Tertulia fúnebre.
Parpadee unas cuantas veces confusa mientras tragaba la flema que se hacía pesada en mi garganta y miraba discretamente en derredor; me halle de pronto envuelta entre una nube de llantos, música suave y trajes negros. Un funeral. Sentada en una de las filas traseras había quedado adormilada ante la voz grave y severa del anciano párroco que, no sin cierta teatralidad, aullaba un sermón solemne en tanto que sostenía un libro sin leerlo.
No conocía a la fallecida. Una fotografía grande de una mujer, no muy joven ni muy vieja, de ojos tristes y labios rectos posaba como si todos tuviesen que mirarla tan solo para que ella pudiera ignorarlos. El clima frio y la mañana lluviosa se complementaban para formar el ambiente propicio para un evento como este.
Me había colado en el lugar. Pasaba por fuera sin nada que hacer antes de entrar, nadie vigilaba el antiguo portal de entrada y una pulsión extraña me atrajo hasta el, si acaso logre atraer la mirada de uno o dos de aquellos que habían dejado de llorar logre disuadirlos de atenderme al cerrar mi sudadera negra y perderme entre los demás asistentes.
¿Qué es la muerte? La imagen del Ferreto recostado encerrando un cadáver que no me atrevía a mirar me resultaba sobre todo extraña. La artificial paz que engendraba el religioso surgía no de sus palabras sino del tono seguro, una promesa "Polvo fuimos y al polvo volveremos" tarde o temprano sin importar que, sin importar cuanto huyas, que tanto lo prolongues o que tan activamente te entregues a ello caerás al hoyo y el discurso eterno de aquel hombre te tomara como ejemplo para recordarle a los demás que ese pronto será su lugar.
Al final eso conseguía volvernos a todos hermanos, fuera quien fuera y significara lo que significara todos enfrentábamos la muerte con la misma indiferencia superficial y oculto respeto. Algunos la convierten en una broma, otros tanto la roban y ocultan bajo la alfombra esa mitad del mundo, otros más la santifican y la convierten en un honor pero sin excepciones todos la miran con interés deseando muy en el fondo alcanzarla y hacerle unas cuantas preguntas pues el ser humano es curioso y aquella curiosidad le conduce a un final con un precio que a menudo paga gustoso.
Músicos vestidos para la ocasión arrancan notas a sus instrumentos produciendo sonidos largos y sofocados que se unen al llanto para formar la melodía real, la que acompaña al momento por obligación y no por deseo. Pienso en levantarme y me siento atada a mi lugar, atrapada por la banca de madera bajo una lluvia que no me molesto en evitar. Me cuesta entender al hombre que finge euforia gritando pero a fin de cuentas creo que entiendo el mensaje, o si no él no quiere que lo entienda y no me siento dispuesta a indagar mucho más, puedo entenderlo a mí manera y eso es mejor. Entenderse a una misma.
La muerte no representa el mismo misterio que hace años, sabemos suficiente, todo el mundo puede entenderlo y aun con las pruebas en contra aquellos que eligen ignorar algunas cosas y creer otras sienten lo mismo que los que tiran a lo seguro. Duda. La muerte es una pregunta, una posibilidad, una decisión con una sola opción que marcar pero tú eliges si marcarla o posponerla hasta que es demasiado tarde. La muerte nunca se trata de uno mismo, pues cuando puedes tratarla ella no a ti y cuando ella te trata tu no a ella pero concierne a todos, concierne al que está vivo más de lo que concierne al que yace aguardando a que termine la eternidad, nunca es mal momento para considerarla pues solo se comienza a vivir cuando se repara en la cuenta regresiva que corre en nuestra contra, la vida es corta no es lenta ni va despacio y su invariable final nunca se espera; sea en un bebé o en un octogenario, se tomen el tiempo de reflexionarlo o no ambos esperan vivir un día mas, ver otro amanecer e intentar hacer más cosas porque el tiempo es igual de escaso para ambos.
Miro la fotografía una vez más intentando prestar más atención, buscando un poco más de información pero solo es una imagen de una mujer, tan muerta como la que representa. No conozco su nombre, sus méritos, los recuerdos cargados de melancolía que mueven a todos los demás asistentes y sin embargo… la extraño. Aquellos ojos. Únicos, especiales, distintos, morados… encuentros los propios en aquellas muertas esferas que me observan ahora con atención, puedo sentir como la nada misma posa su mirada sobre mí, no hay mensaje, no hay preludio, no hay motivo y sin embargo se toma el tiempo de mirarme.
Nunca temí a la muerte o quizá lo hice cuando más joven y muy pronto aprendí a ignorarla, todos saben que van a morir pero en verdad nadie lo cree, todos esperan ser salvados en el último instante por fuerza del azar. Nunca espere nada, jamás espere vivir demasiado ni morir muy pronto, no se me ocurre una sola cosa que quisiese conseguir pero… siempre un pero que impide a la mente fluir hacia donde el instinto la guía. Nadie quiere morir porque aun sin saber qué hay del otro lado temen por lo que saben que perderán aquí aunque eso mismo sea solo una oportunidad. No puedo evitar encontrarme a mí misma, la imagen se hace liquida en medio de un remolino y se transmuta sin sentido, la tinta que la conforma termina siendo poco más que una mancha pero aquellos ojos se sostienen eternos, inmutables, como si siempre hubiesen estado ahí y la fotografía se hubiese tomado y añadido al papel sin esa pieza. Son mis propios ojos.
El miedo escala por mi garganta. Eso es terror. El miedo nace de la posibilidad de que algo ocurra y es fácil de controlar, el terror es fruto de la certeza, la inmutable certeza del tiempo que se va con cada respiración. Estoy aterrada y el impulso de levantarme y huir crece dentro de mí, correr de lo que nadie antes ha conseguido escapar. Me mantengo quieta observando a la eternidad frente a mí, mi corazón se oprime dentro de mi pecho y gruesas lágrimas fluyen por mis mejillas sin control. Yo estaré ahí y no poder asistir a mi propio funeral.
El dolor me vence, el cielo se viene sobre mí intentando acallarme, lloro por mi propia muerte, peno por mi alma perdida, rezo por un final anunciado y lamento la levedad fruto de la fragilidad. El terror se transforma en compasión y toma el rostro de la fallecida para consolarme, sus ojos más que nada. Me pregunto si las lágrimas ajenas se derraman por la fallecida o por si mismas pero al final eso no importa, unas son un reflejo de las otras y tienen en mismo valor.
Me levanto en imitación de todos los demás que hacen una fila buscando un turno para dar un último vistazo a la fallecida. Me alejo y quedo de pie mirándolos. Una mano cálida se posa en mi hombro, miro a una mujer apenas más baja que yo prematuramente envejecida y con ojos limpios; lavados por lágrimas y comprensión, que me observa tendiendo hacia mí un vaso desechable humeante.
-Parece que realmente te afecto mucho - la frase no parece esperar una respuesta de verdad sino recibir unas cuantas palabras por mi parte, su gesto compasivo resulta incluso más cargado de tristeza que las lágrimas- ¿Cuál es tu nombre?
Dirijo una mirada más a la fotografía sin hallarla detrás de la negra tertulia a su alrededor. ¿Qué era ella? Nada, una perfecta extraña, un vacío absoluto, solo una chica más ya sin nombre para siempre ella… ella lo era todo; una idea, un camino, una pista y yo misma. Un paso adelante hacia lo que debo encontrar y no quiero conocer.
-Mi nombre es Trixie- la mujer no reacciona al apelativo, abre un paraguas negro encerrándonos a ambas debajo de él.
-Parece ser que conociste bien a mi pequeña- sus ojos no brillan sin que miran hacia adentro, hacia un recuerdo, más alegre quizá, ahora transformado en melancolía.
-Era una amiga… una muy cercana.
*Notas del, no necesariamente inclinado a las manías, autor:
"Me di cuenta de que estaba vivo justamente cuando fui consciente de que moriría"
-Un ManiacoDepresivo filósofo barato cuando tenía como 4 años-
Bueno, debo decir que a pesar de que han pasado solo dos semanas desde el comienzo de mis clases ya me siento habituado a todo y deja de ser interesante pero hay algo bueno en eso, escribir se convierte en una pérdida de tiempo y no hay nada que yo ame más que desperdiciar mi tiempo.
Aquí pensaba poner una conversación de mi pasado, cuando tenía cerca de 7 años, en el que precisamente discutía con mi hermana, de 10 o 11 años, y hablábamos del temer a la muerte; superado algunos años en el futuro, pero me parece que es más bien frívola la idea.
Sin deseos de decir más se despide su, muy, muy, muy necesariamente tendencioso a la depresión autor.
