Ep. 21: Silencio
Llevaba casi un mes casada. Treinta días acostumbrándose al peso ridículamente excesivo de la gema que ahora adornaba su dedo anular, regocijándose de sentir al fin moverse a su hijita en su vientre, paseando por los bellos jardines en compañía de Scorpius para destensar sus agarrotadas piernas, leyendo todavía más libros sobre la maternidad que Narcissa le había traído... y treinta días en los que (casi) no había pronunciado una sola palabra.
Sí, Hermione se lo había tomado muy en serio. No era estúpida para pillarse una rabieta y despotricar contra Malfoy sobre lo que la había obligado a hacer, cuando ya no podía remediarse. Podían estar unidos en matrimonio, pero eso no significaba que ella fuese a aceptarlo por las buenas; oh no, de eso nada. ¿Malfoy quería las cosas así? Pues muy bien, ahora que se apañase con lo que había obtenido. Si ella pudiera usar todo el poder de su varita, otro gallo cantaría... pero en esas circunstancias, donde sus habilidades y capacidades estaban restringidas por los conjuros de la familia de su marido (por Merlín, qué mal sonaba eso), era lo único con lo que podía defenderse y mostrar su opinión al respecto.
Ni una palabra, ni un gesto, ni siquiera una mirada... absolutamente nada. Para Hermione, era como si Malfoy no existiera. Le ignoraba en todo momento, y cuando a la fuerza él se colocaba ante sus ojos, ella simplemente desviaba la vista, para frustración del slytheriano. Más de una vez él había intentado sacarla de su mutismo, tentándola con cosas que sabía Hermione querría conocer: avances en las leyes por el Ministerio de Magia, nuevas especies mágicas catalogadas biológicamente por Luna y Neville, una redada de aurores en la que algunos habían salido heridos... en esa ocasión, la castaña tuvo que morderse el labio para contenerse de preguntar si Harry o Ron estaban entre ellos. Sin embargo logró resistir, enfureciendo repetidamente a Malfoy, aunque se quedó sin saber nada.
Suspirando, Hermione dejó que su mirada vagase más allá de la ventana en la que se encontraba leyendo. Era mediodía, el Sol brillaba con fuerza, y el intenso calor que traía Julio lo hacía inadecuado para pasear, tanto si eras una mujer embarazada como un niño de apenas año y medio. Nuevamente su paseo con el querubín debería esperar hasta después de la merienda, cuando se levantase de su siesta y la temperatura hubiera bajado... justo el momento en que Malfoy solía terminar su trabajo. Y ella no quería volver a dar un paseo con él, ambos cogiendo cada uno una manita del pequeño, y dando una imagen de familia feliz que estaban lejos de ser.
Si tan sólo Malfoy intuyese cuánto le gustaría a ella que todo fuera real... los niños, la tibieza del hogar, los lazos familiares, el amante esposo... Era verdaderamente una lástima que faltase el ingrediente más importante para ello.
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Draco apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana y cerró los ojos. Su despacho estaba fresco y casi en penumbra, pues daba al extremo opuesto de la mansión que los dormitorios principales, lo cual le aseguraba que cuando la luz del Sol diera por ese lado, ya sería demasiado floja como para caldear el ambiente. Por algo era la estancia preferida por su padre y él mismo.
- Hermione sigue sin hablarme - masculló.
- Lo sé - respondió Narcissa, sentada en un sillón tomando una taza de té (helado esta vez, por ser verano) - A mí tampoco me habla.
- Y no me discute. Me aburro.
- Suenas como un niño al que le niegan un juguete - rió suavemente la mujer - Supongo que es así en realidad.
- ¿Por qué lo hace? - dijo él, levantando la frente del cristal y mirando a su madre - Entendería si me montase un escándalo cada vez que nos encontremos, pero en lugar de ello, me hace el vacío. Es la jugarreta de un niño pequeño.
- Porque Hermione es muy inteligente - sonrió - Y parece que te conoce muy bien. Te estás comportando como un chiquillo, igual que cuando en el primer curso de Hogwarts alguien tuvo la nueva Nimbus2000 antes que tú.
Draco gruñó por lo bajo, y se sentó en el sillón frente a su escritorio. Últimamente siempre salía mal parado de las conversaciones con su progenitora. Por desgracia, no tenía nada en lo que trabajar ese día.
- Todavía habla con Scorpius - continuó Narcissa - La he oído cuando pasean, o cuando juegan juntos en el salón de juguetes. Scorpius también habla mucho con ella.
- No ha cumplido ni dos años, mamá. No puede hablar mucho con nadie.
- Es porque tu esposa entiende a tu hijo mejor que tú - replicó la elegante rubia con crudeza - Si le escucharas también le entenderías, pero esperas que te hable como una persona adulta, en lugar de pensar tú como lo hacías a su edad.
El príncipe de Slytherin no pudo ofrecer ninguna réplica mordaz, no a su madre, no ante un ataque inesperado como ése. Por su parte, Narcissa pareció arrepentirse y bajó la cabeza un momento, inspirando hondamente para serenarse y recobrar la compostura ante la cabezonería de su hijo.
- Lo siento - dijo - Sabes que pienso que lo estás haciendo bien con él. Lucius nunca te prestó atención tan pronto.
- Gracias - aceptó Draco sin más, no quería reabrir viejas heridas de los dos - Me gustaría saber... por qué Hermione encaja bien contigo y con nuestro hijo pero no conmigo. Ha cambiado mucho desde la escuela.
- Eres tú el que ha cambiado demasiado en muy poco tiempo, tesoro. Realmente creo que debes amarla mucho para que tus sentimientos estén en revolución y hayan montado todo este caos.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Por qué te enamoraste de Hermione? ¿Lo sabes? - le picó con insistencia - Si mal no recuerdo, la detestabas a morir en Hogwarts, al menos hasta antes de la guerra con el Innombrable.
El príncipe serpiente lo pensó un par de minutos. No era fácil explicarlo, pero quería dar una contestación lo más precisa posible. Sin embargo, todo lo que le venía a la mente era burda poesía cuando pensaba en su esposa.
- Me da calor - dijo finalmente - Algo como el Sol, pero más profundo. No es un calor que se queda en la piel, o que se desvanece en la sombra... sino que penetra hasta lo más hondo de mi alma. Es mi Sol, un Sol que arde y brilla sólo para mí. Por eso siento que la amo.
- ¿Alguna vez se lo has dicho a ella? - inquirió Narcissa.
- Claro que sí, muchas veces.
- ¿Cuándo?
- Cuando está dormida - sonrió lastimosamente Draco - Cuando está dormida y no puede acusarme de mentir.
- Oh, por Merlín... - la dama sacudió la cabeza en un ademán nada aristocrático - Y heme aquí, pensando que no serías tan necio como tu padre.
- ¿Qué? ¿A qué viene...?
- Nada, nada - rechazó la rubia, moviendo la mano - Mi niño, Hermione es una hija de muggles. Puede ser la bruja más poderosa que se ha visto en los últimos años, pero eso no le otorga poderes extraordinarios fuera del alcance del resto de los magos... no es adivina, no como la niña aquélla de las verduras en la ropa que se casó con el hijo de los Longbottom.
- Luna Lovegood, mamá. De hecho es amiga de Hermione.
- Como sea. Lo que digo es que no esperes que Hermione sepa que la amas si tú mismo no se lo dices, porque siendo una persona racional, dudo mucho que su imaginación la lleve a sospecharlo siquiera.
- No depende de su imaginación - refutó el platinado, terco - Le he dado numerosas muestras de mis sentimientos... por la sagrada Morgana, apenas puedo creer que yo esté hablando de ello. Debería haberlo comprendido ya.
- Es tu prisionera, Draco - Narcissa endureció nuevamente su tono de voz - No importa cuán amplios sean los límites de su cautiverio. No es posible desarrollar sentimientos verdaderos cuando se carece de libertad. Con ello lo máximo que puedes lograr es eso... eso que los muggles llaman Síndrome de Helsinki.
- De Estocolmo, mamá. Suecia, Estocolmo; no Finlandia.
- De donde sea, tú ya me entiendes. ¿Es eso lo que quieres?
- Por supuesto que no, pero...
Lo que sea que Draco fuese a responder, quedó interrumpido por una llamada a la puerta. Tras obtener permiso, la puerta se abrió dejando paso a un elfo doméstico que sostenía una bandeja, en la cual había un sobre lacrado con el sello del Ministerio de Magia.
- Ama Narcissa, ha llegado una carta para usted - habló tímidamente - Venía con preferencia urgente.
Ella tomó la carta, y el elfo se desapareció de inmediato. La abrió con premura, preguntándose qué podría ser tan importante como para que el Ministerio mismo se comunicase con ellos, los desconfiables Malfoy. Sin embargo, a medida que leía las líneas escritas, la palidez de su piel se acentuó todavía más y lágrimas amenazaron con brotar de sus ojos.
- ¿Mamá? - se preocupó Draco, acercándose a ella - ¿Qué sucede?
- Tu... tu padre - susurró - Lucius ha...
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Tomando el cubo azul con su manita, lo colocó con cuidado en lo alto de la torre, que con éste ya alcanzaba la altura de su cabecita platinada.
- ¡Muy bien, mi cielo! - aplaudió alegremente Hermione, siendo imitada por el risueño querubín - Ahora el siguiente.
Scorpius buscó con la mirada por el suelo, hasta que un cubo rosa a pocos metros de él atrajo su atención. Con sus pasitos un poco inseguros aún, se dirigió hasta él y lo cogió, yendo de nuevo con su mamá para colocarlo sobre los demás.
- ¡Uy, qué torre más alta! - le felicitó ella, contemplando la inestable torre de cubos de colores - Se parece a la casa de los Weasley.
- ¿Isly? - repitió Scorpius, intentando colocar un cubo amarillo, pero la torre ya quedaba demasiado alta para que pudiera ponerlo sin que el resto se derrumbase - Mamá... - hizo un puchero, dándole el cubo.
- ¿Te lo pongo yo? - el nene asintió con la cabeza - Vale. Los Weasley son una familia muy grande, son pelirrojos, muy amables y divertidos. Yo los quiero mucho.
A Scorpius no pareció agradarle esto, pues arrugó la frentecita en un gesto serio antes de pasarle otro cubo.
- Pao mamá qere Copius...
- Claro que a ti te quiero más, corazón - le sonrió Hermione al niño, que volvió a mostrarse alegre - Mamá quiere a muchas personas, igual que Scorpius quiere también a papá y a nana... Los amigos que más quiere mamá se llaman Harry Potter y Ron Weasley.
La gryffindoriana continuó colocando los cubos que le pasaba el más pequeño de los Malfoy, haciendo la torre cada vez más alta, hasta que se terminaron los cubos.
- Pues ya hemos terminado, Scorpius. ¿Qué te parece si descansamos un rato? - preguntó ella, tendiéndole una mano.
A Scorpius le pareció bien, de modo que ambos se dirigieron a la enorme cama para despatarrarse a gusto. O al menos Hermione, porque él en cambio prefirió gatear y revolverse en el blando colchón, hasta que se aburrió y decidió jugar con su hermanita... es decir, con la abultada tripa de la leona.
- No, Scorpius - le dijo la bruja suavemente - No la lastimes. Con cuidado, así - le indicó, tomando la mano del chiquillo y pasándola por su redondez hasta que una patadita se dejó sentir.
- ¡Ji ji ji! - se rió el pequeño rubio, palmoteando divertido.
- Vas a adorar a tu hermanita cuando nazca, ¿a que sí? - preguntó Hermione, sonriendo también, y él asintió - Sabes, conozco a una niña de tu edad... se llama Rose Weasley, es muy guapa. Es hija de mi amigo Ron y Lavender. Seguramente la conozcas en Hogwarts, porque os tocará el mismo curso. Pórtate bien con Rose, ¿vale? - le pidió juguetonamente, acariciándole la nariz.
- Ros Isly - volvió a asentir, antes de caer rendido con las cosquillas de su mamá.
Un par de suaves golpes interrumpieron sus juegos. Hermione esperó a que alguien pasara sin decir nada, pues no le importaba quién fuese. El único con quien hablaba ahora era Scorpius, y él ya estaba con ella. Tras unos segundos, la figura de Narcissa Malfoy apareció en el umbral.
- Disculpa la molestia, Hermione. ¿Puedo hablar contigo un momento?
La castaña asintió. Una cosa era que no le hablase, y otra distinta que la ignorase como hacía con su prepotente hijo.
- Gracias - dijo la dama, entrando y dejando que la puerta se cerrase tras ella - Hay... algo importante que necesito decirte. Dos cosas, en realidad - habló despacio, mientras se acercaba a la ventana y miraba a través - La primera... veo que finalmente la nieve se ha derretido - susurró con una sonrisa vaga.
La joven frunció levemente el ceño, confundida. No estaba segura de si Narcissa lo había dicho para sí misma o para ella, pero de todas formas, su frase le sonó con poco sentido. ¿Qué nieve aguantaría intacta hasta Julio?
- Hoy he recibido una carta oficial del Ministerio de Magia. Al parecer... no, me han confirmado que ahora soy viuda.
Eso captó al instante toda la atención de Hermione, cesando sus carantoñas a Scorpius. Invitó con la mirada a más información.
- No sé si lo sabías, pero Lucius había sido asignado a una misión de caza vampírica en Transilvania - susurró Narcissa, apretándose las manos - Los vampiros empezaban a ser peligrosamente numerosos, y se organizaron grupos de caza para diezmar la población y mantenerla dentro de la zona permitida. Había pruebas de que últimamente varios vampiros habían atravesado la veda para alimentarse de humanos. Lucius fue... atacado por ellos hace una semana. Le desgarraron las arterias carótida y subclavia.
Hermione se llevó una mano a la boca por puro reflejo, ante el horror de imaginarse lo que debió haber sido la herida para semejante desgarro. Pensó en decir algo, pero nada vino a su mente.
- No tienes que decir nada - dijo Narcissa, como si le hubiese leído el pensamiento - Después de todo, tú no debes lamentarlo... todo lo que te ha ocurrido fue culpa suya, mi pobre niña. He venido solamente para decírtelo, para que al fin puedas construir una relación con Draco sin presiones ni temores... si es tu deseo, por supuesto. No te sientas obligada de hacer nada... aunque quizá sea un poco tarde para eso.
Y dicho esto, Narcissa se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Estuvo poco tiempo en su compañía, pero Hermione no dejó de notar el esfuerzo que hacía para no derramar las lágrimas que asomaban a sus claros ojos. Ella podía aborrecer y despreciar a Lucius Malfoy, pero eso no quitaba que también se compadeciera del dolor que su muerte le ocasionaría a otras personas.
- Scorpius - llamó al niño destapándole la cabecita, pues se había puesto a jugar al escondite bajo la sábana - Creo que tu abuelito... ya no va a volver.
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Era noche profunda cuando finalmente Draco abandonó su despacho, en el cual había permanecido toda la santa tarde, a pesar de que no tenía nada por hacer. Pero pudo pensar, meditar, reflexionar y cualquier otro proceso que pudiera realizar tan sólo con la mente. Y por primera vez en mucho tiempo, Hermione no estuvo en ninguno de sus pensamientos.
Tal vez por eso se sorprendió al percatarse de que inconscientemente sus pasos le habían llevado ante su puerta. Debía ser la luz, fijo; la luz que se colaba por debajo del umbral, señal de que no dormía todavía. ¿Qué hacía despierta a horas tan intempestivas? Estaba embarazada de seis meses, debía dormir bien y descansar. Aunque... quizá se había quedado dormida con la luz encendida, mientras leía. No sería la primera vez que le ocurría a ese ratón de biblioteca.
Dispuesto a averiguarlo, el rubio abrió lentamente la puerta, cuidando de no hacer ruido para no despertar a Hermione en caso de que su suposición fuese acertada. Pero no lo era, la cama estaba vacía y las sábanas puestas, si bien algo revueltas. Entró entonces en el dormitorio, buscando a su esposa, encontrándola sentada en uno de los sillones. Y le miraba a él, sus ojos cruzándose a través de la habitación.
- Solamente entré porque creí que te habías quedado dormida con la luz encendida - se explicó el slytheriano, incómodo - Ya me voy. Buenas noches.
Su vista fija en él se le hacía extraña, tras un mes de eludirle a toda costa. No deseaba permanecer allí. Alzó su mano para tocar el picaporte de la puerta que comunicaba sus respectivos dormitorios, pero apenas lo hubo rozado cuando su cuerpo entero pareció congelarse en el sitio con un mero murmullo.
- Draco, quédate.
