Shaman King - Utaite Myouri

Capítulo 21 - Stoicism

¿Un sueño, o mas bien una pesadilla?

Ninguno estaba seguro de aquello, ni del por qué habían despertado en aquel sitio, desorientados, cada uno en un lugar diferente. Uno de ellos estaba en medio de un oscuro bosque, cuyos árboles se erigían casi hacia el infinito, tapándolo todo, y algunos rayos débiles de luz lograban penetrar aquel escudo de ramas y hojas. Otro, a las orillas de un pantano cubierto de una fría neblina y una noche ausente de luna y de estrellas. Otro más se halló ante el altar de una catedral, vagamente familiar, cuya luz provenía de una vela encendida. Y por último, el cuarto, quien todavía consternado y muy asustado por lo sucedido, tuvo que observar la figura etérea de su espíritu acompañante para poder calmarse.

-Yoh-dono…-murmuró Amidamaru al verlo cabizbajo, sentado sobre aquel camino de piedras.

Yoh miraba sus manos, intentando luchar con las imágenes que proliferaban su mente. La imagen de su asesino, quien había resultado ser su hermano…

-Anna…-murmuró Yoh mientras sentía el pánico y el miedo. ¿Qué habría sucedido con Anna? ¿Estaría a salvo?...o ¿o quizás Hao le habría hecho algo?

La rabia y el miedo ardían poderosamente, aunados a los juramentos de venganza que en algún rincón de su mente le llamaban con vehemencia.

-No te entregues al odio.

Yoh parpadeó. Esa voz no provenía de Amidamaru. Tampoco aquella energía que sin ser agresiva, resultaba como un punto cálido en medio de tanto frío y oscuridad.

Un valle árido, de altas montañas se extendía hacia el horizonte, bajo un cielo negro como el carbón, ligeramente matizado con nubes grises. Había mucho frío, pero no era algo natural. Sentía la desolación, la tristeza y la desesperanza que le asaltaban y por un instante, sentía el peso de su alma más fuerte e implacable que nunca.

-Tampoco a la tristeza.

Yoh escuchó aquella voz de nuevo.

-Amidamaru… ¿ves a alguien? -inquirió Yoh con una nota de miedo.

El samurai tenía una expresión de concentración. -Hay alguien…pero en verdad, no le veo.

Yoh miró hacia el sendero e instintivamente comenzó a caminar hacia delante. Amidamaru le siguió, sin mediar palabra, ni cuestionarse el rumbo.

A medida que avanzaba, Yoh no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Repetidamente sentía aquellas voces de rabia y dolor que afloraban entre sus recuerdos, experimentar aquella horrible y traumática experiencia de ser arrancado de su cuerpo mediante la violencia. ¿Dónde estaría Anna ahora? -Se preguntaba con desesperanza- ¿Muerta, como el? ¿O estaría viva? La imagen de Anna sollozante le quebrantaba aun más. ¿Y su familia? ¿Sus amigos?

¿Cómo podría evitar toda aquella rabia, aquel odio que le resultaba al recordarlo todo? ¡Su propio hermano! ¡Sin razón, sin motivo alguno! ¡Y ahora nunca más volvería a ver a los que tanto amaba!

-Este no es el final.

Esta vez no se trataba de aquella voz, sino más bien, su propia alma se resistía a la idea de dejarlo todo inconcluso.

-Así es. Hay una oportunidad de regresar.

Yoh se detuvo. Una pequeña figura emergió del camino oscuro. Precedido por el brillo de una pipa larga y delgada encendida, un espíritu con forma de un gato amarillo atigrado, pero formalmente vestido con un kimono oscuro y un sombrero como los que solía usar su abuelo, caminó un poco mas hacia el, examinándole con una mirada inquisitiva.

-Saludos, Yoh-dono, saludos Amidamaru-dono. -dijo el gato, erguido sobre sus patas traseras, asemejándose a un humano.

Yoh parecía deliberar si saludarle o preguntarle primero quién era el.

-Hola, eh…saludos, señor. -respondió Yoh sintiéndose como un niño ante un adulto mas experimentado, a pesar de la marcada diferencia de altura. Amidamaru se inclinó en señal de saludo.

-Matamune de los gatos. Encantado de verles. -dijo levantando el pequeño sombrero.

Matamune sonrió. Comprendiendo la situación de Yoh procedió a explicarle el asunto.

-Este….es el infierno, o al menos una parte de el. -dijo Matamune-

-Eso quiere decir…

-Si. Pero como te dije. -pronunció Matamune con una sonrisa. - Hay una oportunidad de regresar.

-¡¿De verdad? -exclamó Yoh agarrando al gato por los hombros. -¡¿Cómo?

Matamune se reía. -calma, Yoh-dono…calma.

Matamune se sentó sobre una de las gigantescas piedras ubicadas junto al sendero. Yoh hizo lo mismo, situándose frente a él.

-Luego de tu fallecimiento…una sacerdotisa llamada Satti, acudió a auxiliarte a ti y a tus compañeros. No eres el único a que asesinaron, Yoh.

-¡¿Qué dice?

-Tus amigos Ren Tao, Horo Horo, Lyserg Diethel y Fausto también. Otros quedaron lastimados gravemente. -Yoh sintió un terrible dolor punzante en su pecho. -Pero Anna esta bien, al menos físicamente. -dijo Matamune. -Ese mensaje me lo envió Satti para que no te desanimaras tanto.

Yoh asintió intentando asimilar lo ocurrido.

-Lo que te espera adelante es muy duro. El cuerpo puede resistir gracias al alma. Pero si tu alma desaparece…todo se extingue. Por eso caminaste aquel sendero. Perdiste noción del tiempo y el espacio, al final conduciéndote a una respuesta.

-Usted me dijo esas cosas… ¿para eso? -inquirió Yoh

-Solo te las recordé. Muchas ya las sabías de antemano. -dijo Matamune sonriendo. -Lo que te duele es la traición, mas que el asesinato en sí. La forma en que intentó lastimar a una persona muy valiosa para ti y el miedo que eso te inspira se deriva de ello.

Yoh estaba sorprendido. -Usted… ¿acaso lee mentes?

Matamune se reía. -No. Simplemente examiné algunas cosas que Satti me dijo y otras que noté en ti. Además…

-¿Qué?

Matamune volvió a aspirar de la pipa y exhaló. Parecía muy triste, casi a punto de llorar.

-Siempre es trágico que un hermano….mate a otro.

Yoh no estaba seguro pero, por las palabras de Matamune había algo más. Pero no se atrevía a indagar.

-De cualquier modo, Yoh. Tienes que cruzar el tramo final de este valle. Ante las puertas donde aparecerá un guía que te ayudará a cruzar a la puerta.

-¿Puertas? Pero…

-Tu le conoces…ya lo verás. -dijo Matamune levantándose. -Recuerda bien, todo lo que has aprendido. Lo necesitarás más que nunca.

-¡Espera! -exclamó Yoh pero Matamune se disipó en una abrupta ráfaga de viento frío.

Yoh se levantó y vio a lo lejos la silueta de unas puertas que según su tamaño deberían ser gigantescas.

-Yoh-dono. -dijo Amidamaru - Percibo una presencia a lo lejos.

-Yo también. En marcha, Amidamaru…

(-)


Le había gritado con rabia y desesperación. El se alejó, mirándole con dolor. Anna respiraba rápidamente mientras se levantaba del suelo para encararle.

-Se bien que odias a Hao…pero…-dijo el y exhaló un suspiro.

-No me importa. No me interesa lo que el sienta por mí. -dijo Anna. -¿crees que no lo se? Aquella vez que leí sus pensamientos lo supe.

-No actúes como si esas cosas no te interesaran, Anna. -dijo él asemejándose mas a Yoh.

- Siempre, en lo mas recóndito de tu alma, te duele el ver sufrir a otros. Desde muy niña…

-¡Cállate! ¡No me importan sus motivos! ¡El me quitó lo que yo mas amo en este mundo! ¡Lo único que me importa!

El otro asintió. -De cualquier modo el moriría un día…tarde…o temprano… ¿Qué te hace pensar que tienes algún poder sobre él?

Anna permaneció callada mientras le miraba. No había emoción en aquellas palabras.

-Te das cuenta, Anna. De lo fugaz que es la vida. De lo mucho que las personas se empeñan en cosas que son inútiles… ¿Cuánto tuviste que luchar por el dinero, la fama y todo eso que con ansias buscabas? Incluso las personas van y vienen…nada es permanente. Todo nace, crece y muere. Regresan al Gran Espíritu.

-¿Y que quieres decir? ¿Qué debo rendirme?

-Solo quiero que no sufras.

Anna bajó su cabeza. -Se que Yoh esta en algún lado. Yoh siempre será el mismo…y yo haré cualquier cosa para recuperarle si es preciso. -¡No me rendiré! -dijo con la cabeza erguida, sosteniendo su rosario.

El cerró sus ojos durante un instante, consciente de lo que ella pensaba acometer y los abrió.

-Adelante…

(-)


Jeanne y Marco se habían reencontrado de nuevo. El cuerpo de Lyserg era custodiado por Marco y los monjes que acompañaban a Satti. Marco le había pedido perdón a Jeanne por no haber protegido a Jeanne y a Lyserg. Sin embargo, ella le consoló diciéndole que Lyserg regresaría pronto, algo que pareció tranquilizarle un poco. Mientras Marco, todavía con heridas por sanar en su brazo, custodiaba la casa donde estaba Lyserg. Satti se había asegurado de separar los cuerpos de los fallecidos, para evitar que un ataque de los seguidores de Hao causara males terribles.

-Los soldados de Hao se estarán reagrupando para atacar, eso no lo dudes. -dijo Satti mientras Jeanne miraba a Lyserg a través de la ventana del balcón de la casa donde se hospedaban. -Pero, como te dije, quería pedirte algo muy importante.

En ese momento, fueron interrumpidos por una ventisca que se intensificaba rápidamente, el viento arremolinándose en un punto muy cerca de ellas.

-Finalmente ya llegó. -dijo Satti.- Ven conmigo.

Al bajar, los monjes estaban cargando cuidadosamente al cuerpo inerte de Horo Horo y lo llevaban a una de las habitaciones.

-Ya hemos terminado de sellarle. Solo falta esperar. -le informó uno de los monjes.

-Entiendo. Gracias. -respondió Satti y el monje se apartó de ellas.

-Buenas, Buenas… -dijo alguien entrando. Un joven shamán, alto y pasado de unos cuantos kilos, vestido con una chaqueta negra larga, pantalones holgados y tenis blancos, bastante pulcros entró a la estancia. Parecía un semigigante, y ciertamente intimidaba con esos lentes oscuros y porte de oficial de seguridad. Pero lo que mas intrigaba a Jeanne era el gran poder espiritual que emanaba. Comparable al de la propia Satti.

-Al fin llegas, Chocolove. -dijo Satti y Chocolove hizo una reverencia. -¿no me vas a contar uno de tus chistes?

Chocolove se reía. Eso aplacaba el aspecto tan tenso con el que había entrado a la estancia.

-¿realmente es este un buen momento, Lady Satti? -inquirió Chocolove con una sonrisa insegura.

-Creo que necesito un chiste en este instante, pero…-Satti miró a Jeanne- Hay que trabajar.

Señaló a Chocolove. -El es Chocolove McDonnel. Y ella es…

-Iron Maiden Jeanne. -dijo Chocolove. -Digamos que los X Laws me hicieron una pequeña visita…

El tono de sus palabras había sido un poco duro. Jeanne parecía bajar la vista, pero Satti le colocó una mano en su hombro. Jeanne asintió, en silencio, agradeciendo su apoyo.

-Me disculpo por lo sucedido…en verdad…

-Lo sé. Todos cometemos errores en búsqueda de lo correcto. -dijo Chocolove arreglándose sus lentes.

-Chocolove va a cuidar a los señores aquí reunidos. -dijo Satti. -

-¿Está aquí el otro elegido? -inquirió Chocolove.

-Si. Lyserg Diethel.

-¿Elegidos? -murmuró Jeanne.

-Si. Nosotros quienes tendremos la tarea de detener al Shaman King.

-Es una historia larga, Jeanne. -dijo Satti. -pero confía en mí. Necesito que cuides el lugar donde está otro de ellos. ¿Puedes hacerlo?

-Claro…-dijo Jeanne mirando a Chocolove, sabiendo que quizás estarían Marco y Lyserg en manos de gente confiable. -Vamos para allá.

(-)


Todo a su alrededor era afectado por la presión espiritual que ejercía. El viento se tornó más violento, podía sentir la tierra agitarse y a pesar de ello, permanecía impertérrito mirándole con una aparente ausencia de emoción alguna.

Esquivó el primer tajo de aquel shikigami y el segundo. Y así sucesivamente, evadía a ambos espíritus en una danza frenética que apenas podía seguirse debido a la velocidad con la que se producía. Pero esa era solo una estrategia. Tan pronto como el duelo proseguía, logró que su rosario se extendiera sujetándole por el pecho y limitando sus movimientos. Aquel rosario se contraía a cada instante que él se resistía.

-Anna…-dijo con una voz que denotaba paciencia, a pesar de la situación. - ¿Vas a matarme?

Aprisionaba a cada instante un poco más. Con unos cuantos jalones más podría romperle en dos. Lucía tan frágil….arrodillado ante ella, con aquellos shikigamis temibles dispuestos a arrancarle su cabeza, a destrozarle en un instante…

Una parte le vociferaba que no tuviese compasión, si el había tomado el alma de Yoh se la arrancaría. Y sin embargo, otra parte suya pedía calma, si se dejaba llevar por su propio odio estaría haciendo lo que Yoh nunca habría querido que hiciera.

Le soltó las ataduras y sus shikigamis se desvanecieron lentamente. Anna respiraba hondo, la tensión y la rabia habían mermado su paciencia y sobretodo, sus fuerzas.

-No digas nada. -dijo ella con hastío en su voz, sin mirarle. -No…haré lo mismo que él. Yo…

Las lágrimas no tardaron en aflorar, silenciosas, pero desgarradoras.

-Por favor, no llores. -dijo él acercándose a ella. Una mano se posó en su cabeza, acariciándole el cabello en un gesto de ternura. Ella se volvió a verle. Comprendió que el no deseaba hacerle daño y sabía que podría haberle lastimado si así quisiera. Había tantas cosas que le recordaban a Yoh y con gran dolor sintió el peso de aquella reminiscencia cuando él le sonrió.

-Lo lamento…-dijo Anna. -Pero yo…

-Solo haz lo que te dicte tu corazón. No la lógica, ni las circunstancias. -Dijo él.- Eso es lo que tanto Yoh como Hao han hecho en sus vidas.

-Pero…-dijo Anna sintiendo una sensación de vacío en su estómago. -… ¿Por qué me dices todas esas cosas?

-Ya te lo dije…-respondió con una sonrisa.- Ninguno de los dos y ambos a la vez… Pero la respuesta a la verdadera pregunta, tú la sabes…

La interrupción fue como un parpadeo. De repente, ya no estaba en frente de aquella persona. Se encontraba sola, en una habitación de su casa. Lo que menos le preocupaba en ese preciso instante es cómo había llegado allí, pero mientras respiraba hondo, pensaba en las últimas palabras que había proferido aquel hombre. ¿Fue real su encuentro? Quizás su subconsciente le estaba jugando una broma muy pesada. O tal vez no. Quizás su mente había entrado en aquellas regiones abstractas y desconocidas, tal vez vislumbrando su futuro…

Anna negó aquellos pensamientos. La idea de que perdería a Yoh le aterraba más que su propia muerte. Las veces en que había contemplado la idea del suicidio eran pocas, y fueron aquellas en los momentos más oscuros de su vida. Podía estar tranquila con la idea de fallecer, pero la simple idea de no volver a ver a la persona que mas amaba era casi insoportable. Sin embargo, no podía denegar que siendo humanos, todos estaban condenados a la muerte física. Y ahora Hao deseaba algo que le aterraba a un nivel superior. Su alma. ¿Acaso lo habría conseguido? ¿Yoh desapareció y ahora debía enfrentarse a esa persona? ¿O quizás Hao había tomado el control y de Yoh solo permanecería el recuerdo de su sonrisa en el rostro de aquel hombre?

En medio de aquellos pensamientos que corrían desbocados hacia las posibilidades mas funestas, la idea de vengarse se peleaba con la sensatez. Nada parecía terminar de convencerle de no buscar a ese desgraciado y matarle, excepto lo que Yoh siempre le repetía de nunca entregarse al odio.

Sus cavilaciones se detuvieron cuando sintió una fuerte presencia espiritual aproximándose. No era amenazante, aunque notablemente fuerte. Anna tomó su rosario con precaución y Satti entró a la sala, portando su cetro. Anna usó el reishi y Satti lo notó al instante.

"No te haré daño. Debes creerme."

Anna la miró con aparente dureza aunque todavía tenía los ojos surcados de lágrimas, creyéndole al instante. Satti le pidió que tomara asiento, mientras ella se componía e intentaba adoptar una expresión mas serena.

-Lo lamento. -dijo Satti con tristeza genuina- Hemos arribado muy tarde.

Anna no dijo nada, solo permaneció mirando a Satti.

-Se que estás luchando por no sucumbir ante tu ira justificada pero antes de que tomes una decisión, debes saber que Yoh todavía puede volver del otro mundo.

Anna intentaba no romper el llanto de nuevo al oír aquello pero solo se mantenía allí sin moverse.

-Ahora mismo está atravesando el infierno, junto a su espíritu acompañante. Y es muy posible que regrese si logra superar las pruebas que le esperan.

-¿Qué clase de pruebas?

Satti cerró los ojos. -Eso depende de qué tipo de problemas espirituales tenga. No todos tenemos los mismos asuntos a superar.

-Pero… ¿Cómo es que…?

-Su cuerpo. Mientras su cuerpo se mantenga intacto y tenga poderes espirituales, se puede hacerlo. No todos lo hacen. La mayoría de los humanos comunes no regresan y no todos los que son shamanes tampoco lo consiguen.

Anna escuchaba y la esperanza, pequeña pero brillante, parecía aplacar el dolor de su corazón.

-¿Dónde esta su cuerpo?

-En una de las habitaciones de arriba. -dijo Satti. - Los monjes realizaron el ritual. Mientras ellos estén rezando alrededor de esta casa, el cuerpo estará protegido.

-Gracias…-murmuró Anna al verle.

-No me agradezcas. Esto es lo menos que puedo hacer. -respondió Satti.

-¿Qué sucedió con los demás?

Satti, una vez más, cerró los ojos. -Ellos murieron también, pero preservamos sus cuerpos. Excepto uno…

Anna leyó la mente de Satti y lo supo.

-Fausto…

-Su cuerpo sufrió mutilaciones que hacían imposible el que se reviviera. En verdad lo lamento…

Anna permaneció callada, profundamente entristecida, mientras asimilaba que uno de sus compañeros de tanto tiempo estuviese muerto. ¿Cómo poder evitar el odiar al responsable indirecto de todos los problemas que estaban atravesando?

-Antes de irme…-dijo Satti interrumpiendo sus pensamientos- debo explicarte algo sumamente importante. Del Shaman King y los cinco guerreros elegidos.

Anna, como muchos shamanes entrenados, sabían de la leyenda del Shaman King. Pero nada de cinco guerreros elegidos.

-Son los únicos con el poder suficiente para oponerse al Shaman King predestinado. Según los apaches, el Shaman King no solo debe superar duras pruebas físicas y espirituales, sino también eventualmente deberá confrontar a los cinco guerreros. Cada uno representa elementos sagrados que el Shaman King debe dominar a la perfección.

-Entonces…

-Si. Una de las razones particulares por las que los soldados de Hao atacaron a tus amigos es por eso. Ren Tao, Usui Horokeu, Lyserg Diethel, así como Yoh, resultaron ser cuatro de ellos. Los apaches les dieron esa información.

Anna apretó sus manos indignada.

-Si. Sé que los apaches dicen ser neutrales, pero no lo son tanto cuando se trata del Shaman King.

-¿Y el último?

-El es quien esta cuidando a Usui Horokeu y Lyserg Diethel. Se llama Chocolove Mc Donnell y ya tiene al espíritu del viento. Cada guerrero, como dije, domina un elemento.

-Entonces…es por eso que Hao quiso…

Satti esperó a que ella se detuviera. -Quizás. Pero hay un asunto que quizás no sepas. Se trata del sacrificio.

Anna intuía de qué se trataba. Satti asintió. -Los rituales siempre implican sacrificios. Probablemente, Hao estaba cumpliendo el protocolo para ser Rey.

-¡¿Eso incluye matar a su hermano? -rugió Anna indignada.

-Te resultará muy cruel, pero es posible. Por eso el hablaba de "su otra mitad". Quizás piensa que Yoh, por nacer junto con él, es como una parte de él.

Anna notó algo muy curioso en las palabras de Satti. -Suena como si ya lo conocieras.

-Digamos que un par de veces cruzamos caminos. Es una lástima ver en lo que se ha convertido. Pero hay una razón por la que hago todo esto. No importa sus deseos, o su deseo de justicia, un Shaman King debe unirnos, no separarnos mediante una guerra. Y si, los humanos son imperfectos, pero no estamos separados de ellos. Ellos cumplen con su función en este mundo y nosotros la nuestra.

-Demuestras compasión por ellos….-murmuró Anna.

-¿y que hay de ti? Antes de que sucediera todo esto, estabas cantándole a cientos de personas, humanos y shamanes. Quizás esa es una muestra de compasión o de amabilidad, si me lo permites decir.

Anna esbozó una sonrisa cínica. -Lo hago por el dinero.

-Podrías haberte dedicado a algo menos…llamativo, por así decirlo. Pero…-afirmó Satti antes de que Anna consiguiese replicar.- Yo debo retirarme. Se que estarás bien, mientras esperas a Yoh.

Satti se levantó y abrió la puerta, afuera le esperaban.

-No pierdas la esperanza, Anna. -dijo Satti y se marchó mientras ella pensaba, una vez más en Yoh, rezando para que regresara.

(-)


-Eres tú…- dijo Yoh con un rostro notablemente sorprendido. De entre todas las posibilidades, nunca imaginó encontrarse a aquel ser, a las puertas de aquella parte del infierno.

Tan gigante y temible como la última vez que le vio en Aomori, el Oh-oni, nacido de la fuerza espiritual y los sentimientos de Anna permanecía de pie ante el, mirándole sin aquella usual mueca que utilizaba, sino con una expresión grave en su rostro.

-Asakura Yoh…-murmuró el Oh-oni.

-eh…-a Yoh no se le ocurría nada que decir, realmente-… ¿Eres tu mi primera prueba?

-No. Simplemente vengo a abrirte la puerta. -contestó el aun con aquel semblante que Yoh interpretaba como de preocupación, por muy absurdo que sonara. Después de todo, los demonios no se preocupan por los humanos.

-¿Y por qué?

-Haces demasiadas preguntas…-dijo enfurruñado. -Solo las abriré y tú entrarás. Esa es mi tarea aquí.

Por un instante a Yoh recordó el tono usual de mal carácter de Anna.

El Oh-Oni sostuvo aquella pesada puerta, que parecía extenderse metros sobre él, como si de un par de rascacielos se tratara y la empujó con cierto esfuerzo, permitiéndole un espacio lo suficiente como para que pasara.

-Adelante…-dijo el Oni.

-¿En serio? ¿Así sin más?

-Grrrr…ya te lo dije. ¡Entra ya!

- Está bien…-dijo Yoh aun sorprendido. - Lo haré, lo haré…

Yoh, seguido de Amidamaru comenzaron a recorrer el camino hacia la puerta, pero cuando pasaron al lado del Oni, este formuló una pregunta.

-¿Esta mi madre bien? -inquirió el.

Yoh pensó que se refería a Anna. -Anna…ella está bien….-dijo esperando que eso fuese del todo cierto.

-Ya veo…-dijo el Oh-oni un poco más animado.

Parecía querer decir algo más pero Yoh, interpretó su silencio y siguió caminando.

-Asakura Yoh…-le llamó el Oh oni. Yoh volvió a verle antes de que cerrara la puerta. -Por favor…hazle feliz. A mi madre,hazla feliz, por favor.

Yoh no logró responderle, porque la puerta se cerró abruptamente. El silencio permaneció por un largo instante.

-¿Esta usted bien, Yoh-dono? -preguntó Amidamaru. -Yoh parpadeó y se volvió hacia el. -Si. Sigamos…

De nuevo, esa misma sensación, esta vez intensificándose. El paisaje era un desfiladero, bastante abrupto, en ambos lados montañas se erigían rodeándole y dándole esa temible sensación de acorralamiento, de que le asechaban desde todas partes.

Yoh respiró profundo, tenía miedo. No intentaba negarlo, decidiendo que debía apaciguarse si quería seguir adelante. Vaciar toda su mente de cualquier ansiedad, incluso el de regresar a la vida. Y debía aceptar cualquier resultado. Vivir o permanecer en el infierno por la eternidad, con todo lo que implicaba. Sea cual fuere el resultado o la posibilidad, debía continuar adelante.

Amidamaru por su parte, estaba acostumbrado, por su formación como samurai a dejar todo y abrazar la posibilidad de la fatalidad. Pero Yoh no había pasado su vida de aquel modo tan extremo, por otra parte, sentía la necesidad de tener su espada, ¿Cómo podría encarar a sus rivales, solo con la ayuda de Amidamaru?

De inmediato, el pensamiento pareció materializarse literalmente, porque cuando parpadeó, tenía la espada Harusame en sus manos.

-Ya veo…-murmuró Yoh. Todo tenía sentido, al estar en el otro mundo, no era una lucha en la que necesitara ningún objeto, sino su propia determinación. Y debía mantenerla, pues sus sentidos estaban siendo asaltados por el deprimente entorno en el que estaba. Sabía que solo resistirse sería a la larga lo más perjudicial. Así que esperó. El silencio era total, pero a diferencia de lo que podría haber experimentado estando vivo, sus oídos no pitaban. Silencio Absoluto.

Estruendos sacudieron la tierra, mientras Yoh intentaba dominar su miedo, de pie, mirando al frente. Sabía que intentaban amedrentarle, al esconderse de aquella forma. Un par de manos brotaron de la tierra, agarrándole por los tobillos, cientos de criaturas, algunas más desagradables que otras con algún parecido distante a seres humanos emergieron, otras caían desde lo alto del desfiladero, como si fuesen kamikazes. La posesión de almas de Yoh se formó en una explosión de azul intenso, incluso había invocado a la otra espada, aquella reliquia de su familia. Yoh no reparó en aquello, después de todo se estaba guiando por sus instintos mas que en la lógica. La fortaleza con la que lo había hecho logró liberarle de su inmovilidad, provocando que sus enemigos de turno se abalanzaran sobre él, y aún a pesar de la ventaja numérica, Yoh lograba mantenerlos a raya empleando el kendo aprendido de Amidamaru y a su férrea voluntad.

Pero ¿Cuánto sufrimiento, cuánto miedo, cuánto dolor podía soportar un alma ante de resquebrajarse? En aquel sitio no existía la noción del tiempo, no había un sol, ni luna ni estrellas. Podría haber jurado que había combatido días, noches, meses...así lentamente entraba en un vacío donde la desesperanza amenazaba con asaltarle cual villano que atacaba en la madrugada, de manera desleal y cruel, para robarle lo único que nadie le había arrebatado: su alma.

Cayó contra una de las paredes de aquel desfiladero, al verse cercado por aquellos seres deformes, echó a correr, lanzando tajos a diestra y siniestra. Pero de repente algo le estrella contra aquel sendero. Era mas fuerte que el resto, aquella enferma sensación de odio regresaba y se acentuó al verle a los ojos.

Lucía impecable, justo como le recordaba. Como el reflejo contra un espejo. ¿Como no había podido percibirlo la primera vez en que se vieron? ¿Acaso fue un hechizo, un embrujo suyo para ocultarle la verdad? Le había mentido, engañado y sabía que en cierto modo albergaba un deseo hacia alguien muy importante para él, celos incluso. Pero lo que mas odiaba era la traición. Podía tolerarla, el no era de los que pregonaban el arte de la venganza, pero todavía no podía deshacerse de aquel sentimiento. Ahora entendía el por qué a el no lograba perdonarle completamente.

Su cabello ondulaba de forma extraña. No había viento, ni oxígeno en aquel lugar de condenación, lucía brillante, vivo. No como aquellos otros despojos de humanidad. Fuerte e imponente le observaba de pie mientras él yacía postrado en aquel suelo cuyas piedras parecían diminutas agujas que se le clavaban sutil, pero notoriamente en su carne, o en lo que quedaba de él. Yoh se levantó, a duras penas, pero lo hizo. Las criaturas se amontonaron alrededor de ellos, pero con cierta distancia. Su hermano Hao permanecía de pie, indiferente, silencioso. Su mirada era vacía, no desprendía culpa.

-Todos tenemos un lado sombrío que a nadie mostramos. -dijo Hao con voz apagada. -Este es el tuyo. -dijo Hao.

Yoh intentaba hallar algo en aquel rostro, pero solo recordaba el dolor, la furia, la crueldad de alguien que había nacido junto a él y le había abandonado por decisión propia. Pero al final, después de todas aquellas máscaras recordaba algo muy importante. Se había forzado a olvidarlo. Nadie en su familia se encargaría de revivirle ese recuerdo, así que en el fondo de su mente, escogió suprimir el recuerdo de su propio hermano, a una persona que había amado profundamente y con la pureza que solo los niños poseían.

Ahora lo entendía todo. Hao se había marchado, el decidió olvidarlo todo, así nunca llevaría aquel dolor, miraría al frente, forjaría su propio destino. No sería un shaman, viviría para el día presente, no ese futuro que parecía más etéreo que esos fantasmas que veía. Pero era verídico que tarde o temprano debería enfrentarse a sí mismo y a sus propios fantasmas que se ocultaban en las profundidades de su alma.

Por puro impulso, empuñó la espada e intentó clavarla en el cuerpo de su hermano. Pero se había detenido. Por mucho dolor que había suprimido y que nunca entendió por qué el se había marchado sin despedirse siquiera, no tenía la voluntad, ni el deseo real de hacerle daño, aunque el se empeñara en tratarle con indiferencia y violencia desde hace poco.

La espada se detuvo justo al lado de su cuello y la alejó de el. Ninguno se movía, nada se movía en aquel lugar. Hao cerró sus ojos, como si no soportara el verle y los abrió de nuevo. Yoh clavó la espada en aquel suelo con lágrimas en sus ojos.

-Regresaré y te ayudaré. Voy a hacerlo. Te lo juro.

Hao se disolvió en una llamarada de fuego antes de que Yoh lograse alcanzarle. ¿Fue su presencia real, o el mero reflejo de su alma en este lugar? No solo Hao se disipó, los demás seres se evaporaron sin dejar rastro. Yoh se quitó el par de lágrimas y observó una gigantesca puerta. En la distancia, podía ver a Matamune. Estaba esperándole. Lo que Yoh no sabía es que él, al igual que Yoh, se secaba las lágrimas, profundamente conmovido.

Yoh, seguido de Amidamaru corrió hasta él. Matamune se quitó el sombrero y le sonrió, sin nada de lágrimas en sus ojos.

-Bien hecho. -le felicitó Matamune.

Yoh asintió. -Gracias por sus consejos, pero hay algo que me inquieta.

Matamune permaneció callado. ¿Acaso Yoh habría notado algo?

-Quiero que me relate sobre Hao. El que usted conoce. Por favor.

Matamune se sorprendió. Yoh resultó ser tan intuitivo como su talentoso hermano.

-Nos conocimos hace mucho tiempo. Diez años. He servido a los Asakura durante generaciones. Cuando tu hermano se marchó con los apaches, tu familia me envió para rastrearle y quizás convencerle de que al menos se contactara con ellos.

Yoh estaba ahora más impresionado. Creía que su familia había hecho todo lo posible para tapar el recuerdo de él.

-Con el tiempo le encontré. -dijo Matamune. - Era un adulto en un cuerpo de niño. Un verdadero prodigio. Pero a pesar de su talento, despreciaba a la humanidad que se empeñaba en ignorar el mundo espiritual. Hao me recibió con amabilidad, yo nunca había conocido a los nuevos herederos de la familia Asakura. Nos hicimos amigos, disfrutábamos de caminar juntos y tomar el té, sobretodo de contemplar este mundo, no el mundo de los humanos, con sus atestadas ciudades y guerras absurdas, sino aquel que ellos no serían capaces de entender. Hao, para muchos es un demonio, un monstruo, una amenaza. Y así fue como lo observaron varios de tu familia. No los culpo, ni a Hao, por sus decisiones. Pero creo que el más perjudicado fuiste tú.

Yoh no sonreía, pero compartía la tristeza que embargaba a Matamune en aquel momento.

-Traté muchas veces de que regresara al menos a verte. Le dije que su hermano no sabía nada de él. Que ni siquiera recordaba que tenía uno. Tu madre me decía que te sentías muy solo y que en la escuela no paraban de fastidiarte y de ponerte ese apodo de demonio. Pero Hao se silenciaba. Afirmaba que no era posible, que el destino les habría de enfrentar a tí y a él. Me parecía que esos apaches ya le habían nombrado como príncipe, antes de ser rey. A menudo venían oficiales a visitarle, a informarle de shamanes. Le dieron el oráculo virtual a el, ese dispositivo era el enlace entre Hao y los apaches donde sea que estuvieran.

Pero Hao parecía más infeliz a cada día, yo sabía que sufría. Se sentía solo, por su reishi, porque sabía que casi todos los que estaban a su lado lo hacían por miedo o una fascinación por su poder. Para Hao solo alguien que utilizara el reishi podría entenderle a él y a este mundo de máscaras.

Yoh entendió en gran parte el porqué Hao se sentía atraído hacia Anna. Ella también tenía ese poder y podría entenderle, ahora comprendía el aislamiento que su habilidad le traía.

-Eventualmente, yo moriría. -dijo Matamune. -Mi fuerza espiritual, con la que me mantenía en el mundo de los vivos se extinguiría pronto. Hao se había ofrecido a darme su furyoku para mantener mi forma corporal, pero yo no quise. Tenía el presentimiento de que algo sucedería. Algo que nos separaría.

-Pero...

-Yoh, quizás ahora no lo entiendes porque eres joven, pero la verdad es que tenía miedo.

-Un día a Hao se le ocurrió el empezar a reclutar shamanes de alto potencial y entrenarles. Su ejército privado. Yo me rehusé a emprender tal tarea. Yo había visto en mis cientos de años, las más horribles y crueles batallas. En la guerra nadie gana, solo se trata de sobrevivir cada día.

Matamune parecía más anciano, mas triste.

-Hao interpretó mis acciones y palabras como una traición. Un desprecio más de parte de alguien quien apreciaba. Intenté volver junto a los Asakura, pero Hao se anticipó y nulificó mi reiyoku.

Yoh cerró los ojos imaginando a Hao extinguir la fuerza espiritual que mantenía a Matamune con forma sólida en el mundo de los vivos. Era como morir de nuevo.

-Pero, a pesar de ello, una mujer de corazón puro arribó a este sitio. Yo erraba en este camino, como tantos otros que habían fallado. Lady Satti. Ella había conocido a Hao en uno de sus viajes de reclutamiento y sabía lo que planeaba. Formó un grupo de monjes, se arriesgó a combatir contra el Hoshi gumi y a espiar a los Apaches para localizar a los elegidos. Nos contactábamos y me hablaba de que el hermano de Hao, probablemente tendría que venir hasta aquí.

-¿Por eso esperaste a mi llegada?

Matamune sonrió. -Te pareces mucho a el, no solo en el físico. Eres noble, aunque como todos, tienes tus asuntos por resolver. Todos los seres cometen errores y poseen luz y oscuridad. El asunto es no perder nunca el balance. Hao está sediento de poder, para llenar sus propias carencias. Pero nada de eso podrá satisfacer su necesidad de amar y ser amado. Por eso cuando escuché tus juramentos, me alegré mucho por ambos. ¿Lo harás, Yoh? ¿Salvarás a mi amigo?

-Si. -dijo Yoh intentando no llorar. - En el fondo, todavía hay posibilidades, lo sé.

El sonido de un tren se escuchaba a lo lejos y el viento se agitaba ferozmente, anunciando la llegada de un tren que emergía de un cielo, que ahora parecía el retrato de una galaxia.

-Este es una de las tantas regiones, dentro del Gran espíritu. -dijo Matamune- Del otro lado debes destruir a los verdaderos demonios de este sitio.

Matamune e Yoh se despidieron.

-Lo has hecho bien. Ahora, deberás enfrentar al último obstáculo detrás de esa puerta. ¿Listo, Yoh?

-Listo. -pronunció el.- Buen viaje.

-Gracias Yoh. Muchas Gracias. Nos veremos algún dia, si decides invocar mi presencia.

El tren avanzó por aquella vía láctea, mientras Yoh le daba la espalda a aquella escena y se disponía a entrar en el verdadero infierno.

(-)


Cerró su libro abruptamente y se levantó. Al parecer no había noticias, a juzgar por el rostro melancólico de aquella joven.

-Nada. No ha hablado en todo este tiempo. -dijo con voz queda. -Algo le ha pasado. -Enfatizó esta vez.

Opacho no era de las personas que utilizaban el énfasis en las palabras. Aquella joven de origen africano siempre utilizaba el mismo tono afable de voz. Luchist sabía que tampoco era dada a la preocupación. Hao-sama no necesitaba de ese tipo de personas a su alrededor. Siempre ansiaba de gente fuerte. Ver a Opacho, con ese rostro, le provocaba algo que el tampoco había experimentado antes con respecto a su líder.

-¿Que lograste sentir Opacho? -preguntó Luchist con el tono que empleaba con los pequeños. Había algo en Opacho que le recordaba de forma distante a Jeanne. Siempre debía suprimir aquella patética nostalgia.

-Sufre. En silencio. No desea que le molestemos. -dijo Opacho, siempre sencilla al hablar.

Luchist no podía ocultar su nerviosismo. Las noticias de que Lady Satti había llegado en compañía de una fuerte comitiva de hombres de fe y del quinto guerrero elegido no habían tardado en llegar a sus oídos. Hao-sama no comentó nada, pero sabía que ella estaba detrás de todo esto. Era la única, a su juicio, con el conocimiento y el temple para armar alguna estrategia.

-Opacho...-dijo Luchist- Mantente cerca de Hao-sama, como de costumbre y espera a que él se pronuncie.

Opacho asintió y se marchó por el mismo camino por el que había llegado.

Luchist salió de aquella enorme casa ubicada en las afueras de la ciudad. El clima estaba tranquilo, pero había un ambiente fúnebre en el lugar. Hao-sama estaba solo, en su habitación, reviviendo una y otra vez lo sucedido en las últimas horas. No prestaba atención a la comida que Opacho le dejaba en la puerta, ni a su presencia, a nada más que a sus propios pensamientos. Para Opacho y el resto del Hoshi Gumi, Hao no era un asesino, era un salvador, el Rey que debía atravesar sus pruebas para armar un ejército y probar su valía ante los guerreros elegidos, jueces del Rey. Si el Rey doblegaba a los cinco guerreros, nada le separaba de ser el Rey Shamán. Y eso implicaba enfrentar a su hermano, uno de ellos.

Pero aunque Hao mantuviese ese aislamiento, Opacho sabía, gracias al reishi que también poseía, que el sacrificio había costado caro. Le conocía desde que tenía la capacidad de recordar. Sabía que Hao le había hallado, al borde de la muerte, rodeada de cadáveres atravesados con balas, una de las tantas víctimas de las guerrillas en Somalia. Hao le había llevado consigo, le había criado junto con sus seguidores. Y para ella, Hao era el ser mas bondadoso del mundo, era un digno Shaman King. No podía creerse esa máscara de indiferencia de su señor, sabía que ese paso de matar a su hermano le había creado una cicatriz en su ser. ¿El lograría sanar esa culpa que sentía? Se preguntaba con ansiedad.

Opacho miraba al suelo, intentando aquietar sus pensamientos.

Luchist caminaba hacia la calle, en la puerta, Peyote, Turbine y Zang Ching aguardaban.

-Reporte. -pronunció Luchist fríamente.

-Los han separado. -dijo Turbine bajo su capucha- El quinto guerrero está custodiando a dos de ellos. La doncella Jeanne esta custodiando a otro y Anna Kyouyama está cuidando a Yoh Asakura.

Luchist frunció el rostro. Satti sabía que al dividirlos sería más dificil el ataque, pues reducía el poder de ataque de los shamanes del Hoshi Gumi. Pero esa era un arma de doble filo, y ella de seguro lo sabía.

-¿y Lady Satti?

-No la hemos localizado.

Otro detalle inquietante. Lady Satti no era del tipo de personas cobardes, siempre daba la cara.

-Hao-sama...-dijo Peyote- ¿Cómo está el?

Luchist no había pasado inadvertido la mirada de aquel shamán. -No te preocupes, el está bien. Solo está meditando.

Había algo en Peyote que le estaba poniendo muy nervioso, era muy devoto de Hao-sama, pero al final, en opinión de Luchist, padecía de la misma hambre de afecto que muchos shamanes del Hoshi Gumi experimentaban. Peyote miraba hacia la casa, perdido en sus pensamientos. Turbine le miró brevemente antes de volverse a Luchist.

-Esperamos órdenes. -pronunció Turbine.

-Mantengan el plan. Vigilen. No hagan nada sin permiso expreso de Hao-sama. Las novedades serán enviadas por los oráculos virtuales.

Los tres hombres asintieron y se marcharon rápidamente. Luchist empezaba a creer que todo esto le estaba crispando los nervios. Y no dejaría que eso le debilitara. Hao-sama no requería de un lugarteniente miedoso.

(-)


Se preguntaría si su fe lograría que sus plegarias llegaran al menos a protegerle. Había estado rezando por horas, innumerables cánticos y plegarias que se formaban en su mente. Era lo único que le sustentaba en aquella larga espera. Anna no era la única que esperaba. En otra parte, se imaginaba con tristeza, estaban Jun, Lee Bruce y tantos otros ante los cuerpos inertes de Ren, Horo Horo y Lyserg. Y con gran remordimiento pensaba en Fausto. El había sufrido tantos accidentes en su vida...

Por supuesto, no tardó mucho en llamarle, gracias a sus entrenamiento como Itako. Fausto dijo que deseaba ayudar en lo que pudiera, pero no deseaba seguir viviendo. La razón: estaba cansado. Cansado de mirar a un cráneo, lo único que pudo retener a Eliza. Ahora solo quería permanecer junto a ella. Pero si necesitaban de él, no faltaría a su juramento de amistad y acudiría. Siempre.

El cuerpo que había visto en la habitación de arriba era solo un recipiente vacío, que le parecía reconocer en él, algo de Yoh. Ahora entendía el dolor que Fausto había experimentado por años. Al menos había una esperanza para Yoh. De inmediato se recriminó por su falta de fe. ¿No le había demostrado el, que su alma era valiente y fuerte, pero humilde y llena de cariño?

-Date prisa, Yoh...-murmuró Anna sentada sobre aquel frío sofá.

Continuará...

(-)


Hikaru: Por fin, con ustedes otro episodio. No se mas que comentar, a estas alturas, creo que ya me deje todas mis palabras en el capítulo. Si gustan de otorgarme sus palabras en forma de reviews, son bienvenidas. Gracias por leer y hasta el siguiente episodio.

Mata ne.