CAPITULO XVIII: INGLATERRA Y ESCOCIA
La obscuridad recién aparecida daba un aire de misterio en altamar, el transatlántico avanzaba con rumbo fijo hacia su destino rompiendo pequeñas olas de un océano tranquilo, el viento suave y aún tibio golpeaba su rostro delineando cada detalle de él, lejanas quedaron las luces de una ciudad ruidosa y muy iluminada.
En la misma posición de horas atrás permanecía centrado en sus pensamientos, claramente podía escuchar una conversación tan lejana como la distancia que aún faltaba por recorrer. La noche cómplice de sus anhelos trajo a su mente pasajes de un pasado inolvidable.
"¿Hay alguien aquí?…"
"Si, perdóname no quise molestarte, me pareció que estabas muy triste…"
El joven recostado sobre la barandilla, esbozó una pequeña sonrisa, con mirada melancólica veía a un punto perdido hacia algún lejano lugar, donde ni siquiera su imaginación podía llevarlo.
"¿Que estaba muy triste?, no es verdad estoy muy triste..."
Suspiró ampliando la sonrisa, todo era calma a su alrededor y las voces las escuchaba altas y muy vívidas.
"¿En qué estas soñando, pequeña pecosa?"
—Pequeña pecosa —Salió de su boca en un suave y cariñoso murmullo. Su rostro se volvió de ensoñación y luego de diversión mientras sus recuerdos seguían envolviéndolo, a la vez que dentro del bolsillo de su saco acariciaba su preciada armónica con un recuerdo que duraría toda su vida, el orificio que la bala había hecho en ella.
¿Pecosa yo?
—Sí, y muy pecosa que lo eras —decía en el mismo tono bajo de su solitaria conversación con sus recuerdos, acompañado por una pequeña sonrisa de agrado que se coló para salir de sus labios y sus ojos que imitaban la jocosidad de lo que recordaba. Lo hacía como si de nuevo estuviera con ella en aquella discusión de antaño.
"Lamento muchísimo tener que decírtelo pequeña, pero realmente eres muy pecosa…"
¡Eso a mí no me importa!, me gustan mucho las pecas…
—Qué genio —Esta vez la risa fue más audible y su rostro cada vez era más relajado y de diversión—, una pequeña salvaje —Las voces en sus oídos no hacían por callarse y a él no le molestaba, por el contrario lo divertía y lo hacía viajar en el tiempo.
"Entiendo, por eso las coleccionas…"
Sí, y últimamente estaba pensando cómo conseguir más…
"¡Qué bien!"…
Estás celoso porque no tienes ninguna peca, ¿verdad?
—En realidad siempre lo he estado, celoso de ellas —admitió sin abandonar el tono bajo de su conversación privada y apenas borrando un poco la sonrisa—, son privilegiadas al poder ser acaricidas por tus pequeñas manos —Dejó salir un corto suspiro y los recuerdos continuaron.
"Y también estarás orgullosa de tú naricita…"
¡Claro que sí!
"Adiós pecosa…"
¡Mocoso atrevido…!
—Eras tú la atrevida, nunca nadie me habló así o se atrevió desafiarme —De pronto su expresión se volvió muy seria y empezó a dar paso a la nostalgia reprimida—. Candy, ¿por qué tuvimos que separarnos?, ¿por qué todo se volvió en nuestra contra? —Se enderezó y dirigió su mirada al cielo suspirando—. ¿Por qué todo salió mal?, ¿por qué ahora eres de alguien que no soy yo? —Se lamentó cerrando los párpados por tan solo unos segundos, para luego abrirlos y bajó un poco la cabeza, su mirada buscaba en las aguas del océano respuestas a sus interrogantes.
Sin percatarse de lo que lo rodeaba en la quietud y el silencio de la noche, alguien sigilosamente se aproximó a él.
—Parece…que… —La voz se escuchó titubeante—, no son…nada agradables —dijeron a su espalda, acercándose más, refiriéndose a los recuerdos que imaginaba estaban invadiendo la cabeza del joven. Desde su lugar oculto donde permanecía antes, podía ver su rostro compungido, más no podía escucharlo.
—¿De qué hablas? —Cuestionó él, sabiendo a quién le preguntaba.
—De eso —Le respondió la voz cariñosa y dulce de su madre, a la vez que señalaba una solitaria y pequeña lágrima que rodaba por su mejilla.
Terry, levantó su mano para pasarla por el camino húmedo que recorría y la alcanzó antes que llegara a su boca y dejara el sabor amargo de la tristeza que lo inundaba. Sin darse cuenta se había escapado de sus ojos.
—Algunos recuerdos no debieron volver nunca —Hizo una expresión de inconformidad. Al pensar que su amada se encontraba en algún lugar del planeta, prohibida, mientras él gozaba de plena libertad en su vida para hacer lo quisiera.
—Quizás —Eleanor, intentaba no sonar igual de fatalista y luego antes de permitir que su hijo siguiera con su ya iniciado recorrido de pesadumbre por los viejos recuerdos, se dispuso a informarle de algo que por tanto ajetreo se le había pasado por alto—. Terry —Le habló poniendo su mano sobre la de él—, olvidé comentarte algo que sucedió días antes que recobraras por completo tus recuerdos —Aclaró, su hijo permanecía en la misma posición—. Quizás ni siquiera valga ya la pena comentarlo, igual quiero decírtelo.
—¿Por qué tanto misterio? —Volteó solo el rostro para verla y ella retiró su mano—, ¿de qué se trata?
—Cuando aún dormía en el hospital, un hombre llegó a mi casa a preguntar por mí y por ti —Eso atrajo toda la atención de él, le pareció extraño el asunto y se volteó por completo—, debe ser alguien que te conoce bien y no estoy segura de quién sea aunque tengo una sospecha, parecía saber la relación que tú y yo tenemos.
—¿Y quién era? —preguntó más interesado, a la vez que se le erizaban los vellos de la nuca. Quizás, anuncio de algún presagio bueno o como era su suerte, malo.
—Según Rose, es alguien de la familia Ardley —Los ojos de Terry se abrieron grandes de sorpresa—, lo único es que ella cometió un error y siendo protectora como es con ambos, lo echó de la casa molesta e indignada al saber que era familiar de la mujer que te disparó, sin siquiera darle la oportunidad de hablar —El rostro del castaño se volvió severo y frunció el ceño—. Lo siento sabes cómo es Rose, te quiere mucho, dijo que le dejó una tarjeta que después rompió y lo único que recordaba era el apellido del hombre y su descripción.
—¡¿Por qué hizo eso?! —Terry, elevó dos tonos su voz con molestia—, no tenía ningún derecho de decidir antes de consultarlo con cualquiera de nosotros.
—Lo sé, hijo —Su madre le dio la razón con pesadumbre—, sé que actuó mal, no lo hizo de mala fe, fue más bien para protegerte —Eleanor, intentaba disculparla por el aprecio que les tenía.
—¿Y de quién sospechas? —La cuestionó pasando a algo más importante y urgente para él. Casi queriendo que su madre le confirmara lo que ya rondaba por su cabeza, el corazón se le aceleró de sólo imaginarlo.
—Según ella era un hombre rubio y alto, de ojos azul claro y… —Ya no pudo continuar, a Terry le ganó la ansiedad y la sabiduría.
—¡Es Albert! —Aseguró, recorriéndole escalofríos por todo el cuerpo y el corazón le retumbaba en el pecho, sin saber si era de emoción o de frustración. Cuánto había deseado contactarlo antes—, ¿y qué hiciste, intestaste buscarlo? —La cuestionó de inmediato con inquietud, inclinándose para tenerla más cerca.
—Yo no sabía exactamente quién era, no lo conozco físicamente y supuse que tú sí. Ese día que llegué al hospital para comentártelo fue cuando te enteraste de lo Rockstown, te molestaste tanto que no supe si era apropiado continuar con el tema y luego lo olvidé.
—¡Pero cómo pudiste hacerlo! —Terry, dio dos pasos hacia atrás llevándose ambas manos a la cabeza y se giró solo un poco sobre su ángulo y luego volvió al mismo sitio—, ¿al menos intentaste comunicarte con él? —preguntó entre desesperado y ansioso sin bajar la voz.
—Lo siento, no lo hice —Eleanor, se disculpó apesarada—. Rose me indicó después que él mismo le dijo que se iba de viaje y que no podía esperar, que deseaba hablar conmigo y también preguntó en qué hospital te encontrabas, después lo olvidé y ya no hice nada, creí que ya no tenía sentido.
—¡En qué rayos estaba pensando Rose cuando se le ocurrió echarlo de tú casa! —El castaño, se alteró pasándose las manos por el rostro con molestia—, debió hablar con él, llamar al hospital, ir a buscarte, qué se yo —Se revolvió el cabello corto con molestia, el tirón a su brazo le provocó dolor y se quejó.
—Relájate hijo —Le pidió su madre, preocupada—, recuerda que todavía no estás bien.
—¡No sé por qué diablos todo sale mal cuando se trata de ella! —Se quejó y se lamentó con molestia, con frustración y todos los sentimientos que su corazón podía albergar en ese momento. Tiró un manotazo al aire sin importarle el dolor que pudiera causarle en el brazo, era más fuerte el que su corazón sentía.
Demasiado era tener que navegar en el mismo barco donde se conocieron, un suplicio sería revivir día a día los viejos recuerdos. Esa noche fue de completa angustia para el caballero inglés, sin ánimo de salir de su camarote pidió que le llevaran la cena, se negó a acompañar a sus padres al restaurante. Sus ánimos se encontraban desmoronados, al final de la noche cayó rendido deseando que al día siguiente todo fuera mejor, como si eso pudiera ser posible. La madrugada le llegó invadida por un golpe bajo del Destino, sus sueños estuvieron invadidos por cientos de escenas vividas en el colegio junto a la rubia de sus ensoñaciones. Como viejos fantasmas invadían su pequeño descanso cuando lo lograba, atormentándolo con las risas de unos labios que lo invitaban a saborearlos y miradas de unos ojos verdes que lo veían con dulzura. Una colección completa de sus vivencias y viejas andanzas en Londres con la rubia pecosa, que hacían que despertara cada cierto tiempo, por la mañana las ojeras se lucían oscuras y sobresalían en su blanco rostro. Al levantarse y verse al espejo, lo único que pudo expresarle a su reflejo con un angustioso y profundo suspiro fue:
—¡Acaso el Destino y todas las fuerzas de la naturaleza, se confabulan contra mí para torturarme! —dijo al también recordar el nombre del barco en el que navegaba.
Después de uno minutos observándose, esperaba fervientemente que el martirio se aplacara esa noche y pudiera conciliar mejor o aunque fuera un poco, el sueño. Lejos estaba de sospechar que tendría que soportar la misma tortura por muchos más días de los que hubiese pensado.
…
En Southampton, otro barco atracó días después que partiera la rubia a Escocia. Elroy Ardley acompañada de Georges Villers, permanecieron por solicitud de la tía abuela unos días en Londres para tomar un descanso luego de tantos días de navegar. La anciana recordó con tristeza su última visita a esa ciudad, aquella ocasión en que llegó a visitar a sus sobrinos con regalos, suspiró al recordar al fallecido Alistair Cornwell Ardley. Y también por la vez que en que Candy no fue invitada por su arrogancia equivocada contra ella, la conciencia la golpeó fuerte al rememorar su mala actitud con la noble joven rubia, razón por la que dedicó algunos de esos días para comprarle regalos, aprovechando la nueva oportunidad que le daba la vida de corregir sus actos pasados. Así el pelinegro Georges la acompañó a varias tiendas para comprarle algunos vestidos, zapatos, sombreros y lo más importante, un ostentoso juego de joyas que consistía en pendientes, collar y una pulsera de exquisitos diamantes cristalinos de color azul.
Otra visita que nadie se imaginaba en la vieja ciudad, bajó del mismo barco, su destino inicial era Escocia, pero debía cubrir ciertas apariencias y al día siguiente se movilizaría hacia Gales, donde su padre esperaba poder hablar con él en una comunicación telefónica; sólo para asegurarse que había llegado bien, estaría unos cuantos días con sus abuelos y luego se marcharía hacia el lugar donde se encontraba el motivo importante de su viaje.
…
En otro transporte marítimo a muchas millas náuticas de distancia, avanzaba hacia el Viejo Continente desde un punto diferente, un hombre de cabellos dorados y ojos azules gentiles, respiraba el aire fresco de la mañana mientras observaba sin prestar realmente atención al horizonte, en su mente repasaba los últimos acontecimientos. Llevaba varios días en altamar, inicialmente decidió quedarse en su camarote y revisar muchos pendientes que se acumularon por su inesperado viaje; cansado del encierro y tantos papeles abandonó un día atrás su escondite y en ese momento estaba recostado sobre la baranda de cubierta, una protesta en su estómago lo hizo espabilarse a la vez que sonrió al recordar los ruidos extraños del mismo órgano hambriento de su pequeña rubia. Su sistema le estaba avisando que la hora de los sagrados alimentos había llegado. Se enderezó y al darse vuelta, un cuerpo más pequeño y frágil chocó contra él y se fue directo al suelo sin haberlo movido un centímetro.
—¿Qué le pasa? —Escuchó decir en señal de protesta—, ¿que no tiene ojos?
El caballero rubio se sorprendió de la queja y el regaño, a sus pies se encontraba sentada en el suelo una joven de cabello obscuro y un libro abierto tirado a la par de ella, sus ojos verde amarela centellaban de molestia a través de unos cristales.
—¿Qué no piensa ayudarme a levantar? —Se quejó, extendiéndole la mano.
—Disculpe señorita —Se excusó el rubio, ayudándole a ponerse de pie.
—¿Acaso tiene mala la vista, no me vio? —preguntó ella a disgusto, se agachó y recogió el libro, luego se acomodó los lentes y el vestido, continuó observándolo en actitud desafiante en espera de su respuesta.
Albert la veía curioso sin saber qué decirle, era ella quien había chocado contra su pecho.
—¿No puede oír? —Lo cuestionó ella, acercando su rostro dudoso al de él, empinándose.
—Claro que puedo escuchar —respondió Albert, en la misma actitud moviendo su rostro al frente para acercarlo al de ella.
Ella dio un respingo de alerta hacia atrás.
—Si puede oír por qué no responde —Lo regañó de nuevo—, además qué le pasa, tiene mala vista que no me ha visto y me ha tirado al suelo.
—¿Cómo dice?, es usted quién ha tropezado conmigo —Se explicó, el rubio—, tengo mucho tiempo de estar de pie en este lugar.
—Insinúa que yo lo he agredido —Frunció ella el ceño.
—Yo no he dicho tal cosa —Le sonrió él, amigablemente—, es solo que usted me acusa de haberla botado y yo ni siquiera he podido verla, estaba aquí de pie y usted… —Quiso explicar y se lo impidieron.
—Yo venía leyendo, como se le ocurre estar de pie en ese lugar, por aquí transitan muchas personas y usted allí estorba —Le recriminó—, todos los días desde que abordé el barco he pasado leyendo por acá y nunca me topé con nadie.
—Bueno, si levantara la vista de vez en cuando me hubiera visto —respondió él, despreocupado.
—¡Oh!, pero si es un maleducado, provoca que me caiga y luego pretende culparme —Se quejó, ella indignada y con ganas de retirarse—. Con permiso, tengo cosas más importantes que perder mi tiempo con usted —añadió y pasó al lado del caballero desconcertado.
Albert se giró para verla irse y negó con la cabeza divertido, era una chica extraña y muy mal humorada con acento inglés bastante marcado, eso le hizo recordar a un viejo amigo al cual no pudo ver y del que tampoco sabía nada. El estómago volvió a protestarle y él siguió su camino al restaurante muy tranquilo tomándose su tiempo.
Al llegar divisó una mesa al fondo con vista al mar que encontró vacía y caminó hacia ésta, tomó asiento para observar hacia el horizonte quedando de espaldas, estaba por levantar la mano para solicitar la presencia de uno de los camareros, cuando una voz ya conocida le habló por detrás.
—Disculpe caballero, esa mesa me pertenece —Escuchó decir, se giró para ver a la dueña de la voz y con fingido tono desafiante le respondió:
—Lo siento, llegué primero y ahora es mía —Se cruzó de brazos, muy tranquilo.
—¡Otra vez usted! —La joven, abrió los ojos de asombro—, ¿me anda siguiendo? —Le preguntó sacándose los lentes y aproximándose un poco a él.
—Tengo cosas más importantes qué hacer —respondió Albert, devolviéndole sus mismas palabras intentando no reírse; primero le cayó a disgusto y ahora lo estaba divirtiendo.
—Entonces vaya a hacerlas a otro lugar, esta es mi mesa —dijo ella, poniendo su mano en señal de posesión.
—Me gusta ésta y no pienso moverme —Negó él, en la misma pose.
—Pero hay muchas más, ¿por qué quiere esta? —Se quejó ella, poniéndose los lentes de nuevo.
—¿Por qué le gusta a usted? —La cuestionó. Sabía que se estaba comportando de forma infantil, pero la actitud de la joven lo tenía curioso y divertido.
—¿Por qué tendría yo que darle explicaciones? —Lo inquirió con una mano en la cintura entrecerrando los ojos, sin quitar la otra de la mesa.
—Porque si no lo hace, no pienso moverme.
La joven expulsó aire con molestia, lo observó unos segundos y respondió:
—Está bien, voy a decirle el motivo —Aceptó enderezándose—. Siempre que viajo en barco me gusta sentarme en la mesa del extremo más alejado de los demás.
—¿Y eso por qué lo hace? —preguntó él, más curioso e intrigado con la joven.
—Para evitar a las personas molestas y preguntonas —Le respondió con sarcasmo, muy directo a él.
—Ya veo —Le sonrió Albert, tamborileando los dedos en su brazo cruzado—, por lo visto todos los ingleses son iguales —afirmó llevándose la mano a la barbilla—. Bien, ahora que ya sé sus motivos, igual no pienso moverme, yo llegué primero —Se encogió de hombros y se giró para darle la espalda.
—¿De verdad no piensa levantarse? —Cuestionó ella, con los ojos muy abiertos de incredulidad con la poca caballerosidad de ese hombre.
—No —Aseguró el rubio, moviendo la cabeza dándole la espalda—, si usted quiere sentarse en ésta mesa tendrá que acompañarme, sino busqué otra —Una sonrisa de picardía apareció en el rostro atractivo del rubio.
—¡Es un majadero! —Se quejó ella, a disgusto dando un golpe con su pie en el piso.
Justo cuando dio la vuelta para retirarse molesta, se topó con el camarero que llevaba sobre una bandeja la jarra de agua para esa mesa. El hombre se tambaleó dejando caer sobre el rubio Patriarca el líquido vital, mojándole su fino saco.
Albert se levantó espantado de inmediato para sacudirse el agua, el camarero logró dominar la jarra para que no cayera al suelo, se apresuró a dejar la bandeja sobre la mesa y tomó la servilleta que colgaba de su brazo para ayudarlo a limpiarse.
—Disculpe…señor —dijo el empleado, muy preocupado. Por menos de eso podía ser despedido.
El rubio se quitó el saco y empezó a sacudirlo, luego se volvió para ver a la autora de la fechoría y con ojos incriminatorios la observó.
—¡Oh!, por…por favor…discúlpeme ha sido mi error —La joven, se ruborizó por completo muy apenada—, yo he sido la culpable no le diga nada al mozo —Se disculpó mientras le quitaba el trozo de tela al camarero de las manos y se dispuso ella misma a limpiarle el saco, casi arrancándoselo de las manos.
Albert luego del incómodo momento que no llegó a disgustarlo sino más bien a divertirlo más, siguiendo con la mirada amenazadora que tenía quiso embromarla.
—Dígame algo —El rubio, se dirigió a ella con el mismo gesto fingiendo molestia. La joven levanto la cabeza para observarlo con atención—. ¿Acaso todos los ingleses tienen el mismo mal genio o es tan solo una casualidad?
—¿A qué se refiere? —respondió ella, confundida mientras continuaba con su labor de secado.
—A que, los que he conocido son como usted mal humorados y huraños —Al rubio, le resultaba inevitable compararla con el carácter de su antiguo amigo inglés—, porque es inglesa, ¿verdad? —La inquirió solo para continuar con la conversación, su marcado acento la delataba fácilmente.
—Así es, soy inglesa —respondió ella, más relajada. Miró el saco y dejó de frotarlo con la servilleta y luego repuntó—. Sin embargo, desmerito sus palabras al decir que los ingleses somos mal humorados y huraños, solo porque a mí me gusta la privacidad no quiere decir que por eso sea antisocial —añadió con un aire de intelectual.
—Está bien —Albert, le concedió el indulto rindiéndose con su manos—, no le parece que en lugar de discutir conmigo por una mesa y mojarme, sería mejor que me acompañara —Le indicó señalando una de las sillas. La joven se ruborizó de nuevo y le entregó el saco.
El mesero mientras tanto observaba a uno y a otro, a la expectativa de lo que sucediera y sonrió al escuchar el comentario del caballero rubio.
—Willian Ardley —Se presentó el Patriarca cortésmente extendiéndole la mano, después de dejar el saco en el respaldo de la silla—, de momento no se si pueda decir que es un gran gusto conocerla.
—No lo creo, no ha sido precisamente la mejor forma de hacerlo —comentó ella, acomodándose los lentes y luego también le extendió la mano para corresponderle el saludo—. Katherine Mitchell.
—Muy bien señorita Mitchell, entonces, ¿acepta mi invitación? —preguntó el caballero, después de regresarle la mano.
—¿Por qué no?, quizás hasta pueda ser interesante, usted no me parece ser el típico hombre de negocios aburrido que viaja solo, porque viaja solo, ¿o no es así?
—Completamente solo —Albert, tomó la silla para invitarla a sentarse—, sin nadie que me acompañe más que mis papeles, ¿y usted? —La cuestionó después que ella se sentara.
—Qué forma tan sutil de ser curioso, para su información siempre viajo sola, no hay quien aguante mi ritmo y tampoco mis locas aventuras, así que no tengo otra opción que hacerlo sola, acompañada de mi vieja nana que a esta hora aún debe estar durmiendo —Sonrió de forma condescendiente.
Albert quedó impresionado del radical cambio de humor de la joven y también intrigado, había dicho "¿locas aventuras?", tenía que saber a qué se refería con eso. Viéndola detenidamente era una joven de rostro lindo, de cabello castaño obscuro corto hasta los hombros y seductores ojos verdes con vetas doradas que eran ocultos por un par de lentes, eso la hacía lucir como toda una intelectual. No mayor de veintiocho años y tampoco llevaba anillos de matrimonio. Se sorprendió él mismo por el escrutinio descarado que le había hecho a sus manos y a su rostro.
—Podría decirme a que se refiere con, "locas aventuras" —La inquirió en verdad muy interesado.
—A nada de lo que se está imaginando —respondió ella, muy digna—, me refiero a que me gusta mucho viajar y conocer nuevas culturas, y si no le molesta deberíamos ordenar o al camarero le saldrán raíces por estar ahí de pie —Señaló con su dedo al joven que los veía curioso. Con su conocido sarcasmo inglés.
—Si claro por supuesto —Concedió él, y se dirigió al mozo—, el desayuno normal para mí ¿y para usted? —Le preguntó amablemente a ella.
—Lo mismo —respondió muy natural, tomando la servilleta para colocarla sobre su regazo.
—¡Lo mismo! —Se sorprendió Albert y también el mozo pero en silencio. Ese desayuno era abundante y no le parecía que una dama como ella fuese a comer todo lo que llevarían. La veía más como alguien de comer poco debido a su delgada figura.
—Sí, amanecí hambrienta —Se encogió de hombros despreocupada.
—Que sean dos entonces —Confirmó Albert.
—Con gusto señor, enseguida entrego sus órdenes —respondió el mozo y se retiró del lugar, no sin antes darles una última mirada y sonreír.
Al quedar solos el rubio inicio de nuevo la conversación y Katherine fue más receptiva, ambos empezaron a narrar el motivo de su viaje, él con el camino trazado hacia Escocia y ella de vuelta a Inglaterra después de haber recorrido varios países de América del Sur, el viaje había tardado casi un año. Albert estaba admirado de la joven y de toda la educación que tenía sobre ella, la forma en que narraba sus aventuras y experiencias de otras culturas. Sin duda era fascinante escucharla hablar de su amor por la naturaleza, una verdadera exploradora y también su singular rebeldía a los convencionalismos, algo muy extraño para una dama inglesa.
Al concluir la comida que les fue llevada continuaron en el mismo lugar compartiendo experiencias, ambos muy sorprendidos de sus muy particulares y parecidos gustos.
…
En Escocia dos jóvenes damas estaban a minutos de hacer su arribo al lugar donde ya eran esperadas, ambas veían a través de los cristales de las ventanas el hermoso paisaje que las recibía gustoso. El paraje era brillante, con suaves ráfagas que soplaban templadas, los campos vestidos de grandes y pequeñas flores que adornaban como una alfombra multicolor las laderas y las colinas, todo era hermoso similar a encontrarse en un maravilloso cuento de hadas, un sueño deslumbrante hecho realidad. Aunque la belleza resaltaba por todos lados, ellas no podían disfrutarlo como lo hubiese hecho cualquier mortal. En completo silencio se habían quedado al aproximarse cada vez más al sitio donde esperaban pasar las vacaciones, sumergidas en la nostalgia de los cientos de recuerdos vividos que pasaban por sus mentes como un carrusel de imágenes, cada una con nostalgia revivía los días del pasado que volvían para abrir las viejas heridas.
—¿Recuerdas, Candy? —Fue la chica de ojos castaños, la primera en despertar del letargo, un suspiro de añoranza acompañó aquella pregunta. Luego de observar a la lejanía el lago de sus traviesas aventuras adolescentes del pasado.
—Sí —contestó la rubia, sin moverse con la misma nostalgia.
—Fueron días muy felices, ¿no crees? —cuestionaba Patty, suspirando. Recuerdos que jamás volverían a ser iguales. Ya su amado Stair no estaba y ella creía que nunca volvería a amar.
—Mucho —Sonrió Candy, con tristeza. En ese lugar había pasado los momentos más felices que podía recordar y superado pruebas que pensó nunca haría—. ¿Volviste después alguna vez? —Inquirió la rubia, girándose para verla.
—No, nunca más, hasta ahora —respondió Patty, con la incomodidad que le causaba estar en aquel lugar que tanto había evitado—. ¿Y tú, pudiste hacerlo? —Inquirió con la misma curiosidad y volviéndose para encontrársela de frente, Candy la veía con una mirada inexplicable.
—Tampoco, al igual que tú es la primera vez que vuelvo desde… —La frase no fue completada y tampoco era necesario, ambas sabían muy bien en que terminaba y para ninguna era agradable.
Pero Candy sabía que esos de recuerdos eran la catarsis actual que necesitaba para liberarse de los viejos fantasmas que llevaba a cuestas, desde más tiempo del que hubiese querido o pensado.
—¿Sabes Patty? —prosiguió la rubia, tomándole la mano a su amiga—. Por mucho tiempo me negué a volver, pero ahora que estoy aquí siento como si de pronto todo esto era necesario, estoy muy tranquila que hayamos vuelto a éste lugar que nos brindó muchas alegrías, que nos transporta a muchos recuerdos que aunque dolorosos, son necesarios que los resolvamos.
Patty se admiró de la resolución tan madura de la rubia, por un momento pensó que quizás ambas terminarían llorando por su pasado, de pronto era lo contrario la fortaleza de Candy se hacía presente para envalentonarlas y buscar superar sus miedos y sufrimientos pasados.
Al inicio cuando Albert sabiendo que se encontraba en Londres después de haberlo averiguado, le pidió que acompañara a Candy hasta Escocia, Patty se negó rotundamente, no concebía la idea de volver al único lugar en el que había sido feliz como nunca antes. Tantos años de vivir en el internado solitaria por ser una chica tímida. Sin embargo, al conocer a la intrépida Candy, su mundo se había abierto a nuevos horizontes repletos de aventuras y miedos a los que no estaba acostumbrada, y eso le había dado un nuevo sentido a su vida vacía y olvidada por la poca atención que sus padres le prestaban.
Al convivir con la pequeña pandilla de la rubia, nunca imaginó que le esperaba una odisea de situaciones que la forzarían a salir de su caparazón de confort, al que estaba acostumbrada en su aburrida y triste existencia. Jamás imaginó vencer el miedo del vértigo y subirse a un árbol, mucho menos para llegar al dormitorio de los chicos, ni en sus más locos sueños puedo si quiera idearlo. Quien diría que a aquella chica que todas las demás despreciaban por simplemente provenir al inicio de una condición humilde de orfandad, y luego ser adoptada por una importante familia de América, conseguiría lo que tanto había soñado su abuela, que ella despertara y rompiera con todos los paradigmas y miedos que la acompañaban en la soledad de aquella vida de encierro.
Sin duda Candy era una chica muy especial y era por eso mismo que se hacía inolvidable para todos los que la conocían y lo que era más evidente, se ganaba con facilidad el cariño y el amor de los que la rodeaban. Era así como ella pudo darse cuenta que Archie y Stair no habían pasado desapercibidos ante los detalles especiales de ella. No obstante, hubo uno que en verdad dio la sorpresa de lo que la chispeante y brillante personalidad de Candy lograba hacer, y ese era Terence Granchester el Duque rebelde. Lo conocía de años de verlo deambular por el colegio, claro que él tenía mucho tiempo más que ella viviendo en ese internado y era un secreto a voces que todos le temían. Las chicas lo admiraban por su atractivo y gallardía, pero ninguna se atrevía siquiera a cruzarse por su camino, él era muy reservado y escurridizo; para las religiosas era un verdadero dolor de cabeza. Se sabía que era sobresaliente en sus estudios aunque no asistiera a clases, ella algunas veces por casualidad lo había visto leyendo los libros y realizando tareas al aire libre, como si odiara el encierro de las aulas, era quizás por eso que era un chico brillante, con muchas cualidades y aptitudes. Siendo el hijo de un alto noble inglés, debió recibir una educación muy rígida y especial en sus primeros años, en varias ocasiones lo escuchó recitar en francés y alemán, así como la lectura de obras en latín y griego, idiomas que por su condición de aristócrata de una casa tan importante como la de los Granchester, era obligatorio que supiera. Y su condición física era impresionante cuando dedicaba largas horas para practicar la equitación, el deporte de reyes y el esgrima de ahí debía provenir su condición atlética natural.
También lo descubrió bebiendo y fumando entre los matorrales y era por eso que le temía, tenía vicios que ningún otro chico tenia, o al menos era eso lo que ella creía de los demás. No era que lo siguiera, todo eso lo descubrió cuando le llevaba comida a su pequeña tortuga Hurley. El joven era todo un rebelde e irreverente, no así cuando conoció a Candy, toda la fría y ruda pantalla de su personalidad cambió con su amiga rubia, conocieron una faceta de él que todos ignoraban, era como había dicho su amiga, "al final no era tan malo". Aunque no se podía negar que tenía una personalidad muy arrogante y temperamental, le gustaba pelear y no permitía que nadie lo intimidara. Por el contrario, ese chico era la especie dominante en todo el internado, salvo cuando apareció la noble y generosa Candy, fue entonces que él pasó de ser dominante a dominado por una pequeña, frágil y sagaz chica salvaje que trepaba árboles y se balanceaba entre estos retando a la gravedad con fríos nervios y sonrisas de emoción. Tenía que reconocer que solo alguien como ella, pudo tener la templanza para dominar el alma indómita del rebelde aristócrata.
Sin duda su amiga era única con todas sus cualidades, podía pasar de la mayor tristeza a la más enérgica fingida alegría, todo por el bienestar de los demás sin importarse ella, sabía que sufría por todo cuanto en su vida había pasado, pero siempre se terminaba levantando y la prueba fue cuando murió su amado Stair. Aun ella cayéndose de enferma y no solo en lo físico sino del corazón, tuvo el valor de darle ánimos inclusive cuando su alma sufría igual o más que la suya por también perder al amor de su vida. Le había dado valor para continuar y fuerzas para superar la tragedia, forzándola a enfrentar el dolor que sentía y la hacía querer morir. Qué vergüenza sintió cuando supo lo de su ruptura con Terry y lo que ella debió sufrir en silencio sin pedir ayuda, no había duda, no existía mejor amiga que ella.
—¿En qué piensas, Patty? —preguntó Candy, al observarla tan pensativa perdida en algún lugar de sus recuerdos.
—En todo y en nada. En volver a éste lugar que tanto para ti como para mi tiene mucho recuerdos, en que casi me atreví a prometerme no volver nunca y ahora aquí estoy y todavía no sé cómo voy a enfrentarlo. Pero sé que estando contigo —dijo sonriéndole con cariño y a apretando suavemente la mano de la rubia que la sujetaba—, podré lograr todo, tú me infundes confianza y esa valentía que nunca he tenido. Eres una buena amiga y siempre viviré agradecida con la abuela Martha por habérmelo hecho comprender, te quiero mucho Candy —Los ojos de la castaña se llenaron de lágrimas listas para desbordarse.
—No digas eso Patty, tú también has sido una buena amiga, sé que al principio fue difícil por culpa de Eliza, pero al final dos almas buenas terminaron por reconocerse y encontrarse para no separarse, tú también eres una buena amiga. Jamás te ha importado el que solo fuera una chica adoptada por una importante familia y desafiaste a mi querida prima en continuar con nuestra amistad, no tienes nada que agradecer —dijo Candy, y sus ojos al igual estaban llenos de lágrimas, se acercaron y se abrazaron como dos pequeñas niñas.
—Somos unas tontas lloronas —dijeron ambas y se soltaron del abrazo para carcajearse por algunos minutos, luego fue Candy quien interrumpió al detenerse el vehículo—. Llegamos Patty —añadió acercándose a la ventana para ver el exterior.
Imponente la blanca Villa Ardley las recibía y a las puertas de la entrada se encontraban dos doncellas, un mayor domo y otros jóvenes, quizás los jardineros y los mozos de la caballeriza.
—Hemos llegado, señoritas —Les indicó con su voz varonil y madura, Joseph Bellamy, un hombre mayor de cuarenta años de cabello castaño claro y ojos oscuros. Era el empleado de Londres encargado de llevar a la heredera hasta Escocia.
Desde que llegara a Inglaterra, durante su estancia y luego al abordar el tren, no la había apartado de su vista, tal como se lo habían encargado. William Ardley había sido muy específico que debía cuidar de su pequeña hija inclusive con su propia vida. En la vieja ciudad la misión no había sido muy sencilla, ya que la señorita con sus amigos se movía por todos lados y él discretamente la seguía para protegerla.
El llegar a la villa escocesa luego del largo viaje, le daría un respiro a su agitada agenda, allí no necesitaba de cuidarla, todo era más tranquilo y había más servidumbre, las dejaría a ambas disfrutar de sus vacaciones. El lugar era tranquilo y estaba rodeado de vecinos de alta alcurnia y villas de algunos nobles ingleses que también contaban con seguridad, lo que hacía que el área fuera muy segura y él podría volver sin problemas a Londres.
—¿Lista Patty? —preguntó Candy, sintiendo un leve temblor de cuerpo. Era difícil volver a aquel lugar, pero muy necesario.
—Sí —contestó Patty, no muy convencida.
—Bien, entonces bajemos o piensas que debemos quedarnos a dormir en el auto —Candy, intentó bromear para romper con el nerviosismo.
Las puertas de ambos lados se abrieron para ayudar a bajar a las señoritas que serían las huéspedes y habitantes de la magnífica villa. Dorothy se encargó de dirigir al séquito que llevaba Candy y a la vez de dirigir al resto de los empleados y sus posteriores atribuciones para atender a las visitantes. De esa forma todo el equipaje que llevaban fue llevado a sus habitaciones para acomodarles la ropa, mientras las dos chicas decidieron dar un pequeño paseo para estirar sus músculos atrofiados por el largo viaje. Al primer lugar que se dirigieron fue al lago donde años antes compartieron con sus amigos remando en las pequeñas barcazas, para ambas fue inevitable derramar lágrimas de melancolía que inútilmente escondían una de la otra. Cada una de ellas había dejado una parte de su corazón en el aquel lugar de ensueño y cientos de recuerdos. Desde la distancia pudieron observar el edificio del Colegio San Pablo que se erguía aún insolente sin ser víctima del paso del tiempo. Ambas sonrieron y continuaron su viaje hasta aproximarse a un lugar que la rubia no deseaba ni asomarse.
Aun así a la distancia pudieron notar varios cambios en la villa Granchester, principalmente Candy que la había conocido de forma más personal. Parecía haber sido remodelada reciente y se veían algunas ampliaciones, los bloques de ladrillo se notaban lustrosos, los viejos ventanales fueron sustituidos por otros en estilo francés, dándole un aire más impetuoso y elegante a la propiedad. Los jardines se encontraban trabajados y llenos de hermosas flores de colores y entre todas ellas sobresalían los perfumados narcisos de color oro y blanco que delicadamente dejaban flotar en el aire su aroma. Sin habérselo propuesto le trajo un viejo recuerdo a su mente, de alguien que disfrutaba tumbado sobre ellos su agradable perfume. Habían muchos cambios, por un momento Candy se preguntó a qué se debía todo aquello y al final una suposición le dio la respuesta, quizás el padre de Terry lo había mandado a hacer para que llevara a su reciente esposa a veranear. Quizás ellos habían resuelto sus viejas rencillas, un sentimiento de emoción le atravesó el corazón y también otro que le causó un dolor de pesadumbre a la vez que la llevó a un pensamiento de preocupación. Ojalá que todo eso no significara que Terry llevara de luna de miel a Susanna a la villa. Las sospechas de la rubia no estaban muy lejos de ser ciertas, hasta cierto punto, pero ella ignoraría mucho más cosas que existían detrás de todo aquello. Por el momento solo suspiró nostálgica, Patty se dio cuenta y la instó a proseguir con el paseo.
Más tarde regresaron a la Villa Ardley, fue hasta entonces que por primera vez la rubia se daba la oportunidad de conocer el lugar donde años antes no fue invitada, en aquella absurda y tonta "fiesta blanca", que Eliza hubo organizado para…bueno para lo que la había hecho. La villa era no tan grande como el castillo de…bueno no era tan grande como otras y tampoco tan pequeña. En su minuciosa observación veía pinturas colgadas sobre las paredes, seguramente de los antepasados escoceses de la familia, apreciaba cada lugar y obra de arte que allí se encontraba, no por nada durante un año completo la tía abuela le había pedido que aprendiera mucho de arte y cultura. Patty la condujo al salón que todavía permanecía en tono blanco inmaculado, desde la entrada se podía divisar el piano blanco que era lo más exquisito de la decoración, la castaña se encargó de narrarle como Annie les había dedicado una presentación musical en aquella ocasión, pese al mal humor qué Eliza no intentaba esconder. Ambas sabían el motivo del enojo de la pelirroja y decidieron obviar esa parte sin disimular. Candy caminó hasta donde estaba el piano y con las yemas de sus dedos acarició la base para luego abrir y dejar ver las teclas y hacer lo mismo. Viejos recuerdos pasaron ligeramente por su cabeza, cuánto le había costado aprender a tocar tan espectacular instrumento, sabía que no se consideraba ser una concertista consagrada, o contar con el talento nato de Annie, pero en la actualidad podía presumir que al tocarlo saldrían melodías sin que nadie tuviera que sufrir de sordera —Una pequeña risilla salió de su boca, al recordar las veces que su calvo y pequeño instructor se ponía tan rojo como un tomate, molesto con cada equivocación en las teclas y se llevaba las manos a los oídos desesperado con su poco avance—. Cuántos regaños de parte de él hubo recibido, por darle gusto a la tía abuela de adquirir aquella habilidad de ese instrumento. Sin proponérselo, a su mente vinieron las lecciones privadas que alguna vez recibió por parte de alguien, que aunque su carácter era volátil, con ella fue muy comprensivo y atinado para explicarle como tocarlo sin ningún regaño.
¡Suficiente!, era suficiente y debía parar de recordar cosas que ya no venían al caso. Patty quizás adivinando sus pensamientos, decidió interrumpirla pidiéndole que continuaran el recorrido de reconocimiento del resto de la villa. Al concluir ya entrada la tarde, decidieron subir a sus habitaciones para tomar un baño y luego vestirse llegado el momento de la cena.
Casi como una tortura llegó la noche y con ello la hora de dormir —Eso si era posible que lo hicieran—; sus mentes estaban plagada de viejos recuerdos que provocaban cientos de suspiros y lágrimas inútilmente contenidas, por si fuera poco los sueños fueron aún más inclementes cuando cayeron en éstos. Estaban cargados de imágenes y experiencias que todo el grupo había vivido en aquel lugar de ensueño.
…
En alta mar, alguien tampoco la pasaba muy bien de día y menos de noche, no había poder humano que lo sacara de su enclaustro durante el día desde hacía una semana, a regañadientes aceptaba las horas de terapia que ya consideraba innecesarias, y el parloteo de la dichosa enfermera lo mareaba y le resultaba intolerante. Hacía acopio de su buena crianza y caballerosidad, para responderle únicamente con monosílabos que la joven insistente parecía no entender. Por las noches cuando ya todo se encontraba en la quietud de sus deseos, se escurría para contemplar las estrellas que le regalaban un poco de paz en la oscuridad. Recargado sobre la barandilla veía el azul obscuro —Casi negro—, de las aguas del océano y en ellas el reflejo de los cientos de estrellas y en medio de ellas un faro luminoso le regalaba la imagen inocente de una joven rubia. Sin ser consciente de lo que su corazón le hacía decir o hacer por amor, sus labios se abrieron para dejar escuchar su voz serena y suave como un susurro, una composición que le brotaba del alma y del corazón:
Si la luna fuera ella, radiante y excelsa,
la bañaría con el polvo de las estrellas,
para ensalzar el esplendor de su boca carmesí,
y la belleza etérea de sus verdes lagunas.
…. …. ….
Iracundas son las lágrimas frías de la agonía,
que brotan de los ojos de un mortal desdichado,
cerrado y gélido se encuentra el corazón sangrante,
del amante que permanece beligerante a la vida.(1)
Un largo suspiro de nostalgia y congojo salió de su pecho y una lágrima atrevida le rodó por la mejilla. Al aproximarse cada vez más a su destino, la inquietud se estaba desbordando en él. Quizás era la nostalgia de lo que aquella ciudad significaba, aunque no todo era bueno, sus primeros años no fueron los mejores y tan solo por un momento pudo soñar que nuevos recuerdos más felices, podrían borrar los viejos amargos.
¿Por qué él había sido marcado de esa forma tan cruel?, hasta los niños del orfanato donde Candy había vivido con tantas carencias, parecían haber sido más felices según experiencias que ella le contara. Más felices de lo que él lo había sido, pese a vivir en un castillo con toda la ostentosidad y dinero que el título nobiliario de su padre le daba, y el parentesco con los soberanos. Nunca logró encajar en ese mundo de mentira y menos aún con la imposición que su padre le hiciera con su nueva familia, la cual el sentimiento de repudio e indiferencia era mutuo. Esa mujer que tanto le había hecho la vida imposible sin ser responsable de su desdén, pues él sólo era un niño que cruelmente fue arrancado de los amorosos brazos de su madre. Tuvo que cargar con culpas y errores de sus padres; sin embargo, ahora su progenitor intentaba en todo lo posible por borrar lo malo del pasado y aunque le costaba aceptar eso, también pudo comprender el esfuerzo que el Duque hacía por ganarse su cariño, soportando lo que nunca antes hizo, sus desplantes y su rebeldía. Deseaba que su padre no le mintiera en relación a su madrastra y el que ella ya no habitara el castillo señorial de Londres, no sería capaz de enfrentarla y soportarle nuevamente su presencia, sin desear realmente apretarle el cuello.
—Qué bonito poema, ¿es suyo? —La voz de la fémina, fluyó con ir del viento que acariciaba sus sedosas hebras castañas, rompiendo la línea de sus meditaciones.
Muchas cosas le causaban disgusto y una de éstas, era ser interrumpido en sus momentos tan preciados de privacidad. Se giró con molestia para encarar a la responsable de su intromisión. Aquellas letras recitadas al viento, iban destinadas para los oídos de una sola persona y no para cualquier intruso que se atreviera a profanarlas en prosaica interrupción.
—¿Enfermera Janice? —La inquirió cuando se volteó con molestia.
—Lo siento, señor Graham, no quería interrumpirlo, es solo que no podía dormir y pensé en dar una vuelta —Se disculpó la joven, intimidada por la mirada de enojo que el castaño le dirigía; aun así se atrevió a opinar—. Supongo que se le hace difícil conciliar el sueño y por eso acostumbra deambular por las noches en estos lugares —Sin querer le había revelado algo de lo que notara un par de días atrás.
—¿Mi padre le encomendó la misión de vigilarme o es por iniciativa suya? —La cuestionó más molesto.
Se le hizo intolerable que el Duque no pudiera respetar su privacidad, ¿por qué les costaba tanto entender que no deseaba la compañía de nadie, más que de la soledad?
Si pudiesen leer sus pensamientos sabrían lo difícil que era para él, caminar por aquellos lugares que le hacían perderse en tantos nostálgicos recuerdos de una noche de año nuevo y el brillo acosador de una mirada verde. Era por esto que solo lo hizo una vez y no deseaba volver a sentir el aguijón de la añoranza calándole la piel.
La enfermera se sonrojó por su involuntaria indiscreción y pese a la oscuridad, el color en sus mejillas delataba su mal recibida intromisión.
—No, señor, su padre no me pidió nada —Afirmó muy incómoda, sabía de su mal genio pero al verlo tan entregado a la inspiración, pensó que podría entablar una conversación—. De nuevo disculpe, es mejor que me retire —añadió con una inclinación de respeto y regresando sobre sus huellas para retirarse.
—Sí, eso sería muy conveniente —respondió él, girándose para darle la espalda—, regrese a su camarote, no está bien que ande deambulando una mujer joven y sola por la noche —agregó y no dijo más, volvió a su posición inicial dándole a entender con eso el final de la conversación.
Janice empezó de la peor manera y no necesitó más indiferencia, para entender que esa no era la mejor forma de ganarse la confianza del joven actor. Era huraño, tajante y muy arrogante, seguramente sería toda una odisea lograr atravesar sus murallas. Tendría que armarse de mucha paciencia y buscar una estrategia diferente, ni los momentos que compartían en la terapia, ni su interrupción en un momento en el que parecía vulnerable lo había logrado. Terminó por retirarse y volvió a su camarote decepcionada, pero no derrotada.
Terry fastidiado por la molesta intromisión de la enfermera y roto el encanto que le proveía la noche plateada de luna, decidió volver también a su camarote y permitirse quizás unas horas tranquilas de sueño; quizás esa noche tuviera suerte y la pequeña revoltosa le diera una tregua para mitigar sus desvelos.
Por la mañana la presencia del Duque y Eleanor después de tantos días de encierro no fue de su agrado, ¿es que nadie podía comprender que solo quería un poco de paz y privacidad?, por lo visto era muy difícil que el resto de la humanidad pudiera entenderlo.
—Terry, ¿en verdad piensas pasarte el resto del viaje encerrado? —Lo cuestionó su madre, halándole las frazadas para atraer su atención. Como un niño berrinchudo se había tapado hasta la cabeza para evitarlos y las sujetaba con fuerza para que no lo destapara por completo.
—Terence, tú madre te ha hecho una pregunta y yo también quiero saber por qué decides quedarte encerrado, cuando podrías compartir algunos paseos con nosotros y también las comidas —agregó el Duque, intentando no sonreír al ver la actitud de pelea entre madre e hijo, nunca antes pudo presenciar algo similar por no haber vivido y compartido con ellos.
Que lamentable le resultaba darse cuenta lo mucho que se había perdido, al ver aquellas escenas tan infantiles que su primogénito le estaba regalando. Jamás se perdonaría el tiempo que desaprovechó cuando su hijo aún era un niño y luego un adolescente, cuánto perdió de aquellas estampas y facetas que da la convivencia familiar; una que nunca pudo disfrutar por su rigurosa educación y menos cuando la relación con la Duquesa se hizo más insoportable, con ella jamás pudo considerar el haber formado un hogar. Una mujer déspota que sólo vivía para sus constantes quejas y el disfraz diario de una vida perfecta; tampoco pudo hacerlo con sus otros hijos, que aunque al igual que su primogénito su sangre corría por sus venas, su concepción y llegada al mundo no eran motivo que le prodigaran los mejores recuerdos. No era que nos los quisiera, era simplemente que no eran hijos de la mujer indicada, si los cuatro fueran hermanos legítimos de la misma sangre, otra hubiese sido la historia de la familia en el castillo de los Granchester.
Cuánto más debía arrepentirse y sentir pena de sí mismo por todo lo que perdió, al seguir esa mal sana tradición de las familias nobles de Inglaterra, ¿era posible que todos sus antepasados hubiesen vivido la misma miserable vida? —Se cuestionaba, cuando escuchó el grito de su hijo molesto.
—¡Por qué rayos les importa tanto lo que yo haga o deje de hacer!, ¿ustedes no tienen cosas mejor qué hacer, que venir a perturbar mi paz? —Preguntó el castaño de ojos azul verdoso, sentado en la mitad de la cama, cruzándose de brazos con actitud hostil.
—Hijo, solo quiero que salgas de este encierro, estás pálido porque no te da el sol, además la idea de que viajáramos era para que te divirtieras y salieras de la rutina de Nueva York; encerrado entre estas cuatro paredes no es mi idea de diversión —respondió Eleanor, con tono de regaño.
—Mi idea de divertirme, es permanecer solo, encerrado y descansando —contestó el retoño encaprichado, con ironía y marcado sarcasmo.
—Vamos Terence, te comportas como un niño, lo único que falta es que hagas una pataleta y termines con todo y ropa metido en la tina como castigo —Añadió el Duque, poniéndose serio.
—¡Ah, sí!, pues quisiera ver quién será el que se atreva a hacerlo —Los retó en la misma posición.
Ambos padres lo observaron y luego fue su progenitor que se armó de valor para hablar.
—Ya basta de esos caprichos, hijo —dijo Richard, levantando la mano para callar a la madre que intentaba continuar con el regaño—, demuéstrame que ya no eres el mismo adolescente rebelde de hace años, que te has hecho un hombre de la misma forma en que ahora te vales por ti mismo para vivir. Levántate y acompáñanos a tomar el desayuno, es lo único que queremos, compartir unos minutos en… —El Duque, se quedó callado dudoso. Quizá esa palabra que no terminara la frase era la apropiada, sí, pero no la indicada para ese momento.
—¿Familia? —Terry, concluyó la frase sonriendo con sarcasmo—. Si era eso lo que querías decir, te recuerdo que nunca lo hemos sido y menos una normal. No sé a qué viene toda ésta pantomima de tú parte, pero yo ya estoy muy grande para jugar a la casita contigo y con mi madre, además tampoco lo necesito, me acostumbré a no saber lo que eso significa y no me hace falta —Concluyó duramente.
Tanto Eleanor como Richard se estremecieron por la frialdad de las palabras de su retoño malcriado, pero ni el uno ni el otro podían negar que se equivocaran en su crianza y que ahora solo recogieran el fruto de la mala siembra. No obstante, Richard Duque de Granchester no por nada compartía un temperamento arrogante muy similar al de su hijo, y aunque deseaba congraciarse de la forma más amistosa con él, también tenía sus límites.
—¡Entonces cómo quieras hijo!, si lo que deseas es pudrirte en esa cama con esa actitud ociosa y caprichosa, puedes hacerlo; pero no le faltes el respeto a tú madre cuando ella lo único que hace es preocuparse por ti, no desquites con ella tú enfado contra mí. Que no se te olvide que día y noche cuidó de ti en el hospital, sin pedirte nada a cambio que no sea para tú bien. Si te trajo a éste viaje es para ayudarte y superar todo lo que viviste, pero si insistes en seguirte castigando, ¡es tú gusto! —Eleanor, intentó intervenir de nuevo para suavizar el enfrentamiento, pero el Duque no se lo permitió—. Ya te pedí perdón por todos los errores que cometí, ¿qué más quieres de mí?, ¿qué te entregue mi cabeza para demostrártelo?, ¿crees que con eso quedarías satisfecho o también quieres la de tú madre? —Lo cuestionó con el mismo tono severo y el castaño trataba de no inmutarse con sus palabras que lo sorprendieron—. Recuerda que tú también cometiste errores y aun así intentaste conseguir un perdón que aún te pesa.
Eleanor, negaba con la cabeza y lo miraba con sus ojos de aflicción para que Richard no continuara y menos con ese tema que era muy sensible para su hijo, pero su padre ya no se iba a detener. Había cometido muchos errores, ¡sí!, lo admitía, pero quería enmendarlos y estaba tratando hasta lo imposible de hacerlo pese a su también fuerte carácter, pero que difícil era dialogar tranquilamente con su testarudo primogénito, aun así continuó:
—No busques perdón si antes no lo has otorgado, es cierto que como dijiste yo nunca te enseñé a hacerlo, pero nunca es tarde para aprehender Terence, yo soy testigo de eso y menos para cambiar el mal que hemos hecho. Yo puedo dar fe que vivir una vida tan soberbia y testaruda no es la mejor forma de hacerlo, no me trajo más que tristeza, desdicha y soledad, por eso quiero que tú también lo entiendas para que no te pase como a mí. Alguna vez debes bajar la guardia y ceder aunque te cueste mucho, de lo contrario jamás podrás alcanzar la felicidad y menos disfrutarla por el resto de tú vida. Aprende de mi mal proceder, que te sirva de ejemplo para que no cometas los mismos errores, trata de ser más humilde y sensato en tú proceder. Y ahora, ¡levántate de esa cama y actúa como el hombre maduro que eres!, ¡y no como un niño consentido que se escuda en sus malcriadezas para hacer lo que se le da la gana!
Caminó hacia Eleanor y la tomó del brazo para salir de la habitación, antes de retirarse le dijo lo último, observando el rostro de admiración de su hijo que aún no salía de su asombro por el regaño y las palabras tan sinceras que su padre le había dejado escuchar, como nunca antes lo había hecho.
—Si hoy decides madurar y crecer, ser el hombre mayor que pareces ser por tú apariencia, te veremos en el restaurante. Sino, sigue actuando como un chiquillo malcriado y verás a donde te llevan esos caprichos.
Dicho eso último el Duque, ni siquiera se molestó en cerrar la puerta, de la mano casi a tirones llevaba a Eleanor para evitar que ella volviera a la habitación a consentir y malcriar más al hijo que tenían en común. Si de algo estaba seguro Richard, con todos sus años de experiencia de vivir con el mismo carácter y muy a pesar de todos sus errores, era que a Terence todavía le faltaba madurar pese a los golpes que la vida ya le había dado, y la experiencia vivida con Susanna de la cual ya Eleanor se había encargado de ponerle al día. Lo que necesitaba era una buena sacudida y parecía que sólo él podía dársela, con la inquietante de perder lo poco que había ganado en los afectos de su hijo. Sin embargo, estaba dispuesto a sacrificar ese poco avance, con tal que Terence reaccionara y su vida fuera mucho mejor de la que había sido la de él mismo. Si algo deseaba para su primogénito, era que consiguiera esa felicidad que les era negada por generaciones a los Granchester; casi parecía una maldición heredera por sus ancestros.
Con actitud aún testaruda y algo caprichosa, Terry llegó al restaurante y casi sin hablar compartió el desayuno con sus padres, aproximándose al final de la comida terminó por comprometerse a unirse a ellos en el almuerzo. Cuando la hora se presentó ya los esperaba sentado en la misma mesa con un libro en la mano, una pequeña conversación se inició sin saber cómo y por último terminó confesándoles el motivo por el que ese barco le resultaba incómodo. El recuerdo del viaje de vuelta de América luego de visitar a su madre en la escapada que había dado años atrás, de la cual el Duque no estaba enterado. Y la parte más significativa lo representaba la noche de año nuevo donde había conocido a Candice Ardley, ahora señora de quién sabe, ¡señora de quién rayos!
A partir de ese regaño la actitud de Terence fue menos hostil y más llevadera con ambos padres para lo que quedaba del viaje y decidió darse y darles una oportunidad para compartir tiempo con ellos. Finalmente las noches sin sueño le servían para reflexionar en las palabras dichas por Richard, tenía que reconocer que aunque fuera el hombre con más defectos y errores en el mundo que conociera, era su padre y la persona que había contribuido para darle la vida. También que gran parte de su personalidad y carácter se lo debía a él, principalmente ese orgullo que los caracterizaba. Los días fueron más agradables para los tres y compartieron al ritmo que Terry quería otórgales, más momentos en lo que eran realmente, una familia. Aunque sin enterarse que eran acechados por una sombra negra que tenía sus propios planes.
…
En Escocia los días transcurrían entre viejos y buenos recuerdos mezclados con nostalgias y pérdidas del pasado. Candy y Patty intentaban sobrellevar sus viejos fantasmas con nuevas experiencias que pudieran iluminar los días de nostalgia. Archie se comunicó con su rubia prima luego de que Annie saliera del hospital ya con su bebé en brazos, pudieron hablar con ella para contarle sus nuevas experiencias, alegría e ilusiones como madre. Las chicas lloraban de emoción y solo le deseaban felicidad. Aunque a Archie le pareció absurdo, con risas le colocó el auricular a su hija cerca de su boquita para que tanto Patty como Candy, pudieran escuchar quizás su respiración o algún sonido de balbuceo que derretía el corazón de ambas, y causaba la diversión del hombre de ojos avellana en Chicago. Sin fecha todavía para volver, Annie les prometió que si no lo hacían pronto, ella las visitaría cuando ya pudieran viajar con la bebé y Archie terminó por corroborarlo, pensando en que antes debía volver Georges para poder hacerlo. Sabía que pronto les llegaría la inesperada visita de la tía abuela, pero no quiso ensombrecer los días de Candy y decidió no decirle nada. Tampoco quiso amargarla con las noticias de los Lagan, esperaría a que todo estuviera más en calma para ponerla al tanto de todo o que lo hiciera su tío al llegar, mientras Dorothy hasta nueva orden les escondería los periódicos que muy esporádicamente llevaban noticias de América.
Las dos chicas disfrutaron de ir al pueblo, unas veces caminando, otras en el vehículo que disponían en la villa y que Candy hábilmente conducía. Otras a regañadientes Patty aceptaba que fueran cabalgando. Era una actividad que la castaña no disfrutaba para nada, pero que la de ojos verdes como buena amazona practicaba a diario. Como lo ameritaba la estación de verano, las festividades atraían a muchos visitantes, se ofrecían diversos festivales en las plazas, así como celebraciones que se llevaban a cabo en las villas cercanas al pueblo.
Día a día Candy continuaba con su acostumbrada rutina y esa mañana no era la excepción, con su cabello recogido y su coqueto sombrero, enfundada en uno de los trajes modernos de equitación que le habían sido diseñados en exclusividad. Bajó con un pantalón de color café oscuro y un saco de color negro, con su tradicional blusa blanca y sus botas negras. Lista para cabalgar una vez más le preguntó a Patty si la acompañaría y ella nuevamente se negó, prefería esperarla y luego dar paseos en las pequeñas barcazas en el lago, o disfrutar de la lectura bajo alguno de los árboles. Por más que había insistido Candy, no lograba que la acompañara en sus otras actividades como trepar árboles y practicar lazar ovejas o incluso a los caballos, algo que en Chicago no podría hacer o a la tía abuela le daría un infarto letal.
Se encontraba en la cabelleriza esperando a que él mozo le tuviera listo a su equino "Precious", una yegua pura sangre, de color canela desde la cabeza, pasando por todo el lomo hasta llegar a la cola, lo único que la hacía no ser completamente de un mismo tono, era unas manchas de color blanco por el vientre y las patas. Un ejemplar muy fino que Albert había comprado especialmente para ella, y enviado a Escocia desde Londres en el mismo tren donde habían llegado. Fue un encargo muy especial que Bellamy cumplió a cabalidad, el rubio Patriarca deseaba darle esa sorpresa ya que él sabía que a Candy le gustaba mucho cabalgar, solo quería que se sintiera bien durante sus vacaciones. La caballeriza contaba con dos caballos más que eran los habituales y utilizaban los mozos para recorrer la propiedad y uno de ellos era el que muy ocasionalmente Patty se atrevía a montar.
La rubia daba cabalgatas por la mañana y luego se detenía un tiempo a leer bajo la sombra de un árbol, para después de unas horas volver a la villa.
Mientras esperaba que estuviera lista Precious, escuchó la voz de Patty que la llamaba.
—¡Candy! —La voz le salía recortada por la carrera que traía.
La pecosa se asomó a la salida y observó como la castaña se aproximaba, quizás su amiga se había decidido a acompañarla ese día —Pensó y decidió caminar al encuentro.
—Patty, ¿vas a montar tú también? —Le dijo, cuando ya se encontraban a pocos pasos.
—No, vine a buscarte porque tienes una visita —Contestó la castaña, respirando agitada.
—¿Una visita? —Candy, frunció el ceño extrañada no esperaban ninguna y apenas pasaban dos días que hablaron con Archie.
—Si Candy, una visita —Insistió Patty, llevándose las manos al pecho y respirando todavía agitada—. Quise venir personalmente para avisarte —La chica le sonrió de una forma que Candy no pudo interpretar la intención—. Pero apúrate, no te quedes allí parada, ya te dije que te están esperando —La castaña, la tomó de la mano y la hizo que comenzaran a caminar.
—Pero, ¿quién es Patty? —Cuestionó la rubia, repasando mentalmente la lista de los posibles, quizás era Jean Paul que por fin había llegado, aunque les había dicho por teléfono que llegaría en dos días. Bueno quizás se había adelantado.
—Anda apúrate y lo verás tú. Además no pudo decirte, dice que es una sorpresa —Fue lo único que aclaró la joven, mientras la llevaba casi arrastrando.
Finalmente Candy decidió ir al paso de Patty y ambas entraron a la casa, la castaña la dirigió a la sala donde ya era esperada y entraron al gran salón.
De pie a mitad de la sala, se encontraba la visita que con ojos de admiración vio entrar a la rubia en pantalones con un atuendo muy sexy y revelador para la época. Con sorpresa le hizo una observación completa antes de poder saludar, siendo una dama que gustara de cabalgar la había visto hacerlo con faldas largas como lo dictaba los convencionalismos.
—¡Tú! —La cara de asombro de Candy, era digna de ser inmortalizada. La persona que menos podía imaginarse estaba frente a ella y ni siquiera pudo darse cuenta de la observación que hacía de su figura.
—Hola, Candice —Saludó la visita, aproximándose sin salir de su asombro con la mano extendida. La rubia estaba muy cambiada, se veía más hermosa, más madura, más mujer.
La chica aniñada que recordaba, se había quedado hundida en algún lugar del Atlántico y no sólo era por su atuendo, era toda la apariencia de ella que la hacía verse diferente, más relajada y linda. Si antes lo había embobado ahora lo tendría en sus manos, dispuesto a hacer lo que fuera por esa mujer.
—¿Pero…qué haces aquí? —Preguntó Candy, sin atender al saludo, estaba verdaderamente sorprendida.
—Que no ves, vine a visitarte —Le tomó la mano y se la besó—. Sé que no es lo que prometí, dije que te esperaría a que volvieras en América, pero tuve que hacer un viaje y no podía dejar la oportunidad de venir, aunque parece que la sorpresa no te agradó, creo que no te da el mismo gusto verme —añadió un poco incómodo, al ver la expresión de ella.
—No…que diga…sí —Se tropezó Candy, con sus palabras y sus pensamientos, corrigiendo. No era que no le diera gusto verlo ¿o sí?, es solo que la sorpresa había sido muy grande—. Lo que sucede es que nunca imaginé que podías venir a visitarme hasta Escocia —Enfatizó ella, empezando a sonreír—. Por favor disculpa la forma en que te he recibido pero en verdad me has tomado por sorpresa y es hasta ahora que he podido reaccionar.
—Descuida Candy. ¡Pero vaya como has cambiado en tan poco tiempo! —dijo admirado aún—, si te veo en la calle no te reconozco, te has hecho un cambio completo —agregó mirándola nuevamente de pies a cabeza sin ninguna mala intención. Candy se ruborizó completamente por el escrutinio—. Te ves muy bien, ¡muy linda diría yo! —Enfatizó.
Ella abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra salió de ésta. Todavía no acaba la sorpresa y la galantería del caballero la tenía mareada. Entonces fue Patty quién se acercó para aligerar el momento al ver a su amiga en apuros.
—Candy, ¿deseas que pida que les traigan algo beber? —La cuestionó, tocándole el antebrazo.
La rubia se giró para ver a su amiga y Patty le sonrió divertida y con algo de burla. La chica comprendió las miradas y eso la ayudó a relajarse.
—Sí —respondió más tranquila—, pero antes déjame presentarte —Fue el turno de Candy de tomarle la mano a Patty como para apoyarse y escudarse—. Patty, te presento a Peter Miliken, Peter, ella es mi buena amiga Patricia O´Brien —concluyó con las presentaciones.
—Un placer conocerle, señorita O´Brien —Saludó Peter, galantemente tomándole la mano y dándole un beso.
—Un gusto, señor Miliken —También la castaña lo saludó, asintiendo con una sonrisa amable—. Y dígame señor Miliken, ¿que desea tomar? —Le preguntó con amabilidad.
—Una limonada estaría bien, gracias y por favor llámame Peter —Le pidió con cortesía.
—¿Y tú Candy?
—Para mí nada, así estoy bien, gracias Patty.
—Me retiro y los dejo para que puedan conversar, pediré que traigan la bebida. Ha sido un gusto conocerle señor Miliken —El caballero la observó sonriéndole y Patty comprendió la indirecta—. Un gusto conocerte Peter, con permiso —corrigió y se inclinó para retirarse.
—Lo mismo digo, señorita O´Brien —Peter, se inclinó para presentarle sus respetos y luego ver como la castaña se alejaba para salir de la habitación y antes de hacerlo se giró.
—Patty, tú también puedes llamarme Patty —Le sonrió y terminó por salir.
Candy no pudo ver la enorme sonrisa de diversión que llevaba la joven en el rostro al notar la turbación de su amiga, ya después se encargaría de interrogarla y preguntarle todo los detalles sobre la inesperada visita, de Miliken.
Así Candy y Peter tomaron asiento y empezaron una conversación que al inicio fue bastante incómoda para ambos. La entrada de la mucama con la limonada, les dio tiempo para recomponerse ya que Candy no parecía muy convencida ni conversadora de ver al castaño de ojos celestes frente a ella. Luego él inició a explicarle el motivo de su viaje y de los días que había pasado con sus abuelos en Gales, así como, el no haberse podido resistir de visitarla. La duda de Candy de como la había encontrado y la respuesta de él, sobre que se le hizo más fácil ya que sus abuelos habían escuchado hablar mucho del clan de los Ardlay de Escocia. De esa forma fue más sencillo poder encontrar la ubicación de la villa. Así la visita de Peter duró un poco más de una hora y luego se despidió al comentarle que estaba cansado pues había viajado por largas horas y se encontraba hospedado en el hotel de la villa y que allí se encontraría durante lo que durara su visita. También le manifestó sus deseos de poder compartir días con ella y la oportunidad que él tanto deseaba, todo lo había dicho de forma muy directa. Candy no se negó a recibirlo en sus visitas, no obstante, el otro tema prefirió dejarlo al aire como descuidado. Peter comprendió que quizás se había apresurado un poco y solo él le respondió que al día siguiente volvería. El joven se despidió con la misma galantería y Candy lo vio alejarse desde la puerta de la entrada principal, no había pasado ni un minuto cuando Patty la tomó de la mano para internarla de nuevo a la sala y tomar asiento en un sofá doble.
—¿Quién es Peter Miliken, Candy? —Preguntó Patty, con una sonrisa burlona y una mirada muy significativa y de interrogación.
—Es el hermano de Gerard —respondió Candy, con un fuerte suspiro y todavía muy confundida.
—¡Tu cuñado!, quiero decir el que iba a ser tú cuñado —Corrigió Patty, sorprendida.
—Sí, así es —respondió la rubia, un poco incómoda. Esa visita en verdad cambiaba todos sus planes.
—¿Y a qué vino, a traerte algún mensaje de su hermano? —La cuestionó Patty, continuando con el tono de sarcasmo. No se le hacía que ese fuera el motivo por el que ese joven atractivo hiciera tan largo viaje.
Patty estaba enterada de todo el asunto de la boda fallida y de la conversación que tanto Candy y Gerard tuvieron. Pero la rubia no le había contado nada de la confesión de Peter, ya que consideró que no era tan significativo y no deseaba complicarse con eso por el momento, lo haría hasta volver a Estados Unidos y para ese entonces no sabía si el joven aún mantendría su confesión y los planteamientos que le había hecho con relación a ellos. Tampoco si ella aún estuviera interesada, ya que el motivo de su viaje a Escocia era resolver el futuro de su vida.
—No —contestó Candy, frunciendo el ceño, todos sus planes de unas vacaciones tranquilas para relajarse y resolver sus problemas cambiaban con la visita de Peter. Y más ahora, tendría que explicarle a Patty que representaba Peter Miliken para ella.
Y así lo hizo, empezó a explicarle y relatarle lo que había sucedido la última vez que se vieron y la confesión de él, los ojos de Patty se abrieron grandes de asombro pero no la interrumpió hasta escuchar lo último que tuviera que decirle.
—Candy, eso quiere decir que Peter ha venido para cortejarte —comentó Patty, más como afirmación que como pregunta.
—No estoy segura —respondió ella, tratando de eludir el interrogatorio y mintiendo un poco en lo que razonaba lo que haría—; él solo dijo que vino a visitarme ya que viajó a Gales para visitar a sus abuelos, pero no hablamos de algo más —Continuaba omitiendo detalles.
—Por favor Candy, no puedes ser tan ingenua —Patty, era tímida y callada pero no tonta. Prácticamente en el pasado había sido la primera en darse cuenta el interés que Terry tenía sobre Candy y viceversa—. Está más que claro que Peter ha viajado exclusivamente por encontrarse contigo y desea cortejarte —Las palabras de la castaña, le llegaron a la rubia para darle un baño de agua muy fría. ¿Tan evidente había sido todo?, ella todavía no podía aliviar su corazón, ni siquiera había tenido el tiempo suficiente para librarse del fantasma de Terry y menos estando en Escocia, tampoco todo lo del matrimonio fallido con Gerard, y ahora tendría que lidiar con Peter. Era demasiado.
—¡No!...bueno es que no sé…yo…yo deseaba venir a Escocia para estar tranquila y ordenar mis ideas y lo que voy a hacer con mi vida; pero no esperaba la visita de Peter y eso viene a complicar todo —admitió la rubia.
—Candy, tú le diste a Peter esperanzas, así que supongo que te interesa algo más serio con él ¿o no?
—Es que no…yo no…no le di ninguna esperanza abiertamente, sí escuché su confesión y que me esperaría pero de eso a aceptarlo no, nunca hablamos de eso —Candy, titubeaba esa situación estaba volviéndose muy incómoda.
—Pues a mí me parece que él se lo tomó muy en serio, de lo contrario no estaría aquí, así que es mejor que vayas pensando, ¿Qué…vas…a hacer…amiga? —Patty se lo decía de forma pausada y sonriente, por lo visto Candy seguía siendo la misma chica despistada que atraía muchos corazones sin darse cuenta. La prueba la había visto en Jean Paul y hasta hace unos minutos antes, con Peter Miliken.
—Rayos Patty, yo solo quería estar tranquila y resolver mis problemas, con Peter aquí no sé qué voy a hacer —La rubia, admitió bajando la cabeza y negando.
Ella no se había comprometido a nada con el joven, pero efectivamente él se lo estaba tomando muy en serio, se lo había dejado claro antes de irse aunque ella se hubiese hecho la desentendida. Eso se le estaba saliendo de su control.
—Lo importante aquí es, ¿qué quieres tú, Candy? —dijo Patty, tomándole ambas manos para transmitirle su apoyo y ayudarla a relajar—. Eres tú quién debe decidir, si Peter te agrada acepta que te corteje, pero no hagas nada que tú no desees, a la fuerza, no. No debes sentirte obligada porque él haya venido, no se lo pediste. Además recuerda que en un día más Jean Paul estará por acá y él puede ayudarte también.
"¿Jean Paul?", pensó la rubia. No comprendía en que forma Patty podía pensar que él pudiera ayudarla.
Ese día decidieron no salir a ningún lado, ambas permanecieron en la villa y llegada la noche Candy continuaba pensativa sobre ¿qué haría con Peter?, en realidad le agradaba mucho y él siempre se había portado muy amable y galante con ella. Pero aún no resolvía nada en su vida como para empezar una relación con alguien más, no tenía cabeza para ello y tampoco ánimos. Todavía tenía muy presente el día fallido de su boda y también el estar consciente del gran error que iba a cometer, no deseaba volver a caer en lo mismo, dos veces ya sería terquedad. No, primero debía resolver todo lo que tenía pendiente y luego ya vería que haría, sí, eso era lo mejor.
Al día siguiente de nuevo estaba lista para cabalgar, no esperaba que Peter fuera tan ansioso y lo tuviera de buena mañana de visita en la casa, la noche anterior logró convencer a Patty que la acompañara a regañadientes. Una buena cabalgata siempre ayudaba a ventilar la mente y despejar las malas ideas. Estaban por llegar a las caballerizas mientras iba Candy casi arrastrando a su amiga, cuando uno de los mozos corrió para alcanzarlas.
—Señorita, Candy —dijo el hombre, con la voz cansada—. Me pidieron que le avise que tiene visita —agregó el hombre.
Las dos chicas cruzaron miradas, una de incredulidad y la otra de satisfacción, se había librado de la cabalgata y eso tenía que agradecérselo a Peter. En silencio volvieron a la casa y al llegar a la sala allí se encontraba la visita esperándolas muy sonriente y cuando ambas hicieron su entrada las admiró en sus vestiduras.
"Son un par de bellezas, no hay duda", pensó acercándose para abrazarlas con alegría.
Ellas al verlo de igual forma se les iluminó la mirada y la espontaneidad de Candy se hizo partícipe y presente primero. Avanzó con los brazos extendidos y luego efusivamente lo abrazó y él muy sonriente la recibió.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Candy, al soltarse del abrazo sonriéndole divertida.
—Esa pregunta me lastima, suena a que no ha sido muy bien recibida mi visita —respondió él, fingiendo sentirse dolido llevándose la mano al corazón.
—Por supuesto que eso no es cierto —afirmó la rubia, sonriente—. Es solo que te esperábamos hasta mañana —Le aclaró.
—Quise venir de sorpresa para ver cómo se están portando en mi ausencia, espero que no hayan hecho muchas maldades y travesuras —Bromeó, mostrando su bonita sonrisa—. Y tú no me saludas, Patty —La cuestionó, ella solo los observaba.
—Claro que sí —contestó ruborizando levemente—. ¿Cómo estuvo tú viaje?, cuando llamaste dijiste que vendrías hasta mañana, ¿sucedió algo?
—Sí, sucedió que ya las extrañaba mucho —dijo viendo a Candy y luego le sonrió a Patty—. Bueno la verdad me anticipé un día porque mis padres recibieron una invitación a la cual no quería asistir y preferí viajar antes para estar con ustedes. Pero qué han hecho, las veo diferentes, sobre todo tú Patty —La observó de arriba abajo y luego hizo lo mismo con Candy, de forma para admirarlas y no con perversidad—. No cabe duda que Coco tiene un excelente gusto y por eso es la mejor, y sus amigos los mejores también. Esos trajes les quedan estupendos, si las vieran así harían desmayarse a más de uno —Les dijo de forma muy galante haciendo enrojecer a las dos.
—Cállate, Jean Paul —Candy, le dio un puño en el hombro—. La única que se desmayaría sería la tía abuela si nos viera, no quiero ni imaginar lo que dirá cuando sepa que me han tirado mis faldas de montar y las han sustituido por éstos pantalones —añadió mirándose la ropa.
—¡Bah!, está tan lejos la ancianita —exclamó despreocupado, Jean Paul. Sonando muy parecido a Coco—, no te preocupes, además te aseguro que cuando observe lo linda que te ves, no dirá nada —Le aseguró sonriendo, bien sabía que era difícil aceptar esos cambios en las vestiduras, las reglas de los convencionalismos eran demasiado rígidas y más para las mujeres. Pero no para él, las veía encantadoras y bellas.
—No sé de dónde sacan tú y Coco que la tía abuela es una ancianita —Reía Candy, imaginando si la conocieran y su enérgico carácter.
—Bueno basta de hablar de tú abuelita, mejor díganme que han hecho estos días sin mí, espero que me hayan extrañado mucho —Les señaló con el dedo como si fuera un reclamo—, porque yo no pude hacer otra cosa, me dejaron solo en Londres y me aburrí como una ostra con tanta hipocresía inglesa —añadió más sonriente.
Candy lo invitó a que sentarán y casi de un aventón sentó a Patty a la par de Jean Paul en el mismo sofá, la castaña enrojeció por completo y el joven solo sonreía.
Así los tres se pusieron al día en lo que hicieran desde que se despidieron en la estación de trenes, Candy solicitó les llevaran algo de beber y pidió que el equipaje de Jean Paul lo subieran a la habitación que habían destinado para él. Después de poco más de una hora seguían parloteando entre risas y bromas que suavizaron la situación para Patty, que empezó a sentirse en mejor armonía entre esos dos chicos risueños y bullangueros que eran Candy y Jean Paul. Para la castaña ambos se acoplaban muy bien en sus personalidades, y sólo sentía un poco de envidia de la buena, con la soltura de su rubia amiga.
Estaban de lo más divertidos bromeando y riendo cuando uno de los mozos hizo de nuevo aparición en la sala, interrumpiendo la algarabía.
—Señorita Candy, la buscan —Le informó.
El rostro de Candy se volvió serio y Jean Paul se extrañó por ello, no pudo evitar preguntar lo que sucedía.
—¿Qué pasa Candy, hay algún problema? —Cuestionó con mirada seria y el ceño fruncido.
—No, después te cuento —Le respondió pidiéndole con la mirada que no hiciera más preguntas, el joven comprendió muy bien la indicación y no hizo más comentarios—. Por favor que pase y que traigan más bebida —Solicitó.
Los tres se quedaron callados viendo salir al mozo, y en un par de segundos apareció la visita atravesando el umbral de la puerta. Eso tomó por sorpresa no sólo a Jean Paul sino también a Peter, ninguno de los dos esperaban su presencia entre las dos damas.
Candy se levantó de su lugar y Patty la secundó, no así Jean Paul que estaba todavía confundido, ¿quién era ese hombre y qué hacía allí? —Se preguntaba—, sin pretender parecer celoso, sin siquiera imaginar que eran los mismos pensamientos que tenía Peter con la vista muy directa, hacia el caballero de cabellos castaños obscuros y rostro atractivo.
—Hola, Peter —Saludó Candy, intentado sonreír. De pronto todo se hizo incómodo en el salón. Ambos caballeros se veían de forma muy seria, entonces tomó el brazo de Jean Paul y lo haló para incitarlo a levantarse, ese acto no pareció agradarle a Peter que frunció un poco el ceño—. Mira Peter —Decía la rubia, un poco nerviosa sin comprender por qué, no había ningún tipo de relación entre ellos—; él es Jean Paul, es médico y mi amigo —Le indicó al de ojos celestes—. Jean Paul —Ella le dirigió su mirada a él—, te presento a Peter él es… —Se quedó pensativa unos segundos como presentarlo y Peter se le adelantó.
—Un pretendiente —afirmó con seguridad. Algo que no le agradó a Candy, eso no era cierto, ella aún no había aceptado nada de él y no le gustó que se atribuyera el mote. Pero ya después aclararía en privado eso, no era el momento.
—No sabía que a Candy la vendría a visitar un pretendiente hasta Escocia —respondió Jean Paul, muy serio sin sentirse menos. Haciendo referencia a la cercanía que también había entre ellos.
—Y no tendría por qué saberlo, sólo son "amigos" —Enfatizó Peter, la relación entre ellos queriendo darse su importancia y no quedar a más bajo nivel.
—Sí, sólo somos amigos, pero…muy cercanos —Jean Paul, también enfatizó lo último, no queriendo ser amedrentado por el castaño claro de ojos celestes que decía ser un pretendiente, no lo creería hasta escucharlo de los labios de su rubia amiga.
Eso no le agradó a Peter y se volvió para ver a Candy, de alguna manera esperaba una respuesta o explicación de parte de ella. La rubia estaba nerviosa porque el ambiente se había vuelto muy tenso entre los dos caballeros sin comprender por qué ambos se comportaban de esa manera tan desafiante.
—Bueno, creo que es mejor que nos sentemos y así podamos conversar y conocernos un poco mejor todos, ¿no les parece? —Sorpresivamente Patty, habló sonriendo interviniendo por segunda vez para salvar la situación. La chica tímida e insegura, había roto la tensión con su petición y Candy agradeció el aplomo que tuvo para llevar mejor el momento de lo que ella lo estaba haciendo.
Peter caminó hacia Candy y se sentó a la par de ella, aprovechando que ya había encontrado a Jean Paul sentado a la par de la amiga castaña, algo que lo hizo pensar que tal vez se había excedido y el amigo en realidad sólo era eso, un amigo. O quizás un pretendiente o novio de la joven inglesa que por su acento se había delatado.
Increíblemente Patty continuó con la conversación, los ánimos fueron bajando y aunque la plática no fue del todo amena, por lo menos pudieron hablar tranquilamente. Pasados varios minutos Peter le pidió a Candy que salieran a dar una caminata, ella no estaba muy segura de hacerlo y le comentó que Jean Paul recién llegaba desde Londres y que vendría cansado, pero el castaño oscuro le pidió que no se preocupara y que saliera. Ya luego conversarían le dijo sonriendo forzadamente.
Así Candy y Peter salieron a dar el dichoso paseo, mientras Patty se ocupaba de hospedar correctamente a Jean Paul en su habitación como buena anfitriona. Al llegar al dormitorio y quedarse solos, antes de salir Patty para que el joven pudiera quizás descansar o cambiarse, él la tomó de la mano.
—Patty, ¿quién es ese Peter? —Le preguntó serio y muy intrigado. Candy no le había hablado de ningún pretendiente, sí del amor de su vida, ¿pero de un pretendiente?, nada, solo sabía de Gerard su antiguo prometido y que ya no había nada entre ellos.
—Bueno, creo que eso es algo que es mejor que le preguntes a Candy —respondió la castaña, un tanto desilusionada, ni siquiera sabía por qué—. No me corresponde a mí dar esas explicaciones, además yo apenas ayer conocí a Peter.
—¿Ayer? —Jean Paul, estaba más extrañado y confundido—, ¿quieres decir que solo tienes un día de conocerlo y es un pretendiente? Tú y ella son amigas de años, pensé que debió hablarte de él y lo conocerías.
—Insisto que es mejor que esperes para hablar con Candy, ella puede decirte más. Por qué no terminas de instalarte y descansas un poco, el viaje debe haber sido muy cansado y has de estar agotado —Ella le sonrió con amabilidad y le puso la mano sobre el dorso de él como un acto amistoso—. Vamos Jean Paul, descansa y ya luego la interrogas a tú antojo —Se atrevió a bromear y él no tuvo más que sonreír.
—Está bien, tienes razón, además creo que he sido muy descortés contigo —Le dijo volteando su mano para tomar la de ella y darle un beso, algo que hizo enrojecer por completo a Patty. Jean Paul la soltó al verla ruborizada y se despidió para evitarle más bochorno—. Colgaré mi ropa y tomaré un descanso, te agradecería que pudieras enviar a alguien que me avise cuando llegue la hora de la comida —añadió.
—Sí no te preocupes, yo me ocuparé personalmente de eso, ahora descansa y te veo luego —contestó ella, casi huyendo nerviosa de la habitación y cerrando la puerta. ¿De dónde rayos le habían salido esas palabras y con tanta confianza?
Si bien es cierto que le agradaba la galantería del joven, sabía que todo era por consecuencia de Candy. Le atraía el carácter de él y su jovialidad pero era claro que Jean Paul solo tenía ojos para su amiga y que era muy amable con ella por el simple hecho de ser amigas. Pero no podía dejar de pensar que era una persona noble, de carácter afable y sonriente, divertido y...
—¡Y qué diablos me está pasando! —Se regañó bajando las escaleras—, tengo que disipar esos pensamientos y esas ideas locas, no hay nadie como Stair, además quién podría fijarse en mí, ¿acaso no te has visto a un espejo Patty? —Se cuestionó ella—. Ni en mil años alguien podría verte a ti como miran a Candy —Se respondió, sin sentir enojo o envidia por su amiga. Simplemente un sentimiento de vacío que siempre la había acompañado, hasta que había conocido a su noble compañero del colegio San Pablo, el chico de ojos castaños, lentes y cabello obscuro que tristemente había perdido la vida en la pasada guerra.
Por su parte Jean Paul se tiró a la cama con fastidio, ¿de dónde había aparecido ese tal Peter?, y lo que era peor, sintiéndose el dueño de Candy. "Su pretendiente", así había dicho, si como no, que grande le pareció que le sonaba esa palabra en su gran boca, regodeándose frente a él. Si bien es cierto que conocía la historia de amor que Candy llevaba escrita en el corazón con tinta de fuego, muy en su interior hubiese deseado que ella posase sus ojos en él, a sus padres ella le había agradado y serían felices con una nuera como ella, y quién no.
—¿Pero en qué estás pensando Jean Paul? —Se dijo, suspirando ruidosamente y molesto con él mismo—. Sabes que Candy no es para ti, no es que seas poca cosa para ella, es que nunca te vería de otra forma que no seas su amigo y acéptalo. Ese amor que siente por el actor no habrá nadie en este mundo que pueda borrarlo. Es imposible hacerlo y ella misma lo sabe aunque trata de luchar por expulsarlo, estoy seguro que nunca lo conseguirá, lo tiene fundido a ella en cada una de las células de su cuerpo —De pronto sonrió con malicia—. Peter, te deseo muy mala suerte y que compres cientos de pañuelos porque los vas a necesitar, hay que saberse retirar a tiempo y yo ya empecé a hacerlo, mejor dirijo mi mirada a aguas más tranquilas y disponibles —Su rostro se volvió serio y luego de tristeza—. Ya una vez sufrí por amor y no quiero volver a caer en eso, no se puede obligar a amar a quien no lo quiere hacer —añadió.
Cerró los ojos y a los segundos los zapatos salieron volando de sus pies, estaba muy cansado con el viaje y un buen sueño le sentaría muy bien, esperaba que ya consciente de lo que no podía ser, en sus sueños apareciera otra chica y no la misma rubia de ojos verdes que lo había acompañado por varios días durante sus noches.
Mientras tanto Candy y Peter caminaban cerca del lago en un silencio total desde que salieron de la casa, ella iba meditando en la forma de reclamarle, y él en la forma de pedirle una explicación sobre el tal Jean Paul que decía ser "su amigo", como si ese título le diera algún derecho sobre ella.
—Candy, Peter —Ambos se hablaron al mismo tiempo.
—Habla tú —Le indicó él, no estaba muy de acuerdo, pero era un caballero y la regla es: "primero las damas".
—Escucha, Peter —Candy, habló seria, detuvo su caminar y lo enfrentó con la mirada—. No sé por qué dijiste que eras mi pretendiente, tú sabes que eso no es cierto, me tomaste por sorpresa con tú visita. Estoy consciente y recuerdo muy bien lo que hablamos antes de irme de Chicago, pero eso no te da ningún derecho de asumir ser mi pretendiente.
Peter se sorprendió del reclamo de ella, nunca la había visto tan seria y tan tajante, lo hizo sentirse avergonzado por su mala actitud y claro era cierto, entre ellos no había nada y no podía asumir que fuera su pretendiente sin siquiera habérselo propuesto formalmente.—Lo siento, Candy —respondió él, muy avergonzado—. Comprendo que actué de forma impulsiva, es solo que no esperaba encontrarte en tú casa con un hombre, no imaginé que tendrías amigos hospedados. Es más ni siquiera esperaba encontrarte con una amiga, saliste sola de Chicago y así esperé que estuvieras aquí, todo me ha tomado a mí también por sorpresa.
En parte estaba dudoso de irla a buscar, en el barco se había encontrado con Georges y la señora Ardley, por lo que la lógica le decía que era normal que los encontrara allí y eso no convenía a sus planes al menos no con Georges. Pero antes de llegar a la villa indagó y supo que solo ella se encontraba, nadie le habló de una amiga y mucho menos un amigo.
—Entiendo —Aceptó Candy, más tranquila—. Estamos en las mismas, yo no esperaba verte nunca aquí en Escocia y todavía no salgo del asombro. Patty es mi amiga del colegio y nos conocemos de hace muchos años, fue a buscarme al puerto y desde entonces hemos estado juntas. A Jean Paul lo conocí en el barco y nos hicimos amigos, luego venimos a Escocia y lo invité a pasar algunos días, él fue muy amable conmigo en mi estancia en Londres y le estoy correspondiendo —Terminada la última frase, Candy reaccionó.
"No tengo por qué estarle dando ningún tipo de explicación, yo y mi gran bocota, ¿qué no puedo quedarme callada?", se regañó dándose un coscorrón mental.
—Pues tal parece que tú nuevo amigo tiene intenciones más serías que ser solo eso —dijo Peter, con un tono de ironía y sarcasmo que a Candy no le agradó.
—Eso es algo que no sé, pero si así fuera, te recuerdo que entre tú y yo no hay ninguna relación, ninguna que no sea también la de amistad.
—Por el momento —Se anticipó él, antes que ella continuara—. Si vine hasta aquí Candy, fue únicamente por ti, sabes muy bien lo que siento y que nada de lo que haya pasado en América me importa. Vine para que me dieras una oportunidad de acercarme y ganarme tú afecto, no solo de amigos sino de algo más a futuro.
—Agradezco lo que hiciste pero no puedo prometerte nada, si vine hasta acá fue porque necesitaba ordenar mi vida, pero me pones en un dilema. Ni siquiera he podido pensar en lo que haré y ahora te apareces tú con una propuesta.
—Será a tú manera Candy, no quiero obligarte a nada, solo permíteme estar cerca de ti, ganarme tu afecto más que como el de un simple amigo. Si pasado el tiempo no logro nada, te prometo que me iré y no volveré a insistir —Le aseguró, tomándole la mano.
La rubia lo miraba indecisa, era cierto, aun no resolvía nada en su vida. Pero igual, si había viajado a Escocia era para matar los recuerdos que le hacían daño y que se habían formado precisamente en ese lugar, donde debía dejarlos antes de partir, enterrados. Ya no podía albergar ninguna falsa o tonta esperanza con su viejo amor, él ya estaba casado desde hacía semanas y quizás felizmente pasando su luna de miel en algún lugar junto a su esposa. Para qué seguir atada a un recuerdo que la lastimaba sin ninguna razón, ya no podía seguirlo haciendo, eso dolía demasiado y su corazón estaba agotándose y gastándose con los recuerdos.
—Está bien —Aceptó luego de varios segundos—. Pero que quede claro desde el inicio, que sin ningún tipo de compromiso, no quiero que después me exijas que cumpla algo que no puedo darte, acepto que salgamos y nos conozcamos mejor en otro plano distinto al que nos hemos tratado como futuros cuñados que seríamos. No quiero que vuelvas a presentarte como mi pretendiente, no… —No terminó. Porque Peter la interrumpió en algo que consideraba que ella estaba mal.
—Candy, disculpa que te corrija —Le habló con tono suave para no molestarla—, no puedes pedirme que no sea tú pretendiente, o que yo lo diga o lo sienta. Si vamos a estar saliendo es porque precisamente lo que deseo hacer es pretenderte, para eso vamos a conocernos mejor, amigos ya lo somos y el siguiente paso es pretender a la chica para una relación, ¿no te parece?
Candy se sintió muy tonta, efectivamente Peter tenía razón. Si ya eran amigos y se iban a conocer mejor era porque él deseaba algo más con ella. Pero, se le hacía difícil poder aceptar esa situación y algo que la comprometiera aunque no tan seriamente. Finalmente si quería empezar una nueva vida y sacarse los fantasmas del pasado, debía dar un primer paso, aunque se resistiera a hacerlo tenía que darlo, pero no cometería dos veces el mismo error y por eso debía pensar que todo tenía que ir con calma.
—De acuerdo —dijo todavía no muy convencida—. Pero iremos lento, muy lento únicamente como amigos. Para empezar, me gusta cabalgar por las mañanas porque eso me ayuda a despejarme, así que las visitas por favor que sean después del mediodía.
—Tú sabes que a mí también me gusta cabalgar y podría hacerte compañía.
—¡No! —respondió tajante—. Gracias, pero quiero hacerlo sola, no lo tomes a mal pero es un momento que me gusta disfrutar, sola —añadió. No era del todo cierto, también cabalgaba con Patty cuando accedía y lo disfrutaba, tanto como cuando lo hacía con los demás, pero eso no se lo iba a decir. No mientras no estuviera segura de lo que debía hacer.
—Está bien y ahora quisiera que me dijeras que significa "ese amigo" para ti, y ¿por qué lo has hospedado en tú casa?, hay un hotel en el que yo estoy y tiene muchas habitaciones disponibles —comentó tratando de disimular su molestia e inconformidad.
—Ya te dije que es un buen amigo y que ha venido a pasar unos días de vacaciones, si lo que preguntas es si tiene algún tipo de interés en mí, ¡no! —contestó nuevamente, de forma determinante y sin darle importancia a lo del hotel.
Jean Paul era su invitado, Peter no. No estaba muy segura ni convencida de que eso fuera cierto, si el médico tendría alguna intención con ella o no. La verdad es que él nunca le había propuesto nada, aunque claro ella no era tan tonta y comprendía sus galanteos hacia donde los dirigía, aunque cierto no había nada claro entre ellos, más que una buena amistad.
—Está bien, confío en lo que me dices, pero igual no me gusta que esté cerca de ti —Candy, iba a replicar algo, pero él no se lo permitió sabiendo que le reclamaría—. Si ya sé, ya me dijiste que solo es un amigo y con eso debo conformarme.
Pactado el trato continuaron caminando, llegada la hora de la comida lo invitó a quedarse al almuerzo. Fue entonces que Peter pudo convivir con Jean Paul y Patty más tranquilamente; sin embargo, no apartaba la mirada sobre el castaño oscuro que por alguna razón le había dado ese día por mantener eventualmente su vista clavada en Candy. Eso le molestaba pero tuvo que aguantárselo en silencio. Pasada la tarde y entrada la noche, se despidió y fue el momento en que Jean Paul, invitó a la rubia a la sala para una conversación en privado.
—¿Qué piensas que estás haciendo, Candy? —Le recriminó Jean Paul, al terminar de cerrar la puerta. Podía intuir lo que estaba sucediendo entre ella y Peter.
—No sé de qué me hablas —La rubia quiso evadirlo, caminando hacia la chimenea dándole la espalda.
—Sabes perfectamente bien a lo que me refiero, te aseguro que estas cometiendo un grave error del cual te lamentarás después, ya cometiste uno, no vuelvas a caer en otro y con la misma familia —Le aseguró él, sentado y ella escuchándolo de espaldas con las manos humedecidas de nerviosismo.
—Te equivocas, no te entiendo —respondió ella, levantando la voz y girándose para verlo tratando de disimular vanamente su perturbación.
—Tendría que ser muy tonto para no darme cuenta cuales son las intenciones de Peter, intenciones que tú ya aceptaste de seguro. Candy ni siquiera has podido sanar tus viejas heridas y quieres abrir nuevas, no lo hagas, terminarás más lastimada y lo dañarás a él.
—Lo dices porque estas celoso, tú seguirás siendo mi amigo —Se defendió la rubia, sin saber bien por qué había dicho eso.
—Ahora la que se equivoca eres tú Candy, no estoy celoso, al menos no como piensas; quizás antes pude haberlo estado pero no ahora —La rubia, se sorprendió un poco con la declaración de él. Jean Paul se levantó del sofá con la intención de acercarse, pero optó por quedarse parado a considerable distancia.
—¿Quieres decir que no tienes ningún tipo de interés en mí? —Lo cuestionó ella, confundida. No es que fuera pretenciosa, pero en algún momento le pareció que podría tener algún interés por ella.
Jean Paul respiró profundamente y sonrió con un poco de tristeza, el momento de sincerarse había llegado y aunque sabía que tendría que hacerlo en alguna oportunidad, no esperó que fuera de esa forma y tan pronto.
—Te mentiría si te dijera que al inicio cuando te conocí en el barco no fue mi primera intención. Mientras estabas sola sentada en aquella mesa muy triste y pensativa; yo te observaba desde mi lugar, por increíble que parezca no sabes cómo desee ser la persona que pudiera aliviar tú tristeza y ayudarte a secar las lágrimas —Bajó la cabeza y volvió tomar asiento invitándola a hacer lo mismo, sabía que esa sería una larga conversación—. Fue por eso que intervine al verte así, no podía tolerar que una joven tan linda como tú estuviera sufriendo y de alguna forma intuí que debía ser un mal de amores. Eso sí que me molestó mucho y me hubiese gustado darle una buena paliza al responsable, nadie debería hacer sufrir a una dama y menos lo deseaba cuando ya pude conocerte mejor. Como detestaba al responsable de tu dolor, cuando con el tiempo conocí tú historia, pude verlo todo desde otra perspectiva, con más claridad. Incluso tú conociste la mía y por alguna tonta e insensata razón, creí que quizás podríamos consolarnos.
—Jean Paul, yo… —Candy, quiso decir algo para acabar con aquella incomoda confesión. Ya llevaba con esa dos en el día y por diferentes caballeros. Al primero de alguna forma le había dado una muy pequeña esperanza, pero no podía hacerlo con ambos.
—Déjame terminar, Candy. Es preciso que entre nosotros todo quede claro —Le pidió y luego le sugirió que tomara asiento una vez más. Ella accedió y se sentó en un sofá cercano al de él—. Después de la confesión que ambos hicimos como te dije, continué albergando una muy leve esperanza —dijo indicándole con sus dedos el tamaño—. Sabía que era un tonto por seguir pensando en ello. Más tarde pude darme cuenta que aunque eres una persona maravillosa, hermosa y más generosa imposible, la mujer que cualquier hombre mataría por desposar para tenerla a su lado por siempre y amarla hasta la muerte. Comprendí que aunque yo soy médico y tú enfermera y que podríamos ser la pareja ideal, también pude darme cuenta que jamás serías para mí —Candy, lo veía muy desconcertada y a la vez aliviada, no deseaba lastimar a Jean Paul, para ella se había convertido en un excelente amigo y casi podía sentir ver a su primo Stair en él. Siempre buscaba darles un parecido en su forma de ser—. ¿Sabes Candy?, para un hombre y su orgullo, es muy difícil de aceptar que ha perdido sin siquiera haber dado pelea, sin siquiera intentarlo y morir en el intento. Pero eso es lo que yo he aceptado aun en contra de mis deseos. Estoy más que consciente que jamás podría competir contra ese sentimiento tan fuerte y enraizado que late dentro de ti.
Candy solo bajó la cabeza derrotada en su intento por esconder sus sentimientos, no cabía duda que Jean Paul en tan poco tiempo, había logrado conocerla mucho mejor de lo que ella imaginaba. Sus palabras no podían ser más ciertas y claras que el escucharlas salir de sus labios.
—No sé bien lo que has decidido con ese tal Peter, tampoco pretendo interrogarte, solo quiero decirte y prevenirte que cual sea la decisión que hayas tomado, estés segura o lo medites bien. No termines tú siendo más lastimada de lo que él pudiera serlo, eso no me gustaría y no sería bueno para ti. Yo siempre voy a ser tú amigo y he aprendido a quererte y estimarte Candy, no es nada difícil hacerlo porque eres muy especial. Ahora que conoces cuales fueron mis intenciones iniciales y a lo que he renunciado, espero que me sigas viendo igual y que confíes en mí como los has hecho, como un amigo. Cuando necesites un consejo piensa en mí para ayudarte, lo haré sin esperar nada a cambio que no sea tú sincero cariño —Le dijo levantándose de su lugar para sentarse a la par de ella que estaba cabizbaja. Le tomó la mano y le dio un beso cariñoso.
—Jean Paul —respondió Candy, con su voz baja y casi quebrada—. Eres muy especial y ojalá pudiese corresponderte porque eres muy bueno y te aprecio, pero como has dicho, hay algo dentro de mí que es más fuerte y no puedo… —El joven la interrumpió, no era necesario más explicaciones de ella y menos ponerla en una situación más incómoda de la que ya se encontraba.
—Ya no me expliques más, te comprendo muy bien y me haces muy feliz al ser mi amiga, lo que más me agrada es tú sinceridad. No es tú culpa que yo cayera atrapado en tus redes seductoras —Bromeó para ayudarla a relajarse, ambos sonrieron—. Soy adulto y puedo superarlo. Además, mis ojos también pueden ver hacia otras lagunas que están disponibles —Le guiñó el ojo y ella volvió a sonreír—. No te creas el único pez en el océano, Candy, no seas tan engreída —Continuaba con sus bromas para hacerla reír—, aunque eres el más bonito, también hay otros que son dignos de contemplar e intentar una oportunidad —Candy, comprendió a qué se refería y se sintió feliz y menos culpable. Entonces deseó que todo entre ellos saliera bien—. Mientras estuve en Londres mis padres no dejaban de molestarme con que ya es tiempo que siente cabeza y les dé nietos, la verdad empiezo a darles la razón, así que veré si un pececito solitario que nada por allí afuera, quiere nadar conmigo —Ambos sonrieron con fuerza y el momento bochornoso e incómodo se tornó más relajado y hasta ameno.
La rubia no estaba segura sí hablarle algo de Patricia y su corazón adolorido, ambas sufrían por un amor perdido. Los castaños eran sus amigos y no deseaba que ninguno sufriera, estaba por abrir la boca cuando Jean Paul continuó.
—Por último Candy, como ya te dije piensa todo muy bien, no hagas nada porque alguien te presione, lo que sea que decidas hazlo porque así lo quieres. Si alguien termina lastimado y sufre será porque quiso, porque tus señales son muy claras y de nada serás culpable —Dicho eso último, la estrecho en un abrazo por los hombros y le besó su mejilla pecosa con mucho cariño, casi fraternal.
La rubia agradeció el gesto en silencio y comprendió que no debía hablarle de nada en relación a Patty, era mejor no inmiscuirse en eso. Llegado el momento ambos tendrían que sincerarse, tal como él lo había hecho con ella. Jean Paul se levantó del lugar para dejarla sola meditando, ya había cumplido con su misión, sería decisión de Candy la resolución que tomara y considerara más pertinente. Mientras tanto, él iría a buscar a ese pez para saber qué hacía y también quizás conocer el motivo de su timidez y su silencio. Candy no le había hablado nada personal de Patty y él deseaba conocer su historia.
Tal como lo habían hablado, Peter se hizo presente al día siguiente después del mediodía, y los días subsiguientes lo hizo de la misma forma. Candy tomó el hábito de levantarse más temprano para cabalgar, luego se sentaba al pie de un árbol cerca del lago a leer por algunas horas, para después volver a la casa. En cierta forma deseaba darles espacio a Jean Paul y Patty para que se conocieran mejor y pudieran compartir tiempo solos, sabía que la castaña buscaría refugio en ella para evadir al médico y Candy no estaba dispuesta a permitírselo. La última conversación con Jean Paul, le había terminado de abrir los ojos, no se podía vivir eternamente recordando lo que no pudo ser. Tanto ella como Patty vivían circunstancias parecidas, con la única diferencia que la castaña no había tenido ninguna otra experiencia desde que falleciera Stair. Se negaba rotundamente a eso, quizás Jean Paul podría ayudarla a salir del caparazón en el que se había encerrado, él era un buen hombre y al igual que ella merecían encontrar la felicidad, esa felicidad que podrían alcanzar juntos si se lo permitían.
Al menos una de las dos debía intentarlo —Suspiró profundamente deseando que así fuera—. En su caso, todo aún era muy impredecible, Peter era agradable, siempre se había comportado como un caballero y dispuesto a ayudarla a olvidar el pasado, pero el pasado no se podía borrar de un día para otro y tal parecía que él deseaba hacerlo a corto tiempo. Sabía que Jean Paul tenía razón, no debía dar esperanzas donde no las había, pero ¿qué hacer?, esa era la interrogante que no lograba ver la luz en su cabeza. Ella no deseaba que nadie saliera lastimado, y menos que lo fuera ella, suficiente era todo lo que ya había vivido. Tenía que tomar una resolución y esperaba que fuera la más acertada, también que quién la recibiera en verdad la tomara con madurez y la aceptara.
….Continuará…
Hola!
Sé que la espera ha sido larga para que éste nuevo capítulo pudiera llegar a ustedes, los últimos meses han sido muy difíciles para mí, una serie de complicaciones más de todo tipo me han caído encima, hasta el asunto de una mudanza que debemos hacer, que me tiene de los nervios. Todo se fue acumulando con el problema de mi mano y el nivel de stress que actualmente manejo es muy alto al punto de estar tomando algunos medicamentos controlados para poder evitar que explote y termine quién sabe cómo.
Agradezco a Dios que me ha cuidado, pese a todo el tumulto de situaciones de mi vida tan complicada, Él no me ha abandonado y en verdad agradezco muchísimo las oraciones que algunas de ustedes me hacen llegar con sus comentarios. Quisiera poder responderles a todas de forma personal, pero sé que me entienden que todavía sufro por el esfuerzo, aunque debo confesarles que escribir por increíble que les parezca me hace relajarme. He querido avanzar mucho en los capítulos pero es complicado cuando se tiene que cumplir con tantos compromisos y sobre todo ponerse al día de tanto trabajo que se ha quedado retrasado.
Bien no quiero aburrirlas con tanta explicación y mucho menos cargarles mis problemas y preocupaciones, solo puedo decirles que me hace muy feliz recibir sus notificaciones aunque sean para regañarme y apurarme porque no he podido continuar y/o actualizar la historia. Las comprendo a todas y en lo posible trataré de no tardarme mucho, aunque claro como ya antes lo había mencionado no podré hacerlo semanalmente como lo estuve haciendo antes, sé que pedirles paciencia pareciera desconsideración de mi parte, por toda la que ya han tenido, pero en verdad que poco a poco iré subiendo los capítulos y espero compensarlas con otra historia que fui escribiendo paralelamente a Escocia.
Ahora no me queda más que agradecerles a todas sus buenos deseos, todos esos reviews de parabienes para mí, créanme los he recibido con mucho agrado y como no quiero dejar ningún nombre fuera, mi agradecimiento será general.
Cuando termine la historia me tomaré el tiempo para agradecer a todas las guest, las que dejan su nombre, las que tienen cuenta, las que siguen el fic, las que siguen a la autora, las que le dan favorito al fic y a la autora, y a todas las que leen de forma anónima. Sin todas ustedes, nada podría ser ésta historia, es para ustedes que mi inspiración e imaginación, ha rebasado el espacio de la mente para transformarse en cada letra que forma ésta historia, que es sin ánimos de lucro y con el debido respeto a sus autoras originales.
MUCHAS GRACIAS A TODAS…..BESOS Y ABRAZOS DE OSOS PARA CADA UNA.
ACLARACIÓN:
Lamentablemente éste capítulo tuve que dividirlo en dos, faltando a lo que siempre trato de evitar, pero habían demasiados detalles que no podía saltarme; uno de éstos es el que Terry viaje en el mismísimo Mauretania y otros que ya pudieron leer. Por eso se alargó.
Espero que sea de su agrado y que no me reclamen mucho, en la parte II tendremos novedades que estoy segura que serán de su agrado y que espero no tardarme mucho en subir.
NOS SEGUIMOS LEYENDO ; )
NOTAS AL PIE DE PAGINA
1 Versos del pequeño poema "El alma llora", especialmente escrito para Terry.
Ps. Como siempre les pido su comprensión si encuentran muchos errores, y si se me fueron inconsistencias también, como lo he prometido antes cuando termine la historia la editaré completa. Gracias.
