Mis queridos lectores, les acerco el final alternativo a Ocaso Rojo. Este es en realidad, el final original, que luego decidí desechar por ser un final muy al estilo "Mary Sue". Quizás ustedes puedan juzgarlo de acuerdo a sus gustos, y hasta decidan quedarse con este final. Como sea, les doy la libertad de elegir.


EPÍLOGO

Tan pronto cerró los ojos, deseando morir allí mismo y para siempre, los volvió a abrir. Se sintió encandilada por una potente luz, que no dejaba que distinguiera nada. Levemente la luz se fue atenuando y sus ojos comenzaron a percibir lo que sucedía a su alrededor: una corte de elfos cantaban una canción, un lamento por su muerte, mientras batían remos, un lánguido barquero dirigía a los demás, y ella sentada en medio, vestida toda de blanco. Sin dudas era un barco blanco. Aunque no podía ver el exterior de la embarcación, supo al instante que se trataba un gran cisne blanco, surcando los cielos.

No comprendía cómo había terminado allí. Toda su vida evitando suicidarse a pesar de los grandes dolores pasados, con el miedo de no poder volver a Valinor. Ahora había deseado dejar de existir para siempre y que el paso de los años borrara el recuerdo de su paso por la Tierra Media y en cambio la estaban dirigiendo a Valinor. ¿Para qué? ¿Para profundizar su dolor y prolongarlo a través de la eternidad? ¿Cuál era el sentido de dejar que su cuerpo siguiera con vida en Valinor, si su alma había muerto junto a Kili?

Quiso preguntar por qué la llevaban a Valinor, pero una elfa a su lado hizo un gesto casi imperceptible con el cual dejaba en claro que ellos no podían darle ninguna explicación. Comenzó a imaginar una vida en las Tierras Imperecederas sin su amado enano a su lado. Otra eternidad vacía, sin sentido, como más de una vez sintió desde que partió de Valinor. Y ahora se encontraba de vuelta a su primer hogar y se sentía más despojada que nunca.

Conforme se fueron acercando a las costas blancas, Tarian sentía más el peso de sus años. Sentía el cansancio, el frío y el dolor que había soportado a través de su camino. Se encontraba abatida incluso como no lo había estado en los dominios de Morgoth. Comprendía que su existencia no había valido más que unos breves momentos, los pocos que pudo vivir junto a Kili.

No podía olvidar aquel bello y joven rostro, la mirada vacía por su prematura muerte, pero aún así sus ojos continuaban siendo los más tiernos que jamás había visto. Si tan solo hubiera podido elegir no ir hacia Dol Guldur, lo más seguro era que nada hubiera acabado del modo en que sucedió. Seguramente habría hecho pasarles una grata estancia en Mirkwood, y haber evitado que tuvieran que recurrir a Esgaroth. De saber que Bardo había asesinado a Smaug y nada debían los enanos a la Ciudad de Lago, ahora quizás estarían buscando un sitio para establecer su morada, un lugar donde vivir tranquilamente los años que el cuerpo de Kili resistiera. Y hasta tener hijos si es que eso era posible. Ahora, el cuerpo de su amado yacía sepultado en Erebor, muerto para siempre.

La quilla de la embarcación por fin tocó suelo firme y Tarian pudo ver dos figuras esperando en la orilla, dos rostros que le brindaron un poco de paz: Turgon y Melian, esperándola para recibirla. El barquero le tendió la mano para ayudarla a bajar de la barca y ella dudó. Quería arrojarse al vacío que rodeaba las Tierras Imperecederas para que el tiempo apagara su alma para siempre, pero en medio de sus cavilaciones, el barquero había tomado su mano y la arrastraba suavemente hacia la arena húmeda. Su semblante estaba apagado y el elfo y la Maia se entristecieron al ver la tristeza que opacaba su mirada. Melian fue la primera en atraerla hacia sí para abrazarla. Tarian avanzaba sólo porque los demás se encargaban de llevarla. Cuando estuvo en brazos de su antigua amiga no lo pudo soportar más y rompió en llanto. Turgon se acercó y acarició su cabello. Tarian pasó de brazos de la Maia a brazos del elfo, sin darse cuenta.

-Bienvenida a Valinor, Tarian, una vez más es un honor pisar el mismo suelo que tú. Dijo el antaño señor de Gondolin- Debemos seguir camino, te están esperando.

Tarian hizo caso, pero no dijo una palabra. Sabía que le esperaba el juicio ante Mandos y rogaba que le impartiera la peor de las penas: la muerte definitiva era lo único que anhelaba y deseaba que todo pasara tan rápido que no pudiera notarlo siquiera. Así, su cortejo la escoltó hacia Mandos, donde sería juzgada por la manera en que vivió su vida, por sus aciertos y sus errores. Dependía de la decisión del Valar para acabar con su dolor.

-Por el poder que Eru me otorga, en cuerpo y alma debo presidir tu juicio, hija de Ilúvatar. Mucho se ha parlamentado mientras tu barca se dirigía hacia nosotros. Cada acción que has cometido no ha hecho más que alejarte de tu misión, la cual elegiste tú misma. Habiendo terminado tu tiempo en la Tierra Media, fue tu decisión permanecer en un mundo de desesperanza, al que cada día la razón abandona más y más. A cada paso, tu manera de actuar se iba haciendo cada vez más egoísta y has hecho cosas que han afectado a los demás sin medir consecuencias.

Pero del otro lado de la balanza, hay quienes creen que te has ganado el derecho a decidir por ti misma, puesto que todo este tiempo has luchado y arriesgado tu vida en pos del bien. Son los mismos que creen que todos merecemos a alguien que nos haga felices, sin importar razas o en qué lugar hayan nacido. También expresan que no has sido egoísta, sino más bien te has permitido amar más allá de toda razón y sólo pueden comprenderlo quienes hayan amado en igual medida.

No ha sido…

En ese punto, Tarian comenzó a hundirse en sus pensamientos, no necesitaba más para saber que Mandos y Yavanna estaban en contra de sus acciones y Manwë y Aulë a su favor. Pero le daba igual, prefería no tener a nadie de su lado y la mandaran de regreso a la linda tumba que le estaban cavando junto a la de Kili. Se había cansado de la visión extraña de los Valar, sobre todo de algunos que hablaban amonestando sentimientos que jamás conocerían. Estaba furiosa, como nunca antes. Quería gritarles en la cara que ellos eran los culpables del mal en la Tierra Media, que de haber sido más claros con su creación, nada de eso habría pasado. Que en vez de tratar de reparar sus errores, mandaron a otros seres que tuvieron que sufrir por todas sus equivocaciones y, por si fuera poco, los culpaban de todo lo que había salido mal.

Pero también sabía que sus sentimientos surgían del dolor. Y que aunque en muchos puntos tenía razón, no era ella la más apta para juzgar: el rostro de Gilmarion apareció frente a sus ojos, con el corazón roto, abandonándose a la muerte. Podría haber subido al barco de Elendil, pero decidió perecer en la amargura de ver a su amada traicionándolo.

-…y ante tal imposibilidad de llegar a un acuerdo común, será el mismo Ilúvatar quien juzgará tus actos.

Tarian de pronto comenzó a prestar atención. Hacía años que no cruzaba palabra con su verdadero creador y aunque se sentía embargada por la incertidumbre, sabía que nadie más que él podría saber cuan dolida estaba.

De pronto, pareció como si todos se hubieran esfumado y ella hubiera sido transportada al acantilado más alto de toda Amán. Desde allí, por increíble que pareciera, podía ver desde allí el panorama de la Tierra Media luego de la batalla. Pudo sentir también como una voz profunda invadía su interior, profunda pero cariñosa.

-Hija mía, puedes ver el dolor que has dejado en ellos al partir. Sé que lo sientes en este momento. ¿Esperas que un padre acepte perder a una de sus hijas?

Las lágrimas comenzaron a manar de los ojos de Tarian. Hacía mucho tiempo que Ilúvatar no entraba en su mente y podía sentir un gran dolor. Sabía que a él no podía mentirle ni esconderle nada. Nadie conocía sus sentimientos como él y ahora se sentía desnuda por completo. Pero no podía comprender por qué debía pasar por tanto dolor, si su padre creador la amaba tanto, ¿era necesario dejarla sufrir así?

-Algún día, Tarian, comprenderás por qué razón tu vida ha sido tan dura. Y finalmente podrás ser feliz.

La Maia asintió aunque hubiera preferido haber sido aplastada por el mismísimo Morgoth y antes que pudiera advertirlo, estaba otra vez ante Mandos y la mirada atónita de todos los presentes, esperando el veredicto de Ilúvatar. Manwë se puso en pie y tomó la palabra.

-Has de permanecer en Aman, en las estancias de Aulë, a su servicio y al de Yavanna, como antes. Esa es la decisión de nuestro Padre Supremo.

Poco a poco, todos los presentes comenzaron a ponerse de pie para retirarse. Manwë se acercó a la Maia, notando su incomodidad ante la decisión de Ilúvatar.

-Sabes bien que todo lo que dicta es para tu bien.

-No es eso, me quieren acá porque necesitan guerreros para la batalla final, la Dagor Dagorath, donde Morgoth y Sauron se alzarán una vez más.

-Sería prudente que confíes en él y no prejuzgues sus ideas.

Tarian hubiera replicado, se habría quejado por tantos años de sufrimiento y porque ahora no le permitieran morir en el olvido. Pero sabía que era en vano. Sólo asintió y se retiró de Mandos. Fue recorriendo con paso lento los kilómetros que la separaban de la estancia de Aulë y Yavanna. Lloró, gritó, maldijo. Los elfos que la veían creían que estaba abrazando la locura y ella también comenzaba a creerlo. Pero debía desahogar toda su furia antes de llegar a destino.

Caía la noche cuando cruzó la arcada de la estancia de los Valar a los que debería servir hasta la eternidad misma. Delate suyo tenía un pasillo largo que llevaba a una sala en penumbras. Tarian caminó desganada hasta allí y se encontró con el mismo Aulë trabajando en un gran yelmo, y eso le recordó su armadura de plata.

-Me temo que ya no te podré devolver la armadura que me prestaste. –El Vala levantó la vista y la miró con ternura.-

-Era un regalo y le has dado buen uso, así que me contento con saber que ha cumplido con su función.

La voz de Aulë retumbó en las altas paredes, tan altas que no permitían ver el techo. Todo a lo largo del pasillo que Tarian había recorrido, había pasadizos más pequeños que llevaban a cámaras y dormitorios.

-Bueno, mi señor, ante ti me presento, para servirte en lo que deseen, tú y Yavanna hasta el fin de los tiempos. Sólo dime y yo acataré.

-Sé feliz y ama sin barreras.

La Maia no entendía nada. Iba a preguntar a qué se refería, si ya había amado y había perdido, pero unos pasos interrumpieron sus pensamientos y giró para ver quién venía a sus espaldas, pensando encontrarse con Yavanna. Allí, entre sombras, pudo ver claramente tres figuras, de apenas de más de un metro de estatura y aunque sus rostros no se distinguían en la oscuridad, el corazón de Tarian dio un vuelco. Sus palabras se ahogaron en su garganta y no pudo emitir sonido alguno. Sólo hizo lo que pudo, correr hacia una de las figuras, la más pequeña, sólo con ver el contorno de su cuerpo lo reconoció.

A medida que se acercaba sus rostros se hicieron evidentes. Las lágrimas perlaron las pestañas de Tarian que se fundió en un abrazo tierno y desesperado. Y aunque sus labios se juntaron, ella creía estar soñando y deseaba no despertar nunca. Pero ese beso era real y a pesar del diminuto tamaño de Kili, la tomó por la cintura mientras la besaba para alzarla. Thorin y Fili estaban a su lado, observando con miradas cómplices que al fin los amados iban a poder amarse sin condiciones ni adversidades.

Con el tiempo Tarian supo que los ruegos de Aulë al mismo Ilúvatar fueron oídos. Pidió por clemencia por los enanos, que lucharon junto a la Maia y aunque Thorin se disgustó, llegó a redimirse en su inminente muerte. Se le permitió a los enanos ir a las Tierras Imperecederas a condición que permanecieran en su estancia, ayudando en sus labores. Manwë fue quién convenció al creador de todo lo vivo que la Maia se merecía otra oportunidad, objetando que hasta él habría abandonado Valinor si hubiera perdido a su amada Varda.

Algunos dicen que el ser supremo de Arda ya había decidido este final para la vida de Tarian, y que éste formaba parte de su hado, que se había consumado al llegar a la estancia de Aulë junto a su amado. Otros rechazan esa versión, argumentando que era injusto que le otorgaran vida eterna mientras ella había renunciado a vivirla, y que Ilúvatar se excedió en benevolencia. Mientras los enanos pasaban horas en la forja, armando los ejércitos de Aman, a la espera de la última batalla, la Maia se dedicó a ejercitar su táctica de pelea, esperando el mismo evento. Yavanna comprendió por fin a Tarian y aceptó su manera de actuar: en el fondo ella también supo que daría su vida por su esposo.

Tarian y Kili pudieron vivir su amor en toda su plenitud. Allí están los dos amantes, recordándose uno al otro lo mucho que se aman. Lamentablemente, de ese amor no hubo frutos, ella perdió muchos embarazos antes de bajar los brazos. No tuvieron descendencia, pero aún así fueron felices para siempre, aceptando que si su vida no era perfecta, al menos estaban juntos, y eso era lo más importante.

Su historia aún me maravilla, desde el día en que mi tío Bilbo me la relató, anhelé durante años saber que había sido de la Guerrera Blanca y su amado Naugrim. Pero cuando por fin se me concedió, como portador del Anillo Único y al igual que Bilbo, ir hacia las Tierras Imperecederas, fue un gran alivio saber que allí estaban los dos.

Fue grandioso ver a mi tío sonriendo aliviado, porque al fin supo que su amor había sido permitido, más allá de la vida. Y aunque nosotros estemos aquí, solos, sabemos que no hay mal que resista la llama imperecedera del bien. Esperamos, como todos, la batalla decisiva. Y como diría mí estimada amiga Tarian:

"Aunque el mal oscurezca nuestros días, sabremos que hemos amado, perdido y luchado. Y no hay mal que pueda extinguir esa llama jamás".


Ahora si, gente, gracias por haberme acompañado en este hermoso viaje, junto a mis queridos amantes. Les agradezco por dejarme entrar en sus hogares con esta humilde historia. Y como conclusión, y aprendiendo un poco de mi querida Maia, les pido que vivan intensamente y que amen con locura.

Los quiero!