— ¡Lily, James, Frank y Alice se han enfrentado a Voldemort tres veces! ¡Todos lo hemos hecho! ¿Qué clase de reunión es esta? ¿Cuál es el punto? —explotó Sirius. Llevaba más de dos horas inserto en una especie de junta secreta de la orden. Secreta precisamente porque los cuatro que acababa de mencionar no estaban en ella y esa decisión había sido deliberada, no a la ligera. Marlene tampoco tuvo la suerte de entrar debido a que no era auror así que se sentía un poco abrumado sin su presencia y la suerte de interrogatorio al cual sometieron a todos los asistentes.

Necesitaba que le dieran información concreta, clara y transparente, pero lo único que hacían era pedirla. Dumbledore, sin perder la parsimonia, no era capaz de darles una explicación coherente sobre lo que estaba sucediendo y, de hecho, los evadía olímpicamente. Todo había sido muy rápido, los más jóvenes se encontraban totalmente desorientados.

— ¿Podrían decirnos qué sucede, por favor? —pregunta Dorcas por enésima vez, sin rendirse y sin cambiar el tono dulzón y amable en la voz. Sirius la miró y luego al resto, esperando una respuesta para algo que también se preguntaba.

Minerva McGonnagall, al otro lado de la mesa, lucía extremadamente afectada y no podía ocultarlo. No había intervenido desde que había comenzado la reunión y eso era algo que alarmaba a muchos de los que había llegado esa tarde sin saber qué esperar de aquella junta en la residencia de Edgar Bones. Dumbledore miró a sus colegas y luego a sus antiguos alumnos con un pesar inimaginable en la mirada azul eléctrico. Las cosas cambiarían y era necesario que lo supieran, ya no tenía manera de seguir rehuyendo a la tarea de informarles lo que sucedía, cosa que por primera vez lo tenía con los nervios de punta desde que Sybill, su colega, le había hecho esa revelación en la taberna Cabeza de Puerco.

— Necesitamos proteger a los Potter de Voldemort. Se han convertido en su objetivo —un silencio sepulcral recorrió la habitación. Sirius abrió la boca ligeramente, sin creer nada de lo que escuchaba, en primer lugar. Se preguntó con escepticismo ¿Por qué ellos? ¿Por qué habían estado involucrando también a Frank y Alice en aquel interrogatorio? Y nuevamente ¿Por qué la familia de James? No se le ocurría nada que preguntarse más que eso, y respuestas no existían hasta el momento.

Se inclinó sobre la silla en donde estaba casi recostado y se pasó una mano por la barbilla, tenso, sintiéndose un poco paranoico cuando percibió que todas las miradas se posaban en él, esperando una reacción, esperando que el "mejor amigo de James" se desmoronara, pero el shock era tan que no podía mover ningún solo músculo de su cuerpo, nada.

— Necesitamos saber por qué, profesor —dijo Remus, estoico. Siempre se había caracterizado por ser el más racional, si se trataba de los merodeadores. Había advertido el terror en los ojos de su amigo cuando la noticia se deslizó por los labios de Dumbledore como un veneno mortal y, sintiéndolo profundamente por él, por James, por Lily, por su pequeño hijo, por todos, tuvo que preguntar al menos por qué le otorgarían tan fatal destino a ellos ¿Acaso lo merecían? Lo dudaba. Lo único que pudo hacer en el momento fue tragarse la tristeza y rabia que lo embargó e intentar conducir aquella reunión hacia alguna solución, y rápida. No podían perder más tiempo.

Agradeció silenciosamente que Sirius no comenzara a romper todo lo que tenía cerca. Sabía que en algún momento tendría que desmoronarse, pero al observarlo solo podía ver parálisis, vacío, incredulidad. No era el momento, pero lo sería pronto.

— Sybill ha revelado una profecía, una que involucra a Lord Voldemort —explicó McGonnagall, alzando su voz por primera vez desde que llegó. Remus miró con recelo a la profesora de adivinación. Una profecía no era real solo hasta que alguien la interpretara y la hiciera real en su mente, en su mundo, y si esa persona era Voldemort, por supuesto que se haría real y la culpa la tendría ella, solamente ella: Sybill Trewlaney—. La profecía decía que…

McGonnagall no estuvo segura de continuar, su barbilla tembló y alzó una mano para ponerla sobre su rostro, agobiada. Dumbledore tomó la palabra a continuación.

— Básicamente dice que el único con poder para derrotarlo nacerá de quienes lo han desafiado tres veces… —Sirius terminó en ese momento de comprender la pregunta por las veces en las cuales se pelearon a muerte con Voldemort durante esos años y, efectivamente, tres veces lucharon tanto los Longbottom como los Potter, pero ¿Cómo descartaron a los primeros? ¿Por qué estaban tan seguros que los elegidos eran los Potter?—… e indica que aquel ser vendría al mundo al concluir el séptimo mes.

La respuesta se abrió ante sus ojos de inmediato con las últimas palabras sobre el vaticinio.

— Es Harry —balbuceó Peter con la mirada perdida.

— No. No, no… no es Harry, ¿Por qué habría de hacerse real una cosa así? ¿Por qué un niño tendría el poder de derrotarlo? ¡Es ilógico! —Sí, Sirius por fin había explotado—. ¿Qué no se dan cuenta? Lo único que consiguieron con esa maldita profecía fue darle una razón a Voldemort para que marcara a los Potter, ¿Saben lo que querrá hacerle a Harry ahora gracias a esa mierda? ¿A esa mentira para crédulos? ¡Eliminarlo! ¡Asesinar a un niño de menos de un año de vida y de paso a su familia entera si intentan protegerlo! ¿Por qué les hicieron eso? ¿Eh? ¡¿POR QUÉ MIERDA LES HICIERON ESO?!

El ojigris nunca antes había sentido el impulso de hacerle daño a alguien de su lado, de la orden, alguien que se proclama "bueno", pero eso cambió hasta que vio con los ojos inyectados en odio a la escurridiza Sybill Trewlaney mirándolo con esos enormes ojos, ocultándose en silencio tras nada más y nada menos que Rubeus Hagrid, quien no se daba cuenta de aquello al verse sumergido en su propio dolor por sus pequeños amigos; él, al igual que los estudiantes y aurores más jóvenes, había recibido la noticia en esa misma reunión, no antes, y el shock en su cara era totalmente visible.

Y mientras, Trewlaney seguía como rata tras su gran corpulencia, pensando que así nadie la vería o culparía de todo lo que estaba pasando.

— Sirius, no… —Dorcas se acercó a él y lo tomó de un brazo suavemente—. Ven aquí —murmuró suavemente y lo jaló hasta que él dejó de mirar con ojos de asesino a la profesora y meneó la cabeza, dejándose llevar por la rubia hacia la calma. Dorcas le acarició luego la espalda y el cabello, como si fuera un niño, acción que tuvo su efecto, Black se tragó el nudo en la garganta y la rabia, pero todo seguía ahí, seguía ahí esperando atormentarlo hasta que se acabara.

Habían pasado tan solo dos semanas del nacimiento de Harry Potter, la luz de los ojos de James y Lily, a nadie le constaba aquello. La noticia había dejado devastados a todos quienes conocían a los alegres padres, a sus amigos más cercanos así como también a sus simples conocidos. Era triste que ellos no estuvieran allí en esos momentos sino que disfrutando inocentemente de toda la felicidad que les regalaba su primer hijo.

Era injusto, tan injusto. El mismo sentimiento recorrió a todos, algunos culpando a la profesora así como Sirius, otros queriendo buscar soluciones como Remus.

— Estoy de acuerdo con Sirius —se pronunció Lupin con impotencia, respaldando a su amigo con la mirada antes de proseguir. No podía dejar pasar por alto lo que había hecho Trewlaney, no podía dejar que los demás no se dieran cuenta de lo que sucedió gracias a esa "revelación", no podía dejar pasar una injusticia, nunca pudo—. El que la profecía exista no pone en peligro alguno a la familia Potter, el que haya llegado a manos de Voldemort sí. Si nuestra conclusión, como dijo Sirius, es que los perseguirá hasta hacerse cargo de… de su "máximo enemigo", es decir, un recién nacido… es eso lo que pasará.

— Por eso necesitamos protegerlos —repuso McGonnagall con una mueca de desesperación.

— No necesitamos ponernos los unos en contra de los otros en este momento. Esto es lo que vamos a hacer —Dumbledore se obligó a alzar la voz, pues los murmullos en contra de la adivina no cesaban y todos comenzaban a exasperarse hasta el punto de gritarle cosas, preguntas que no recibían respuesta, que nunca recibirían respuesta—. Vamos a ocultar el paradero de los Potter mediante el encantamiento Fidelio, al igual que el de los Longbottom, por lo pronto, y luego pensaremos en algo más. Llevamos una importante ventaja sobre él y su ejército, la cual debemos aprovechar.

— ¿Cuál? —preguntó Dedalus Diggle, horrorizado.

— Aún desconoce quién es su objetivo real, está confundido —el profesor tenía la mirada perdida, presentía que esa ventaja no duraría mucho pero tenían que aprovecharla al máximo, como lo había comentado—. No sabe con exactitud cuál de los dos niños nació al final del séptimo mes, y si no lo sabe, no puede actuar.

Sirius escondió su rostro entre sus manos tras resoplar sonoramente mientras Dorcas lo miraba con tristeza, sin dejar de acariciar su espalda, comprendiendo su dolor.

— ¿Cuándo podemos decirles al menos? A Lily, James, Frank, Alice… —preguntó Remus, vacilando.

— Voy a dejarles eso a ustedes, a sus más cercanos —razonó Dumbledore, dando por terminada la reunión.


Pasadas las diez de la noche, Marlene decidió darse un baño de burbujas, algo para matar el tiempo y de paso relajar su cuerpo y mente. Había pensado en ir a hablar con Dorcas pero la rubia, así como Sirius, estuvo ocupada en la reunión por la tarde, aunque ahora que lo pensaba, dudaba que aquella junta hubiera durado la maratónica suma de más de siete horas hasta ese momento, y deseaba no preocuparse tanto pero estaba comenzando a hacerlo inevitablemente. Su mente estaba llena de contradicciones, por un lado creía estar algo paranoica, por otro, simplemente usando el sentido común y algo de intuición, esta última gritándole que algo había sucedido, que algo le había sucedido a Sirius.

No, no, no.

Aburrida de mirar las burbujas deshacerse a su alrededor mientras permanecía inmóvil en la bañera, echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos, pensando una y otra vez, maquinando explicaciones para calmar a su mente caótica que llamaba a Sirius, que necesitaba saber que estaba bien.

No supo si fue una hora más tarde o tan solo minutos cuando sintió la puerta de entrada abrirse, y hasta pudo jurar que todos sus músculos se relajaron un poco con lo que significaba el que la puerta estuviera sonando, es decir, su llegada, lo cual no duraría mucho. De un momento a otro, tras un portazo, comenzó a escuchar el sonido del caos: cosas cayendo al suelo, una por una, un montón, cosas que se quebraban, que rebotaban, que provocaban grandes estruendos contra la madera. Era él, estaba en casa y estaba arrojando todo lo que encontraba a su paso entre lamentos y gruñidos horribles, más parecidos a cuando está convertido en un simple y gran perro negro que cuando es él, un hombre, un ser humano.

Saltó de la tina y, sin importar la sensación de tener jabón sobre su cuerpo, se puso la camiseta que había dejado a un costado de la tina de baño y corrió a su encuentro. En su agitada carrera hacia el salón, paró de golpe cuando un pedazo de vidrio se metió de lleno en la planta de su pie derecho, derribándola con un golpe seco al suelo. Estaba herida, sin duda, pero tras una puntada inicial el dolor físico que se espera de una herida así de profunda jamás llegó. Había localizado a Sirius en un rincón de la sala, encogido. Los caóticos sonidos se habían detenido porque ya no tenía qué lanzar, qué romper, y ahora se había reducido a eso: un pobre muchacho abrazado a sus piernas en el rincón más recóndito de la sala de estar. Era como si haberlo visto ahí, de ese modo tan indefenso y vulnerable, lo hubiera opacado todo. El ojigris dejó de abrazar sus piernas y se metió las manos en el cabello, revelando un poco de su rostro por el cual resbalaban amargas lágrimas que caían desde sus ojos mientras su cuerpo daba involuntarios espasmos debido al llanto.

Marlene gateó a su lado con rapidez, dejando un rastro de sangre en su camino. Poco y nada vio de lo que quedaba de su decoración; había libros abiertos regados por todos lados, floreros o pedazos de ellos, agua, flores, cuadros partidos y muchas otras más cosas, todas rotas, todas arruinadas. McKinnon lo envolvió entre sus brazos en silencio y él, al darse cuenta de su presencia, del perfume de su jabón, de la calidez de su cuerpo, quitó sus manos de su cabeza y la abrazó con fuerza. Apoyó su cabeza en su pecho y los latidos de su corazón fueron lo único que le devolvió la sensación de estar vivo y cuerdo todavía.

Haber ido a visitar a los Potter aquella misma tarde junto a Remus y Peter fue una de las cosas más duras que había enfrentado en la vida, tanto así como el haber lidiado con la muerte de Regulus en un pasado cercano. James todavía permanecía, era un hermano presente en su vida, constante, eterno; un gran espacio ocupado en su interior, la persona más importante que existió en su miserable vida desde que lo conoció a los once en el expreso de Hogwarts sin saber que jamás se podrían volver a separar. Quizás y dolía mucho más que la pérdida de Regulus, porque él vivió esa pérdida desde que era un niño y su muerte solo reafirmó lo que venía sintiendo hace mucho, que nunca lo pudo recuperar.

¿Podría recuperar a James? ¿Estaría a tiempo?

Marlene tenía los ojos bien abiertos y el corazón latiendo con rapidez. Asustada al verlo así por primera vez, sintiendo sus lamentos y ese abrazo tan desesperado, acarició su cabello una y otra vez, intentando calmarlo, acunarlo entre sus brazos. Él jamás quiso mostrarse así de débil frente al mundo, pero con ella nunca pudo fingir; tal vez por ese motivo solo al llegar a casa dejó el disfraz de auror, de responsabilidad, de estoicismo, como el que llevaba Remus, y se desmoronó.

Sabía que ella estaba por algún lado, sabía que ella iría, tarde o temprano, a recogerlo del desorden que había provocado.

— Sirius —la escuchó. Su voz fue como un lamento que le forzó a abrir los ojos y a ver lo que él mismo le había provocado. Contempló, limpiándose las lágrimas, el camino de sangre y agua que ella había dejado al acercarse a él y, sin buscar mucho la fuente, dio con el pie herido.

— Estás lastimada —balbuceó, asustado. Se separó del abrazo y la miró con sus ojos grises anegados en lágrimas, rojos de ira, tristeza y una nueva preocupación. Nunca quiso dañarla, ni siquiera indirectamente gracias a las cosas que había lanzado, envuelto en una ira que no se calmaba con nada—. Lo siento, lo siento, déjame arreglarlo…

— No, no —la joven tomó el rostro del morocho entre sus manos y lo obligó a mirarla a la cara, preocupada por él más que por su herida—. Dime que pasa, por favor —le suplicó con un hilo de voz, intentando no desesperarse y llorar, pues apenas y sabía cómo enfrentarse a eso, a ver a alguien destruyéndose frente a sus ojos.

Sirius no vaciló y accedió a su petición.

— Trewlaney hizo una profecía sobre Voldemort y un… un supuesto héroe que vendría a liberarnos de él —explicó brevemente. Lo último cargado en ironía y un odio irracional hacia esa mujer.

— ¿Y…?

— Ese héroe, enemigo de Voldemort, es Harry.

Marlene pensó que ese podría ser el chiste más cruel de todos y que no podía ser verdad.

— Harry… ¿Potter? —titubeó.

El joven auror asintió a penas.

— Eso es imposible, es un recién nacido, es Harry —rio la chica.

— James y Lily quieren que sea su padrino, es como si ya pensaran en que los quitarán del camino como sea, sin importar lo que hagamos y que… que deben pensar en la posibilidad de… morir, de morir por salvarlo y… y dejarlo conmigo, cuando ya no estén —murmuró Sirius, incrédulo ante sus propias palabras, ante todo lo que había sucedido. Se rehusaba a recordar lo que James le había dicho con exactitud, de hecho, se rehusaba a reconstruir esa maldita escena en su cabeza, quería olvidarla, pero esta aparecían en su cabeza y se repetía y repetía sin parar.

Sé el padrino de Harry, por favor, Canuto. Le había dicho y en su cara se reflejaba una infinita tristeza entre medio de su convicción y aparente dureza. James siempre fue más fuerte y estable que él, él podía sostener a su familia cuando cayeran en cuenta de la maldición que cayó sobre ellos y la injusticia en torno a ella. Recordó también cómo Lily asentía y apoyaba la decisión de James de hacerlo padrino de Harry, quien dormía entre sus brazos sin enterarse de su fortuna, su maldita fortuna.

¿Cómo decirles que no?

Marlene volvió a quejarse en silencio por su pie y él se soltó de su agarre y, sacando su varita del bolsillo, conjuró un hechizo en completo silencio para hacer que la sangre drenara y la herida cicatrizara en un segundo. La morena observó su pie, ahora intacto, y se acomodó mejor en el suelo a su lado sin dejar de abrazarlo. Aun le dolía algo pero en lo más profundo de su interior. Sentía que no podía asimilar todo lo que había escuchado, se cerraba a la verdad, la negaba, y lo hacía solo para dejar de sentir ese dolor.

No tuvo éxito.

— Dime que hay una manera de evitar que… que les haga algo —murmuró.

Sirius odiaba mentirle y, solo en ese momento, odió decirle la verdad también.

— Lo hará, el ataque es inminente, pero de nosotros depende que la protección sea suficiente y que los daños sean menores… todo depende de nosotros… de mí.

— ¿De ti?

— Haremos un encantamiento Fidelio para ocultar la ubicación de los Potter —evitó mencionar que los Longbottom también serían protegidos por un tiempo ya que eran aún posibles objetivos de Voldemort, quien gracias a la coincidencia de la que tanto hablaron, ahora no sabía exactamente cuál era en verdad su enemigo. Sirius no quería confundir más a Marlene ni darle más motivos para que se preocupara. Si fuera por él, hubiera evitado decirle todo tan solo para verla feliz, pero ella era su único refugio, su hogar y nunca hubiera podido ocultarle algo así por mucho tiempo sin volverse loco—. Yo seré el guardián de los secretos en aquel encantamiento… muy a mi pesar.

— ¿Por qué?

— Soy el candidato más obvio y… no lo sé, es algo que me hace dudar de su efectividad, pero si quieren que lo sea, lo seré.

Marlene consideró que, aunque fuera obvio, era el mejor candidato que podían elegir; no así Sirius, quien no podía dejar de pensar en aquello, en la obviedad de ser él el jodido guardián de la vida de sus mejores amigos, no podía soportarlo, tenía que hacer algo, tenía que adelantarse a la situación y ser, si era necesario, quien se arriesgara a ser atacado por ocultar a los Potter de la muerte.

Él podría ser el guardián aparente y otro el real, él podría ser torturado por la información que supuestamente portaría, pero al final del día sería alguien más quien realmente la tendría, alguien de quien nunca podrían sospechar, alguien que estuviera a salvo de los peligros y que mantuviera, por ende, a la familia de James a salvo.

Era un plan perfecto. Ahora solo tenía que buscar a alguien en quien confiar.

— ¿Sirius? —Marlene lo sacó de sus cavilaciones y planes abruptamente.

— ¿Qué? —le respondió casi sin voz.

Ella se separó de él y buscó sus ojos. Él la observó con tristeza, odiándose por haber arruinado la tranquilidad de McKinnon, pues lloraba, lloraba silenciosamente e intentaba quitar las lágrimas de su cara con sus manos, pero era inútil, seguían cayendo.

— Por favor, haz lo que te dicen —le rogó como si hubiera adivinado que estaba planeando hacer todo lo contrario. Lo conocía tan bien—. Tú lo harás bien —añadió y su tono lo hizo parecer como una garantía, como si fuera el único capaz de hacerlo bien, el único capaz de ser el héroe de todos. Debía admitir que siempre le agradó ser el héroe personal de Marlene, pero el otro puesto le quedaba demasiado grande y definitivamente no lo podía aceptar, no podría cargar con él, es por eso que, por primera vez, le mentiría hasta con sus expresiones: Le sonrió con mucho cansancio pero a su vez ánimo, todo el que podía brindarle y tomó su cara entre sus manos para mirarla directamente a los ojos más de cerca.

— Lo haré, lo prometo —le aseguró, besando su rostro, intentando llevarse con cada beso aquellas lágrimas saladas que tanto le molestaban.

— Entonces todo estará bien —musitó McKinnon, convencida. Sintiendo cómo los besos de Sirius se dirigían a su cuello, sin saber cómo sentirse, odiándose por sentir contra su voluntad algo de placer en ese momento tan doloroso, sentía como si no fuera merecedora de un momento de paz y felicidad ahora que todo estaba arruinado.

— Sabes a jabón —repuso él, distraído en su tarea.

— ¿Te molesta? —respondió Marlene con un hilo de voz, complacida.

Lo sintió hacer un leve sonidito de negación mientras se refugiaba en su cuello y de pronto volvía a su boca, besándola con ferocidad mientras con sus manos buscaba su piel bajo la camiseta, ávido de sentir más de ella y menos del mundo. El único lugar que restaba intocable y puro era en sus brazos, todo lo demás se había corrompido, envenenado, y quizás sería para siempre.

Quién sabe, quizás eso podría sanarlos a ambos aquella noche en donde la oscuridad se ceñía contra cada uno de los miembros de la orden del fénix, de luto antes de tiempo, viviendo a su modo su dolor. Al día siguiente comenzarían una nueva etapa, crucial para todos. Lo que venía era duro, mucho más doloroso y mortal, si es que todo salía mal. Marlene dejó que Sirius le quitara la camiseta con cuidado, sin poder dejar de llorar silenciosamente a pesar de lo bien que él la hacía sentir.

— Descuida, no voy a dejar que nada malo les pase, lo juro —susurró él, dejando la camiseta a un lado, observando su desnudez como se contempla una obra de arte bajo la luz de la luna que se colaba por entre las cortinas. Nunca había sido más perfecta que en ese momento, el dolor la hacía real, la desnudez la vulnerabilizaba, le mostraba lo frágil que era en realidad. Ella significaba tanto en ese instante.

Alzó una mano para quitarle las lágrimas del rostro y la cargó entre sus brazos.

— No voy a dejar que nada malo te pase —dijo con, incluso, más convicción que antes.

Ella no dejó de llorar hasta que llegaron a la habitación y la dejó en su cama, en donde ella se inclinó en silencio y le quitó la chaqueta y la camisa a cuadros que llevaba; era, en un sentido, extraño, la forma en la que se desvistieron, él también le había quitado la única prenda que llevaba en silencio, y ella ahora hacía lo mismo.

— ¿Qué sucede? —la tomó de los hombros cuando ella prosiguió con sus pantalones, sin dejarla seguir, temiendo que ella no quisiera hacer eso en ese momento tan confuso.

Marlene luchó contra todo lo que podría haberle dicho en ese momento. Que tenía un presentimiento, uno que le susurraba desde atrás que perderían, que perderían todo y era tan terrible el sentimiento.

— Bésame —le pidió. Lo único que sabía con certeza era que lo quería y necesitaba a él en ese instante, que se aferraría a él hasta que todo acabara, según ese maldito presentimiento que no abandonaba su cabeza.

Él cumplió y la besó tiernamente, con calma.

— Bésame fuerte, idiota —murmuró ella y lo empujó para seguir quitándole la ropa con brusquedad.

Sirius sonrió, volviendo a ser el mismo cuando ella volvió a ser la misma. El desastre, caos y dolor volvería como un eco, y ambos lo sabían, pero al menos no esa noche, y no cuando estuvieran juntos. No lo permitirían.