Tras varios días encerrada en su habitación, Lyanna, se despertó con un insoportable dolor en el abdomen. Al levantarse el camisón notó varios puntos morados a la altura del tórax y las caderas.

Vale la pena, vale la pena.

Este era el precio que tuvo que pagar para que su hermana tuviese la oportunidad de huir.

Se levantó muy lentamente, sosteniéndose de los postes de la cama y haciendo increíble esfuerzos para mantenerse de pie. Los primeros dos días había estado escupiendo sangre y un doloroso espasmo le recorría el cuerpo en las noches.

Aun sosteniéndose de la cama, logró acercarse al ventanal. Las finas cortinas estaban cerradas, haciendo que la iluminación fuese tenue; así había estado desde que la encerraron.

Al otro lado de la ventana, Desembarco del Rey, comenzaba un nuevo día como cualquier otro.

Sí les hubiera pedido ayuda, hubieran corrido como ratas.

Pensó, mirando con asco el tramo de ciudadela que tenía bajo su torre. Si hubiera un motín en Invernalia, los norteños la hubiera acogido y protegido a ella y a sus hermanos, hasta que el peligro hubiese cesado.

Mientras se apoyaba en el balcón, la puerta de la habitación se abrió. Lyanna miró por encima de su hombro, pero no le prestó mucha atención al recién llegado; seguramente sería alguna de las criadas trayéndole el desayuno, uno que ella no tomaría y lo apilaría con el de ayer.

-Es descortés darle la espalda a una reina.-una serie de pasos retumbaron en el piso, pero la norteña ni siquiera se inmutó.-Y también es descortés no mirar a un adulto, cuando se le está hablando.-Cersei la tomó por el hombro, haciendo que quedase frente a ella. Esa bruta acción desencadenó un fuerte espasmo, que cruzó y se conectó con los moretones.

-¿Qué puedo hacer por usted, mi reina?-cuestionó Lyanna, con los dientes apretados. Cersei la liberó y se puso a su altura.

-Deberías de estar contenta.-murmuró, sonriendo como un felino.-Hoy se hará justicia por tu padre.-añadió, acomodándole un mechón detrás de la oreja.

-¿Justicia?-repitió la norteña.

-Hemos estado hablando con Joffrey y llegamos a la conclusión de que tu señor padre solo intentaba hacer cumplir la última petición de Robert.-explicó la reina, regresando al interior de la habitación.-Y que todo lo que ha pasado ha sido, nada más, que un mal entendido.-

-Por ese mal entendido, ha muerto gente.-espetó Lyanna, frunciendo el ceño.

-Detalle.-acordó Cersei, mirándola por encima de su hombro.-Pequeños detalles.-

-Y…-la norteña la siguió.- ¿Qué harán con mi padre? ¿Qué pasará conmigo y mis hermanas?-

-Gorrioncito.-la leona, se acercó a ella, colocándole las manos en los hombros. Cersei Lannister podría ser la peor mujer del mundo, pero tenía tacto cuando se trataba de interactuar niños.-Somos familia.-le acarició la mejilla.-Y nosotros respetamos a los nuestros.-suspiró.-Es por eso que le permitiremos a tu padre declararse culpable por su traición y le garantizaremos que seguirá con vida…pero vistiendo de negro, como tu hermano bastardo.-en todo el tiempo que estuvo encerrada, no se había puesto a pensar en Jon…más bien no había pensado en nadie, solamente tenía la mente en blanco, anhelando poder salir.

Apretando los labios, procesó las palabras de Cersei.

-¿Qué declare su traición?-repitió. La reina asintió.

-Aunque no lo creas, tu padre ha insinuado muchas cosas sobre su nuevo rey, cosas que a Joff no le gustaron oír, pero él es un niño de buen corazón y ha perdonado ese desliz…-

-Pero…-

-Basta de hablar.-una sombra cruzó el rostro de Cersei, rompiendo la máscara de falsa madre comprensiva y amorosa.-Será mejor que te cambies para poder ver a tu padre.-sus faldas sisearon como un enjambre de víboras, cuando comenzó a deslizarse por el suelo para salir de la habitación.

Lyanna permaneció en el mismo lugar durante unos instantes.

-Joffrey no es bueno.-murmuró.-No confió en él.-suspiró y levantó la cabeza, mirando al techo.-Oh, padre…que los Siete amparen las palabras de la reina y te dejen vivir un día más.-

*.*.*

Luego de que un par de muchachas la ayudasen a vestirse, un grupo de soldados la escoltaron hasta afuera. Lyanna se sentía sumamente pequeña estando rodeada por cuatro hombres que le cubrían todas sus posibles salidas.

Al llegar a una bifurcación de pasillos, se cruzaron con otro grupo de soldados; éstos escoltaban a Sansa. La niña tenía un vestido rosa pálido y estaba tan bien peinada como si asistir a un baile y ser elegida por el caballero más apuesto de todos.

Los dos grupos se unieron, dejando a las dos hermanas Stark en el medio. La menor buscó, casi que con desesperación, la mano de Lyanna. Sansa tenía una sonrisa radiante al verla. La mayor intentó animarla, pero le dolía todo el cuerpo.

Cuando salieron al patio de la Fortaleza Roja, dos soldados Lannister llevaban a Lord Stark.

-Padre…-susurró Lyanna, soltando a su hermana. El grupo que las acompañaba, se detuvo para permitirle a los otros dos avanzar.- ¡Padre!-la norteña empujó a los hombres, abriéndose paso.

-¡Hey, quieta!-un par de brazos la retuvieron, mientras Ned miraba co lastima a su hija.

-¡Padre!-exclamaba ella, forcejeando.- ¡Padre!-las lágrimas amenazaban con bajar en cualquier momento.

-Déjenla.-las manos que la retenían dejaron de ejercer presión, en cuanto la reina apareció en el patio. Se había cambiado de ropa; ahora llevaba un vestido negro, un vestido de luto.

Lyanna se reincorporó y corrió hacia padre; quién, la recibió en un esperado abrazo.

-Oh, padre.-sollozó, enterrando su rostro en reluciente jubón gris, con el huargo bordado en el pecho.

-Mi niña.-Ned le acarició la espalda con sus callosos dedos.-Todo estará bien, volveremos a casa.-

-Prométemelo.-pidió la joven, apretando sus brazos alrededor de la cadera de Lord Stark.-Prométemelo, padre.-ella levantó la cabeza, enseñándole unos enormes ojos grises cristalizados.

A Ned le pareció volver en el pasado, en el momento exacto en el que su querida hermana le hacía mantener un juramento.

-Prométemelo, Ned…-

Lord Stark tomó el rostro de su primogénita entre sus manos, colocándose su altura.

-Te lo prometo, Lyanna.-colocó sus labios sobre la frente de la niña, apretándolos contra la pálida piel de su hija.

-Llévenselo.-al patio también había llegado el niño rey, luciendo tan arrogante como siempre.- Ya hemos perdido demasiado tiempo con estas tonterías de niñas lloronas.-nuevamente los soldados apresaron a Lord Stark, arrastrándolo por el pasillo que salía de la Fortaleza Roja.

El grupo de soldados, que aun escoltaban a Sansa, se cerraron alrededor de Lyanna mientras ella veía a su padre marchar.

A medida que salían del castillo, las campanas del Sept comenzaron a sonar. La norteña ya había olvidado cual era el significado de las campanas; ya no le importaba cual anunciaba la muerte de un rey o cuales celebraban una boda. Su padre le había prometido que regresarían a Invernalia. Sí Lord Stark lo decía, ella le creería.

Con cada campanada, la gente abandonaba sus tareas y corría al Sept. Para cuando el grupo de soldados llego, había más de cien personas congregadas. Su padre y el Septon Supremos ya estaban ubicados.

Cuando las campanas dejaron de sonar, en la plaza se hizo el silencio. Lord Stark alzó la cabeza y empezó a hablar con voz tan débil que apenas se le oía.

-¿Qué es lo que dice?-exclamó una prostituta, empujando a los que tenía adelante para poder escuchar, al tiempo que el vestido de seda se caía por el hombro dejando al descubierto sus atributos.

-¡Más alto!-gritó un viejo herrero, siendo coreado por los que estaban a su alrededor.

Un hombre con armadura negra y dorada avanzó hacia Ned y le dio un empujón brusco.

-Soy Eddard Stark, señor de Invernalia y Mano del Rey.-recitó nuevamente, pero en voz alta.- Estoy aquí para confesar mi traición ante los dioses y los hombres…-la multitud empezó a gritar insultos y obscenidades. Sansa se ocultó el rostro entre las manos, Lyanna la abrazó por los hombros. -¡Traicioné la fe de mi rey y la confianza de mi amigo Robert!-Lord Stark tuvo que alzar la voz para hacerse oír.- Juré defender y proteger a sus hijos, pero su sangre estaba todavía caliente cuando conspiré para deponer y asesinar a su hijo, y apoderarme del trono. Que el Septon Supremo, Baelor el Bien Amado y los Siete sean testigos de que lo que digo es verdad: Joffrey Baratheon es el heredero legítimo del Trono de Hierro, Señor y Protector de los Siete Reinos, por la gracia de todos los dioses.-alguien entre la multitud lanzó una piedra, que acertó a su padre. Las hermanas Stark no pudieron evitar chillar. Los capas doradas impidieron que cayera, pero la sangre le manaba de una herida profunda en la frente. Llovieron más piedras. Una golpeó al guardia que estaba a la derecha de su padre, otra chocó contra la coraza del caballero de la armadura negra y dorada. Dos hombres de la Guardia Real se situaron ante Joffrey y la reina para protegerlos con sus escudos.

-Tal como pecamos, hemos de pagar.-entonó el Septon Supremo con voz profunda, mucho más alta que la de Ned, mientras se arrodillaba ante Joffrey y su madre.- Este hombre ha confesado sus crímenes aquí, en este lugar sagrado, ante los ojos de los dioses y los hombres.-alzó las manos en gesto suplicante, y un halo de colores pareció rodearle la cabeza.- Los dioses son justos, pero Baelor el Santo nos enseñó que también son misericordiosos. ¿Qué se hará con este traidor, Alteza? -

Joffrey salió detrás de la protección de sus guardias.

-Mi madre me pide que permita a Lord Eddard vestir el negro, y Lady Sansa me ha suplicado piedad para su padre.-miró a Sansa, sonrió. Lyanna miró al cielo y le agradeció a los Siete.-Son mujeres, y sus corazones son blandos.-prosiguió el niño.-Mientras yo sea su rey, la traición no quedará sin castigo.-hubo un tortuoso silencio.- ¡Ser Ilyn, tráigame su cabeza!-

La multitud rugió.

-¡NO!-chilló a todo pulmón Sansa, mientras se deslizaba por lo brazos de su hermana.

-¡Ten piedad, mi rey!-imploró Lyanna, con los ojos rojos y reluciente de lágrimas.- ¡Por favor!-

El Septon Supremo agarraba la capa del rey, Varys se le acercó agitando los brazos, hasta la reina le decía algo, pero Joffrey hizo un gesto de negación. Señores y caballeros se hicieron a un lado para dejar paso al hombre alto y descarnado, un esqueleto con cota de mallas, la Justicia del Rey. Ser Ilyn Payne subió por los peldaños del pulpito.

Lyanna soltó a Sansa, quién cayó de rodillas al suelo mientras lloraba histérica.

-¡Deténgalo!-gritó la mayor, aferrándose al brazo de la reina.

En lo más alto del pulpito, Ser Ilyn Payne hizo un gesto, y el caballero vestido de oro y negro dio una orden. Los capas doradas tiraron a Lord Eddard sobre el mármol, con la cabeza y el pecho por encima del borde.

-¡Por favor!-las lágrimas bajaron con tanta intensidad que todo parecía ser borroso. Cersei le decía cosas a su hijo, pero él seguía sin escuchar.

Ser Ilyn sacó de la vaina que llevaba a la espalda un enorme espadón. Cuando alzó la hoja por encima de la cabeza, la luz del sol pareció dibujar ondas en el metal oscuro, y arrancó destellos de un filo más cortante que el de cualquier navaja.

-¡Padre! ¡Padre, no!-Lyanna intentó ir hacia él, pero el peso de la decepción era tan grande que terminó cayendo de rodillas al suelo mientras trataba de arrastrarse hasta el pulpito.- ¡Padre!-unas manos la agarraron por atrás, poniéndola de pie y abrazándola.

-¡No mires!-susurró una voz ronca.

-No...No...No...-sollozó la norteña, mientras aquel desconocido la colocaba dándole la espalda a la multitud.-Padre…-oyó un... un sonido... un ruido suave, seseante, como si un millón de personas dejaran de contener el aliento a la vez. Un zumbido se apoderó de los oídos de Lyanna, mientras que sus sollozos no le permitían hablar.

-Tranquila, mi Lady.-la voz de aquel desconocido sonaba distante.

La norteña apretó los ojos y el bramido de Hielo penetró en sus oídos y fue lo último que escuchó, antes de desmayarse.