Autora: *Trollface* Comienza suavecito… romántico… termina de otra forma. Pero alégrense, el karma ya se las ha cobrado y estoy con collar ortopédico escribiendo y es un verdadero martirio ¡Cuiden su cuello cuando hagan volteretas en Gimnasia!
Si hay cosas raras, es porque Michael Pedofijakson me salió por YouTube con Beat It. Nada que ver con la música que escuchaba.
PD: Sigo insistiendo, el hetero puede ser lindo…
Respuesta a Reviews sin cuenta:
Susana: Jajaja ¡Gracias! Pero creo que hoy me odiarás, es que este capi seguramente estará feo. Feo, feo :(
SakurabaKamii: La gente se adapta a reconocer detalles en la escritura de otras personas, todas hablan de forma distina :).
Ludwig me da entre pena y risa, siempre me ha gustado verlo en situaciones vergonzosas. Amo a los alemanes jajaja. Dicen que los irlandeses son bastante locos, jamás he tenido oportunidad de conocer alguno, solo alemanes por familia política e ingleses.
Joseph… pues no sé, Joseph es Joseph, aunque puede sonar como el típico estereotipo hombre yankee que se queda a tomar su cerveza en el sillón viendo un partido de football americano muy masculinamente y quiero lo mismo para sus será malo, pero no lo lastimarán. Tanto.
Que no mujer, no es que yo esté metida. Son gentes cercanas. Y sé que no es lo mismo, por eso he variado muchas cosas de ahí… ¡Has estado desaparecida! ¿Todo bien? ¿Al final que pasó con tu hermano? Dime que no al final no te cambiaron de escuela y has tenido que usar mi consejo D: Parece ser que la necesita tréboles aquí eres tú y no yo…
Ushio208: Me alegra que te haya gustado el capítulo, esa pareja es adorable jaja. Pero el romance entre esos me tiene con dolor de cabeza, me prohíbo que raye lo fluff. O por lo menos, demasiado… En fin, espero que dentro de todo, este cap te siga gustando :D
Disclaimers: Hima-Himaruya.
Advertencia: Violencia. Nuevamente, largo. Perdón por aquello. Quiero que recuerden, lindas y lindos lectores que América en el manga como en el anime tiene una fuerza sobrehumana, no se les olvide. Tampoco el cierto yanderismo de España.
-x-
Cerró la puerta con cuidado.
Por fin se había quedado dormida.
— ¿No quieres comer algo? El grandioso Soren se ofrece a prepararte un sandwich— Le sonrió al darse vuelta. Alexander negó.
— No quiero morir de intoxicación.
— ¡Eso es cruel! ¡Además sabes que soy un perfecto cocinero! — Hizo un amago de berrinche y se fue a la cocina— ¿Jamón o atún?
Siempre ignorando el rechazo.
— Atún— Musitó con sus brazos cruzados.
Y siempre a su lado.
Alexander se preguntaba que falla neuronal tenía Soren como para querer seguir a su lado a pesar de cómo le trataba. Dirigió sus pasos a la cocina iluminada cálidamente. Soren partía el pan con una sonrisa eterna en su rostro. Alexander apoyó su cabeza en el marco de la puerta. El danés lo notó y le guiñó el ojo.
— Dos minutos más y probarás mi delicia de atún con lechuga.
— Dirás que en dos minutos más moriré por culpa de un envenenamiento— Dijo. Soren se rió, ignorando las palabras mordaces. Porque para él no eran mordaces, era simplemente el comportamiento típico de Alex.
— Hay gaseosa en el refrigerador para que saques— Se lamió una mano cuando un poco de la salsa de tomate se le cayó en la mano. Alexander rodó los ojos, cerdo asqueroso.
— Lávate las manos antes de seguir haciendo mi pan— Soren se rió. Alexander sacó del refrigerador la gaseosa y al voltear chocó con la mirada atenta del danés.
Alex alzó una ceja.
Qué.
Los ojos celestes siguieron mirándole fijo, indefinibles, pasivos, cálidos.
— Gracias por desperdiciar una navidad por acompañarme en el hospital— Y Alex por primera vez notó las ojeras y el cansancio que guardaba. El noruego se alzó de hombros restándole importancia. Soren se palmeó la frente, ensuciándola con salsa pero que en él parecía más sangre de una víctima — ¡Se me había olvidado, mientras comamos abrirás el regalo asombroso que te he comprado! ¡Es tan asombroso como yo, y es decir mucho!
— Eres un idiota.
Capítulo 21: Juego Perverso
El bus rojo lo dejó como siempre en el paradero de la esquina, a tres cuadras del instituto. Se bajó y se arregló la bufanda gris alrededor de su cuello pálido y tibio para protegerse del frío viento matutino.
Y estornudó por doceava vez en lo que iba desde que salió de la casa.
Era 7 de enero y hace dos semanas Alfred…pues había pasado eso. Desvía la mirada tratando de focalizar su cabeza en otra cosa, pero le dificulta el saber que aunque desvíe el tema de su mente, no podrá esquivarlo de la misma forma en unas pocas cuadras más allá cuando se encuentre con el americano. Y eso, le está produciendo un nudo en el estómago insoportable.
Y un nuevo estornudo se hace presente.
Agh, demonios. Se secó la nariz con un pañuelo. Ya la piel adquiría un leve tono rosáceo debido a tanto roce.
¿Por qué mierda se tuvo que quedar tanto tiempo bajo la nieve y el frío? Se pregunta molesto.
Es que a él pues que le pagaban por ser imbécil, no halla otra explicación.
Se acomodó las manos enguantadas en su chaqueta deportiva, tratando de no perder calor corporal. Hacía demasiado frío. Y la nariz le dolía, lacerada de tanto que se limpiaba. Una situación más que conocida y detestada a causa de los resfríos de cada año.
Recorre las ajetreadas calles grises de Londres, mirando de vez en cuando a los ejecutivos con sus ternos oscuros pasando rápidamente; las mujeres con aquellos mismos tonos, cubiertas por abrigos y cubiertas de maquillaje.
Todos serios y perdidos en sus existencias como si recorrieran pistas paralelas, caminos imposibles de entrelazar.
Hasta que chocas con alguien una y otra vez y notas que las pistas no son paralelas, que ese ser individuo ya no es desconocido y pasa a ser alguien en tu memoria.
Como le sucedió con el idiota americano.
Caminando por la acera, rápidos flashes de imágenes aparecen en su cabeza.
El primer flash. Cuando a Matthew casi lo atropella un camión y él lo empujó para salvarlo, recibiendo como recompensa un empujón y un "Sí, si, como sea, gracias por salvar a mi hermano de que un camión lo hiciera papilla, ahora ándate al circo raro de donde viniste y déjanos en paz, enano cejotas" del imbécil del yankee. Y claro, le paró los carros en ese mismo instante. Porque ni con su altura, ni sus cejas se metían.
La primera vez creyó que simplemente sería un idiota al que con total seguridad, jamás lo volvería a ver. Y simplemente prefirió no amargarse de más.
Hasta que chocaron en la escalera.
Era como si el destino esa mañana quisiese joderlo. Obviamente no pudo más que maldecir su suerte, recoger los papeles del Centro de Alumnos y mandarlo a la mierda.
Bueno, en el instituto habían más de mil estudiantes, seguramente ni siquiera se volverían a ver.
Eso creyó.
Pero no fue así.
Como si los encuentros no se basaran más que en choques, tras darle una paliza al hijo de puta de Francis por manosear a su primo, Alfred se abalanza tras su espalda para golpearlo el muy bastardo bruto.
No entiende el como acabó un simple choque en las escaleras en esto.
La última imagen es el rostro de Alfred a centímetros suyos, con la nieve congelando el aire y con el alcohol del ponche recorriendo su sangre.
Suspira.
Mira al cielo nublado buscando una explicación a aquello. O en verdad a todo. Una brisa fría hiere su piel.
Obviamente, jamás tendrá una iluminación divina.
Desde navidad que no habla con Alfred. Estuvo demasiado ocupado con sus primos y sus tíos, por lo que apenas y tenía tiempo de siquiera respirar. Y no, tampoco es como si quisiera hablar con él. No tiene ni idea de como demonios actuar tras eso.
¿Fingir que nada sucedió? ¿O decirle algo sobre aquello?
Lo que más le acomodaba, y se le antojaba como la mejor opción era simular que nada pasó, simplemente echarle la culpa al alcohol diciendo que aquello fue un extravagante espejismo etílico.
Sí, eso haría.
Una excusa absurda porque ni siquiera estaba ebrio pero qué importaba.
Arthur era valiente hasta casi llegar a ser un suicida, jamás sintió temor de la muerte ni de sus enemigos. Se la había visto solo, con hombres de dos veces su tamaño tantas veces que no recordaba. Había hecho cosas que ningún imbécil de su grupo fue capaz. Se comportó como un verdadero perro de pelea, que no teme enfrentarse ni siquiera a toro. Pero con respecto a sus sentimientos era un verdadero cobarde pues la aterraba la idea de sentirse vulnerable. De abrirse y que le dañaran.
Vivió tantos años, muerto en vida, con la simple sed de peleas y poder llenándole. Sin ser querer a nadie, sin que nadie lo quisiera y sin siquiera esperar querer a alguien.
Scott fue su ídolo cuando niño y luego le destruyó el pedestal en que lo tenía en el momento en que lo encontró en la bodega, sentado sobre una silla saludándole con esa asquerosa sonrisa que le causaba repulsión.
"— Tiempo sin verte ¿No?" — Había dicho esa vez tras escupirle el humo de su cigarrillo como al mismo momento la realidad.
Su familia por un segundo casi efímero la creyó casi como una especie de burbuja entre aquel nuevo mundo que comenzaba a pudrirle, entonces se da cuenta que jamás fue una burbuja aislante, pues ella misma estaba metida en todo esto.
A Francis lo quiso una vez como hermano, como un amigo.
Y le traicionó.
Su único pedestal, con quien compartía risas y tragos, peleas y derrotas.
Y debido a eso, a los 15 descubrió que el amor jamás iba a ser para él. Que era de esas personas grises que no están hechas para eso.
Se la vivía cómodo sabiendo eso, sin aumentarle un problema a su larga lista. Iba a tener una vida sin amargura ni problemas respecto a ese tema, porque para él jamás iba a existir.
O eso creía.
Hasta ahora.
Pero maldita sea, se enoja, llega este hijo de puta estúpido con su sonrisa bobalicona y sus ojos brillantes para prometerle que siempre va a estar con él, que lo ayudará, que lo vengará, y sus abrazos, y sus risas, y sus chistes estúpidos, y su maldito acento lento y cantarín. Y lo hace creer en algo. Y lo hace seguirle como un tonto. Y lo hace creer de nuevo. ¡Y ese beso maldita sea! ¡Ese maldito beso! ¿Cómo destruir su mundo ya construido un simple individuo?
Se pasa una mano por el rostro, desesperado.
Tiene miedo.
Sigue caminando por las calles sin ser consciente de si mismo y de su alrededor.
Está a escasos metros del instituto y los troncos de los dos robles que están en la entrada desaparecen en el mar de alumnos somnolientos.
— ¡Arthur! — De forma automática y brusca levanta el cuello para encontrarse a quien menos se quiere encontrar.
Alfred, apoyado en la pared de ladrillos lo observa serio.
Arthur se queda estático en su sitio. El americano se acerca caminando a paso lento, con los brazos cruzados. Los chicos y chicas le rodean amedrentados. Arthur traga saliva. No por miedo. Alfred no le atemoriza. No como a los demás por lo menos.
—…Alfred— Murmura.
— ¿Por qué no contestaste el teléfono nunca? — Le escupió enojado. Arthur pestañeó.
— ¿Me llamaste?— Preguntó sin creérselo.
— ¡Claro! ¡Un montón de veces, maldita sea!
— Mi primo Peter estuvo jugando con él toda la semana. Si se lo quitaba tía Lauren me hacía un escándalo— Se excusa automáticamente, pero dice la verdad. El mocoso se lo pedía en los desayunos, chillando y haciendo enojar a todos en la mesa. Arthur no tenía otra opción más que pasarle a regañadientes su BlackBerry o aguantar a sus hermanos despotricando contra él porque en esos momentos tendrían un permiso legal para odiarlo y molestarle en presencia de sus tíos (Los malditos hipócritas hacían de familia perfecta mientras estaban los demás, salvo con Oz y Dereck). Alfred alza una ceja. Se nota que no le cree— En verdad.
— ¿Y como no te lo pasó cuando llamaba? Mira viejo, si no querías hablar conmigo mejor te dejas de inventar cosas estúpidas y me dices a la cara que…— Ladró molesto. El inglés comenzó a buscar entre sus bolsillos y la pasa algo. Los ojos azules de Alfred se achican, confundidos cuando algo casi le choca en el rostro— ¿Ah?
— Mi celular. Mira— Le dice serio. El teléfono está lleno de raspones y de fondo la imagen de una caricatura grotesca que se hurga la nariz— ¿Crees que tendría mi celular en este estado?
Alfred se queda unos minutos en silencio.
— ¿Entonces no me estabas esquivando? — Arthur desvía la mirada a un grupo de chicas. No. Bueno sí.
— No.
— ¿Y tanto te costaba llamarme? — La voz ahora sonaba divertida. Arthur giró y se encontró con Alfred sonriendo de medio lado. A Alfred, como siempre, el enojo se le pasaba rápidamente— Hubiéramos podido salir a algún lado, me aburría como una ostra, hermano.
¿Cómo debe tomarse eso?
Salida de amigos, simplemente eso.
Cita de amigos.
Beso.
¡Mierda, no! ¡Fuera imágenes!
Y en ese momento, Arthur nota que algo brilla en una oreja. Se acerca y frunce las cejas.
— ¿Qué es eso? — Alfred se ríe.
— ¿Acaso estás ciego? Me hice un aro— Y señala el aro que atraviesa el arco de oreja. El inglés alza una ceja.
— ¿Y eso? — El americano se alza de hombros.
— Pasé al lado de una tienda, lo vi y me gustó— Simple. Arthur no dice nada. Antes tenía aros. Incluso se hizo una vez en la lengua. Pero eso fue en otros años, ahora estaba "limpio"— Si hubieras contestado alguna vez me hubieras podido acompañar.
— Ya…— Dice como quien no quiere la cosa.
— Oye, me muero de frío. Será raro que diga esto pero ¿Por qué no entramos a esta basura de cárcel? — Dice Alfred y se da media vuelta, sonriendo como el idiota que es. El enojo que ha tenido toda la semana por culpa de Arthur ha desaparecido en cosa de segundos— Y apúrate Arthur, maldita sea, no eres una abuela.
No dice nada sobre lo que pasó aquella noche. Arthur mira su espalda unos segundos con la funda de su guitarra detrás. No dice nada, y él tampoco dirá algo. Y camina, apurando el paso hasta llegar hacia él.
Y un nuevo estornudo.
¡Agh!
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En el camarín había un grupito de compañeros cuchicheando en voz baja. Soren, quien recién salía de una de las duchas a agua caliente, se preguntó con curiosidad que demonios tramaban ¿Algún video de sus compañeras con poca ropa como la otra vez? Caminó hacia allá con las gotas de aguas escurriéndole la espalda hasta rodear cada uno de sus hoyuelos y desaparecer en la blanca y gruesa toalla.
— Imposible… el muy delicado no puede haber hecho eso…
— ¡Pero Louis fue quien lo vio, era él!
— Ya ni le basta la popularidad dentro, ahora quiere hacerse el chulito afuera…— Soren se colocó detrás de ellos, sin que nadie lo notara.
— ¿Por qué no mejor lo comprobamos? — Dijo uno de pelo oscuro y sonrisa maliciosa, los otros tres lo miraron sin entender.
— ¿Cómo comprobarlo? — Dijo uno de pelo castaño, y el de pelo negro hizo un gesto con las manos. Una pelea. Los demás alzaron sus cejas comprendiendo y todos apoyaron emocionados.
— ¡Así me las cobro todas las que me debe! Joanne me rechazó cuando me declaré porque estaba tras ese maldito…— Dijo uno rubio de pelo ondulado. Al lado, el chico de pelo castaño asintió en son de comprenderle.
— Te entiendo Michael… con Karla me pasó igual… Incluso se rió en mi cara y dijo que primero debía hacerme una cirugía para parecerme a él para que me tome en cuenta…—"¡A mi me dijo lo mismo!" Y los dos muchachos se abrazaron lloriqueando patéticamente.
Lo que causa un corazón partido…
— Entonces atrapémoslo ahora en el receso del almuerzo, voy a practicar con él unos golpes de karate— Se rió el de pelo negro. ¡Una pelea ahora! Soren se emocionó, en la academia jamás había acción, esto era fantástico.
— ¿Contra quién? — Preguntó y los demás lo miraron sorprendidos. Luego el de pelo negro, que se llama John, le respondió divertido.
— El imbécil de Alexander, dijeron que lo vieron apaleando a uno de una pandilla… Y lo vamos a comprobar— Soren se mantuvo mudo. Sorprendido.
— ¿Y quién le va a golpear? — Y John alzó la mano. Michael y Thomas, que era el castaño, también. Soren frunció sus cejas
— ¿Te quieres unir-?— John no fue capaz de decir algo más cuando una gigantesca mano lo toma de la polera y lo avienta contra las duchas. Los ojos celestes de Soren brillaron coléricos.
Los demás muchachos quedaron aterrados en su sitio, cercados por la imponente figura semidesnuda del escandinavo. Soren hizo sonar los nudillos.
Con su mejor amigo nadie se mete.
El profesor a la clase siguiente se preguntará porqué han faltado los chicos.
-x-
Están como siempre en la burbuja personal de ambos. La sala de música. Afuera se ha puesto a llover pero no es de extrañar sabiendo que están en pleno invierno de Londres.
Los dedos de Arthur se mueven con rapidez en la guitarra que le prestó Alfred.
— ¿No te sabes alguna norteamericana? —Arthur se detuvo y lo miró con una ceja enarcada.
— ¿Y pudrirme el cerebro con esa basura yankee? Bueno sí, por desgracia conozco unas pocas— Alfred bufó.
— Hay buen rock en Estados Unidos, no seas un resentido social porque las bandas americanas son más conocidas que las inglesas, viejo— Dijo. Arthur hinchó su pecho, ofendido.
— ¡Mientes, ignorante! — Le señala molesto. Alfred se ríe, algo que le es realmente divertido es molestar a Arthur. Al ofenderse hace una mueca cómicamente adorable. O por lo menos a él le parece así. Momento. ¿Arthur adorable? Alfred se preguntó que demonios le pasaba a su cabeza. Arthur podía gustarle, ser atractivo, pero no adorable. Eso era jodidamente raro— Los Beatles, Sex Pistols, LedZeppelin, TheRollingStones, Pink Floyd, Queen, AC/DC… Vamos, ¿Eres idiota o qué?
No. No era adorable. Fue un fallo de sus neuronas, en ese mismo momento lo demostraba. El de ojos azules se golpea mentalmente. Arthur mientras tanto, le miraba con esa típica sonrisa prepotente cuando se sentía superior a él.
Y le daban unas ganas locas por quitársela, aunque sea un poco.
— Aerosmith, Bon Jovi, Faith no More, Blink-182… Vamos, ¡Nirvana!
—Nirvana era grunge— Le debate Arthur. Alfred rodó los ojos.
— ¿Y Green Day? Vamos, no te olvides de ellos. Aunque Billy Joe esté en rehabilitación sigue haciendo magia— Arthur rodó los ojos.
— No me convence— Respondió. Alfred hizo una mueca.
— No mereces tocar mi guitarra, ¡Pásamela! — Arthur se alejó con el instrumento.
— No, ni lo creas. Mira, para que veas mi gran madurez a diferencia de la tuya, tocaré algo yankee— Se quedó pensativo unos momentos.
Igh…
No se lo ocurría ninguna más que esa.
Mierda. Arthur apretó la mandíbula, incómodo. Malditos americanos y sus malditos acordes que no se le venían a la cabeza en esos momentos.
Alfred alzó sus cejas.
— Que conste que no es para ti, es que no recuerdo otra en estos momentos— Se excusó sonrojado. Alfred dio un respingo al oír aquello y prestó mayor atención—The World was on fire and no one could save but you/ El mundo estaba en llamas y nadie podía salvarme sino tú…
El americano se quedó pensativo, tratando de recordar la canción.
It's strange what desire will make foolish people do/Es extraño lo que el deseo hará hacer a la gente tonta
I never dreamed that I'd meet somebody like you/ Nunca soñé que conocería a alguien como tú
And I never dreamed that I knew somebody like you/ Y nunca he soñado conocer a alguien como tú.
— ¿Wicked Game? — Arthur asintió.
No… I don't want to fall in love/No, no quiero enamorarme
No… I don't want to fall in love/ No, no quiero enamorarme
With you/Contigo.
—With you/ Contigo…—Termina el coro y deja de tocar. No terminará la canción. Le pasa la guitarra a Alfred.
— ¿No la seguirás?
— No quiero, mucho yankee por hoy— Desvía la mirada cuando la mirada de Alfred sigue pegada a la suya por mucho tiempo.
— Pero venía la mejor parte viejo, eres un aburrido— Suelta una pequeña risa. Coge la guitarra y comienza a hacer los acordes siguientes, sin quitarle los ojos de encima. Arthur se da media vuelta para observar una partitura cualquiera esparcida sobre una mesa a un lado ¿Q-qué demonios planea este idiota? Arthur se pregunta— What a wicked game to play, to make me feel this way/ Que juego perverso a jugar, a hacerme sentir de este modo…
What a wicked thing to do,to let me dream of you/ Que cosa perversa a hacer, que me permita sonar contigo
What a wicked thing to say, you never felt this way / Que perversa forma de decir, tú nunca te sentiste de esta forma
What a wicked thing to do, to make me dream of you and…/Que cosa perversa a hacer, que me haga soñar contigo y…
— ¡I want to fall in love!/ ¡Yo quiero enamorarme!— Alzó la voz y sonrió mostrando sus dientes blancos mientras sigue mirándolo siente que se atraganta al escuchar esas palabras. La sangre se le ha ido toda a la cabeza. Parece como si las palabras ya han dejado de ser simple líneas de una canción y se han transformado en otra cosa. En…— No, I-/No, Yo-
— Ya, suficiente. Me tengo que ir. Tengo una reunión estudiantil— Corta rápidamente, dándose vuelta. Alfred detiene la canción y lo queda mirando raro.
— ¿Qué?
— Lo que oíste, tengo reunión… bueno, tú sabes como es de pesado el director y…— Comienza a decir sin mirarle a los ojos. Alfred se levanta y comienza a caminar hacia él, Arthur da un respingo y se apura para llegar a la puerta— Bueno, nos vemos luego Alfred.
Está a dos escasos metros de la puerta.
Pero una mano fuerte le detiene del brazo.
No quiere voltear.
No quiere voltear.
No.
Nononono….
— ¿Pero qué te pasa? — Maldita sea, volteó. Alfred lo mira confundido tras sus lentes. No. Es algo más.
— Nada.
— Mientes. ¿Por qué me intentas mentir? ¿Es por lo de Navidad no es cierto?— Va directo, sin anestesia. Arthur se queda mudo. Alfred rueda los ojos y se pasa una mano por el cabello rubio y liso— Demonios. Maldita sea, Arthur. ¿Te molestó lo que hice? ¿Pero entonces por qué mierda me…?
— No sé. O sea, no. Digo sí ¡No! — Tartamudea. Exigiéndose una frase coherente se muerde la pared interna de las mejillas— Es que…
— ¿Es que qué?— Arthur trata de abrir la boca para decir lo que piensa. Para ser sincero y decirle que está aterrado. Pero le cuesta demasiado, es imposible.
— No sé que significa lo que hiciste— Dice y es una verdad a medias.
— ¿Tengo que demostrarte que es lo que significa? Porque yo no le veo necesaria una explicación…
Hay veces que no entiende a Arthur. Y Arthur no lo entiende a él.
Arthur no quiere salir herido. Pero no quiere entender que Alfred lo que menos quiere es herirlo.
— ¿Por qué crees que hice lo que hice?— Dice el americano cruzándose de brazos y mirando a otro lado, avergonzado.
— No tengo idea…— Arthur da un paso atrás, buscando espacio. Alfred le coge del cuello, acercando sus rostros.
Muy poca distancia para la poca integridad y sentido común del inglés.
— ¿Tú crees que yo ando besando a cualquiera que se me cruza?
— ¿Pero entonces por qué tú?-
— Porque quise. ¡No, no me malentiendas, deja de mirarme así! Arthur… maldita sea, no seas complicado. Es obvio…supongo— Termina dudativo. Alfred mira unos segundos a la pared, con verdadera angustia. Esta situación lo está volviendo loco. Vuelve a mirar a Arthur y choca con los ojos verdes profundos de Arthur que se están abiertos tanto como pueden— ¿Pero no ves que es simple? ¿De verdad quieres que lo diga con todas las de sus letras? ¡Pues, bien, maldita sea! ¡Si te besé esa noche es por que tú…!-
— ¡Presidente, me dijeron que estaba aquí!— La puerta se abre de golpe. Era una muchachita morena y de coletas oscuras y brillantes. Arthur se sobresalta y da dos pasos atrás, tropezando con un tambor de la orquesta del instituto y dando directo al suelo. Alfred mira a la chica con odio— Me mandaron a buscarlo, es importante parece… ¡Oh, dios! ¿Está bien, está con fiebre?
Arthur se levanta sonrojado, se restriega la cara y asiente.
— Sí, sí… G-gracias por avisar, Angelique— La muchacha mira a ambos sin entender. Luego cuando Arthur pasa a su lado, ella se sonroja, sonriéndole tímida. Sin embargo, Arthur hace caso omiso— A… Alfred, hablaremos en el próximo receso.
La muchacha se queda en la puerta mirando al presidente estudiantil irse.
No le da una segunda mirada con sus ojos pardos al otro muchacho que todavía sigue en el salón y se da media vuelta, riéndose tontamente.
Le gusta Arthur. Se nota.
Y una colisión de ideas choca en la cabeza de Alfred.
Matt dijo que una tipa de su curso estaba tras Arthur. Arthur dijo que la chica era hija de la señora que le hace el aseo. La mujer que limpia la casa de Arthur es morena. Morena como la tipa esa.
Alfred afila sus ojos, formando dos dagas azules, gélidas.
-x-
Joseph cuelga el teléfono. Se restriega su rostro bronceado y curtido. Se ve agotado. Con ojeras. Más pálido de lo normal, un pálido enfermizo. Unas arrugas que antes no tenía, ahora se acentúan en su frente, en las esquinas de sus ojos.
Tuvo que hacer eso desde un principio. Egmont hará lo demás.
La oficina grande y llena de cuadros de arte moderno acumula todo el estrés vibrante del único ser ahí dentro.
Alice ni siquiera ha llamado luego de irse a USA. Podría haberse muerto y ni idea tiene.
Ya qué. Ya nada importa.
Menos la estupidez de su hijo, ahora teniendo que él meterse a solucionar la estupidez del imbécil.
Está haciéndolo bien, se dice. Es la mejor solución. Es un verdadero genio.
Se levanta a hacerse un café, las manos le tiemblan al momento de coger una taza.
-x-
Golpean la puerta del salón. El profesor, camina en un, para sus compañeros, gracioso cojeo hacia la puerta. A él le da igual si incluso vuela.
No se le ve la cara a la otra persona. Sólo se escuchan unos susurros.
— Soren Densen, a la oficina del director— El aludido se levanta y a diferencia de la mayoría del salón, parece saber que sucede. Pero no está asustado o arrepentido, se ve molesto. Más molesto de lo que ha estado esta clase.
Alexander lo mira irse sin decir nada.
Presta ligeramente atención a lo escrito en la pizarra. Logaritmos en ecuaciones de segundo grado.
A un rato que el noruego cree es increíblemente corto, el idiota de Soren vuelve. Entra sin tocar y se va a buscar sus cosas, serio.
Al notar la mirada índigo sobre él, observa a su amigo y sonríe de medio lado.
— Me suspenden hoy y mañana. Te veo luego, Alex— Los compañeros que están a un radio en que es audible la voz de Soren, susurran al escuchar aquello.
— ¿Qué hiciste?— Preguntó Alexander. Soren se alzó de hombros.
— Lo que tenía que hacer— Ladra con violencia. Se gira y se va de la misma forma en la que volvió— ¡Te voy a buscar luego!
Los tres muchachos golpeados están en la enfermería, y a uno el médico de la academia, trata de reacomodar un brazo fracturado.
-x-
— ¿Qué?— Arthur pregunta atónito. El fornido hombre tras el escritorio asiente sin emoción.
— Lo que escuchaste, Kirkland. Dejas de ser tutor de Jones. Le pondremos otro chico— Arthur frunce sus cejas castañas, mirándolo sin entender.
— Conmigo ha subido sus calificaciones, no tiene ningún rojo, ningún problema conductual e incluso su asistencia es casi perfecta ¿Por qué?
Los ojos claros de Egmont miran hacia otro lado.
Está incómodo.
Y Arthur perplejo.
— Lo sé, Kirkland. Pero el padre de Jones pidió que te cambiaran— Arthur abrió los ojos como platos ¿Qué?— No… no le gusta que sean tan cercanos. Dice que quiere a alguien que se comporte como un tutor y no… eh, un amigo.
Esas no eran las verdaderas palabras. Joseph le contó todo a Egmont. Y amigo no es la palabra. Joseph estaba desesperado por el comportamiento de Alfred que se había profundizado la semana anterior. "¡Un marica! ¡Se está volviendo un maldito homosexual de cuarta! ¡Egmont necesito ayuda, maldita sea! No los puedo ver más juntos, me dan arcadas. ¡Es mi hijo, mi hijo mayor!".
Pero no puede decirle eso a Arthur.
— ¿Quién le avisará a Alfred?— Arthur interiormente, se preguntaba sobre la opinión personal del señor Joseph hacia él. Pensó que le simpatizaba… se lamentó el chico, incómodo.
A menos qué… ¿Sospechará algo de ambos?
No… No podía ser…
Su circulación se detuvo.
— Yo le avisaré. Es mi deber como rector— Espeta el alemán.
¡Tin Tin!
Un mensaje. Arthur toma su móvil. Es Vash.
"Salón del Consejo. Problemas con el festival. Baja ahora mismo"
Claro, como si no, Murphy hace de las suyas, y los problemas vienen en cadena.
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Se tira el pelo húmedo y pegoteado tras la espalda. Respira irregularmente y se recuesta en un lado de la húmeda y tibia cama como una lluvia del caribe. A su lado, el otro sonríe mirándole fijamente. Y le pone los pelos de punta.
— ¿Qué?— Escupe. El rubio sonríe y le acaricia una mejilla, con delicadeza, con cuidado absoluto.
— Me gusta verte así, sudado. Pero me gusta más cuando estás bajo de mí con tu rostro contraído por el dolor— Yao lo miró raro. Iván era un enfermo a veces.
— Me das escalofríos cada vez que dices algo como eso— Y aleja de un manotazo la mano pálida y fría. Iván se ríe— Estás enfermo.
— Oh vamos, no seas malo, Yao. No digas eso justo después de lo que hicimos… Te veías tan lindo… ¿No puede ser una segunda ronda?
Y en ese momento, Yao sabe lo que debe hacer. Levantarse y escapar lo más pronto posible.
— Ni lo creas, desquiciado— El ruso lo mira con decepción.
— Pero te veías que lo disfrutabas… Además sabes que nunca me sacio de ti…— Se acomodó en el sucio colchón,
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Sonó el timbre de clases. Adiós a Química y él era el más feliz de salir de esa mierda. Además que ni siquiera se había concentrado en aquella hora. Tenía que hablar con Arthur. Maldecía a esa estúpida chica que le interrumpió en ese momento. Maldecía a Arthur por lento y despistado. Y maldecía con toda su alma al director, quien llamó a Arthur.
Alfred abrió la puerta del salón con sus compañeros detrás.
Y se detuvo para no chocar con el personaje que estaba esperándolo tras la puerta. Y no era Arthur.
— ¿Eres Alfred Jones, verdad? — Se arregló los lentes un muchacho desconocido. Alfred frunció sus cejas, confundido.
— ¿Cómo sabes mi nombre? — Aunque no le extrañaba, seguro era popular sin proponérselo. ¿Un fan pidiendo que lo proteja? Sonrió de medio lado, soberbio.
El otro le sonrió de vuelta y sacó unos papeles que tenía en una carpeta.
— Soy Eduard, tu nuevo tutor— A Alfred, la sonrisa se le borró de la cara en ese instante ¿Qué? — Quisiera que nos juntáramos ahora para ver cuales son tus materias más débiles y hacer un cuadro de enseñanza intensivo-
— ¿Dónde está Arthur? — Le interrumpió. Eduard hizo una mueca.
— No tengo la menor idea que podría estar haciendo el presidente estudiantil. Bueno, entonces ¿Comenzamos ahora? El próximo receso no estaré libre, soy alguien ocupado— Fue agarrado por el cuello de la camisa y aventado al basurero que estaba a un lado. Alfred lo miró peligrosamente.
— No sé quien eres y no serás mi tutor, ¿Entendiste? ¡Dónde está Arthur!
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Se posó una mano por el rostro, visiblemente agotado. Faltaba imprimir las entradas para el Festival de Invierno y los papeles de propaganda. Además había que hablar con el equipo de sonido porque le dieron una boleta de un trabajo totalmente distinto y tenían que solucionarlo. Y peor. Los de la construcción del escenario se habían puesto a paro y estaban dejando el maldito escenario a medias. Había que conseguir albañiles en tiempo récord para tener el escenario listo para fines de mes. Y Vash estaba poniendo problemas con el dinero.
Hace media hora que era imposible hacerlo entender.
— He dicho que no pagaré más de lo que le pagaba a los anteriores— Replicó con brusquedad. Arthur se estaba enojando con la intransigencia.
— No es tú dinero sino el del Consejo Estudiantil, me da igual cuanto paguemos a esos tipos con tal de que lo tengan listo antes de febrero— Dijo cruzándose de brazos. Kiku, el secretario, miró de reojo a los dos rubios.
— Si me disculpan, considero que lo mejor a hacer es encontrar pronto a unos trabajadores, el dinero perdido lo podemos reponer con el dinero que recaudemos de las entradas e incluso… podemos poner puestos de comida— Dijo conciliador. Arthur asintió.
— Buena idea, Kiku— El aludido sonrió suavemente.
— Me niego. No daré dinero de más— El suizo era tan intransigente como un bloque de mármol. La vice-presidenta, Monique, quien era la prima de la rana, comenzó a molestarse. Pero guardó silencio. Arthur en cambio no.
— Me da igual si te gusta o no la idea. El festival es primero y nos darás ese dinero a las buenas o a las malas— Se levantó de su silla, apoyando sus manos en la mesa de roble. Vash sonrió de medio lado y se acercó al otro, mirándole con fiereza.
— ¿Crees que tus amenazas surten efecto en mí, Kirkland? No te tengo miedo, ni a ti ni a tus amiguitos. Cuida tus palabras conmigo, estúpido pandillero— Murmuró entre dientes. Arthur afiló sus ojos.
— ¿Qué sabes tú de mi, suizo?
— Bastante más de lo que crees, inglés.
En el momento en que Kiku se levantaba a pedir que no detuviesen la discusión, la puerta del Salón del Consejos se abrió de golpe. Los cuatro personajes voltearon a la misma dirección.
— ¿Qué demonios pasó? ¿Fuiste tú quien pidió cambiar con ese nerd de mierda? — Alfred. Arthur se quedó estático unos segundos. El americano comenzó a acercarse sin prestar atención a los demás personajes.
— Hey, estamos en reunión de Centro de Alumnos. Ándate— Dijo Vash. Alfred sintió como el párpado le palpitaba.
Miren con quien se encontraba…
— ¡Cállate travesti, nadie pidió tu opinión! — Monique y Arthur se atragantaron al escuchar aquello. Vash se sulfuró.
— ¡A quien le dices travesti, pedazo de imbécil!
— ¿Y, Arthur? ¡No me dices nada! — Lo ignoró el americano.
— Hey, no pedí que me cambiaran, Alfred, me enteré en el momento en que me llamaron a reunión— Arthur se apuró a explicar. Y a calmarlo. Pero sin éxito, pues las palabras fueron más combustible para que Alfred quisiera explotar.
— ¡Y por que nadie me lo pregunta! ¡Quién fue!
— Alfred por amor a los cielos, cálmate. No sacas nada sulfurándote— Alzó las manos, dando unos pocos pasos para acercarse al otro que parecía un león.
— ¡Sabes que detesto que se metan en mi vida! ¿Por qué te sacaron? ¿Quién fue? ¿Con qué razón? ¡No hay derecho! — Exclamó. Arthur suspiró, miró de reojo a sus compañeros del Centro Estudiantil, quienes tenían su vista pegada a la escena.
— Hablemos fuera Alfred— Y lo cogió del brazo para sacarlo— La reunión se acabó. Puede irse.
El rostro fino y afilado de Kiku se mantuvo serio, y una pequeña mueca hizo que Monique al mirarlo por un momento, se hiciera preguntar si acaso era enojo.
Arthur lo llevó al gimnasio interior que estaba junto al salón de Juntas y las salas de castigo.
— Alfred, deja de despotricar maldita sea que no vas a cambiar nada... — Alfred paró su monólogo que se estaba yendo a cada segundo por las ramas y miró molesto al más bajo. Dos centímetros más bajo.
— Oh, cállate Arthur ¡Tú sabes por qué pasó, se te ve en la cara! ¡Merezco saberlo!
Arthur se apoyó en una pared, pasando sus manos por su cabello. Bien, a respirar y esperar que Alfred no explote.
— Fue tu padre. Tu padre pidió que me reemplazaran.
Alfred lo miró estupefacto.
— ¿Por qué?
— Quiere que el tutor de su hijo no sea su… amigo— Musitó. Alfred se quedó unos minutos en silencio.
BAM.
— ¡Y a él qué le importa lo que yo haga o no haga! ¡Qué se mete contigo o conmigo!
— Alfred, es tu padre…
— ¡Pero ni se comporta como uno! ¡Ni le importa Matthew ni le importo yo! ¡Es un idiota! ¡Yo era feliz sin su presencia el departamento! ¡Que se vuelva a América como mi madre, nadie lo echa en falta! — Arthur se quedó pasmado cuando sin proponérselo le dieron la noticia de la madre de Alfred— Es más, voy a decírselo en su cara ahora mismo al muy hijo de puta…
Y se dio media vuelta.
— ¿Dónde vas?
— ¿No me escuchaste? ¡Voy ahora mismo a darle la puteada que se merece! ¡Y luego esos viejos asquerosos del instituto, me niego a que me pongan a ese cuatro ojos que ahora está con el trasero pegado al basurero!
— ¡Qué le hiciste a Eduard! — Exclamó asustado. Alfred se alzó de hombros y salió del gimnasio.
Arthur lo siguió para detenerlo.
— Alfred, demonios cálmate, Alfred. ¡Alfred! — Le sostuvo del brazo y el otro lo miró con desinterés.
— Mira, hay dos opciones. O me sueltas o me acompañas. Pero no me quedaré así como así— Arthur rodó los ojos. Estúpido imbécil, egoísta e infantil.
— Ninguna de las dos, te vas a quedar aquí.
— Ya no eres mi tutor, viejo— Sonrió ladino, venenoso. Arthur sintió como un tic le daba en la ceja.
— Alfred, no te pongas infantil.
— Me pongo como me de la gana— Y se cruzó de brazos, retador. Arthur le copió la postura, desafiante.
— No te lo permitiré.
— ¿Cómo lo harás, eh? Tendrás que golpearme— Comenzó a acercarse al inglés.
Esto era un retroceso. Un verdadero retroceso.
Cometieron un verdadero error en quitar a Arthur en la tutoría de Alfred. Alfred no iba a aceptar de buena gana a nadie. Y sin tutor, Alfred iba a estar de nuevo sin control.
Pero eso lo lamentarán luego.
— No me hagas usar trucos sucios— Dijo el inglés, amenazante. Alfred dio un bufido de risa.
Arthur se veía confiado, hasta que una idea cruzó su mente y la cabeza se le alborotó. Pero simuló seguir seguro.
— ¿A sí? Enséñame uno, amigo— Y le cogieron de la corbata.
Alfred se quedó mirando atontado a Arthur en el momento en que sus labios se separaron.
— ¿A-Ahora… te irás? — Intentó no tartamudear. Intentó no sonrojarse. Intentó permanecer seguro. Falló en todas las opciones menos en la última. Alfred negó mirándole embobado. Tal como un borracho— Vuelve a tu sala americano idiota.
Alfred pensó, que si los trucos sucios de Arthur eran de ese estilo, no le importaba jugar con su paciencia hasta los extremos para conseguir cosas como aquellas.
Arthur en cambio, se moría internamente por la vergüenza. ¿Qué demonios había hecho recién?
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Se escuchaba alboroto. Giovanna entró corriendo a la cocina.
— ¡Lovino! ¡Lovino! ¡Hay unos muchachos! ¡Unos vándalos afuera! ¡Ayuda! — Entró gritando. Lovino dejó de cortar la carne. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal. Mierda. Tomó el cuchillo carnicero y haciendo acopio de toda su valentía, fue a espantarlos.
Antonio recién salía del baño cuando escuchó la puerta de la cocina cerrarse.
Y unos gritos.
Lovino no estaba en la cocina, tampoco la señora Giovanna.
Lovino.
Se fue corriendo, teniendo un muy mal presentimiento.
El pulso se le congeló cuando ve lo que ve afuera del restaurante.
— ¡Váyanse a joder a otro sitio! — Gritó el adolescente con su traje de chef. Im Yong Soo se miró con Sadik y se rieron al ver al enclenque frente a ellos. La mujer gorda y vieja chillaba a su alrededor haciendo más escándalo de lo necesario.
— ¿Es un disfraz? Porque tienes una cara de enano que no te la saca nadie… cállate vieja de mierda— Gruñó cuando la mujer gritaba por la policía.
— ¿Q-Qué te importa? — Tragó saliva. El moreno más alto, sonrió de medio lado. A ese mocoso le hacía falta una buena patada en el culo para que se callase.
— ¿Qué haces aquí, coreano? — Interrumpió una voz. Lovino en el momento en que iba a mirar, una mano lo empuja hacia atrás y lo esconde tras algo. Una espalda. Antonio.
— ¡Eah, Antonio! ¿Acaso es tu novia? No sabía que eras un pedófilo.
— Cállate maldita sea y ándate de aquí, nadie te quiere cerca— Gruñó poniéndose a la defensiva. Im Yong Soo sonrió ladino.
— Menos mal te cansaste de huir, ustedes han sido unas asquerosas ratas… no los hemos visto para darles la paliza que se merecen, hijos de puta— Lovino sintió como Antonio se tensó. La señora Giovanna estaba dentro del restaurante, siendo abrazada por su marido mientras miraban junto a los pocos clientes que había ahí, la escena que ocurría.
— Quien huye de ti, bastardo asqueroso— Im Yong Soo se rió.
— Si tanto dices que no… Te estaremos esperando a las once en el sitio baldío que está tras la casa de putas de nuestra zona, claro… a ver si te atreves. Porque o sino iremos por ti solo, si los demás te abandonan.
Antonio frunció el ceño.
— No dudes que allí estaremos, coreano hijo de puta. Así seguramente te despides de tu madre antes de que te mate— Gruñó ronco.
Lovino se preguntó si acaso ese Antonio que estaba delante de él, era el verdadero Antonio que él conocía.
Aunque la verdad parecía caerse a pedazos.
— Te romperé los dientes, bastardo. Te lo advierto— Le hizo una seña a Sadik y ambos se acercaron a Antonio, empujándolo al pasar y Sadik haciéndole una mueca obscena a Lovino al pasar junto a él.
Antonio se dio lentamente media vuelta haciendo por ende, que él también se diera vuelta pues su brazo seguía siendo agarrado firmemente por el contrario, sin perderlos de vista.
En el momento en que estuvieron a varias cuadras de distancia, Antonio le soltó el brazo.
Y se sentó en el piso, con las manos sobre su frente, tapándole los ojos. Mierda. Se la verían con el loco de Iván.
— ¿Antonio… eres un pandillero? — Antonio se quitó las manos de su rostro y lo miró serio. Serio como jamás lo había visto.
Lovino estaba delante de él, sin palabras.
— ¿Me detestas por eso, Lovino?
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Estaba en el dormitorio, viendo por la ventana con sus ojos idos.
No tenía ni idea de su hermano y su puto padre todavía no aparecía.
Y que ni volviera, el hijo de puta.
Se arregló el cabello y miró por el vidrio a la gente moviéndose por la acera como pequeños enanitos.
Se aburría. Arthur no pudo venir hoy por culpa de un no se qué de física con aceleración que le tenía de cabeza desde que habían salido de vacaciones. Vaya basura en la que perdía el tiempo. Rodó sus ojos azules al pensar en ello.
A pesar de ser una persona activa, hoy en estos momentos no tenía muchos ánimos en tocar algo en guitarra o jugar con sus consolas. Pero tampoco le daban ganas de acostarse a dormir temprano como una dulce niñita de cinco.
Su teléfono comienza a sonar. De un brinco saltó de la cama pensando en que podía ser Arthur.
— ¡Por fin terminaste esa basura de trabajo, viejo! ¡Me aburría como os-¡… ¿Gilbert? —Pestañeó molesto— ¿Que qué? ¿Contra quién? ¿Iván?... No dudes verme ahí viejo.
Cortó con quizá demasiada brusquedad.
Miró la hora en el reloj.
"9:27 PM"
Se levantó y fue a buscar una chaqueta en el armario.
De nuevo le llamaron. Y de nuevo era Gilbert. Alfred rodó los ojos y contestó de nuevo.
— ¿Qué pasó viejo? Iba a tu bar. ¿Negro? ¿Por qué negro? —Pestañeó confundido. Ah, era el color de la pandilla, bueno su chaqueta era negra— Está bien. Momento, ¿Arthur sabe?... No jodas alemán o te daré un puñetazo… Ya, está bien. Está bien, sí, iré asegurado aunque ni lo necesito.
Sacó la cortaplumas de su bolsillo.
Y cortó.
Apretó el botón de la cortaplumas automática y el filo saltó plateada e iluminada.
¿Con que los imbéciles de Iván, eh?
Se vengaría hoy mismo.
Se puso la chaqueta y salió dando un sonoro portazo.
En ese mismo momento, Arthur saltaba la ventana de su cuarto, angustiado.
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En el momento en que escondió la motocicleta ilícitamente se halló con Gilbert saliendo junto a Antonio y Francis. Todos serios.
— Hola Hulk.
— ¿Y Arthur? — Lo buscó con la mirada. Los amigos se miraron entre ellos, con una sonrisa maliciosa.
— ¿Oh, que acaso no puedes vivir sin Cejas? No me digas que ya te declaraste americano… ¿Cómo no lloraste al ver sus cejas?— Dijo Francis con una sonrisa condescendiente. Alfred dio un respingo y se sonrojó. Antonio y Gilbert reían.
— Cállate imbécil.
— ¿Eso es un sí?
— Hey, Fran, que no tienes nada de molestar— Dijo socarronamente Antonio— Que tú estuviste más de un año y medio en la friendzone con Cejas.
— ¿Qué? —Volteó a ver a Francis quien hacía una mueca de disgusto.
— Eso fueron otros tiempos, yo estaba mal de la cabeza.
— Pero pasó y te callas Francis— Se rió Gilbert y recibió un codazo— ¡Hey, quién te crees para golpear a mi asombrosa persona!
Alfred miró con odio al pervertido. Con más odio del que le tenía antes.
Observó la hora. 10 y tanto.
— ¿A qué hora hay que ir a esa mierda? — Preguntó aburrido. Antonio, le sonrió de medio lado. Se veía raro.
— Desde las once, aunque si estás muy ansioso vamos antes. Yo quiero romper cabezas— Una sombra cubrió sus ojos verdes. A Alfred le causó cierto repelús. Francis miró al español con cierta tristeza y Gilbert miró a otro lado, sin decir nada.
— ¡Eah, Paulo! ¡Aquí! — Saludó entre los barriles de cerveza, la basura y los otros tres muchachos.
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Se habían puesto en camino a eso de un cuarto para las once. Arthur había enviado un sms en que se encontrarían allí y aunque Alfred se había alterado y le había dicho que si lo iba a buscar en su motocicleta, el inglés le respondió que se estaba yendo por otro lado y que no se preocupara. O en sus palabras "Alfred déjate de joder y no te separes de los demás".
Vaya mierda.
Todos estaban serios. Y era sorprendente porque siempre, en todas las veces que Alfred estaba con ellos, los imbéciles gritaban y reían, y bueno él también.
Pero ahora, el ambiente era tan tenso como negro.
Aunque cada uno por distintas cosas, Alfred sólo quería patear un trasero en específico y si tenía suerte, volarle los dientes.
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Habían llegado encontrándose con un grupo apiñado tomando cerveza sobre unos bloques de concreto.
— ¡Con que han llegado, los imbéciles! —Gritó un tipo de barba. Alfred hizo crujir sus nudillos.
— Idiota tu abuela, hijo de puta— Respondió él sorprendiendo incluso a su grupo.
— ¿Quién es ese idiota? —Se levantó tirando a un lado la botella de cerveza y estrellándola contra el piso. Alfred alzó una ceja.
— ¿Te importa? O acaso te enamoraste de mi…— Francis le hizo un gesto con la mano. Todavía no.
— ¿Llegamos, y Im Yong Soo? O todavía se sigue despidiendo de su mamá adentro…— Dijo Antonio, divertido. Sadik se rió. Una figura apareció por una esquina.
— ¡Hola Antonio! ¡Hola a todos! —Sonrió dulcemente alzando una mano. Gilbert lo miró asqueado.
— Que holas ni que nada, hijo de puta…— El muchacho alto y de ojos violetas sonrió con pena.
— Mi madre no es puta, no seas cruel refiriéndote de ese modo de ella, da.
— Quien sabe, Iván… Quien sabe…— Comentó Francis cruzándose de brazos. Iván. Alfred sintió como si fuego comenzaba a recorrer sus venas. Ese hijo de puta…
— ¿Y Arthur? ¿Acaso no viene? — Sonrió de medio lado. Y ese fue el detonante para Alfred.
— ¿Qué te importa él, bastardo? —Francis miró a Alfred como si lo hubiera poseído.
Iván achicó los ojos sin borrar su sonrisa.
— ¿Y tú…? Oh me han contado de ti… Tú eres Alfred.
— ¿Qué te importa cómo me llama, psicópata? —Iván se rió totalmente divertido.
— Que miedo, Alfred. Das miedo… No deberías ser tan agresivo.
— Soy como me da la gana— Donde demonios estaba Arthur.
Se escuchó a lo lejos el ruido de unos vidrios rompiéndose. Todos se quedaron un momento en silencio y el ruso acentuó su sonrisa.
— Deben ser gatos…
— Ya creo que deberíamos seguirle el ejemplo…— Dijo uno alto y con un peinado tan estrambótico como el de Soren. Tenía los ojos dorados como los de un tigre y la misma maldad impresa.
Mierda. Vincent.
Y Arthur todavía no aparecía.
¿Le habrá pasado algo?
Unas cajas y un grito aireado. Alfred frunció el ceño.
— Opino lo mismo, Vincent— Levantó un tubo oxidado y señaló al grupo.
— ¡Alfred, tengan cuidado! ¡Es una puta trampa! —Alfred volteó bruscamente. Arthur salía corriendo por el mismo lugar en que se escuchaban los ruidos.
— ¡Arthur! — Y el mismo tipo chino de la moto, apareció detrás y lo empujó contra la pared. Alfred salió corriendo a ayudarlo pero Arthur le hizo una llave al cuello al otro y le dio un rodillazo, tirándolo al suelo y propinándole una patada en el rostro, sin compasión alguna.
Por un momento sus ojos se conectaron y Arthur se congeló.
— ¡Alfred, detrás de ti, tarado! —Gritó con terror. El americano se dio media vuelta y en una milésima de segundo pudo ver a Antonio tirándose directo a su ex entrenador de boxeo, luego vio al gigante con cara de psicópata alzando la cañería para romperle la cara. Las manos fueron más rápidas y agradeció sus reflejos. Porque a duras penas esquivó el golpe y le asestó un rodillazo en las costillas.
Hijo de puta.
Y cuando pudo ver a Arthur, notó que para su horror los chinos se multiplicaban. Y todos se iban a Arthur. Corrió a ayudarlo.
La noche se hacía más oscura, más negra, más siniestra.
Alejó a dos de un puñetazo y trató de coger a Arthur de la polera, poniéndole tras su espalda. Él lo iba a salvar. Iba a ser su héroe.
Pero un golpe frío y duro se le incrustó en el brazo.
— No dije que dejáramos de jugar— Y Alfred le dio un puñetazo en la nariz.
— ¡Muérete imbécil!
Esto era todo un maldito caos.
Arthur en ese momento recibía una patada en el estómago y Alfred se desesperó dándose vuelta para ayudarlo pero Arthur no necesitaba ayuda. Había agarrado una piedra del suelo y se la había enterrado en el rostro de uno de pelo largo, llenando sus manos de sangre.
Arthur por algo es el líder de la pandilla del Este del centro de Londres.
— ¡Yao! —Gritó el ruso con desesperación. El hombre moreno se levantaba y molesto se apuraba a darle una patada al inglés, para luego recoger un nunchaku del piso.
— Deja de jugar sucio, maldito chino.
— No eres el adecuado para decir algo, inglés.
Todo esto era un maldito caos.
Pero Alfred sólo tenía algo en mente, y lo iba a llevar a cabo con su cabezonería. Proteger a Arthur. Saltó sobre el oriental.
— ¡Alfred, maldita sea, déjamelo a mí! ¡Yo he podido antes con él! —Gritó.
Paf.
Arthur tocó su nuca y separó su mano al sentir algo húmedo. Miró como sus manos estaban manchadas de algo violeta.
Sangre.
Otro golpe, más fuerte que el anterior.
Y Arthur cerró los ojos, cayendo al piso.
Alfred sintió que su pulso desaparecía.
— ¡Arthur! —Gritó con desesperación.
Iván sonreía desquiciadamente detrás.
Alfred saltó sobre él, descontrolado. Esa se la iba a pagar caro.
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La luna blanca y gélida se dejaba ver en escasos momentos que las nubes le permitían. Pero la luz seguía infiltrándose entre ese velo denso e iluminaba el parque muerto de esas tres de la madrugada.
Brillaba indolente, sin compasión alguna a una escena que en tantos siglos, en tantos momentos, pudo presenciar. El amor no la trastornaba, la alegría tampoco, mucho menos el dolor.
El viento de invierno corría por los senderos de tierra, humedecidos eternamente por el río que estaba a un lado, corriendo lentamente.
Era el mismo parque que Alfred había estado la otra vez, cuando enojado con Arthur por volver a casa con los imbéciles de sus hermanos, se había puesto a tomar unas cervezas. El mismo parque en el que el otro lo había llamado. El mismo parque en que Alfred se había prometido vengar a Arthur de ese estúpido desconocido de Iván.
La cicatriz, las cicatrices, el rostro de Arthur esa vez en la piscina, cuando se quita la camisa y le muestra su cuerpo destrozado.
Había prometido vengarlo.
Pero ni siquiera pudo salvarlo hoy.
El rostro de Alfred estaba lleno de moretones, el labio tiene sangre a medio secar y uno de los vidrios del lente estaba trizado.
— Oh, vamos Arthur despierta…— Murmuraba afligido. Antonio y los demás se habían ido, y había logrado echar a Francis quien insistía en acompañarle. Pero no quería a Francis cerca. No quería a nadie.
Sus manos grandes y tibias acariciaron con suavidad la mejilla que en cada segundo, con el correr del tiempo se volvía más fría.
— Arthur, por favor…
Pero Arthur seguía inconsciente a pesar de que ya había logrado que se detuviera el sangrado de su cabeza. Los cabellos de Alfred se movieron cuando las manos cadavéricas del viento le rozaron. Sus ojos azules permanecían como dos sombras azules de angustia. Siguió acariciándole el rostro pálido y magullado con sus manos heridas, con sus nudillos a carne viva, arrodillado junto a esa banca de la plaza, queriendo que despierte.
— Vamos Arthur… no me asustes…— Juntó sus frentes, murmurando agónico.
Arthur. Arthur…
Y la luna siguió alumbrando, mientras el reloj seguía corriendo, dando las dos de la madrugada esa noche de Londres solitaria y gélida.
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Notas: Sí, mi hijoputez supera vuestro amor y me matarán por lo que he hecho. Pero esto es lo que he estado esperando desde un principio. Porque A 3 Pasos de Ahorcarte no trata realmente sobre la vida escolar, lo que trata realmente es de pandillas, amistad, amor y familia.
Y si me siguen odiando a pesar de eso… bueno, alégrense. Me he jodido más el cuello por no guardar reposo y ponerme a escribir.
Nombres de las mujeres:
Monique es Mónaco.
Angelique es Seychelles.
Emma es Bélgica.
Lin Qui es Taiwán.
Tuyet Phuong es Vietnam
Próxima actualización: Supermassive Black Hole. Oficial, el capítulo está listo. LilVirgie, podrás ser feliz y leerlo más pronto de que te lo imaginas. En diciembre.
