HOLA, BUENAS MADRUGADAS, DE ANTEMANO PERDÓN POR HABER ESTADO AUSENTE UNAS SEMANAS, SÉ QUE MUCHOS ESTÁN ANSIOSOS POR SABER QUÉ MÁS SIGUE EN LA HISTORIA. SOLO QUIERO QUE SEPAN QUE COMO YA ESTOY DE VACACIONES, TENDRÉ MÁS TIEMPO PARA ACTUALIZAR.
GRACIAS POR SUS REVIEWS Y POR AGUANTAR EN ESTOS DÍAS QUE NO ACTUALICÉ.
LOS DEJO PARA QUE SIGAN LEYENDO ESTA INCREÍBLE HISTORIA.
Quinn
Volver a la rutina de las clases no me costó ningún trabajo, puesto que ya no había nada rutinario en mi vida. Cada nuevo día junto a Rachel era un regalo, un tesoro escondido que debía seguir descubriendo. Era una persona tan rica, tan llena de matices, tan inteligente y sensible, que cada momento que compartíamos era como pasar la página de un libro de aventuras que no puedes dejar de leer, impaciente por llegar al siguiente capítulo. Jamás en mi vida (y lo digo muy en serio) había experimentado algo similar. La quería de formas inimaginables, la amaba más a cada segundo. Me moría por pasar cada minuto a su lado. Si no la veía en unas horas, ya la echaba de menos, y estar un día sin ella era la peor de las torturas.
Estaba total y absolutamente enganchada; era la mejor droga que había probado jamás y, al mismo tiempo, el mejor antídoto para no volver a depender de las dañinas sustancias que me habían esclavizado en el pasado. ¡Qué ironía! Una droga me mantenía alejada de la otra, sólo que la primera era mucho más dulce e inocua.
El hecho de no habernos acostado aún me traía sin cuidado, no me importaba en absoluto. Lo deseaba muchísimo, pero ansiaba aún más que para ella fuera especial y que estuviera lista para dar ese paso. Su única experiencia anterior había sido muy traumática.
Quería ser yo quien borrara ese recuerdo de su memoria, sustituyéndolo por otro mucho mejor, un recuerdo que nos emocionara a las dos. Ambas merecíamos que fuera romántico y especial.
Lo que teníamos era demasiado bello para reducirlo a un mero revolcón. Estaba decidida a hacerlo inolvidable.
La noche que pasamos a solas en casa de mi abuela fue tan bella, tan pura, que tenía la certeza de que, mientras esa increíble conexión existiera entre nosotras, podría esperar indefinidamente a que ella superase sus miedos. Se había dormido en mis brazos tras aquel agotador y emocionante día en Madrid. Permanecí observando su apacible sueño completamente embelesado. Verla dormir me había resultado una de las experiencias más estremecedoras y exquisitas de mi vida. Ella era mi ángel de la guarda y tenerla entre mis brazos, mientras sentía su cálida y rítmica respiración, fue un placer indescriptible. Rachel estaba sacando a la luz ciertos aspectos de mi personalidad que desconocía. Mi alma no estaba destruida sin remedio; sólo había estado esperando a que alguien la despertara. La esperanza y la ilusión volvían a flotar a mí alrededor, algo que ni el mejor polvo había conseguido provocar en todo aquel tiempo en el que había estado muerta en vida. No había necesidad alguna de precipitar las cosas. Ella me había resucitado, y eso era infinitamente mejor que el sexo.
Al principio tratamos de mantener en secreto nuestra incipiente relación.
Queríamos dejar que las cosas siguieran su curso, sin anunciar nada ni ponerle un nombre. Pero fue inevitable que todos se percataran de que algo había cambiado; éramos incapaces de ocultar lo que sentíamos. Tanto su familia como nuestros amigos se dieron cuenta y, para nuestro alivio, nadie se molestó ante la evidencia de que nos habíamos enamorado como dos idiotas. Sus padres parecían conformes con lo que ocurría y no parecía molestarles que su hija saliera con alguien que vivía bajo su mismo techo. Una vez más me demostraron que su mentalidad abierta era real, y no una pose para parecer más progresistas que el resto. Aquel matrimonio era realmente diferente a todas las parejas de esa generación que había conocido y era una suerte que el destino me hubiera conducido hasta ellos. La vida te sorprende, algunas veces con imprevistos muy dolorosos. No obstante, también se reserva algún as en la manga para devolverte la felicidad.
Cada vez pasaba menos tiempo en casa. Las clases, las horas de estudio en la biblioteca y mi dedicación al grupo no me dejaban más que las noches para disfrutar de la maravillosa casa de los Berry. Rachel no andaba menos atareada, también preparaba sus exámenes y, entre escribir para el periódico y comenzar las sesiones con el grupo de teatro, no tenía ni un segundo libre. A pesar de dormir pared con pared, no podíamos pasar tanto tiempo juntas como nos apetecía. Algunas noches, después de cenar, me colaba en su habitación a hurtadillas. Como dos fugitivas, nos escondíamos en aquella estancia ajenas al resto del mundo.
Eran escasos los momentos que podíamos pasar totalmente a solas así que, aunque me hallara agotada, me quedaba en su cama charlando hasta que se dormía. Siempre me demoraba en regresar a mi dormitorio porque me quedaba tendida junto a ella velando su sueño, fascinada por la paz que desprendía su sigilosa respiración.
Aquella tarde, después de salir de la universidad, había tenido ensayo con mis compañeros de Cube. En un par de semanas íbamos a tocar en un festival de música de un pueblo vecino y queríamos prepararnos a conciencia para aquella oportunidad. Era la primera vez que el grupo formaba parte del cartel de un evento así, y los cuatro estábamos muy ilusionados. Habían transcurrido unos meses desde mi incorporación como guitarrista, y mi relación con ellos se intensificaba cada vez más, lo que se traducía en una mayor compenetración a la hora de tocar. Cuanto más les conocía, más confiaba en ellos, especialmente en Finn, que desde el principio había sido un gran apoyo, tanto en la banda como en mi vida en Montegris. Era un tipo muy generoso y divertido, convirtiéndose, junto con Noah, en uno de mis mejores amigos. Yo siempre había sido de los que piensan que según nos hacemos mayores cada vez es más difícil hacer amigos de verdad. La gente se va volviendo más interesada y menos auténtica con los años. Sin embargo, aquel pueblo parecía estar habitado por gente que no había sido contaminada por el desencanto que me había rodeado en Madrid. En la ciudad, muchos de mis colegas tenían una visión bastante pesimista de la vida. Seguramente, esa amargura y desconfianza en los demás nos había conducido a buscar la plenitud en el espejismo que pueden ofrecer las noches de la capital. No todo el mundo recurría a esa vida desenfrenada, donde lo artificial supera a la realidad. Pero yo fui lo suficientemente gilipollas para ser una de las que se dejan engañar por esa parte de la noche, en la que puedes encontrar un consuelo fácil y efímero.
Tan efímero, que necesitas volver a por más constantemente porque cuando se desvanece estás aún más perdido que antes.
Había visto tanta mierda en los últimos años que la inocencia y el idealismo de Rachel eran un bálsamo en el que me quería sumergir para siempre. No es que fuera ilusa; sabía muy bien lo que había en el mundo, pero no formaba parte de ello. Era fiel a sus principios y buscaba encontrar la forma de mantener su autenticidad intacta en una sociedad donde cada vez nos comportamos de forma más global, perdiendo con ello parte de lo que nos hace únicos y diferentes. Al igual que ella, yo no quería conformarme con ser una más. Me negaba a ser parte de la manada. Anhelaba encontrar mi propio camino en la vida y dejar que las emociones me guiaran. Me negaba a seguir unas reglas tácitas que todos cumplen sin cuestionar. La música era una de las formas que me permitían explorar nuevos retos, y haber retomado mis estudios de Arquitectura me permitía soñar con llegar a ser algún día la creadora de espacios diferentes; espacios más humanos y poéticos que los millones de edificios sin personalidad que a menudo inundan nuestras calles. Volvía a ilusionarme con la carrera que una vez había abandonado y, según avanzaba el curso, cada vez me encontraba más a gusto con aquella decisión.
Andaba sumida en estas reflexiones cuando Rachel salió por la puerta principal del centro cívico. Había ido a recogerla por sorpresa. Su coche lo había tomado prestado su hermano, quien se lo pedía a menudo porque su pequeño deportivo biplaza le impedía ocuparse de ciertos recados que requerían del espacio de un coche más amplio. Me había avisado de que él no podría ir a buscarla a tiempo, pasándome a mí el placentero encargo de ir a por ella. A juzgar por la sonrisa que iluminaba su semblante, aquella primera reunión con el grupo de teatro debía de haber resultado muy positiva. Deseaba de todo corazón que aquel reto que se había propuesto diera sus frutos, y que no sólo le liberara de sus fobias, sino que también le aportara nuevas satisfacciones. Era una luchadora. Se merecía una recompensa más allá de sus primeras intenciones. Era evidente que tenía mucho que expresar; de lo contrario no podría ser capaz de interpretar las canciones con la pasión que la caracterizaba. Si era capaz de ponerme los pelos de punta con la sinceridad de su voz, ¿por qué no iba a ser también una excelente actriz de teatro? Al fin y al cabo todo pertenecía al mismo círculo: sentir y transmitir. Estaba convencida de que ella podía tener mucho talento también para la interpretación, sólo tenía que despojarse por completo de su miedo al escenario.
Su sonrisa se convirtió en una mueca de sorpresa al verme, ya que me creía ensayando con el grupo. Me las había apañado para escaquearme antes que los demás para poder estar allí a tiempo.
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó, abriendo la puerta del copiloto.
—Venir a buscarte para llevarte a cenar. Tendremos que celebrar que has comenzado el curso de teatro, ¿no?
— ¿Y tú ensayo con el grupo? ¿No suelen terminar mucho más tarde? —preguntó, tomando asiento y cerrando la puerta.
—Hay ocasiones que merecen hacer una excepción.
— ¿Y no se han molestado? —insistió ella—. En un par de semanas tienen el festival y…
No la dejé terminar. Decidí besarla e interrumpir su interrogatorio.
Ella se rindió de inmediato, respondiendo a mis besos y olvidándose por completo de mi faceta de guitarrista de Cube. Por fin conseguí separarme de ella, algo que solía costarme mucho trabajo.
— ¿Serás capaz ahora de dejar que te invite a cenar sin preguntar nada más?
— ¡Qué remedio! Has hecho que pierda la memoria de repente —respondió en un suspiro.
Era todo un honor ser capaz de producir ese efecto en ella.
— ¿Cómo ha ido la primera reunión? —le pregunté al tiempo que me disponía a incorporar el coche al tráfico.
— ¡Muy bien! Somos un grupo de lo más variopinto. Hay desde una chica de dieciséis años hasta una señora de sesenta. Creo que va a resultar muy divertido —me explicó entusiasmada—. Y el profesor, un tal Ignacio, parece un tipo muy enérgico y apasionado.
—Eso es vital —opiné—. Si el que los tiene que guiar no los inspira, entonces no hay curso que valga.
—Me da en la nariz que es el tipo de persona que va a conseguir que nos involucremos al máximo, desprende un entusiasmo contagioso —describió ilusionada—. Hoy nos ha hecho presentarnos uno a uno ante el grupo. Reunidos en un corro decíamos nuestros nombres, a qué nos dedicábamos y nuestra razón para estar allí. La mayoría teníamos el mismo objetivo: superar nuestra timidez.
—Eso ya es un paso, ¿no? Tener una meta en común ya los vincula desde el principio.
—Sí, y nos ayuda a no tener miedo los unos de los otros —asintió.
—Y, ¿saben ya en qué obra van a trabajar? —le pregunté, mientras dirigía el coche hacia la carretera comarcal que nos alejaría del pueblo.
—No. Eso es precisamente lo que tenemos que decidir en la siguiente reunión.
Cada uno tiene que pensar en algo y proponérselo al resto. Luego entre todos votaremos cuál es la elegida. Ignacio dice que el primer paso es interpretar una obra que signifique algo para nosotros. Así será más sencillo perderle el miedo al personaje que le toque a cada uno.
—Tiene sentido —admití—. Yo no podría salir al escenario y tocar una canción que no me gusta, porque entonces sería demasiado consciente de la realidad. Para mí la música es transportarme a otro estado, a ese lugar donde no existe ni el público ni yo mismo, sólo las notas que salen de mi guitarra y de los demás instrumentos.
—Por eso no te da miedo subirte a un escenario. Cuando estás ahí arriba te olvidas de que te están observando.
—Sí, me olvido porque estoy disfrutando tanto que nada más importa. Supongo que ésa es la sensación que tiene un actor cuando interpreta un personaje que le cautiva.
—No sé si conseguiré llegar a ese estado, la verdad —comentó escéptica—. Me parece imposible abstraerme por completo del hecho de que hay un público que me observa.
—Lo harás, ya verás. Es cuestión de práctica —la animé.
Aceleré a medida que dejábamos atrás Montegris, avanzando por la sinuosa y oscura carretera, iluminada tan sólo por los faros de mi coche. Era noche cerrada y el tráfico era escaso, con lo que no tenía más referencia que las blancas líneas pintadas en el asfalto. A pesar de llevar allí varios meses, aún me maravillaba lo divertido que era conducir por aquellos parajes tan inhóspitos. Comparados con las autovías que circunvalan Madrid (siempre llenas de atascos a esas horas) era como volar entre las sombras. En lugar de ver una interminable fila de pilotos rojos que avanzan lentos y resignados, allí las estrellas en el cielo eran las únicas luces que se atisbaban, y lo único que se advertía era el murmullo del potente motor. No había estridentes bocinas, ni toneladas de monóxido de carbono contaminando el ambiente.
— ¿Se puede saber adónde vamos? —me interrogó una vez que se percató de que íbamos en dirección opuesta a los confines de Montegris.
—He descubierto un sitio al que quiero llevarte.
— ¿Ah sí? —preguntó incrédula—. Creo que conozco la zona demasiado bien; no será sencillo sorprenderme.
—Siempre quedan cosas por descubrir, no todo se aprecia a simple vista —le advertí enigmática.
—Mmmm… —murmuró—, empiezo a sentir curiosidad.
Llegamos al siguiente pueblo, donde se hallaba el pequeño e íntimo restaurante que había encontrado por Internet. Ubicado en una pintoresca casa rural, había abierto sus puertas hacia tan sólo unas semanas, con lo que estaba segura de que Rachel no lo conocía. Tras no haber encontrado ni un minuto libre para estar totalmente a solas, decidí secuestrarla aquella noche, lejos de la finca y de ojos curiosos. Necesitaba tenerla sólo para mí por unas horas.
Quería conversar con ella a la luz de las velas, que titilaban por doquier en aquel tenue y diminuto comedor de piedra.
— ¿Cómo va la clase de Información? —le pregunté mientras le servía un poco de vino—. ¿Algún avance con el micro?
—No por ahora, pero confío en ser capaz de decir algo en la prueba final. Quizá aún esté a tiempo de salvar la asignatura.
—Seguro que lo conseguirás —la animé—. Hoy has dado un paso de gigante al ir a esa primera reunión del grupo de teatro.
—Sí, pero aún queda mucho camino por recorrer —me recordó—. Mi timidez no se va a esfumar de la noche a la mañana.
—No te presiones. Al fin y al cabo, nada se consigue de buenas a primeras. Además, ¿qué es lo peor que puede pasar? Si no apruebas ahora lo harás en junio. No te apures.
—Ya, es sólo que preferiría quitármelo de encima ahora y poder pasar página—me explicó, sacando un cigarro de su bolso—. A veces me pregunto qué sucedería si para superar mi bloqueo tomará algún tranquilizante o algo así.
—Eso sólo empeoraría las cosas —le advertí, alarmada ante su idea—. Podrías acabar dependiendo de ese recurso y te meterías en un terreno muy peligroso. Créeme, sé por qué lo digo.
—No es lo mismo. Yo hablo de algo puntual, no de tomar una sustancia por que sí.
—Rachel, escúchame —dije muy seria—. La primera vez que probé la coca pensé exactamente eso: "estoy de mal rollo y lo necesito, es sólo algo momentáneo, no me voy a enganchar".
—Entonces, ¿por qué continuaste?
—Porque el alivio que me producía era demasiado tentador. Los días malos no se acababan y las noches de Madrid eran muy largas. Lo mejor es superar los baches con fuerza de voluntad, sólo así los eliminas por completo de tu vida. De la otra forma, lo único que consigues es agrandar el problema.
—Supongo que tienes razón —se rindió—. Aunque hay ocasiones en las que los fármacos sí ayudan.
—Sí, por supuesto que ayudan, pero con control y bajo la supervisión de un médico.
—Yo… —dudó unos instantes—, sin ellos no podría haber salido de mi depresión.
Aquella declaración me cogió por sorpresa. Sus grandes ojos oscuros me miraban expectantes, impacientes por ver cuál era mi reacción.
— ¿Cuándo ha ocurrido eso? —le pregunté alarmada.
—Mucho antes de que llegaras —respondió bajando la mirada—. Quinn, ya te lo dije una vez: yo también sé lo que es sumirse en las tinieblas.
—Sabía que algo ocurría, que tu actitud escondía algo doloroso —admití—. El día que te rescaté de aquel baboso me confesaste que habías llegado a perder las ganas de vivir.
—Sí, desgraciadamente así fue —asintió—. Sufro de un déficit de serotonina que me condujo a caer en una grave depresión. Para colmo, como ya te dije aquella noche, una chica me hirió en lo más profundo, dejándome más indefensa que nunca. No fui capaz de salir del hoyo hasta que me decidí a consultar con una psicóloga. Ella no sólo me ha ayudado recetándome un tratamiento, sino que a través de la terapia también ha conseguido que me vaya queriendo un poco más cada día.
Parecía aliviada tras haberme explicado lo que le ocurría. Seguramente había temido que mi reacción fuese de rechazo, ya que mucha gente se asusta ante los problemas mentales.
—Fuiste muy valiente al enfrentarte a ello. No todos conseguimos plantarnos delante de un psicólogo y afrontar nuestros temores tan de frente.
— ¿No te asusta que padezca un trastorno así? —preguntó sorprendida.
—No, todo lo contrario, te admiro.
—Es un alivio que no me veas como a una loca…
— ¿Loca?... Más loca fui yo por no buscar una solución a mi amargura.
—No fuiste una loca, lo que pasa es que te rodeaste de la gente inadecuada.
—Sí, pero ya era mayorcita para darme cuenta de dónde me estaba metiendo.
—Yo tampoco fui consciente del hoyo en el que me había metido hasta que llegué a un punto tan crítico, que comprendí que si no pedía ayuda acabaría destruyéndome a mí misma. Había perdido la ilusión por vivir. Llegué incluso a fantasear con dejarme ir para siempre.
Dolía escuchar aquellas palabras. No podía imaginarme a Rachel sufriendo tanto, sólo pensarlo me desgarraba el alma.
—Siento mucho que pasaras por algo así —cogí sus manos entre las mías—. Me alegro de que te enfrentaras a ello, sino, no estaría aquí contigo. Y no puedo imaginar lo que sería de mi si…
—Gracias —me interrumpió con voz queda.
— ¿Gracias por qué? —pregunté atónita.
—Por no juzgarme, por no verme como una demente.
—Gracias por lo mismo —dije—. Yo no soy precisamente la más indicada para juzgarte. Tú te viste arrastrada al infierno. En cambio yo lo busqué.
—No, no lo buscaste. La vida te dio un duro golpe y te cegó. No es culpa tuya que el dolor te empujara al precipicio.
—Rachel, no te equivoques, fui una cobarde y busqué la salida más fácil. No hay por qué negarlo. Asumo lo que hice, y día tras día trato de corregir mis errores. No tengo problema alguno en admitirlo.
— ¿Cómo consigues no caer, cuando tanta gente en la universidad se mete? — preguntó.
—Contando hasta tres antes de dejarme llevar —le confesé—. Muchas veces me apetece, no te lo voy a negar, pero el miedo a cargarme todo lo que he ido consiguiendo en los últimos meses me ayuda a no sucumbir.
— ¿Es tan alucinante como dicen? —Su curiosidad era palpable.
—Sí, lo es, te hace sentir de miedo. —No la iba a engañar, merecía que fuera absolutamente sincera—. Sin embargo, cuando el efecto pasa te sientes como una auténtica mierda.
—Entonces yo debí de consumir mucha coca en mi otra vida…—murmuró apenada—. Nací sintiéndome insignificante.
—Rachel…, eres muchas cosas menos insignificante —afirmé con vehemencia.
—No sé, a veces me siento así, no puedo evitarlo —dijo con tristeza.
—Déjame decirte algo…
Me acerqué a su oído y le susurré:
—Si fueras insignificante no podrías hacer que todo vuelva a tener sentido.
Me alejé de ella tras mi declaración y sus ojos humedecidos brillaron increíbles a luz de las velas.
— ¡No sé qué voy a hacer contigo! —dijo poniendo los ojos en blanco.
Cenamos sin prisa, prácticamente a solas en aquel discreto recoveco en el que nos habían ubicado. Necesitaba estar así con ella, sin que nadie pudiera interrumpir nuestra conversación, contemplando su rostro a mis anchas, deleitándome sin censuras. Por mucho que sus padres se tomaran la situación con naturalidad, me resultaba extraño ser afectuosa con ella en su presencia, con lo que controlaba mucho mis muestras de cariño en la casa. Tan sólo me permitía el lujo de demostrarle mis sentimientos cuando, refugiadas en su dormitorio, le robábamos unos minutos a la noche.
Demoramos nuestra marcha hasta que resultó evidente que el restaurante cerraba. Habíamos estado ambas tan absortas que no nos percatamos de lo tarde que se había hecho. Nos dirigimos al coche despacio, sin ganas de regresar a casa.
— ¿Te apetece conducir? —le pregunté.
—Sí, creo que va siendo hora de que me dejes probar ese magnífico coche — aceptó sonriente. Le lancé las llaves, que atrapó en el aire con las manos.
—Muy bien señorita, demuéstrame de lo que eres capaz.
Mientras ella arrancaba el vehículo y colocaba el asiento y los espejos a su antojo, busqué en la tarjeta de memoria de mi radio una canción de Placebo. Su versión de Running up that hill comenzó y subí el volumen. Me acomodé en el asiento del copiloto mientras ella se dirigía a la carretera. Aquella canción siempre me había ayudado a exteriorizar la rabia y el dolor. Tras lo que habíamos hablado en la cena, sentí la necesidad de escucharla y agradecer al cielo que aquellos demonios ya no me consumieran. Cerré los ojos y dejé que la adrenalina se apoderara de mí.
Ahora le tenía a ella para ayudarme a subir aquella colina. Y ella me tenía a mí.
Rachel conducía con cuidado. No obstante, pronto percibí cómo ella también sentía el impacto de la música, acelerando cada vez más, aprovechando los caballos de potencia que llevaba entre las manos. Era una gran conductora y parecía querer llevar mi coche al límite, aunque no terminaba aún de sacarle todo el jugo.
— ¡Uau! —exclamó—. Este coche es una delicia.
—No te reprimas, déjate llevar —la animé—. Estamos solas en la carretera, y hay veces en las que tenemos que saltarnos las reglas…
— ¿No te importa? —quiso cerciorarse.
— ¿Me has visto alguna vez ir despacio?
No me respondió con palabras; redujo la marcha y salimos propulsadas, avanzando de forma vertiginosa por aquella oscura recta.
You, be running up that hill
You and me, be running up that hill
You and me won't be unhappy .
And if I only could,
Make a deal with God,
And get him to swap our places,
Be running up that road,
Be running up that hill,
Be running up that building,
If I only could, oh...
C'mon, baby , c'mon, c'mon, darling,
Let me steal this moment from y ou now.
C'mon, angel, c'mon, c'mon, darling,
Let's exchange the experience, oh...
Sólo la andrógina y sensual voz de Brian Molko podía elevar el tema de Kate Bush a la perfección. La versión de Placebo no sólo actualizaba aquel hit ochentero, sino que lo convertía en algo insuperable, absolutamente excepcional. Cuando la canción terminó, ella la reinició desde el mando del volante, a lo que no opuse resistencia alguna. Podía escucharla un millón de veces seguidas sin cansarme.
El coche volaba y Rachel lo dominaba sin problemas. Me relajé y dejé que la música penetrara hasta lo más profundo de mí ser. Lo que decía la letra describía con apabullante exactitud lo que pensaba en aquel preciso instante; no dudaría ni un segundo en cambiarme por ella si alguna vez la vida volvía a robarle su alegría. Le daría mis sueños, toda mi energía, y subiría sin dudarlo aquella escarpada colina en su lugar. Haría un pacto con Dios si fuese necesario.
Llegamos a la finca sumidas en un intenso halo de erotismo, provocado por las canciones de aquel grupo que se habían ido sucediendo durante nuestro trayecto. Every me nos acariciaba en el preciso momento que Rachel detuvo el coche. El jardín se hallaba en calma, nadie rondaba por allí. Yo, en cambio, sentía mi pulso revolucionado. Cuando se giró para mirarme sentí una aguda punzada de deseo.
— ¿Qué tal lo he hecho? —me preguntó acercándose a mi asiento.
—Demasiado bien… —suspiré, completamente abrumada por su olor.
Acercó su boca a tan sólo unos centímetros de la mía, más provocadora y desinhibida que de costumbre. Ella también era víctima de la sensualidad que flotaba en el habitáculo. Sus labios me robaron el aliento y comenzamos a besarnos con un apetito voraz, saciando la sed que nos invadía desde hacía semanas.
Atrapé su rostro entre mis manos, buscando con mi lengua rincones aún inexplorados. Si seguíamos por aquel camino me iba a resultar muy difícil contenerme.
—Rachel…, no me lo estás poniendo nada fácil… —conseguí susurrar.
Se limitó a gemir de placer mientras volvía a besarme. Mis manos buscaron instintivamente bajo su blusa. El calor de su piel me quemaba. Cuando comenzábamos a desnudarnos, escondidas en mi coche bajo las sombras de la noche, una ráfaga de sentido común me devolvió la cordura, separándole de mi pecho con suavidad. Me miró perpleja.
—Si no nos detenemos ahora, no voy a poder parar —le avisé, tomando una bocanada de aire—. No creo que éste sea el momento, y tampoco el lugar. No quiero que nuestra primera vez ocurra así.
Por un momento pareció decepcionada, pero unos segundos después una dulce sonrisa se dibujó en sus labios.
—Tienes razón, yo tampoco quiero llegar hasta el final de esta forma. No es como lo había imaginado —afirmó, acurrucándose en mi pecho.
—Te mereces un escenario más romántico. Quiero borrar el mal recuerdo que te dejaron —declaré, rodeándola con mis brazos.
—Quinn yo…
— ¿Sí?...
—Te quiero.
Una sensación indescriptible me sacudió. Todo aquel frenesí se tradujo de inmediato en una inmensa balsa de dicha y de paz.
Alcé su barbilla y clavé mis ojos en los suyos.
—No sé si puedo decirte lo mismo. Lo que tú me haces sentir va mucho más allá…
NOS LEEMOS PRONTO.
SALUDOS.
