Capítulo XXI
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La carrera la había ganado yo, y a pesar de que no dudaba de mis habilidades para conseguirlo, estaba convencida que Bill me había dejado ganarla. Y ahora que él iba de la mano conmigo, al día siguiente, yo sintiéndome temerosa, él entregándome sonrisas amables, que escondían cientos de preguntas, todas las que se había estado comiendo desde que nos habíamos proclamado amantes, y que durante un tiempo se habían quedado tranquilamente fuera de mi apartamento, pero que poco a poco se habían ido pegando más a nosotros, hasta el punto de sentirlas pisándome los talones.
- Léana ha venido a la ciudad – le conté.
- ¿Sí? – me miró algo sorprendido.
Yo me encogí de hombros.
- Algunas veces viene a verme – le conté.
Aunque en esta oportunidad no me avisó de su llegada, simplemente me llegó un mensaje al móvil, avisándome que me esperaría en casa.
- Estarás contenta entonces – sentenció él.
- Sí… es mi mejor amiga…
Seguíamos tomados de la mano, pero hablábamos muy poco. Desde que Bill me había recogido fuera de la cafetería, sólo habíamos intercambiado algunas palabras sueltas. Y aunque nuestras conversaciones parecían siempre, muy superficiales, tenían un fondo importante, que nos ayudaba a conocernos. Quizás por eso sabía que esto que sucedía, no estaba bien. Pero en realidad ¿qué esperaba? No se le decía todos los días a una persona con la que te acuestas, que estás asistiendo a un psiquiatra. No sabía cómo se me había ocurrido pedirle algo así.
Entramos al edificio, en el mismo adornado silencio que veníamos manteniendo. Subimos al ascensor, y marqué el piso diez. Los números comenzaron a moverse en el panel electrónico, ascendiendo.
- ¿Hace mucho que vienes aquí? – cayó la primera pregunta, que iban rompiendo la burbuja en la que nos habíamos encerrado.
- Tres meses… casi el mismo tiempo que llevo aquí… - respondí, quizás con más claridad de la que yo misma esperaba.
Él simplemente asintió, como si hubiese evitado tensar más la cuerda de mi paciencia, o quizás a estas alturas estaría pensando en que era mejor no sobresaltarme, ya que podía ser peligrosa. Lo miré de reojo, y como si él pudiese captar cada movimiento mío, me miró también.
El ascensor se detuvo y abrió sus puertas.
Comenzamos a caminar, y cuando estuvimos frente a la puerta que decía 'Mark Walker, Psiquiatra', respiré profundamente antes de alzar mi mano hacía el timbre. Bill me sostuvo.
- ¿Estás segura de que es buena idea que entre contigo? – su pregunta fue directa, pero considerada.
Me mordí el labio. ¿Qué si estaba segura? No, lo cierto es que no lo estaba, ni siquiera estaba segura de cómo se me pudo ocurrir que él viniera conmigo, pero ahora que sentía su mano sosteniendo la mía, parecía que todo cobraba un poco más de sentido.
Me encogí de hombros.
- Esperemos que no sea mala idea… - intenté sonreír. Bill me miró un segundo, y luego asintió, infundiéndome la seguridad que no podía tener por mí misma.
La sala de espera fue casi una tortura, a pesar de la amabilidad de la recepcionista, estar ahí, frente a ella y a los cuadros impersonales que colgaban de la pared, junto a una ventana que nos mostraba los edificios y un sol de media tarde, que aún brillaba. Me sentía inquieta, incapaz de mantener mis pies tranquilos. Bill había tomado una revista que había sobre una mesa lateral, y se había puesto a pasar las hojas con bastante desinterés.
- Mira… ¿te gustan? – preguntó, indicándome unas botas con un tacón de vértigo.
- Un poco altas para ir a trabajar… - me encogí de hombros, pero inmediatamente noté que a él si le habían gustado.
Recordé entonces, las cientos de fotos suyas que había visto en internet, durante los momentos que me escapaba entre clases, y ocupaba los computadores de la biblioteca. Fotos en las que Bill aparecía vestido con ropas que tranquilamente podían ser femeninas, pero a las que él lograba darles un toque neutral, que lo convertían en una nueva especie. Miré sus ojos, con apenas un ligero toque de maquillaje, y supe que estábamos juntos, justamente porque ninguno de los dos encajaba.
La puerta de la consulta se abrió, y ambos miramos al joven, de no más de treinta años, que salía de aquella habitación. Mark, mi psiquiatra me sonrió amablemente.
- Arien… - me habló.
Yo me mordí el labio y me puse de pie de inmediato. Bill tras de mí.
- He venido con alguien – le anuncié.
Mark miró a Bill y asintió con otro de esos gestos taciturnos, típicos de su profesión. Ambos entramos.
- Siéntense… - nos invitó, él hizo lo mismo. Y creo que a punto estuvo de tomar nota, de la cercanía que manteníamos Bill y yo en el sofá.
Sonrió y se puso sus lentes.
- Cuéntame cómo has estado – me dijo. E inmediatamente sentí el nudo que se formó en mi garganta.
- Feliz - respondí, con un tono que se asemejaba mucho a una pregunta.
Bill me miró. Lo supe, aunque no me giré para hacerlo yo también. Quería que esta fuese una sesión normal, intentar olvidarme que él estaba ahí, sentado a mí lado y tan cerca de mí, que hasta podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Mark alzó la mirada de su libreta, y me miró fijamente, como si esperara haber entendido mal mi respuesta, como si estuviese procesando en su cabeza, qué era lo que había dicho, que se parecía a la palabra 'feliz' como para haberse confundido.
- ¿Feliz? – preguntó finalmente.
- Eso creo…
Volvió a observar su libreta y apuntó en ella.
- ¿Y puedes identificar esa felicidad con algún hecho, con algo que te haya sucedido esta semana? – continuó, ya más compuesto de su sorpresa.
- Me reencontré con alguien – y creo que mis palabras no podían ser más ciertas, aunque no estaba segura de atreverme a contarle a mi psiquiatra, que creía conocer a Bill de una vida anterior. Era desquiciado incluso para mí.
Mark volvió a levantar la mirada de sus apuntes y le dio un vistazo fugaz a Bill que se mantenía en absoluto silencio.
- ¿Con quién te reencontraste? – continuó.
- Con el chico de hace unos meses… - le respondí claramente.
Mark llevaba mi caso, desde que había decidido retomar las consultas, paralelamente con mis estudios. Tenía mi historial, la medicación que debía tomar, aunque yo no había aceptado volver a tomar aquellas pastillas que no me permitían pensar con claridad. Conocía los incidentes que había protagonizado y el miedo aberrante a dañar a quienes quería. Por eso yo, nunca, hablaba de amor.
- ¿El que te asustaba? – sus preguntas iban acercándose cada vez más al punto neurálgico. Creo que incluso sentí un pequeño pinchazo en el pecho cuando lo mencionó.
- No… ese es el hermano… - aclaré, y notaba como se me iba secando la boca y la garganta.
Sabía lo que Bill estaría pensando, sabía que ahora mismo estaría cuestionando su permanencia a mi lado. Era muy probable que terminara pensando, lo que había pensado yo desde que lo conocía. Que debía protegerse de mí.
- ¿Y eso te ha hecho feliz? – volvió a rodear el tema, como si pudiera leer en mis gestos, que estaba tomando el camino equivocado.
- Sí… - fui incluso demasiado categórica en esa aseveración.
Mark continuó apuntando.
- ¿Y has tenido deseos de alejarte de él como la vez anterior? – rodeaba, pero no se alejaba.
- Todo el tiempo – aquella respuesta había sido tanto o más categórica que la anterior.
Escuché el sonido de la tela del sofá moverse discretamente junto a mí. Bill debía de estar calculando los pasos que lo alejaban de la puerta, para poder huir. En tanto yo apretaba los dedos de una mano, con la otra hasta que me dolían.
- Pero no lo has hecho - acotó, mirándome fijamente.
- No.
- ¿Y por qué esta vez no lo has hecho?- insistió.
Yo me mordí el labio, y apreté un poco más mis dedos. En mi cabeza se mezclaban las razones. Las reales con las inventadas. Confundiéndome.
- No lo sé…
- No lo sabes – afirmó, volviendo la mirada a su libreta, apuntando lo que acababa de decir.
Me dio algo más de tiempo, con aquella pregunta revoloteando en la habitación, esperando que la tomara en mi mano y concluyera algo con ella, pero no podía, no aún.
- ¿Tienes algo más que quieras contarme? – preguntó, dándome la oportunidad de escapar de aquel laberinto en el que me había metido.
- He vuelto a tener sueños – sentencié.
- Ya veo… - dijo, y creo que en parte me descolocó.
- ¿Qué significa eso? – pregunté, irguiendo un poco la espalda, adelantándome hacia él unos centímetros.
Mark me miró, quizás sorprendido por haber liberado una opinión inadecuada en medio de la consulta.
- Yo hago las preguntas – intento volver a tomar las riendas de la conversación. Me dejé caer atrás nuevamente. Atreviéndome a mirar a Bill de reojo, que mantenía su hermoso rostro, serio, demasiado imperturbable quizás, para lo expresivo que solía ser.
- Bien… - acepté.
De entre todos los médicos que me habían visto, a lo largo de varios años. Mark parecía el más concluyente, el más acertado.
- ¿Cómo era el sueño? ¿Cómo el anterior que me contaste? – retomó las preguntas.
- Muy real, casi podría decir que parecía un recuerdo – intenté ser clara sin entrar en detalles. Los detalles de ese sueño eran muy dolorosos.
- ¿Un recuerdo de tu niñez?, ¿de hace algunos años?, ¿de cuándo? – me miró fijamente, sabía que estaba analizando cada gesto de mi rostro, cada exhalación, cada pestañeo.
Tragué con dificultad y entreabrí los labios buscando aire, comenzaba a sentirme ansiosa. Miré la hora en el reloj que había en una estantería lejana, casi adivinando que aún nos quedaban minutos en esta sesión.
- ¿Arien? – me insistió, cuando notó que mi mente se dispersaba buscando una escapatoria.
Lo mire. La presión en mi pecho crecía, y las lágrimas se amontonaban en mis ojos. ¿Por qué dolía tanto?
- De otra vida… - susurré.
Mark se quedó un segundo más de lo habitual mirándome, para volver la mirada a su libreta y apuntar.
Salimos de la consulta minutos más tarde. Bill se había mantenido en completo silencio, y yo me sentía cada vez más angustiada, más inquieta. Quería saber qué pensaba. Quería saber si lo volvería a ver, luego de esto.
Me acerqué hasta él un poco más y quise enlazar mis dedos con los suyos. Tardó un poco más de lo habitual en encerrar mi mano con la suya. Me mordí el labio, pero no dije nada. Sentí el corazón disparado dentro del pecho, a pesar de estar caminando calmadamente, como si diéramos un paseo.
- Te invito a cenar – le ofrecí, tratando de parecer despreocupada. Bill sonrió.
- Recuerda que la apuesta la ganaste tú, no tienes que hacerme la cena – su voz intentaba parecer alegre, pero no lograba ocultar, a mis sentidos, ese tono de preocupación que tintineaba al final de sus palabras.
Apreté un poco más el agarre de nuestras manos.
- Pero quiero… - creo que incluso mi voz, sonó más mimada de lo que habría querido.
Y el dolor en el pecho se hizo más notorio. Me estaba acostumbrando a su forma de cuidar de mí, y sentir la más mínima lejanía era un dolor tan intenso, que parecía que me iba a faltar el aire.
Bill intentó, nuevamente una sonrisa.
- Hoy no puedo… - susurró.
Seguimos caminando, yo miraba las lozas de la calle.
- Entonces, ¿eso quiere decir que no vendrás esta noche?- pregunté, y casi se me ahoga la voz en la garganta cuando lo hice.
Él no respondió de inmediato. Y supe la respuesta.
- No… esta noche no…
Me quedé en silencio, y disimulé una lágrima que se me escapó, aunque no quería que sucediera, arrastrando el dedo sobre mi mejilla.
Esa noche, Léana dormía en mi cama, mientras yo ocupaba el sofá que tenía en la sala. No me habría molestado compartirlo con Bill, pero él no vendría. Y recordé una vez más, ese poema que se había convertido en mi favorito, porque eso era yo ahora mismo. Un grito desgarrador y doloroso, que clamaba por la comprensión de él, del único al que siempre he amado.
"Y engendra su mundo mil atrocidades. Temibles, lisonjeras, traidoras. Vidas fragmentadas, apariencias. De pies, de manos, de cabezas. De ojos, de corazones diabólicos nadan. Los negros terrores en el deleite de la sangre."
Continuará…
Ainsss… creo que tengo día triste, no hay caso, se nota hasta en lo que uno escribe.
Espero que el capítulo les haya gustado y que me dejen sus mensajes y sus impresiones en ellos.
Besos.
Siempre en amor.
Anyara
