Lizzy se miró en el espejo una última vez bajo la atenta mirada de Rose, que a duras penas podía contener su emoción.

- ¿Piensas decirme a dónde va a llevarme James?

- Ya te he dicho que no puedo.

- ¿Ni siquiera una pista? – Se giró y suspiró. – Así sabría al menos que ponerme. No sé si voy bien con esto.

- Tranquila, te aseguro que lo tiene todo perfectamente planeado. Va a ser genial, ya verás.

- No sé. – Lizzy se mordió el labio. – Espero poder aclararme del todo con esto.

- Lo harás. – La pelirroja miró la hora en su móvil y sonrió. – Ya es la hora, deberías bajar, mi primo debe estar a punto de llegar.

- Sí, supongo que sí. – Le dio un abrazo y ambas sonrieron. – Ya te contaré luego.

- Te pediré todos los detalles.

- ¿Estás segura de eso? – La miró con una ceja enarcada y la otra lanzó una carcajada.

- Vale, quizás no todos, pero unos cuantos sí.

- Está bien. – Lizzy cogió su bolso y abrió la puerta del dormitorio. – Hasta luego, Rose.

- Pasadlo bien, Lizzy.

La morena recorrió rápidamente el pasillo, bajó hasta la primera planta y bajó al exterior, donde James ya la esperaba, apoyado en su coche. Al escuchar la puerta cerrarse, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa nerviosa. Solo esperaba que aquello saliera bien.

- Hola. – La saludó. – ¿Estás lista?

- Supongo pero, ¿puedo saber ya qué vamos a hacer?

- Cuando lleguemos lo sabrás. – Contestó antes de abrirle la puerta del coche. – Adelante, señorita.

- Gracias. – Lizzy se subió y se puso el cinturón de seguridad mientras James cerraba la puerta y se apresuraba a montarse por el lado contrario. – Espero que esto salga bien.

- Yo también. – Él asintió y arrancó el vehículo. – Tengo varios discos en la guantera, pon el que quieras o, si lo prefieres, podemos poner la radio.

- A ver qué tienes aquí. – Sacó unos cuantos discos y empezó a pasarlos rápidamente. – Este no me gusta, este no me gusta, este no sé ni quién es. ¿No tienes algo que no sea rap o metal?

- ¿Querías un disco de Justin Bieber? – Puso los ojos en blanco.

- ¡Oh, Taylor Swift!

- ¡Eso es de Lily! – Exclamó rápidamente, haciendo que ella lanzara una carcajada. – No es mío, en absoluto.

- Ya, claro. – Lizzy enarcó una ceja y le dedicó una mirada divertida. – Seguro que lo pones a todo volumen cuando vas solo y cantas a gritos.

- No pienso contestar a eso.

- ¿Tan frágil es tu virilidad? – Volvió a reír y puso el disco en el reproductor de CDs.

- En absoluto, podría ponerme un vestido sin ningún problema.

- Eso es una novedad, una vez Gior…- Se detuvo y se corrigió antes de decir nada más. – un antiguo amigo no paró de quejarse porque empezó a llover y tuvo que refugiarse debajo de mi paraguas rosa de corazones. Decía que un chico como él no podía llevar eso.

- Lizzy, no tienes por qué llamarlo "antiguo amigo" o evitar su nombre. – James se encogió de hombros. – Todos tenemos un pasado.

- En las citas no es muy educado mencionar a ex-parejas. – Murmuró.

- ¿Esto es una cita? – El pelinegro sonrió sin poder evitarlo.

- Sí, ¿no? O sea, yo creía que sí.

- Por mí, encantado, pero entonces no sé si te parecerá apropiado el lugar al que vamos. – Comentó.

- Así que es un lugar no apto para una cita. – La chica frunció el ceño. Cada vez tenía menos idea de dónde la estaba llevando.

- Quizás, pero te aseguro que podrás conocerme mucho mejor. – Sonrió. – De todas formas lo compensaré con la cena de después.

- Pero no volveremos muy tarde, ¿verdad? Mañana tengo clase temprano.

- Tranquila, antes de las once estarás en casa. – Le aseguró antes de comenzar a tararear la canción que sonaba en aquel momento.

- ¿Ves como el disco sí que era tuyo?

- Oh, cállate, Elizabeth.

La chica lanzó una carcajada y apoyó la cabeza en el cristal. No sabía qué le esperaba aquella tarde, pero tenía la sensación de que no iba a pasarlo precisamente mal.


- Ya hemos llegado.

James aparcó el coche en un descampado y ambos bajaron. Lizzy miró a su alrededor, con el ceño fruncido. No entendía qué hacían allí.

- ¿James?

- Un segundo. – El chico sonrió y sacó un par de mochilas de la parte trasera. Ella frunció el ceño aún más al reconocerla una de ellas: era de Rose.

- ¿Te la ha dado tu prima?

- Sí, le pedí que preparara unas cosas. – Se encogió de hombros. – Vamos, sígueme.

Lizzy quiso preguntarle más pero, como sabía que no contestaría por mucho que insistiera, se limitó a suspirar y seguirlo. Estaba a punto de descubrir de qué iba todo aquello. Anduvieron por aquel descampado hasta salir a un pequeño campo de fútbol algo descuidado al que estaban llegando algunos niños.

- ¡James! – Una niña de unos cinco o seis años corrió hacia él y lo abrazó.

- Hola, Annelise. – La cogió en brazos y le revolvió el pelo mientras una mujer se acercaba a él, también sonriendo. – Hola, señora Shaw, ¿lleváis mucho esperando?

- No, acabamos de llegar. – La mujer sonrió. – ¿Te importaría llevar a Anne después a casa de mi madre? Entro ya a trabajar y no puedo pasarme a recogerla.

- No te preocupes.

- Gracias, eres un encanto. – La mujer sonrió y, justo entonces, pareció darse cuenta de que el chico no estaba solo. – Oh, hola. No te conozco.

- Es Lizzy. – La presentó. – Ha venido a ayudarme hoy.

- Pues encantada de conocerte.

- Igualmente.

- Me encantaría quedarme charlando, pero si no me voy ya, llegaré tarde al trabajo. – Se disculpó con una nueva sonrisa. – Muchas gracias de nuevo, James, y pasadlo bien. Hasta luego, Anne.

- ¡Adiós, mami!

Se fue y Lizzy miró a James. Había empezado a entender lo que pasaba, pero todavía no estaba completamente segura.

- Ven, vamos, los demás ya están llegando.

Lo siguió hasta la entrada del campo, donde había ya bastantes niños. Saludó tanto a ellos como a sus padres y les dijo a algunos que los acompañaría encantado a casa, como siempre. Poco a poco se fueron quedando solos con aquel grupo de alrededor de veinticinco niños y James le pasó la mochila de Rose.

- Los vestuarios están ahí al fondo, ve a cambiarte.

- ¿Vamos a…?

- Nada de preguntas, ahora te explico. – La cortó. – Venga, vamos.

- Eres un mandón.

Lo insultó por lo bajo para que los niños no la escucharan y se dirigió hacia el minúsculo vestuario. Abrió la mochila y sacó unas mallas, una camiseta y unas deportivas que venían acompañadas de una nota de Rose pidiéndole que no la matara por rebuscar entre sus cosas. Vio que también había un vestido para luego y no pudo evitar sonreír. Su amiga siempre estaba en todo, seguro que también había guardado algún preservativo. Se cambió rápidamente y salió de nuevo al campo, donde James estaba hablando con una chica que debía tener entorno a 16 o 17 años.

- Ya estoy lista. – Dijo, acercándose a ellos algo cohibida. – Hola, por cierto.

- Tú debes ser Lizzy, James acaba de decirme que hoy ibas a ayudarle. Yo soy Louisa. – Se presentó, dedicándole una enorme sonrisa. – Tengo que irme ya, os deseo mucha suerte con todos estos peques y, James, por favor, si pudieras acercar a los dos enanos a casa me harías un grandísimo favor, mis padres están trabajando y yo tengo que estudiar, tengo que prepararme muy bien los exámenes, ya sabes…

- Tranquila, verás cómo te darán la beca y el año que viene estarás en Yale o Harvard.

- Eso espero.

- No te preocupes por nada, tú quédate estudiando, yo los llevaré.

- Mil gracias, en serio. – Sonrió. – Y, Lizzy, James es un partidazo, no lo dejes escapar.

- Me tenéis todos en un pedestal. – El chico se puso rojo y le quitó importancia con un gesto para sorpresa de la morena. – No me cuesta nada.

- Lo que yo te diga, un partidazo. – Insistió antes de lanzar una pequeña carcajada. – Encantada de conocerte y gracias, chicos. ¡Entrenad mucho!

Louisa se marchó y Lizzy se volvió hacia James.

- ¿Eres entrenador infantil?

- Sí. – Asintió lentamente. – Luego te cuento un poco más, voy a ir a cambiarme para poder empezar. Te quedas al mando.

- ¿Que yo qué? – Entró en pánico y abrió mucho los ojos.

- Tranquila, no tardo.

Salió corriendo hacia el vestuario y ella miró al grupo de niños sin saber qué hacer. La mayoría de ellos ni siquiera se habían percatado de su presencia y jugaba entre ellos, pero había algunos que la miraban con cierta curiosidad. Por suerte, el chico no tardó en volver. Se situó al lado de ella y llamó su atención con una fuerte palmada.

- ¡Hola a todos!

- Hola, entrenador. – Saludaron ellos a coro.

- ¿Estáis listos para entrenar un poco?

- ¡Sí!

- Pues todos a correr un poco para calentar, pero primero tengo que presentaros a alguien. – Señaló a la morena con la mano, que se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y sonrió con dulzura. – Esta es Lizzy y hoy va a ser mi ayudante así que espero que la tratéis muy bien, quizás así se anime a volver otro día, ¿de acuerdo?

Los niños asintieron antes de empezar a correr en círculos.

- Ayúdame a preparar un par de cosas, anda.

Lizzy asintió y se dirigió junto a James a un pequeño almacén. Sacaron algunas cuerdas, unos conos y una caja llena de pelotas y empezaron a colocarlas. El chico le explicó que los primeros eran para un pequeño circuito y que lo otro era para practicar los pases y las carreras.

- ¿Cuántos años tienen? – Le preguntó ella, mirándolos corretear y picarse unos a otros.

- Los más pequeños cinco y los más mayores ocho. – Contestó. – Son mis chicos.

- Son adorables. ¿Vienes todas las semanas?

- Todos los miércoles desde hace ya siete años. – Sonrió levemente. – Empecé con 15 años, he entrenado a muchos chicos de las mismas familias y bastantes de los que empezaron conmigo están incluso jugando en los equipos de sus colegios e institutos. Dicen que no se me da mal prepararlos.

- Vaya…

- ¿Impresionada?

- Un poco. – Ella asintió y sonrió. – Es un buen trabajo y se ve que te gusta.

- No es un trabajo, es como un voluntariado, lo hago gratis. – Se encogió de hombros. – Las familias de estos niños no tienen recursos, no pueden permitirse inscribirlos en ningún equipo ni pagar a un entrenador. Lo hago porque me gusta el fútbol y ayudar a los demás.

Le dedicó una media sonrisa y se encogió de hombros ante su sorprendida mirada antes de girarse y llamar de nuevo la atención de los niños con una palmada. Empezó a explicarles una actividad y Lizzy se acercó a él, todavía sorprendida. No se había esperado aquello de James, siempre había creído que no era más que un imbécil egoísta. Y ahora resultaba que iba todas las semanas a entrenar a niños sin recursos simplemente porque quería ayudar. Jamás habría podido imaginarse algo así.

- Lizzy y yo os enseñaremos primero cómo hay que hacerlo, ¿verdad, Lizz?

- ¿Qué? – Volvió de golpe a la realidad y no pudo evitar sonrojarse.

- Creo que mi ayudante estaba en las nubes. – Se cruzó de brazos y enarcó una ceja. – Muy mal, durante el entrenamiento debemos estar atentos y, ¿qué pasa cuando alguien no presta atención, chicos?

- ¡Tiene que dar cinco vueltas al campo! – Exclamaron.

- ¡No! – Exclamó ella. – Ha sido solo un momento, además, yo soy la ayudante.

- Las normas son iguales para todos. – Insistió James, aunque dibujó una sonrisa que a la morena no le dio buena espina. – Pero supongo que podría hacer una excepción por ser tú.

- ¿Sí? – Preguntó dubitativa.

- Podría cambiarlo por otra cosa…

- James, no. – Se alejó un par de pasos y levantó un dedo de forma amenazadora.

- ¿No qué?

- No lo que sea.

- Lo siento, las normas son las normas.

Antes de que pudiera hacer nada, la cogió y comenzó a hacerle cosquillas mientras los niños reían.

- Es muy divertido. – Dijo el chico, sosteniéndola con fuerza, pero al mismo tiempo delicadeza.- ¿Quién quiere ayudarme?

De repente, un montón de manitas empezaron a hacerle cosquillas a Lizzy y pronto estaba tumbada en el suelo con un montón de niños subidos encima.

- ¡Lo siento, lo siento! – Dijo, sin poder parar de reír. James, a su lado, también reía a carcajadas y la miraba con ternura. – Me rindo, chicos, lo siento. No volveré a distraerme.

- Venga, creo que ya es suficiente. – Les dijo después de unos minutos.

Ellos pararon y, entonces, Lizzy aprovechó. Cogió a la niña que tenía más cerca y empezó a contraatacar haciéndole cosquillas. La pequeña empezó a reír y patalear mientras todo su descontrolaba un poco. Los niños se lanzaron a por ella y, de paso, a por James que también empezó a defenderse. Él los cogía en brazos y les hacía cosquillas a unos y otros mientras ella, todavía en el suelo, hacía lo mismo.

- ¡Qué poco respeto a vuestro entrenador! – Exclamó James tras dejar a Annelise en el suelo y coger en brazos a uno de los hermanos de Louisa. – ¡Ya os vale!

- Es que esto es diver. – Dijo el chico, riendo.

- ¿Ah, sí? – Sonrió. – ¿Más diver que jugar al fútbol?

- ¡No! – Respondió con determinación una niña que estaba agarrada a la pierna de Lizzy. – El fútbol es lo mejor.

- Pues entonces vamos a dejar esta pequeña batalla campal y todos al circuito. – El pelinegro sonrió. – ¡Cuánto antes terminéis, antes podréis practicar con las pelotas!

- ¡Bien!

Todos corrieron en estampida hacia allí y los dos pudieron al fin respirar con tranquilidad. Lizzy se estiró en el suelo y empezó a reír mientras James se dejaba caer a su lado.

- ¿Estás bien?

- Sí, tranquilo. – Contestó, incorporándose un poco y apoyándose en los codos.

- Se te dan bien los niños.

- Me encantan, aunque solo para un rato. – Ella se encogió de hombros. – Es muy divertido jugar con ellos, pero pueden resultar agotadores.

- ¿Me lo dices o me lo cuentas? Llevo años haciendo esto. – Se puso de pie de un salto y le tendió la mano. – Anda, vamos. Tenemos que seguir con el entrenamiento, mis chicos deben seguir preparándose para convertirse en buenos jugadores.

- A sus órdenes, entrenador. – Ella aceptó la mano y se levantó con una sonrisa.


Cuando terminaron el entrenamiento, hora y media más tarde, esperaron a que los padres de los niños vinieran a por ellos y llevaron a sus casas a los restantes. Por fin entendía Lizzy para qué necesitaba James una furgoneta de siete plazas. El chico los dejó a todos en la puerta de sus casas y saludó a sus familiares (si es que estaban allí sus abuelos o sus hermanos mayores, aunque ese solo fue el caso de Louise) o esperó hasta ver que habían entrado.

- Bueno, ¿dónde vamos ahora? – Preguntó Lizzy cuando el coche se quedó vació. – Sé que querías ir a cenar, pero no puedo ir así, estoy sudando.

- Lo sé por eso antes vamos a darnos una ducha. – Contestó, sonriendo. – Duchas separadas, tranquila.

- ¿Dónde?

- En mi casa, tengo que ir a ver a mis padres ya que estoy aquí.

- ¿Qué? – Lo miró con los ojos muy abiertos. Aquello debía tratarse solo de una broma. – ¿Quieres que conozca a tus padres?

- Tranquila, solo voy a decirles que has venido a ayudarme. – Dijo, todavía sonriendo. Ya se había imaginado que reaccionaría así. – No sospecharán nada, hazme caso.

- Qué vergüenza…

James apoyó una mano sobre la suya y ella se la estrechó levemente, con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Siguieron así unos instantes hasta que él tuvo que girar y apoyó ambas manos en el volante.

La casa de James estaba un poco lejos de aquella zona, pero no tardaron demasiado en llegar. El chico aparcó delante del garaje y se bajó rápidamente. Lizzy la contempló mientras se bajaba también y sonrió.

- Es bonita.

- Gracias. – Él le devolvió la sonrisa y señaló la puerta con la cabeza. – Vamos, sígueme.

Se acercaron a la entrada y el chico abrió con su llave. Le pidió que pasara y ella entró al pequeño vestíbulo, algo nerviosa y cohibida.

- ¿Mamá? – James cerró la puerta con un pequeño portazo y avanzó un poco. – ¿Dónde estás?

- ¡James! – Ginny Potter salió del salón y abrazó a su hijo. – ¿Qué tal el entrenamiento cariño? ¿Cómo ha…? – Se quedó callada al ver allí a la chica, que le dedicó una pequeña sonrisa y se removió un poco incómoda. – ¿Nos conocemos?

- Mamá, esta es Lizzy, la compañera de habitación de Rose y la madrina de Lily en la hermandad. Ha venido a ayudarme hoy en el entrenamiento.

- ¿A ayudarte? – Lo miró, sorprendida. – Vaya, jamás habías pedido ayuda antes.

- Sí, bueno, es que yo…

- James quería aprovechar que soy actriz para enseñarles unos ejercicios de respiración. – Mintió ella. – Para que mejoren la capacidad pulmonar, aunque no estoy muy segura de si realmente han servido para algo.

- Ah, claro. – Ella asintió y le tendió la mano. – Encantada de conocerte, Lizzy, aunque ahora que recuerdo creo que te he visto alguna vez con mi sobrina.

- Es posible y el placer es mío, señora Potter.

- Ginny. Puedes llamarme Ginny.

- De acuerdo, Ginny. – Dijo Lizzy, sonriendo.

- Vamos a salir a cenar algo antes de volver al campus así que, ¿te importa si se da una ducha?

- No, claro, como si estuvieras en tu casa, Lizzy. James puede usar la suya y tú la de aquí abajo. – La pelirroja sonrió. – Te traeré una toalla, espera aquí un momento y James ven conmigo.

- Muchas gracias.

Madre e hijo subieron hacia arriba en silencio aunque, en cuanto estuvieron lo bastante lejos de la chica, ella no pudo resistirse más e hizo la pregunta que llevaba un rato rondándole la cabeza.

- ¿Hay algo entre esa chica y tú?

- ¿Por qué preguntas?

- Jamás habías llevado a nadie a entrenar, no dejas que vayan contigo ni tus hermanos. – Se encogió de hombros y sonrió. – ¿Es tu novia, tu ligue o algo así?

- Bueno…

- Espera, mejor no contestes. – Frunció el ceño y negó con la cabeza.

- No preguntes lo que no quieras saber, mamá.

- Anda, ve a ducharte, ya le bajaré yo una toalla.

- Está bien.

El chico entró a su cuarto para coger un par de cosas y la mujer cogió una toalla y volvió al piso principal. Se la dio a la chica y la llevó hasta el baño.

- Tómate todo el tiempo que necesites.

- Gracias de nuevo, Ginny.

- No es nada, Lizzy.

La morena cerró la puerta y echó el pestillo antes de suspirar. La madre de James parecía una mujer muy simpática y le alegraba que aquello hubiera salido bien. Se desnudó rápidamente y se dio una ducha caliente que relajó su cuerpo por completo. Cuando salió, se secó con la toalla y abrió la mochila para sacar el vestido que Rose le había preparado, aunque no pudo evitar sorprenderse al ver que no venía solo. Debajo había un precioso conjunto de ropa interior de encaje negro.

"Me he gastado todo el presupuesto para tu cumpleaños así que no esperes nada en enero. Disfruta mucho y tienes los condones en el bolsillo de fuera (también hay maquillaje).

Rose."

Se mordió el labio, pero no pudo evitar sonreír. Tal y como había pensado antes, Rose siempre estaba en todo. Se vistió rápidamente y se echó un poco de lápiz de ojos, rímel y pintalabios antes de mirarse en el espejo fijamente. Se peinó con el cepillo que también había guardado su amiga y sonrió. Estaba bastante bien. Lo recogió todo y salió del baño, con la toalla en la mano. Recorrió el pasillo lentamente y asomó la cabeza en el salón donde estaban Ginny Potter y su marido. Lizzy no pudo evitar pensar que Albus se parecía mucho a él, aunque James también tenía bastante de su padre.

- Disculpa. – Carraspeó ligeramente y ambos se giraron a mirarla. – Ginny, ya he acabado, ¿dónde puedo dejar la toalla?

- Dámela. – La mujer se levantó con una sonrisa y la cogió. – Por cierto, este es Harry, mi marido. Harry, esta es Lizzy, la chica que te he dicho.

- Encantado de conocerte. – Dijo. – James debe estar al bajar ya, pero siéntate mientras tanto.

- Muchas gracias.

La morena se sentó y comenzó a hablar con el hombre sobre lo que estudiaba y su ciudad mientras el chico llegaba.

- Eres la primera persona que conozco que estudia una carrera universitaria para ser actriz. – Comentó el hombre.

- Sí, algunos estamos un poco locos. – Ella sonrió. – Pero también estoy dando clases de literatura y, cuando acabe con esto, haré literatura inglesa, quizás sea más sencillo encontrar un trabajo como profesora que como actriz.

- El mundo de la interpretación es muy complicado.

- Pues sí, además, no soy muy buena…

- No dejes que te engañe, es una gran actriz. – Intervino James, que acababa de entrar al salón. Lizzy le dedicó una enorme sonrisa y se puso de pie. – ¿Nos vamos?

- Sí, claro. Ha sido un placer conocerte, Harry.

- Igualmente, Lizzy. Vuelve pronto a visitarnos. – Se despidió con un gesto amable.

- Lo haré.

- Os veré el sábado, papá.

- Ten cuidado, James. – Se despidieron con un pequeño abrazo y el chico se acercó a su madre. – Te llamo cuando llegue a la hermandad, mamá.

- Pasadlo bien y conduce con cuidado. – Lo abrazó y sonrió. – Y Lizzy, tal y como ha dicho mi marido, vuelve pronto.

- De acuerdo, Ginny, y gracias por dejarme usar la ducha.

Se dedicaron un par de palabras amables más y los dos chicos se marcharon, dispuestos a cenar y acabar aquella noche.


James la llevó a una pequeña hamburguesería cercana y le recomendó tomar la hamburguesa extra-grande con doble de beicon y huevo, patatas fritas y batido de chocolate y la chica, aunque al principio no estaba muy convencida, decidió probarlo. Y no se arrepintió de ello. La cena estaba deliciosa y ambos pasaron toda la velada riendo y bromeando. Lizzy jamás creyó que podría estar tan a gusto con James. Hablaron sin peleas, sin más dobles sentidos de los necesarios y todo fueron risas y cejas enarcadas de forma irónica.

Cuando terminaron – y tras pagar cada uno lo suyo, ya que ninguno consintió que el otro pagara y ambos decidieron que aquello iba demasiado bien como para dejar que el dinero lo estropeara – salieron de la hamburguesería y volvieron al coche.

- Antes de volver, voy a llevarte a un descampado con unas vistas alucinantes de la ciudad. – Dijo él. – ¿Te parece bien?

- ¿Un descampado? – Lizzy enarcó una ceja, pero lanzó una pequeña carcajada. – Me parece fantástico, James.

Empezó a conducir hacia allí mientras ella enviaba algunos mensajes por el móvil diciéndole a su madre que seguía en San Francisco y que la llamaría cuando llegara, cosa que a la mujer no le hizo demasiada gracia (¡Mañana tienes clase!, le escribió, ¡No deberías trasnochar!). La chica puso los ojos en blanco y cerró el teléfono tras repetirle que volvería pronto y que no se preocupara. No iba a dejar que eso le estropeara la noche. Cuando llegaron al descampado, James detuvo el coche y ella no pudo evitar sonreír. Tenía razón, la vista era preciosa.

- ¿Te ha gustado nuestra cita? – Se atrevió él entonces a preguntarle.

- Sí. – Lizzy se soltó el cinturón y se giró en el asiento, mirándolo de frente. – Ha sido genial, James. Me ha encantado ver esa faceta tuya y me lo he pasado muy bien.

- Querías hechos y espero haberte demostrado que no soy el capullo que puedo parecer a simple vista. – También se soltó el cinturón y se acercó un poco a ella. Acarició su mejilla con delicadeza y Lizzy cerró los ojos. – Quería que vieras al James que nadie ha visto antes.

- ¿De verdad soy la primera persona que llevas al entrenamiento?

- Sí.

- ¿Y por qué no quieres que más gente lo sepa? – Abrió los ojos y le cogió la mano con delicadeza. – Ha sido genial verte con ellos y saber que lo hacen simplemente por ayudar y porque te gusta el deporte.

- En mi instituto se enteraron y empezaron a decir que me creía mejor que el resto y que solo lo hacía porque me beneficiaría, pero lo que no saben es que ni siquiera lo puse en la solicitud de la universidad.

- ¿No?

- Claro que no, son niños, no merecen que se les trate como pasaporte para conseguir una beca. Yo soy feliz viéndolos jugar y divertirse y sabiendo que muchos están entrando en equipos gracias a mi ayuda. – Confesó. – Si algún día alguno de ellos consiguiera una beca gracias a mí, si pudieran estudiar gracias a lo que yo les he enseñado… Sería indescriptible, Lizz.

- Me gusta.

- ¿Que ayude así a esos niños? – Preguntó, un poco confuso.

- Sí, pero me refería a que me llames Lizz. – Dijo antes de morderse el labio. – Nadie lo hace nunca.

- ¿Me dejas hacerlo?

- Sí.

- ¿Y me dejas besarte? – Se acercó un poco más a ella que, sorprendentemente, se apartó. James maldijo por lo bajo y cerró los ojos. ¿Qué había hecho mal ahora? – ¿Qué ocurre?

- Necesito saber primero cuál es el verdadero James. – La chica suspiró y se apoyó en el respaldo del asiento. – Quiero besarte y hacer el amor contigo, pero antes necesito saber qué es verdad y qué es fachada. ¿Eres el James chulo que he conocido siempre o eres ese que he visto hoy?

- Soy ambos. – Él se encogió de hombros. – El James real es el que has visto esta tarde, pero todos necesitamos una coraza para protegernos. A mí también me han hecho daño, Lizz, y no quiero que vuelvan a hacérmelo así que por eso a veces me escondo. Claro que también soy un chulo y un presuntuoso; claro que me encanta ligar con chicas y claro que me encanta provocarte, pero eso no quiere decir que no sea más que un imbécil. Esa es solo la parte de fuera y lo de hoy es el interior. No sé si esta es la respuesta que esperabas, pero es la única que puedo darte. Yo soy así sin más y supongo que ya he hecho todo lo que podía hacer para que me dieras una oportunidad así que el último movimiento es tuyo. Tú eliges.

- Te equivocas, James. – Murmuró ella, mirándolo con los ojos un poco brillantes. – Justo esto era lo que quería escuchar.

Y sin más lo besó. Ella ya sabía que James no podía evitar ser un chulo, pero descubrir que era mucho más que eso había hecho que, al fin, todas las piezas encajaran en su cabeza. Estaba dispuesta a darle una oportunidad y esperaba que todo saliera bien.

Él se pegó más a su cuerpo y empezó a recorrerlo por encima del vestido antes de besar su cuello, arrancándole un suspiro.

- ¿Y si vamos…?

- Sí, vamos.

Lizzy se levantó y el chico la ayudó a pasar al asiento trasero antes de saltar atrás él también. Se apoyó sobre ella, que se había tumbado, y siguió besándola con pasión. Recorrió sus piernas lentamente, acariciándola y subiendo cada vez más, haciéndola suspirar y removerse ansiosa. Cuando llegó al borde de su ropa interior, la acarició un momento sobre esta y se quedó quieto mirándola antes de bajarla y deshacerse de ella de forma despreocupada. Siguió besándola mientras la acariciaba a veces más lento, a veces más rápido, haciéndola gemir cada vez más. Ella le desabrochó entonces el pantalón y se lo bajó un poco, al mismo tiempo que la ropa interior y, sin dejar de besarlo, también comenzó a acariciarlo, haciendo que él ahogara un gruñido en su boca. Siguieron con aquello un rato, recorriéndose con las manos, besando sus labios, caras y cuellos hasta que no pudieron más.

- ¿Dónde tengo...?

- En la mochila hay. – Murmuró Lizzy, incorporándose un poco y entendiendo perfectamente a qué se refería. Tenía las mejillas rojas y estaba despeinada. – En el bolsillo de fuera.

James asintió y cogió uno rápidamente. Se lo puso y volvió a apoyarse en ella, dispuesto a entrar pero, justo cuando estaba empezando, unos golpes en la ventana los sobresaltaron.

- ¡Policía! ¡Salgan del vehículo inmediatamente!

Lizzy gritó y se cubrió la cara con las manos y él se quedó blanco y paralizado. Aquello debía ser una broma y aquellos bromistas iban a pagarlo caro. Se levantó rápidamente, se quitó el preservativo y subió su ropa mientras ella se incorporaba y bajaba su vestido, dando gracias por los cristales empañados. Se peinó con los dedos antes de atreverse a abrir la puerta del coche y salir, seguida de James que tuvo que tragar saliva al ver quién era el policía porque, por desgracia, aquello no era una broma.

- ¿Tito?

- ¿A ti te parece normal esto, James? – Ron apuntó a su sobrino con su linterna y lo miró decepcionado. – Debería darte vergüenza. ¿Cómo se te ocurre?

- No soy el primero que hace eso aquí, estoy seguro. – Respondió, completamente rojo.

- Pero no es legal. ¿Qué hubiera pasado si os hubiera encontrado otro agente? – Negó con la cabeza. – Os habría detenido, ambos tendríais antecedentes penales y estoy seguro de que ninguno de vosotros quiere… - Se detuvo al ver a la chica y la apuntó con la linterna. – ¿Lizzy?

- Hola, señor Weasley. – Murmuró, completamente roja.

- Esto... ¿Qué estaba diciendo? – Frunció el ceño. Aquello era muy fuerte, siempre había pensado que la compañera de cuarto de su hija era muy modosita y encontrársela en esa situación con su sobrino había hecho que se quedara a cuadros. – La cuestión es que no voy a denunciaros porque somos familia, pero tenéis que prometerme que no volveréis a hacer eso en un lugar público y que os marcharéis al campus inmediatamente.

- Por supuesto, tito.

- Claro que sí, señor Weasley.

- Bien, entonces me marcho. – El pelirrojo asintió. – Que no se vuelva a repetir.

El hombre se marchó y ambos volvieron rápidamente al coche, todavía blancos por la impresión pero, al mismo tiempo, aliviados por haber podido salir indemnes de aquella situación.

- Qué mala suerte. – Se lamentó James. – Aunque menos mal que ha sido mi tío y nos has dejado ir.

- Sí, claro, ahora él y tu tía solo pensarán que la compañera de habitación de su hija es una cualquiera. Qué bien.

- No digas eso, es absurdo, ni que mis primos hubieran aparecido por arte de magia. – Replicó él. – Quizás piensen que no eres capaz de control tus impulsos, pero ya está, pensarán lo mismo de mí también así que no pasa nada.

- Un alivio desde luego.

- Lo peor será cuando se lo cuenten a mis padres.

- No pienso volver a tu casa jamás. Dios, qué vergüenza, creía que me iba a morir, te lo juro.

James sonrió y la besó con delicadeza y ella suspiró.

- ¿Volvemos al campus?

- Antes tengo un pequeño problema. – Se puso roja otra vez y miró a la parte de atrás. – Necesito encontrar mis bragas.

- ¿Te has bajado del coche sin ellas?

- ¡Estaba muy nerviosa! – Protestó haciendo que él estallara en carcajadas. – ¡No es divertido!

- Claro que lo es. – Volvió a besarla y se asomó a la parte de atrás. – Anda, yo las buscaré.

- Gracias. – Ella enterró la cara entre las manos, todavía avergonzada. Lo que menos le apetecía en aquel momento era poner todo el coche patas arriba buscando su ropa interior. – ¿Las encuentras?

- ¡Sí! – Exclamó James, cogiéndolas. – Oye, son muy monas.

- Me las ha regalado Rose, el sujetador va a juego. – Las cogió y se las puso rápidamente. – Ya lo verás otro día.

- Sí. – Él asintió y, tras ponerse el cinturón, arrancó el coche. – Parece que a los miembros de mi familia les gusta interrumpirnos antes de que podamos terminar estas cosas.

- Desde luego, aunque si dejáramos de hacerlo en lugares públicos quizás no nos pillarían. – Se encogió de hombros. – Hoy ya no tengo ganas después de este susto pero, ¿qué haces el sábado?

- Iba a venir con mis hermanos y Rose pero, te propongo un plan, ¿qué te parece si venimos todos y así puedo enseñarte mis sitios favoritos de la ciudad? Comemos en mi casa, pasamos todo el día fuera y por la noche, cuando volvamos al campus, dormimos juntos en mi cuarto. – Sugirió. – ¿Te apetece?

- No quiero ver a tus padres después de lo de hoy.

- Venga ya, será divertido y, si vienes conmigo, estoy seguro de que mi tío y mi padre no harán bromas sobre lo que ha pasado.

- Acepto lo de dormir, pero lo demás ya veremos. – Sonrió de medio lado y apoyó la cabeza en el cristal. – Además, ya he visto la ciudad.

- Te aseguro que te llevaré a sitios totalmente nuevos para ti. – Insistió. – Vendrán también mis hermanos y Rose y pueden decírselo a Scorpius, Leo y Alice, pero podemos escabullirnos los dos solos. Será genial, venga, Lizz, ¿de verdad no te animas?

- Supongo que puede estar bien. – Asintió finalmente, con una pequeña sonrisa. – Solo espero que no se entere mucha gente de lo que ha pasado hoy porque no sé cómo miraría a tu madre o a tu tía a la cara si lo supieran.

- Mi madre ya lo imagina y te ha tratado muy bien así que no tienes nada que temer. – James cogió su mano y la besó, sin apartar la vista de la carretera. – Pasaremos un buen día y una mejor noche, ya verás.

- Te aseguro que no puedo esperar a que esa noche llegue.


N/A: Ains, pero qué monos que son estos dos :') El capítulo es un poco largo (más de 5500 palabras y 18 páginas de Word) y espero que os haya gustado :)

James es más profundo de lo que parece y en el fondo tiene su corazoncito. Y el final jajaja Pobrecillos, siempre los interrumpen xD

Espero vuestras opiniones y muchas gracias por todo vuestro apoyo :)

PD: El domingo subiré un pequeño one-shot especial por el cumpleaños de Harry (o lo intentaré al menos), por si os interesa ^^