Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


-19-


Parecía que la servidumbre de la finca de Otsutsuki hubiese elegido bando en función de su sexo: los hombres apoyaban al señor y las mujeres, por el contrario, simpatizaban con la señora de la casa. Un par de lacayos y un estoico mayordomo hacían todo lo posible para evitar que Naruto entrara en la mansión, mientras que el ama de llaves y su dama de compañía merodeaban por el lugar, observando con ansiedad todos sus movimientos. Naruto percibía la predisposición de las mujeres a acompañarlo hasta la alcoba de su cuñada.

El rostro de Naruto se tornó inexpresivo cuando su mirada encontró la del mayordomo, un hombre ya mayor que había brindado décadas de lealtad a los Otsutsuki. Sin duda había visto y ayudado a ocultar más de una fechoría cometida por la familia. Saludó a Naruto con cortesía y dignidad, aunque una chispa de inquietud en sus ojos revelaba que las cosas no marchaban del todo bien. Estaba flanqueado por sendos lacayos de gran estatura, que parecían dispuestos a levantarlo en vilo y sacarlo de la mansión.

-¿Dónde está Otsutsuki? -preguntó Naruto lacónicamente.

-El señor está fuera, milord.

-Me dijeron que lady Otsutsuki está enferma. He venido a confirmar su estado de salud personalmente.

El mayordomo hablaba con la altivez adecuada, pero el color de su semblante se volvía cada vez más intenso.

-No le puedo confirmar ningún detalle sobre el estado de lady Otsutsuki, milord. Como comprenderá, es un asunto privado. Tal Vez pueda usted discutirlo con lord Otsutsuki cuando regrese.

Naruto miró a los lacayos y a las dos mujeres que se encontraban en la escalera. La gélida expresión de los rostros de estas confirmaba la certeza de que Hanabi estaba enferma.

Se acordó de cierta ocasión en que visitó la casa de un amigo agonizante, en la India, y la encontró atestada de parientes de las dos ramas familiares. Una desesperación silenciosa flotaba en el ambiente, como una nube de humo. Todos sabían que si el hombre moría, la esposa sería quemada viva junto con el cadáver.

Naruto recordó la huella roja de la mano con que la desconsolada esposa marcó la entrada, justo antes de cumplir con la antigua tradición del sati. Aquella marca era lo único que permanecería para que el mundo no olvidara su existencia. A pesar de la terrible frustración que sintió, Naruto no pudo hacer nada por ayudarla. Los hindúes veneraban tanto el sati que eran capaces de matar a cualquier extranjero que osara interferir.

¡Qué poco se valoraba la vida de la mujer en muchas culturas! Incluso en la suya, que presumía de moderna e ilustrada. Naruto no pudo discutir la observación de Hinata según la cual, a los ojos de la legislación inglesa, la esposa de un hombre era de su propiedad y este podía hacer con ella lo que considerara oportuno. A juzgar por el pesimismo y la ansiedad que flotaban en el ambiente, la desafortunada lady Otsutsuki iba a ser víctima una vez más de la cruel indiferencia de la sociedad. A menos que interviniese alguien.

Naruto se dirigió al mayordomo, aunque sus palabras apuntaban a todos los presentes.

-Si ella muere -dijo con serenidad- es probable que todos ustedes sean acusados de cómplices de asesinato.

Percibió, aunque no le hizo falta mirarlos, que el comentario les caló muy hondo. Una ola de temor, culpabilidad y preocupación se adueñó del ambiente. Todos permanecieron inmóviles, incluido el mayordomo, cuando Naruto se dirigió hacia las escaleras. Se detuvo frente a la rolliza ama de llaves y ordenó:

-Acompáñeme a la alcoba de lady Otsutsuki.

-Sí, milord -respondió ella.

El ama de llaves subió las escaleras tan deprisa que Naruto se vio obligado a subir los peldaños de dos en dos.

El silencio y la penumbra remaban en la alcoba de Hanabi, con un toque seco de agradable perfume. Las cortinas de terciopelo estaban corridas y solo una estrecha abertura, de unos diez centímetros, dejaba pasar un tenue rayo de luz. Encontró a Hanabi reclinada sobre grandes almohadas de encaje, el cabello largo y suelto, su cuerpo frágil envuelto en un camisón blanco. No se veían moretones en el rostro ni en los brazos, pero tenía la piel de un extraño tono similar a la cera y sus labios estaban agrietados y sin vida.

Al oír que había alguien en la habitación, Hanabi entrecerró los ojos para tratar de ver la silueta oscura de Naruto. Se le escapó un lamento de miedo y él se dio cuenta de que lo confundía con Otsutsuki.

-Lady Otsutsuki -dijo con suavidad mientras se aproximaba a ella-, Hanabi... -Vio que intentaba apartarse de él-. ¿Qué te ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevas así?

Tomó su mano delgada y fría, la cubrió con la suya, de gran tamaño, y le acarició los dedos.

Ella lo miró con la expresión de un animal herido.

-No lo sé -susurró-. No sé qué pasó. No quiso hacerlo, seguro que no... No sé cómo, pero me caí. Descansar... Lo único que necesito es descansar. Lo que pasa es que... me duele mucho... no puedo dormir.

Necesitaba algo más que un simple descanso. Para empezar, era preciso que la visitara el doctor Dan. Naruto nunca le había prestado mucha atención a Hanabi, ya que la veía como una simple imitación de Hinata, atractiva pero menos interesante. Sin embargo, al ver aquella ligera semejanza con su esposa y el evidente sufrimiento que padecía, sintió en el pecho una punzada de dolor.

-Hinata me envía a buscarte -masculló-. Dios sabe que no deberías moverte, pero le prometí... -interrumpió la frase en seco, invadido por la frustración.

El nombre de Hinata pareció atravesar la horrible nebulosa que cercaba la pesadilla de Hanabi.

-Ah, sí... Hinata. Quiero ver a Hinata. Por favor. Naruto le lanzó una mirada de soslayo al ama de llaves, que permanecía de pie junto a ellos.

-¿Qué demonios está sucediendo aquí?

-Ha estado sangrando, señor-respondió ella con suavidad-. Desde que comenzó el otoño. Todos nuestros esfuerzos son en vano. Yo quería llamar al doctor, pero el señor lo prohibió... -La voz se le desvaneció hasta hacerse apenas audible-. Por favor, señor... Llévesela de aquí antes de que él regrese. No quiero ni pensar lo que puede suceder si no lo hace.

Naruto volvió a mirar la lánguida figura que había en la cama y retiró las sábanas. Vio que el camisón tenía manchas secas de sangre y que había más bajo su cuerpo. Gruñendo, le pidió al ama de llaves que lo ayudara y, entre los dos, envolvieron a la enferma en una bata de batista. Hanabi trató de colaborar, levantando con ánimo los brazos para meterlos por las mangas, pero el más mínimo movimiento le causaba un dolor extremo. Tenía los labios azules y los apretó con fuerza mientras el ama de llaves le abrochaba los botones de la bata.

Naruto se inclinó y pasó los brazos por debajo de su cuerpo, hablándole como si fuera una niña pequeña.

-Muy bien, así me gusta -le fue diciendo mientras la levantaba, sin gran esfuerzo-. Voy a llevarte junto a Hinata, y ya verás cómo te recuperas enseguida.

Intentaba actuar con suavidad, pero ella gimió de dolor cuando la alzó en sus brazos y la acercó hacia su pecho. Maldiciendo en silencio, Naruto pensó que trasladarla en aquel estado tal vez pudiera terminar con su vida.

-Llévesela, milord -dijo el ama de llaves al ver que vacilaba-. Es lo mejor que puede hacer, créame...

Naruto asintió con la cabeza y sacó a Hanabi de la habitación. La cabeza de esta se desplomó sobre su hombro y él creyó que se había desmayado, pero mientras descendía las escaleras, llevándola en brazos, oyó un ligero susurro.

-Gracias... Quien quiera que seas. «El dolor y la pérdida de sangre han debido de provocarle delirios», pensó Naruto.

-Soy Uzumaki -respondió, tratando de no zarandearla demasiado mientras bajaban.

-No, no eres él -fue su débil pero certera respuesta, y sus dedos delgados le acariciaron la mejilla en una especie de tierna bendición.

El trayecto hasta El Remolino fue una tortura. Hanabi, pálida e inerte, jadeaba con cada surco del camino. Iba tumbada en el asiento de terciopelo, acurrucada sobre un mullido lecho de almohadas y mantas que apenas atenuaban su dolor. Al cabo de un rato, el mismo Naruto se estremecía con cada tímido quejido de Hanabi y aquel padecimiento le afectaba más de lo que hubiera sospechado.

Como todos los demás, Naruto había ignorado los malos tratos de Otsutsuki hacia Hanabi, apelando al hecho de que los avalares de un matrimonio en su propia intimidad no eran de su incumbencia. Sin duda, muchos le iban a decir que se había propasado al sacar a Hanabi de la finca de Otsutsuki. «Malditos sean todos ellos», pensó con ferocidad mientras escuchaba aquellos sollozos de dolor. Todos los habitantes de Konoha Hill, todos los amigos y parientes de Otsutsuki eran culpables. Todos ellos habían permitido que la situación llegara a ese extremo.

Pareció casi un milagro que Hanabi no falleciera en el carruaje durante el espantoso trayecto. Al fin llegaron a El Remolino y Naruto, consumo cuidado, entró en la casa llevándola en brazos.

El doctor Dan ya se encontraba allí y esperaba su llegada junto a Hinata. Esta no pareció sorprendida ante el estado de su hermana y Naruto pensó que sus suposiciones la habían llevado a esperar lo peor. Por indicación de Hinata, llevó a la paciente a su habitación y la acomodó sobre las sábanas de lino. Las doncellas iban de un lado a otro. Hinata se reclinó sobre Hanabi mientras el doctor Dan hurgaba en su maletín y Naruto se alejaba de la habitación.

Su participación había terminado. Supuso que debía sentirse satisfecho por haber cumplido su promesa, y sin embargo estaba preocupado y nervioso. Se dirigió a la biblioteca y se encerró allí, donde bebió pausadamente mientras pensaba cómo demonios se iba a enfrentar a Otsutsuki cuando este regresara. Por muy arrepentido que se mostrara, Naruto no podía consentir que volviera a llevarse a su esposa. ¿Cómo podría convencerlos de que no volvería a hacer daño a Hanabi? ¿Cómo podrían asegurarse de que no acabaría por matarla tarde o temprano?

Otsutsuki no iba a cambiar, concluyó Naruto mientras se servía su segunda copa de licor. Las personas nunca cambian. Pensó en lo que Hinata le había dicho antes: «No sé cómo, pero te has convertido en un hombre en el que puedo confiar. Un hombre al que podría amar». La ferviente confesión, dicha con tan dulce esperanza, lo había llenado de un deseo vehemente. No supo responder y aún no sabía cómo hacerlo. Deseaba el amor de Hinata. Haría lo posible por tenerla, aunque tal vez, a su manera, pudiera resultar tan destructivo para ella como Otsutsuki para Hanabi.

Llegó un sirviente y le comunicó que el médico estaba listo para retirarse. Naruto dejó la copa de licor, salió de la biblioteca y llegó al salón principal al mismo tiempo que Hinata y el doctor Dan. El semblante del médico tenía una expresión seria y ensombrecida por un sentimiento de desagrado. Sus arrugas estaban más marcadas que de costumbre, lo que le daba el aspecto de un hosco bulldog. Hinata daba muestras de una quebradiza serenidad, pero bajo aquella fachada se escondía un mar de emociones.

Naruto condujo su mirada del uno al otro, esperando las noticias.

-¿Y bien? -preguntó con impaciencia.

-Lady Otsutsuki ha sufrido un aborto -contestó el doctor Dan-. Parece que no fue consciente de su estado hasta que empezó a sangrar.

-¿Cómo sucedió?

-Otsutsuki la tiró por las escaleras -dijo Hinata con aplomo, si bien sus ojos echaban chispas-. Había bebido y estaba de mal humor. Hanabi dice que no sabía lo que hacía.

El doctor Dan frunció el ceño.

-Un mal asunto, ciertamente -comentó-. Jamás pensé que iba a decir esto, pero es una bendición que el viejo lord Otsutsuki no esté vivo para ver en qué se ha convertido su hijo. Recuerdo lo orgulloso que solía estar de su chico cuando...

-¿Se va a recuperar? -interrumpió Naruto, viendo que iba a extenderse con evocaciones del pasado.

-Creo que lady Otsutsuki recobrará la salud completamente -respondió Dan-, siempre que reciba el cuidado y el reposo que necesita. Mi consejo es que nadie la moleste, dada su debilidad. En cuanto a su esposo... -Vaciló y negó con la cabeza, sabiendo para sus adentros que el asunto quedaba fuera de su alcance-. Cabe esperar que se convenza de lo inaceptable de este tipo de conducta.

-Lo hará -dijo Hinata con firmeza, antes de que Naruto pudiera responder.

Se dio la vuelta sin mirar a ninguno de los dos hombres, subió de nuevo las escaleras y se encaminó a la alcoba de su hermana convaleciente. La rigidez de su espalda y la majestuosa inclinación de su cabeza provocó una ligera sensación de culpabilidad en Naruto, como si la actuación de Otsutsuki los implicara de algún modo a él y al doctor Dan. Como si los dos hubiesen sido ya juzgados y condenados por participar en una gran conspiración de hombres contra mujeres.

-Maldito Otsutsuki -farfulló con el ceño fruncido.

El doctor se incorporó y le dio una palmadita en el hombro.

-Lo comprendo perfectamente. Sé el cariño que siente por su amigo. Pero si la opinión de un hombre mayor le sirve de algo, quiero que sepa que me alegra que haya decidido brindar su protección a lady Otsutsuki. Da muestras de una piedad que no siempre se ha visto en la familia Uzumaki. Espero que no se ofenda.

La boca de Naruto dibujó una mueca irónica. -No puedo ofenderme por escuchar la verdad -contestó, y acto seguido pidió un carruaje de regreso para el doctor Dan.

Hinata veló a Hanabi toda la noche, hasta que comenzó a adormilarse en la silla junto a la cama. Despertó sobresaltada al sentir que alguien, una gran silueta, se movía por la habitación.

-¿Qué...? ¿Quién...? -preguntó aturdida.

-Soy yo -murmuró Naruto, al tiempo que la distinguía en la oscuridad y le ponía las manos sobre los hombros-. Ven a la cama, Hinata. Tu hermana está durmiendo... Podrás cuidarla por la mañana.

Hinata bostezó, negó con la cabeza y se estremeció de dolor al sentir un tirón agudo en los tensos músculos del cuello.

-No. Si se despierta..., si necesita algo... Quiero estar aquí.

No le podía explicar el sentimiento irracional que la impulsaba a no dejar sola a su hermana, a decirse que Hanabi necesitaba estar protegida constantemente, de cualquier monstruo, real o invisible.

Los dedos de Naruto le acariciaron el cuello con ternura. -No le va a hacer ningún bien que tú también te agotes -dijo él. Le acarició la sien con el pulgar y después se inclinó y puso la boca en su cabeza. -Acuéstate, mi amor. -El sonido de la voz de Naruto quedaba amortiguado por su cabello-. Ahora la cuidaré yo.

A pesar de su resistencia, la incorporó de la silla, insistió en que abandonara la habitación y Hinata se encaminó al fin hacia su propia cama, casi como una sonámbula.

Otsutsuki llegó a El Remolino al día siguiente por la tarde. Al principio, Hinata no se enteró de su llegada, ya que había estado recluida casi todo el día en la habitación de Hanabi. Logró, con paciencia, que esta tomara un poco de sopa, una cucharada de papilla y una dosis del medicamento que el doctor Dan había dejado para ella. En silencio y exhausta, Hanabi parecía agradecer el estado de inconsciencia en el que la sumía el remedio. Se durmió enseguida, cogida de la mano de Hinata con una confianza infantil que le rompía el corazón.

Hinata apartó la mano con cuidado y acarició el cabello largo y castaño de su hermana.

-Duerme tranquila, querida -le susurró-. Todo va a salir bien.

Salió de la habitación en silencio, pensando cómo y cuándo le diría a sus padres lo que le había pasado a Hanabi. Iba a ser muy desagradable. Imaginó que lo negarían todo: Otsutsuki era un hombre de bien, dirían, y tal vez hubiera cometido una torpeza que requería la comprensión y el perdón de todos.

Hinata sabía que el apoyo de Naruto era fundamental si quería mantener a Otsutsuki alejado de Hanabi. No tendría a quién recurrir si Naruto cambiaba de opinión. Él era el único que podía evitar que Otsutsuki se llevara a su esposa e hiciera con ella lo que le viniera en gana.

Hinata estaba agradecida por cómo se había comportado Naruto hasta ese momento, pero no podía evitar el temor de que acabara prevaleciendo la vieja amistad que unía a los dos hombres. No podía imaginar a su esposo negándole a Otsutsuki acceso a su mujer. Y si Naruto cedía a las demandas de su amigo... Hinata no estaba segura de lo que haría entonces.

Con la mente llena de pensamientos cada vez más descorazonadores, Hinata se acercó al rellano de la escalera que conducía al salón principal. Oyó el sonido lejano de unas voces masculinas, alarmantemente intensas. Se alzó los faldones del vestido, apartándolos de los pies, y descendió las escaleras con rapidez. Al llegar al último escalón vio que Naruto estaba hablando con Otsutsuki.

La visión de su cuñado, bien vestido y de una belleza aniñada, la colmó de rabia. El aspecto de este era relajado y afectuoso, como si no hubiera pasado nada. Que la condenaran si permitía que él volviera a ponerle las manos encima a Hanabi; lo mataría ella misma si era necesario.

Aunque Hinata no hizo ningún ruido, Naruto percibió su presencia. Se volvió y le dirigió una penetrante mirada.

-Quédate ahí -dijo con brusquedad.

Ella obedeció, con el corazón latiéndole con fuerza, y Naruto volvió a concentrar su atención en Otsutsuki.

-Uzumaki -murmuró Otsutsuki con cierto desconcierto ante la fría acogida que había recibido-, Dios santo, ¿cuánto tiempo vas a tenerme aquí de pie? Hazme pasar y charlemos amigablemente mientras tomamos una copa.

-No es momento de tomar nada amigablemente -respondió Naruto de forma cortante.

-Sí, bueno... La razón de mi visita es obvia... -Otsutsuki hizo una pausa para mostrar su evidente preocupación-. ¿Cómo está mi esposa?

-No está nada bien -contestó Naruto.

-Mentiría si dijera que entiendo lo que está sucediendo. Hanabi tuvo un accidente y, en lugar de permitir que se recupere en su propia casa, vas a buscarla y cruzas toda la campiña con ella... Todo para satisfacer el capricho de Hinata, sin duda. Entiendo la reacción de tu esposa: es como todas las mujeres, su cerebro es del tamaño de un guisante, pero tú... -Otsutsuki sacudió la cabeza en un gesto de sorpresa-. ¿Qué es lo que te llevó a hacer algo semejante, Uzumaki? No es tu estilo meterte en los asuntos de otro hombre, sobre todo cuando ese hombre es el maldito mejor amigo que has tenido nunca.

-Ya no lo es -dijo Naruto con suavidad.

Los ojos oscuros de Indra se crisparon, sobresaltados.

-¿Qué estás diciendo? Eres como un hermano para mí. Ninguna disputa por una simple mujer va a interponerse entre nosotros. Limítate a dejar que me lleve a Hanabi y volveremos a estar en paz.

-No se la puede trasladar ahora.

Otsutsuki rió sin acabar de creer que hubiera oído aquella negativa.

-Se trasladará si yo lo ordeno. Es mi esposa. -Su expresión se tornó adusta al ver que Naruto permanecía inalterable, mirándolo fijamente-. ¿Qué demonios ocurre?

Naruto no pestañeó cuando dijo:-Vete, Indra.

Una expresión de ansiedad se adueñó del rostro de Otsutsuki:-¡Dime cómo está Hanabi!

-Estaba embarazada -respondió Naruto cansado-. Ha perdido el niño.

El color se desvaneció del rostro de Otsutsuki y su boca se curvó en una mueca convulsiva. -Voy a entrar a verla.

Naruto negó con la cabeza y no quiso hacerse a un lado.

-Está bien atendida.

-¡Ha perdido el hijo por haberla traído aquí cuando estaba enferma! -gritó Otsutsuki.

Hinata se mordió el labio en un intento de permanecer callada, pero sin saber cómo la voz salió de su interior con toda su fuerza.

-¡Hanabi ha tenido un aborto porque tú la empujaste por las escaleras! Nos lo ha contado todo, a mí y al doctor Dan.

-¡Eso es mentira! -exclamó Otsutsuki.

-Hinata, cállate -gruñó Naruto.

-Tú ni siquiera habías llamado al médico -prosiguió ella, haciendo caso omiso de su esposo.

-¡No necesitaba ningún médico, maldita seas! Indra estalló y se dirigió hacia ella con las mejillas cada vez más sonrojadas. -¡Estás tratando de poner a todo el mundo en mi contra! ¡Yo te enseñaré a cerrar la boca, no eres más que una zorra...!

Hinata retrocedió por instinto, olvidando las escaleras que tenía a su espalda. Cayó hacia atrás con un grito ahogado y quedó sentada en el segundo escalón. Desde allí vio horrorizada que Naruto agarraba a Indra como un zorro a una presa.

-Sal de aquí -dijo, empujando a su antiguo amigo hacia la puerta.

Otsutsuki se soltó y fue hacia él levantando los dos puños. Hinata esperaba una reacción similar por parte de Naruto y creyó que adoptaría la clásica postura del boxeador. Los dos compartían la afición por aquel deporte, habían acudido juntos a innumerables combates de boxeo profesional y lo habían practicado con sus amigos aristócratas.

Pero ante la perpleja mirada de Hinata ocurrió algo que ni ella ni nadie podía esperar: Naruto realizó un extraño movimiento con la rodilla y con la base de la mano y golpeó a Otsutsuki de modo tan certero que este se desplomó en el suelo soltando un gemido. Actuó de forma instantánea, sin pensarlo ni un segundo.

A continuación se agachó sobre Indra y retiró el brazo hacia atrás, preparado para el decisivo puñetazo. Podía ser mortal, pensó Hinata de pronto, tratando de sobreponerse. Vio en la expresión de Naruto, tensa y extraña, que estaba más que dispuesto a matar al hombre que tenía debajo. La razón le había abandonado y tan solo prevalecía el puro instinto letal.

-¡Naruto! -exclamó Hinata con desesperación-. Naruto, espera.

La neblina que lo rodeaba se disipó al oír su nombre. La miró, aún en estado de alerta, y bajó el brazo algunos centímetros. Hinata estuvo a punto de retroceder al ver la expresión de sus ojos, de una brutalidad que excedía en mucho la situación. Él luchaba por no resbalar hacia quién sabe qué oscuro abismo, al que no tenía ningún deseo de regresar. Había muchas cosas que ella aún no entendía, pero no tenía la menor duda de que debía ayudarlo a volver cuanto antes a la normalidad.

-Es suficiente... -murmuró Hinata, mientras la servidumbre se acercaba desde todos los rincones mirando estupefacta a los dos hombres que había en medio del salón-. Lord Otsutsuki desea retirarse -Se incorporó, alisándose las faldas, y se dirigió a un lacayo que esperaba junto a ella-. George, por favor, acompáñalo a su carruaje.

El lacayo dio un paso al frente y se separó del grupo de sirvientes, que sin duda se preguntaba qué había ocurrido. Como si comprendiera el mudo deseo de Hinata, la señora Gorst dispersó a la pequeña audiencia.

-Vamos -dijo el ama de llaves con eficiencia-, hay mucho trabajo que hacer, no hay tiempo para quedarse así, boquiabiertos y embobados.

Otsutsuki fue expulsado del salón ante la impasibilidad de Naruto. Dos lacayos se encargaron de meterlo casi a rastras en su carruaje, que aguardaba en la puerta. Hinata se acercó a su esposo y le acarició el brazo tímidamente.

-Milord -dijo agradecida-, gracias por proteger a mi hermana. Gracias.

Él le lanzó una intensa y ardiente mirada.

-Agradécemelo en la cama -murmuró. Hinata lo miró, asombrada.

-¿Ahora? -preguntó con voz apenas audible, sintiendo que las mejillas le ardían de rubor.

Naruto no respondió, sino que se limitó a seguir mirándola con insistencia. Ella temió que algún lacayo todavía presente, al ver su expresión, adivinara lo que su esposo deseaba. Le vino a la mente la idea de rechazarlo. Después de todo, el cansancio por cuidar de Hanabi podía ser una buena justificación y además era cierto. Pero Naruto nunca se lo había pedido de aquel modo. Las otras veces se había mostrado seductor, jocoso, alentador... Pero nunca desesperado... como si necesitara que ella salvara su alma.

Intimidada por aquella intensidad, se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras. Naruto la siguió al instante, dejando solo un paso de distancia entre los dos. No trató de apremiarla; tan solo iba tras ella, como si la estuviera acechando. Ella oía su respiración, veloz y ligera, no por el esfuerzo sino por la avidez. Hinata se creyó al borde del desmayo al sentir que su corazón latía con tanta fuerza. Al llegar al rellano de las escaleras, ya en la planta alta, se detuvo y dudó entre ir a su habitación o a la de su esposo.

-¿Dónde? -preguntó con suavidad.

-No me importa -contestó él en voz baja.

Ella se encaminó hacia la habitación de él, un poco más apartada que la suya. Entraron y Naruto cerró la puerta con brusquedad. Su mirada hambrienta volvió a posarse sobre ella. Se quitó el chaleco y la camisa sin urgencia, pero Hinata sabía lo que bullía bajo aquel aparente dominio.

Turbada por la situación, se llevó las manos a la nuca para desabrocharse los botones del vestido. Iba por el segundo cuando Naruto avanzó hacia ella y le sujetó la cabeza con las manos, como si temiese que fuera a escapar. La besó con intensidad y dureza, metiendo la lengua en las profundidades de su boca.

Ella alargó la mano para tocar los firmes músculos de su torso. La piel que rozaba con sus dedos ardía de una forma casi febril. Las grandes manos de Naruto presionaban su cabeza mientras la besaba con una violencia abrasadora. El placer fue creciendo hasta que ella lanzó un gemido de excitación. Temblando de feroz deseo, Naruto apartó al fin la boca y la empujó hacia la cama. Hinata tropezó, desconcertada, pero las manos de él, que estaban ahí para guiarla, la sujetaron por las caderas y la acostaron boca abajo sobre el borde del colchón. Los pensamientos de Hinata se dispersaron cuando él le levantó la falda hasta la cintura. Se oyó un sonido entrecortado cuando rompió su enagua y apartó los jirones a ambos lados.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó Hinata, mientras trataba de darse la vuelta.

Él la empujó de nuevo hacia abajo y ella sintió sus dedos deslizándose entre sus muslos.

-Déjame -musitó él-. No voy a hacerte daño. No te muevas.

Pasó la mano por la rizada maraña de vello del sexo de Hinata y deslizó un dedo en la inflamada entrada a su cuerpo, alcanzando la profunda humedad de su interior. Hinata se estremeció y se aferró a las sábanas hasta que se arrugaron entre sus manos.

-Ya estás lista -dijo Naruto con voz ronca, mientras se desabrochaba los pantalones.

Hinata comprendió que estaba dispuesto a poseerla así, por detrás, y cerró los ojos y esperó, mientras el pulso le latía con una mezcla de temor y deseo. Sintió su firme miembro contra ella, buscando, presionando, hasta que entró de una estocada que le hizo soltar un gemido. Apretó los músculos internos alrededor de aquella dureza invasora, aferrándola con firmeza a medida que él la deslizaba cada vez más adentro.

Manteniéndose en su interior, Naruto agarró la parte trasera de su vestido y tiró de ella, por lo que los delicados botones salieron volando por la cama y por el suelo. Las enaguas recibieron el mismo trato; la frágil muselina cedió a sus manos agresivas y se desprendió enseguida de su cuerpo. Ella sintió la cálida boca de Naruto sobre su espalda, sus besos en la suave nuca, resbalando por su columna, y se estremeció con aquella exquisita sensación.

-Ahora -le rogó, con un deseo cada vez mayor, y apretó las nalgas contra el cuerpo de él.

Naruto respondió moviendo las caderas en pequeños círculos, haciendo gemir de nuevo a Hinata y logrando que se agarrara a la tela del cubrecama con más vehemencia.

-Quiero tocarte -jadeó ella-. Por favor, déjame...

-No -murmuró él; le lamió el borde de la oreja y luego metió la lengua en su interior.

Hinata temblaba de placer enloquecedor, lo sentía en su interior, la rodeaba por completo, pero no podía verlo ni tocarlo.

-Déjame volverme. Naruto, por favor... -rogó una vez más.

Él le separó más los muslos con sus piernas. Deslizó la mano hacia su vientre tenso y la hundió en la rizada mata de vello. Dio con el sensible punto que concentra todo el placer y lo acarició con suavidad. Atrapada entre el cosquilleo de sus dedos juguetones y las profundas estocadas de sus caderas, Hinata pronunció su nombre entre sollozos. Su cuerpo permanecía tumbado, indefenso e inmovilizado bajo el peso de Naruto, mientras él aumentaba el ritmo de sus caderas, aumentando el placer más y más, hasta que todos sus sentidos se abrieron y la ráfaga de descarga comenzó.

Vibrando de goce, ahogó sus gemidos en el cubrecama y sintió el rostro de Naruto sobre su espalda. Estaba perdido en su propio clímax y tenía las manos firmes en sus caderas, mientras se derramaba en su interior con un gemido de satisfacción.

Cuando todo pasó, la debilidad de Hinata no le permitió ni moverse. Se acomodó sobre el colchón, aturdida, después de que Naruto terminara de rasgar lo que quedaba de sus ropas. Él se quitó los pantalones, se metió desnudo en la cama y la abrazó contra su espigado cuerpo. Hinata se relajó y durmió un rato, aunque no pudo saber si fueron unos minutos o unas horas. Cuando despertó, Naruto la estaba mirando con sus ojos con una gran profundidad.

-Eres la única mujer a la que haré el amor -susurró, acariciándole los senos y jugueteando con su punta rosada.

Ella le acarició el cabello, que brillaba con reflejos dorados, y luego el firme cuello, sintiendo el inmenso placer de tenerlo a su lado.

-Muy bien -respondió ella.

-Deja que me quede contigo, Hinata. No quiero irme de tu lado.

Sorprendida, deslizó los brazos alrededor de su ancha espalda. Las puntas de sus dedos casi no alcanzaban el centro. ¿Por qué le inquietaba la posibilidad de alejarse de ella? ¿Acaso temía algún accidente, alguna catástrofe inesperada que los separase de nuevo? La sola idea le parecía terrible. No hacía mucho tiempo que le dijeron que había muerto... Y, en realidad no había lamentado su pérdida, pensó avergonzada. Pero si volvía a ocurrir algo, si tenían que separarse de nuevo... Dios santo, ahora no lo podría soportar. No quería vivir sin él.

Lo miró fijamente y entreabrió los muslos con deseo cuando él metió la rodilla entre ellos.

-Entonces, quédate conmigo -se limitó a decir ella-. No pensaremos más en el pasado.

-No, Dios mío, no.

Naruto se hundió en ella y lanzó un gemido. Hinata miró fijamente su rostro; observó sus finas facciones, la mandíbula apretada. Hicieron el amor despacio, haciéndolo durar una eternidad, hasta que ella sintió oleadas de placer interminable y percibió que, de alguna forma, él miraba su alma y, a la vez, le mostraba fugazmente la suya, convirtiendo los secretos en cenizas.

-¿Me amas?

-Sí, sí...

Hinata no sabía quién había preguntado, o quién había respondido. Solo sabía que la respuesta era cierta para ambos.

.

.

Continuará...


Ok ahora si espero esten mentalmente preparados para lo que se viene :3
mañana hay mas