Asombros

Con las primeras luces del alba, Sarah sintió que su misión había sido todo un éxito; no sólo había contenido a Jareth para que se recuperase, permitiéndole descansar unas cuantas horas, sino que también había velado despierta en beneficio del resto del equipo. El mago había cedido al sueño tan consumido que había permanecido toda la noche inmóvil en su sitio, como fusilado; no había intentado siquiera cambiar de posición los pies. Sobre su cabeza, Sarah había reclinado la suya, acurrucados y escondidos bajo la capa; el silencio era intenso, y el frío también, pero al hallarse uno junto al otro era verano entre sus brazos. Un leve rumor de aves entonando sus voces en la lejanía impregnó de pronto el amanecer de una aletargada actividad; la vida que les rodeaba, aunque escasa y esquiva, parecía retornar lentamente a la labor de todos los días; los peligros de la noche habían quedado atrás. La dorada luz del sol acarició los ficcus dormidos, desentumiéndolos de frío, tiñendo la hierba, los hongos y los guijarros de un oro cobrizo, avanzando por la espesura con placidez hasta colmarlo todo con su encantador despertar. Un extraño reflejo, un destello huidizo, rutilaba adherido a cada árbol, a cada objeto; y es que todo allí dentro fulguraba más o menos, como había sido siempre, como ella lo recordaba; como si tenues hilos de seda tapizaran el entorno, como si inagotables luces serpentearan por el suelo y por las plantas como un sudor perenne de rocío. La luz solar se llevó las últimas sombras, mas aún el entorno próximo se hallaba entumido; era temprano, y el umbral del invierno; la pereza del resto del equipo se había vuelto espesa y sedante, como estando en un limbo onírico.

Sarah fue retraída de su meditación por el sonido de un sutil suspiro; Jareth despertaba. Hinchiéndosele el pecho, absorbió la brisa matinal; y en un estado arrobado extendió la cerviz, buscando con ello perpetrar su placidez, hundiéndole a Sarah su nariz en el cuello. Inmóvil, tiesa en su sitio, ella fue súbitamente dominada por una ansiedad atroz y una timidez trapera que hallaba gracia en galopar siempre detrás de ella; Dios mío, ¿Y si le preguntaba? ¿Lo sabría? ¿Se habría dado cuenta? ¿Con qué cara iba a mirarle? Irrumpida por temores infundados, irrisorios e infantiles, Sarah había perdido el sentido común con el que fácilmente hubiese llegado a la conclusión correcta, a saber: que Jareth se hallaba profundamente dormido cuando ella cedió a la tentación de besarlo; imposible que lo supiera, a menos que leyese sus pensamientos… cosa que jamás había demostrado tener en su poder. Lo cierto era que a aquellas horas, después del intenso sueño devenido de una deliciosa atención femenina, lo último que él podía hacer era enfocarse en los sucesos de la noche; el calor solar aún no había activado su materia gris, embotada y soñolienta y muy feliz así. Tal vez después, con el correr de las horas, lucubrase en torno a lo sucedido, pero no ahora; ahora acababa de recobrar la conciencia, sus ojos aún se hallaban cerrados, y gañía deleitosamente estirando sus piernas. Renovado, descansado, en excelente estado y de muy buen humor, decidió por fin que ya era hora de entreabrir los ojos, aunque con cautela, no fuera cosa que se desvaneciera aquella encantadora pereza.

En cuanto hubo apreciado la luminosidad del ambiente, un aluvión de recuerdos le embistió la mente; uno tras otro, todos juntos, a velocidad vertiginosa; había avizorado un par de pies junto a los suyos, luego la capa y una camisa y un chaleco; aquello le recordó todo, aunque no con detalle por haberle acontecido en un estado deplorable. Como sobreviene después de una borrachera, le fue imposible dilucidar qué cosas eran ciertas y cuáles había imaginado; ante la duda, el silencio era el mejor aliado.

Con un temor gratuito, fruto de aquellas sospechas, elevó su vista al cielo para corroborar si ella sabía más sobre el asunto; mas al juzgar por la expresión de espanto que pendía de su rostro, Jareth supo que era infructuoso averiguar mirando, ambos tendían a inquietarse al hallarse uno junto al otro.

Sarah tiritaba: sí, lo sabe; Dios mío, lo sabe. Mas Jareth se fundió en sus ojos verdes y en su expresión atónita: qué bella; Dios mío, qué bella. Un encendimiento repentino avivó las llamas que devoraron su corazón; tal vez no recordara todo, pero sí lo suficiente; sus manos delicadas, su dulce abrazo; y la cadencia de su corazón, brújula de su existencia, invitándole a entregarse y a descansar. Caricias que extinguieron cualquier dolencia de su cuerpo; vivificantes y deliciosas, como jamás había experimentado; y es que para él, Sarah había abierto un universo completamente nuevo. El silencio entre ambos se tornaba cada vez más intenso; contemplándose uno en la mirada del otro, ineficaces de decidir quién reaccionaría primero. Temiendo que supiera el secreto, una; planeando cómo agradecérselo, el otro. Un haz de claridad halló cabida desde los cielos, y derramó su mano por entre las ramas, cubriéndoles por completo; les fue posible embeberse de su resplandor; y Sarah se extravió en un nuevo encuentro: a plena luz del sol los ojos de Jareth eran más diáfanos que nunca; el azul, más limpio que el cielo despejado; el ocre, como precioso ámbar translúcido. Ella esbozó una tímida sonrisa, que disparó un reflejo exacto en su compañero; torpes, tensos y agitados, sonreían de nervios más que de galantería.

- Ya nos conocíamos, ¿no? – musitó Jareth, con ironía; Sarah cedió a la gracia de inmediato, verdad que por sus caras de extrañeza más bien parecía que su amanecer juntos fuese accidentado. Mientras ella ahogaba su risa bajo el férreo manto de su mano, él irguió su cuerpo por completo, sentándose a su lado; le contempló embelesado, como en medio de un espejismo; se veía tan bella envuelta en halos de brillantez, tan dúctil y vaporosa, como una criatura etérea, irreal; escapada de las profundidades mismas de sus anhelos. Su mirada se desplomó en picada, luego volvió a ascender; algo se encabritaba, furioso, dentro de su ser. Sarah lo advirtió de pronto, podía sentirlo; algo se hallaba allí, en el ambiente, pendiendo entre ellos como un hálito celeste, incitante e inminente. Se atrevió a asediarlo con la mirada, una vez más; y en un silencio consumidor se disipó en su cuerpo. Ascendió a sus ojos, buscando respuestas, mas la expresión de Jareth ya no era la misma; era una expresión hambrienta. Con delicadeza pero con firmeza, él rodeóle la espalda con su brazo, atrayéndole hacia sí. Ella abandonó su sonrisa, azorada; el mirar de Jareth era el mirar de un autillo al acecho; habían concluido las chanzas, finalizado el recreo; el cazador había cercado a la presa y la devoraría sin moderación. Un pronto estremecimiento se lanzó feroz a lo largo de su organismo, y es que Jareth le tomaba el mentón con sus dedos. Un trepidar intenso avasallóle sin que pudiese retenerlo, y se sintió perdida, indefensa, incapaz y cautiva; en las manos de un mago que la atormentaba de amor con porfía.

Suavemente, con cautela, él le obligó a volver el rostro en sentido contrario a su mirada; Sarah temblaba. Su frágil y blanquecino cuello había pues, quedado expuesto, y reclinándose deseoso, Jareth escaló por él, rozándolo con sus labios. Ella se ahogó en un suspiro, todo había concluido; no habría más chances de escapar: la verdad o el olvido. Él alcanzó el balcón de sus oídos, susurrando en voz íntima y profunda un "gracias…" sugestivo. Ella se empapó en sudor; le quemaba el calor de su aliento; y tanto más se estremecía, él veíase más incitado; aquello era un juego de a dos, y ambos amaban jugarlo.

¿Sería realidad, o tan sólo un sueño? ¿Sería aquél el día, el momento culmine de una búsqueda desesperada? Sarah volvió su rostro encandilada, mientras Jareth aún respiraba en sus oídos, y buscó cobijo sobre él, tiritando, seducida. No logró retener sus instintos; acaricióle su faz con su mejilla, a sabiendas de lo que provocaría, y como se espolea al caballo para que desate su ira, puso sus labios en flor y, con un sutil chasquido, le permitió sentir su presión cerca de su oído. He aquí él también temblaba, de ansiedad, de urgencia; mas cuando ella osó estimularle rompió cabestro, freno y brida; había escapado de su control… y era exactamente aquello lo que ella quería.

Jareth tornó su rostro, de manera dócil pero decidida, y continuó escalando por su piel, recorriendo su mejilla. El corazón de Sarah se desbocó al galope, intensificando su agitación; y es que el momento llegaba, no había opción; ella habíase vuelto ante su vista un cántaro vivo de aguas cristalinas, y él, sediento de años, deseaba hundir su boca en ellas y saciarse. Acorralada pues, por el amo de sus sueños, sólo le era posible estremecerse y esperar el ansiado encuentro. Recorrerla fue, para el mago, como deslizar sus labios sobre satén blanco, que vibraba trémulo ante su dominio, preso de una indefensión excitante. Era tanto lo que había esperado, tanto lo que había sufrido, que ahora todo parecía un sueño; un sueño perfecto, donde ambos se amarían, donde le confesaría su amor, donde le entregaría su vida.

El desenlace era inminente; con un suspiro ardiente, él descubrió la comisura de su boca, y Sarah cerró los ojos de placer, naufragando en su deleite. Por primera vez; por primera vez estaban tan cerca, y no era una visión; fue como comenzar todo de nuevo, como redescubrir el amor. Lo pasado no tenía peso, aquello era diferente; aquello era sublime, eterno. Sus suspiros se fusionaron, exhalados al unísono; ambos se adoraban y aquél era el único lenguaje con el que podían decírselo. Los labios de Sarah allí estaban, aguardándole, y los ojos del mago también se cerraron, abstrayéndose del mundo; que ninguna cosa entorpeciera el tacto, deseaba sentir, hoy más que nunca. Con impetuoso arrebato se lanzó pues a la conquista; mas en el momento exacto en que sus bocas debían hacer contacto, unos chillidos estrepitosos les sobresaltaron.

- ¡Aaghh…! ¡Un escorpión! ¡Tengo un escorpión en la cabeza…!

El corazón de Sarah casi se detuvo del respingo; tanta tensión acumulada estalló dentro de los dos bajo el gatillo de los gritos, repeliéndoles hacia atrás casi por instinto; y mientras ella se tomaba el pecho, jadeante, como quien espera un ataque, el pulso de Jareth alcanzó su pico, y arrojó su rostro a un lado, furioso, confundido, intentando entender qué había ocurrido. Más al instante se encendió su ira poderosa; exhaló todos sus nervios en un soplo único, y se arrancó de su sitio, rumbo al bullicio, como una fiera rabiosa. Quien se interpusiera en su camino, sería extinto.

Sarah temblequeó atónita, contemplándole marcharse; ¡No! ¡No era posible! ¡Inadmisible! ¿Su villano se iba, su rondador se alejaba? ¡Maldita la suerte de aquella mañana!

Pero Jareth encaminó sus pasos vengativos, furioso por haber sido interrumpido, hacia el campamento donde los culpables de la algazara todavía gritaban y braceaban envueltos en sus mantas. Dash y Hoggle daban brincos, trancos y rodadas mientras sacudían sus cobijas buscando el escorpión en cuestión; sus aullidos aterraron a Gennah y a Toby, quienes despertaron amedrentados con la novedad del insecto asesino. El elfo, como era de esperarse, cayó en pánico inmediato, colaborando así con el coro de bramidos; la sugestión hizo el resto, y en un minuto el escándalo era infernal.

El mago irrumpió iracundo en escena, como escapado de las fauces mismas del averno; con pupilas brillantes y zancadas audaces, casi podía decirse que llevaba erizada la melena. Arrebató al gnomo y al duende de entre sus ondeantes frazadas mediante un solo giro de su mano, y les pendió en el aire dispuesto a fulminarlos, de serle permitido el arrebato. Mas sin embargo una alarma escapó estridente de la garganta de Gennah:

- ¡Dios mío! ¡Es toda una legión! ¡Y vienen hacia aquí como una ola!

Toby echó a correr, al encuentro de su hermana, que aterrada le guareció entre sus brazos sin entender qué pasaba; detrás del niño huía el elfo, quien, gesticulando desenfrenada, intentó explicarle al mundo entero que una alfombra de escorpiones negros arrasaba todo directo a ellos. Jareth arrojó su mirada al horizonte; Gennah no mentía: una madeja inagotable cual raudal, ennegrecida como el ébano, se deslizaba como alud directamente sobre ellos. Miríadas y miríadas de escorpiones relucientes, mármol negro vivo bajo los rayos del sol; como gemas mortales en carrera furtiva, habían decidido esa mañana robarles la vida en estampida. Y no sólo aquello era lo espeluznante; junto a ellos arribaban, como sombríos elefantes, escorpiones aún más grandes, demoliendo todo cuanto pisaban. El mago tronó los dedos y los dos amigos impactaron contra el suelo. Sin permitirse un ápice de duda, Hoggle y Dash emprendieron el escape casi evaporándose en el aire, casi sin tocar la superficie, reuniéndose con el resto, que clamaba al mago a grandes voces que se les uniera en la fuga; empero él no prestó consideración al ajetreo; muy furioso estaba, casi enloquecido; plantó cara al adversario, que ya se le venía encima, y con un rugido atroz extendió su brazo a contra reloj:

- ¡Hoy no estoy de humor…!

Un huracán endemoniado se desató de su propia entidad, como brotándole del cuerpo; le envolvió primero haciéndole enarbolar sus cabellos para después irrumpir brutal sobre el terreno. El cielo se oscureció por sobre sus cabezas, rasgándose el firmamento como se rasga una tela, diluyéndose, evaporándose; el día se hizo noche, el sol ya no existía, y en su lugar descendían, filosos, fulgurantes rayos tornasol. Algunos de ellos, en estocada perfecta, derrumbaron montes y quebraron peñas, aturdiendo los oídos presentes con sus violentas voces de trueno. Un indómito temblor se expelió también del colosal arranque de ira, conmoviendo los cimientos del mundo, avanzando hacia la amenaza en despiadada acometida; como si un volcán entrase en erupción, como si un terremoto fuese a partir los fundamentos de la tierra en dos. Agrietó el suelo del claro, abriéndole sus fauces de tierra, en un fragor inenarrable, y junto a las rocas que saltaban y otras que eran engullidas, la gigantesca oleada de alimañas fue devorada en su interior; los vientos aullaron en convulsión; ningún ficcus quedó en pie, y los invasores fueron sepultados en las profundidades con la potencia de un aquilón.

Las chicas se apiñaron aterradas junto al niño, espetando todo su pavor a gritos; mas una vez saciado el berrinche, Jareth dejó caer sus manos al costado del cuerpo y todo el temporal se disolvió. Los rayos se retrajeron, como el ave que guarda sus filosas garras para otro encuentro; el cielo volvió a fundirse en un límpido azul, y volvió a brillar el sol. El suelo del claro se entapizó nuevamente, de hierba opaca y greda; los ficcus abatidos tornaron a su lugar; más de lo que les amenazaba no cabía ya memoria.

Los absortos testigos, presos aún del horror, intercambiaron muecas y miramientos intentando proveerse de explicación. Le habían visto entrar en cólera antes, conocían su mal humor, mas arrancar árboles de cuajo era una cosa; sacudir la tierra y el cielo por sus extremos, sometiendo a los elementos al capricho de su voz, otra muy distinta. Jadeando desesperada, tras un segundo de estupefacción, Sarah recibió un impacto certero en la mente que la hizo saltar de su sitio; disparada como una gacela, con una expresión exaltada, devoró la distancia del camino lanzándose sobre Jareth. Le asió de golpe del brazo, obligándole a verla; y sin controlar el tono agudo de su voz exclamó a los gritos:

- ¿Has visto lo que has hecho? ¿Había viento...? ¿Había viento...?

- ¿¡Soy tu anemómetro, o qué! – Chilló él en el mismo tono - ¿¡Cómo voy a saberlo!

- ¿Es que no entiendes lo que te digo...?

- ¡Entiendo, sí; que los haré papilla! – Rugió el mago, enceguecido - ¡Sus sandeces son una epidemia, no sé cómo, pero se multiplican! ¡Esto se corta de raíz, antes de que contagien! ¡Los reduciré de a uno por uno, encerrados en la verruga hedionda de una nariz! ¡Y…!

- ¡Jareth, contrólate! – Sarah sujetóle por los brazos, sacudiéndole; él la repelió ofuscado, aunque obediente:

- ¡Ya entendí, ya entendí…! ¡Mortales!

Los demás miembros del equipo se arremolinaron sobre la pareja, excitados por lo acontecido, no cabían en sí de la sorpresa; hubo quien perjuró que no había brisa, que aquello había sido todo un acontecimiento. Fue entonces cuando Jareth cayó en la cuenta de lo que le ladraban, ¿se habría roto el hechizo? Y ése poder, ¿dónde lo guardaba? No recordaba haber hecho nada similar en el pasado, jamás.

- ¡Alteza! – Profirió Dash entre brincos - ¡Desconocía esas habilidades suyas!

- ¡Ya está, ya está, es pan comido…! – rió Hoggle con alivio, era como contar con un titán de amigo; Toby jaló la capa de su maestro en éxtasis absoluto:

- ¡Fue genial! ¡Definitivamente me lo tienes que enseñar…!

Apabullado ante el acoso entusiasta, confundido y desconcertado de sí mismo, el mago alzó la mirada, huyendo de la algarabía; buscó refugio en los ojos de Sarah, quien, con una sonrisa diabla, fruto de haber sido sumamente impresionada, le susurró en tono dulce y encubridor:

- Habrá que frustrarte más seguido…

Él entornó su mirada, había captado el mensaje; mas si ella creía haber escapado de sus garras, estaba muy equivocada.

Un golpeteo áspero y repentino cruzó fugaz ante sus narices; un pajarraco negro huía a duras penas sobreviviente de la borrasca.

- ¡El cuervo! ¡El cuervo! – gritó Toby, y de inmediato se aventó tras su pista.

- ¡Otra vez! – Aulló Sarah, extendiendo su brazo - ¡No le dejen escapar! ¡Deprisa, corran!

El ave se inmiscuyó por entre el lánguido dosel, en un intento por camuflarse, pero entre la lobreguez de los árboles dormidos fue capturado al vuelo en un topetazo feroz, surgido desde algún sitio. Dash, ágil y diminuto, había escalado a velocidad impensada, y fustigando el resorte de sus patas había dado en el blanco.

- ¡Es nuestro! ¡Es nuestro! – rió Hoggle malicioso.

- ¡Pronto! ¡Algo dónde encerrarlo! – Sarah arribó exaltada; el ave se convulsionaba, luchando obstinada a picotazos pelados. Se echó sobre ella, con intenciones de suplir la fuerza que el pequeño Dash veía menoscabarse en sus zarpas; y mientras forcejeaban con el reo en el suelo, Jareth se puso en cuclillas junto a ellos.

- Muerto no nos servirá, Sarah, deja de estrangularlo – espetó con sorna; abrió la palma de su mano y materializó un objeto; un cristal – Tengo una idea mejor…

El mago acercó la esfera al tullido prisionero, y en un halo de vapor etéreo fue ingerido dentro. La comitiva toda contempló aquél espectáculo; era como poseer en las manos una pecera de bolsillo. Toby, entusiasmado, y ya que el convicto era inofensivo, se ofreció antes que nadie a cargar con él durante el recorrido; a Jareth le daba lo mismo, y si aquello le hacía feliz, tanto mejor.

- Muy bien, esto se acabó – masculló el mago entre dientes; maquinalmente el resto le echó encima su atención – Estamos demasiado cerca, hemos cruzado el último tramo, y que yo sepa, ninguno de ustedes ha ideado algo.

- Esperábamos que algo se nos ocurriera – murmuró Sarah – Pero creo que nos superaron los acontecimientos…

- Con un sobresalto a cada minuto es inútil pensar… - quejóse Hoggle; Jareth se ladeó de pronto:

- Tu vida es tranquila y tampoco lo logras…

- ¿Tranquila? ¡Ja! – Espetó el duende con sorna – Aburrida, quizá. Tranquila, jamás.

- ¿Me vas a decir que estás estresado, tú, jardinero patizambo? – Ironizó el mago – Si quieres puedo relevarte del cargo.

- Mi sagacidad y buen tino se desperdician a la puerta del laberinto, Alteza – indicó el enano, colocándose en el epicentro de la marcha homogénea – Un puesto de mayor influencia sería muy apreciado, ahora cuando recupere su mandato….

- Tu influencia siempre es negativa, no importa el bando en el que te encuentres – bufó Jareth alzando la vista; Sarah escuchó con detenimiento – Si algo rutila más que tus joyas, es tu codicia.

- Pues usted tampoco es un ramillete de virtudes – espetó Hoggle, molesto – Sin un buen ejemplo a la cabeza, no se pueden pedir milagros.

- A quien tienes por cabeza es a ti mismo, Higgle, no a mí. Y ahora entiendes por qué te va como te va…

- ¡Sí, por seguirlo a usted!

- ¡No, por seguir tu instinto de comadreja!

- Cualquiera diría que se conocen de años… - musitó Gennah con una mueca; Hoggle suspiró fastidiado:

- Los suficientes como para anhelar una vida nueva.

- ¡Ah, por favor! – Chilló Jareth, con un aventón de mano – Que muy lejos estás de ser un ángel…

- Un ángel quizá no – enunció Gennah sin reparos – Pero sí muy tierno… y muy dulce…

Hoggle se plantó de pronto sobre el suelo que pisaba como si le hubiesen petrificado y sujetóse el corazón con la mano:

- ¡Tierno…! ¡Me dijo dulce y tierno…!

- ¡Porque estás pasado! – lanzó Jareth en una carcajada; Sarah le arrojó una mirada de desaprobación.

- ¡Qué…! – chilló él.

El equipo prosiguió su audaz marcha en alerta máxima; intuían que el camino desembocaría muy pronto en las puertas del castillo, los peligros debían de estar muy cerca. El claro se disipó ante su vista dándole paso a una planicie limpia; una pradera, un remanso verde desnudo de árboles y con extensa maleza, semejante a largos cabellos ondeando en el viento, nacidos del cuero de la tierra. No había allí arbustos o troncos, ni nada por el estilo; sólo más y más océano esmeralda; más y más colchón verdusco; nada apropiado para esconderse, en absoluto. Mientras sus compañeros avanzaban en silencio, tendiendo el oído, Jareth se miró las manos; los sucesos antes ocurridos le habían dejado un tanto inquieto, ¿sería dueño realmente de esos poderes que había demostrado, o sería una treta, una ilusión pergeñada por su rival para que se confiase y poder atinarle mejor el zarpazo? ¿De dónde le provenía aquella fuerza? Jamás la había experimentado. Y si de repente fuese suya en legítima propiedad, ¿cómo la había obtenido? Recapituló minucioso en su mente los últimos contratiempos; de haberle sucedido algo inusual, debería al menos recordarlo. Un jalón del lado izquierdo le retuvo de inmediato; era Sarah, atenta; avizoraba lo inminente y se lo declaraba con una mueca. Llevándose el dedo índice a los labios, ella le indicó que guardara silencio, que oyera; mas como los minutos pasaron y nada se escuchó, la mente del mago divagó de nuevo en su preocupación. La reacción de Sarah disparó en los otros un reflejo felino, y detuvieron sus pasos, y contuvieron el aliento; pero nada pareció alterarse, todo continuaba tranquilo, y la estampa de la joven sujetándole el brazo condujo a Jareth a perderse dentro de sí mismo. Sí… ella…. Eso era distinto…. Ella había despertado en él instintos feroces esa mañana… ¿guardaría relación? Era lo único disímil en el vaivén del viaje… por no decir incomparable, trascendental; de inconmensurable valor para sus sentimientos. ¿Sería, quizá? Oh… si tan sólo el aquelarre malogrado de sus obtusos acólitos se hubiese pospuesto hasta más tarde… ¡De lo que se había perdido! ¡Él estaba tan contento, tan encendido que…! Otro jalón en el brazo. Esta vez Sarah no tenía muy buen aspecto; había palidecido, y le miraba con ojos trémulos e inmensos. Él regresó a la realidad que le rodeaba, y fue entonces cuando oyó un leve ruido, como un bramido, pero no de animal, sino de superficie; superficie que se desliza y se desmorona, o algo parecido. Daba la impresión de surgir de debajo mismo de sus pies. Automáticamente, todo el mundo dejó caer la mirada y el suelo que pisaban vibró, ligeramente, aunque lo suficiente como para hacer estremecer la hierba.

- ¿Oyeron eso? – tiritó Dash a sus consternados compañeros; Hoggle soltó un quejido:

- ¿No se nota?

- Sigan caminando, sigan caminando, hay que salir de aquí de inmediato – suplicó Gennah. Otro rumor; esta vez más intenso; la tierra tembló al compás del estruendo. Sin entender muy bien si aquello era lo correcto, echaron a correr en campo abierto; brincando matas, sorteando herbáceos atolladeros.

Las vibraciones se multiplicaron, les rodearon y les cercaron, cerrándose en torno a sus pasos en círculos cada vez más pequeños, hasta que las capas superiores de la tierra cedieron, como si de sus fauces intensase emerger un ser vivo. Juncos, tamo, polvareda; todo giró sobre sí mismo desprendiéndose de la superficie, desmoronándose en las oscuras profundidades desconocidas, como si de arenilla suave se tratase, todo detrás de sus espaldas. Como si hubiesen detonado la caída de un dominó; como si el derrumbe hubiese sido planeado en progresión, el agujero que se habría tras ellos parecía adquirir una actitud viviente; se ensanchaba y les perseguía resueltamente para engullirlos. Toby se derrumbó de panza sobre la maleza, estirando los brazos casi por instinto, y la esfera que llevaba al cuervo cautivo salió disparada hacia delante en feroz abalanzada. Gennah, a quien hasta el momento le desangraba por dentro pensar que encarnaba un estorbo en la inusitada misión, atisbó en lo acaecido una oportunidad perfecta para contribuir con algo a tan delicada empresa; se ciñó pues, sobre la esfera, que distaba de ella a tan sólo unos pasos, y de un par de zancadas enérgicas, la sujetó afanosa con las manos. Mas un sonido subterráneo escapó de delante de sus narices, escoltando el despeñe de la superficie; un colosal espécimen, de dimensiones insondables, emergió de la garganta de la tierra irguiéndose metros y metros en el exterior. Una rata topo, o algo semejante, sólo que sobre crecida y demasiado bien alimentada; apuntaló sus zarpas sobre los montículos que quedaban y se plegó hacia el frente, acercándole temerariamente la cara. Gennah espetó un grito, y al animalejo pareció perturbarle; mas la presión ejercida sobre el montón de greda fue excesiva, y sucumbió bajo los pies del elfo, acrecentando la grieta. Los demás aún no le alcanzaban; llegaban corriendo vislumbrando el nefasto espectáculo, empero el enano avizoró la pérdida de su ser amado y en cuanto el vacío se desplegó hambriento, él estiró las manos:

- ¡No…!

Repentinamente; casi como cae un rayo; las partículas volantes se aletargaron. El junquillo, la tolvanera; todo se retuvo de golpe, como en un torbellino soñoliento. Los segundos pasaban, completamente desfasados, podía decirse que por poco se había detenido el tiempo. Un zumbido tenue invadió el entorno, imposible que el ajetrear natural encontrase cabida sin espacio por el cual viajar; y los recién llegados, los que alcanzaban rezagados el epicentro de la aventura, contemplaron maravillados el reaccionar de su colega. Inmediatamente después de la rebeldía para con su destino, Hoggle echó mano de Gennah, y valiéndose de la quietud del momento, la arrancó fuera. Ambos se desplomaron lejos del agujero, y en cuanto hubieron tocado el suelo, tornó la vorágine de los hechos. El polvillo recuperó su feroz explosión, expandiéndose como nube; los sonidos irrumpieron sin permiso en sus oídos, y la extraña criatura, que había venido a resultar ciega, olisqueó un tanto el aire y se marchó benévola, nuevamente a la oscuridad de su cráter.

Gennah resoplaba aturdida, hincando sus uñas en el preciado trofeo; y pronto todos se les echaron encima, incapaces de abandonar su asombro. Gritando, exclamando, riendo; por poco no padecían hipo de los nervios. Hoggle se incorporó a duras penas, plenamente confundido, y cuando alzó la vista halló la de su rey interceptándole con pasmo.

- ¿Cómo… hiciste eso? – fue todo cuanto Jareth pudo articular; Hoggle se encogió de hombros.

- ¡Pues, ni idea!

- Repítelo – ordenó entonces el mago; las circunstancias amenazaban con develar más de lo esperado, aquello había que examinarlo.

- ¡No puedo! – Se quejó el enano - ¡No tengo idea de cómo he hecho!

- ¡Sólo repite los pasos! – Chilló Jareth, expectante – ¡Piensa todo lo que antes has pensado!

- ¿Lo que he pensado antes? – Masculló el enano – Pues, he pensado muchas cosas…

- Lo dudo…

- Bueno, pues… - indicó Hoggle ante la mirada inquieta de sus acompañantes – Pensé en el enorme bicho, que tal vez se comería a Gennah. Pensé que había un agujero debajo, donde se caería sin remedio…

- ¿Y…?

- Y nada, sólo eso… - finalizó el enano; mas Jareth bufó molesto, aquella explicación no le dejaba satisfecho. Gennah, conmovida, se tendió al cuello de su héroe en un tierno arrebato, y mientras los presentes murmuraban travesuras de soslayo, Jareth giró sobre su eje advirtiendo a cierta distancia una muralla de piedra. De hecho, ésta parecía extenderse, al oriente y al occidente, cercándoles el camino, lapidando la pradera. A cada tramo de la pared, una puerta; y en cada puerta, un libro.

- Oigan, lenguaraces – musitó Jareth al equipo, que todavía celebraba las muestras de cariño – Miren eso.

- ¿Lengua qué…? – rió Sarah.

- ¿Te consigo un diccionario? – El mago devoróle con la mirada – ¡Nada; que miren aquello! ¿Están aquí de arrumacos o llevando a cabo un plan maestro?

- Suenas despechado – ironizó ella, mordiéndose los labios.

Jareth meneó la cabeza, en un gesto ofuscado, mas Sarah respondióle con una sonrisa socarrona en su boca, digna de quien conoce el punto débil del otro, y tras un par de miradas sugerentes echó andar junto al equipo, en dirección al murallón. El mago les siguió detrás, rumiando desdeñoso.

- A ellos no les interrumpen, claro.