Hola! he vuelto con el nuevo cap. Primero que nada, quiero decirles gracias por la espera y gracias por el apoyo, pero también quiero recordarles que soy un ser humano, no una máquina de escribir, y que tengo ocupaciones, vida familiar, amigos, estudio, trabajo, etc. Cuando doy un plazo y una fecha de entrega de capítulo, y no lo cumplo a exactitud, creo que es evidente que se debe a que algo me lo ha impedido, y no a que lo hago apropósito con un "BUAJAJAJA LAS HARÉ SUFRIR" de fondo. Me tomo el tiempo de avisar y de dar plazos porque los respeto como lectores, y sé que quieren estar informados. Pero a veces, por circunstancias en mi vida, no puedo cumplirlos al pie de la letra, y a veces no tengo internet cerca para avisarles que ha habido un retraso. Me apena tener que recordarles esto a algunos de ustedes, y en verdad espero que no lo tomen a mal, pero pienso que por su afición a la historia (cosa que agradezco infinitamente) se olvidan de que atrás de los capítulos hay una persona que tiene una vida y que hace esto "como hobbie", hay que recordar eso también: es decir, mi prioridad no es y no será nunca el fic, porque tengo otras prioridades como mis estudios, mi trabajo, mi salud, mis amigos y mi familia. Espero que sepan comprender esto, y que la próxima vez por favor, se abstengan de hacer comentarios agresivos (porque sentí algunos de sus comentarios como una exigencia algo agresiva que no me hizo sentir bien, sinceramente)
En fin, dicho esto, quiero agradecer nuevamente el apoyo que he recibido de su parte, y comprensión por mi situación con el yeso me ha puesto muy muy feliz y la agradezco. Como pueden darse cuenta, mi vida ha estado muy atareada, tanto que me he tardado en postear el capítulo: por eso sigo sin poder responder reviews como solía hacer antes, que los respondía religiosamente. El problema es que antes tenía más tiempo libre, y ahora tengo que elegir entre retrasarme más con el capitulo o responder los reviews. Así que por favor, entiéndanme y no me odien por no responder algunos reviews...no quiero que piensen "esta autora antipática ni siquiera se digna a contestar los reviews, nunca más le escribiré". por favor, no piensen eso. Leo cada uno de sus reviews, y significan mucho mucho para mí. Creo que lo he demostrado en el pasado cuando he respondido cada uno de ellos. Entiendan por favor que si no lo hago ahora, es porque en verdad no me queda tiempo. Solo responderé aquellos que me hacen preguntas que requieren respuesta, y a los otros: MIL GRACIAS POR APOYARME Y POR SEGUIR LA HISTORIA, sin sus reviews, en verdad, creo que dejaría la historia porque el tiempo la verdad no me da más. La continúo, sin embargo, porque sé que hay personas que la leen y sería injusto para ustedes. Así que muchas muchas gracias. Por cierto, leo tanto sus reviews que debo decir que algunas de ustedes han acertado con mis planes malévolos de juntar a Alexander con alguien especial en el fic. Lo verán claramente en el próximo capítulo.
Entren al blog, hay videos muy buenos, no de fabiana ni míos, sino de otras personas que encontré en youtube y calzan perfecto con la historia paralela de Merlín y Morgana. Véanlos! y vean tb el regalo que Andrux le ha hecho al fic: es un maquillaje basado en la historia, y es realmente estupendo! gracias ANDRUX :)
Aquí les va:
Capítulo XX
El sacrificio
1.-
Nosotros, leones
- Creo que encontraron al traidor.- dijo Albus, pegándose contra el espaldar del asiento.
Todos lo miraron con algo de confusión y perplejidad. El primero en cortar el silencio fue Hugo, quien se cruzó de brazos y observó a su primo con gran escepticismo.
-¿Al traidor?- preguntó el castaño, y dejó salir una sonrisa sarcástica. - ¿Tan rápido?
-Sí.- insistió Albus con gran serenidad.
-No lo creo.- dijo Hugo sentándose en el asiento con desgano. – Deliras.
Lily se apoyó contra la ventana y empezó a jugar despreocupadamente con un pedazo de su cabello.
-No veo por qué te resulta tan extraño, Hugo.- dijo la pelirroja. – Recuerda lo que nos dijeron James y Teddy: los del Ministerio pasaron todo el día de ayer registrando las habitaciones de todos los alumnos en Hogwarts. Es imposible que no hayan encontrado ni una sola prueba incriminatoria.
Hugo entornó los ojos.
-¿Y creen que quien sea que haya infiltrado información sobre Hogwarts en el mundo muggle es tan tonto como para dejar pruebas a la vista?- soltó el castaño.
-Sí, en realidad lo creo.- dijo Lily caminando hacia Hugo. – Analiza los hechos, querido primo: el traidor o traidora no solo entregó información sobre Hogwarts, sino que también entregó fotografías del interior del castillo, fotografías que fueron tomadas con un modelo de cámara que se vende a estudiantes en Diagon Alley. Esta…persona, chico o chica, pudo haber entregado el libro de historia de Hogwarts a los muggles y salirse con la suya; era, de hecho, la forma más sencilla de entregar información detallada y completa. Los del Ministerio no habrían podido deducir si se trataba de un estudiante o un profesor si hubiese hecho eso. Pero, por el contrario, esta persona, -chico o chica-, tomó fotografías con una cámara de estudiante y entregó información precisa de lugares del castillo estrictamente estudiantiles. No se habla de las oficinas de los directores, según la información que nos dio Teddy, ni tampoco de los sitios de difícil acceso estudiantil; solo se mencionan los lugares a los que los estudiantes tienen acceso y que conocen de pies a cabeza. Apuesto lo que sea a que el traidor o traidora ni siquiera sabía que existía un libro de historia mágica de Hogwarts que le facilitaría su trabajo, lo cual de por sí nos da una idea sobre el nivel intelectual de esta persona. También nos da una idea de su nivel intelectual el hecho de que haya usado una cámara estudiantil para entregar las fotografías. Es evidente que no nos enfrentamos a un genio del crimen.
Tras el monólogo de Lily, todos guardaron silencio observándola con los labios semibiertos –todos menos Albus, quien parecía haber llegado a esa misma conclusión por cuenta propia-.
Hugo se humedeció los labios.
En verdad tienes una mente retorcida, Lily.- dijo el castaño.
Fred suspiró.
-Lily tiene razón, ahora que lo pienso, lo que dice es cierto.- dijo el pelirrojo. – Lo más seguro es que el traidor no haya tomado precauciones. Debe ser un novato en esto de…
-¿Traicionar?- completó Louis, sonriendo.
-Sí, eso.- dijo Fred.
-Así que nos enfrentamos a un traidor novato.- dijo Roxanne, cruzando las piernas.
-Puede ser una traidora.- dijo Lucy, echándose la trenza naranja sobre el hombro derecho. – Puede ser una chica.
Dominique se puso de pie y miró otra vez por la ventana. Los magos uniformados volaban unos metros arriba, custodiando al tren desde una altura prudente. Desde allí, parecían manchas difusas, como jugadores de quidditch volando más rápido de lo que el ojo humano podía captar, pero no podía ser así, pensó ella; el tren siempre causaba esa sensación falsa de lentitud, como si a fuera el mundo transcurriera a una velocidad inverosímil y el tiempo quedara congelado dentro de los vagones.
-Hay algo que no comprendo.- dijo Dominique, sin mirar a sus primos. – Si ya encontraron al traidor, ¿eso significa que cuando lleguemos a Hogwarts lo apresarán?
Albus asintió.
-Es lo más probable.
Las puertas del compartimento se abrieron y todos voltearon a ver a la persona que había interrumpido la conversación con cautela, luego, al ver de quién se trataba, se relajaron y bajaron la guardia. Hugo cruzó ambos brazos sobre su pecho y agudizó la mirada. Debía faltar poco para que el tren llegara a la estación final.
-¿En dónde diablos estabas, Rose?
Yo, Rojo
Rose se llevó un rizo atrás de la oreja y cerró la puerta del compartimento tras de ella. Sus ojos evadieron los de Hugo y se sentó inmediatamente junto a Albus. Esta vez, no solo sintió la mirada escudriñadora de su hermano, sino también la de su prima Lily, quien en silencio parecía observarla atentamente. Rose sintió inmediatamente sus mejillas sonrojarse y se odió por ello. Se había propuesto a sí misma fingir naturalidad frente a sus primos, sin embargo, tal parecía ser que su cuerpo estaba decidido a actuar contra todos sus planes.
-Es una larga y aburrida historia.- dijo Rose, finalmente.
-Estoy interesado.- dijo Hugo, mirándola directamente a los ojos.
"Por Merlín, ¿por qué tuve que tener un hermano tan entrometido?", pensó Rose y tragó saliva. El recuerdo de la sensación del cuerpo de Scorpius sobre el suyo la hizo estremecerse. Inmediatamente intentó alejar esos pensamientos de su cabeza. Aún no había tenido tiempo de asimilar lo sucedido. Se sentía mareada.
-Vladimir Embers me interceptó en la estanción, quiso disculparse por un altercado que tuvimos hace algún tiempo.- dijo la pelirroja, sintiéndose bien al no estar mintiendo del todo.
El ceño de Hugo se frunció.
-¿Ese tipo no entiende negativas no?- dijo el castaño, evidentemente fastidiado. - ¿Cuándo va a entender que no tienes ningún interés en él?
Albus sonrió.
-Algún día Rose va a interesarse en alguien. Así que es mejor que vayas haciéndote a la idea, primo.- le dijo el moreno.
-Eso lo sé.- dijo Hugo, restándole importancia al asunto. – Pero será alguien fuera de este colegio. Alguien que verdaderamente la iguale. Aquí solo hay tontos.
-Sacándonos a nosotros, por supuesto.- dijo Louis.
-Los Weasley, los Potter y los Scamander.- dijo Fred, presumiendo. – Somos el único material valioso de Hogwarts.
Roxanne entornó los ojos.
-Por Merlín, cállate.- le dijo a su hermano.
Lily, quien se había mantenido en completo silencio pero bastante atenta a Rose, interrumpió la discusión:
-Tienes el botón desabrochado.- le dijo a Rose, señalándoselo.
La pelirroja miró su blusa de inmediato y notó que el primer botón estaba, efectivamente, suelto. Se sonrojó intensamente y se apresuró a abotonarlo.
-Todos tenemos ese botón desabrochado, Lily.- dijo Fred. – ¿Quién se abotona ese?
-Rose.- respondió Lily. – Siempre lo hace.
-Es cierto.- respondió rápidamente Rose. – Debió habérseme escapado cuando me vestía.
Hugo entornó los ojos.
-Pues suéltatelo.- le dijo. – No tienes que guardar la apariencia de Mcgonagal.
-A mí me gusta así.- dijo Rose, cortante, y miró hacia un lado, zanjando el tema.
Los labios de Rose se entreabrieron y dejaron escapar un suspiro. Podía sentir el calor recorriéndole cada parte de su cuerpo, y si cerraba los ojos, podía sentir las manos de Scorpius acariciándola por doquier. Todavía no podía creer lo que había pasado. No lo concebía ni lo entendía. Lejos de sentirse culpable o arrepentida, se sentía libre; como si durante mucho tiempo se hubiese forzado a sí misma a ser quien realmente no era, como si las manos y los besos de Scorpius la hubiesen desatado y ahora, por primera vez, fuera realmente dueña de sus actos. Sentía que la niñez había quedado atrás para siempre, que ya nada sería igual…
Y tenía miedo.
Un agujero creció en la boca de su estómago. No, no se arrepentía de lo que había sucedido. No lo entendía, era cierto: no entendía cómo una vez más ella había tomado una decisión tan impulsiva, sin saber realmente cuáles eran los sentimientos de Scorpius. Sin embargo, tenía miedo…miedo de salir irremediablemente lastimada. Era cierto que Scorpius se sentía atraído hacia ella (algo que jamás creyó posible), pero él en ningún momento manifestó con palabras sentimientos más profundos. Rose sabía que Scorpius la quería; durante todo aquel tiempo habían desarrollado una amistad, quisieran o no admitirlo. Compartían demasiadas cosas juntos, de modo que establecer una relación había sido inevitable. Ella conocía a Scorpius: él era bastante desprendido de las cosas y las personas en general, y si le demostró algún tipo de interés era porque en verdad lo sentía. Pero aquello no implicaba que los sentimientos del rubio fueran remotamente similares a los de ella. Rose no solo lo quería; lo que sentía era tan fuerte que a veces la obnubilaba y la asustaba. La hacía sentirse frágil y débil, expuesta a todo momento, quebrantable. Rose cerró los ojos y respiró profundo. No se arrepentía de haber tenido su primera vez con Scorpius: era, también, la primera vez que hacía lo que sentía sin importarle las consecuencias. A pesar del temor de lo que aquello podría conllevar, se sentía libre.
-Ya casi llegamos.- dijo Dominique, mirando por la ventana.
Rose miró por el cristal y corroboró que lo que decía su prima era cierto. Se preguntó cómo serían las cosas con Scorpius de ahora en adelante. ¿Tendrían una relación o todo se mantendría tal y como antes? Scorpius no le había mencionado nada al respecto. Rose tragó saliva. Fuera lo que fuera, debía estar preparada para cualquier cosa: preparada para que nada sucediera, preparada para que hubiese sido solo una cosa del momento, preparada para el rechazo, la desilusión, etc. Tal como un soldado armándose antes de la guerra, ella debía estar lista para atravesar un campo minado y sobrevivir a la experiencia.
De repente, sus ojos azules identificaron a dos hombres volando metros arriba del tren. Agudizó la mirada: tenían el uniforme oficial del Ministerio.
-¿Qué….?- soltó la pelirroja, pegándose más a la ventana.
-Ah, olvidamos decirte eso.- dijo Roxanne, echándose el cabello a un lado. – Nos vienen siguiendo desde que salimos de la estación.
Rose frunció el ceño. Albus la miró con aquiescencia.
-Cuando lleguemos a Hogwarts sabremos qué es lo que quieren.- dijo el moreno. – El tren empezará a bajar la velocidad en cualquier momento…
Ni bien Albus pronunció esas palabras y la velocidad del tren comenzó a disminuir. Lily sonrió.
-Violá.
2.-
Nosotros, serpientes
- ¿Qué diablos está pasando?- preguntó Lorcan mientras salía del tren y veía con asombro la estación cercada por policías del Ministerio.
Todos los alumnos avanzaban lentamente, observando con confusión la presencia de autoridades mágicas por doquier. El tráfico era pesado y Alexander tomó a Lorcan por el brazo para obligarlo a seguir. Scorpius tomó a Megara y avanzaron entre empujones hacia los carruajes.
-¿Qué están haciendo ellos aquí?- preguntó la morena.
-Debe ser por lo que pasó.- dijo Lysander, mirando a su alrededor anonadado. – La información filtrada, los ataques…debe ser por seguridad.
Scorpius ayudó a Megara a subir a un carruaje y Alexander, Lorcan y Lysander lo siguieron. Una vez que todos estuvieron a bordo pudieron ver con más detenimiento cómo el caos usual en el regreso al castillo se había transformado en un orden mecánico producto de la estupefacción del alumnado. Sin embargo, era un orden torpe, lento e ineficiente.
-No entiendo por qué tanto alboroto.- dijo Lorcan, cruzándose de brazos. – Es decir, solo han sido unos cuantos ataques y jamás de tal magnitud para afectar a un colegio entero.
-Supongo que no quieren arriesgarse.- dijo Alexander. - ¿Tú que piensas Scorpius?
Scorpius se aflojó la corbata y apoyó la espalda sobre el respaldar del asiento.
-No sé, y francamente no me importa.- dijo el rubio.
Alexander bufó.
-Me pregunto qué es importante para ti últimamente.- murmuró entre dientes.
Scorpius fingió no escucharlo y miró a su alrededor. Si algo grave estaba pasando, pronto lo sabrían, estaba seguro. Encontraba irritante la situación y consideraba que tantas medidas preventivas eran exageradas y además causaban un temor innecesario en los estudiantes. Cuando regresó al compartimento de slytherin no tardó en notar que unos oficiales del Ministerio volaban a unos metros del tren, custodiándolo. Se preguntaba si había algo más tras todas aquellas medidas. Tal vez ya habían descubierto al traidor.
-¡Miren! ¡Allá va Rose!- dijo Megara señalando a la manada de Weasleys y Potters que tomaban dos carruajes y se organizaban. Scorpius vio cómo Albus ayudó a Rose a subirse al carruaje. Sus ojos azules recorrían el lugar con una curiosidad casi infantil. Podía sentirla: estaba intrigada. Poco después desvió la mirada.
-¡Rose!- gritó Alexander, elevando la mano y saludándola entre el gentío. Sin embargo, ella no lo escuchó. Lysander miró al slytherin con extrañeza.
-No me digan que se hicieron amigos de Rose en navidad.- dijo el rubio, sonriendo. – Vaya, cómo cambian las cosas en un par de días.
-Rose debe ser la única Weasley agradable.- dijo Megara. – Es inevitable no sentir simpatía por ella.
-Hey, hay otras Weasleys bastante agradables.- dijo Lysander y luego suspiró. – Como Chocolate.
-¿Choco…?- preguntó Megara levantando una ceja.
-Roxanne Weasley Johnson.- dijo Lorcan.
Alexander rió.
-En fin, Meg tiene razón: es imposible no sentir simpatía por Rose.- dijo el castaño.
-Díselo a Scorpius.- dijo Lorcan. – Él no sentía mucha simpatía por ella que digamos.
-Eso, querido, era antes.- dijo Megara, imitando a Astoria Malfoy. – Ahora son novios.
Scorpius miró a la morena con una expresión algo severa.
-No somos novios.- dijo en un tono firme y a la vez hastiado. – Ya estamos fuera de la mansión, no tenemos que seguir con esa farsa.
-¿Farsa?- preguntó Lorcan.
Alexander entornó los ojos.
-Es una larga historia.
Los carruajes tardaron un poco más de lo usual en partir hacia el castillo. Cuando llegaron, la entrada a Hogwarts fue infernal. Scorpius insistió en esperar a que la masa avanzara; no tenía intención alguna de entrar como un animal, entre empujones y golpes. Megara y Alexander lo apoyaron, pero Lorcan y Lysander optaron por unirse al alumnado porque les urgía reencontrarse con los Weasley y los Potter.
-Lily Potter y Roxanne Weasley.- dijo Megara, sacando la lengua. – No me parecen tan bonitas en realidad.
-Son muy lindas.- dijo Alexander, y luego se arrepintió al ver la mirada asesina de la morena. – Claro que no más que tú.
-Qué tierno.- dijo Megara, sonriendo falsamente. – No me engañas Nott.
Alexander sonrió y miró a Scorpius.
-¿Qué te pasa? Estás en otro lado.- le dijo.
El rubio se aflojó la corbata.
-Avancemos, el camino ya se despejó.- le dijo, como si no lo hubiese escuchado.
Cuando el trío por fin ingresó al castillo el caos había cedido. Atravesaron pasillos y escaleras relativamente vacías antes de llegar al comedor para almorzar. Unos metros antes de alcanzar las puertas, Scorpius notó que algo estaba sucediendo: desde afuera no se escuchaba nada, ni un solo murmullo. El silencio era tan denso que tanto Alexander como Megara se tensaron. No cabía duda de que algo grave sucedía tras esas grandes puertas.
Scorpius fue el primero en acelerar el paso, luego lo siguieron sus amigos. Cuando entraron, lo que vieron los hizo detenerse en seco.
Dos autoridades del Ministerio tenían a Ben Wilson, ex novio de Lucy Weasley, tomado por ambos brazos. El rostro del Ravenclaw estaba constreñido y sus ojos denotaban angustia y confusión. Todos en el comedor observaban la escena en completo silencio, estupefactos, incapaces de enlazar ideas dentro de sus cabezas. Mcgonagal se abrió paso entre los alumnos. Parecía furiosa.
-¡Esta no es la forma correcta de proceder!- les soltó, exaltada. - ¿Creen que pueden venir a esta institución y apresar a un alumno públicamente sin seguir ningún tipo de procedimiento?
Uno de las autoridades del Ministerio miró a Mcgonagal con indiferencia antes de responder:
-Este es el procedimiento.- le dijo. – Nos dijeron que ya habían hablado con usted, pero dadas las circunstancias…
La autoridad ministerial hizo un movimiento de cabeza a otro oficial que se encontraba en la entrada del comedor. Éste sacó de su túnica un pergamino que extendió frente a sí para darle lectura.
-Conforme a las leyes del Ministerio de Magia y su eminencia, el Ministro, se ha decretado que el alumno Ben Wilson Taylor de 7mo año del colegio Hogwarts de magia y hechicería sea apresado y llevado a las inmediaciones del Ministerio de Magia para ser interrogado y procesado por la entrega de información mágica a muggles durante crisis política.- leyó el oficial.- Dadas las pruebas irrefutables de su participación directa en dicho crimen, se lo juzgará de forma inmediata y de acuerdo a la ley mágica.
-¡Sé muy bien de qué se lo acusa!- exclamó Mcgonagal. - ¡Pero esta no es la manera!
Una de las autoridades mágicas frunció el ceño.
-No hay tiempo para delicadezas.- le dijo.- Y ahora, con o sin su permiso, nos retiramos. Hemos tomado las medidas requeridas.
Las autoridades mágicas halaron a Ben y empezaron a caminar hacia la salida del comedor. Axel Young, uno de los amigos más cercanos de Ben, intentó correr tras ellos pero otros Ravenclaw lo detuvieron.
-¡Lo hizo por su novia muggle!- gritó. – ¡Lo hizo para conseguir dinero muggle y ayudarla con el pago de una operación! ¡Ben no es un criminal!
Megara tomó a Scorpius y a Alexander y los empujó hacia atrás para que dejaran el camino libre a las autoridades mágicas.
En cuestión de segundos, desaparecieron.
3.-
Yo, Lucy
-Hasta que aparecieron.- dijo Louis. - ¿En dónde estaban?
Lorcan y Lysander sonrieron mientras se unían a los Weasley y Potter en la entrada del castillo. Los alumnos se acumulaban y empujaban unos a otros con la intención de liberar espacio. Hugo tenía a Rose agarrada de un brazo y servía de barrera, empujando a cualquiera que se acercara. Albus hacía lo mismo con Lily y Lucy, mientras que Fred y Louis protegían a Dominique y a Roxanne.
-Estábamos con Scorpius, Alexander y Megara.- dijo Lysander. – Sus mejores amigos.
-Claro.- dijo Hugo con sarcasmo. – Son como de la familia.
Lucy suspiró. No le gustaban los lugares excesivamente concurridos, por lo que siempre la llegada a Hogwarts era para ella un suplicio. Se pegó a Lily y juntas avanzaron entre el gentío. La masa dominaba pero poco a poco se iba distendiendo. Con ayuda de Lorcan y Lysander lograron abrirse paso aún con más facilidad, y pronto llegaron al gran comedor.
Lucy sonrió al pensar en la deliciosa comida que estaría esperándola en su mesa, pero pronto ésta se desvaneció. Adentro estaban dos autoridades del Ministerio y observaban de forma escrutadora a los alumnos mientras ingresaban al comedor. El alumnado entero se sentía cohibido y murmuraban por lo bajo. El ambiente era de completa tensión. Lucy frunció el ceño y se preguntó si la suposición de Albus sería cierta: si en verdad habían encontrado al traidor después de todo, y estaban esperando a verlo entrar al comedor para interceptarlo como en una de las películas policiacas que tanto le gustaban.
-Es suficiente.- dijo Fred, cruzándose de brazos. –Una cosa es que nos sigan en el tren, y otra que invadan el comedor.
-Exacto.- dijo Louis. - ¿Qué no saben que tenemos hambre?
Lucy escuchó su barriga rugir. Sí, definitivamente tenía hambre; pero también estaba intrigada respecto a lo que estaba sucediendo en el colegio. Quería saber lo que estaba pasando, a qué se debía todo aquel revuelo e intromisión del Ministerio en Hogwarts. Miró a Rose en busca de respuestas, pero la pelirroja parecía observar el lugar con la misma confusión que ella. Rose siempre había sido más analítica y perceptiva que cualquiera, si ella no entendía la lógica de los sucesos, Lucy estaba segura de que nadie podría hacerlo.
-Por las enormes y pobladas barbas de Merlín…- soltó Dominique.
Lucy miró a su prima y luego direccionó su propia mirada hacia lo que ella veía. Las autoridades mágicas habían empezado a caminar y avanzaban a la par directo hacia un grupo de chicos que acababan de ingresar al comedor. Lucy intentó divisarlos con claridad, pero Albus, Hugo, Lysander y Lorcan, quienes eran mucho más altos que ella, le entorpecían la visión. Lucy dio un respingo e intentó abrirse espacio. Mientras lo hacía, vio a Roxanne -quien estaba más adelante- voltearse para mirarla con una expresión extraña. Pocos segundos después, Rose hizo lo mismo.
Fue entonces cuando Lucy, aún sin ver nada, lo supo.
Hugo se dio la vuelta y tomó a la hufflepuff por los hombros.
-Lu, no es necesario que veas esto.- le susurró.
Lucy frunció el ceño y sacó fuerza de donde no tenía para hacer a un lado a Hugo y abrirse paso.
Sus ojos pardos se abrieron de par en par y su respiración se detuvo cuando vio a Ben siendo apresado por las autoridades mágicas.
-Ben…- soltó de forma inaudible mientras sus ojos se humedecían.
No, no podía ser cierto. Tenía que haber algún tipo de error.
Sintió una mano suave agarrando la suya, y luego, un susurro acariciándole la oreja:
-Lucy, aguanta.- le dijo una voz que identificó rápidamente como la de Rose.
Todo en su cabeza era pesado y en su garganta sentía una presión sofocante. Lucy permanecía boquiabierta, inmóvil, abstraída del mundo entero. De repente, sus manos empezaron a temblar. Quiso controlarlo, pero no podía tranquilizarlas. Rose las tomó entre las suyas y las apretó, dándoles calor, intentando hacer que Lucy regresara a la realidad.
Lucy no vio a Mcgonagal acercarse a las autoridades mágicas, y por la distancia tampoco pudo escuchar las palabras que intercambiaron. Sin embargo, escuchó cuando el oficial, desde la puerta, leyó la razón por la cual Ben estaba siendo apresado y su corazón se detuvo. Por un momento creyó que todo era una farsa, una broma, una actuación elaborada para un público poco exigente. Aquello no podía ser verdad. Lucy clavó sus ojos pardos en el rostro de Ben: sus facciones estaban lívidas y entristecidas, pero no parecía sorprendido. Era casi como si hubiese estado resignado hacía mucho tiempo.
-Lu, ¿estás bien?- preguntó Dominique, a su lado.
-Por supuesto que no lo está.- dijo Lily, irritada. – Qué pregunta.
-Lily no tienes por qué ser tan agresiva.- dijo Roxanne, defendiendo a Dominique.
-No estoy siendo agresiva.- dijo Lily, sesgando la mirada.
Lucy cerró los labios y contuvo las lágrimas al ver cómo las autoridades mágicas se llevaban a Ben. Luego, escuchó la voz de Axel Young elevándose por el comedor:
-¡Lo hizo por su novia muggle! ¡Lo hizo para conseguir dinero muggle y ayudarla con el pago de una operación! ¡Ben no es un criminal!
Lucy cerró los ojos.
Después de eso, no escuchó nada más.
4.-
La cena fue tensa y bulliciosa. Todos los alumnos desde sus mesas comentaban el asunto, y el chisme se iba extendiendo por doquier. Debido a la situación, los Weasley y los Potter insistieron en que Lucy se sentara en la mesa gryffindoriana, en donde le hicieron espacio. La hufflepuf permanecía silenciosa y abstraída, sin embargo, en su semblante se hacía evidente la tristeza que estaba sintiendo. Para Rose, aquello era preocupante: hacía ya algún tiempo que no veía a Lucy mal por el asunto de Ben, y ahora, aquello había regresado para abrir viejas heridas en su prima. No sabía en realidad cómo era que todo lo sucedido estaba afectando a Lucy; no tenía idea de cómo ella se sentía al respecto, pero podía adivinar por sus ojos que el asunto no le era indiferente.
De repente, Lily dejó caer su servilleta sobre la mesa.
-Muy bien, cortemos con esta idiotez.- dijo mientras clavaba sus ojos en Lucy. – Si vas a volver a escapar al bosque prohibido en medio de una tempestad por culpa de ese retrasado será mejor que nos avises ahora, así nos ponemos de acuerdo con los slytherins para que nos ayuden a rescatarte otra vez.
-¡Lily!- la reprendió Albus.
-Lo siento, pero me cansé de consolarla.- dijo Lily. – Ya fui su paño de lágrimas y creo que ya es tiempo de que sea fuerte respecto a este tema. Además, no tengo la menor intención de volver a pasar por la preocupación que nos hizo pasar ese día cuando decidió perderse en el bosque.
Lucy, quien para entonces había salido de su abstracción, miró a Lily con cierta lejanía.
-No volverá a pasar, puedes estar tranquila.- le dijo con suavidad, y siguió comiendo.
Un nuevo silencio se instauró en ese sector de la mesa. Nadie sabía muy bien qué decir. Fred, quien había estado moviéndose de un lado a otro en busca de información, regresó al grupo con un semblante poco animado.
-¿Y?- preguntó Hugo.
-Y…- dijo Fred, mirando de reojo a Lucy. – Axel Young dice que la novia muggle de Ben está enferma, y su familia no tiene muchos recursos económicos.- Fred hizo una pausa para mirar a Lucy, pero la hufflepuf seguía comiendo sin mirarlo en lo absoluto. - …Ben estaba desesperado por conseguir dinero muggle, y le pareció la forma más eficaz.
-Y la más estúpida.- dijo Louis.
-Pues sí.- dijo Fred. – Axel dice que lo hizo porque en el mundo muggle están pagando gran cantidad de dinero por ese tipo de información. De ese modo pudo conseguir dinero suficiente para la operación de la muggle. Fue descuidado y dejó la correspondencia que intercambiaba con su novia en la habitación de su sala común. Cuando hicieron el registro en busca de pistas, encontraron las cartas.
-Es un retrasado, tal y como lo dije.- reiteró Lily, cruzándose de brazos.
Entonces, Lucy habló:
-No.- dijo en voz alta para que todos sus primos la escucharan. Despegó sus ojos de la comida y los elevó hacia el grupo. – No es un retrasado: es una buena persona. Solo quiso ayudar a su novia. Debe quererla mucho.
Todos miraron a Lucy algo confundidos y expectantes. Ninguno en la mesa parecía entenderla, o identificar lo que estaba sintiendo en aquellos momentos. Era difícil leerla, y por ende, no sabían qué decir o hacer por ella.
Lucy se limpió delicadamente los labios con la servilleta y se puso de pie. Rose notó que varios ojos en el comedor se fijaron inmediatamente en ella.
-Tengo mucho en qué ponerme al día, buen provecho.- dijo la hufflepuf, y caminó hacia la salida del comedor.
Hugo soltó aire.
-Vaya, eso sí ha sido incómodo.- dijo el castaño.- ¿Alguien me puede explicar si está triste, molesta, decepcionada, melancólica, o qué demonios le pasa?
-¿Creen que aún esté enamorada de él?- preguntó Louis.
Durante varios segundos, nadie dijo nada. Fue Rose quien de repente, rompió el silencio:
-Es un tema importante y delicado para Lucy.- dijo la pelirroja, pensativa. – Es lo que sabemos, y es todo lo que necesitamos saber. Hay que estar pendientes.
Todos asintieron, encontrando lógica en las palabras de Rose. La pelirroja se llevó un rizo atrás de la oreja , de repente, sintió unas cosquillas extrañas en el pecho. Levantó la mirada y sus ojos azules se chocaron con los metálicos de Scorpius. Por un momento sintió cómo sus piernas se transformaban en gelatina y su respiración comenzaba a acelerarse. Quiso rehuir de la mirada del rubio, pero no pudo hacerlo. Scorpius sabía capturarla como en un anzuelo con sus ojos grises y profundos, fríos y cálidos a la vez. El slytherin hizo un movimiento con la cabeza indicándole la salida del comedor y se puso de pie. Rose lo vio salir con convicción del salón y rememoró todas aquellas veces en las que el rubio la había hecho salir intempestivamente. Al parecer, nada había cambiado demasiado.
Después de unos minutos, Rose se puso de pie al sentir con intensidad la impaciencia de Scorpius. También recordó cómo una vez cuando ella se negó a salir tal y como él lo exigía, el rubio ingresó dispuesto a discutir con ella frente a sus primos sin importarle de modo alguno las consecuencias. Sabía bien lo persistente que el slytherin podía llegar a ser cuando se trataba de conseguir lo que quería. Rose no tenía intención alguna de arriesgarse.
-¿A dónde vas?- preguntó Hugo al ver a su hermana poniéndose de pie.
-Acabé de almorzar y tengo muchas cosas qué hacer mañana.- dijo la pelirroja con naturalidad.
Louis se cruzó de brazos.
-Rosie, creo que deberías intentar averiguar qué está pasando por la mente de Lucy.- dijo el rubio.
Lily entornó los ojos.
-Sí, por favor.- dijo la pelirroja. – Hazlo antes de que esta vez intente lanzarse al lago o algo por el estilo.
Rose la miró con dureza.
-Lily, no tienes que se tan dura con ella.- le dijo en un tono severo.
Todos se mantuvieron en silencio. Pocas eran las ocasiones en las que alguien se le enfrentaba a Lily y lograba hacer que ella no respondiera de vuelta. Lily entornó los ojos y siguió comiendo, ignorando a su prima. Rose suspiró y siguió su camino hacia la salida del gran comedor.
En el camino, comenzó a ponerse nerviosa.
De nada había servido decirse a sí misma que debía estar preparada: en realidad no creía estarlo. Enfrentarse a Scorpius tras lo que había sucedido y recibir un rechazo inminente sin duda alguna la lastimaría. Rose se odió a sí misma en ese momento: ¿por qué tenía que ser tan frágil y débil cuando se trataba de Scorpius? Sus sentimientos por él eran tan fuertes que la dominaban. Lo razonable habría sido no permitir que las cosas llegaran tan lejos con el slytherin, y sin embargo, lo había permitido.
¿Qué querría decirle Scorpius?, pensó. Mientras atravesaba el umbral de las puertas del comedor hacia el pasillo, sus mejillas se encendieron y sus corazón comenzó a latir de forma acelerada. Siguió caminando como si nada pasara, pero por dentro creía estar a punto de desfallecer. Su nerviosismo llegó a tal punto que estuvo a un paso de dar la vuelta y correr de regreso a la seguridad del comedor, pero entonces, desde una esquina, una voz que le erizó la piel la detuvo en seco:
-Tardaste.- le dijo el rubio. Rose se dio la vuelta y lo vio apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y sus ojos metálicos fijos en ella. – Sabes bien que no me gusta que me hagan esperar.
Rose tragó saliva y se llevó un rizo atrás de la oreja. Su respiración era pesada, pero trató de ocultarlo lo mejor posible.
-No podía abandonar el comedor justo después de que saliste o se vería extraño.- dijo ella, y se detuvo, desconcentrada, cuando notó que los ojos de Scorpius la recorrieron de arriba abajo con inexpresividad, mas con algo intenso en su mirada. Sentirlo era difícil cuando sus propios sentimientos la desbordaban y no conseguía ordenarlos del todo. Volvió a tragar saliva y se humedeció los labios de forma nerviosa. – Y bien, ¿para qué querías que saliera?
Scorpius volvió a encontrar los ojos de Rose y los miró fijamente durante algunos segundos que para la pelirroja fueron una eternidad.
-Cómo está tu prima- preguntó el slytherin, pero eliminando el tono de pregunta y haciendo sonar la frase como un simple comentario.
Rose pestañeó varias veces, algo confundida.
-¿Cuál de todas?- preguntó.
Scorpius entornó los ojos.
- ¿De quién crees que podría estar hablando ahora?- le soltó con algo de hastío. – De la de cabeza naranja, por supuesto.
Rose continuó mirándolo, extrañada.
-Pues…no lo sé.- dijo ella. – No creo que esté contenta, pero tampoco sé qué tanto le h afectado esto.
-Pero te tiene preocupada.- aseveró Scorpius, penetrándola con la mirada. – Puedo sentirlo.
Rose bajó la mirada. No entendía qué clase de conversación estaban teniendo. ¿Estaba Scorpius evadiendo el tema de lo que había sucedido entre ellos en el tren? ¿Es que acaso lo iban a dejar así y no iban a hablar de ello? Quizás, para Scorpius no había sido nada más allá de sexo. Después de todo, nunca establecieron estar en una relación; él solo le dijo que se sentía intensamente atraído hacia ella. Eso no significaba nada.
-Lucy siempre va a preocuparme.- dijo Rose. – Es mi prima.
-Entiendo por qué te preocupas, es bastante tonta.- dijo Scorpius, esbozando una media sonrisa. – No he olvidado lo del bosque.
"Pero al parecer otras cosas sí", pensó Rose y miró hacia la puerta del comedor. Se sentía algo incómoda y temía que alguien saliera y pudiera verlos. Estaban demasiado expuestos, y aunque solo conversaban, después de lo de navidad Rose no quería darle razones a sus primos para que sospecharan algo que en definitiva, ni siquiera ella estaba segura de que existía.
La pelirroja suspiró.
- No entiendo a qué se debe todo esto.- comenzó. – Es decir, sigo sin entender por qué me sacaste del comedor…
Scorpius se despegó de la pared y Rose contuvo la respiración, pero contrario a lo que pensó, él no se le acercó y se limitó a introducir ambas manos en los bolsillos de su pantalón.
-A veces pienso que eres algo lenta mentalmente, Rose.- dijo el rubio. – Pude sentir toda tu preocupación, por eso te hice salir; para decirte que no tienes por qué preocuparte, si algo pasa con tu prima, me encargaré de ello otra vez.
Rose entreabrió los labios, confundida, y frunció ligeramente el ceño.
-¿Encargarte de Lucy?
-Las cosas no han cambiado.- dijo Scorpius. – Sigue molestándome sentir tu estrés emocional. La única forma de lidiar con ello es ponerle fin con mis propias manos, así como lo hice aquella vez cuando fui a sacar a tu prima del bosque. Estaré pendiente.
Rose se humedeció los labios.
-No es necesario que hagas eso.
Y Scorpius selló la conversación con una última y definitiva frase:
-Quiero hacerlo.
Rose se mantuvo en silencio durante algunos segundos. De todas las veces en las que se había quedado perpleja por la actitud del rubio, aquella sin duda superaba a todas. Leer a Scorpius jamás había sido tan difícil: ¿lo hacía porque quería ayudarla? ¿significaba eso que le importaba? Y sin embargo, su actitud hacia ella no parecía haber cambiado demasiado, tampoco habían tocado del tema de lo sucedido en el tren.
Rose estuvo a punto de decir algo, pero entonces, Scorpius dio dos pasos hacia ella, cerrando la distancia a una mínima y la gryffindoriana se petrificó. Los ojos metálicos del rubio permanecieron fijos en los de ella, profundos, intensos, misteriosos. Rose contuvo la respiración.
-Por cierto.- le dijo casi susurrándoselo. – Lo que está pasando entre nosotros no cambia nada en cuanto a la competencia. Sigo con la intención de derrotarte.
Rose sintió el corazón en la garganta cuando Scorpius se inclinó hacia su oreja, permitiendo que sus rizos rojos le rozaran el rostro y que su aliento cayera por el cuello de la gryffindoriana. El rubio aspiró su aroma sin tocarla en lo absoluto, y por un momento Rose perdió la noción de la realidad.
-No voy a ser suave contigo, Rose.- le susurró. – No importa cuánto me gustes. No hay nada que quiera más que ganar esta competencia.
Rose lo sintió alejarse nuevamente y retroceder dos pasos. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras adecuadas de forma rápida así que un nuevo silencio se levantó entre ellos. Pocos segundos después, la voz del profesor Malone los hizo voltear hacia el fondo del pasillo.
-Vaya, qué oportuno.- dijo Malone, mirándolos. – Justo iba a buscarlos. Síganme, las vacaciones han terminado y la competencia se reanudará inmediatamente.
5.-
Yo, Megara
Megara saltó un peldaño y cayó con la agilidad de un gato sobre el frío suelo del pasillo. Caminó despreocupadamente unos cuantos metros y luego entró a la enfermería. Había estado a punto de saltarse aquella última revisión, estaba cansada y quería ir directo a la cama después de cenar, pero Alexander la forzó a visitar la enfermería y traerle una autorización firmada por la misma Madame Pomfrey asegurándole que ella podría jugar quidditch otra vez. Megara suspiró. Alexander podía ser un verdadero fastidio a veces.
Claro que nadie le ganaba a Scorpius en cuanto a ser un fastidio de los grandes. Y en realidad, por eso decidió hacerle caso a Alexander; porque si Scorpius llegaba a enterarse de que ella se había saltado la última revisión, se armaría un problema enorme e innecesario.
Eso le pasaba por no tener amigas mujeres: demasiada testosterona, demasiada sobreprotección. Por Merlín, ¿quién les habría dicho a los hombres que las mujeres son débiles y no pueden cuidarse solas?
"Qué fastidio", pensó Megara mientras entraba a la enfermería.
- He venido, aunque no lo crea.- le dijo.
Madame Pomfrey le sonrió.
-Siéntese señorita Zabini, en un momento la atiendo.
Megara caminó hacia una cama y luego de alisar un poco la sábana, se sentó sobre ésta.
"Al menos después de esto podré jugar mañana en el partido contra Ravenclaw sin inconvenientes", pensó.
Una sonrisa fresca se dibujó en su rostro.
Yo, Albus
Albus había ido inmediatamente después de la cena a la enfermería. Quería una pomada que relajara sus músculos para así estar listo para entrenar durante la semana. No la tenía fácil: si Slytherin ganaba a Ravenclaw otra vez, les tocaría jugar contra las serpientes, y tenía que admitirlo, eran muy buenas en el campo de juego.
Era curioso, pero incluso en los peores momentos el quidditch lograba relajarlo y motivarlo. Después de lo de Lucy había quedado preocupado y apenado por su prima, sin embargo, le bastó pensar en los próximos partidos y su mente se liberó de tensiones y preocupaciones vanas. Su padre tenía razón: el quidditch era más que un juego, era una pasión.
-Señor Potter, no estoy autorizada a darle medicamento a menos de que en verdad lo necesite.- dijo Madame Pomfrey.
Albus la miró con sus grandes y brillantes ojos verdes que reflejaban madurez y sobriedad.
-Sé que son las reglas.- le dijo. – Pero también sé por qué están hechas: para alumnos que utilizan las medicinas para otro tipo de fines. Yo no soy así. En verdad solo quiero untarme la pomada en la espalda para liberar tensión muscular. Es todo.
Madame Pomfrey miró a Albus dubitativamente durante algunos segundos y luego soltó aire mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.
-Por Merlín, qué parecido eres a tu padre.- le dijo. – Está bien, está bien, te lo permitiré solo por esta vez. ¡Pero será la última, Potter!, búscala en el armario del fondo.
Albus sonrió y le agredeció a Madame Pomfrey justo antes de caminar hacia el fondo de la enfermería. El armario estaba justo detrás de una cortina, y eran grande con puertas metálicas y frías al tacto. Albus lo abrió y empezó a buscar cuando reconoció una voz femenina haciendo eco en el lugar:
-He venido, aunque no lo crea.
Albus se inclinó levemente y por un resquicio de la cortina vio a Megara Zabini, quien se sentaba sobre una cama y apoyaba sus manos sobre las sábanas despreocupadamente. Albus se preguntó si ya estaría mejor de su tobillo, esperaba que sí. Vio a Madame Pomfrey tomar un instrumento extraño y dirigirse hacia la morena. Megara frunció el ceño.
-¿Otra vez eso?- le preguntó a Madame Pomfrey.
-Sí, otra vez eso.- le respondió la enfermera.
Albus se alejó de la cortina y continuó buscando el frasco con la pomada que necesitaba, pero procurando no hacer ningún ruido. Al principio se sorprendió a sí mismo, no entendía por qué estaba ocultando su presencia en la enfermería; pero luego comprendió que lo hacía porque estaba intentando ahorrarse un problema. Las cosas con Megara Zabini no habían quedado precisamente bien, y estaba convencido de que ella no estaría cómoda con su presencia en la enfermería. Podía ahorrarle esa incomodidad.
-Mmm…- dijo Madame Pomfrey. – Me temo que te tengo una mala noticia.
La voz de Megara sonó cansada y frustrada:
-No por favor, no me diga que tengo que descansar mi brazo durante más tiempo.- dijo la morena. - ¡No es justo! Tengo un partido mañana y…
-Me temo que es mucho más grave que eso.- dijo la enfermera, y entonces, Albus dejó de buscar en el armario.
-No entiendo.- dijo Megara, bajando el tono de voz.
-Verás…a veces, cuando hay fracturas de huesos, se lastiman también músculos y articulaciones. A veces, no se pueden curar de todo…si los daños han sido grandes.
-Pero ya estoy curada.- dijo Megara. – Puedo mover el brazo con normalidad. Además, no me duele…
-No se trata de eso.- dijo Madame Pomfrey. – Estás bien, el problema es que no puedes hacer ningún tipo de deporte porque puedes dañar permanentemente la movilidad de tu brazo.
-¿Durante cuánto tiempo?- preguntó Megara.
Albus volvió a fijar su mirada por el resquicio de la cortina. Pudo ver a Madame Pomfrey algo apenada, y a Megara mirándola con expectativa.
-Lo siento, pero no puedes volver a jugar quidditch nunca más.- le dijo la enfermera. – Ni quidditch, ni ningún otro deporte que exija esfuerzo en tus brazos. Mucho menos montar una escoba.
Albus se alejó de la cortina y permaneció estático durante algunos segundos. La noticia lo había impactado, y a la vez, perturbado de gran manera. No podía siquiera imaginar lo terrible que debía ser no poder jugar quidditch nunca más, y parecía que Megara amaba tanto el quidditch como él. Un sentimiento de profunda culpabilidad comenzó a embargarlo: aunque había sido un accidente, él era el culpable directo de lo que le estaba sucediendo a Megara. Él y nadie más.
Al no escuchar ninguna voz, Albus volvió a espiar por la cortina.
Megara se había ido.
6.-
Rose y Scorpius entraron a la oficina de Malone cuando él les abrió la puerta. Adentro, la pelirroja recordó aquellas tardes en las que ambos leían el libro de la biografía de Merlín. Allí fue, recordó, cuando empezaron a llevarse mejor.
Scorpius se aflojó un poco la corbata, despreocupadamente, y observó el lugar con algo de aburrimiento. Rose se preguntó qué estaría pasando por la mente del slytherin. Aún no entendía qué era específicamente lo que existía entre ellos: no sabía si estaban en una relación, si él la quería, o si por el contrario no tenían nada y él la encontraba atractiva pero nada más.
Rose tampoco pensaba preguntárselo.
Preguntar equivaldría, tal vez, escuchar una respuesta que no quería oír.
No, lo mejor era dejar que las cosas fluyeran. Al menos durante algún tiempo, hasta que reuniera las fuerzas suficientes para acabar con aquello. Porque a ella no le iban las relaciones casuales; no sabía separar sentimientos de una relación puramente física. Eso seguramente era algo normal para Scorpius, y para muchos. Pero no para ella. No se arrepentía de haber tenido su primera vez con Scorpius porque de alguna u otra forma se había sentido correcto, y además, porque ella sí tenía sentimientos profundos hacia él. Pero si esos sentimientos no podrían ser correspondidos jamás, Rose creía que lo mejor, a la larga, sería tomar distancia.
Claro que eso era algo imposible por el momento, desde cualquier perspectiva que se lo observase.
Malone se aclaró la garganta mientras se sentaba frente a su escritorio.
-Bien.- comenzó. – He recibido una carta de Ásban, y mañana, después del partido de Slytherin contra Ravenclaw, los dos partirán a la isla de Avalon.
Rose y Scorpius entreabrieron los labios simultáneamente y permanecieron perplejos, mirando a Malone en completo silencio.
-Como lo escucharon.- repitió Malone, algo incómodo por las miradas de los dos competidores.
-Pero…- dijo Rose, con suavidad. - ¿A Avalon?
-Sí, así es.- repitió Malone.
-No tiene sentido.- dijo Scorpius. - ¿Por qué en la competencia de Merlín querrían que fuéramos a la isla en donde recluyeron a Morgana la Fey?
Malone suspiró.
-Yo qué sé. – les respondió, hastiado. – Dudo que nadie lo sepa, solo Merlín, que fue quien inventó las pruebas.- Malone abrió un pergamino y lo leyó sin mucho interés. – Hagan sus maletas, estarán fuera de Hogwarts durante cuatro días.
-¿Cuatro días?- preguntó Rose, espantada. - ¿Y las clases?
Scorpius sonrió.
-Tranquila Rose, aunque no lo creas, el mundo no se acaba por unas cuantas clases perdidas.
Malone entornó los ojos.
-Los profesores están informados de la razón de su inasistencia. De modo que no tiene por qué angustiarse, señorita Weasley.- se puso de pie. – Pueden retirarse, eso era todo.
Scorpius se dio media vuelta para salir, pero Rose permaneció en el mismo sitio, mirando a Malone con algo de confusión.
-Pero…¿y la pista para la siguiente prueba?- preguntó.
Scorpius se detuvo en el umbral de la puerta y miró a Malone, interesado también en la respuesta a esa interrogante.
-No lo sé. Allá en Avalon, seguramente, serán informados al respecto.
Rose pestañeó un par de veces y se dio la vuelta para salir. Scorpius la esperó y la dejó cruzar el umbral primero. Con una ligera reverencia, el slytherin se despidió de Malone y cerró la puerta.
Ya en el pasillo, los dos empezaron a rehacer el camino hacia las salas comunes.
-Avalon…- murmuró Rose. – Es muy extraño.
-Lo es.- dijo Scorpius. – Pero podremos aprovechar nuestra estancia allí para averiguar más sobre esa profecía perdida de Morgana, y también para planear cómo descubrir quién puso los anillos en tu sobre.
Rose miró a Scorpius mientras seguían caminando. Su perfil era perfecto y se veía suave con la tenue luz de las antorchas. Se humedeció los labios y se llevó, nerviosamente, un riso tras la oreja.
-Hay algo que me preocupa.- dijo la pelirroja, intentando disipar los recuerdos de lo sucedido en el tren de su mente. – Si los anillos fueron hechos por Morgana, entonces, ¿qué sucede si los efectos secundarios (los cuales seguimos desconociendo) acaban siendo terriblemente negativos sobre nosotros?
-Es por eso que debemos apresurarnos.- dijo Scorpius.
Justo en ese momento llegaron a un cruce de pasillos en donde debían separarse para ir cada uno a su respectiva sala común. Rose se detuvo y miró tímidamente al slytherin.
-Nos vemos mañana.- le dijo, y se dio la vuelta.
Entonces, sintió la mano de Scorpius tomando la suya y halándola hacia atrás. Rose soltó un suspiro de sorpresa y volteó para colisionar contra el cuerpo del slytherin, quien de inmediato la tomó por la cintura y atrapó sus labios entre los suyos.
Rose perdió todo el aliento.
Scorpius la besó intensamente, como si hubiese estado conteniéndose durante mucho tiempo; como si no hubiesen estado juntos hacía unas pocas horas. Su deseo quemó a Rose por dentro; podía sentir a Scorpius con claridad. El rubio introdujo su lengua en la boca de la gryffindoriana y ella soltó un gemido. Poco a poco la fue haciendo retroceder hasta que la espalda de Rose chocó contra la pared. Ella se aferró a los hombros de Scorpius y gimió cuando él bajó su mano derecha hacia su pierna, acariciándola debajo de la falda, clavando las yemas de sus dedos en los muslos de la pelirroja. Rose soltó un suspiro dentro de la boca de Scorpius. Él hizo su camino por la barbilla de la pelirroja, besándola, y bajó por su cuello hasta que finalmente se hundió en él, aspirando ese aroma que lo enloquecía por completo. Ella se estremeció.
Scorpius volvió a subir y miró fijamente a Rose, quien aún temblaba en sus brazos. Sus mejillas estaban intensamente sonrojadas.
-Buenas noches, Rose.- le dijo en voz baja.
Lentamente, Scorpius la fue soltando, y cuando sus manos ya no la sostuvieron más, retrocedió.
Rose permaneció apoyada en la pared durante varios segundos después de que el slytherin desapareció por el pasillo contrario, preguntándose si lo que sentía en el pecho latiendo como un tambor eran sus sentimientos o los del rubio, o los dos juntos mezclándose. Cerró los ojos. Algo le decía, muy en el fondo de sí misma, que estaba atrapada en una celda, sola, y que Scorpius la observaba desde afuera con la llave en el bolsillo.
7.-
Albus salió de la enfermería apesadumbrado y pensativo. No podía dejar de pensar en Megara y en la terrible noticia que Madame Pomfrey le había dado. Tampoco podía dejar de sentirse culpable.
Al girar por la esquina del pasillo se detuvo bruscamente. Megara estaba a unos metros sentaba en el suelo, con la espalda recostada sobre la pared y la mirada perdida. Lágrimas corrían por sus mejillas blancas, pero no sollozaba. Albus estuvo seguro de que jamás había visto a alguien más triste en toda su vida.
El moreno respiró profundo y se dispuso a dar la vuelta y tomar otro camino, pero entonces se dio cuenta de que no podía hacerlo. Se pasó una mano por el cabello negro azabache, voluminoso y despeinado, y clavó sus ojos verdes en Megara.
Tomó aire y caminó hacia la slytherin.
Megara, quien había estado abstraída por completo del entorno, al escuchar el eco de los pasos del gryffindor levantó la mirada. Cuando vio a Albus, en sus ojos la tristeza se disipó para mostrar frialdad y algo de rabia. Desvió la mirada hacia el otro lado del pasillo, negándose a verlo, y cuando escuchó los pasos detenerse cerca de ella, se limpió las lágrimas con la mano derecha y se puso de pie.
-Espera.- dijo Albus, tomándola del brazo.
Megara se soltó bruscamente de él.
-Mira Potter, no estoy de humor.- le dijo. – No tengo ganas de hablar con nadie, mucho menos contigo.
Albus frunció un poco el ceño y Megara notó que sus cejas negras contrastaban con sus ojos verdes y brillantes.
-Yo estaba en la enfermería cuando Madame Pomfrey te dijo lo de tu tobillo.- dijo Albus.- Escuché todo.
Los ojos de Megara volvieron a llenarse de lágrimas y se volteó bruscamente, dándole la espalda al moreno.
-Métete en tus propios asuntos, Potter.- le dijo.
Albus respiró profundo y se rascó la cabeza.
-Solo quiero decirte que en verdad siento por lo que estás pasando.- le dijo con suavidad. – Es mi culpa.
-Cállate Potter.- dijo Megara, aún dándole la espalda. – No fue tu culpa.
Albus se mantuvo en silencio, algo sorprendido por las palabras de la slytherin. Hasta hacía poco ella lo acusaba por el accidente, y ahora, parecía haber cambiado por completo de opinión. No entendía a qué se debía.
-Creí que pensabas que lo hice apropósito.- dijo Albus.
Megara suspiró y se volteó. Sus ojos oscuros estaban húmedos pero insistían en ser fuertes y firmes. Albus nunca había visto a una chica tan decidida en no mostrar sus debilidades.
-Lo creí.- dijo la morena, irritada. – Antes. Ahora ya no.
-¿Puedo saber por qué?- preguntó el moreno.
-Porque antes yo creía que todos ustedes, los gryffindors, eran unos idiotas segregadores.- dijo la morena con dureza. – Pero…digamos que tras pasar navidad en casa de Scorpius con tu prima Rose, tengo que reconocer que no todos son así. Y en verdad creo que nunca escuché tus disculpas ni las tomé en serio. Te creo. Fue un accidente, ahora, si no te importa, me gustaría estar sola.
Megara volvió a apoyarse contra la pared y cerró los ojos. Albus se mantuvo en su lugar, en silencio. Sabía que ella quería estar sola, pero por alguna extraña razón, no podía dejarla. Se pasó una mano por el cabello oscuro y la miró. Su rostro era dulce y delicado. Contrastaba bastante con su carácter.
-¿Vas a quedarte aquí?- preguntó el moreno. – Es tarde.
Megara abrió los ojos y lo miró con algo de fastidio.
-Sé que es tarde, no soy nueva en este colegio.- le dijo, irritada.- Voy a quedarme un rato más.
Megara se dejó resbalar por la pared al suelo nuevamente. Albus continuó mirándola en silencio.
-Voy a pedirte una cosa, Potter.- dijo la morena. – Por favor, no le digas a nadie lo que escuchaste en la enfermería. Es mí asunto, no quiero que nadie más me tenga lástima.
-No te tengo lástima.- dijo Albus.
-Sí claro.- dijo la morena. - ¿Entonces por qué estás aquí mirándome con compasión?
Albus bajó la mirada y suspiró.
-Prometo no decirle a nadie, puedes confiar en mí.- dijo el moreno.
Megara descansó la cabeza contra la pared y lo miró con cansancio.
-Ve tranquilo, sigue con tu vida.- le dijo la morena. – Soy una slytherin, no voy a morirme por esto. Eso es más algo típico de los hufflepufs. Sobreviviré.
Albus esbozó una sonrisa.
-Mi prima Lucy es una hufflepuf, y es bastante fuerte.- dijo el moreno.
-Claro, olvidé que tu familia es la mitad de Hogwarts.- comentó Megara, entornando los ojos.
Albus se sentó junto a la slytherin en el suelo y ella lo miró con confusión e irritación.
-¿Qué crees que haces?- le preguntó.
-Voy a acompañarte.- dijo Albus, sacando del bolsillo de su pantalón una funda de maní. - ¿Quieres?
Megara, quien estaba boquiabierta, negó con la cabeza.
-No, lo que quiero es estar sola.- le dijo. – Sola.
Albus se metió un maní a la boca y miró al frente. Por el cristal de la ventana entraba la tenue luz de la luna. El cielo era despejado. Era, sin duda, una noche hermosa.
-No, no quieres estar sola.- le dijo el moreno. – Nadie quiere estar solo.
Megara lo miró extrañada. Había algo en las palabras de Albus que lograron conmoverla y entristecerla a la vez. El gryffindor tenía una voz grave y madura, tibia, reconfortante. No entendía por qué estaba siendo tan amable con ella, probablemente por la culpa; pero no se sentía tan invadida como en un principio, y tal vez, solo tal vez, aceptaba su presencia.
-¿No te molesta que mi apellido sea Zabini?- preguntó Megara. – ¿No sientes que puedo llevarte al lado oscuro?
Albus sonrió.
-¿No te molesta que me apellido sea Potter?- le preguntó. - ¿No sientes que puedo cegarte con mi luz?
Megara rió y el moreno también durante varios segundos. Sus risas hicieron eco en el pasillo vacío, que de repente, ya no parecía tan solitario.
-Potter, eres una ladilla.- dijo Megara. – Quiero que lo sepas. Y quiero que sepas que solo te aguanto porque me cae bien un miembro de tu familia, Rose.
Albus sonrió.
-Y tú eres bastante gruñona para ser tan joven. Quiero que lo sepas.
Megara entornó los ojos.
-No tengo ganas de hablar sobre cómo me siento.- le dijo. – No soy esa clase de personas. Hablar de mis sentimientos no me hace sentir mejor, así que pierdes tu tiempo.
Albus lanzó un maní al aire y lo atajó con su boca.
-Entonces no hablemos.- le dijo. – Me gusta el silencio.
Megara lo miró con el ceño fruncido.
-¿Por qué haces esto?- le preguntó.
Albus no la miró al responder y solo se encogió de hombros.
-No lo sé.
Estuvieron allí sentados, mirando a través del cristal de la ventana del pasillo durante media hora más, y luego, Megara se puso de pie y se despidió para ir directo a su sala común.
Cuando llegó, nadie la esperaba.
7.-
Rose entró a su habitación y suspiró. En su cabeza todo era un lío. Se llevó una mano al vientre: se sentía extraña, su cuerpo se sentía extraño. Incluso al caminar sentía algo diferente. Se sonrojó intensamente al recordar lo sucedido en el tren. La forma en la que Scorpius la había besado y tocado por todas partes…un estremecimiento le recorrió la espina dorsal y meneó la cabeza.
Era mejor que se acostara a dormir.
Entonces recordó el anillo, descansando en el bolsillo de su túnica.
"Por Merlín, ni en sueños puedo librarme de él", pensó.
Después de ponerse la pijama se colocó el anillo. El dedo le dolía un poco por las quemaduras que recibía del anillo hirviendo al levantarse. Se soltó el cabello y apagó la luz del velador.
En cuestión de minutos, se sumergió en un profundo sueño.
Sueño #8
Rose abrió los ojos y recibió la fresca brisa de Camelot en el rostro. Estaba en el salón del trono y Uther, pálido pero evidentemente recuperado, se encontraba sentado en el trono. Las ventanas estaban abiertas para que el aire circulara. Arturo, Morgana y Guinevere permanecían de pie junto a Uther, y más allá, estaban los sirvientes (incluído Merlín) y algunos soldados. Scorpius se encontraba al otro lado de la estancia.
De repente, las puertas se abrieron y Gaius entró al salón. Sus pasos hicieron eco en el lugar.
-Gaius.- dijo Uther.
-Señor.- dijo el anciano, haciendo una reverencia.
-No perdamos el tiempo y di lo que tengas que decir.- dijo Uther. - ¿A qué se debe mi enfermedad?
Rose notó cómo Arturo se tensó, preocupado.
Gaius se aclaró la garganta.
-No hay tal enfermedad.- dijo en voz alta. – Se trata de hechicería.
Morgana empalideció y todos parecieron espantarse antela declaración del anciano. Scorpius dirigió su mirada hacia Merlín. El moreno no parecía estar sorprendido. Era evidente que le había contado a Gaius su descubrimiento.
"Así que piensa ponerse totalmente en contra de Morgana esta vez", pensó el rubio.
-¿Qué dices?- preguntó Uther.
-Encontré en uno de los vasos en reales, el suyo específicamente, una semilla de extraña procedencia, muy peligrosa, que es cultivada con pociones mágicas.- dijo Gaius. – Hay un traidor entre nosotros.
Uther dio un golpe en el brazo principal del trono y Morgana dio un pequeño salto. Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par, aterrados ante la posibilidad de ser descubierta.
Rose, al otro lado del salón, podía sentir la agitación de la morena y su corazón comenzó a acelerarse.
-¿Quién es?- exigió Uther, furioso. - ¡Dímelo Gaius!
Gaius miró a Merlín y el moreno le devolvió la mirada con firmeza. El anciano volvió a dirigir su atención al rey.
-No lo sé.
Scorpius vio cómo Merlín adquiría una postura de completa sorpresa y indignación, como si no pudiera creer que Gaius no hubiese dicho que era Morgana la traidora en el castillo. Sin embargo, se mantuvo callado, aunque ansioso y confundido. Morgana, por el contrario, parecía haber vuelto a respirar y el color empezaba a regresar a sus facciones temerosas.
Uther apretó los labios y los puños. Elevó la mirada hacia su guardia personal.
-De ahora en adelante todos estarán en completa alerta.- les dijo. – Hay que encontrar a ese hechicero.
Arturo dio un paso adelante.
-Padre, me ofrezco a proceder con las investigaciones.- dijo el rubio.
-Hazlo.- dijo Uther.
Morgana, quien hasta entonces había estado en silencio, caminó hacia el rey y afectuosamente colocó su mano sobre el hombro de éste. Merlín agudizó la mirada y Scorpius sabía que era por intensa indignación y la incredulidad de que pudiera mentir tan cínicamente.
-Lo bueno es que ya estás mejor.- dijo Morgana, mirando con ternura a Uther.
El rey tomó la mano porcelánica de la morena entre sus manos y la besó.
-Estoy mejor, no hay de qué preocuparse.- dijo mientras le sonreía.
Rose vio cómo Morgana le devolvía la sonrisa y luego, al voltearse, ésta desaparecía para dar paso a una expresión vacía, hueca, ausente de cualquier tipo de sentimiento que deformó la belleza de la bruja. Por un momento, la pelirroja sintió escalofríos.
Gaius caminó hacia la salida del salón y Merlín se apresuró en seguirlo. Las miradas de Scorpius y de Rose se encontraron y sin decirse nada supieron lo que tenían que hacer: seguirlos. Desde ambos lados del salón corrieron para alcanzarlos, y al salir, los hallaron en la esquina de uno de los pasillos aledaños.
-¿Por qué, Gauis?- preguntó Merlín. - ¿Por qué no la desenmascaraste de una buena vez?
-Tranquilízate, Merlín.- le dijo el anciano. – Piensa: es nuestra palabra contra la de Morgana. Uther la quiere y la pondrá por encima de nosotros. Acusarla de traición no sigificaría para nosotros otra cosa que la horca.
Merlín se pasó una mano por el rostro y luego lanzó un golpe sobre el muro.
-Entonces dices que debemos quedarnos así, con los brazos cruzados.- dijo el moreno. Sus ojos azules centelleaban con intensidad.
-No, tenemos que estar pendientes de ella.- dijo Gaius. – Vigilarla muy de cerca. Esta no será la última vez que intente matar a Uther. Por lo que me contaste, está llena de odio hacia él y no parará.
Merlín cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el muro.
-Todo esto es mi culpa.- dijo casi en un murmurllo. – De ahora en adelante, si las cosas van mal, será porque no hice lo que tenía que hacer.
-Dejaste que tus sentimientos interfirieran, Merlín.- dijo el anciano. – Pero eso te hace humano: eso te hace noble.
-Y un gran imbécil.- dijo el moreno. Abrió los ojos y Rose contuvo el aliento. Eran unos ojos tristes y decaídos, azules y solitarios como el mar. – Yo quería salvarla…y no pude.
Scorpius notó que Merlín tenía los puños apretados, clavándose los dedos en las palmas de sus manos.
-Merlín, estás destinado a ser el mago más importante de la historia, pero no el salvador del mundo.- le dijo Gaius. – A veces, para salvar a muchos, hay que sacrificar a otros pocos.
Merlín sonrió con tristeza y sus ojos, le pareció a Rose, se humedecieron.
-Sacrificarla a ella, Gaius.- le dijo. - …es el más grande sacrificio de mi vida.
Gaius asintió, comprendiéndolo, y le dio dos ligeras palmadas en el hombro. Luego de esto, dio media vuelta y avanzó por el pasillo, alejándose.
En un parpadeo, Rose y Scorpius fueron trasladados al centro de Camelot. Había anochecido y todo estaba solitario a excepción de una túnica lila que volaba con la brisa nocturna mientras avanzaba hacia un túnel oscuro. Scorpius tomó a Rose de la mano y los dos siguieron a la persona del sobretodo. Pronto, llegaron a un callejón frío y húmedo. Unas manos blancas retiraron la capucha lila y el cabello negro azabache de Morgana cayó en ondulaciones por su espalda. Al fondo, estaba Morgause, escondida en una túnica negra.
-Hermana, he recibido tu llamado.- dijo la rubia. - ¿Qué te aflige?
Morgana caminó hacia ella con la angustia marcada en su rostro.
-Gaius ha descubierto lo de la semilla y ahora todos saben que hay un traidor que usa magia dentro del castillo.- dijo la morena. – Todo ha salido mal.
-¿Gaius dices? ¿El médico del rey?- preguntó Morgause. - ¿Cómo lo ha sabido?
Morgana meneó la cabeza.
-No lo sé.- le respondió.
-Se necesita de conocimientos mágicos para reconocer la procedencia de las semillas que te di. – dijo la rubia. – Tal vez debamos deshacernos de ese médico…sus conocimientos pueden ser problemáticos.
Los ojos verdes de Morgana se abrieron de par en par y miraron a su hermana con desacuerdo.
-No. A Gaius no.- dijo la morena, con firmeza. – Él fue siempre bueno conmigo. Me cuidó desde que era una niña e intentó dentro de sus capacidades ayudarme cuando pasé tan malos ratos por culpa de mis poderes.
-Es un estorbo, Morgana.- dijo a rubia.
-Dije que no.- dijo la morena. – No voy a dañar a Gaius. Él no tiene la culpa de nada. Él no tiene la culpa de los horrores de gobierno de Uther.
-Pero sigue sirviéndolo y trabajando para él.- dijo Morgause. – Sigue dando todo de sí para un asesino.
Morgana desvió la mirada y mantuvo su expresión firme e imperturbable, sólida en su decisión. Morgause suspiró.
-Está bien hermana, como tú quieras. Pensaremos la próxima vez en algo más complejo.
Rose notó que Morgana continuaba angustiada.
-Si me descubren, Uther me mandará a matar.- dijo la morena, con sus ojos esmeralda llenos de miedo.
-No morirás mientras yo esté viva, Morgana.- dijo la rubia. – Daría mi vida por ti.
Morgana sonrió levemente y tomó las manos de su hermana entre las suyas.
-¿Cuál es el siguiente paso?- preguntó la morena.
Morgause sonrió.
-Atacar a Uther directamente va a ser complicado en este momento, debido al alto niel de seguridad con el que va a estar protegido.- dijo la rubia. – Lo primero que tenemos que hacer, es desenmascarar al traidor.
Morgana frunció el ceño.
-¿Inculpar a alguien por lo de las semillas?- preguntó la morena.
-Exactamente.- dijo la rubia. – Que alguien cargue con el peso. La atención de todos se centrará en esa persona y entonces, podremos volver a atacar sin preocupaciones.
Morgana pareció pensativa y algo desconcentrada. Morgause le acarició la mejilla.
-Escoge a quien quieras, es irrelevante.- dijo la rubia. – Podría ser, Merlín, por ejemplo. Ya sabes lo que dicen: ojo por ojo…
Morgana miró a su hermana directamente a los ojos.
-De Merlín me vengaré con mis propias manos.- dijo la morena. Su mirada estaba llena de odio. – No quiero que muera. Quiero que viva y que se arrepienta por el resto de sus días del momento en el que colocó veneno en esa cantimplora. No es más que un súbdito más, un asqueroso lacayo de Uther.
Morgause se alejó de Morgana y se colocó su capucha negra.
-Mantenme al tanto de todo, hermana.- dijo la rubia. – Nos veremos pronto. Mordred te manda un abrazo.
Morgana vio cómo su hermana desaparecía por un túnel oscuro del callejón, y suspiró. Se llevó una mano a la frente, acariciándosela con los ojos cerrados, y luego se cubrió con la capucha lila.
Scorpius la observó con incomprensión: se había vuelto fría y rencorosa, pero continuaba siendo incapaz de lastimar a ciertas personas como Gaius, e incluso Merlín. Aunque ella misma no quisiera admitirlo, no había cambiado del todo. Aún había algo humano en ella, algo compasivo.
Morgana volvió a caminar de regreso al castillo. Rose y Scorpius la siguieron de cerca, y cuando ella se detuvo bruscamente en una esquina, ellos también lo hicieron. Al principio no supiero a qué se debía esa reacción, pero luego pudieron ver que a fuera, en la calle, estaba Merlín, saliendo de lo que parecía ser la casa de Iselda. La muchacha sonreía afectivamente y se despedía con la mano y Merlín le devolvía la sonrisa mientras se alejaba por la calle.
Rose notó una sensación extraña, y cuando miró a Morgana comprendió a qué se debía. La bruja tenía una expresión dolida, y a la vez, fría y lejana.
De repente, la luz del día golpeó a Rose y a Scorpius desconcertándolos. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, se dieron cuenta de que estaban en la habitación de Morgana. La morena se cepillaba el cabello frente al espejo mientras que Guinevere hablaba, mas era evidente que la bruja no le prestaba demasiada atención.
-En fin, me siento contenta de que estés aquí.- dijo Gwen. – Durante el año que desapareciste, me sentí muy sola. Eres mi única amiga.
-Creí que estabas bien con Arturo y Merlín.- dijo la morena con una sequedad que Guinevere no captó.
-Pues sí, pero no es lo mismo que poder hablar con una mujer.- dijo la castaña, sonriendo. – Me hacía falta.
Morgana dejó el cepillo sobre el velador y se volteó para mirar a Gwen directamente a los ojos.
-No lo tomes a mal, pero no entiendo qué podía hacerte falta.- le dijo la morena. – Nunca hablamos demasiado, y en realidad, no fuimos ni somos tan cercanas.
El rostro de Gwen se ensombreció de repente y Rose notó que Morgana pareció entender de inmediato que había dicho demasiado de lo que tenía en su interior. Rápidamente fingió una sonrisa.
-Lo digo porque me encantaría que eso cambiara. Después de todo, vas a casarte con Arturo, y él es como un hermano para mí.- dijo la morena.
Gwen sonrió y volvió a sentirse cómoda.
Entonces, alguien tocó a la puerta.
-Adelante.- dijo Morgana mientras volvía a mirarse al espejo y a tomar el cepillo.
Rose y Scorpius vieron cómo la puerta se abrió y la figura de Iselda entraba a la habitación. La chica se inclinó, haciendo una reverencia, y Gwen se puso de pie.
-Me retiro, nos vemos en el almuerzo Morgana.- dijo la castaña mientras caminaba hacia la salida.
-Mi lady.- dijo Iselda mientras se acercaba a Morgana. – El rey me ha enviado a servirle.
Morgana la miró por el espejo con extrema frialdad y dureza por unos segundos, luego esbozó una leve sonrisa.
-Cepíllame.- le dijo, extendiéndole el cepillo.
Iselda sonrió y lo tomó entre sus manos. Scorpius la examinó con la mirada: era algo pequeña y delgada, pero tenía un rostro que irradiaba algo especial, y unos ojos grandes del color del cielo.
-¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?- preguntó la morena.
-Algunos meses.- dijo Iselda. Su voz era suave y melodiosa.
-Debe ser duro trabajar todo el día en el castillo. Debes extrañar a tus amigos.- dijo Morgana.
Iselda sonrió.
-He hecho buenos amigos aquí, mi Lady.
Entonces Rose entendió hacia dónde iba la conversación.
-¿Alguien en especial?- preguntó Morgana, sonriéndole. – Vamos, eres joven, debes tener mi misma edad. Seguramente estás interesada en alguien.
Iselda se sonrojó intensamente y guardó silencio. Morgana la miraba insistentemente por el espejo.
-Vamos, soy una chica. Las mujeres debemos compartirlo todo entre nosotras, ¿no lo crees?
Iselda pareció dubitativa, pero finalmente sonrió.
-Hay alguien que me gusta mucho…- comentó la chica. – Es alguien que desde el primer día fue bueno y amable conmigo. Siempre me ayuda, y es maduro y protector. Cuando estoy con él me siento…
-Protegida y cálida.- completó Morgana con una expresión seria. – Como si nada malo pudiera ocurrirte.
Iselda sonrió.
-Sí, así.- respondió.
-Se trata de Merlín, ¿verdad?
Iselda paró de cepillarle el cabello a Morgana y se encontró con los ojos verdes de la bruja mirándola desde el espejo.
-¿Cómo lo supo?- le preguntó.
Morgana elevó el mentón.
-Intuición femenina.- le dijo, y se puso bruscamente de pie. – Quiero que arregles la habitación y laves cada uno de mis vestidos. ¿Entendido?
-Sí, mi Lady.- dijo Iselda, bajando la cabeza.
Morgana le dedicó una mirada fría y caminó hacia la puerta. Rose y Scorpius la siguieron.
-¿Crees que Morgana le haga daño a Iselda?- preguntó la pelirroja mientras avanzaban tras la morena.
-No lo creo.- dijo Scorpius. – Estoy convencido de ello. ¿Recuerdas el plan de inculpar a alguien más de traición? Creo que Morgana acaba de encontrar a su carnada.
Rose miró a Scorpius con el ceo fruncido.
-Morgana no haría eso.- dijo la pelirroja. – Ella está dolida y confundida, pero no inculparía a alguien tan inocente.
-Hace mucho que Morgana perdió el sentido del bien y el mal, Rose.- dijo el rubio. – Entiéndelo.
-No quiso matar a Gaius, tú mismo lo viste.- insistió la gryffindoriana mientras salían del castillo.
-Morgana tiene conciencia, pero no límites. Solo necesita un empujón y es capaz de hacer lo que menos imaginas.
-¿Por qué piensas tan mal de ella?- le preguntó Rose, indignada. - ¿Por qué no le das una sola oportunidad?
Scorpius miró a Rose con autosuficiencia.
-Porque sé cómo termina esta historia: con un asesinato.- dijo el slytherin. – Y con las manos de Morgana la Fey manchadas de sangre. Por donde quiera que lo veas, y aunque ahora sepamos la razones de las acciones de Morgana, sigue siendo objeto de total desconfianza por su carácter cambiante y vulnerable. Es como dijo Vesporg: la inocencia es peligrosa porque es fácilmente corruptible. Morgana es fácilmente corruptible.
-Morgana ha sufrido más que cualquiera, incluso más que Merlín. Al menos él tuvo un guía, ella tuvo que crecer en el miedo y el terror y sola, completamente sola.
-Eso no cambia el hecho de que sea una asesina.- dijo Scorpius.
Pronto llegaron al campo de entrenamiento. Allí, Arturo peleaba con algunos caballeros y Uther observaba. Merlín se encontraba en las mesas, puliendo algunas armaduras. Morgana caminó directamente hacia el rey y Merlín clavó sus ojos azules en ella, pendiente de sus movimientos.
-Morgana, qué sorpresa.- dijo Uther, sonriéndole.
-Iselda llegó hoy, y quería agradecértelo.- dijo la morena, sonriendo.
-No me lo agradezcas, tus deseos son órdenes.- dijo Uther.
Morgana pareció pensativa.
-Entonces, ¿puedo pedirle a Iselda lo que yo quiera?- preguntó la morena.
-Claro que sí, es tu mucama de ahora en adelante.- dijo el rey.
Morgana sonrió de forma peligrosa y Scorpius se estremeció. Aún sin saber los planes de la bruja sintió pena por Iselda.
Arturo dejó de pelear y miró a Morgana.
-Miren nada más bien hace una aparición en el campo de batalla.- dijo el rubio. – Morgana, esto es para hombres.
La morena se dio la vuelta y lo miró desafiante.
-Por favor Arturo, desde que éramos unos niños fui mejor que tú con la espada. No me hagas humillarte frente a los caballeros de Camelot.
Los caballeros prorrumpieron en risas y en silbidos. Arturo sonrió ampliamente.
-Veamos qué tan buena eres con vestido.- le dijo, y le lanzó la espada.
Morgana la atajó del mango con facilidad y ligereza. Scorpius quedó impresionado.
-Si tú insistes.- dijo la morena.
Uther se puso de pie.
-Arturo, no seas infantil.
-Será una ofensa que me niegues la posibilidad de pelear.- dijo Morgana a Arturo.
-No pienso negártela.- dijo el rubio, y luego miró a Merlín. – Dame otra espada.
Merlín tomó una de las espadas que había limpiado y la llevó hasta donde estaba Arturo con dificultad, encontrándola pesada y peligrosa.
Arturo lo miró con algo de fastidio.
-Eres un debilucho.- le dijo cuando tomó la espada.
Merlín miró a Morgana, pero sus ojos no encontraron los de ella. La morena lo ignoraba tal y como llevaba haciéndolo desde que regresó. Su frialdad calaba en cada uno de sus huesos como duras estacas de cristal.
-Bien, empecemos….
Pero Arturo no pudo terminar porque Morgana se avalanzó sobre él con la espada, atacándolo una y otra vez mientras él a penas conseguía detener sus rápidos y ágiles ataques. En cuestión de segundos, el rubio tropezó y cayó al suelo, más que nada sorprendido por la agilidad de la morena, y la espada voló fuera de sus manos unos metros más allá.
-¡Hey! ¡Eso no es justo!- exclamó Arturo. – Me tomaste por sorpresa.
Morgana sonrió y clavó la espada en la tierra.
-Eres el mejor hombre con la espada en todo Camelot, pero no eres el mejor.- dijo la morena. – Recuérdalo.
-Con esto, la morena dio media vuelta y caminó hacia el castillo.
Inmediatamente el escenario cambió y tanto Rose como Scorpius se vieron en un pasillo. Era de noche, y de una esquina emergió Morgana, caminando hacia su habitación. Después de subir unas escaleras siguió por otro pasillo que colindaba con el de su alcoba. Al girar, la morena se petrificó y su mirada se endureció. Rose y Scorpius lo entendieron cuando divisaron a Merlín, apoyado en la puerta, cruzado de brazos. Sus ojos azules miraban a Morgana con severidad.
-¿Qué crees que haces aquí?- preguntó Morgana, con frialdad. – Creí haberte dejado en claro que no quería volver a saber de ti.
Merlín se despegó de la puerta.
-En dónde está Iselda- le preguntó, exigiéndoselo.
Morgana elevó el mentón y esbozó una media sonrisa.
-No tengo por qué responderte.- le dijo, y se hizo paso hacia la puerta. Merlín se interpuso, cerrándole el camino.
-Apártate o el rey se enterará de que estás molestándome.- lo amenazó Morgana.
-No tengo interés alguno en molestarte.- le dijo con sequedad. – Solo quiero saber a dónde la enviaste. Lleva dos días sin aparecer.
Rose frunció el ceño. ¿Habían pasado dos días? Aquel había sido un salto brusco en el tiempo.
-No me da la gana de decírtelo- le dijo la morena.
Merlín dio un paso hacia ella, amenazante.
-No voy a permitir que descargues tu odio hacia mí en ella.- le dijo el moreno. – Te lo advierto: déjala en paz.
Morgana rió.
-Por favor, ¿en verdad crees que tus amenazas significan algo para mí?- le soltó. – Eres tú quien debe tener cuidado. No sabes lo que es tenerme de enemiga.
Merlín la miró con intensidad.
-Creo que estoy empezando a hacerme una idea.- le dijo.
Morgana volvió a esquivarlo y a caminar hacia la puerta, esta vez, Merlín no se movió.
-Si no me dices en dónde está Iselda, voy a decirle al rey que su protegida es una hechicera.- dijo el moreno.
Morgana se detuvo bruscamente. Scorpius miró a Merlín con incredulidad. ¿En verdad se había atrevido a amenazarla con eso? Era evidente que el moreno estaba resuelto a enfrentar a Morgana esta vez con todas las armas posibles; pero utilizar esa arma había sido poco sabio.
Morgana tragó saliva y no se volteó. Los dos se daban la espalda mutuamente. Rose notó que la mirada de la morena estaba llena de rabia y a la vez, humedecida.
-No sé por qué me sorprende.- dijo la morena. – No es la primera vez que intentas destruirme. Claro que la primera vez fue por Camelot, y ahora es por una mucama.
-Iselda y Camelot valen la pena ser defendidos.- dijo Merlín, con sus ojos también húmedos pero resueltos.
Rose vio cómo Morgana cerraba los ojos, profundamente herida por las palabras del mago. Aquellas palabras habían tenido un significado implícito: Iselda y Camelot valían la pena ser defendidos, ella no. Ella no valía la pena, era eso lo que Merlín le estaba diciendo. Por un momento, Rose sintió un dolor intenso en el centro de su pecho; un dolor antiguo y ajeno. Luego, solo sintió odio.
Un odio que no era suyo.
Un odio legendario.
Morgana abrió la puerta de su alcoba.
-La envié a la cueva de los cristales.- dijo Morgana, y se giró lo suficiente como para mirarlo justo antes de entrar. – Y tú, Merlín,…tú te puedes ir al infierno.
Y tras pronunciar esas palabras, entró a la habitación. Justo antes de que azotara la puerta, Rose entró. Scorpius se quedó afuera, con Merlín.
-¡Rose!- exclamó el rubio, tocando la puerta.
"Cueva de los cristales", pensó Rose. ¿Para qué habría enviado a Iselda a ese lugar?
La pelirroja vio a Morgana caminar hacia el velador y sentarse frente al espejo. Se miró con inexpresividad, y poco a poco, su rostro se fue marchitando hasta que prorrumpió en lágrimas. Rose permaneció quieta, conmovida por la escena. Morgana lloraba como una niña y se llevó ambas manos al rostro, ocultándolo, mientras sollozaba intensamente. La pelirroja pudo sentir una opresión en el pecho, una soledad densa y profunda, un vacío irreparable. Morgana estaba herida y sola, desangrándose lentamente sin que nadie le tendiera una mano. Merlín no podía hacerlo, y lo único que podía hacer era mostrarle indiferencia. Lo peor de todo, pensó Rose, era que quizás Morgana creía que Merlín sentía algo por Iselda, y aquello era otra puñalada sobre la herida abierta. Ella mejor que nadie sabía lo que era sentirse rechazado y no correspondido: lo había vivido con Scorpius y sus sentimientos por Megara.
Lentamente, Morgana fue retirando las manos de su rostro. Éste estaba inundado por las lágrimas. Sus ojos verdes se clavaron en su reflejo en el espejo y un destello amarillo brilló en sus pupilas. El espejo empezó a agrietarse por doquier, mostrando la imagen rota, fragmentada, de la hechicera.
Tras un pestañeo la escena se transformó ante los ojos de Rose. Se vio en un pasillo a plena luz del día. Scorpius estaba con ella.
-No vuelvas a separarte de mí.- dijo el slytherin en un tono enojado.
-Vi llorar a Morgana…- dijo Rose. – Fue…triste.
De una esquina emergió Morgana y caminó pasándolos de largo pero de repente, se detuvo al escuchar la voz de Merlín y de Gaius acercándose. La morena miró a su alrededor y encontró un pequeño espacio, un hundimiento de la pared en donde estaba una armadura, y se escondió allí.
Merlín y Gaius aparecieron en la esquina y se detuvieron.
-Iselda está bien.- dijo el moreno. – Por ahora Morgana no le ha hecho nada.
-No es Iselda la que me preocupa, sino el rey.- dijo Gaius. – Morgana va a volver a intentar asesinarlo. No se va a rendir hasta que eso ocurra.
"Por Merlín", pensó Rose, "Morgana está escuchando todo esto."
-Voy a vigilarla, Gaius. Es lo que he estado haciendo y no voy a detenerme.- dijo Merlín. – Y a mí sí me preocupa Iselda. Temo que vaya a hacerle daño para vengarse de mí.
-Al menos ya no niegas la posibilidad de que Morgana quiera dañar a otros.- dijo el anciano.
Merlín desvió la mirada.
-Si lo que quieres saber es si tengo claro que ella ha cambiado, sí, lo tengo claro.- dijo el moreno.
-Me alegro.- dijo Gaius.- Es mejor así.
Gaius dio la vuelta y regresó por el pasillo por el que habían venido. Merlín suspiró y comenzó a caminar en sentido contrario, acercándose cada vez más al escondite de Morgana de forma despreocupada y sin sospechar absolutamente nada.
Justo cuando lo estaba cruzando, Morgana emergió del túnel y lo tomó del brazo, halándolo hacia éste.
Rose y Scorpius vieron a Merlín chocar de espaldas contra la pared y mirar a Morgana con total sorpresa. La bruja lo miró con una expresión desértica y unos ojos llenos de odio y rencor.
-Voy a decirlo solo una vez, así que escúchame bien.- susurró Morgana. – Lo escuché todo, lo sé todo. No sé cómo supiste lo de las semillas, ni cómo supiste que fui yo, pero sé esto: si abres la boca, haré que que tu vida sea muy corta y dolorosa.
Merlín la miraba en silencio, completamente imposibilitado de hablar. Parecía estupefacto ante a expresión fría y el odio de Morgana. Era como si no la reconociera en lo absoluto. Morgana, quien había tenido sus dedos clavados en el brazo de Merlín, lo soltó con brusquedad y esbozó una sonrisa oscura.
-De cualquier forma, es tu miserable palabra contra la mía. Y, ¿a quién crees que Uther va a creer, a su amada protegida, o a un insignificante sirviente? Me temo que llevas todas las de perder, Merlín.- dijo la bruja. – No me desafíes y no intervengas en mi camino, porque voy a aplastarte como a una cucaracha.
Y con esto, Morgana salió.
Merlín emergió casi tras ella, como respirando tras haber estado hundido en el océano, y la miró alejarse con el aliento anclado en la garganta y un temblor en el pecho. Sus ojos se humedecieron. ¿En dónde estaba su Morgana? La de siempre. ¿En dónde?
Iselda apareció por el otro extremo del pasillo y sonrió al ver a Merlín. Caminó hacia él y el moreno intentó ocultar su pesadumbre.
-Regresaste.- le dijo.
-Sí. Lady Morgana tiene deseos extravagantes.- dijo ella.
Merlín la miró con renovada curiosidad.
-¿Para qué te envió a la cueva de los cristales?- le preguntó.
Iselda se cruzó de brazos.
-Quería que le trajera un cristal de la cueva. No sé por qué. Tomé uno y salí. Me habían dicho que era difícil llegar a la cueva pero todos los obstáculos estuvieron libres. Fue extraño.- Iselda sonrió repentinamente. – Como los cristales eran tan hermosos, traje uno para Lady Morgana, y otro para ti.
Iselda sacó de su bolsillo un trozo de cristal bastante similar a los que Rose y Scorpius habían visto en la cueva durante la segunda prueba. Merlín lo sujetó entre sus manos durante algunos segundos y frunció el ceño.
Luego, Rose lo vio soltar el cristal y caer al suelo. Merlín empezó a temblar y se sostuvo la cabeza. Sus ojos se clavaron en el cristal que yacía junto a él, en el suelo. Y Rose lo vio: fuego, sangre, Morgana, miles de cadáveres, heridos, gritos, guerra…todo mezclándose en imágenes rápidas e imparables que la hicieron retroceder hasta chocar contra la pared. Scorpius se apresuró a tomarla por los hombros y hacerla reaccionar, pero Rose no pudo despegar sus ojos del cristal hasta que Merlín lo hizo, desfalleciendo.
Y entonces, ella despertó con un grito.
Rose mordió la almohada para ahogar el intenso dolor de su dedo. El anilo estaba quemándoa de tal manera que ni siquiera podía tocarlo con la otra mano para sacarlo porque ardía como si fuera fuego puro. Tras unos breves segundos el dolor cedió y finalmente pudo quitarse el anillo.
En su dedo, no había marca alguna.
8.-
El día empezó en Hogwarts no como cualquier otro. Rose notó, justo al entrar al comedor, cómo todos hablaban aún sobre Ben. Sin embargo, se percató de que esta vez se referían a él directamente como "el traidor", y lo hacían despectivamente, con rencor y rechazo. Una sola noche había bastado para sembrar el odio en Hogwarts hacia el Ravenclaw, y Rose no comprendió por qué tal intensa reacción hasta que, en la mesa de gryffindor, Albus se lo hizo ver:
-La muerte de Vaneska Duncan sucedió simultáneamente con la información infiltrada. Todos creen que Ben tuvo que ver con la muerte de Vaneska, dicen que si pudo infiltrar información de Hogwarts, también pudo dar paraderos de hogares de estudiantes.
-Eso no tiene sentido alguno.- dijo Rose.
-Lo sé, pero todos dicen eso.- dijo Albus. – Están buscando a alguien a quién echarle la culpa, y Ben está pagando los platos rotos.
Rose frunció el ceño. No le gustaba nada de lo que estaba pasando. Incluso los alumnos en Hogwarts empezaban a actuar de forma irracional y extraña. Tomó un poco de leche y vio a Scorpius ingresar al comedor con Megara. Ambos charlaban y reían naturalmente. Cuando se sentaron, Rose notó que él rozó ligeramente la mano de la morena. No parecía haberse percatado en lo absoluto de la presencia de la pelirroja ni de su mirada.
Rose clavó los ojos en su plato. Sentía una presión en la boca del estómago, algo pesado que le impedía respirar con tranquilidad. Jamás podría competir con Megara. Ella era la chica que poseía todas las características que Scorpius buscaba en alguien. Un pensamiento llegó a su cabeza y la hirió de forma inesperada: si Scorpius hubiese tenido relaciones con Megara, jamás habría evadido el tema como hasta ahora lo había hecho con ella. Le habría pedido formalizar la relación de forma inmediata.
Entonces, la realidad la golpeó: ella no era más que un capricho en la vida de Scorpius, un deseo, una atracción sin importancia ni trascendencia.
La voz de Mcgonagal elevándose por el comedor la sacó de sus pensamientos:
-Buenos días y bienvenidos otra vez, alumnos.- dijo la directora de Hogwarts. – La noche pasada, dadas las circunstancias penosas que nos acontecieron, no pude darles la bienvenida. Hoy lo haré, pero también me dirigiré a ustedes por un segundo tema que es, quizás, más relevante que el primero.
Todo el alumnado había dirigido su atención al frente y miraban a Mcgonagal expectantes.
-Lo sucedido con el alumno Ben Wilson es penoso y nos afecta a todos. Creemos que de los errores se aprende, y por eso, Hogwarts está apoyando al alumno Wilson en el juicio en su contra.
Murmullos de desaprobación se elevaron por el comedor. Mcgonagal los ignoró.
-Se requiere personas que declaren a favor del alumno Wilson durante el juicio, que den fe de que no está involucrado en actividades ilegales, ni en complots contra el Ministerio y el mundo mágico. Por eso, pido que se pongan de pie los que están dispuestos a hacerlo. Mientras más sean, mejor. Es total y absolutamente voluntario.
Dos compañeros de Ben de Ravenclaw se pusieron de pie, entre ellos Axel Young.
-Esos dos van a pasarla mal en Hogwarts.- comentó Hugo. – Todos les van a hacer la vida imposible.
-Sí, no me gustaría estar en su lugar.- dijo Louis. – Incluso tendría miedo por mi vida.
Fred escupió el jugo que se había llevado a la boca sobre la mesa.
-¡Fred no seas asqueroso!- exclamó Lily, molesta.
El pelirrojo empezó a atorarse y a ponerse rojo. Incapacitado de hablar, levantó la mano y señaló a la mesa de Hufflepuf. Todos voltearon y entonces, entendieron todo.
De pie, entre cientos de estudiantes sentados, estaba una chica de cabello naranja.
Lucy Weasley.
