Capítulo 20

Habían pasado dos días desde el encuentro en el aeropuerto cuando Sasuke llamó a casa de Sakura una mañana para dar la noticia de que Choji y Karui habían sido padres. Emocionada, le hizo cientos de preguntas que él contestó como pudo, y quedó en pasar a buscarla por la tarde para ir con ella y el pequeño Dai al hospital.

Por la tarde, cuando llegaron provistos de globos y flores al hospital, el recién estrenado padre se emocionó. Eso hizo reír a Sasuke que, abrazándolo, se lo llevó a la cafetería a tomar algo. Había algo bonito que celebrar. Una vez que se quedaron solas, Karui y Sakura, con sus respectivos hijos, se miraron, encantadas.

—¡Qué maravilla! ¡Son preciosos! —exclamó Karui.

—Sí, somos afortunadas. Tenemos unos niños sanos y muy guapos.

—¿Te puedes creer que Choji no para de llorar? —dijo riendo Karui—. Se supone que la llorona debo ser yo y no él, por mi revolución de hormonas. Pero nada... Es mirarme a mí o a la pequeña, y el bomberazo se vuelve un magdaleno.

—Te creo. Tendrías que ver a Sasuke con Dai... Es que al tío se le cae la baba con él, y si ves a Naruto, ¡ya ni te cuento!

—Y bueno..., al final, entre vosotros ¿hay algo o no?

—¿Entre quiénes? —preguntó Sakura, a pesar de haber entendido la pregunta.

—¡Ay, Sakura...!, entre Sasuke y tú.

—No..., no. Entre nosotros sólo hay una buena amistad. Sólo eso.

—Pues qué pena, chica. Hacéis tan buena pareja y Sasuke está tan ilusionado con Dai que da penita pensar que entre vosotros no haya amor.

—Eres una romanticona —se mofó Sakura.

Ambas rieron, y Sakura, con rapidez, miró a su hijo en busca de fuerza. La necesitaba cuando se trataba de Sasuke. La visita duró hasta que llegaron otros familiares de Karui, y Sakura y Sasuke decidieron marcharse. Durante horas, caminaron por las calles de Madrid con el pequeño sentado en su cochecito. Cualquiera que los mirase pensaría que eran una parejita bien avenida. Todos los ratos reían, y la complicidad entre ellos era evidente. Sobre las nueve, llegaron a la casa de Sakura, y ésta bañó al pequeño mientras Sasuke preparaba una tortilla de patatas con cebolla. Una vez que terminó, le dio el biberón y, tras darle mil millones de besos, lo metió en la cuna, donde el pequeño se durmió.

—¿Por qué no comes más tortilla?

—Tengo que bajar dos kilos todavía y...

—Pero si estás fantástica —opinó Sasuke, riendo.

Sakura asintió y se acercó a él.

—Tú que me ves con buenos ojos. Pero, venga, ponme un último cachito que mañana comienzo de nuevo a ir al gimnasio, y seguro que Usui me lo va a hacer pagar.

Al oír las palabras «gimnasio» y «Usui», a Sasuke se le revolvió el estómago, pero sin querer jorobar el bonito día que llevaban juntos, le sirvió otro trozo de tortilla y se recostó en el sofá para observar cómo Sakura se lo comía. De pronto, el móvil de ella sonó, y al ver de quién se trataba, guiñó un ojo a Sasuke y, con una voz melosa que a él no le gustó, dijo:

—¡Hola, Shisui! ¿Qué tal?

«¿ Shisui? ¿Quién es Shisui?», pensó Sasuke, pero siguió sentado, sin moverse un ápice de su posición.

—¡¿En serio?! —saltó Sakura del sofá—. ¿Cuándo dices que vienes? —Y al escuchar la respuesta, concretó—: Vaya..., ese día Hina me ha dicho que tiene un compromiso, pero no te preocupes, encontraré un canguro para Dai y saldremos a cenar. Lo prometido es deuda.

Durante quince minutos, oyó a Sakura reír y hablar con el tal Shisui mientras ella se movía de un lado a otro del salón. Parecía encantada con aquella llamada, justo lo contrario de cómo se sentía Sasuke. Cuando finalmente se despidió y colgó, se sentó de nuevo en el sofá y, con gesto divertido, aclaró:

—Era Shisui. —Él levantó las cejas—. Un amigo fotógrafo con el que he coincidido estos días en Alemania y con el que me llevo muy bien.

Sasuke, aunque deseaba interrogarla en relación con ese tema, no quiso parecer desesperado, así que dijo:

—He oído que vas a cenar con él.

—Sí.

—Si quieres, yo me quedo con Dai —añadió, ocultando su furia.

Sakura lo miró.

—¿En serio? —preguntó, feliz—. ¿Lo harías?

—Por supuesto.

Encantada por aquella propuesta, se lanzó sobre él y lo abrazó.

—¡Genial! ¡Genial! Te lo agradezco un montón. Si Dai está contigo, me quedo más tranquila que si se lo dejo a otra persona.

Como tenerla entre sus brazos le causaba confusión, se deshizo de su abrazo.

—Ese Shisui, ¿es alguien especial? —le preguntó una vez que se sentaron en el sofá.

—Puede.

—¡¿Puede?!

Sakura asintió y, tras coger un plátano de la mesa, subió los pies al sofá. Se sentó como un indio y comenzó a pelar la fruta mientras decía:

—Shisui es un fotógrafo del National Geographic. Nos conocemos desde hace cuatro años y siempre que coincidimos en algún lugar nos divertimos un montón. Nos vimos en Alemania y, ¡oh, Dios!, cada día está más bueno. —Dejó la piel sobre la mesa y le dio un mordisco al plátano—. Es alto, moreno, tiene un tatuaje en el costado y, ¡uf!, ¡me pone cantidad!

Incómodo por lo que estaba escuchando, pero hechizado por cómo ella se comía el plátano, apenas si podía respirar.

—Y vosotros..., ese Shisui y tú, ¿habéis tenido algo? —preguntó sin que pudiera evitarlo.

Con el plátano en la boca, Sakura asintió.

—¡Hummm, sí! Y sólo puedo decir ¡colosal!

Aquellos ruiditos que hacía y verla con aquella fruta en la boca le tensaron la entrepierna. Sakura era sexy, directa y encantadora. ¿Cómo no se había dado cuenta de eso antes?

—Ya te lo presentaré la noche que salga con él. Por cierto, es el jueves; ¿podrás?

Sasuke asintió mientras ella se paseaba el plátano por la boca. Daba la sensación de que lo estaba provocando, pero Sakura no era así, o al menos nunca lo había sido. Finalmente, y al sentir que sus respiraciones se volvían más profundas, se levantó.

—Voy al baño.

Ella asintió y continuó comiendo el plátano. Una vez en el baño, Sasuke se echó agua en el pelo. Debía enfriar su cabeza y su entrepierna, o se abalanzaría sobre ella y le haría apasionadamente el amor. Cuando salió del baño, se encontró a Sakura quitando la mesa y, sintiéndose incapaz de continuar un segundo más junto a ella sin besarla, dijo:

—Me voy. Mañana entro temprano.

—Muy bien —asintió ella, guardando las cosas en el lavavajillas.

Él se acercó para despedirse, y la joven, dándose la vuelta, se puso de puntillas y le dio un beso en la punta de la nariz.

—Gracias por la tortilla. ¡Estaba de escándalo!

Asintió atontado y, tras sonreír, cogió las llaves de su coche de la encimera y salió. Aquello no era bueno para la salud.

El jueves, tal y como había dicho, Sasuke se presentó en casa de Sakura a las siete para hacer de canguro. Estaba incómodo con la situación, pero, intentando aparentar normalidad, sonrió cuando ella le dio al niño porque se iba arreglar. Una hora después, mientras él veía la televisión y el pequeño dormía entre sus brazos, Sakura salió de su habitación.

—Sé sincero. ¿Qué tal estoy para mi cita?

Al mirarla a Sasuke le temblaron las piernas y se le secó la boca. Sakura estaba preciosa. Sexy y tentadora. Aquel ajustado vestido negro que dejaba al descubierto sus preciosos hombros y aquellos zapatos de tacón le quedaban muy bien. Demasiado bien. Boquiabierto, permaneció sentado.

—Estas preciosa —murmuró.

Ella sonrió, y mirándose en un espejito que había en el comedor, preguntó, más nerviosa de lo normal:

—¿Qué hago con el pelo? ¿Me dejo el flequillo en la cara, a lo mujer fatal, o me pongo una horquilla?

Atónito, observó cómo ella se recogía el pelo y se lo soltaba, y finalmente sólo pudo balbucear como un imbécil:

—Da igual cómo lo lleves. Estás muy guapa.

—¡Graciassssssssssssss!

En ese momento, sonó el portero automático de la casa, y Sakura rápidamente contestó.

—Es Shisui —anunció entrando en el comedor.

Dos minutos después, un tipo tan alto como Sasuke y, para su gusto, demasiado atractivo, entró en el salón. Sakura sonrió al verlo y le dio dos besos en la mejilla.

—Shisui, te presento a Sasuke, un buen amigo. Él hará de canguro de Dai.

Se saludaron con cordialidad, y Sakura, quitándole el bebé de los brazos a Sasuke, dijo:

—Y esta cosita tan bonita es mi hijo Dai. ¿A que es precioso?

Shisui observó al pequeño y sonrió, y tocándole la regordeta mejilla, contestó para desagrado de Sasuke:

—Es tan bonito como su mamá.

La manera como se miraron a Sasuke le repateó. ¿Qué hacía aquel gilipollas tocando la mejilla de Dai y sonriendo a Sakura de esa forma? E incapaz de permanecer impasible, dijo:

—Sakura..., ven un momento a la habitación. Tengo que preguntarte algo antes de que te vayas.

La joven miró a Shisui y, tras pedirle un segundo mediante señas, lo siguió. Una vez que llegaron a la habitación, Sasuke cerró la puerta.

—¿Te has vuelto loca?

—¿Por qué?

—Ese gilipollas lleva escrito en la cara ¡qué guapo soy!

—Es que es muy guapo —sonrió, encantada.

—Sakura..., ese tipo no me gusta nada. Absolutamente nada.

—Normal. A ti te gustan las tipas. Lo raro sería que te gustara él —aclaró, molesta. ¿Quién era él para decirle todo aquello?

—Pero ¿no te das cuenta de qué clase de hombre es y de lo único que quiere?

Al entender lo que decía, Sakura cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y, con rotundidad, respondió:

—Simplemente es la misma clase de hombre que tú. Y en cuanto a lo que él quiere, me parece muy bien. ¿Y sabes por qué? Porque es justo lo que quiero yo.

Y sin ganas de decir ni escuchar nada más, Sakura abrió la puerta y salió de la habitación. Sasuke la siguió. Una vez en el comedor, sin mirarlo a los ojos, le entregó al pequeño, a quien besó en el moflete. Entonces, asió el bolso y una pashmina, y mirando a Sasuke con una seriedad que no conocía en ella, dijo antes de salir por la puerta:

—Ante cualquier cosa sobre Dai, ¡llámame!

Cuando la puerta se cerró, la furia de Sasuke era atronadora, y tras dejar al bebé dormido en su cunita, maldijo desesperado. Pero mirándose en el espejo donde minutos antes se había mirado ella, siseó:

—Te jodes, por capullo.

A partir de ese día, la vida de Sasuke se volvió un infierno. Durante una semana, soportó la presencia de Shisui en su entorno y apenas si pudo protestar. Fuera a la hora que fuese a la casa de ella, allí estaba aquel imbécil. Y lo peor no era aquello. Lo peor eran las sonrisas que Sakura le dedicaba y ver cómo el tipo jugaba con Dai. ¡No lo soportaba! ¿Por qué tenía que tocar al niño? Y, sobre todo, ¿por qué tenía que estar en casa de Sakura constantemente? Por ello, el día en que llegó a casa de la joven y Chiyo le dijo que Sakura estaba en el aeropuerto despidiendo a su amigo, suspiró aliviado. Y tras coger a Dai y sentarse en el sofá para besuquearlo, tuvo claro que aquello se tenía que solucionar.

Chiyo, que había sido testigo mudo durante aquellos días de cómo Sasuke miraba al fotógrafo, sentándose a su lado le ofreció rosquillas. Rápidamente, él atacó el plato.

—Están buenísimas, Chiyo. Me encantan.

—¿Crees que son las mejores rosquillas que has comido nunca?

Sorprendido por aquella pregunta, Sasuke respondió:

—Creo que sí.

La gallega se levantó moviendo las manos y cuchicheó mientras se alejaba:

—Creo..., creo..., creo... Ese creer tuyo no me vale.

Aturdido y sin entender nada de lo que la mujer decía, y menos, de lo que le pasaba, dejó a Dai en la sillita y se acercó a ella.

—¿Qué te ocurre, Chiyo?

Tras secarse las manos con un pañito, la vecina de Sakura lo miró.

—¿Sabes que estás perdiendo el tiempo?

—¡¿Cómo?!

—Sí, estás perdiendo el tiempo en esta casa. Sé que Sakura te gusta. Lo sé por cómo la miras y por lo mal que lo has pasado estos días en que Shisui ha estado aquí. Soy vieja pero no tonta. Pero, créeme, tú ya no tienes nada que hacer. Por lo tanto, como tú dices, creo que deberías dar un beso a Dai y marcharte para que Sakurita sea feliz. Porque, muchacho, como a todo lo que te encante le hagas el mismo aprecio, ¡mal vamos! —masculló ella.

Sorprendido por aquella contestación, Sasuke miró a la mujer y preguntó:

—¿Por qué dices eso?

—Por nada..., por nada. —Pero incapaz de callar, añadió, enfadada—: ¿Cómo puedes ser tan tonto? ¿Acaso no ves que como no espabiles llegará otro más listiño que tú y te quedarás sin este pequeño y su madre? —Y dándole un pescozón, la mujer apostilló—: Tonto..., lo has tenido todo para conquistarla, pero tu torpeza te está dejando sin nada.

Estupefacto por aquellas palabras, sólo pudo farfullar:

—Voy a hablar con ella y...

—Pues espabila, carallo, espabila. Porque esto es como las rosquillas, si sigues probando y catando, nunca sabrás si realmente alguna te gusta de verdad. Porque, hijo, aunque soy mocita y no he probado hombre, sé que para que algo te guste tienes que poner empeño en degustarlo, observarlo, cuidarlo, conocerlo, disfrutarlo, y mil cosas más. Y eso, justo eso, es lo que tú no haces. Y el día en que pienses «aquella rosquilla que probé me gustó», puede que otro ya se la haya comido y te quedes con cara de tonto rematado.

—¿Me estás comparando una relación con una rosquilla? —se mofó, divertido.

La gallega, retirándose un rizo de la sien, miró a aquel hombretón que tanto le gustaba para su Sakurita y siseó:

—Sí. Y a buen entendedor, pocas palabras bastan.

Y ya no pudieron hablar más. La puerta se abrió, y Sakura, con una de sus espectaculares sonrisas, apareció con uno de sus tantos amigos. Y como era de esperar, la tortura de Sasuke continuó.