CAPÍTULO 8

RITUAL DE HALLOWEEN

Tres meses después, para Laurie, Hogwarts era ya su hogar; incluso a veces sentía que llevaba más tiempo ahí de lo que había vivido en La Hilandera. Era maravilloso, sus materias eran más interesantes conforme avanzaban y en pociones era tan buena, que sólo Granger podría acercarse a sus logros. Pero así como era buena en una materia, era pésima para otra: Herbología.

La Señora Sprout había llegado casi a un colapso nervioso cuando Laurie entraba a los invernaderos, pues era un peligro para sus adoradas plantas y para sus alumnos. A tal grado que terminó convirtiéndola en su asistente personal para poder tenerla vigilada de cerca. A Laurie no le molestó en absoluto ésta decisión, puesto que hasta ella tenía miedo de sí misma cuando entraba a clase. Aunque aún con ésta medida de seguridad, parecía que todo lo que tocaba Laurie tenía como destino, perecer.

Transformaciones aún le costaba trabajo, pero ya comenzaba a dominar más la técnica. En Historia se llegaba a quedar dormida tan profundamente, que compró una pluma vuelapluma para que tomara sus apuntes en su lugar. Después de todo, el profesor Binns nunca se daba cuenta. Pero no era la única, todos los del salón caían en las redes de la voz somnolienta del profesor. También había descubierto que era buena en Astronomía, aunque a veces llegaba a confundir Marte con Venus. "Es que ambos son rojos" le dijo alguna vez a la profesora Sinistra para defenderse.

En la mañana de Halloween se despertaron con el aroma de calabaza asada que flotaba por todos los pasi llos. Pero lo mejor llegó cuando el profesor Flitwick anunció que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos querían hacer. El profesor puso a la clase por parejas para que practicaran. La pareja de Laurie era Pansy, pues ninguna quería quedar con Goyle (Draco había elegido a Crabbe como pareja).

- Y recuerden el movimiento de muñeca que hemos estado practicando —dijo con voz aguda el profesor; subido a sus libros, como de costumbre—. Agitar y golpear; recuerden, agitar y golpear. Y pronunciar las pala bras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.

Todos comenzaron a realizar el hechizo, pero ninguna pluma volaba. Laurie incluso comenzaba a desesperarse, así que respiró hondo, cerró los ojos, se concentró y dijo: "Wingardium Leviosa" con voz fuerte e impotente. La pluma sí se elevó, pero no precisamente con delicadeza como debía ser. La pluma en cuestión se quedó incrustada en el techo, en cuestión de un parpadeo. Pansy se empezó a reír, por lo que Laurie, indignada, la retó a que lo intentara. Pansy volteó a ver a Laurie como aceptando el reto y luego se concentró en su pluma. Pero cuando dijo el encantamiento la pluma estalló por completo, chamuscando su fleco. Laurie no podía aguantarse la risa, sus carcajadas eran contagiosas y pronto todo el salón se estaba riendo aún cuando no supieran de qué. Se podía ver cómo enrojecía Pansy debajo de la ceniza pegada a su rostro.

Al final de la clase, Pansy no le hablaba a Laurie, mientras que la última seguía riendo de vez en cuando al recordar el espectáculo. Para fortuna de Laurie, Draco dejó que los siguiera a él y a sus guardaespaldas a la siguiente clase, pues Pansy había amenazado a Laurie que si la seguía (por su gran sentido de orientación) la chamuscaría también a ella.

Al final de las clases, Laurie estaba bastante animada y leía alegremente en la sala común para descansar un rato antes del banquete festivo en el Gran Comedor. Estaba recostada en uno de los sillones de cuero negro, frente a la chimenea, con Salemm dormitando en sus piernas. Comenzaba a entender su error en el hechizo de levitación cuando una lechuza negra entró por la puerta (que acababa de abrirse para dejar pasar a unos estudiantes de 5°) y dejó caer una carta enfrente del gato negro.

Salemm no se inmutó, mientras que Zamya se recargó en el respaldo del sillón. Laurie bajó la mano a su mochila, para sacar golosinas lechuciles y le dio unas pocas. Luego tomó la carta y la leyó. Era la letra delgada y apretada de su padre. Decía:

Laurie:

Te espero en mi despacho antes del Banquete de Halloween para la petición de cada año. No llegues tarde.

Tu padre

Severus

Laurie dobló la carta y la guardó en su mochila. Acto seguido volteó a ver el reloj de péndulo que se encontraba en la Sala Común y se dio cuenta que debía salir de allí en 10 minutos si quería llegar a tiempo (por si se perdía). Entonces guardó sus cosas, levantó con cuidado a Salemm y lo dejó nuevamente en el sillón para no interrumpir su sueño. Fue al dormitorio, dejó sus cosas y se cambió para ponerse la túnica estudiantil que no demostraba una casa en especial. Luego tomó unas flores rojas que estaban en la sala común y salió del lugar. Caminó por el pasillo largo y húmedo hasta encontrarse con la puerta que ya conocía bien. Llamó y pronto una voz le respondió:

- Adelante – Laurie entró y encontró a su padre de espaldas, dejando en su lugar unos frascos con arañas muertas. – Llegaste temprano.

- Algo, no quería llegar tarde.

- Bien, en ese caso podemos comenzar.

Dejó de hacer sus deberes y se acercó a la puerta izquierda de la habitación, el mismo dormitorio donde Laurie había esperado el primer día de clases. Laurie entró y descubrió que dentro del armario (cuyas puertas habían desaparecido) se encontraba la foto de su madre. La mujer tenía unos rizos iguales a los de Laurie y los mismos ojos, pero la chica sonriente era pelirroja. En la fotografía, Lily debía tener a lo mucho 5 años más que Laurie.

Severus cedió el asiento a su hija, quien se sentó en una de las sillas que se encontraban ahí. Eran de madera, tenían mucho barniz y eran de estilo rebuscado. Su padre se sentó en la otra y cerró los ojos. Laurie hizo lo mismo y esperó. Era una especie de ritual que hacían cada año en la noche de Halloween. Laurie recordaba cómo había comenzado todo.

Hacía casi 5 años, Severus había obtenido el permiso de Dumbledore para ir a casa de los Darling y ver a su hija, mientras los demás alumnos iban a Hogsmade. Ese día, los Darling habían salido para conseguir unos artefactos de pociones que querían y Severus había llegado temprano. Los elfos domésticos le habían pedido que aguardara a los amos en el recibidor. Severus había optado por sentarse en uno de los sillones que daban la espalda al ventanal y había sacado un libro para esperar, pero cuando lo abrió, una fotografía cayó. Severus se inclinó a recogerla y pronto le vino un sentimiento de nostalgia. Era la fotografía de Lily a los 16 años. Cerró su libro y se quedó contemplando la fotografía por un largo rato, sumido en sus propios sentimientos. Una lágrima resbaló por su mejilla y se la secó con la manga de la túnica. Entonces cerró los ojos y se quedó quieto envuelto en las emociones de tristeza que le embargaban.

Cuando abrió los ojos y observó el reloj de pared que se encontraba sobre la chimenea, se dio cuenta que había estado en esa situación por lo menos una hora. Volteó para ver si alguien lo había visto. Dio un respingo, cuando se dio cuenta que Laurie se encontraba a su lado, sentada en la misma posición que su padre y tenía los ojos cerrados. La pequeña se había quedado en casa para esperar a su papá y cuando bajó, lo encontró muy concentrado en algo. Cuando se acercó, pudo observar la fotografía que tenía en las manos y quiso acompañar a su padre, para que no estuviera solo. Su mente infantil creyó, que Severus estaba realizando algo muy importante para conmemorar la muerte de su madre.

Posiblemente fuera una forma de hablar con ella. Severus sonrió ligeramente al darse cuenta de la actitud de su hija. La tomó del hombro para llamar la atención, y cuando su hija volteó a verlo le acarició el cabello tiernamente. A partir de ese día, Severus pedía permiso para salir de Hogwarts en esa fecha y repetía el ritual junto a su hija, para recordar que no estaba solo, aún cuando sus sentimientos por Lily no cambiaran.

Laurie nunca supo exactamente qué era lo que pensaba su padre, pero el hecho de estar con él, acompañándolo en un momento tan íntimo y personal como ese le hacía sentir bien. Normalmente tendía a platicar con ella, aunque no en voz alta, de esa forma podía sentir algo parecido a una familia unida, tenía la sensación de que su madre aún estaba viva y los acompañaba. Esa noche, lo primero que pensó decirle a su madre era: "Gracias por ser la unión entre mi padre y yo."