unos a otros. Un incómodo silencio inundó la sala.
-Como ya sabéis todos, yo soy Dalia.- se decidió a reanudar la conversación. Ella había sido la primera que había entablado el primer contacto con el tren rojo; y se encontraba algo más cómoda que el resto.
-Yo soy Kalvin.- dijo el rubio, incorporándose. Sus largos cabellos rubios y su mechón rojo le cubrían la mayor parte del rostro. Se los apartó para contemplar al resto. Lo cierto es que, a partir de ahora, si continuaban juntos, serían un grupo numeroso.
-Ana.- dijo tímidamente la chica.
Al caer en la cuenta de que había alguien más de su edad, el interés de Erika y Sonia se acrecentó.
-Nosotras somos Sonia y Erika.- presentó Sonia tanto a ella misma como a su amiga. Erika, a un lado, saludó con la mano. - Seguro que podemos ser muy buenas amigas.- Sonrió. Ana la devolvió la sonrisa.
-Yo soy Jack.- saludó efusivamente el joven pelirrojo tras tomar un sorbo del zumo.
-Y yo Lara.-
-¿La leona?- preguntó Apollo, interesado. Su estilo de combate era alocado, pero sus ataques eran ciertamente destructivos. Es más, incluso sus compañeros habían tenido que detenerla varias veces para que no usara una de sus técnicas especiales…
-La misma.-
-Mi nombre es Apollo.- contestó el muchacho. Dalia puso mala cara. Había oído a Sonia comentar algo cómo: "Quizás le gusten las pelirrojas." Lo cierto era que tanto Dalia como Lara tenían el pelo del mismo color, aunque el de la chica del tren rojo era de una tonalidad más oscura y apagada, además de que estaba bastante menos cuidado que el de la del tren azul.
- Yo soy Miles – dijo el atleta, haciéndose notar – El león.
- "Más bien el gatito" - pensó Hugo, antes de abrir la boca – Yo Hugo.
-Yo me llamó Samuel.- dijo el peli azul. Aún seguía aturdido después de su agradable encuentro con Stingmon.
-Yo soy Michel.- se presentó el chico de pelo blanco.- Y ese es mi hermano, Amadeus.- añadió, señalando al moreno, que se encontraba en frente suyo. Todos les miraron perplejos.
-¿Tienes un hermano y no nos habías comentado?- preguntó Sonia, perpleja.
-No creí que fuera importante.- contestó Amadeus, con desgana.- Además, desconocía el que estuviera aquí…-
-¡Pero ahora que el destino nos ha unido jamás volveremos a separarnos!- exclamó Michel, ciertamente emocionado.-
-Prosigamos con las presentaciones.- respondió rápidamente Amadeus. No quería escuchar ninguna palabra más.
-Creo que del tren rojo sólo quedo yo…- dijo Phoenix, desanimado. Entre los humanos del tren rojo, no se encontraba su amigo Fred…- Yo soy Phoenix.-
Todos tornaron entonces la mirada hacia Yoshi, que se encontraba en una esquina de la sala, totalmente callado, como siempre.
-¿Es que acaso no vas a presentarte?- preguntó Hugo, molesto.
-Yoshi…- dijo su nombre el joven, sin ganas, como si lo dejara caer en un profundo abismo.
-Bueno, parece que todos os conocéis…- dijo Togemon, contento.
-¿Y las gemelas?- preguntó Jack, interesado. Las había visto actuar frente a Stingmon. Su valor era admirable.
-Yo que tú no me acercaría mucho a ellas…- murmuró Hugo, por lo bajo.
-¿Por?- preguntó Apollo. Cualquier información que recabara le podría ser útil más adelante.
-Son asesinas a sueldo.- aclaró Kalvin.- vinieron aquí porque se pensaban que éste era su próximo encargo.-
Los jóvenes del tren azul tragaron saliva.
-Bueno chicos.- intervino Togemon para relajar la tensión que aquella revelación había creado.- Supongo que vosotros, los recién llegados.- dijo, girando la cabeza hacia los aludidos.- Deseareis quedaros aquí unos días a descansar, tal y como llevan haciendo mis chicos desde hace unos días.-
-¿Lleváis varios días disfrutando de estas comodidades?- preguntó Lara, incrédula.
-Una semana, más o menos.- precisó Erika.
-¡No me lo puedo creer!- exclamó Hugo. ¡Y nosotros durmiendo dentro del tren! ¡O en una cueva!-
-Nosotros también tuvimos que dormir en el tren, al principio…- dijo Sonia, tratando de arreglarlo. No quería llevarse mal con los recién llegados.
- Bueno, ahora vosotros también estáis aquí – dijo Togemon – Y supongo que estaréis hambrientos, así que, ¿por qué no os preparo algo?
Al oír eso, los rostros de los humanos del tren rojo se iluminaron. Togemon lo tomó como una respuesta afirmativa, y se dirigió a la cocina. David se ofreció a ayudarle, y entonces Ana hizo lo mismo. Sonia y Erika, sintiendo curiosidad por ella, se unieron al grupo de cocineros. La puerta se cerró, dejando a los que estaban fuera expectantes.
Mientras ellos escuchaban los sonidos desde el otro lado de la puerta, Dalia decidió buscar a Floramon. No tardó en encontrarla frente al mostrador de la recepción del albergue. Se encontraba apoyada en él, cansada. Acababa de acomodar a las gemelas, pero no en la habitación en la que había dicho Togemon, puesto que se encontraba demasiado cerca de la suya, y quizás alguno de los humanos podrían ver a Cyclonemon merodeando por allí, sino en las literas sobrantes de la habitación de las chicas. Y aun así quedaba otra litera para Erika y Sonia.
-Ha sido un día duro.- comentó el digimon. Dalia asintió.- Creo que voy a picar algo en la cocina y me iré a dormir.- se marchó hacia el lugar indicado, dejando a Dalia sola en la recepción.
Togemon, con tantos ayudantes, no tardaron apenas en preparar la cena. Tuvieron que traer más sillas de otras habitaciones, y también una mesa, más pequeña que la otra, para que hubiera sitio para todos. Sirvieron la cena, y una vez estuvieron todos sentados, comenzaron a comer. Ninguno dijo palabra: el tren rojo estaba ansioso por probar una comida decente. Después de las extrañas lechugas de los Karatsukinumemon, no habían probado bocado.
-Supongo que estaréis bastante cansados.- comentó Togemon. Los demás ni siquiera levantaron la cabeza del plato. –Así que podréis instalaros, e iros a dormir. Las chicas dormirán en la misma habitación, ya que hay literas de sobra y Floramon ya ha instalado allí a las gemelas. Mas en el caso de los chicos…- Apollo agudizó el oído. –Dormirán en la habitación de la planta baja, ya que las chicas finalmente no se instalaron allí.- Los demás hicieron un gesto afirmativo con la cabeza, sin dejar de comer.- Mañana podréis ducharos en el aseo de la planta de arriba.-
-Pero tened cuidado.- intervino Dalia.- Tengo allí un par de cosas preparadas…-
- ¿Cosas? - preguntó Kalvin, intentando hacerse una idea de cómo era esa chica-
- Sí, cosas – respondió Dalia, indiferente – Cosas que preferiríais no tocar.-
Sus compañeros del tren azul recordaron el primer día que se conocieron, cuando Dalia derribó a Thunderballmon con una sustancia desconocida. Se preguntaron si hablaba de algo similar, pero ninguno sacó el tema. Los del tren rojo no entendían a lo que se refería, y fue Miles quien preguntó por los demás.
- ¿No quieres que nadie use tus productos de belleza? - dijo, de manera socarrona.-
- Si esa respuesta te satisface, siempre y cuando no toques nada, podemos dejarla como verdadera.-
A Michel le intrigó una respuesta tan elusiva, así que decidió estar atento de ahora en adelante.
- Gracias por la comida - murmuró Ana a Togemon.-
En un momento, la atención de todos fue a ella.
- Tú has colaborado – respondió Togemon - ¿Quieres repetir?-
- N-No hace falta – dijo ella, intentando disimular su apetito.-
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, Togemon ya estaba poniendo más comida en su plato. Sonia no pudo evitar reírse, y contagió a Erika. Ana se rió, nerviosa, y le siguió Samuel. Hugo ponía mala cara, incapaz de encontrarle la gracia al asunto.
Después de la cena todos se fueron a sus habitaciones. Floramon estaba preocupada, porque la habitación que había intentado mantener libre había sido ocupada igualmente, pero intentó tranquilizarse y confiar en que Cyclonemon sería discreto. Estaba cansada; ese había sido un día ajetreado.
-Este es – les indicó Togemon.
Todos los chicos se inclinaron hacia delante, mirando su nueva habitación. No tenían muchas pertenencias, así que el traslado no había sido muy complicado. Al ver el asentimiento general, el digimon les deseó buenas noches y los dejó.
-¡Hermano! – gritó Michel, más contento de lo normal - ¡Compartamos litera!
Amadeus se dejó arrastrar, todavía intentando asimilar la llegada del otro, hasta la cama de abajo.
Yoshi, Miles, Phoenix y Kalvin ya se habían instalado en sus respectivas camas y Jack y Samuel charlaban alegremente en la cama del segundo. Hugo los miraba crítico, pero finalmente cedió al sueño y se fue a dormir bajo la cama de David. Apollo fue el último en acostarse. La llegada de un grupo tan grande como el suyo cambiaba sus ecuaciones. Sería demasiado difícil servirse de algunos de ellos o demasiado molesto, pero aún así necesitaba saber como tratar a cada uno.
Mientras en el grupo de las chicas la elección de camas fue más sencilla, pues algunas ya estaban ocupadas.
-Por fin una cama de verdad – gruñó Lara, aunque portaba una sonrisa de satisfacción.
-¿No temes despertarlas? – preguntó Erika, algo nerviosa.
Lara se subió a su cama de un saltó y miró hacia ellas. Se encogió de hombros y se dejó caer sobre la almohada ruidosamente.
-No son tan malas – aseguró tímidamente Ana – nos han ayudado un par de veces. Y no creo que nos hagan nada si no les damos una razón.
Erika y Sonia la miraron y asintieron. Al cabo de un rato las tres ya estaban charlando alegremente, aunque sin hacer demasiado ruido. No querían despertar a las gemelas ni a Lara, que amenazaba con empezar a roncar. Dalia observó la escena con los ojos entrecerrados. Si Ana se unía a la molesta parejita, no tardaría en ponerse en contra suya. Y entonces le única posible compañía femenina serían las gemelas y la otra pelirrojo. Se acostó desganada. Vaya panorama.
Con el paso del tiempo todos se fueron acostando, y empezaron a quedarse dormidos. La noche avanzaba y Amadeus empezó a dar vueltas en la cama. Estaba seguro de que no era el único que no podía dormir, o que por lo menos no podía dormir bien. Pero aún así no iba a perder el tiempo averiguándolo. Incapaz de conciliar el sueño decidió dar un paseo hasta el baño. Normalmente se tomaría un vaso de la primera cosa que encontrarse en la cocina, pero estaban en un albergue, y además uno del Digimundo, así que prefería conformarse con un trago del grifo. Además, la puerta de la cocina seguramente estuviese cerrada a esas horas.
Caminó con cuidado por los pasillos, pero sin llegar a andar muy despacio. Al llegar a las escaleras tuvo que recordar el camino en la oscuridad, pero enseguida estaba ya en el pequeño cuartito.
-No hay forma – murmuró con la ceja alzada – Togemon no puede caber aquí.
Acercó la mano al grifo, pero un ruido lo sobresaltó por detrás. Se quedó semigirado, la mano congelada y el oído atento. Pero como el silencio volvió a reinar concluyó que habría sido un chasquido de la madera del suelo y empezó a beber. Fue al acabar cuando volvió a oír un ruido. Con mucho cuidado se llevó las manos a la cintura. No encontró las dos pistolas que estaba buscando, pero cuando alcanzó su dispositivo lo agarró con fuerza y empezó a abrir la puerta.
Fuera todo seguía muy oscuro, y cuando creyó que no podría distinguir nada, un extraño movimiento llegó desde la pared del fondo. Como si hubiesen golpeado la superficie de un lago con un piedra, la piedra empezó a ondularse. La cabeza, pecho y manos de una nueva criatura empezaron a emerger justo en el medio del fenómeno. Amadeus abrió los ojos, sorprendido, y agarró el dispositivo más fuerte aún. Decidió aguantar el impulso a transformarse, quizás podría obtener algo de información si era paciente.
El digimon ya había acabado de salir y la pared había vuelto a la normalidad. Sin apenas ruido dio un par de pasos y aprovechó el cruce de pasillos para estirar sus alas. Por un momento pareció mirar hacia el baño donde todavía estaba Amadeus, pero rápidamente se acercó a la habitación más cercana y ningún sonido volvió a sonar. El chico tragó saliva y acordándose que respirar es necesario, tomó dos largas bocanadas antes de salir de su escondrijo. El dispositivo empezó a brillar débilmente, a medio camino de iniciar la transformación. Con mucho sigilo Amadeus trató de asomarse a la habitación donde el demonio acababa de entrar, pero sabiendo que era bastante probable que ya no estuviese, viendo su capacidad para atravesar paredes.
-Me alegra saber que no has corrido a avisar a los demás.
Amadeus saltó en su sitio, para acabar dejándose ver completamente. Si ya lo había visto qué más daba. El demonio lo estaba mirando desde el fondo de la habitación, pero a pesar de que se notaba que no era un digimon precisamente pacífico, en ningún momento pareció mostrar intención de querer pelear. Amadeus desconfió de esa apariencia y también ignoró el comentario del otro, levantando el dispositivo.
-Si haces eso no podremos conversar con tranquilidad – lo regañó Devimon con un claro tono de frustración y molestia.
El destello cesó de golpe y Amadeus volvió a bajar la mano. Ahora era él quién tenía el ceño fruncido.
-¿Conversar? – repitió la pregunta, como si se estuviese decidiendo si le sonaba insultante o simplemente extraño.
Devimon asintió, satisfecho de que el chico se estuviese planteando escucharle. Quizás no hubiese elegido tan mal. Le indicó que se acercase y Amadeus acabó entrando en la habitación, todavía con la mano en tensión y preparado para la más mínima señal. Aún así se permitió observar mejor la habitación con la débil luz que entraba por la ventana. No había camas, tan solo dos montones de paja en el suelo, y aunque Togemon mantenía limpia toda la casa, el olor delataba el uso de esa habitación. Algo así como una cuadra.
-¿Qué es lo que quieres? – preguntó Amadeus sin rodeos, provocando una leve mueca en la cara del digimon. No le gustaba ese tono.
-No he venido a atacaros, si es lo que piensas.
Amadeus lo miró largamente, sin variar su gesto.
-¿No me crees? Está bien, da igual.
El chico pensó que después de eso simplemente se daría la vuelta y se marcharía de nuevo. Aún que bien pensado sería estúpido llegar para marcharse a la mínima. En vez de eso, continuó hablando.
-Te he observado – comenzó, volviendo a estirar con suavidad sus alas – y he encontrado una pizca de odio en ti.
Devimon sonrió burlón al pronunciar la palabra "pizca".
-Quizás te interese un poco de ayuda para – aumentó su sonrisa – liquidar el asunto – Amadeus abrió impactado los ojos.
-No sé de que estas hablando.
La sonrisa del digimon despareció y descruzó sus brazos, dejando a la vista el tatuaje de su pecho. Se inclinó hacia delante, amenazante.
-No te hagas el idiota, humano – susurró – he visto ha muchos como tú, consumidos por la sed de venganza. Puedes hacer dos cosas – levantó dos dedos frente a Amadeus, que retrocedió por inercia – moverte a ciegas y acabar derrotado por tu propio odio; o aceptar mi ayuda y alcanzar tu objetivo.
-Puedo ocuparme de mis propios asuntos – le recordó con tono duro, una vez el otro se retiró.
-No lo dudo – se encogió de hombros – pero quizás quieras conservar la confianza de los otros – sonrió maliciosamente.
Amadeus apartó la mirada durante unos segundos y de repente volvió a levantar el dispositivo. Después de eso algo impactó en su pecho, extendiéndose por el resto del cuerpo, y sus pies se separaron del suelo. Parpadeó un par de veces. Devimon lo había golpeado con más rapidez de la que esperaba, haciéndole soltar la máquina, que ahora descansaba en uno de los montones de paja, y lo tenía agarrado dolorosamente del brazo. El digimon no tenía buen gesto.
-Pensaba que eras más sensato – el aliento le golpeó en la cara, ahora que estaban a la misma altura – te estoy dando una oportunidad. Una gran oportunidad – con la mano libre los señaló – si quisiese, podría matarte aquí y ahora, pero tengo otros planes.
Justo cuando pensaba que su brazo se rompería al estar tan estirado, Devimon lo soltó de golpe. Tropezó y acabó de rodillas en el suelo. Tras un par de segundos de silencio, Devimon inició su salida.
-Estás asquerosamente confuso, así que te dejaré algo de tiempo para que te des cuenta de que no tienes ninguna razón para rechazar mi ayuda. Ambos sabemos que no vas a abandonar tus objetivos.
-¿Qué ganarás tú con todo esto? – preguntó Amadeus, todavía sin cambiar de posición.
-¿Hay algún precio que no estés dispuesto a pagar?
El chico frunció el ceño y se giró para encararlo, pero el demonio había desaparecido. Maldito él y su habilidad para atravesar paredes. Trató de acompasar su respiración y solo cuando se puso en pie recuperó su dispositivo. Resignado volvió a su habitación, deteniéndose de vez en cuando a mitad de los pasillos, en busca de señales de la presencia de Devimon. Ahora tenía más cosas en las que pensar que antes.
Mientras tanto...
Entre una montaña de papeleo, una figura con capa roja y rostro desfigurado estudiaba técnicas de combate. Las frías paredes de piedra de la cripta, cubiertas de musgo, le proporcionaban el silencio necesario para su tarea. Quería estar preparado para cuando llegara su momento, que llegaría tarde o temprano, cuando el amo le diera la orden. Una voz suave voz femenina interrumpió sus pensamientos.
- Traigo noticias – decía.
Se giró, y allí la vio a ella, en el marco de la puerta. Bajaba las escaleras con elegancia, cada escalón marcado por el sonido de sus tacones.
- ¿Noticias?¿A qué te refieres?
Ella paró en mitad de la sala, manos a la espalda, mirándolo fijamente con sus ojos grises. Era la imagen de la inocencia, pero él la conocía lo suficiente para saber que no era así.
- Parece ser que el amo nos va a traer refuerzos.
Él tardó un poco en asimilarlo. Pensaba que ya eran más que suficientes.
- ¿Nuevos aliados? ¿Por qué? ¿Acaso los necesitamos?
- Es posible – respondió ella – Los humanos se han unido, y están superando las expectativas de todos. Además, nuestros compañeros son unos inútiles.
Sabía a qué compañeros se refería, pero no quería precipitarse con sus juicios.
- ¿No estás siendo un poco dura con ellos?
Ella simplemente se rió dulcemente. Su voz resonó en la húmeda estancia.
- No lo creo. Puede que tengan sus momentos de lucidez, pero como han demostrado hace nada, no tienen éxito ni uniendo sus fuerzas.
Él no pudo evitar suspirar, pero desconocía la verdadera fuerza de los humanos y reconocía la posibilidad de ser derrotado, cuando le llegara el momento de enfrentarse a ellos. Al fin y al cabo, él no era la favorita del amo.
- Aunque hay que reconocer que esos humanos son interesantes – prosiguió ella - Han conseguido que Stingmon huya con el rabo entre las piernas.
Él no pudo evitar mostrar su preocupación: Stingmon odiaba la huída. Si había huído, los humanos debían ser muy peligrosos.
- Pero ahora debo irme – dijo ella, dirigiéndose de nuevo hacia las escaleras – Tengo responsabilidades, y en cuanto a ti... - se giró para mirarlo una última vez – No te vendría mal seguir estudiando.
Él dirigió una mirada a sus papeles: le quedaba mucho por aprender.
Mientras tanto… en el Mundo Humano…
— Pendelmaschine —
La acariciaba lentamente y eso la aliviaba. Una noche antes se había agotado demasiado y ahora comenzaba a relajarse. Cerró los ojos y elevó el rostro permitiendo que las caricias circularan por su piel nívea. La calidez del agua la reconfortaba y luego del trabajo atareado de un día antes nada era mejor. Una silueta apareció antes sus ojos cerrados, sonreía de extremo a extremo de sus mejillas formando una curvatura que, muy diferente a una sonrisa común le causó un completo escalofrió. Sus ojos se abrieron de golpe. Bajó la vista y sus pestañas se curvearon hacía abajo. Observó el agua caer por las puntas de sus cabellos negros y chasqueó la lengua. Pasó sus manos por su rostro y las deslizó hasta su cuello elevando la vista nuevamente.
—Ha pasado otra vez.
[ . . . ]
Se crispó y sus ojos se abrieron de golpe. Se sorprendió así mismo por lo sobresaltada de su respiración que poco a poco se fue relajando. Rodó la cabeza sobre la suavidad de su almohada hasta notar la hora que marcaba su despertador. Aún era demasiado temprano para una persona floja como él. Se sentó en su cama y permaneció de esa manera unos instantes. Llevó su mano a su frente; estaba sudando. Bajó su mano y echó la cabeza hacía atrás sin acostarse. Miró el techo blanco de la habitación y permaneció de esa manera meditando.
—Otra vez esa maldita pesadilla. — Escupió, quejándose.
[ . . . ]
—¡5 minutos para la prueba de sonido!. — Una femenina había hablado del otro lado de su puerta luego de haber tocado. En el interior la chica miraba su reflejo en el espejo.
Hace una mes exactamente aceptó el protagonismo de una película y en poco tiempo ya había llamado la atención, no precisamente por el papel, o por la trama de la película; era una más del montón, así lo pensaba ella, sin embargo, lo que realmente causaba revuelta era que quien haría del protagonista masculino era Nathan Veldecker, ni más ni menos que su exnovio. ¿Y qué era más llamativo que una ex-pareja interpretando a una pareja en una película?. Parecía ser que para los medios no había nada más interesante, pues, literalmente, se la pasaban espiando su vida y sus movimientos esperando a que repentinamente la antigua relación volviera a dar frutos. "—Ridículo.—"; pensaba ella cada vez que aquel tema pasaba por su cabeza
—¡Señorita Graham!. La prueba de sonido ya va a comenzar. — Graham se incorporó de su asiento retirando con sus piernas las patas de la silla, ese ruido le indicó a la persona del otro lado de la puerta que la artista estaba lista.
La verdad era, que para aquella miembro del Staff, era extraño que llamaran a una modelo para realizar el trabajo de una actriz, varías habían audicionado para el papel y todas eran bastante buenas, quizá pedirle a una chica como ella dicho trabajo había sido una pérdida de tiempo. Aunque la verdad no sabía demasiado, era su primer día dentro del Staff luego de las audiciones. Sacudió su cabeza, debía avisar al otro papel principal que era el momento de salir.
[ . . . ]
Bostezó con desinterés. Estaba recostado y con ambas manos cruzadas tras su cabeza. Él era el primer artista caprichudo que pedía una cama para su camerino, era flojo al mismo nivel de su talento y era por eso que sin una cama se había negado rotundamente a trabajar. Observaba el televisor encendido, pasaban una noticia de la entrevista de un día anterior en la que ella y su compañera habían aparecido. Nuevamente se encontraban haciendo especulaciones acerca de sus movimientos corporales y sus miradas afirmando que eran mensaje subliminales que se mandaban el uno al otro. No evitó soltar una carcajada ronca. Le divertía infinitamente ver eso, sobre todo, porque habían pasado ya algunos años y ellos no parecían olvidarlo. De momento se serio, tampoco olvidarían su desliz de ese mismo tiempo. No dejó que lo atormentara más y una sonrisa caníbal se asomó por la comisura de sus labios; finalmente esa era su sonrisa representativa.
—¡Joven Veldecker…!
—Ya voy. — Pronunció interrumpiéndola—. Ah, nadie me deja descansar como es debido. — Se sentó en la cama con desgana y deslizó su mano por su cuello—. ¿Y si se suspende por hoy?. — Cuestionó mirando el suelo.
—¡Pero eso…!. — La voz de la chica quedó muda de momento y Veldecker miró de reojo la puerta. Tocaron del otro lado, un toque pausado pero lo suficientemente fuerte como para hacerlo levantarse; reconocía perfectamente de quien era aquel sonido. Caminó arrastrando los pies y abrió la puerta. No se había equivocado.
—¿Quieres apresurarte?. Tengo algo que hacer luego de esto. — Pronunció. Tenía los brazos cruzados bajo su busto. El aludido cerró la puerta y llevó las manos tras su cabeza para comenzar a caminar a la dirección que les habían indicado.
—Valla que te has hecho aburrida, Lilian.
—Sería diferente si tomaras tu trabajo como se debe, Nathan. — La aludida vio en la dirección donde hace segundo estaba el muchacho, ahora ya no estaba allí y lo observó un poco más adelante.
— ¿Qué?. ¿Piensas quedarte allí?. — La miraba de soslayo ya había avanzado una buena distancia. Sin responder ella comenzó a avanzar y cuando la tuvo a su lado él volvió a andar a su par. No se hablaban o cruzaban palabras al azar—. ¿Viste ya los reportajes?. — Habló intentando romper el silencio bajando sus manos detrás de su cabeza. Lilian asintió.
—Exageran el asunto, igual que siempre.
—¿Y acerca de…?. — Lilian lo observó de reojo, sabía que preguntaría.
—No tengo pistas. — Zanjó.
[ . . . ]
Tras haber terminado no tardaron mucho en tomar el mismo camino a sus camerinos para retirarse. Lilian fue la primera que luego de agradecimientos fue en esa dirección. Una vez que entró su camerino notó una luz parpadeante exigiendo atención. Era el indicador LED de su celular. Lo tomó y deslizó su dedo por la pantalla táctil. No tenía un remitente y eso llamó su atención.
—¿Qué tipo de broma es esta?. — Leyó nuevamente el contenido—. Una broma, eso debe ser. — No le dio más importancia, pero cuando estuvo a punto de guardarlo volvió a sonar.
Se crispó violentamente y tardó instante en recomponerse. ¿Cómo carajo había obtenido una respuesta?. Ahora estaba convencida de que no era una broma. Una idea cruzó su mente, tomó sus cosas con rapidez y salió de su camerino hasta llegar a donde quería. No se molestó en tocar, de hecho, abrió la puerta dando un portazo contra la pared. El albino estaba sentado en la silla con el peso de su cuerpo en el respaldo y sus pies arriba de la mesa, se sobresaltó tras su entrada pero no tuvo tiempo de reaccionar. Lilian tiró de la silla tirando sus pies y azotó sus manos violentamente en las coderas de su asiento.
—¡¿Qué demonios te pasa?!. — Gritó exasperante la Graham acercando su rostro violentamente hasta el de él. Nathan seguía sin reaccionar y la observaba dubitativo—. ¡Responde, Veldecker!.
—¿Tú de qué estás hablando?. Ve que irrumpir violentamente mi espacio. — Lilian retiró despacio su rostro y lo observó. No mentía, lo sabía. Una sonrisa apareció en los labios de Veldecker—. ¿O es que acaso viniste para jugar?. — Cuestionó con un tono pícaro que había sido ignorado por la muchacha. Lilian se había retirado y se había retrancado en la mesa.
—Entonces… ¿Quién lo envió?. — Sacó su celular releyendo aquel mensaje.
—¿Qué cosa?. — Lilian extendió su teléfono a Nathan que lo sujetó y leyó. Sus ojos se pusieron en blanco—. Éste mensaje.
—Creí que lo habías enviado tú, eres el único que sabe del tema y creí era una de tus malditas bromas. — Arqueó una ceja. Ahora ella no estaba siendo escuchada. Veldecker había sacado su celular y lo había extendido a la chica—. ¿Qué?.
—Lee. — Pronunció y ella obedeció. Como él, se sorprendió tras el mensaje. Decían exactamente lo mismo solo que llevaba el nombre del albino. Cruzaron miradas el uno con el otro—. Lo recibí poco antes de que llegaras. — Lilian analizó las cosas en su mente. — ¿Crees que el remitente llegué a ser alguno de ellos?. — Cuestionó. Tenía razón, claro que la tenía y era algo que se había planteado también. Nathan escuchó un ruidillo de afuera y giró la vista a la puerta—. Vamos a mi casa, parece que llamamos la atención.
[ . . . ]
Los celulares estaban depositados en la mesa y justo al frente de ellos estaban dos personas sentadas. Pensaban detenidamente que harían, un movimiento en falso y no la contarían, no como quisieran claramente. Sus mentes los bombardeaban con un sinfín de ideas, ya antes había pasado algo similar, pero tenía un destinatario, números al azar en código, pero lo había, éste sin embargo, era desconocido. Nathan meditaba menos que Graham pues la observaba de soslayo esperando su decisión. Los celulares volvieron a emitir un sonido y ambos tomaron el que les correspondía.
Ambos se sobresaltaron. Aquel término era uno que usaban para un caso específico y pocos los llamaban de aquella manera, si había un remitente desconocido que los llamaba de esa manera debía conocerlos, de algún lado. Lilian apretó sus manos y se incorporó y volteó a ver al albino que la observó expectante.
—Yo iré. — Pronunció. El chico medió sonrió, ya esperaba aquella respuesta de su parte. Él también se levantó y fue a una de las habitaciones de su hogar. Lilian lo observó en silencio. Regresó y lanzó un estuche negro que ella atrapó fácilmente—. Esto es. — Nathan asintió.
—Me adelanté a tu decisión. — Pronunció guiñando un ojo y chocando sus manos a dos partes de su cuerpo indicando que también estaba listo. Lilian se acercó a la ventana notando por entre las cortinas dos carros afuera—. No saldremos por allí, si ponemos un pie fuera harán lo posible por cuidarnos por el contrato. — La adrenalina circulaba violentamente por sus cuerpos y eso le hizo a Graham medió sonreír.
[ . . . ]
Se detuvieron frente a la entrada a la estación. Habían sido lo suficientemente rápidos como para evitar ser notados por sus guardaespaldas. La mirada de Nathan se puso más seria de lo normal. Era un lugar público. ¿En verdad harían un movimiento en una estación?. Algo no concordaba con las cosas, eso no concordaba con los modus operandi habitual. Algo no cuadraba en todo lo que estaba ocurriendo.
—Sé lo que piensas. — Llamó su atención Lilian—. Pero solo existe una forma de averiguar lo que está pasando.
— Soy consciente de eso. — Afirmó Veldecker.
Ambos ingresaron al lugar y comenzaron a moverse en dirección a los trenes. Nuevamente el sonido de sus celulares llamó su atención haciendo que ambos los sacaran.
Chocaron miradas. Justo el ascensor a su lado abrió sus puertas permitiendo su ingreso invitándolos cortésmente a subir. No dudaron en hacerlo y una vez dentro las aduanas se cerraron. Antes de tener la oportunidad de cuestionarse a que piso ir el elevador funcionó por si solo comenzando a moverse.
—Estamos descendiendo. — Pronunció Nathan llevando sus manos a dos partes de su cuerpo. Lilian asintió subiendo su mano hasta el extremo superior de la funda que llevaba tras su espalda.
Ambas puertas se abrieron y ambos se sorprendieron. Del otro lado no había nadie, aún más, solo había un tren enfrente. Se observaron uno a otro y salieron, escucharon tras de sí el sonido de las puertas cerrándose. A pesar de la tranquilidad no se relajaron inmediatamente.
—¿Qué es esto?. — Cuestionó Nathan. Lilian permanecía analizando su alrededor. Bajó la mano que sujetaba la funda—. Parece estar vacío. — Como ella retiró las manos de aquellas partes de su cuerpo.
—Las apariencias engañan. — Un tintinar llamó su atención nuevamente e hicieron el mismo movimiento anterior.
—¿Tenemos opción?. — Habló Nathan sarcásticamente.
Lilian se adelantó seguida de Nathan. Ambos abordaron el tren y las puertas se cerraron tras ellos. Dentro todo estaba completamente vacío, al menos en el vagón donde ellos se encontraban. Pocos instantes luego comenzó el movimiento. Un pensamiento circuló momentáneamente sus mentes: "—¿En que terminamos metidos?
-Onee-san, llegare tarde ¿puedes darte prisa?- la chica comenzaba a desesperarse si su "querida Onee-san" no se apresuraba en bajar de nuevo llegaría tarde al instituto
-Sí, sí, tranquila Hoshi- le calmó una joven mujer de al menos unos 25 años de edad , cabello oscuro, piel blanca era como una hermosa muñeca de porcelana, la verdad admiraba la belleza de su Onee-san.
-Onee-san tardas demasiado- dijo con un puchero la joven
-La belleza lleva tiempo- respondió con un aire de arrogancia la aludida agitando su cabello, lo que causo que la menor le recorriera una gota por la nuca, su atención fue capturada por el sonido de alarma del reloj.
-Ahhh, ahh llegaré tarde- comenzó a gritar la chica a su Onee-san
-Vamos- le mayor tomo el brazo de la joven, la saco a rastras y la hizo subir a su auto.
El sudor frío corría por su frente, su estómago comenzaba a revolverse y su corazón latía a mil por hora en un repentino segundo vio pasar toda su vida por su mente, Hoshi se encontraba en el auto con su Onee-san y esta conducía como una loca alcohólica, e incluso casi arrolla a alguien.
-¡Estás loca!- grito Hoshi mientras se sujetaba de su cinturón
-¿No querías llegar tarde no?- se defendió la mayor
-Ahhhh,¡ PARA! ¡PARA!- gritaba la joven con terror, mientras cerraba con fuerza sus ojos
-¡Llegamos!- afirmo con una sonrisa la mayor frenando frente al instituto de la menor
-¡Ahhh, tierra! Linda tierra!- gritó la joven saltando del auto y cayendo de rodillas al suelo
-Eres una dramática- se quejó la mayor con un puchero
-Ah, hola Hikaru-san - saludo una joven, de cabello rubio quien se dirigía a al auto
-Vaya si es Natsume-chan - saludó la mayor con una sonrisa a la joven
- ¿Qué le pasa a Hoshi-chan?- pregunto al ver a la morena aferrándose al suelo, Hikaru solo se encogió de hombros con una tierna sonrisa
-Hikaru Onee-san -Hoshi se incorporó y sacudió su falda con suma indiferencia, mientras le dedicaba una mirada terrorífica a la mayor, quien solamente la ignoro.
-Me voy Hoshi, recuerda llegar temprano hoy al Café- le dijo Hikaru, y se marchó a toda velocidad
-¿Creí que hoy seria tu día libre?- pregunto Natsume, claro se notaba que era muy buena amiga de Hoshi
-No Hikaru Onee-san lo traslado para la próxima semana- anuncio con fastidio Hoshi
Las clases transcurrieron de una forma tranquila y normal, incluso aburridas en opinión de Hoshi, al terminar las clases Hoshi se despidió de su amiga Natsume y se dirigió al Café de su Onee-san.
Camino al metro su celular vibro, pensando que era su Onee-san lo cogió rápidamente pero noto que solo era un mensaje de texto.
"¿Quieres volver a ser feliz?"
Hoshi bajo su cabeza un segundo y apretó con fuerza su móvil, después de eso se echo a reír y guardo su móvil, pero que mala broma claro que ella era feliz, las personas no sabían nada acerca de ella o se su felicidad era feliz ¿no?
-Si claro.. muy feliz- susurró con un hilo de voz, su atención fue captada por su móvil , nuevamente volvió a vibrar muy insegura lo tomo y se alivió al ver que era su Onee-san
-Hola..- contesto
-¿Dónde?- grito del otro lado del teléfono su Onee-san
-Ya voy en camino- respondió la chica con un deje de inseguridad
-Bien date prisa- dijo la mayor para luego cortar la llamada.
Con un suspiro de resignación Hoshi corrió hacia la estación y tomo el metro que la dejaría cerca del Café de su Onee-san
-Hikaru Onee-san, llegue- dijo Hoshi entrando a dicho establecimiento
-Hoshi, mi pequeña has tardado un siglo creí que algo te había sucedido - la mayor hizo su aparición y apretujo a Hoshi en sus brazos, Hoshi solo se retorcía para poder liberarse del abrazo mortal de su Onee-san mientras se se decía a si misma lo Bipolar que era su Onee-san.
-Hoshi-chan - saludo una joven de cabellos castaños vestida de maid
-Ahh Mikan-san - saludo Hoshi con una sonrisa aun tratando de zafarse del agarre de su Onee-san
-Hoshi-chan no puedes culpar a Hikaru-san estábamos preocupadas por ti- dijo casi en llanto Mikan lanzándose hacia Hoshi y abrazándola de igual forma que Hikaru
-Ten quiero que vayas al mercado por estas cosas- le dijo Hikaru soltándola y dándole un lista de variados alimentos
-Etto...- Hoshi observo el trozo de papel con sumo fastidio, en realidad solo la quería de mandadera, su Onee-san realmente era un sinica, con fastidio tomo la hoja y salió de la tienda dando fuertes zancadas.
Hoshi caminaba con fastidio, cuando escucho una voz que le susurraba : Felicidad, la chica paro en seco y observo su alrededor no había nadie, sacudiendo su cabeza se dirigió a la estación Shibuya, mientras esperaba el metro su móvil vibro nuevamente
"Ve a la estación Shibuya"
-Ya estoy en la estación Shibuya- dijo la chica con un bufido, su móvil vibro nuevamente
"Toma el ascensor"
-¿Ascensor? ¿Qué ascensor?- pregunto la chica con curiosidad, como si alguien estuviera escuchando su pregunta el sonido de un ascensor sonó a su espalda, rápidamente la joven giro y vio el dichoso ascensor.
-No, lo haré- se dijo a si misma virándose de nuevo y dispuesta a esperar el metro para que la llevara al mercado por las compras de su hermana, su móvil vibro una última vez
"¿Quieres volver a ver a tu familia una vez más? Ve al ascensor y toma el tren" la chica se quedo estática,¿Su familia? ¿Pero cómo..? Eso era imposible, ¿quién jugaba con sus emociones? llena de rabia Hoshi se viro y entro al ascensor sin importarle nada presiono un botón en específico, el ascensor se cerró y comenzó a descender , en el descenso este se sacudió tan fuerte que Hoshi cayo sentada al suelo. Se dijo a si misma que cuando encontrase al autor de esta mala broma le golpearía.
-Ouch- se quejó la joven incorporándose y saliendo del ascensor, se vio en una extraña sala donde se apreciaban un sin fin de extraños trenes con distinto diseños.- ¿Que es este lugar?- el mensaje llego a su mente como un rayo "Toma el tren".
Un poco indecisa y asustada la joven camino hasta uno de los trenes y lo abordo, preguntándose qué le esperaba después, seguro su Onee-san se molestaría por su llegada tarde pero le contaría su "aventura" y seguro entendería.
Era un día normal, como muchos otros. Lendeira hacía lo de siempre, sentarse en el sofá y mirar la televisión mientras que esperaba que hicieran la comida. Sabía que le tocaría sentarse sola delante de la mesa, como de costumbre. Ya ni siquiera se lo pedía a los criados, odiaba observar la cara de lástima de ellos hacia su persona. Y no le gustaba, por eso prefería que le trajeran la comida a su habitación, pero sus padres —a pesar de no encontrarse nunca en casa— la obligaban a comer en la mesa.
Se levantó del sofá y fue hasta la ventana para mirar el cielo. Azul, con nubes blancas, el sol en la cima... hermoso, a su manera. Pero para Lendeira era un día aburrido. Le gustaba la lluvia, escuchar las gotas caer sobre el cristal y el cielo encapotado de nubes grises.
—Señorita, la comida ya está —anunció una chica joven apareciendo por su habitación.
Lendeira se giró y asintió lentamente con la cabeza. Sus padres podrían tener mucho dinero para comprar una gran casa, tener criados y darle lo que ella quisiera, pero lo único que pedía no lo obtenía: pasar tiempo con ella. A veces pensaba que sus padres no querían una hija, que solo la veían como un muñeco que se quedaba en casa para no hacer nada.
Dejando de lado esos pensamientos, salió de la habitación para dirigirse hasta el salón. Constituido por varios sofás, una televisión, muebles de pared, librerías, una mesa pequeña en el medio y en la esquina una más grande donde podían caber diez personas. Irónico, pensó Lendeira, porque ahí siempre se sentaba una persona o dos como mucho.
Comió en silencio, sin encender la tele. No tenía mucho apetito, pero era un día sumamente aburrido. Ya ni siquiera tenía amistades, porque no conseguía confiar en nadie. Todos la miraban como la niña mimada de papás, a pesar de no serlo, y como alguien a quien sacarle regalos en los cumpleaños. Había aprendido a confiar solo en sí misma.
Oteó con atención el salón, parándose en los trofeos que había encima de los muebles. Todos ganados por ella. Le encantaba el deporte. Sabía defenderse de muchas maneras y pelear, pero no lo había hecho por temer a la gente de fuera, los guardaespaldas se encargaban de vigilarla las veinticuatro horas del día, sino para hacer algo en su vida. Hacía multitud de cosas para no aburrirse, pero ya lo había hecho todo, ahora su vida era monótona. Todos los días lo mismo, sin nada nuevo. Pedía una aventura a gritos, escapar de esa casa y vivir algo distinto. Pero, en el fondo, sabía que era imposible.
Agradeció a las cocineras la comida y volvió a su habitación para que pasaran las horas. Era su sala, donde se encontraba a gusto. Lo tenía todo en ella, un sofá para acomodarse, una cama gigante y una televisión pegada a la pared donde podía ver lo que quisiera. Sin embargo, en el momento en que cogía el mando, el móvil le sonó. Era la música característica de cuando recibía un mensaje.
No le interesaba mucho los teléfonos pero sus padres le habían dado uno para "comunicarse con ella", aunque nunca llamaban porque estaban demasiado ocupados. La muchacha ni se levantó para coger el móvil que estaba en la cama. Encendió la televisión e hizo como si nada hubiera pasado. Pero volvieron a mandarle otro mensaje, y otro, hasta que no tuvo otro remedio que ir a verlo.
Se sorprendió cuando lo abrió. No era nadie de la agenda, se trataba de un número desconocido y las palabras mostraban lo que ella deseaba. Era demasiado perfecto para que fuera real, pero se lo habían mandado tres veces, el mismo:
¿Una aventura es lo que deseas? Ves a la estación, allí te espera.
¿Allí te espera? Volvió a leer la muchacha, desconcertada. ¿La propia aventura hablaba? ¿Qué significaba todo aquello? No obstante, tenía muchas ganas de salir de casa y descubrir si aquello era cierto. Sonrió sin poder evitarlo al pensar que haría algo nuevo.
Corrió al lavabo sin prestar atención a las miradas de sorpresa de los criados. Tendía a ser una chica tranquila, que iba con lentitud a todas partes, pero esa vez era distinto. Algo le hacía moverse así, estaba contenta, nerviosa, y le encantaba sentirse así.
Se miró al espejo. Todavía no podía creerse que fuera a salir. Se peinó rápidamente el cabello largo castaño. Notó como sus ojos azules sonreían en el cristal. Y era verdad, estaba alegre por primera vez después de mucho tiempo. Cuando finalizó y se puso nueva ropa —estaba en pijama— se despidió de los integrantes de la casa y fue a por la bicicleta. Enseguida se percató de que los guardaespaldas se subían al automóvil negro para seguirla de cerca.
Suspiró. Nunca le decían donde debía o no debía ir, pero si la observaban en todo momento. Eso la molestaba un poco, pero prefirió no hacerles caso y salir enseguida de la casa. Llevaba el móvil en la chaqueta por si esa "persona" del mensaje le daba más detalles. No podía responderle ni preguntarle nada todavía.
Llegó a la estación cansada, agitada y cada vez más nerviosa. Echó un rápido vistazo hacia atrás. Los Guardaespaldas no podían ir hasta allí en coche. Uno de ellos se bajó del carro y caminó a una prudente distancia de ella, pero siguiéndola de todos modos. La joven dejó la bicicleta con candado en una parte y se adentró en la estación. Al instante, y produciéndola otra sonrisa, recibió otro mensaje. Esta vez decía algo diferente:
Sube al ascensor, éste te llevará a la verdadera aventura
Cuando entró, el botón del ascensor se encendió solo. Frunció el ceño, pensando por un momento que le estaba haciendo caso a alguien que no conocía. Pero dejó de preocuparse al darse cuenta que tenía idea de defenderse. Era rápida, podría escapar. Y los guardaespaldas estaban cerca, gritaría si le hacía falta.
Llegó hasta bajo, las puertas del ascensor se abrieron y se vio sola de nuevo. Había llegado a pensar que se trataría de su tío, la persona que la había cuidado y que dos meses atrás había tenido que marcharse por un asunto a otro país. Su tío sabía como era, que le gustaba la aventura y las sorpresas. Pero no se encontró con su tío, y mucho menos con nadie. Lo único que veía era un tren verde, como si la estuviera esperando.
Salió del ascensor y éste se cerró de golpe. Lendeira apretó el botón pero no se abrió. El móvil le vibró de nuevo. Otro mensaje. Lo leyó:
Entra al tren y vivirás la aventura...
—No tengo otra opción —pensó, encogiéndose de hombros.
Y sin pensar mucho en las consecuencias de hacer caso a unos mensajes desconocidos, dio un par de pasos y subió al tren.
"Ahora que los dos trenes originales se han reunido, mucho antes de lo previsto; me he propuesto llamar a un grupo más pequeño de humanos, para que me sirvan. Estos, huyendo del Mundo Real que nada les ha aportado, serán a partir de ahora mis acólitos, y ayudarán a mis espíritus a derrotar a los humanos que iniciaron este juego de guerra. Será divertido: o eso espero…"
