Capítulo 20: La idea especial de Lockhart

—Connor, si me escucharas... —empezó Harry apaciguadamente, esperando que eso detuviera la manía descontrolada que su hermano parecía haber desarrollado.

—¡No! —gritó Connor, y salió de la oficina de Sirius. Para más dramatismo, cerró de golpe la puerta detrás de él, haciendo que uno de los estandartes colgados en la pared oscilara y se derrumbara sobre la silla bajo él.

Harry se sentó en una silla libre y respiró para calmarse, mientras Sirius colgaba el estandarte de nuevo. Ninguno de los dos dijo nada. Harry no pensaba que pudiera, y Sirius probablemente se estaba culpando por sugerir la reunión en primer lugar. Su oficina, con él presente, había parecido una habitación segura para Harry. Había desinvitado a Draco y a los Hufflepuff de la reunión. Habían estado presentes durante los tres enfrentamientos que él y Connor habían tenido a lo largo de enero, y su presencia siempre hacía que las cosas se degeneraran.

Pero se había salido de control una vez más, en el momento en que Harry mencionó el partido de Quidditch. El rostro de Connor se había vuelto del color de la carne podrida mientras gritaba. En retrospectiva, Harry pensó que podría haber estado preocupado por el próximo partido entre Gryffindor y Hufflepuff, pero eso no era una excusa.

No, por supuesto que lo es, insistió su mente en el momento en que pensó eso. Nunca te has sentido nervioso antes de un partido, pero tienes más talento que Connor.

Harry hizo una pausa. El pensamiento estaba en el buen camino, en el contexto correcto, y sin embargo… algo estaba mal.

Había tenido estos pensamientos cada vez más a menudo desde diciembre y la posesión de Riddle. Estaría pensando, creyendo, comportándose de forma normal, y luego algún pensamiento sospechoso sobre Connor, alguna queja donde debería haber habido una admiración incondicional hacía su hermano o un resentimiento que no tenía lugar allí, llegaría deslizándose. Harry estaba seguro de que eso se detendría una vez que se las arreglara para llenar las lagunas de su mente con niebla de Oclumancia, pero por el momento, era desconcertante.

Y mientras tanto, hace que los fracasos de estas reuniones sean mi culpa tanto como la de Connor.

Por supuesto que lo es. Debido a que debía haber anticipado cada uno de sus movimientos y sabido que él actuaría como un niño cuando mencioné el Quidditch.

Harry se puso en pie de un salto y empezó a caminar alrededor de la habitación, agitado. Sirius lo miró solemnemente por encima de un hombro. Harry se imaginó que su padrino todavía estaba demasiado sorprendido para realmente darle consuelo. No importaba. Desde Navidad había tenido una relación más cálida con Sirius, y si todavía se burlaba de Snape, Slytherin y los Malfoy sin pensarlo, al menos se daba cuenta inmediatamente después y se disculpaba.

Harry habría estado bastante contento con la vida, de hecho, si no fuera por los agujeros en su mente y Connor ignorándolo.

Alguien llamó a la puerta del despacho de Sirius. Harry, asumiendo que era Madame Hooch que venía a discutir sobre Quidditch o uno de los capitanes del equipo que quería preguntarle a Sirius por sugerencias, se movió para irse.

Ron Weasley estaba parado junto a la puerta, su rostro tan rojo como sus orejas. Pasó junto a Harry sin siquiera darse cuenta de que estaba allí, se acercó a Sirius y se quedó allí mirándolo fijamente.

—¿Qué pasa, Ron? —preguntó Sirius, pero él estaba tratando de esconder una sonrisa.

—Lograste devolverle el trabajo a mi papá —dijo Ron, en una voz plana como su cara con sorpresa—. Conseguiste que mi papá tuviera su trabajo de nuevo —él extendió la mano abruptamente y abrazó a Sirius, aplastando su cara en su pecho. Sirius se rio entre dientes y acarició su cabello. Harry sonrió interiormente por la forma en que esa felicidad iluminó los ojos de su padrino. Sirius no había estado durmiendo bien otra vez, aunque insistió que lo estaba y que las pocas pesadillas eran sobre Daphne Marchbanks. Harry, sin sentir que era su lugar para interferir, simplemente lo observaba y lo obligaba a ir a la cama cuando podía.

—Pensé que escuchar que Sirius Black favorecía a Arthur Weasley podría acabar con la imbecilidad colectiva del Ministerio —dijo ahora, su sonrisa brillaba con buen humor mientras se sacaba a Ron de encima y le golpeaba en la espalda.

—¿Pero cómo lo hiciste? —preguntó Ron, su rostro radiante con algo parecido a la adoración de héroes. Harry asintió con la cabeza. Bien. Sirius lo necesita, con la forma en que Connor y yo nos estamos comportando.

No, dijo Sylarana en su cabeza, sonando como si acabara de despertar de una siesta. Sólo él.

Harry la calló y observó a Sirius sonreír en esa misteriosa y sabia forma de decir que sabía de una broma realmente buena que la víctima nunca vería venir.

—Fui Auror, sabes, antes del malentendido que hizo que el Ministerio y yo nos separáramos —le dijo a Ron de manera casual—. Pero mucha gente me subestimó, ya que supusieron que bebía todo el tiempo. Y podría haber, posiblemente, sólo con la más pequeña minúscula posibilidad de una casualidad, haber habido secretos que un Auror borracho podría oír y recordar después de las fiestas del Ministerio. Y podría haber sido también, posiblemente, que funcionarios del Ministerio que quisieran cubrieran sus reputaciones grasientas se aseguraran de que dicho amigo y Auror borracho consiguiera lo que quería.

Harry parpadeó. Eso era más manipulación Slytherin que el valor Gryffindor para él. Pero los ojos de Ron se habían iluminado.

—¿Los funcionarios del ministerio eran Slytherin? —preguntó.

—Al menos uno —dijo Sirius con un guiño, y luego lanzó una mirada de disculpa a Harry por encima de su cabeza. Harry agitó una mano desestimándolo. Era cierto que Slytherin produjo más de una parte de funcionarios viscosos del Ministerio, como magos Oscuros.

—Eso no es estrictamente cierto —le había dicho Draco a Harry una vez, con la barbilla inclinada en un ángulo altivo—. Los Slytherin estúpidos son los únicos que son atrapados. El resto de nosotros somos calidad pura. Nadie puede probar que hicimos algo malo.

Harry había señalado que eso no significaba que nunca hicieran nada malo, y Draco se había burlado de él durante el resto de la noche.

Brillante —dijo Ron, una sonrisa casi alegremente feliz en su rostro—. ¡Espera que se lo cuente a Connor!

Salió corriendo, sin parecer notar a Harry. Harry se encogió de hombros. Era el privilegio de Ron no hacerlo. Ya que era casi el único amigo de Connor, Harry preferiría que los ojos del chico Weasley siguieran brillando hacía su hermano.

Una vez que Justin llamó su atención, Harry pudo ver lo mucho que el resto de la escuela despreciaba a Connor. Nunca sabría la razón más profunda: si era la historia de Justin o porque Connor había estado actuando como un idiota a sus ojos, también, pero así era. La mayoría de los Slytherin lo insultaban ahora, la mayoría de los Hufflepuff salían de su camino para evitar estar en su compañía, e incluso los Ravenclaw se habían alejado y se contentaban con miradas ociosas en la dirección de Harry. Los Gryffindor todavía reaccionaban a los insultos contra su Casa, pero mirarían incómodamente a otro lado cuando Zacharias Smith o Draco hacían un comentario sobre Connor.

Frustraba a Harry sin fin, ver el daño que su hermano estaba haciendo a su futura capacidad de liderazgo entre las otras Casas e incluso en la suya propia, pero no había nada que hubiera sido capaz de hacer al respecto. Cada argumento con Connor terminaba en alguna parte de las acusaciones mezquinas, tales como que Harry ganó el partido de Quidditch. Harry no podía explicarle las cosas importantes.

Había escrito a su madre, sugiriéndole que empezara a enviar libros para mejorar la educación política de Connor otra vez—especialmente hablando de aquellos tiempos en la historia en los que magos no Gryffindors habían estado en el poder—pero ella nunca le había contestado. Si enviaba los libros, pensó Harry, hundido en sombras, entonces Connor no los leía.

—Harry.

Harry parpadeó y alzó la mirada. Sirius se había arrodillado frente a él, y sus ojos eran solemnes. Extendió los brazos. Harry se inclinó hacia delante y se dejó abrazar, observando la forma en que las manos de Sirius apenas se detenían en la protuberancia de Sylarana bajo su suéter.

—Sé que es difícil —susurró Sirius—. Pero lo lograrás, no lo dudo. Hay tanta lealtad en ti, Harry. Nunca lo supe hasta que Lily me lo explicó todo, esos días que estuve en casa en Navidad en el Valle de Godric. Entonces entendí la totalidad de tu sacrificio. Y quiero darte las gracias, y asegurarte que tu hermano verá la luz algún día. Tiene que. Es un Gryffindor. No está en nuestra naturaleza permanecer lejos de nuestros amigos para siempre.

Harry cerró los ojos, se dejó absorber por el calor del cuerpo de su padrino y trató de creerlo.

—Gracias, Sirius —murmuró.

Ahora, si Connor sólo dejara de ser un idiota, remarcó Sylarana melancólicamente, entonces tal vez podrías pensar en otra cosa.

Harry no respondió. Lo que ella dijo era cierto, pero tan obvio que no le pareció interesante.


—¡Disculpen! ¡Tengo un anuncio especial que hacer!

Harry parpadeó ausente y guio los ojos a la mesa del personal, donde el profesor Lockhart acababa de levantarse y estaba radiante ante la multitud de estudiantes. Su piel ya no parecía naranja, para decepción de Harry; había dejado de usar la pasta que Harry había encantado para brillar en Defensa Contra las Artes Oscuras. Sin embargo, sus cabellos y dientes seguían sufriendo del hechizo Obscurus. Lockhart había tratado de aclararlos, pero como era un mago menos poderoso que Harry, lo mejor que podía hacer era lograr que sus dientes y el pelo parpadearan como luces de Navidad. Se pavoneó ante toda la atención que atrajo. Harry logró una sonrisa ahora, pensando que Lockhart probablemente nunca entendería la fuente de esa atención, aunque alguien se lo explicara.

—Hoy —dijo Lockhart, señalando los corazones rojos y rosados que colgaban a lo largo de las paredes del Gran Comedor, y los pequeños corazones flotantes que se movían en círculos cerca del techo, y las piedras que arrastraban hechizos rosados y rojos para la ocasión—, es el día de San Valentín.

Draco puso los ojos en blanco y dijo, —No mierda —con la entonación correcta. Harry puso un pedazo de salchicha en su boca para evitar reírse.

—Ya que he sido el ganador del Premio a la Sonrisa Más Encantadora de Corazón de Bruja cinco veces seguidas —dijo Lockhart, sonriendo mientras su boca gesticulaba—, ¡he decidido hacer algo hoy en Hogwarts para poner una sonrisa en la cara de todos! —se giró a las puertas de Gran Comedor y aplaudió, una vez.

Las puertas se abrieron, y un enjambre de hadas entró, todas batiendo las delicadas alas a las que alguien había atado un cordón. Harry miró fijamente. Sabía cómo lucían las hadas en su estado natural, y eran bastante hermosas y femeninas. Por qué Lockhart había querido añadir este toque lo desconcertó.

—¡Las hadas concederán deseos todo el día de hoy! —concluyó Lockhart triunfalmente—. Mientras sus deseos se relacionen con tu verdadero amor, por supuesto. ¡Vamos a empezar, y sonrían, sonrían, sonrían!

Harry cerró los ojos y puso su cabeza en sus manos. Podía sentir a Draco acariciando su hombro.

—Vamos, Harry —susurró—. ¡Quizá no sea tan malo!

La pequeña hada que había volado y soplado una nube de polvo brillante sobre él planeó, riendo. Draco sintió su cara y luego miró fijamente mientras nada salía. Miró devuelta y Harry se ahogó de nuevo. Sus ojos eran grandes charcos de gris en medio de una cara completamente plateada.

—¡Harry! —gritó—. ¿Deseaste que esto me sucediera? —estaba tratando de fruncir el ceño tan amenazadoramente como podía, lo cual no era mucho, dado el polvo de hadas.

—No soy tu verdadero amor —dijo Harry, y luego puso su cabeza sobre la mesa y cedió a la necesidad de simplemente reír.

Se las arregló para ahogarlo en resoplidos cuando alguien se le acercó y dijo, con voz tímida: —Lo deseé para ti, Draco. Sólo pensé… sólo pensé que serías tan hermoso, con tu cabello dorado y tus ojos plateados…

—Mis ojos no son plateados —dijo Draco, horrorizado por el mero pensamiento. Harry miró hacia arriba para verlo observar a una Pansy Parkinson atónita—. Y tú no eres mi verdadero amor. Piérdete.

El labio inferior de Pansy se estremeció por un momento, y luego huyó del Gran Comedor con un sollozo. Millicent se levantó para ir tras ella, dándole a Draco una mirada de irritación.

—Eso fue grosero de tu parte, Draco —dijo Harry, ligeramente, más interesado en ver a Millicent que en examinar la cara de Draco. Últimamente había estado dejando caer rumores, esta vez indicando que sabía por qué él y Connor todavía no se llevaban bien. Harry estaba bastante seguro de que eso era una mierda. Ella habría hablado directamente ya si supiera de algo incriminatorio.

—¿Cómo quitas el polvo de las hadas? —gimoteó Draco. Harry alzó la vista para verlo friccionar frenéticamente su cara con dos dedos. El polvo plateado se quedó. Parecía que se encogía mientras Harry miraba.

Harry probó un Encantamiento de Remoción sin varita, sólo para ostentar. Entonces lamentó el impulso porque, ¿desde cuándo quería ser llamativo? Pero el chillido de Draco le impidió preocuparse demasiado.

En fascinación, Harry observó cómo el polvo plateado se reorganizaba, recogiéndose densamente sobre las cejas de Draco y alrededor de su boca. Parecía un payaso.

Luchando para contener su risa, Harry negó con la cabeza. —Lo siento, Draco. Es la magia de Lockhart otra vez. No sé qué más puedo hacer, además de dejarlo. No quiero quitarte la piel la próxima vez.

—Harry, ¿qué aspecto tengo? —preguntó Draco, sus ojos se estrecharon peligrosamente mientras Harry se mordía el labio y luego se ahogaba.

—Gracioso —admitió Harry, y luego volvió a poner la cabeza sobre la mesa y aulló.

Draco lo golpeó varias veces en la parte posterior de la cabeza, y luego Blaise le preguntó a Draco si tenía alguna varita falsa para los primeros años. Mientras Draco trataba de darle una sonrisa a Blaise, Harry se escabulló y salió del Gran Comedor, sacudiendo la cabeza.

No sabía que Pansy estaba enamorada de Draco, pensó distraídamente mientras buscaba a Connor, preguntándose si podría atrapar a su hermano y tratar de tener una charla privada mientras todo el mundo seguía gritando y huyendo de las hadas. Debería empezar a prestar mejor atención a mis compañeros de Casa. Esos son los tipos de detalles que podrían significar vida o muerte para Connor algún día.

Se distrajo un poco cuando un hada voló hacia él y se quedó frente a él, mirando fijamente su rostro. Harry cruzó los brazos y le devolvió la mirada. Una chispa de magia debería enviar a la hada corriendo si intentaba algo, pero preferiría mirarla fijamente. Había trabajado durante las últimas semanas en no siempre alcanzar su magia en primer lugar.

Un movimiento sutil en su manga le advirtió, pero no fue lo bastante rápido. Sylarana se lanzó, agarró el hada en su boca y desapareció bajo su suéter.

—¡Sylarana! —dijo Harry. Casi nadie miró a su alrededor al verlo hablando Pársel. Harry habría estado más agradecido por el cambio si él no estuviera furioso con su Locusta—. ¡Devuélvela!

—Yum —dijo Sylarana.

—¡Es un hada! —intentó Harry—. ¡Una criatura inteligente!

—Casi tan inteligente como uno de esos perritos gordos que los muggles llevan en su compañía —respondió Sylarana mientras se deslizaba hacia su hombro—. Los estúpidos mueren, y los inteligentes sobreviven. Y soy mucho más inteligente que ella. Yummy —Harry escuchó una serie de pequeños sonidos que supo eran los distintivos cracs de las alas de hadas rompiéndose cuando Sylarana tragó la cabeza de la pobre.

Siseó y metió la mano en su suéter, tratando de sacar su serpiente, pero alguien se inclinó sobre él y gruñó alegremente. —Ah, ahí está usted, joven señor Potter. Quería hablar con usted. ¡Venga conmigo, por favor!

Harry alzó la vista y se congeló. Lockhart estaba frente a él, y Harry estaba bastante seguro de que acababa de ver a Sylarana comerse su hada. No creía que hubiera una manera educada de negarse, especialmente sin Draco para rescatarlo. Suspiró y siguió al gran estúpido hasta su oficina.

La oficina de Lockhart, como era de esperar, estaba llena de fotos de sí mismo, guiñando y agitando su cabello frente a cientos de diferentes lugares salvajes y solitarios: cuevas, bosques, acantilados. Harry sabía que eran los lugares en que Lockhart supuestamente había vivido sus aventuras, pero le resultaba difícil creerlo. Por un lado, dudaba que Lockhart pudiera sobrevivir lejos de una fuente regular de agua corriente y loción para las manos.

Lockhart hizo señas a Harry en una silla frente a su escritorio y se sentó en la silla del otro lado, haciendo un suave y complacido ruido entre sus dientes. —Ahora —dijo—. Disfrutando de Defensa contra las Artes Oscuras, ¿verdad?

Harry lo miró fijamente. ¿Le había traído realmente el hombre para hablarle de su actuación en la clase?

—Abrumado, estás abrumado, lo sé —se rio Lockhart, agachándose y buscando algo en un cajón del escritorio—. ¡Imagina, hablando en privado con una celebridad como yo!

Harry apretó los dientes. —La clase va bien, señor —buscó algo más que decir, algo que sonaría a adoración hacía Lockhart sin realmente ser idolatría. No podía pensar en nada. Que Lockhart era un estúpido gritaba demasiado fuerte en su cabeza.

Lockhart se enderezó y apuntó su varita a Harry. Harry estaba abruptamente concentrado, su frustración y su irritación huían como el agua de la lluvia en una ventana de cristal. Se encontró con los ojos de Lockhart y decidió que el hombre no sabía de su magia sin varita, aunque Harry había asumido que era de conocimiento común entre los profesores ahora. De lo contrario, se habría asegurado de que Harry estuviera amordazado antes de mostrar la varita. Por supuesto, eso no habría hecho mucho bien, ya que Harry también podría lanzar algunos hechizos no verbales, pero habría demostrado más sentido de lo que Lockhart estaba mostrando ahora mismo.

¿Qué tipo de idiota deja su varita en su escritorio? preguntó Sylarana, deslizándose hasta el borde de su manga. ¿Especialmente cuando acaba de soltar a un montón de hadas en la escuela sabiendo que la mayoría de los magos no lo aprobarían? No es que yo sepa por qué no las aprobarían; son deliciosas.

No quiero que lo muerdas, le dijo Harry. Todavía no, por lo menos. Vamos a ver lo que quiere.

Eso pareció satisfacer a su Locusta, que se calmó. Harry se encontró con los ojos de Lockhart y preguntó: —¿De qué se trata todo esto?

—Rastreé su firma mágica en el encantamiento Obscurus —dijo Lockhart. Su voz sonaba diferente, Harry se dio cuenta, carente de los tonos redondos y llenos que la hacían melodramática. Le recordó a Quirrell, y Harry tuvo el breve impulso de cerrar los ojos y gemir. ¿Podría Dumbledore contratar a maestros de Defensa contra las Artes Oscuras que no estuvieran ocultando algún tipo de secreto?—. Sé que has sido el que ha estado oscureciendo mi belleza durante los últimos meses. Probablemente estés celoso de mi monumental belleza. Quita el encantamiento.

Harry parpadeó inocentemente. —Pero, profesor, es un gran mago, y yo solo soy un estudiante. Estoy seguro de que podría quitar el encantamiento si realmente quisiera.

La varita de Lockhart vaciló por un momento, y luego su rostro recuperó su máscara de arrogancia. —Por supuesto que podría. Pero no quiero hacerlo. Quiero que lo quite, ya que usted fue el que me insultó al ponerlo en mí en primer lugar —su varita seguía apuntando a Harry.

Harry estudió Lockhart por un momento. Supuso que podía quitar el Obscurus, y realmente no haría mucha diferencia. El hombre no estaba haciendo nada para hacer la vida de Connor más miserable. Estaba demasiado ocupado haciendo eso él mismo para darse cuenta incluso si Lockhart también lo hacía, pensó Harry, su mente recordando su preocupación por su hermano.

Se encogió de hombros. —Está bien. Finite Incantatem.

Los ojos y los dientes de Lockhart comenzaron a brillar de nuevo, y el efecto de luces de Navidad desapareció. Harry se arrepentía de perderlo, pero de todos modos se habría vuelto aburrido muy rápido.

Ahora estás aprendiendo a pensar como una Locusta, le comentó Sylarana.

Harry le acarició la espalda y observó cómo Lockhart se acariciaba el cabello y los dientes con una mano temblorosa, lanzó una sonrisa exploratoria al espejo que ocupaba una pared entera de la oficina y luego asintió. —Servirá —dijo—. Y sé que seguramente no quería que durara tanto, señor Potter. Después de todo, probablemente pensó lanzárselo a su hermano Connor, ya que él dice que usted está muy celoso de él.

Harry se estremeció. Esperaba que el desesperado deseo de compañía que pudiera tolerarlo no hubiera obligado a Connor a hablar con Lockhart. —¿Puedo irme ahora, profesor? —preguntó, pensando que necesitaba inventar un nuevo maleficio para el estúpido, uno que no fuera tan perceptible.

—Por supuesto —dijo Lockhart—. Harry salió de su silla y se dirigió hacia la puerta. Se giró cuando Lockhart le dijo—: Una cosa más.

Vio la determinación en el rostro del otro mago, y sospechó algo antes de que la varita se le señalara y la palabra "Obliviate" fuera murmurada.

Harry sintió el hechizo acercarse a él y reaccionó instintivamente, no alejándose, sino con Oclumancia. En el momento en que el hechizo golpeó la superficie exterior de su mente y trató de comer esos recuerdos relacionados con Lockhart y pedirle a Harry que quitara el Obscurus, los tejidos de Harry lo voltearon, lo rebotaron a las sólidas defensas que había dejado puestas, no importaba lo que dijera Snape, y luego lo convirtió en polvo y silencio. Harry sacudió la cabeza y volvió a mirar a Lockhart.

El mago rubio había abierto su boca, probablemente para darle un mandato a Harry o decirle qué falsos recuerdos reemplazarían a los reales, pero ahora la cerró y se tambaleó hacia atrás, sentándose en la silla detrás del escritorio. Harry dio un paso adelante. El rostro de Lockhart se viró al color del queso viejo.

—Usted se resistió —dijo.

—Sí —dijo Harry—. Y no tenía necesidad de Obliviarme en absoluto, excepto que lo intentó —podía oír el silbido enojado de Sylarana y sus súplicas para dejarla liberarse sobre el hombre que había amenazado a Harry, pero su propia mente estaba corriendo, tratando de llegar a formas de utilizar esta situación a su favor—. ¿Le preocupaba que le dijera a alguien acerca de ese estúpido encantamiento?

Pero él sabía la respuesta incluso cuando preguntaba. No, Lockhart no estaba tan preocupado por sentirse avergonzado, ciertamente no lo suficiente como para producir el hechizo de la nada. Había sido una reacción practicada desde hacía mucho tiempo, proveniente de alguien que había usado el hechizo con tanta frecuencia que era su primera defensa.

Los ojos de Harry se dirigieron a las fotos de la pared, y recordó su pensamiento anterior de que era poco probable que Lockhart hubiera ido a tantos lugares, hubiera peleado tantas batallas y posado para fotos luciendo así. Uno pensaría, la mente de Harry murmuró con el sarcasmo que parecía haberse vuelto natural para él últimamente, que él querría por lo menos una foto donde posara con sangre sobre él y el cadáver de cualquier monstruo que mató a sus pies.

A menos que no los matara, por supuesto.

Harry miró fijamente a Lockhart. —Dejó que otras personas mataran a esas criaturas Oscuras —dijo—. Y entonces Obliveó a cualquiera que pudiera haberlo contradicho, ¿no es cierto? Fueron otros magos y brujas, verdaderos héroes valientes, los que hicieron el trabajo sucio. Usted sólo aparecía y reclamaba el crédito.

Lockhart se puso aún más pálido. Trató de decir algo, pero lo único que salía de su garganta era un ruido estrangulado.

Harry paseó más cerca del escritorio, sintiéndose abruptamente mejor que hace un mes, la última vez que esperó que una confrontación con Connor fuera como estaba planeada.

—Un secreto así podría hacer que lo despidieran de la escuela —dijo—. Y más que eso, nadie volvería a confiar en usted de nuevo, se reirían y sería difamado por el Profeta. Y Corazón de Bruja nunca lo elegiría para el premio a la Sonrisa Más Encantadora de nuevo.

Lockhart soltó un pequeño grito de horror y se puso las manos sobre su cara. Estaba temblando.

Harry inclinó la cabeza hacia un lado. Sabía que iba a chantajear a Lockhart, y también sabía que lo estaba haciendo por razone propias. Esta era una táctica Slytherin, y tenía una motivación Slytherin. No podía afirmar que estaba haciendo esto por el lado de la Luz, excepto en la medida en que cada acción para curar sus heridas con Connor era una acción tomada para el lado de la Luz.

Y no le importaba.

—Creo que sé lo que debe hacer —dijo con calma.

Lockhart bajó las manos y lo miró sin mucha esperanza.

—Creo que debería dejar de preocuparse —dijo Harry suavemente, y cruzó los brazos sobre su pecho. Sylarana se deslizó de su manga, murmurando petulantemente que podría haberle avisado si no la necesitaba. Harry también la ignoró—. No voy a exponerlo, a menos que intente Obliviarme otra vez, o que no haga lo que quiero que haga.

El rostro de Lockhart se relajó. Harry parpadeó, entonces supuso que este tipo de mago estaba más cómodo con tácticas deshonestas que justas. En pocas palabras, se preguntó si Lockhart había sido un Slytherin cuando estaba en la escuela. Draco diría que, desde luego, no era uno apropiado, ya que lo atraparon.

—Lo que quiera —dijo Lockhart, inclinándose hacia delante—. ¿Quiere una fotografía autografiada, que normalmente costaría cien Galeones? ¿Una copia anticipada de Roces con Runespoors? Una crema que...

—Nada de eso —dijo Harry—. Quiero que me asigne una detención con mi hermano, en algún momento del próximo fin de semana —pensó que era el mejor momento, ya que Connor habría jugado contra Hufflepuff para entonces, y no podía tomar usar una excusa de salir corriendo a clases o tareas que debían realizarse para la mañana siguiente—. Y entonces asegúrese de que nadie nos moleste, ni siquiera Filch o uno de los otros profesores.

Lockhart hizo parpadeó lentamente, como si no pudiera imaginar por qué Harry quería tal cosa, pero luego asintió. —Puedo hacer eso.

—Hágalo —dijo Harry—, y me olvidaré de esto —hizo una pausa, preguntándose si el hombre necesitaba otro recordatorio, y luego decidió que no haría daño mientras los ojos de Lockhart se deslizaban a su varita de nuevo. Era demasiado dependiente de los Encantamientos Desmemorizantes—. Mientras no intente otro Obliviate. Entonces me temo que no tendría otra alternativa que ir con Dumbledore.

Lockhart asintió con la cabeza. —Por supuesto —estudió a Harry por un largo momento, luego dijo—, ¿por qué?

Harry alzó las cejas.

—Usted es un mago poderoso —dijo Lockhart—. Lo supe cuando no pude quitarme el Obscurus —así, su rostro era casi agradable. Harry se preguntó si ser estúpido era parte del acto, también—. ¿Por qué querría hacer las paces con su hermano en lugar de echarlo al olvido?

—Usted entiende nada —dijo Harry, cambiando el equilibrio de poder, y se sintió inesperadamente satisfecho cuando Lockhart palideció y apartó la mirada de él—. Y no está en condiciones de hacerme preguntas.

Lockhart asintió, luego se puso de pie—. Lo veré en detención la próxima semana, entonces, señor Potter.

—En realidad, no lo hará —dijo Harry, y su tono era fresco y conversacional—. Si me interrumpe mientras estoy con mi hermano, le arrancaré las bolas con un hechizo.

Lockhart tragó saliva, luciendo como si no dudara que Harry lo haría, y se quedó inmóvil mientras Harry se escabullía de la oficina. Sylarana siseó alegremente mientras volvían hacia el Gran Comedor. Ahora estás actuando como una serpiente. Atacando lo que quieres, reconociendo la realidad.

Harry apenas le prestó atención. Estaba pensando, el borde de su resolución cortando sus pensamientos inquietos acerca de Connor.

Ése fue el problema con todas sus otras reuniones, decidió: Connor se había sentido obligado a actuar para un público, incluso uno tan pequeño como Sirius, y podía salir de la habitación. Atrapado en un lugar en el que no pudiera marcharse, y sin que nadie a quien sintiera que tenía que impresionar, iba a escuchar a Harry.

Más le vale.

Harry tembló y sacudió la cabeza. Ese último pensamiento había sonado como la voz fría de su magia, como Tom Riddle.

Pero él no era como Tom Riddle. No lo era. No iba a traicionar a su hermano. Iba a arreglar las cosas con él.

Por la fuerza, de ser necesario.

Pero eso no significaba que él fuera malvado. Sólo significaba que era… contundente.

No lo suficientemente contundente como para no disolverse en risas cuando vio a Draco, por supuesto. El último intento del otro muchacho para quitar el polvo de hadas había terminado mancillando lo plateado en una sola mancha grande en su mejilla, una mancha que por casualidad parecía el león de Gryffindor.

Harry se deleitó mucho en señalar eso, y sintió aún más placer en correr por los pasillos de las mazmorras mientras que Draco lo perseguía gritando amenazas.