Disclamer: Los personajes y lugares de esta historia son todos propiedad de la genial Rumiko Takahashi, yo solo los incordio con mi imaginación.
…
..
.
Un Prometido de Verdad
.
..
…
21.
Mikishito Mouri respiró hondo, se pasó una mano por el pelo y echó a andar hacia la puerta. Junto a esta se encontraba el interruptor de la luz, puso una mano sobre él pero antes de pulsarlo, miró por encima de su hombro y echó un último vistazo a la habitación totalmente destrozada que dejaba a sus espaldas. No había quedado un solo objeto sin romper, ni el más minúsculo rincón del suelo o de las paredes sin una mancha, un desconchón o una grieta. Los montones de escombros y desperfectos se apilaban en las esquinas y había una mancha negra muy fea donde la lámpara del techo había impactado sobre la alfombra medio arrancada.
No obstante, se sentía mejor.
Basura pensó. Y apagó la luz.
Salió del cuarto y cerró la puerta. Al instante uno de sus trabajadores apareció con las cejas alzadas, interrogante.
—Quémalo todo —Le ordenó sin más.
—Sí, amo Mouri.
Atravesó el pasillo mientras su pulso se iba relajando. Se había desahogado de la única manera que conocía y ahora sentía una leve satisfacción que no era suficiente. Pero Mikishito sabía que debía tener la mente clara si quería descubrir el modo de librarse de Ranma Saotome. Y necesitaba descubrirlo ya, ese molesto asunto se había alargado más de lo necesario.
A un lado y a otro del pasillo había decenas de puertas cerradas. La mansión que había alquilado era la más grande que había podido encontrar en esa ciudad, no obstante Mouri seguía sintiendo de vez en cuando una molesta claustrofobia. ¡Estaba deseando poder marcharse de ese lugar! Y más después del fracaso del día anterior con el asunto de las otras prometidas.
Por un feliz instante creyó haberlo conseguido, Saotome había estado a punto de sucumbir a la presión. Mikishito había visto su vacilación ante la presencia de las tres chicas pero en el último momento ese estúpido había decidido dar un paso adelante y como resultado de eso, la prueba que necesitaba se le había escurrido entre los dedos de un modo patético.
¡Maldición, había estado tan cerca!
Cada vez que pensara en ese día le herviría la sangre, incluso cuando estuviera lejos de la asquerosa y vulgar Nerima junto a su amada, no podría borrar el recuerdo de lo que allí había padecido.
Resopló y giró en una esquina. Avanzó unos cuantos metros más y abrió la siguiente puerta que se encontró en su camino.
La habitación era grande pero las luces estaban apagadas. En la pared del fondo se apilaban entre veinte y treinta pantallas que despedían un muro de luz parpadeante y blanquecina que le obligó a estrechar los ojos. Frente a ese armatoste había diez sillas de escritorio ocupadas por sus fieles colaboradores que no despegaban la mirada de ellas. Todos tenían los ojos rojos, profundas ojeras y les temblaban las manos al llevarse a la boca la décima taza de café del día.
Todos ellos estaban en silencio, muy concentrados.
Mikishito paseó tras ellos examinando las pantallas con reticencia. Todas ellas mostraban imágenes de lo que había ocurrido el día anterior.
—¿Habéis logrado recuperar todas las imágenes? —Les preguntó el joven.
—Sí, amo Mouri.
—¿Incluso de la cámara que se rompió?
Un par de esos hombrecillos se miraron y removieron su bigote al tiempo que arqueaban las cejas. Se rompió… Ellos sabían que la cámara no se había roto sola tal y como esa afirmación parecía indicar, pues las cosas no se rompen solas. Había sido Mikishito quien la había reventado contra el suelo y pateado hasta no dejar apenas nada.
Por supuesto nadie se atrevió a recordar ese detalle en voz alta.
—Sí, amo Mouri —respondió uno de ellos, brevemente.
Mikishito asintió y apoyó las manos en los respaldos de dos de las sillas, inclinándose entre los cuerpos de sus trabajadores para asomarse más a las pantallas.
—¿Y habéis encontrado algo interesante?
Los hombrecillos se echaron a temblar. La respuesta que tenían no gustaría a su jefe y aunque parecía muy calmado después de haber destrozado la otra habitación (o al menos eso dedujeron que había hecho por los ruidos), ninguno se animó a hablar. Entre ellos se miraron, lanzándose la responsabilidad de responder de uno a otro hasta que notaron que las manos de Mouri se cerraban fuertemente sobre los respaldos hasta hacerlos rechinar, peligrosamente cerca de sus cabezas.
—No hay nada, amo —contestó uno de ellos con un débil murmullo—. Nada de lo que Saotome dijo podría usarse para…
—¡Ya lo sé! ¡Yo estaba allí! —Mikishito golpeó los respaldos haciendo que los que sentaban en las sillas dieran un bote. Se alejó de ellos moviendo la cabeza—. Pero, quizás, si manipulamos el video podamos hacer que parezca…
—Amo Mouri —Le interrumpió otro, muy osado—. Hay testigos…
—¿Y qué?
—Pues que no… engañaríamos a nadie.
Mikishito ahogó un grito y siguió paseándose por la habitación. Hacía calor y humedad, la puerta de esa sala permanecía cerrada todo el día y tanto aparato eléctrico funcionando creaba una atmósfera asfixiante y pegajosa. Mikishito se aflojó la corbata de su traje y se desabrochó un par de botones.
¿Así que no podía usarse nada? ¡¿Todo había sido un fracaso de verdad?!
¡Maldición!
¡Está bien, está bien! Solo necesitaba un nuevo plan… solo eso, nada más. El siguiente resultaría. ¡El siguiente le daría la victoria! A él nunca se le resistía nada y ya había esperado demasiado para hacerse con Akane Tendo, luego el siguiente plan debía funcionar.
Mientras Mikishito pensaba en ello, la puerta a su espalda se abrió y un pequeño hombrecillo se acercó a él con un teléfono sobre una bandeja de plata que levantó hasta el pecho del joven.
—Ahora no quiero recibir llamadas —determinó Mikishito despachándole sin más, aunque cambió de opinión—. A no ser que se trate de mi ángel.
—Me temo que no, amo Mouri —le dijo el hombrecillo—. Es una llamada de su padre.
Mikishito retrocedió un paso, alzando un brazo.
—No deseo hablar con él ahora.
—Es la tercera vez que llama en todo el día, amo —insistió el hombrecillo—. Exige hablar con usted.
Hablar con su padre era lo último que necesitaba después de todo lo que había ocurrido. Era como si ese hombre tuviera un radar para saber cuándo le iba peor y así llamar para regodearse. Claro que sabía por experiencias pasadas que ignorarle podía ser mucho peor; le estaría dando la excusa perfecta para plantarse allí a buscarle y echarle la bronca a la cara.
—Está bien —aceptó, extendiendo la mano.
El hombrecillo habló al auricular.
—¿Gran amo Mouri? Su hijo está aquí —El hombrecillo le tendió el teléfono y el otro se lo arrebató con furia. ¡¿Qué era eso de Gran amo Mouri?!
Su sirviente se marchó rápidamente y Mikishito se llevó el aparato a la oreja.
—Hola, padre.
—¿Se puede saber qué te tiene tan ocupado como para no responder a las llamadas de tu padre?
—Ya lo sabe, padre. Aún estoy con el asunto de los Tendo, pero está casi solucionado.
—¿La chica ya te ha dicho que sí?
—Aún no, pero…
—¿Tienes el dichoso documento para romper su compromiso con el otro chico?
—Me temo que no, sin embargo…
—¡Entonces no has solucionado nada, estúpido! —El grito de su padre hizo vibrar el teléfono. Sonó tan fuerte que Mikishito estuvo seguro de que los hombrecillos de las pantallas pudieron oírlo y se sintió humillado. Se alejó lo más posible de ellos, encogiéndose en un rincón sin dejar de vigilarles de reojo.
—Padre, por favor, no me hable así —Le pidió bajando su tono de voz—. Ya falta poco para que logre mi objetivo.
—Tu objetivo me está costando demasiado dinero, hijo. Un dinero que se está desperdiciando en boberías —replicó el patriarca—. Esa casa alquilada, millones de yenes en material de vigilancia, el sueldo de mis trabajadores que han dejado mis fábricas desatendidas para seguirte a ti en esa absurda tarea…
—Pienso devolverle hasta el último yen, padre…
—¡No quiero tu dinero! ¡Quiero que vuelvas a casa ya!
Mikishito se estiró, incrédulo y se apoyó en la pared. Se quedó mirando al techo con un pinchazo de horror en el pecho.
—¿Qué?
—Pues que solo estás perdiendo el tiempo y no lo soporto más. Quiero que te olvides de esa chica y regreses a tus obligaciones como vicepresidente del Grupo Mouri —Explicó su padre—. Se te ha acabado estar haciendo el vago en esa maldita ciudad de pacotilla, es hora de volver al mundo real.
—¡Pero padre… ya casi lo he logrado!
—¡Ya tenías que haberlo conseguido! ¡Tampoco era tan difícil! Esa familia no tiene nada… ¡Deberías habértelos ganado con gran facilidad!
—¡Su familia me adora, padre!
—Pero la chica no —Su padre resopló y Mikishito pudo imaginarse a la perfección su expresión cansina, aunque firme—. No es más que una chica cualquiera. ¡Y no te quiere! ¡Así que se acabó! Vuelve a casa.
. Además ya he encontrado a un buen número de candidatas que están más que dispuestas a casarse contigo. Solo has de elegir una.
Mikishito boqueó, sorprendido, mirando al techo.
—¡Pero yo quiero a Akane!
—¡Y si no fueras un inútil habrías logrado que ella te quisiera a ti! ¡Pero no ha sido así! Y una de tus obligaciones como mi heredero es casarte, ¿recuerdas? Si no puedes hacerlo por ti mismo, yo me encargaré.
—Padre… si me das un poco más de tiempo…
—¡Ya has tenido tiempo suficiente!
—Solo un poco más…
—¡¿Acaso quieres que vaya a buscarte y te traiga hasta aquí?!
—No, pero… —Mikishito apretó el teléfono con todas sus fuerzas sin saber qué más hacer. El odio hacia ese hombre le carcomía, pero sabía que debía andarse con cuidado o de lo contrario saldría mal parado.
—Te doy hasta el viernes de la próxima semana —anunció su padre tras un rato en silencio—. Solo hasta entonces. Tanto si lo has conseguido como si no, ese día dejarás Nerima y volverás conmigo.
. Y te casarás con la mujer que yo elija.
¿La mujer que él eligiera? ¡Eso no le gustó nada! Pero no le quedaba más remedio que ceder si quería ganar algo de tiempo.
—Está bien, padre —murmuró el chico—. Que así sea.
Al instante, Mouri colgó sin despedirse si quiera de su hijo y en la oscuridad del cuarto Mikishito permaneció con el teléfono en su mano hasta que lo lanzó contra una pared.
Sus esbirros saltaron, angustiados, en sus sillas pero fueron capaces de guardar silencio y hacer como si nada, mientras su amo retomó los furibundos paseos de un extremo al otro del cuarto. Su cerebro iba más rápido que nunca.
Ahora sí que necesitaba un plan. ¡El mejor de todos!
Necesitaba librarse de Saotome como fuera. Debía haber algo que pudiera usar contra él, tenía que haberlo. Algún modo habría de conseguir que Akane se desengañara y le dejara.
¡Pero, ¿cuál?! ¡Si ni siquiera descubrir que tenía otras prometidas le había servido!
Solo tenía seis días antes de que el plazo de su padre se terminara. ¡Seis días para lograr su ansiado objetivo!
De pronto, la puerta volvió a abrirse y dos de sus hombrecillos entraron arrastrando a un hombre muy extraño que no hacía sino tartamudear e hipar. Mikishito frunció el ceño, no recordaba haber encargado el secuestro de nadie y no sabía quién podía ser ese tipo. Lo miró de arriba abajo con bastante desinterés e impaciencia.
Cara redondeado, ojos desvaídos, piel quemada por el sol excesivo, ropa… extraña y ridícula y miraba hacia todas partes como si fuera la primera vez que veía los objetos que decoraban la habitación. Sin duda, debía ser un hombre humilde.
Definitivamente no sabía quién era o qué hacía allí.
—¿Quién es este individuo? —preguntó, malhumorado.
—Amo Mouri —Uno de sus sirvientes se adelantó—. Este hombre viene de China y tiene información muy importante sobre Ranma Saotome.
—¿Ranma Saotome? ¡Oh, sí! Yo recordar…
—¡Diantres, habla exactamente igual que esa chica estúpida de los pompones de colores! —Se quejó Mikishito. Estaba demasiado ofuscado para tonterías de ese calibre y su paciencia estaba al límite. ¡Necesitaba soluciones reales y no tratar con más idiotas!—. ¡Sacadle de aquí!
—Pero, amo Mouri…
—¡No tengo tiempo para esto! ¡Tengo que vencer a Saotome!
—Este hombre nos ha contado algo muy interesante sobre el enemigo Saotome —anunció el mismo hombrecillo haciendo gala de una increíble osadía—. Oímos a una de las prometidas hablar sobre algo y decidimos investigarlo. Este hombre nos lo ha confirmado.
—¿Qué cosa?
El hombrecillo le hizo un gesto a Mikishito para que se inclinara y el chico, resoplando de forma cansina se dobló sobre su estómago bajando hasta la altura de su criado. Este le susurró algo al oído que le dejó petrificado en esa postura tan innoble e indigna de un caballero como él durante varios minutos.
Los ojos de Mouri se fueron entornando más y más según la verdad se materializaba en su cerebro, pero antes de entusiasmarse demasiado se irguió, rígido como un palo y clavó sus ojos color miel ensombrecidos en el extraño hombre que parpadeaba, confuso y molesto por la iluminación irritante del cuarto.
—¿Es cierto? —Le preguntó muy serio.
—¿Qué cosa, señor?
—¡Que me digas si es verdad lo que les has contado a mis hombres sobre Ranma Saotome!
El hombrecillo estrechó sus ojillos, torció la cabeza y aunque le lanzó una mirada vacía de incomprensión durante unos segundos, acabó asintiendo con la cabeza.
—Cierto ser.
Mikishito no entendió las palabras, pero sí el gesto.
Se giró de golpe y se puso a caminar de nuevo en la oscuridad pegajosa y asfixiante de la sala, rebotando una y otra vez con las nubes de olores de sudor y comida pasada.
Si aquello era verdad… si realmente lo era… ¡Era justo lo que estaba buscando! ¡Por fin, lo tenía! ¡Después de tanto! ¡Con eso sí que podría acabar con Ranma Saotome!
Pero no, esta vez no se precipitaría. Debía idear el plan con calma… ¡No! Necesitaría algo más que un simple plan. ¡Necesitaba dos planes! Debía cubrirse bien las espaldas para que no le pasara lo mismo que el día anterior.
—¡Chicos!
—¡Amo Mouri! —respondieron todos sus hombrecillos a la vez.
—Bien… Lo primero, devolved a este hombre a donde sea que pertenezca —ordenó, fingiendo una compasión inútil, pues allí todos sabían que carecía de ella—. El pobre ha de estar muy asustado y ya no hay necesidad.
—¡Oh, no! ¡Yo no asustado! ¡Yo acostumbrado! Secuestro muy común, formar parte de mi trabajo como guía de… —El extraño hombre dio un respingo cuando sus tripas rugieron—. ¿Poder comer? Niños con bigote prometer comida a mí a cambio de ayuda.
—Sí, sí; lo que sea —determinó Mikishito agitando la mano—. Apartarle de mi vista.
—¡Yo adorar Japón! ¡Y comida! —exclamó el hombre antes de que le sacaran de la sala.
—Lo segundo —retomó Mouri mirando a los esbirros que quedaron junto a él—. ¿Cuándo estará preparado el operativo que os encargué como plan de emergencias?
—Todavía harán falta unos días, amo Mouri —respondió uno de ellos—. Son muchos y tardarán en llegar hasta aquí; vienen de todas partes del globo y…
—¿Cuánto? ¿Cuánto? ¡¿CUÁNTO TIEMPO?!
Los hombrecillos se sorprendieron pero no retrocedieron.
—Podría estar todo listo… el viernes próximo, amo.
¿El viernes?
Ese era el día que su padre le había dado de plazo para volver a casa. Si el plan fallaba no tendría tiempo de volver a intentarlo, pero… no le quedaba otra opción.
¡Ahora no podía dudar! Lo daría todo por el todo… ¡Y vencería!
—Bien, prepararlo todo para ese día —Mikishito se frotó las manos al tiempo que sonreía—. Ya está. No fallaré esta vez.
De la chaqueta se sacó una pequeña fotografía que acunó frente a sus ojos.
—Ángel mío… esta vez sí —Le dijo a la fotografía—. Nuestro destino juntos está a punto de comenzar.
. Akane, ya eres casi mía.
. .. … .. .
No puedo moverme pensó Akane, somnolienta y acalorada. Dejó de intentarlo enseguida y en su rostro asomó una sonrisa adormilada por la que se escapó un suave suspiro.
Abrió los ojos pero no vio apenas nada. Su nariz estaba aprisionada contra algo y sus brazos, ligeramente doloridos, estaban doblados y sepultados entre su pecho y algo más, sin posibilidad de liberarse. Sus piernas estaban entumecidas enredadas en la sabana que volvía a estar a la altura de sus pantorrillas. Aunque notaba que su cabeza solo estaba a medias apoyada en la almohada, su cuello estaba acomodado sobre otra cosa menos blanda, pero igualmente confortable.
Empezó a hacerse una imagen mental de lo que pasaba a su alrededor, pero aun así parpadeó y trató de echar hacia atrás la cabeza para ver algo.
No tuvo suerte, una mano acunaba la parte posterior de su cabeza estrechándola contra la cosa que aprisionaba su nariz. Otro brazo rodeaba su cintura por completo ejerciendo aún más fuerza sobre su cuerpo.
A pesar de esas escasas molestias, Akane se encontraba más o menos cómoda y podría haber seguido en esa posición de no haber sido porque le costaba un poco respirar con tan poco espacio. Un olor muy característico inundaba su nariz cuando trataba de respirar de hondo y a causa de eso su corazón se aceleraba despertándola más todavía.
Sus músculos doblados para adaptarse al otro cuerpo empezaron a reclamar más de su atención y su pijama se había levantado a la altura de su cintura dejando la piel indefensa contra el frío de la habitación. Era solo una pequeña porción de carne pero el dolor que sentía era intenso.
Necesitaba moverse.
—Ranma… —Le llamó, moviendo la cabeza—. Ey, despierta…
Pero el chico, como siempre, no hizo caso.
Aquello se estaba volviendo una rutina.
Cada mañana Akane se despertaba de algún modo apresada entre los brazos de su prometido o puede que atrapada entre él y la pared, o incluso completamente inmovilizada debajo de él. No importaba que estuviera dormido pues la fuerza que ejercía seguía siendo invencible, así que a Akane le costaba varios minutos de esfuerzo liberarse del agarre.
Sobre todo porque cuando Ranma notaba que ella intentaba escapar soltaba un gruñido entre sueños y la apretaba aún con más fuerza.
—¡Despierta, tonto! —dijo ella antes de que la mano de Ranma la obligara a sepultar su rostro contra su pecho. La chica se sonrojó pero siguió luchando por escapar. Hizo fuerza con sus manos empujando y al final consiguió hacer un pequeño espacio entre ellos para respirar—. ¡Uf! Serás bruto… —Se removió más todavía, tirando de su cuerpo y logró deslizarse lo suficiente como para poder incorporarse. Resopló, sentada en la cama, todavía con el brazo del chico colgando de su cadera—. ¿Qué demonios… pasa contigo cuando duermes?
Preguntó aunque sabía que él no respondería, seguía profundamente dormido con media cara enterrada en la almohada. ¿Siempre tuve un sueño tan pesado? Puede que fuera por la cama… en más de una ocasión durante aquellos días le había dicho lo cómoda que le parecía comparada con su antiguo futón.
Supongo que es por la cama… pensó Akane, como cada mañana. Y no por mí…
Suspiró, pero no se deprimió. En cualquier caso ella se estaba beneficiando de aquella situación. Eran los momentos en que más cerca estaba de su prometido y la hacían inmensamente feliz aunque a veces acabase con un brazo adormecido o con los pies congelados.
Sonrió y bajó la cabeza para besarle en la mejilla con suavidad.
—Buenos días —susurró a sabiendas de que él no la oía—. Te… quiero.
Después se estiró con fuerza, bostezó y bajó de la cama pasando por encima del cuerpo del chico. En el suelo volvió a estirarse y apartó las cortinas de la ventana para ver el sol. Los rayos de este entraron a través del cristal iluminando la habitación y entonces Akane se fijó en algo extraño.
Su escritorio no estaba como siempre.
Cuando ella lo utilizaba solía dejarlo todo recogido después, pero en esos momentos había folios desparramados por toda la mesa y bolígrafos por un lado mientras que sus capuchas estaban por otro. Además la luz del flexo estaba encendida y la silla estaba vuelta hacia un lado en lugar de hacia la mesa.
Akane frunció el ceño y miró hacia la cama.
¡Ha estado usando mis cosas sin mi permiso! Se dijo, irritada. Con un mohín se puso a ordenar las hojas y a colocar todo lo demás en su sitio. Al menos podía dejarlo todo como se lo encontró, ¿no? Antes de guardar los bolis se aseguró de que aún funcionaban, pero después de toda la noche sin su capucha se habían secado, así que tuvo que tirarlos a la papelera que, por cierto, tampoco estaba en su sitio.
—Una cosa es que duerma aquí y otra muy distinta que pueda hacer lo que quiera sin siquiera preguntarme… —Incluso había dejado papeles tirados por el suelo—. ¡Será posible! ¡Se puede ser más despistado! —Akane recogió los pedazos de malas maneras hasta que se encontró con uno que estaba solo un poco arrugado y dejaba ver la letra horrible de su prometido—. ¿Y esto que es?
Se sentó en el suelo y desdobló la hoja alisándola para poder leer: Plan número tres: enfrentamiento directo con Mouri.
¿Plan número tres? ¿Ranma estaba haciendo planes para librarse de Mouri?
—"Retar a Mouri a un duelo por su honor" —Siguió leyendo la chica con bastante interés—. "Ventajas: soy el mejor artista marcial de Nerima y podría vencerle con facilidad. Desventajas: Mouri tiene mucho dinero, podría contratar al mejor artista marcial del mundo para luchar en su lugar y podría… vencerme" —Esa última palabra había sido escrita con tanta fuerza que la punta del bolígrafo casi había atravesado la hoja.
Ranma…
Si había algo que definía a su prometido era su temeridad e impulsividad. Nunca se lo pensaba antes de retar a nadie, mucho menos de aceptar un duelo de otros. Sí, podía aguardar el tiempo suficiente para aprender nuevas técnicas o crear una estrategia que le ayudara a vencer, formaba parte de su astucia. Pero… él no hacía esa clase de planes, no hacía listas de pros y contras, ni dudaba tanto de sí mismo… ¿Qué le estaba pasando?
Akane apretó los labios.
Habían pasado ya siete días desde su encontronazo con las otras prometidas de Ranma y desde ese entonces, la presencia de Mikishito Mouri en sus vidas se había ido reduciendo lentamente. Ya no se presentaba a todas las horas de comer, no les asaltaba en sus idas y venidas al instituto; y si bien la presencia de sus siniestros secuaces seguía estando por todas partes, daba la sensación de que Mouri empezaba a desaparecer. Akane podía contar con los dedos de su mano las veces que le había visto durante esa semana y ella lo consideraba una buena señal. ¿Qué podía pensar sino que ese chico se estaba rindiendo por fin?
Pero contrariamente Ranma parecía pensar otra cosa. La ausencia de Mouri tan repentina como apabullante parecía inquietarle, incluso le había sugerido que aquello podía deberse a que el millonario estuviera tramando algo mucho peor que todo lo que había intentado contra ellos hasta ese momento.
Ranma estaba preocupado. Por eso se pasaba las tardes entrenando en el dojo a solas, por eso cuando él aparecía por las noches era tan tarde que Akane siempre estaba dormida, por eso tenía tantas ojeras, quizás… podría ser que Ranma estuviera tan agotado que por eso dormía como un ceporro.
Akane sacudió la cabeza, igual estaba exagerando.
Se fijó entonces en que en la papelera había otros folios arrugados igual que ese y al abrirlos para curiosear también descubrió la letra de su prometido en ellos.
—"Plan número dos: Fuga" —Leyó en uno de ellos—. "Akane y yo nos vamos lejos hasta que Mikishito se aburra y se vaya. Ventajas: Fácil, los dos podemos aguantar un tiempo de acampada en las montañas. Desventaja: Necesitamos a alguien que nos mantenga informados sobre Mouri. No hay nadie más en quien confiar".
Pues, lleva razón… pensó Akane alisando el último trozo de papel contra el suelo.
—"Plan número tres…" —Los ojos de Akane se desparramaron por la hoja y el corazón le brincó—. "¿Boda?" "Akane y yo nos casamos ahora" —Akane se llevó la mano a la cara y miró hacia la cama, pero el chico seguía dormido—. "Ventajas: Definitivo, nos libraremos de Mouri para siempre. Desventajas: Akane ¿?"
La chica frunció el ceño.
Akane ¿?
¡¿Qué significa esos signos de interrogación junto a mi nombre?! Enfurecida miró a su prometido una vez más. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué no estaba seguro de querer casarse con ella? ¿Por eso los interrogantes? ¡¿A caso no la había elegido a ella por encima de Ukyo y Shampoo?! ¡Esos interrogantes no venían a cuento en ese momento! ¿Es que seguía teniendo dudas? ¿Realmente todo había sido parte de la farsa contra Mouri?
¡Idiota, insensible! ¡¿Por qué dejas esto en mi papelera?!
Se levantó y guardó los papeles en su cajón. Los necesitaría para cuando le pidiera explicaciones y le echara la bronca que se merecía.
—Es hora de levantarse —murmuró ella dirigiéndose implacable hacia él. Cuando estuvo pegada a la cama tiró con fuerza del hombro del chico para hacer que se girara, aunque eso tampoco le despertó. Al verle tan apacible durmiendo boca arriba se le ocurrió ir en busca de un cubo de agua helada y echársela por encima. La verdad es que estaba tan alterada que prefería ver la cara de Ranko antes que la de ese insensible idiota. Sonrió feliz con su idea y se inclinó un poco sobre él para susurrar—. Te vas a enterar…
Pero antes de que le diera tiempo a moverse, los brazos de Ranma se alzaron y la atraparon tirando de ella hacia él de nuevo. Akane trató de mantenerse el equilibrio a pesar de todo, pero la fuerza de esos brazos apretujándola hacia abajo fue demasiado y acabó cayendo sobre él. Logró detenerse antes de que su cabeza chocara contra la de la Ranma quien por fin abrió los ojos.
Parpadeó adormilado, pero emitió un ruidito de sorpresa (o de pánico) quedándose helado cuando se encontró con el rostro de su prometida a pocos milímetros del suyo.
—¿Qué… estás haciendo… Akane?
La chica más roja que nunca se quejó:
—¿Yo? ¡Yo solo intentaba despertarte cuando me has agarrado tú, pervertido!
—¡Eso es imposible, marimacho!
—¡Pues mira donde tienes las manos!
Ranma calló y echó un vistazo por encima de su hombro. Efectivamente eran sus brazos los que rodeaban la espalda de la chica y la apretaban contra él. Rápidamente los levantó y Akane se retiró.
—¡¿Y por qué te me acercas tanto?! —replicó él, avergonzado—. ¡¿Pretendías aprovecharte de mí mientras dormía?!
—¡¿Yo…?! ¡¿Aprovecharme de ti, creído?! ¡Más quisieras! —Akane le sacó la lengua y se cruzó de brazos—. ¡Levántate de una vez! Tenemos que ir a clase.
—Ufff…
—No te quejes tanto, al menos ya es viernes —Le dijo ella dándole la espalda—. Vete a tu cuarto antes de que alguien te vea. Yo iré al baño.
—Akane…
La chica se paró y miró por encima de su hombro. Ranma estaba sentado en el borde de la cama, con los brazos sobre sus rodillas y la trenza aplastada contra su nuca a causa de la almohada. Miraba hacia el suelo con aire apesadumbrado.
—¿Qué pasa?
—Ahm… —Vaciló un momento y se frotó los ojos con fuerza. Intentó a hablar una vez más pero acabó callando. Así que Akane volvió sobre sus pasos para colocarse frente a él mirando de reojo el reloj de la pared. Faltaba poco para que Kasumi se despertara.
—¿Qué? Dime lo que sea.
—Es… —Ranma levantó sus ojos hacia ella pero rápidamente volvió a bajarlos. Empezó a jugar con sus dedos apoyados en su abdomen—. Quizás es un poco tarde para preguntarte algo así pero… um, pero…
—¡¿Pero, qué?!
—¿Estás realmente segura de que no quieres aceptar la propuesta de Mouri?
Akane se quedó perpleja. Esa pregunta era lo último que se esperaba oír, y más después de haber leído los supuestos planes de Ranma para librarla de Mikishito. ¿A qué venía eso de repente?
Oh no… se echa atrás. Va a dejarme a sola.
Por supuesto, el problema de Mouri era suyo, solo suyo. Ranma había hecho mucho por ella pero ya se había cansado de ayudarla. ¡Pues claro! Él la estaba ayudando desinteresadamente y ella… ¿Qué hacía? ¡Nada! Disfrutaba de sus atenciones deseando secretamente que nunca acabaran y encima se enfadada por cualquier tontería, como por lo del papel de hacía unos minutos.
Él iba a dormir con ella cada noche para ayudarla y ella había estado a punto de despertarle echándole agua por encima. ¡¿Por qué se le ocurrían esas malas ideas cada vez que se enfadaba?!
¿Y ahora qué hago? Pensó nerviosa. Respiró hondo y fingió serenidad.
—Si… si acaso te has hartado de ayudarme…
—¡No! No es eso… —Ranma torció más todavía la cabeza hacia otro lado. Sus dedos se apretaron con fuerza unos contra otros—. Es que la gente no para de repetirme lo mismo: Mouri hará más feliz a Akane que tú. Y la verdad es que yo solo te hago enfadar… Mouri es un idiota pero… —Dejó de apretar los dedos para hacerlo con la mano entera, hasta que esta se puso roja—. Al menos él no está maldito. No desaparece cuando le cae un poco de agua encima; en cambio, yo…
—¿Y… por qué me hablas ahora de eso? —quiso saber Akane, más perdida que nunca—. ¿Por qué sales con lo de tu maldición? Sabes que eso nunca me ha importado.
—Mira, si rechazas a Mouri solo para no herirme…
—¡¿Pero, qué dices?! ¡No te entiendo! —Akane empezó a ponerse nerviosa—. ¡Mouri está loco! ¡No quiero casarme con un loco! —Estrechó los ojos, suspicaz—. Y tú eres demasiado engreído como para pensar en estas cosas por ti mismo… ¿con quién has hablado?
Ranma cerró la boca justo cuando iba a responder y se puso rojo. Había sido descubierto. Pero arremetió de todas formas contra ella.
—¡¿Acaso no es cierto que si Mouri no fuera un loco lo hubieses preferido a él?!
—¡Claro que no!
—¡Tú preferirías a un chico normal! ¡Cualquier chica lo haría!
—¡Pues yo no, idiota! Yo prefiero… —Akane se calló de pronto. Acababa de comprender lo que significaban los signos de interrogación que Ranma había escrito junto a su nombre.
No eran porque dudara sobre si casarse o no con ella para salvarla; eran porque dudaba sobre si ella querría hacerlo. ¡Claro! ¡Era por eso! Por una vez era él quien temía ser rechazado.
Akane se estremeció. Por una vez… sabía exactamente lo que Ranma estaba sintiendo porque era lo mismo que ella había sentido cientos de veces por su culpa. Desde el principio Akane había pensado que su prometido era demasiado arrogante como para preocuparse realmente porque otro chico quisiera casarse con ella pero, ¿y si solo había estado fingiendo? ¿Y si en verdad lo había estado pasando mal pensando que ella no le escogería?
¿Qué había hecho ella para demostrarle que quería estar con él? Ranma había cargado con toda la responsabilidad desde el principio; se había esforzado por superar sus problemas con el contacto físico en público, la había apoyado hasta el final e incluso había estado buscando el documento sin descanso, pero ella… ¿qué había hecho ella?
—Ranma… —Akane movió las manos, culpable, sin saber exactamente lo que haría con ellas. La garganta le ardía porque quería empezar a hablar y decirle como se sentía pero las palabras se le perdían en el pensamiento.
El chico la miró y acabó bajando la mirada, quizás malinterpretando su gesto.
Ella sabía la clase de angustia que estaba sintiendo y aunque no se olvidaba de todas las veces que ella se había sentido así por culpa de él, no pudo dejar de compadecerle. Así que decidió responder así como ella habría querido que el chico lo hiciera en todas esas veces del pasado.
Se acercó a él y le puso las manos en los hombros. Trató de sonreír con suavidad aunque seguía demasiado alterada.
—No te preocupes por nada de eso —Le dijo en primer lugar. Ranma levantó los ojos hacia ella y cuando Akane se vio tan reflejada en las pupilas azules sintió algo de vergüenza y se puso a balbucear—. Yo… no… no quiero casarme con Mouri, de verdad. Lo que yo quiero es quedarme aquí… con… contigo.
Ranma no dijo nada pero entonces sus rodillas se separaron como invitándola a acercarse un poco más. Nerviosa Akane no supo qué hacer, pero sintió un pequeño roce en su cintura y aunque no se atrevió a mirar supuso que se trataba de una mano del chico que la estaba tocando.
Dio un pequeño brinco y sin pensar se pegó a él y se cogió a su cuello para poder ocultar su rostro de esa intensa mirada azul.
—¡Quiero que sigamos yendo juntos al instituto todos los días! ¡Y sentándonos juntos a la mesa! ¡Y… y…! —Tragó con dificultad y deslizó sus manos por los hombros del chico un poco más tranquila—. Y… que me hagas cosquillas.
Cerró los ojos, insegura sin saber qué reacción tendría el chico después de semejante arrebato, pero lo único que él hizo fue posar sus manos a la altura de su cintura y subirlas lentamente hasta su espalda. Akane contuvo la respiración, intentando recordar. ¿Era la primera vez que se abrazaban? Bueno, estando despiertos y sin que Mouri o sus secuaces les espiaran… Puede que sí lo fuera.
Las manos de Ranma la estrechaban, pero ni la mitad de fuerte que cuando dormía. Akane arrugó la nariz.
Es como si tuviera que contenerse pensó para sí.
—¿De verdad? —preguntó él después de unos segundos de silencio.
—Pues claro que es verdad —Akane se apartó poco a poco y le miró. Intentó mostrarse lo más segura posible pero suponía que estaría ruborizada y con el ceño fruncido a causa de la intensidad del momento.
Esperaba que Ranma también mostrara esa mueca suya que ponía cuando algo le incomodaba pero se topó con una amplia sonrisa que la dejó sin respiración, sus manos temblaron un poco todavía sobre los hombros del chico.
De pronto, las manos de Ranma también se movieron y Akane se quedó paralizada sin saber qué es lo que pretendía o porque la miraba tan fijamente, pero el corazón le bombeaba tan fuerte que temía que el pecho le fuera a explotar. Las manos del chico llegaron hasta su abdomen sin que ella hubiese movido un músculo, ni siquiera había parpadeado.
—Akane… —murmuró él… justo antes de hincarle las manos con fuerza y empezar con las cosquillas.
La chica chilló a causa de la sorpresa y estuvo a punto de caer al suelo cuando se dobló para evitar el ataque. Empezó a reír sin remedio y trató de alejarse, pero Ranma se levantó y la atrapó en sus brazos mientras seguía torturándola con las cosquillas. Akane se removió y lanzó mamporros para intentar pararle, pero le resultó imposible y finalmente agotada, se quedó sin fuerza en las piernas y acabó colgando de los brazos de su prometido que la estrechó contra sí.
La chica se balanceaba con cada respiración acelerada que escapaba por sus labios entreabiertos. Volvió la cabeza hacia él con una enorme sonrisa divertida y se topó con que Ranma también sonreía.
—Estás muy guapa cuando sonríes así —murmuró él cerca de su oído.
Akane acentuó más su sonrisa.
—Gracias…
—¡Akane! —Un inesperado grito emergió del otro lado de la puerta. Era la voz de Kasumi. Akane plantó los pies de vuelta en el suelo y Ranma la soltó, retrocediendo ya hacia la ventana—. ¿Estás bien? He oído ruidos y que chillabas.
—Sí, estoy bien. No chillaba, solo me reía…
—¿Y por qué te reías a estas horas de la mañana?
—¡Por nada! —Akane se tapó la cara, nerviosa.
—Nos vemos en el desayuno —Se despidió Ranma antes de saltar por la ventana. Akane apenas tuvo tiempo de girarse para verle desaparecer.
Se dio la vuelta y abrió la puerta para ver a su hermana. Kasumi la miró extrañada, llevándose la mano a la mejilla.
—¿Va todo bien?
—¡Sí! —Akane sonrió, risueña intentando disimular. Kasumi la imitó.
—¿Cosquillas?
—¿Eh?
Kasumi le señaló la ventana abierta y soltó una risita antes de darse la vuelta y desaparecer por el pasillo.
Akane volvió a ponerse roja y corrió a meterse en su habitación, cerrando la puerta. Apenas había comenzado el día y ya estaba agotada.
Espero que hoy sea un día tranquilo.
¡Hola a todo el mundo! ¡Feliz fin de semana!
Aquí llego con un nuevo capítulo, ya faltan pocos para el final de la historia y espero no decepcionaros y sigáis disfrutando de ella hasta que esta termine.
Quiero agradeceros, una vez más, todos vuestros reviews y palabras de apoyo, significan mucho para mí y me ayudan a seguir creyendo en esta historia. Ni en sueños hubiera imaginado cuando empecé a escribirla que tendría tan buena acogida y recibiría tantos comentarios, así que cada vez que entro a la página para leeros me siento inmensamente feliz.
Espero que os haya gustado el nuevo capítulo, como os decía el final se acerca ya y por eso los sentimientos están cada vez más al descubierto.
¡Os mando a todos muchos besotes y abrazos! Y nos vemos pronto, con el próximo capítulo.
