Día 22 en casa
...
Agarró el paquete de pasta y cogió un par de puñados para echarlos a la olla. Tan concentrado estaba con la música proveniente de los auriculares que ni notó el jaleo que había fuera por las dichosas obras.
Quizás se encontraba un poco de mejor humor. Quizás el que le hubieran despedido no había sido algo tan terrible después de todo, sino que únicamente debía apartarse de aquel trabajo.
–Qué gilipollez – Soltó en voz alta, molesto con sus propios pensamientos.
Mientras se hacía la comida, decidió buscar su mochila. Por algún lugar de la casa debía de estar. La cuestión era cuál. Rebuscó en el armario de la entrada, donde guardaban las cazadoras, mas sólo encontró decepción. Volvió a la cocina y siguió con sus labores un rato más.
Enserio. ¿Dónde estaba la mochila?
La canción de su teléfono acabó y frunció el ceño. Llevaba cerca de quince minutos buscando y no había visto ni la cremallera de esta.
De pronto recordó algo. Si no encontraba la suya, podía utilizar la del español. De todas formas, este no sabía que era suya y no del menor. Bien, ¿y dónde estaba esa?
Llevándose las manos al pelo, gruñó con frustración. No se podía creer que la solución a su problema también fuera un problema. Sin dudarlo demasiado, se metió en la habitación del mayor. Parecía que la había empapelado o algo. Todos los cajones tenían anotado su utilidad y objetos que había en su interior. No pensó que Antonio se fuera a tomar tan enserio lo de "tomar notas".
Siguió las indicaciones, leyendo cada cosa que había anotado. Realmente se había aburrido los primeros días solo, al menos eso parecía. Finalmente, en un celestial post-it pegado a la puerta derecha del gran armario que había en el cuarto, Lovino encontró la solución a sus dos problemas. No sabía cómo su mochila había llegado hasta allí, pero la había recuperado y eso era lo importante.
Nada más bajar se encontró la mirada chispeante del español.
–¿A dónde vamos hoy?– Preguntó, posiblemente con demasiada emoción. ¿Qué había desayunado? ¿LSD?
–Adivínalo– Movió las mochilas delante de sus narices y le pasó la que tenía color azul.
–¿Vamos a… hacer turismo?
–No, tonto – Fue a la cocina y comenzó a guardar las cosas correspondientes para el medio día. Comerían algo tarde, pero eso era culpa del español por llegar a esa hora.
Antonio le siguió y miró como terminaba de guardar una botella de agua. Lovino le señaló un par de cosas y entendió que debía llenar su mochila también.
–¿A la playa?
–No.
–Pues ni idea.
Recibió un leve golpe en la cabeza, asestado con la mano del ítalo.
–Vamos al parque.
–Oh– Parecía decepcionado–. Supongo que será divertido.
Se iba a llevar otra colleja, pero esta iba a ser más fuerte.
–Tenemos que ir andando o en autobús, por cierto. El coche no me funciona– Explicó el más joven.
Antes de escuchar algo como contestación, el moreno agarró el brazo de Lovino y tiró un poco de él.
–Pues vamos andando entonces.
–Está bien… De todas formas, tampoco tenía ganas de subirme a esa lata con ruedas.
Pasaron por el paseo en silencio. Uno concentrado en la música que estaba escuchando, y el otro en el sonido de sus tripas. Definitivamente tenía hambre.
–¿Has traído comida?
Lovino se giró hacia el español mientras levantaba una ceja, inquisitivo.
–¿Qué crees que llevo en la mochila? ¿Un cadáver?
–Quizás– Rio un poco–. Espero que no, porque sería tu cómplice.
El italiano negó un par de veces mientras sonreía por la estupidez de su compañero. Estaba a punto de comentar algo más hasta que vio la zona que estaba buscando. El suelo estaba recubierto por césped verde vivo, y había varios árboles frondosos donde cubrirse para así poder echarse una siesta. Además, un poco más apartados a ese lugar había un par de mesas donde poder colocar la comida sin demasiado riesgo a que las hormigas fueran a por esta.
–Aaah… Un picnic, ¿eh? Me gusta– Sonrió hacia Lovino, el cual escondió su rostro girándolo hacia otro lado– Este lugar es muy pacífico.
–Ya. Por suerte está alejado de la zona infantil y no tendremos que escuchar a los críos gritar continuamente.
–No te gustan los niños, ¿eh?
El italiano se tensó al escuchar aquello. No podía sacar el tema después de haberse librado de él. Desde que Antonio había tenido el accidente, no había surgido.
–No es que los deteste… –Comenzó –… pero tampoco me agradan demasiado. Son muy ruidosos y hacen lo que les da la gana cuando les da la gana.
Antonio asintió levemente.
–¿Te había pedido tener un hijo? ¡Sólo es por curiosidad!- Rio ligeramente, tratando de quitarle la tensión al asunto.
Del susto el menor casi se había tropezado con su propio pie.
–Sí, bueno– Siguió andando, metiéndole prisa al ritmo al que iban–. Te dije que mejor esperar a una situación económica más oportuna, y después de casarse, claro.
El moreno asintió de nuevo y divisó una zona que sobresalía algo más que el resto. Era una especie de colina. Ya había una pareja en el sitio, pero tampoco es como si estuvieran ocupando todo.
–Hey, Lovi. Podemos ir allí. Seguro que hay mejores vistas.
El de ojos ambarinos lo siguió y tendió el mantel en el lugar, ojeando de vez en cuando a las otras dos personas allí presentes. No parecían incómodas por no ser las únicas, y si lo estuvieran el ítalo tampoco se molestaría en solucionarlo.
Sintió algo de alivio al notar la sombra de aquel árbol cubriéndoles del repentino y confuso calor de mayo. Una leve brisa sacudió su cabello, despeinándolo y sacándole de su ensimismamiento. Pudo distinguir una tenue sonrisa en los labios del mayor, observándole con disimulo mientras sacaba la bebida que Lovino le había guardado en la mochila. Al notar que había sido descubierto, el hispano vio hacia otra dirección, admirando así las maravillosas vistas que había. Desde aquel lugar podía admirar parte de la playa y el paseo de esta, además del resto del parque.
No obstante, pronto recordó que tenía hambre. El español parecía a un niño el día de navidad. Mostraba una sonrisa boba e ilusionada, esperando a que su acompañante quitara "los regalos" de la mochila.
–Cociné un poco a desgana, como imaginarás, así que no sé si estará bien del todo…–Confesó, con algo de inseguridad en el tono.
–¡Seguro que sabe genial!– Trató de alcanzar la mochila, pero rápidamente el italiano la apartó de su alcance– Eres muy buen cocinero.
Lovino negó, un poco molesto. Si hubiera sido un buen cocinero no lo habrían desechado como a un calcetín sucio. De todas formas, agradeció el intento de su amigo para animarle (a pesar de ser principalmente para poder comer ya). Le tendió un tenedor y un plato, y colocó las diferentes comidas sobre el mantel.
"Lo hice a desgana, ya, claro" dijo para sí el mayor, observando con deleite la variedad que allí había. Ensalada de pasta y normal, empanada, sándwiches, tortilla de patatas… Espera.
–¿Por qué has hecho tortilla si a ti no te gusta?– Preguntó el español, ciertamente confundido.
Lovino se encogió de hombros y vio hacia la pareja que había a unos cuantos metros de ellos.
–A ti sí te gusta. Además, no es un plato excesivamente difícil de preparar…
El moreno sonrió ante el detalle del otro. Sí que era adorable algunas veces. Comenzó a notar cierta presión en la zona del esófago y un ligero aumento de palpitaciones. Quiso suponer que era debido al hambre y no le dio demasiada importancia.
Por el otro lado, Lovino desvió la mirada hacia otro punto. Realmente sí que le había costado trabajo el tener que haber tocado aquella cosa tuberculosa llamada Solanum tuberosum, o más conocidas como "patata". No obstante, sabía que había formas de conquistar a un hombre, y una de las más efectivas era por su estómago. No supo exactamente en qué momento comenzó a reír por lo bajo, pero pareció que el gesto asustó un poco al otro.
Se sirvió un poco de cada cosa, mientras rehuía la tortilla, por supuesto, y comenzó a comer.
–No te he preguntado cómo te ha ido la mañana– Se llevó un trozo de empanada a la boca mientras veía a los ojos verdes de su compañero– ¿Y bien?
–Bastante bien, la verdad. ¡He descubierto que hablo inglés fluido y todo! Un joven sueco muy amable estuvo charlando conmigo, preguntándome sobre zonas turísticas, que la verdad tampoco tenía yo mucha idea de qué sitios decirle, pero fue entretenido. Obviamente, estuve trabajando cuando hacía falta, claro. Al parecer quería impresionar a su pareja. Mira que les gusta a los nórdicos España… – Hizo una pausa para respirar y beber un poco de agua– El caso es que realmente fue una grata sorpresa descubrir que sé hablar otro idioma. Supuse que entendería algo, pero no que tendría ese nivel. ¿Tú lo sabías de antes?– Recibió un asentimiento– Lo que sea. También hubo un grupo de chicas que trataron de coquetear descaradamente con un compañero de trabajo, al menos me pidieron traerlo, aunque no quisieron que me fuera en un rato.
Lovino alzó una ceja, incrédulo. Aquello era una táctica de despiste. Sí que lo había despistado, porque ni se había dado cuenta de que ellas también habían tratado de ligar con él.
–¿Te pidieron el teléfono o algo?
–Sí, pero preferí no dárselo.
–¿Por qué? Seguro que eran agradables.
–Sí… pero no sé. Creí que no debía interponerme en la felicidad de mi compañero y su "harem"– Bromeó.
El menor sonrió un poco ante el comentario. Mientras él no hubiera sido el causante de aquello, no se sentiría mal.
Antonio cogió un pedazo del pecado con patatas y se lo tendió a Lovino.
–¿La has probado alguna vez?
–Ni falta que me hace– Gruñó el ítalo. Quizás había sido algo brusco, pero no quería que le acercara eso.
–Oh, vamos. Seguro que no es para tanto. Hay gente que odia algunas cosas pero en un plato en concreto no. Por ejemplo, a mí no me gusta mucho el queso solo, pero fundido o en otra comida sí.
Lovino farfulló por lo bajo, molesto. Más se hastió cuando el otro abrió un sobre con celestial kétchup y lo echó sobre la porción de tortilla.
–Pruébalo.
–¡No!
–Venga…– Se acercó más a él– No puedes decir que algo no te gusta si no lo has probado.
–¡Qué no quiero, hostias!– Tapó su boca con las manos– Para, pesado.
El español sujetó las muñecas del menor y sonrió con maldad. Estaba a su merced. Se acercó un poco más a Lovino y lo vio directamente a los ojos, consiguiendo agitar al otro un poco. Bajó un poco más la vista hasta los labios del joven y tragó saliva. Tras esto, recordó qué estaba haciendo y le acercó la comida.
–Pruébala, por favor.
Lovino asintió, acalorado por el repentino acercamiento del español. Nunca pensó que fuera a decirlo, pero gracias a las patatas, había conseguido tener a Antonio prácticamente pegado a él. Dudando un poco, cogió la comida directamente del tenedor del moreno y la probó. Sintió el sabor levemente dulce y picante del kétchup suavizando el sabor de aquellos tubérculos, y aunque le dolía reconocerlo, no estaba mal.
–¿Y bien?– Le preguntó el moreno, algo asustado al no escuchar ni una sola palabra del menor. Quizás debería volver a la iglesia, confesar sus pecados y esperar al asesinato del ítalo por haberle obligado a comer.
–Pensé que sería peor, pero no me vuelvas a acercar eso o te quedas sin descendencia.
El mayor se llevó las manos a la entrepierna, algo asustado.
–No se repetirá.
–Bien.
Siguieron charlando y comiendo tranquilamente, sin abusar demasiado de las conversaciones forzadas o los silencios incómodos. Simplemente se sentían bien uno al lado del otro, disfrutando de su compañía.
Lovino dirigió la mirada hacia su compañero, el cual parecía perdido en sus pensamientos mientras roía un bocadillo vegetal.
–No entiendo por qué se le llama así– Soltó de pronto, dirigiendo una mirada repentina al menor– El bocadillo vegetal, digo. ¿Por qué vegetal si tiene atún y queso? El queso vale, ¿pero el atún?
–¿Porque tiene vegetales también?
El español cerró la boca. La verdad es que en parte era cierto, pero seguía sin tener sentido.
Antonio volvió a dirigir su mirada a la copa del árbol que les hacía sombra. Mientras, el menor prestó atención a su amigo. Se veía tan bien iluminado con aquella tenue luz formada por la sombra, y la brisa que de vez en cuando mecía su cabello castaño y rizado. Sin duda era el hombre más atractivo que existía, tras él, claro, aunque estuviera bastante manchado por la mejilla y la comisura de los labios. Se rio levemente al comprobar aquello.
–Idiota.
–¿Eh? – Salió de su ensimismamiento, para girarse hacia el hablante y así enseñar todavía más la mancha de tomate en su rostro– ¿Qué pasa?
–Estás manchado– Señaló una zona, mas el otro no daba acertado–. Déjalo. Ya lo hago yo.
Se movió un poco para poder estar casi pegado a Antonio. Cogió una servilleta y limpió con algo de miedo a su compañero, quizás temiendo que este le reclamara algo. No obstante, Antonio se quedó petrificado, mirando al italiano con ojos confusos y sorprendidos. El italiano se mordió levemente el labio inferior, un poco nervioso ante la atenta mirada del español. El moreno retrocedió un poco tras notar como Lovino se apartaba, y fue tan mala su suerte que resbaló colina abajo.
–¿¡Antonio!?– Llamó algo preocupado el otro. Tampoco es que fuera mucha altitud, como mucho tres metros, mas tenía miedo a que su caída le hubiera hecho daño o algo.
Pronto escuchó las risas del mayor, todavía tirado en la hierba. Algo molesto por el susto, se acercó al final de la cima.
–¿¡Eres idiota o te caíste de cabeza al nacer!?
–¡Ambas!
Lovino gruñó y comenzó a bajar, aunque al parecer, esa colina tenía sed de sangre y también lo hizo tropezar con una inoportuna piedra en medio. Rodó hasta quedar prácticamente encima del otro, el cual incrementó sus risas al notar la cara del ítalo sobre su barriga. El menor se arrastró hasta encarar al español, quedando sus ojos fijos en los del otro. Antonio volvió a reír y lo abrazó, consiguiendo paralizarle el corazón, para que luego volviera a latir muy rápido, tanto que dolía.
–Luego soy yo el idiota– Consiguió articular entre carcajadas, mientras hundía su rostro en el cuello del menor–. Tú te has tropezado después. Eso es mucho peor.
–¡Oye!
El español se separó un poco de él, volviendo a permitir su contacto visual. Los ojos de Lovino eran dorados con tonos verdosos, algo bastante especial, a su parecer. Gracias a la luz del lugar, relucían como dos joyas impresionantes, destacando aquellas tonalidades poco comunes y dándole la sensación de que era imposible que alguien pudiera tener unos ojos tan hermosos como aquellos. Bajó un poco la vista, topándose con los labios del menor, ligeramente separados por la agitación de la caída y dejando escapar su respiración de ellos. Bajando un poco más vio el cuello de este, algo cubierto por el cuello de la camisa, mas perfectamente visible. Volvió a prestar atención a la boca de Lovino y perfiló con su mirada los bezos de la atractiva cara frente a él. Sintió el aliento cálido del ítalo en su nariz y ahí fue cuando sufrió un cortocircuito. Todo su cuerpo se tensó levemente, el corazón comenzó a latirle a una velocidad que no era normal, el calor le recorrió todo el cuerpo, el estómago se le agitó. Lo siguiente que sintió fue pánico.
–A-Antonio… ¡Me estás haciendo daño, cabrón!– Le chilló el menor, sacándolo de su ensimismamiento. De la tensión había apretado bastante su agarre, haciendo bastante daño en su abrazo.
–¡Ah! ¡Lo siento muchísimo!
Soltó al pobre ítalo de su prisión y lo dejó respirar. Este le frunció el ceño con algo de molestia. Se apoyó en las palmas de las manos y estiró los brazos.
–Me voy a vengar.
–¿Cómo? ¿Así?
El ataque de cosquillas de Antonio no se lo pudo esperar.
Y ahí estaban ambos, recostados a la sombra del árbol donde en el pasado ya habían dormido, uno al lado del otro sobre la manta que hacía de mantel mientras los rayos de sol de la tarde se colaban entre las ramas y las hojas.
–¿Sabes que has escogido justo el mismo sitio que la primera vez? – Susurró Lovino, bastante adormecido– A veces pienso que recuerdas todo, sólo que sigues tomándome el pelo o algo…
–Yo nunca haría eso– Musitó con los ojos cerrados y dejándose llevar por el rumor de las hojas–. Supongo que el anterior Antonio y yo tenemos muchas cosas en común.
–Muchas, muchas, muchas…
–Tenemos hasta el mismo nombre y todo. Si es que…
Lovino rio ante el comentario del mayor.
–No sé si te has fijado, pero en una zona de este árbol pusiste nuestras iniciales– Bostezó–. Querías convencerme de que éramos una pareja para siempre a pesar de que aún no te había dicho que sí a ser tu novio– Se frotó un ojo y miró hacia su acompañante–. No me puedo creer que en ese entonces fuera tan testarudo como para tardar tantas citas en decir que sí… Iría al pasado y me golpearía en la cabeza por idiota. Creo que con la espera te hice sufrir bastante.
–¿Sí?
–Te dije que sí a tener un par de citas, pero no te quería reconocer que salíamos.
Antonio se levantó y comenzó a buscar por el tronco del árbol las letras. Consiguió distinguirlas a pesar de la antigüedad y las tocó con la yema de sus dedos. Cerró sus ojos y respiró profundamente, en calma. Quizás Lovino sí que estaba hecho para él después de todo. Abrió los ojos lentamente y giró hacia su compañero, en ese momento dormido, y sonrió.
¿Esos sentimientos eran nuevos?
…
Día 1 tras nuevos sentimientos
...o...o..o...
BUENO. Me ha vuelto a pasar lo de la última vez. Apenas tengo tiempo para estar en el ordenador, y cuando lo estoy me pongo a hacer otras cosas porque mi cerebro no da para más (Bueno. Eso o tengo que ponerme a hacer los 101 trabajos que me mandan cada trimestre los muy amables de mis profesores).
El caso es... que lo siento mucho, PERO en una semana acabaré las clases si todo va bien y podré retomar mis publicaciones al fin. En serio, menos mal que tenía capítulo escritos antes, que si no, seguramente iría dos capítulo atrás o más.
A lo que iba. Sobre el capítulo: Seguramente ya alguien (principalmente español, porque ya he recibido quejas) esté escribiendo furiosamente acerca de mi madre por haber puesto que le añadían kétchup a la tortilla. Lo sé, lo sé. Yo no lo hago, pero creo que era una forma para conseguir que Lovi la probara... Por otro lado, y lo más importante, la cita en general. ¿Qué os ha parecido? Tenía muchas ganas de publicar este capítulo, la verdad. Creo que representa un gran paso en su relación y amistad. Os dije que iban a pasar cosas en esta cita, y no mentía. Ah, y el final... Bueno. Es un cambio de título que quería añadir
Tengo malas noticias acerca de los próximos capítulos. Veréis... No es que sean demasiado interesantes, pero hey, dentro de poco se vienen los cambios (O eso creo yo...)
Maddy: Jajajaja me alegra que esa propuesta te haya alegrado tanto. La verdad, tienes razón. Nadie puede decir que no a algo como eso. Es que... es prácticamente imposible. Bueno, son las obras de los futuros ex vecinos (Lovi, guarda el arma). Bueno, en eso estoy contigo, hermana. Hay que quemar a ese ser despreciable, pero otro día, que ahora estoy ocupada xD. Ya ves como cayó... jejeje. Creo que en este capítulo se ha podido confirmar. Ay, es un placer. ¡Gracias a ti por comentar!
¡Hasta la próxima!
