Ser comandante de la Guardia Suiza vaticana tenía muchas ventajas, aunque a veces le costara un poco verlas. Durante las últimas semanas, Chartrand se había sentido desbordado por las obligaciones y responsabilidades que su cargo conllevaba: tenía que reunirse con el resto de sus compañeros soldados, establecer un nuevo horario de guardias cada semana, los entrenamientos físicos habituales, acompañar a Patrick siempre que éste tenía que salir del edificio para las audiencias aunque éste no dejara de manifestar que no era necesaria tanta protección cuando únicamente iba a encontrarse con los fieles... Ahora que se detenía a pensarlo, Patrick tenía un sentido de la seguridad propia muy poco definido, aunque eso no era nada nuevo: el joven sacerdote era así desde que lo había conocido y el pasado mes de Junio era la prueba más tangible de que, la gran mayoría de las veces, en lo último que pensaba Patrick McKenna era en su propia seguridad.
Todas aquellas actividades hubieran bastado para drenarle la energía cada semana, pero a esos deberes también se les unían las investigaciones que él se preocupaba de llevar a cabo, sacando pequeños momentos de debajo de las piedras si era necesario. Patrick había confiado en él para aquello, pero era algo que Chartrand hubiera hecho igualmente sin necesidad de que se lo pidieran: después de todo, lo último que quería era que se repitiera algo similar a los hechos del pasado verano. Era por ello que pasaba sus pocos momentos de respiro repasando pesados volúmenes antiguos en la biblioteca vaticana, incluso en los archivos secretos a pesar de que aquel lugar no le traia precisamente buenos recuerdos... Y, sin embargo, cuanta más información tenía menos sentido encontraba a toda aquella situación.
Los enigmas parecían sucederse uno tras otro sin desvelar ningún misterio, sin dar ninguna respuesta o siquiera la más leve idea de a lo que se estaban enfrentando: lo único que sabía era que el nombre de Jano y la muerte de Scialo estaban relacionados, que no creía que Claire Dilthey estuviera por casualidad de nuevo en el Vaticano y las llamadas anónimas y amenazantes que recibía Patrick de vez en cuando. Aunque confiaba plenamente en su amigo, a veces el hecho de que él no hubiera oído ninguna de aquellas conversaciones y de que éstas no quedaran posteriormente registradas de manera alguna en el historial de la extensión telefónica del joven pontífice... Se avergonzaba al recordarlo, pero alguna vez había sopesado la posibilidad de que esas llamadas no hubieran existido realmente: Patrick estaba pasando unos momentos muy duros y la mente podía jugarle malas pasadas.
Pero todo había cambiado al descubrir la relación entre el 2899 y Jano, aquello le había dado algo más de lo que poder tirar para seguir resolviendo aquel misterio.
Y ahora también tenía algo más: ésa era la razón de que estuviera recorriendo las tumbas vaticanas en aquellos momentos.
Dada su posición, no le había resultado muy difícil cerrar el área aquella mañana a los turistas, argumentando que se estaban llevando a cabo unas labores de conservación y que los restauradores no podían ver interrumpido su trabajo. Aunque este anuncio no había gustado nada a los visitantes, que se habían marchado por donde habían venido murmurando entre ellos en sus respectivos idiomas, al menos había dado la oportunidad a Chartrand de poder inspeccionar aquel espacio él solo, aunque a decir verdad únicamente estaba interesado en un área muy concreta.
Era una de las sepulturas más nuevas y más visitadas, pero el joven suizo también la asociaba con otro recuerdo más: ése era también el lugar donde Patrick había estado dispuesto a acabar con todo, únicamente la intervención de la señorita Dilthey y él mismo habían conseguido detenerle a tiempo de evitar una tragedia. Había algo sumamente triste en el hecho de que Patrick hubiera acudido allí, a la tumba de su padre adoptivo, a poner fin a su vida: era como si intentara desesperadamente volver a verle, incluso si ello significaba sacrificar su propia existencia. Era más que probable que el estrés post-traumático de los sucesos del pasado verano y el duelo por la pérdida de su padre estuvieran haciendo más estragos de los que creía.
Y allí estaba otra vez, semanas después de aquel suceso, en el pequeño ábside que acogía la sepultura de mármol blanco del predecesor de Patrick. Los recuerdos permanecían tan nítidos en su memoria que aún le parecía verle allí arrodillado en el suelo sostenido por los brazos de la señorita Dilthey mientras él trataba de hacerle saber que todo acabaría bien. Aquel era un suceso que todos los implicados querían olvidar, algo que únicamente conocía el cardenal Baggia a parte de ellos tres...
Pero ese desconocido que llamaba a Patrick lo sabía.
De alguna manera sabía lo que había estado a punto de pasar, así se lo había hecho saber a su amigo en la última llamada. A pesar de que le gustaría tener más información al respecto, Patrick nunca le había hablado mucho del contenido de aquellas llamadas, únicamente le decía lo que más le preocupaba y se negaba a dar más explicaciones: Chartrand aún no sabía si era para no asustarle más o porque realmente no quería recordar aquellas conversaciones más de lo necesario.
Así, Chartrand partía con cierta desventaja. El joven enfocó con la luz de su linterna cada sombra, esquina o recoveco de aquella capilla en el que se pudiera esconder cualquier tipo de aparato electrónico de espionaje o algún instrumento similar, a pesar de que le costaba imaginar qué clase de artefacto podría tener cobertura en un lugar con muros tan gruesos como las tumbas vaticanas. Aunque aún era de día, al estar situadas en la primera planta subterránea de la basílica, toda la luz que iluminaba levemente aquel laberíntico camposanto era artificial y las sombras se formaban fácilmente en los pliegues de piedra y en los acabados ornamentales. No tenía pensado investigar los otros sepulcros, únicamente creía posible que fuera la capilla donde habían ocurrido los hechos donde podía existir aún alguna pista.
Estaba también, por supuesto, la posibilidad de que alguno de los cuatro portadores del secreto lo hubiera confiado a otra persona, pero encontraba esto poco probable: Patrick nunca quería hablar del tema, el cardenal Baggia jamás lo nombraba tampoco y si Claire hubiera dicho siquiera media palabra ya lo sabría toda la prensa internacional. Y él mismo, obviamente, no había dicho nada a nadie. Ni siquiera a Erika.
Ni mucho menos a Erika.
Conocer algo así la atemorizaría y volvería a sentirse incómoda en la presencia de Patrick, algo que ya había ocurrido después de que ella presenciara el enfrentamiento entre uno de sus compañeros y el propio sacerdote durante el primer día de Claire trabajando allí. La joven suiza era otra cuestión más que Chartrand siempre tenía en cuenta: sabía que a ella no le gustaba nada todo lo que no le contaba, toda aquella actitud extraña de escabullirse a la menor oportunidad a consultar viejos archivos de biblioteca o volver a realizar exhaustivas búsquedas en Internet. Erika no es que visitara mucho Roma, por eso hubiera querido dedicarle cada una de sus horas – y aún quería hacerlo, más que nada –, pero al mismo tiempo sabía que si nadie detenía a quien fuera que estuviera tras de esto algo horrible volvería a ocurrir.
Y él no estaba dispuesto en absoluto a permitirlo.
Estaba sumido en estos pensamientos cuando el halo de luz de su linterna se posó sobre las baldosas del suelo de la capilla, iluminando una especie de imbornal que había cerca de la pared de la izquierda. El joven frunció el ceño y se acercó al mismo sin dejar de enfocarlo con la linterna. Cuando se hubo acuclillado junto a aquella vieja especie de rejilla, Chartrand ladeó la cabeza y comprobó si éste estaba obstruido o si podía albergar algún objeto bajo la pequeña cancela. En un principio, le extrañó la existencia de un imbornal en aquella planta de la basílica de san Pedro, donde no había peligro de inundación por agua de lluvia ni nada parecido – pues era ésta la principal función de aquellas rejillas -, pero conforme iba observando la antiguedad de la pieza se fue convenciendo más de que debía ser algún retazo olvidado de una época anterior a la que los arquitectos no habían dado la mayor importancia.
Inclinándose un poco más, dejó pasar la luz de la linterna a través de las pequeñas rejas, intentando averiguar si pertenecía a un circuito cerrado o si estaba conectado con algún sistema de evacuación de aguas pluviales, pero lo que pudo ver le sorprendió más que cualquier otra cosa: aquel imbornal no daba a ningún depósito de agua, ni tampoco a una cañería sino que parecía conectar mediante un largo y empedrado túnel con la parte más antigua y profunda de Ciudad del Vaticano, como lo eran las catacumbas, donde se hallaban las arcaicas tumbas de los primeros cristianos y donde se creía haber encontrado la tumba de san Pedro unos años atrás.
No pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda: las catacumbas componían la zona más oscura e inexplorada de todo el estado del Vaticano. Era un laberíntico conjunto de fríos y oscuros pasillos vagamente excavados en la roca que tomaban cualquier dirección y en los que era muy fácil perderse si no se prestaba atención. Y también era el lugar donde el verano pasado había sido ocultada la antimateria que había amenazado con volar la ciudad en pedazos a medianoche si no se la encontraba antes. Podía recordar muy bien el haber estado allí junto al profesor Langdon, la doctora Vetra, Patrick y también Claire, observando cómo algo tan sumamente pequeño podía albergar tanta capacidad de destrucción en su interior. Después de aquello, la entrada a las catacumbas había sido cerrada y habían cortado su extensión de luz artificial, por miedo a que algo similar pudiera ocurrir aunque era poco probable.
Mientras movía el haz de luz aquí y allá, intentando averiguar a qué zona de las catacumbas daba aquel imbornal exactamente, un pequeño brillo en medio de aquella insondable oscuridad: ¿qué era aquello? Podría tratarse de un charco de agua donde la luz de la linterna se reflejaba o algo así, ya que las catacumbas eran un lugar extremadamente frío y húmedo donde no era difícil encontrarse con pequeños hilillos de agua recorriendo los pasillos o escuchar el permanente eco del goteo de la misma en algún lugar de aquella oscuridad. Pero no parecía ser algo tan incorpóreo como el agua, sino que tenía forma y también cierto brillo... Chartrand contuvo un grito ahogado y maldijo entre dientes por no haberse dado cuenta antes: nunca habían encontrado el objeto con el que Patrick había intentado quitarse la vida semanas atrás, simplemente parecía haber desaparecido de aquella capilla por arte de magia.
Pero no lo había hecho: había caído a través de aquel imbornal y reflejaba la luz de la linterna allá abajo, en las viejas catacumbas vaticanas. ¿Y si la persona que amenazaba a Patrick y que afirmaba conocer lo que había estado a punto de hacer tenía su escondite allá abajo? El joven suizo apagó la linterna y comenzó a buscar en los bolsillos de su chaqueta algo con lo que pudiera señalar ese lugar, algo que le sirviera para poder encontrar esa rejilla en particular cuando estuviera caminando a solas allí abajo sin más ayuda que la de la linterna que portaba consigo. No tuvo que buscar mucho hasta que sus dedos rozaron una cinta de tela suave y lo sacó del bolsillo de su chaqueta: era una de las que Erika solía ponerse en los cabellos cuando tenía que actuar y siempre había dicho que le daba buena suerte.
Le daba pena arriesgarse a ensuciarla o a perderla, pero si no bajaba inmediatamente a las catacumbas no sabía cuándo podría hacerlo sin levantar sospechas. Depositó un pequeño beso en ella antes de atarla mediante un simple lazo a una de varas de la rejilla, haciendo que la cinta colgara de la misma y fuera visible desde la planta inferior.
Antes de ponerse en pie y echar a correr hacia la entrada a las catacumbas, Chartrand deseó poder llevar a cabo aquel nuevo giro de la investigación sin demasiados problemas: lo único que quería era recuperar aquel objeto y comprobar si alguien podía haber espiado desde allí los hechos de unas semanas atrás. La idea de internarse a solas en las catacumbas no le hacía ninguna gracia pese al hecho de estar armado, muchas veces Richter le había dicho que no se paraba a pensar en los riesgos y que eso a veces le hacía cometer temeridades que ponían en peligro la misión.
Sólo esperaba que aquella vez su fallecido predecesor se equivocara.
El silencio que se había creado en la sala tras la pregunta de Patrick era tremendamente intenso: ninguno de los allí presentes parecía tener la intención de romperlo y la tensión se respiraba en el ambiente. Patrick no podía creer que Strauss hubiera llegado tan lejos, recurriendo a Krämer para investigar a Claire: no era una práctica común pero Patrick sí recordaba que se había llevado a cabo alguna vez en que se confiaba poco en determinado sacerdote o trabajador vaticano. Pero Claire no había hecho nada para alimentar las sospechas de Strauss: lo único que el anciano cardenal podía echarle en cara era la confesión que le había hecho Patrick el verano pasado, que estaba loco por ella, pero el sacerdote confiaba en que el anciano respetara el secreto de confesión lo suficiente como para llevarse aquel secreto a la tumba. Ante la falta de explicaciones de los prelados, el pontífice negó con la cabeza y cerró la carpeta, devolviéndola a su lugar encima de la superficie del escritorio para indignación del cardenal Strauss.
- ¡Esto es intolerable! - exclamó el anciano, sin poder creer lo que veían sus ojos.
- Esto es una intromisión en la vida privada de una de nuestras trabajadoras – la defendió Patrick, reafirmándose en cada una de sus palabras a la vez que señalaba el dossier que le habían llevado. - Sus eminencias no tienen ningún derecho...
- ¡Por supuesto que lo tenemos! - protestó entonces el cardenal Krämer, dando un golpe en el reposabrazos de su silla de ruedas, haciendo que el resto de los presentes se volvieran hacia él. - Éste es el modo de proceder que siempre se ha seguido cuando la integridad de un miembro de nuestra comunidad ha sido cuestionada: así hemos actuado con compañeros cardenales, personas mucho más importantes para nosotros que esta ridícula muchacha, ¿por qué ella debería recibir un trato diferente?
Patrick fue a contestar al anciano, pero finalmente no lo hizo sino que se quedó mirando gravemente la carpeta con todo lo que Krämer había podido encontrar de Claire. Esto le había pillado totalmente por sorpresa, no sabía qué hacer... Era cierto que ella no debía tener un trato diferente al de los demás en su misma situación, pero al mismo tiempo se veía completamente incapaz de hacer nada en su contra, se le revolvía el estómago de sólo pensarlo. Se encontraba entre la espada y la pared: aquellos sacerdotes no iban a irse de allí sin una respuesta que les satisfaciera y él no podía juzgar a una de sus mejores amistades, el mero hecho de pensarlo se le hacía casi insoportable. Armándose de valor, Patrick tomó la decisión – aunque realmente no tenía otra opción – de continuar con aquella audiencia, lo único que podía hacer él era tratar de defenderla lo máximo que pudiera antes las acusaciones de los cardenales sin que éstos le acusaran de tener favoritismos.
Algo que veía prácticamente imposible, pero lo iba a intentar. Claire lo merecía.
El joven tomó aire y abrió nuevamente la carpeta, donde las fotografías que había visto anteriormente cubrían el resto de documentos que esperaban a ser analizados. Dios, todo aquello estaba mal, no podía hacerle esto a Claire, no a ella.
- Si tiene su eminencia la bondad de continuar... - dijo finalmente Patrick, apartando las imágenes hacia un lado, decidido a terminar con aquella incómoda situación lo antes posible.
Krämer fijó la mirada en Patrick, como si estuviera preguntándose si debía pasar por alto aquella falta de respeto a su labor y a su trabajo que había hecho mella en su orgullo. Muy a su pesar, decidió que era mejor que continuara hablando: del modo contrario, se atrevía a predecir que no iban a tener ningún éxito en aquella particular empresa y eso era del todo impensable. No habían llegado tan lejos como para no lograr que esa fulana abandonara su puesto inmediatamente.
- Como decía, es la segunda y última hija del matrimonio Dilthey, quienes únicamente contaban con veintidós años en el momento del nacimiento de la niña – continuó hablando el anciano prelado, haciendo especial énfasis en la edad que tenían los padres de Claire cuando nació ésta, indicando su indignación. - Un matrimonio que, a todas luces, fue una vulgar treta desde sus mismos inicios ya que la madre ya estaba encinta de su primógenito en el momento de celebrarse el enlace...
Patrick asintió levemente pero no dijo nada: de acuerdo, la madre de Claire se había casado muy joven estando ya embarazada del hermano mayor de Claire. No es que se tratara de algo particularmente grave, pero sí creía comprender la indignación de los prelados en cuanto a ese punto: dadas las cirscuntancias y la juventud de los contrayentes, era más que posible que ninguno de ellos fuera realmente consciente de lo que significaba e implicaba el sacramento del matrimonio y, por tanto, que no hubieran actuado como hubiera hecho una pareja más estable y más segura de su futuro como familia... Si eso era lo peor que habían averiguado de Claire, definitivamente aquella audiencia no iba a durar mucho.
- Yo conozco personalmente al matrimonio, su Santidad – habló entonces el sacerdote escocés, cuyo rol allí comenzaba a tener sentido para Patrick. - Y puedo asegurar que todas las suposiciones del cardenal Krämer son más que ciertas: he pasado muchos años en la parroquia del distrito en el que vivían y nunca he visto que el llevar una vida cristiana fuera algo importante y a tener en cuenta en sus vidas... Conozco a la familia desde la infancia de los dos hermanos y la única persona que parecía tener el mínimo interés en cumplir con una vida cristiana ha sido la madre, Elizabeth Dilthey, lo que nos indica cuán pobremente ambos hermanos fueron educados en la fe verdadera...
Aquello no estaba bien. Estaba invadiendo la vida de Claire de una manera intolerable: esos pequeños detalles que componían su vida eran unos que le hubiera gustado ganarse oír de sus labios en cualquiera de las ocasiones en que ambos podían verse y compartían anécdotas y experiencias de sus respectivas vidas. Algo que quizás ella hubiera recordado con una sonrisa, algo que ella hubiera querido compartir con él, pero él no tenía ningún derecho a vulnerar esa confianza que Claire tenía depositada en él, de ninguna manera.
- Signori, esta situación que me plantean es la misma que viven muchos miles de familias católicas – hizo saber Patrick a los sacerdotes. - En estos tiempos no es extraño que las familias vivan un poco más desligadas de las prácticas religiosas, pero eso no significa que su fe sea menor o que sean peores que otras personas que sí van a misa todos los domingos y cumplen con los mandamientos para con la Iglesia...
- Aún no hemos terminado de exponer nuestras quejas y si me permite el atrevimiento... – aclaró el cardenal Krämer con su voz ronca antes de seguir hablando, bajo la atenta mirada de los otros prelados. - No he gastado horas de sueño y parte de mi delicada salud para elaborar un informe que, en esta audiencia, está siendo ignorado en todo momento por su santidad...
- Confío más que plenamente en sus eminencias para que me hagan saber todas aquellas cuestiones que les preocupan – habló entonces el joven, casi interrumpiendo a un cada vez más exasperado cardenal Krämer: habitualmente todo lo que decía el anciano iba a misa, nunca mejor dicho, y no estaba acostumbrado a que sus palabras se vieran en entredicho de aquella manera. - Lamento no disponer del tiempo que me exigen pero, como seguro saben, soy un hombre muy ocupado...
Antes de que hubiera podido terminar la frase, se vio interrumpido por un golpe que dio el cardenal Krämer con la palma de la mano sobre la mesa. No añadió una sola palabra a lo que ya había dicho, pero todos los presentes supieron exactamente lo que el anciano quería expresar: su mirada era fiera y reflejaba su indignación con la situación, de igual modo que hacía saber que no pensaba dar su brazo a torcer. Eso nunca, no él. Ante aquel incómodo silencio, Patrick dejó escapar un suspiro y se dejó caer con fatiga contra el respaldo de su asiento: ¿qué más podía hacer? Conocía lo suficiente al cardenal Krämer como para tenerle el respeto que su edad y su cargo merecían y sabía que ese no era el modo de comportarse con uno de los mejores cardenales con los que contaba la curia. La mirada de Strauss suscribía todo cuanto había dicho ya Krämer y aquel Martin Bailey, que apenas había aportado aún nada a aquella reunión, parecía incómodo y algo sorprendido de verse en medio de aquella discusión.
Se encontraba dividido: quería defender a Claire y al mismo tiempo, las circunstancias le obligaban a ser objetivo. Muchos habían pasado por la misma prueba antes que ella y, en teoría, no tenía por qué tener un trato diferente, pero la verdad era que sabía que los cardenales la querían fuera de allí y estaban usando todas las armas de las que disponían... No sabía qué más le podían hacer saber que hiciera peligrar el puesto de trabajo de su amiga, pero sospechaba que, dadas las circunstancias, no habían escatimado ni en esfuerzo ni en tiempo.
Dirigió una mirada rápida al cardenal Strauss, sintiendo cómo se ruborizaba levemente: él era la única persona en el mundo que sabía realmente cómo se había sentido hacia Claire el verano pasado y temía que, si cortaba la reunión de raíz, el prelado utilizara aquella información para desprestigiarle y acusarle de favoritismos. Bendita la hora en la que, sintiéndose entre la espada y la pared, se le ocurrió confesar que podía albergar más que sentimientos de simple amistad por Claire: era algo que nadie más conocía, ni siquiera la propia periodista.
Contó hasta diez en su mente y carraspeó ligeramente, incorporándose en su asiento.
- Sé que la única preocupación de sus eminencias es el bienestar de esta institución y lamento si, de alguna manera, he ofendido o despreciado el trabajo que han llevado a cabo... – habló Patrick dedicando especial atención al cardenal Krämer, quien parecía más sosegado aunque aún no del todo conforme con aquella situación. - Pero mi única preocupación es que estemos juzgando de manera inequívoca a una persona inocente...
- Por lo que sabemos, le podemos asegurar que "inocente" no es una palabra que defina muy bien a nuestra amiga, en ningún sentido posible – contestó el cardenal Strauss, uniendo sus manos sobre el regazo y manteniendo la mirada de Patrick. - Nos preocupa el hecho de que, por contar con su amistad, esté siendo poco objetivo con una persona que debería recibir el mismo trato que todos los demás componentes de esta santa institución. Ni más ni menos que todos los demás siervos del Señor.
Pronunció aquella última afirmación como si únicamente los allí presentes fueran siervos de Dios: de forme solemne y rotunda. Patrick tampoco creía que "sierva del Señor" fuera algo que se pudiera decir que Claire fuera, pero a él no le importaba en demasía eso: sólo necesitaba que ella fuera ella misma, quería que fuera todas y cada una de las razones por las que sus visitas solían ser los mejores momentos de los días en que podían verse. No necesitaba nada más.
- Dice usted que conoce a la familia... - dijo Patrick, tras una breve pausa, al sacerdote escocés.
Al verse, al fin, invitado a participar en una discusión que únicamente había podido observar desde fuera, Martin Bailey se aclaró la garganta y se irguió en su asiento: cuando llegó a Roma, hacía tan sólo unas horas, no podía imaginar que aquella reunión iba a ser tan conflictiva y tan difícil de abordar. Él tenía una tarea muy sencilla: estar presente y decir cuanto conocía, punto final. Le sorprendía, para ser sincero, que la hija de los Dilthey hubiera llegado a entrabar amistad con el nuevo pontífice de la iglesia católica... Pero allí estaba él para ayudar a poner cada cosa en su lugar.
- En efecto, su Santidad, el matrimonio y los dos hijos... Llegué a la parroquia a la que pertenece el distrito donde viven hace casi veinte años, por lo que afirmar que conozco bien ese hogar y desde hace bastante tiempo – contestó Martin Bailey con voz firme y segura de lo que decía. - Me atrevo a decir que pocos conocen a esa familia tanto como yo: ninguno de los niños tendría más de once o doce años cuando llegué a Hogganfield.
- Dudo mucho que tuviera algo que reprochar a unos niños tan pequeños
- Si hubo algo que reprochar entonces, los únicos responsables serían los padres – explicó el sacerdote, ignorando la interrupción de Patrick. - Pero lo reprochable de la actitud de ambos llegó cuando dejaron de serlo: ya siendo adolescentes un servidor podía ver perfectamente qué tipo de vida iban a llevar en su edad adulta, algo que no me extrañó en absoluto, teniendo en cuenta lo alejada que siempre había estado esta familia de la iglesia...
- No acabo de entender una cosa... - reflexionó el joven sacerdote en voz alta, haciendo que el escocés se detuviera en su relato. - Antes usted ha dicho que la única persona de la familia que tenía un mínimo de interés en participar en la comunidad cristiana era la madre de familia, ¿me he equivoco? - Al no obtener una respuesta negativa, Patrick continuó hablando. - ¿Conoce usted el motivo de por qué resulta ser tan distinta en este aspecto del resto de su familia?
El sacerdote escocés se subió las gafas un poco por el puente de la nariz y carraspeó ligeramente antes de seguir hablando:
- Por lo que he podido hablar con la madre, ya que llegamos a tener una relación muy cercana, parece ser que tuvo algunas complicaciones a la hora de dar a luz a su primer hijo: creo recordar que su familia había rezado mucho por ella y al tener, finalmente, un hijo sano y ella encontrarse en perfectas condiciones... De un modo u otro siempre creyó en la intervención divina en aquel momento tan crucial para ella...
- No obstante, aquí el problema no es la madre – habló el cardenal Krämer de forma impaciente. - Son los hijos, la hija para ser más concretos: no estamos aquí para hablar de anécdotas que no tienen interés alguno para este asunto que tratamos
- Lo que yo quiero y puedo aportar son razones por las que sus eminencias consideran que no es apropiado para esta santa institución que alguien de las características de Claire Dilthey, que en absoluto ha llevado un modo de vida que se asemeje en lo más mínimo a los valores que defiende esta iglesia, sea un miembro de la administración de la misma cuando hay muchos otros que están mucho más capacitados y que forman más parte de la iglesia que ella... - expuso Martin Bailey, animado gracias a la intervención del anciano cardenal. - Los cardenales Krämer y Strauss se toparon con ciertas informaciones que quisieron verificar y yo, dentro de lo que sea posible, puedo ayudar con mi testimonio a confirmar los hechos
Patrick no contestó nada a las palabras del sacerdote escocés: había algo en él que no le acababa de gustar y no creía que fuera únicamente el hecho de que hubiera hecho un viaje internacional tan sólo para atacar a una persona. No creía que mintiera en lo que había dicho, si bien eran excusas muy pobres si lo que quería era defender la postura de los cardenales, pero no entendía el por qué de querer participar en aquel conflicto contra Claire de forma tan activa... Su demostrado interés por la vida privada de sus feligreses era algo que, cuanto menos, le daba mala espina.
Ante el silencio del joven sacerdote, Martin buscó con la mirada el apoyo de los ancianos prelados encontrándose con el asentimiento del cardenal Strauss: podía soltar la artillería pesada cuando quisiera.
- Su hermano mayor tuvo varias relaciones amorosas, todas fuera del matrimonio por supuesto, con distintas muchachas a lo largo de su juventud – puntualizó el religioso antes de seguir con sus explicaciones. - De la última de ellas incluso nació un niño, repito que fuera del matrimonio, que ni siquiera ha sido bendecido con las aguas batismales por expreso deseo de la madre de la criatura...
- Y todo esto, ¿en qué tiene que ver con que Claire... con que su hermana menor trabaje aquí? - se corrigió Patrick casi al momento de pronunciar el nombre de su mejor amiga. Incluso habiéndose criado entre los muros de la iglesia la mayor parte de los años de su vida, el joven conocía cómo funcionaban las cosas en el mundo que había más allá de esas paredes: después de todo, había hecho el servicio militar con otros jóvenes de su edad y les había oído hablar sobre sus distintas conquistas amorosas. No de todas ellas hablaban bien: estaban las que tenían en fotografías, siempre cerca de ellos, y estaban aquellas de las que hablaban entre risas y gestos cómplices entre ellos... Esperaba que Claire no perteneciera a ese último grupo. - Todo cuanto me he encontrado aquí han sido cuestiones personales de familia y sumamente privadas que ninguno de los que estamos aquí presentes tiene derecho a conocer...
- ¿Incluso si Claire Dilthey no se hubiera comportado de manera muy distinta? - apuntó el cardenal Strauss, interrumpiendo al joven y dedicándole una mirada llena de significado. Sabía que si había en toda aquella discusión un punto al que había querido llegar especialmente era el que acababa de comenzar, con esa sencilla pregunta que no halló respuesta. - Si estás tan convencido de que el entorno familiar no tiene nada que ver con esta persona, ¿por qué no avanzamos directamente hasta lo que tenemos que decir de ella? ¿Dejarás así que expongamos todo lo que tenemos que exponer?
Patrick sostuvo la mirada inapelable del cardenal Strauss, mientras que Martin Bailey parecía sorprendido de que el decano del colegio cardenalicio, a pesar de su rango dentro de la jerarquía eclesiástica, se atreviera a hablar de esa manera al que era el representante de Dios en la Tierra. A decir verdad, nunca hubiera esperado que aquel encuentro se llevara a cabo con tanta tensión entre los participantes: el cardenal Krämer no se había pronunciado sobre lo que había dicho el cardenal Strauss, pero no hacían falta palabras para entender que contaba con su total apoyo. Martin Bailey no pudo evitar sentirse algo perdido en aquella discusión: era como si las otras tres personas conocieran algo que él no y estuvieran usando esa información para amenazarse silenciosamente.
El joven sacerdote, por su parte, dirigió una mirada nerviosa a la carpeta que aún estaba frente a él sobre el escritorio, deseando encontrarse en cualquier otro lugar, en cualquier otra situación que no fuera ésa: sabía lo que tenía que hacer como amigo, pero también sabía lo que tenía que hacer como máximo responsable de la iglesia y eso no era ignorar todo lo que los cardenales tenían que decir. Por mucho que sintiera que no le iba a gustar.
- Muy bien – continuó hablando el cardenal Krämer, alargando la mano sobre el escritorio y tomando de la carpeta unos cuantos folios que estaban sujetos con un clip y señalados con una especie de post-it. - Dada su condición de mujer, lo más razonable, lo más natural, que hubiera podido hacer es dedicarse a las tareas propias de su género, incluyendo, por supuesto, la de contraer matrimonio y formar una familia, el cometido natural que tienen todas las mujeres por designio divino... Lo que se contradice con todas y cada una de las relaciones que conocemos de ella: varias durante su periodo escolar, dos de ellas en la universidad y, lo que más nos llama la atención, una que terminó cuando se empezó a hablar de matrimonio...
- ¿Qué? - dijo Patrick, sin casi darse cuenta de la pregunta que acababa de escapar de sus labios. No le había gustado nada la mayor parte de lo que habían dicho los prelados, pero esa última parte le había llamado poderosamente la atención. ¿Claire había estado a punto de casarse? Se conocían desde hace meses, habían hablado de prácticamente todo, incluso de algo tan doloroso para ella como era la muerte de su hermano mayor, y no había mencionado eso: ¿por qué había ignorado algo tan importante como aquello?
Sentía una sensación muy rara dentro de su pecho, era como si algo helado rodeara su corazón y lo hiciera más pesado, más difícil de seguir con su ritmo normal. Era como si de repente hubiera caído en agua fría y aún no terminara de darse cuenta. Y dolía, dolía bastante.
Sentada en un banco junto a la entrada del despacho papal, custodiada por dos guardias suizos a ambos lados de la puerta, Claire suspiró y volvió a comprobar la hora en su reloj de muñeca: hacía exactamente treinta y siete minutos desde que había terminado, por fin, una jornada laboral que no se le podía haber hecho más eterna. Treinta y siete minutos desde que prácticamente había saltado de su asiento, apagado el ordenador, recogido el abrigo y salido pitando de la sala de prensa. Su trabajo era muy monótono y tedioso, por eso siempre solía esperar con ganas la hora de marcharse, pero ese día no únicamente esperaba que llegara pronto la hora de salida, sino que también lo necesitaba.
Gracias al cielo, no lo necesitaba del mismo modo que lo había hecho unas semanas atrás cuando Patrick había estado a punto de cometer el mayor error de su vida. Entonces, ella había tenido que volver a su puesto después de haberlo sostenido en sus brazos temblando como una hoja. El pensar lo que había estado a punto de pasar y haberlo evitado por cuestión de minutos la había dejado enormemente afectada y, con todo ello, había tenido que hacer como si no hubiera pasado nada para no levantar sospechas entre el resto de trabajadores del Vaticano. En aquella ocasión hubiera dado cualquier cosa por poder marcharse de allí lo antes posible para ver a Patrick, igual que en la presente aunque era distinto: ahora ella era la que necesitaba el apoyo y la compañía del joven.
El pensar que iba a verle pronto la tranquilizaba, el mero hecho de saber que únicamente los separaba una puerta y que pronto iba a poder abrazarle bastaba para que su corazón se serenara ante lo que había descubierto, casi por casualidad, aquel mismo día. El conocer que Gennaro Scialo, el hombre que había tramitado su contrato y traslado desde Londres, había muerto poco después de tramitar aquel acuerdo con la BBC le ponía los pelos como escarpias y le hacía pensar cosas horribles. Después de todo lo que había ocurrido el verano anterior, su mente se negaba a creer que eso fuera una mera coincidencia y sentía terror al pensar en la posibilidad de que todo aquello no hubiera acabado.
Pero dentro de ella estaba la esperanza de que no fuera más que una lamentable casualidad, pero necesitaba a Patrick, necesitaba que él la consolara, la tranquilizara y se lo hiciera ver. Que no tenía por qué pasar nada malo, que todo eso sólo formaba parte del pasado y que estaba a salvo ahora. Claire alzó un poco la mirada y parpadeó para paliar un poco la irritación de sus ojos. Había intentado hablar con Chartrand y exigirle una explicación, el por qué le había ocultado de forma deliberada aquel hecho sobre su contratación, pero todas las veces que había tratado de llamarle se encontraba con el mismo mensaje de apagado o fuera de cobertura en esos momentos.
Aquello no se lo había esperado del joven suizo, para nada. Desde que volvió a Roma, antes incluso de reencontrarse con Patrick, había confiado en Chartrand como su único amigo en la ciudad y había agradecido haberle encontrado y que él se hubiera mostrado desde el principio tan atento para con ella. Creía que podía confiar en él, creía que no le ocultaba nada y se había topado con que eso no era verdad, incluso después de que el joven suizo le prometiera que no iba a haber secreto ni información relevante compartida con ella. Ellos dos, junto al cardenal Baggia, habían guardado el secreto del intento de suicidio de Patrick: ¿acaso no demostraba eso con creces que era digna de confianza?
Ahora que echaba la vista atrás, recordaba su primer día de trabajo allí, cómo él le había insistido en que el hecho de que ella se encontrara allí era únicamente pura casualidad. Entonces le había creído, ahora no estaba tan segura de hacerlo... Volvió a mirar la hora en su reloj para encontrarse con que apenas habían pasado unos minutos desde la última vez que consultó la hora. Claire se giró levemente hacia la entrada al despacho, del cual únicamente le llegaba el leve murmullo de una conversación: Patrick y ella tenían horarios muy complicados de compatibilizar, tenían que hacer verdaderos malabarismos para poder verse aunque fuera apenas una hora y muchos días ni siquiera eso. Sabía que Patrick tenía muchas responsabilidades que cumplir, pero se le hacía raro que estuviera tardando tanto cuando, según los guardias que custodiaban la entrada, ya llevaba reunido hacía tiempo antes de que ella acudiera allí.
En fin, lo único que tenía que hacer era procurar serenarse un poco y esperar a poder verle, entonces todos sus miedos y dudas se irían volando como si nada. Estaba segura de ello, Patrick conseguía ese efecto en ella. Claire disimuló una leve sonrisa y suspiró.
No creía que tuviera que esperar mucho más.
No entendía lo que estaba sintiendo en esos momentos, no acababa de saber definirlo con palabras: era algo parecido a la negación a lo que había oído y al mismo tiempo estaba ese algo frío que le hería desde su interior.
- ¿Esperarías algo diferente de una mujer, en estos tiempos que corren? - quiso saber el cardenal Strauss, rompiendo el silencio de la estancia, aunque era obvio que la pregunta estaba respondida: Patrick apenas se había detenido a pensar en la vida privada de Claire, lejos de Roma; la única vez que lo había considerado era cuando él mismo estaba a punto de aceptar o rechazar la decisión de los cardenales hacía varios meses, y ahora esa sensación de decepción volvía a él, más fuerte que entonces. - No quieren nada que las comprometa, la idea del matrimonio no las atrae, prefieren tener otro tipo de relaciones con el primero que se preste...
- Vale – dijo el joven sacerdote, interrumpiendo las palabras de Strauss: no quería seguir escuchando lo que tuviera que decirle, no quería saber nada más sobre ese tema. Esa sensación de hielo trepaba por su garganta y hacía que tuviera que parpadear para disipar la irritación de sus ojos: se sentía terriblemente... Mal.
Ni siquiera podía ponerle otro nombre porque no sabía exactamente lo que era: ahora que echaba la vista atrás y recordaba la relación que mantenía con su amiga no podía evitar sentirse decepcionado. Incluso en aquellos momentos en los que había estado seguro de amarla, ¿ese sentimiento tan bello y único significaba tan poco para ella que lo entregaba tan fácilmente? ¿Hacía tan fácil al resto de los hombres el entrar y salir de su vida como si nada? Dios, qué estúpido se sentía...
- Podría ser que, dada su implicación en lo que ocurrió el pasado mes de Junio, hubieras pensado que podría confiársele una responsabilidad como la que ahora tiene... - continuó el cardenal Krämer, viendo que toda su investigación empezaba a dar sus frutos en esos momentos. Una vez sembrada la duda, lo único que tenían que hacer era dejarla crecer y que entonces Patrick tomara sus propias decisiones. - Pero, y creo que aquí mis dos compañeros coincidirán conmigo, ella no es digna de trabajar aquí, su lugar no está aquí... Puede que sí esté en el mundo de las comunicaciones y la información, pero desde luego no aquí; no únicamente por su total indiferencia a la idea de llevar una vida cristiana, sino también por atentar contra aquellos que sí la llevan...
- ¿De qué demonios estáis hablando ahora? - quiso saber Patrick, lo bastante dolido como para que eso se reflejara en su voz. Vale, puede que hubiera visto en Claire mucho más de lo que era realmente, puede que la hubiera tenido idealizada en su mente, pero ¿atentar contra aquellos que sí la llevaban? No, creía conocer lo bastante bien a su amiga y ella nunca haría algo así. - ¿A qué os referís con atentar contra aquellos...?
- De forma más concisa, nos referimos a agresión denunciada ante los cuerpos de seguridad pertinentes – afirmó Strauss con rotundidad, tomando otro de los documentos señalados del archivo y tendiéndoselo a Patrick. - Agresión a uno de nuestros hermanos de la viña del Señor, hermano que se encuentra aquí presente en el caso de que los documentos policiales no sean de suficiente credibilidad... Creemos que incluso provocó que su madre abandonara finalmente la comunidad cristiana de la que formada parte...
El joven no alzó la mirada enseguida, sino que continuó buscando algún tipo de error en aquel documento de denuncia, pero estaba todo ahí: los nombres, el lugar, la fecha, las circunstancias... No había el más mínimo margen de error y, sin embargo, ahí estaba.
- Señor Bailey, ¿qué ocurrió? - preguntó Patrick al sacerdote escocés al que supuestamente había agredido Claire hacía tan sólo un par de años. - Puede que esta joven no sea una católica practicante, pero puedo jurarles que no es una mala persona
- Yo mismo, a pesar del tiempo que ha pasado, aún no sabría explicarlo como se merece... - dijo Martin Bailey negando con la cabeza. - En realidad, gracias a Dios, guardo pocos recuerdos de ese momento en concreto y gracias a eso puedo seguir con mi labor pastoral...
Vale, ya había tenido bastante información, se sentía totalmente incapaz de poder procesar el más mínimo detalle añadido a aquella conversación. Sentía su mundo patas arriba, aún apresado por ese sentimiento de desagradable sorpresa que le rompía el corazón. Claire. Si había alguien de quien nunca había dudado en su vida había sido de ella, si había alguien que pudiera haber hecho que se replanteara todo había sido ella, si había alguien que había sido capaz de traerle de vuelta de las mismísimas puertas de la muerte, por Dios juraba, que había sido ella. ¿Cómo podía esa persona de carácter amable y generoso que conocía ser también la misma persona que describían los cardenales?
- La audiencia ha terminado, necesito pensar en todo esto – sentenció el joven finalmente bajo la mirada de los tres religiosos: necesitaba estar solo y asimilar toda aquella nueva información. - Pueden marcharse ya, sea cual sea mi respuesta a su petición les aseguro que tendrán noticia de ella en cuanto resuelva otros asuntos que requieren mi atención
No tenían una respuesta inmediata, pero por lo menos tanto el cardenal Krämer como el cardenal Strauss podían ver la huella que había dejado en Patrick toda aquella información y aquellos testimonios que había recibido. Habían conseguido eliminar poco a poco aquella imagen poco menos que idealizada que el joven tenía sobre Claire Dilthey, lo único que tenían que les quedaba por hacer era esperar para ver su objetivo final cumplido y no tenían muchas dudas sobre cómo iba a terminar todo aquello.
- Por supuesto, su santidad – dijo el cardenal Strauss poniéndose en pie e inclinando la cabeza para después tomar las empuñaduras de empuje de la silla de ruedas del anciano Krämer, en cuya mirada era fácil advertir el brillo del triunfo.- Agradecemos su tiempo y su consideración en este problema que nos preocupaba tanto, confiamos en su adecuada y pronta resolución; y también a usted, señor Bailey, su testimonio nos ha sido de gran ayuda en esta audiencia. Gracias por haberse tomado la molestia de hacer un viaje tan largo...
Patrick se había puesto en pie para despedir a los prelados: se sentía anonadado y sin embargo el hecho de que Martin Bailey había viajado a otro país únicamente para hablar mal de Claire... Mucho rencor tenía que sentir hacia ella para hacer algo así, pero también era cierto que nada justificaba cómo su amiga se había portado con aquel sacerdote en el pasado. Cuanto más lo pensaba, menos se podía creer todo lo que le habían dicho: sentía como si, al saber todo esto, hubiera perdido a su amiga... Después de todo, no era como había pensado y "decepción" no era una palabra que llegase a expresar totalmente cómo se sentía ahora.
- Su santidad... - comenzó a decir Martin Bailey, llamando su atención antes de marcharse. - Pese a que podría haberse tratado de una mejor circunstancia, déjeme decirle que ha sido un verdadero placer poder conocerle en persona al fin...
El joven asintió levemente con la cabeza pero no dijo nada. No quería parecer arisco o desconsiderado, pero realmente tenía muy pocas ganas de entablar conversación o ser mínimamente amable con aquel hombre, después de todo lo que había conocido de Claire a través de él. Sabía que Bailey no tenía la culpa de nada salvo quizás un interés por la vida personal de sus feligreses algo más alto de la cuenta... Pero realmente no podía culparle, de forma razonable, por lo herido que se sentía al haber conocido esa información sobre su mejor amiga.
- Le agradezco que se haya tomado la molestia de hacer un viaje tan breve para venir a esta audiencia – contestó Patrick: no había dicho que el placer de conocerle había sido suyo porque realmente no lo sentía así y no se veía capaz de fingir otra cosa, pero tampoco había sido maleducado. La presencia de Martin Bailey le había traído un gran quebradero de cabeza y sólo por ello ya estaba deseando no tener que verle de nuevo en mucho tiempo. - Espero que tenga un buen viaje de vuelta si es que vuelve hoy de regreso a Escocia...
- En efecto, por desgracia así es, soy un hombre ocupado y tengo asuntos que atender en mi tierra – sonrió el sacerdote escocés. - Me alegro de haber podido ser de ayuda en esta audiencia y de haber podido tratar dos eminencias como estos dos cardenales. ¿Me concedería su bendición antes del viaje de regreso?
Patrick ya estaba preguntándose cómo de grave sería negarse cuando Strauss, llevando la silla de ruedas del cardenal Krämer, dio unos golpes en la puerta de la estancia para llamar a los guardias suizos que estaban haciendo guardia al otro lado de la misma. No hubieron pasado ni dos segundos cuando la puerta se abrió, asomándose por la misma un joven que no tendría muchos años más que Chartrand.
- El cardenal Krämer se retira ya a sus aposentos en Santa Marta, ¿sería tan amable de ayudarme a llevarle hasta allí? - pidió el cardenal Strauss al muchacho. - A estas alturas, la mera edad ya es una enfermedad en sí misma y los huesos no son lo que eran...
- Claro, por supuesto, signori – respondió de inmediato el guardia.
- Haz saber que no atenderé a más audiencias hoy – habló Patrick llamando la atención del guardia y librándose por unos momentos de tener que darle una respuesta a Martin Bailey. - Tengo varios asuntos que atender y sobre los que deliberar
- Por supuesto, y disculpe la interrupción, su santidad – dijo el joven suizo, levemente incómodo por tener que llevarle la contra aunque fuera en algo tan nimio. - Pero hay aquí una persona que lleva esperando a ser recibida un buen rato, ¿debo decirle que vuelva mañana o tal vez otro día?
Ni siquiera le dio tiempo a preguntar de quién se trataba. El cardenal Strauss ya empujaba la silla de ruedas de Krämer a través del umbral de la puerta cuando miró a su izquierda y, tras un único segundo de sorpresa, dejó escapar una risa de incredulidad. Se giró hacia Patrick y Martin Bailey, quienes continuaban de pie en el despacho.
- Hablando del rey de Roma... - dijo con una media sonrisa el anciano cardenal.
NdA: ¡Hola de nuevo, chicas! ¿Cómo va todo? Espero que todo os esté yendo genial. Yo últimamente estoy con muchos feels, ya que éste es el último de año de uni que tengo y me da mucha nostalgia el mirar atrás y pensar en lo absolutamente feliz que he sido con mis compañeros de clase y estando en la uni en general. Pero eso es bueno para vosotras, porque esos feels los descargo a la hora de escribir y creedme - de verdad - cuando os digo que la grandísima mayoría del capítulo siguiente esté escrito también. La idea inicial - en mi cronología del fic está así, pero me voy a tener que jorobar un poco - era que éste capi y el siguiente fueran uno solo, pero bastante largo... Y con veinte caras de word he pensado que estaba saliendo más largo de la cuenta y que me estaba dificultando el poder dedicar a los hechos la atención que me gustaría. Así que este capi es realmente como una primera parte y el siguiente, la segunda. El team anti-Claire está haciendo su Agosto, ya lo podéis ver, y Patrick no sabe qué pensar respecto a todo lo que oye. Claire sigue sin enterarse de nada, aunque está a punto de conocer bastantes cosas nuevas. Y Chartrand siempre metido en líos, el pobre, lo que no haga este chico.
Puede que sea una pesada con este tema, ya que lo he mencionado varias veces en las notas de autora, pero en serio: no existen palabras en el universo que expresen lo agradecida que me siento de que sigáis por aquí. Esta secuela no ha tenido ni mucho menos el mismo ritmo de actualización que su primera parte - he llegado a tener parones de más de un año, lo que ahora se me hace impensable porque vuelvo a estar volcada en el fic -, pero vosotras habéis seguido con infinita paciencia y con un más que apreciado entusiasmo esta historia, y, en serio, sois las mejores lectoras que podría desear. Estamos terminando el año 2013, hace más de cuatro años que empecé a contar la historia de Patrick y Claire: me emociona mucho que aún estáis por aquí, de verdad, es algo que siento que nunca acabaré de comprender ni de agradecer lo suficiente.
Pues eso, voy a seguir trabajando en la parte B de este capítulo. ¡Muchos besos, nos vemos en los reviews! ;)
