Capitulo XVIII

"El señor de la oscuridad"

-¡El terror del País Amarillo!-

-Gomu, todo me parece bien pero… es muy arriesgado- le decía Gumi a su hermano antes de partir al palacio. –Estarás dentro, lleno de guardias, sirvientes. No lo sé, cualquiera puede bloquearte el paso.

-Hermanita, ya lo deje claro. Hemos hablado de ello las ultimas dos horas, si utilizo todos los túneles secretos, estaré bien.- le respondió tranquilamente su hermano mayor. Vestía un sencillo traje negro, su ropa de sirviente. –No pueden atraparme.

-Confío en ti hermano, pero es muy riesgoso.- insistía. Las ropas de Gumi eran igual negras, un refinado traje masculino con detalles morados; el cuello de la camisa le llegaba hasta el mentón, parte que comenzaba a cubrir la mascara de calavera que llevaba en sus manos. –Trata de que no te vean salir.

-Colgué unas cuerdas que caen sobre mi habitación, nadie me vera.

-¿Y si las quitaron?

-Colgare otras.- respondió rápidamente. –Gumi, en verdad o quieras que haga esto, ¿verdad?

-Es muy arriesgado. La última vez casi te atrapan. Quizá sean algo tontos, pero debes admitir que Misawa los ha entrenado bien.

-Si, son más ágiles, pero igual no son competencia para mí.- dijo arrogantemente el joven de verdes cabellos.

-Estas siendo muy soberbio Gomu.- reclamó su hermana menor. –Esa actitud te puede dar problemas.

-No tendremos problema alguno si nos apegamos al plan. Solo entrare a asustarla, eso es todo.- decía seguro de si mismo. –No robare, no golpeare a nadie.

-Tengo un mal presentimiento- mascullo, miro a los ojos a su hermano. Este sonreía, sereno, en total calma. Esa mirada típica en él antes de hacer sus apariciones como el señor de la oscuridad; tranquilo, confiado en si mismo. Era ágil a pesar del traje que resulta incomodo de maniobrar.

-Yo también, pero debamos hacerlo.- hablaba con tranquila voz. –Siendo sinceros, si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.

La chica de ojos verdes permaneció en silencio, mirando a su hermano. El templado semblante de aquel chico le sorprendía y tranquilizaba a la vez. Una paz interna que el reflejaba y era capaz de contagiarla.

-¡Tienes razón!- rugió Gumi. –Si no actuamos nosotros, nadie lo hará. Debemos darle su merecido a esa malvada mujer.

-¡Así se habla hermanita!- gritó entusiasmado. –Repasemos el plan, debemos tener todo perfectamente calculado- dijo Gomu, extendiendo un pergamino. Era un dibujo del palacio y sus alrededores; pero tenía muchos mas detalles. Cuidadosamente, estaban señalados todos y cada uno de los cuartos importantes de edificio, como las habitaciones de la reina Rin, Misawa, el consejero Hiyama, Luka y Len; los distintos despachos, calabozos y armerías. Pero también, con tinta verde, estaban trazados los diferentes túneles secretos y sus respectivas salidas.

-Vaya, alguien tuvo mucho tiempo para buscar esos pasadizos.

-Esa niña, Yuki. Los conoce todos. Fue muy frustrante buscarla las primeras semanas.- suspiró Gomu.

-Pero se lo agradecemos enormemente en este momento.- dijo entre risitas la chica de cabello verde.

-Bien. En punto de la media noche, cuando suenen las doce campanadas, saldré de mi habitación rumbo a la torre central. Asustare a la reina y saldré corriendo a esta habitación- dijo señalando un cuadro con el dibujo de una trompeta. –En cuanto llegue, haré sonar una trompeta, dos veces seguidas.

-Entonces yo me acercó al palacio…- comenzó a hablar Gumi, pero su hermano la interrumpió.

-No, ya no. Tú me esperaras justo en este árbol- señaló la imagen de un solitario árbol al sur del plano, misma que estaba conectada a una "x" dentro del palacio con una línea verde. –Tomare este pasadizo secreto.

-Pero hermano, yo creí que…

-No Gumi, conozco sus caballos. Son muy rápidos, mientras mas distancia hagamos mejor.

La señorita Megpoid dudó unos segundos, mirando a su hermano; abría la boca pero ningún sonido salía de esta. No le convencía el nuevo plan que su hermano había ideado, tan diferente a lo que era la rutina que hacían cada que el señor de la oscuridad atacaba. Comúnmente, mientras Gomu asustaba a las mujeres, su hermana apagaba todas las velas cercanas y, cuando llegaba a los oídos de Gumi el sonido de los gritos provocados por aquel, emprendía la marcha desde un lugar cercano hasta un par de casas más adelante del punto donde el vampiro aparecía, ahí, este subía al carruaje y desaparecían juntos en la penumbra. Como un medio para inspirar temor, Gumi solía usar una mascara con forma de calavera; y volteaba siempre hacia las victimas y perseguidores del señor de la oscuridad mientras Gomu soltaba su característica carcajada.

Pero en esta ocasión, resultaba muy diferente; además del gran riesgo que los hermanos Megpoid corrían por querer asustar a la reina, Gomu tenía razón. Con las frecuentas apariciones del señor de la oscuridad, no resultaba extraño que Misawa decidiera entrenar a los guardias para atraparlo y conseguir caballos mas rápidos.

-¿Y entonces que se supone que haré?

-Tú estarás aquí, esperando esa señal.- habló Gomu, su voz se había tornado seria, como pocas veces ocurría. –Justo en este árbol, solo eso. No quiero que te arriesgues de más.

Gumi permaneció en silencio mirando el plano.

-Se que es una larga distancia, pero se que podré recorrerla rápido y llegar al túnel.- trataba de calmarla. –Todo estará bien.

-Confío en ti hermano, se que no podrán atraparte.- respondió ella, sin embargo, su expresión permanecía seria.

-Una cosa más hermana.- agregó él. De sus ropas sacó un pequeño reloj de arena y se lo entregó a Gumi, que algo sorprendido lo tomó. –Este es un reloj de arena de quince minutos. En cuanto escuches la trompeta, deja correr la arena y espérame ese tiempo. Solo tengo esos quince minutos para salir de ahí.

-¿Qué hago si no sales en esos quince minutos?

-Vete- dijo su hermano mayor después de unos segundos de incomodo silencio. –Si no llegó a salir cuando la arena se acabe, huye.

-¿Huir? Pero hermano eso…

-Es necesario, Gumi. Eres el único apoyo para el abuelo, no pueden capturarte a ti también.- hablaba el joven, tomando las manos de su hermana menor. –Si algo me llega a pasar, si me atrapan, no solo serás la única persona que le quede al abuelo, irán por ustedes.

-¡No digas esas cosas!- chilló ella.

-Tranquila, no pasara.- dijo él, apretando las manos de su hermana. –Pero debemos preverlo, estar listos para todo.

-¿Y que haré si… eso ocurre?- pregunto con temblorosa voz la Megpoid menor.

-Si no logro salir, huye, ve por el abuelo y llévatelo cuanto antes- respondió totalmente serio. –Al reino más lejano que puedas, donde ese loco de Misawa no pueda hacerles daño.

Gumi miro a su hermano con los ojos llorosos. No quería imaginarlo, intentaba ser fuerte como siempre, pero en esta ocasión no podía; una presión en su pecho, un mal presentimiento, le impedían mantener ese pensamiento optimista y aventurero que todas las noches tenia. Al no tener respuesta, Gomu volvió a tomar la palabra. Enrolló de nuevo el plano y lo dejó en las manos de su hermana.

-También quiero que, por favor, le entregues esto a Meiko, a dueña del bar. Ella sabrá que hacer con esto y te ayudara a escapar del reino.

-¿Sakine?- reacciono la chica ante a declaración. –¿Le dijiste a ella que tú eres el señor de la oscuridad?

-Si, lo hice. Después del baile comencé a tener contacto con ella.- dijo Gomu tomando sus cosas. –Ella sabrá que hacer con los planos, le serán mas útiles que a nosotros.- dijo con una sonrisa, mientras llevaba su costal al hombro.

Para su hermana menor era imposible ocultar su incomodidad y preocupación. Estaba asustada y temía por el bienestar de su hermano, mientras que aquel únicamente sonreía para calmarla. Dándose cuenta de esto, el joven Megpoid la abrazó y dándole un beso en la frente le dijo.

-Estaré bien hermanita. Te prometo que después de esto, nos encaminaremos con el abuelo a otro reino, riéndonos de la reina.

-Más te vale cumplir- respondió con temblorosa voz. –O tendré que golpearte con una tabla en el otro mundo.- sonrío ligeramente.

-Mas me vale volver- dijo, caminando hacia el palacio –No quiero golpes también allá.

-¡Hermano!- gritó Gumi.

-¿Qué ocurre?- se exaltó el joven.

-Buena suerte ahí dentro. Te quiero Gomu.- alcanzó a decir, su voz aun temblaba y sus ojos estaban vidriosos.

-Gracias. Yo también te quiero Gumi.- respondió él con una sonrisa y dándose la vuelta, emprendió el camino al palacio; dejando a su hermana sola con los caballos, esperando el momento de actuar.

-¡Oye! ¡Gomu! ¿Dónde estabas hombre?- preguntó uno de los guardias mas jóvenes al recién llegado. –Te perdiste la hora de la cena.

-Lo siento Mothy, tenia mucho trabajo en los establos.

-Tu trabajo es cuidar a la hija del consejero Hiyama.

-Amigo, esa niña se pasea por todo el palacio y se le ocurrió dejar sus cosas entre la paja.- dijo mientras enseñaba el costal al guardia, estaba lleno de libros, algunas figurillas y varias plumas.

-Esa niña es un desastre- respondió entre risas Mothy. –Entra ya Gomu, no sea que te vea Misawa y nos mate a ambos.

-¿El general anda suelto o de mal humor?

-Y dime tu, ¿cuando no esta de mal humor?

Ambos echaron a reír. Aunque les daba miedo, el general Misawa siempre era objeto de burlas y chistes, siempre y cuando, el no rondara cerca.

El soldado se hizo a un lado, permitiendo el paso de Gomu, que entró rápidamente y sin hacer ruido alguno. Agradeció a su amigo y caminó lo mas rápido posible a su pequeña habitación, cerca de la torre donde vivían el consejero Hiyama y la pequeña Yuki. El trayecto fue rápido y sin complicaciones; Misawa no se lograba distinguir en ningún lugar, los pocos sirvientes que Gomu encontró se limitaron a saludarlo moviendo las manos y los únicos guardias en los pasillos se encontraban muy ocupados charlando con un par de criadas que muy sonrojadas, no dejaban de reírse por lo bajo.

Finalmente, el joven Megpoid llegó a su habitación. Cerró rápidamente la puerta con su candado y dejó el costal a un lado. Corrió a su ventana inmediatamente y reviso el borde; las cuerdas que había dejado atadas seguían en su lugar. Las jaló un par de veces para comprobar que estuviesen debidamente amarradas y volvió a dejarlas caer. Acto seguido buscó debajo de su cama un pequeño y alargado cofre, cerrado con dos candados; sacando las llaves de sus ropas, los abrió, al igual que la caja y de esta sacó un largo traje negro, con detalles azules y una larga capa negra. Era el traje del señor de la oscuridad. Lo contempló unos segundos, como si fuera la última vez que lo vería, le extendió en la cama delicadamente y recorría cada centímetro del conjunto con sus dedos. El traje estaba en buen estado, salvo algunos raspones en las piernas y brazos debido a las acrobacias ejecutadas y los flechazos evitados.

Alejándose de la cama, tomó el costal y rebuscando en su interior, tomó del fondo una peluca de cabellos azules. La dejó a un lado del traje y caminó hasta un pequeño buró que estaba junto a la puerta. Abrió el último cajón y de este sacó el antifaz negro que ocasionalmente se animaba a usar y la dentadura falsa de los largos colmillos. Ambos objetos permanecieron en sus manos, miró el atuendo del señor de la oscuridad y dio un suspiro.

-Fue divertido mientras duró- dijo para si mismo. –Tal vez sea la última vez, o tal vez sea la última vez que actuemos en este reino.

Dejó las cosas en la cama y él se sentó en un banco al borde de la ventana, donde podía ver el cielo. Aun faltaban varias horas para la media noche, cuando todos en le palacio estaban dormidos, o al menos en su mayoría. Pero lejos de preocuparse por si mismo, Gomu se preocupaba por su hermana y de cómo pasaría el rato. Estaba sola en el carro con los caballos, posiblemente caería dormida por el aburrimiento; o tal vez se quedaría sentada en el suelo y miraría el cielo, como el lo hacia en ese momento; pero también podría estar alerta, tomar un tronco y blandirlo a modo de espada, lista para atacar a cualquier guardia que se acercara.

Sonrío con el último pensamiento, era el más probable. Ya una vez ella había noqueado a un par de soldados que impedían su huida de una reunión de nobles.

Sin conocer la hora exacta, el joven Megpoid Gomu, sirviente del señor Hiyama, se quitó el traje de sirviente y lo escondió bajo la cama, junto con el cofre que había sacado hace rato. Vistió el traje del señor de la oscuridad, ese mismo disfraz que su abuelo y su hermana habían creado para el cuando opto por continuar con la tradición familiar, interrumpida por la muerte de su padre. Acomodo la capa a su cuello y colocó la dentadura falsa en su boca. Mirándose al espejo, sonrío de manera maléfica, mostrando los falsos comillos. Ese gesto que a tantas personas infundía un profundo temor y el encontraba tan divertido. En ese instante se preguntó si su sonrisa le daría miedo a la reina; no quería tener que atacarla de verdad, solo asustarla, aparecer frente a ella y confrontarla, solo eso; hacerla estremecer y arrepentirse por sus malas acciones, era lo único que buscaba.

Tomo la peluca azul, y sujetando su verdadero cabello con un pequeño lazo, se la puso en la cabeza, ajustándola lo más abajo posible para que pareciera su cabello real. Estaba listo, el señor de la oscuridad estaba en el palacio, listo para actuar y aparecérsele a la reina malvada. Solo faltaba esperar la hora, la media noche.

La luna estaba en su punto más alto y un profundo silencio, junto con una oscuridad total se había adueñado de todo el reino amarillo. No podía percibirse movimiento alguno en los alrededores del palacio ni en el poblado, todos dormían o permanecían resguardados en sus habitaciones. Pero aun en la espesa penumbra que reinaba en el ambiente, se distinguían diminutos puntos luminosos, pequeñas flamas que trataban de iluminar los caminos. Era el ambiente perfecto para actuar, en mucho tiempo, no se había visto una noche tan oscura como aquella, perfecta para el señor de la oscuridad. Gomu estaba al pie de la ventana, con el antifaz sobre su rostro y sujetando una de las cuerdas que caían de la abertura; estaba listo, solo esperaba las doce campanadas. Su noción del tiempo se perdió totalmente, ya no sabía si habían transcurrido horas o solo segundos desde que se paró frente a la ventana.

De pronto, sin dar aviso alguno, el repicar de una campana se escuchó por todo e palacio. El sonido fue tan fuerte que en todos los rincones de la morada real lograba oírse con claridad y no solo eso, el eco llegó hasta las casas más alejadas del pueblo. Megpoid no se inmuto, permaneció en la misma posición apesar del fuerte sonido. Pasaron las campanadas, segunda, tercera, cuarta, quinta; hasta el resonar de la sexta, Gomu se movió. Apretó la cuerda, listo para saltar. Séptima, octava, novena campanada. Dio un tirón a la soga, como si tomara valor de esta y se paró en el borde de la ventana. Llevó su mano al antifaz y se lo quitó, sus ojos lo contemplaron un momento. Décima, onceava campanada. Su mano tembló levemente… le sonrió a su mascara y la arrojó por la ventana. La doceava campanada se escucho aun mas fuerte que las anteriores, Gomu se estremeció totalmente, se aferro de la soga; pero antes de bajar, dejo caer el suelo su antifaz. Apenas se deshizo de el, se puso unos guantes y apretando la soga con gran fuerza, comenzó a bajar por el elevado muro.

Sus pasos eran cortos y seguros, un pequeño resbalón, por mínimo que fuera, podría resultar letal para él. Ambas manos temblaban, pero se sujetaban firmemente de esa gruesa cuerda que en este momento significaba su vida. Sin mirar abajo ni por un segundo, Gomu logro llegar la ventana más cercana. No tenía cristal alguno que la protegiera, ni cortinas, así que pudo entrar con facilidad. Terminó en un pasillo, enmedio de una escalinata; el lugar estaba vacío, ni una sola persona cerca de el. El señor de la oscuridad sacó de sus ropas una pequeña navaja y son soltar aquella soga, la cortó rápidamente para que no se pudiera ver sobre el borde de la ventana. Dejó caer el resto al vacío y hecho a corre escaleras abajo.

El trayecto no presentó inconveniente alguno, ningún guardia o sirviente se veía cerca, y en caso de toparse con cualquier persona, esconderse seria fácil, pues la poca luz de las velas no llegaba a los rincones, donde Gomu solo tendría que arrodillarse y cubrirse con la capa. Siguió caminando un rato más, sus pasos eran veloces pero delicados, no podía permitirse hacer ruido alguno que llamara la atención. Llegó a un vestíbulo, ni un alma se percibía y la luz era aun menor que en el pasillo del que acababa de salir. Aquel joven se detuvo unos segundos a meditar el camino que debería seguir, un túnel secreto estaba cerca, pero lo llevaría muy lejos de su destino, también podía seguir hacia el frente aunque estuviese lleno de guardias. Optando por la primera opción, dio unos pasos por la oscura antesala; estaba llena de cuadros enmarcados en oro, armaduras vacías que sostenían lanzas y banderines amarillos, y unos cuantos candelabros cuyas velas apenas iluminaban unos centímetros. La marcha del falso vampiro de detuvo en seco cuando a sus oídos llegó el sonido de unos pasos metálicos. Eran guardias que se acercaban a él. Al escucharlos se escondió entre la penumbra, arrodillándose junto a una de las armaduras, se cubrió con la capa y esperó pacientemente a que se fueran los soldados; los segundos pasaban y a ese sonido metálico se sumaron una risas femeninas. Movido por su curiosidad, Gomu hizo la capa a un lado para poder ver que ocurría en el pasillo; eran los guardias y las sirvientas que había visto hacia unas horas, ellas abrazaban a los soldados y no dejaban de reírse, mientras que ellos solo bromeaban, posiblemente estaban alcoholizados. Cuando al fin se fueron, el señor de la oscuridad salió de su escondite y con cautela se dirigió a la puerta por la que aquellos habían salido.

Para su buena suerte el siguiente pasillo estaba totalmente solo, contrario a lo que imaginaba al pensar que estaría lleno de soldados. Tranquilamente caminó hasta la siguiente puerta, escondiéndose detrás de los muros y muebles para no ser visto. Faltaba poco, solo una habitación y estaría frente a las escaleras que lo llevarían a la torre central. Abrió la puerta despacio, sin hacer ningún ruido, lo suficiente para poder echar un vistazo sin ser detectado, pero de inmediato se detuvo: a un lado del portal estaba un soldado haciendo su ronda de vigilancia, dando la espalda al vampiro intruso. Gomu vaciló un momento que hacer; no quería llamar la atención aun, por lo que atacarlo no era la mejor opción pues podría hacer mucho ruido, pero esperarlo podría resultar una peor idea ya que otros soldados podrían aparecer en aquel vestíbulo.

Armándose de valor, metió su mano derecha en el pantalón y sacó de este un pequeño garrote. Lo sujetó con fuerza, decidido a noquear a ese guardia que obstruía su camino; delicadamente apartó la puerta de su cerradura, sin producir sonido alguno que advirtiera al descuidado soldado. Sólo había una oportunidad que no podía perder, si fallaba el golpe todo su plan estaría arruinado. Respirando profundamente, abrió de un veloz movimiento la puerta y golpeó el casco de aquel hombre, dejándolo aturdido. Acto seguido, le quitó el yelmo y golpeó con el garrote su nuca; los miembros de este se aflojaron y cayó inerte al suelo, siendo amortiguado el sonido por los brazos de Gomu. Ya en el suelo lo arrastró a uno de los rincones oscuros y ahí lo dejó acostado. Echó un vistazo a los alrededores mientras se ajustaba la capa y al verse solitario con el hombre inconciente, se alejó por la escalinata que tenia frente a él. Avanzaba con la espalda rozando los muros, corriendo bajo las antorchas para no ser visto. Las ventanas en la torre carecían de cristal que les cubriera, dejando entrar una fresca brisa que aliviaba el calor producido por las teas y el grueso disfraz de vampiro; su travesía continuó hasta un tragaluz situado a unos tres pisos de la habitación real, justo donde comenzaban a aumentar los guardias. Gomu se acercó a este y parándose en su borde, como lo hizo en la habitación, encontró, atada a un clavo sobre le marco de la ventana, una larga cuerda que estaba atada a lo más alto de la torre central. La jaló un par de veces y asegurando la fuerza del nudo, se amarró la cintura y comenzó a trepar el muro. Si antes al bajar debía ser cuidadoso, ahora debía avanzar más rápido y con pasos firmes, evitando resbalar o podría resbalar y caer frente a los guardias. Finalmente después de un largo y difícil ascenso, gracias al cual sus manos terminaron ligeramente heridas por el roce con la soga y sus piernas cansadas por el arduo camino, el señor de la oscuridad llegó al techo de tejas.

Permaneció ahí unos minutos, aunque ya había subido le noche anterior, no se detuvo para admirar el ambiente desde ese punto como ahora. El pueblo, el reino amarillo se veía tan pequeño desde la cima del palacio; el cielo parecía poder tocarse con las manos, la luna y las estrellas aparentaban estar tan cerca de Gomu, y al mirar al horizonte, parecía que la tierra y el cielo se fundían en uno solo, sin principio ni fin. Al salir de su asombro, el joven Megpoid recogió la soga con la que recién había subido hasta ese techo y se la puso al hombro. En la orilla contraria a donde se ubicaba estaba otra cuerda, mas corta que la anterior, esperándolo.

Enredó uno de sus brazos a la nueva soga y dejándola caer al vacío de la torre, comenzó a bajar por el muro del mismo modo que lo había hecho para abandonar su dormitorio. El camino era mas cortó en esta ocasión, solo bajar unos cuantos metros hasta el balcón de la habitación real, un camino mucho más breve que los anteriores y sin embargo, debía tener especial cuidado ahora de no hacer ruido o corría el riesgo de ser descubierto. Cautelosamente llegó a su destino, el balcón de la reina; con sumo cuidado bajó hasta este, echó un vistazo alrededor y amarro la soga que cargaba sobre su hombro a una pequeña columna. En silencio se acercó a la habitación de la monarca y escondiéndose tras el muro, se asomó al interior de los aposentos; aun iluminados por las velas, su cama estaba vacía con el dosel abierto y las sabanas listas para recibir el sueño de la joven reina, la mesa donde solía merendar se encontraba limpia y sin manteles, pero una voz llamó la atención del intruso. En su peinador, sentada de espaldas al balcón y con su ropa de cama puesta, estaba ella, la reina Kamui Rin I, cepillando su cabello con un fino peine hecho de oro puro con el sello real grabado. A su lado estaba el fiel sirviente Megurine Len, aun vestía su traje y únicamente le hacia compañía a la gobernante del País Amarillo. Gomu trató de ignorarlos para concentrarse en su plan, pero entonces, Rin comenzó a hablar sobre cosas que impactaron al falso vampiro.

-Según Kiyoteru, ya tenemos ingresos suficientes para la guerra. No puedo esperar para mandar el ataque.

-Rin… ¿en verdad esto es necesario?- preguntó Len con una voz temerosa.

-Misawa no esta ni cerca Len, podemos hablar con toda calma- respondió ella volteándolo a ver. -¿Por qué me preguntas eso?

-Bueno, es que no veo un verdadero motivo para ir a la guerra, las naciones cercanas están en paz desde hace años y esto… si el País Verde tiene aliados… solo nos perjudicaría a nosotros.

-Len, Len, Len. Te quiero como a mi hermano, y eres el único que esta al tanto de todas mis decisiones antes que nadie, pero aun así demuestras la instrucción que te falta.- dijo con tono soberbio. -¿En verdad crees que no tengo espías? No tienen aliados poderosos, ni el País Azul tiene un gran ejército como nosotros.

-Sigo creyendo que esto es una exageración. No puedes hacer la guerra porque alguien enamoró al príncipe antes que tú.- agregó con voz calmada.

-¡Len!- chillo ella.

-Lo siento, pero es lo que pienso.- siguió hablando el sirviente con su mismo tono tranquilo. –Creo que tu y Misawa están exagerando las cosas.

-¡No es solo por eso!- comenzó a gritar la reina. –Es mera estrategia y a beneficio del reino. Esas tierras son desperdiciadas por al falta de recursos, si las conquistamos nos veremos sumamente beneficiados con todo lo que obtendremos de ellas.

-Tal vez; pero ambos sabemos que esto lo haces por esa chica.

Rin permaneció en silencio unos segundos, su mirada se desvió al suelo. En el fondo de su corazón, las palabras de Len le causaron un profundo dolor.

-Es cierto, es por ella.- respondió al fin, levantando de nuevo la mirada. –Pero debo hacerlo, esto no se quedara así. Tengo que… matarla.

Las últimas palabras de Rin hicieron que se le helara la sangre a Gomu. Estaba aterrado por el nivel de maldad en el corazón de una mujer tan joven, ya no sabía si era por la influencia de Misawa o la reina estaba corrompida por el poder. Una guerra con el País Verde, el más humilde en los alrededores del Evillious, una invasión causada por el capricho de esa mujer de mal corazón. Aunque su curiosidad le dictaba a escuchar más tiempo aquella conversación, Gomu sabía que debía actuar hora, lo más importante ya era de su conocimiento y debía buscar de alguna forma el informárselo a los reinos verde y azul antes de que fuera demasiado tarde.

Respiro profundo y una vez armado de valor irrumpió en los aposentos reales con su burlona carcajada, provocando un escalofrío que recorrió la espalda tanto de la reina como del sirviente.

-¡Mujer de mal corazón! ¡Por humanos como tu, los desprecio a todos!- gritó con voz potente, señalándola con su dedo. –Su nuevo mandato me ha estado molestando mucho- volvió a hablar mientras se acercaba más a la joven reina, con una sonrisa maléfica que dejaba ver sus colmillos.

Los dos jóvenes rubios, la soberana y el sirviente se miraban aterrados, nunca habían imaginado que aquel vampiro les atacaría en su propio palacio. Rin comenzó a gritar, pidiendo ayuda, aunque sus alaridos eran ahogados que apenas se lograban entender; peor Len, al verla así, tomó valor y encaró al señor de la oscuridad tratando de acertarle un golpe al rostro, pero su inexperiencia en pelas fue notoria cuando el vampiro bloqueó su ataque y le dio un puñetazo en la boca el estomago, sofocándolo y obligándole a doblarse por el dolor y la falta de aire. Con un gran dolor en su alma por atacar a su amigo, Gomu tomo del cuello a Len y lo arrojó a la mesa donde se estrelló produciendo un fuerte golpe.

Seguido de esto, y de pedir perdón por lo hecho, se dirigió a Rin. Estaba horrorizada por la presencia del vampiro en su habitación, se aferraba la silla donde estaba sentada y entre lágrimas, pedía ayuda a gritos a los guardias. El nombre de Misawa era recurrente, pero mientras más se acercaba el intruso a ella, comenzó a llamar a cualquier persona. Sin importarle los gritos de auxilio de la joven, Gomu se paró frente a ella y mostrando sus colmillos comenzó a hablar, mientras que con su mano derecha recorría el cuello de la chica.

-¿Acaso no quería verme, su alteza?- preguntó en tono burlón. –Aquí me tiene, frente a usted. No se siente tan poderosa sin sus soldados, ¿verdad?

-No, vete por favor, no, no, no me hagas nada- suplicaba en un llanto Rin, alejando la cara de Gomu.

-Sería tan fácil morder su cuello ahora y acabar con esto. Pero no, no puedo hacerlo mi reina, usted me desagrada y no puedo beber su sangre.- dijo tomándola del cuello. –Estoy muy enojado con usted, no tolero ver lo que hace con la gente de este reino.

-¡Su alteza!- se escucho el grito de Misawa fuera de la habitación. –¡Megurine! ¡Abre la puerta mocoso!

-¡Misawa! ¡Por favor!- respondió Rin con un chillido, pero a Gomu no le importó, tenia que seguir con el plan.

-No me gusta esa nueva orden tuya de los impuestos niña- le decía al oído mientras apretaba ligeramente su cuello. –El problema lo tienes conmigo, no con el pueblo, así que déjalos fuera de esto ¿Me escuchas?

-Vete ya, por favor vete.- chillaba Rin. -¡Misawa!- gritó de nuevo. El ruido de las puertas tratando de abrirse era más fuerte; Gomu sabia bien que esto estaba a su favor, pues Len siempre cerraba durante las noches.

-¡¿Me escuchaste mocosa?- gritó de nuevo Gomu. –O retiras tu estupida orden, o yo volveré ¡y te dejare seca! ¡El único a quien deben temer aquí es a mi, no a tu perro Misawa!

-¡Por favor déjame!- gritó horrorizada la reina, apunto de romper el llanto, o desmayarse, era difícil saberlo.

-¡Mi reina!- gritó Misawa que había entrado junto a tres guardias más. Len logró acercarse a la puerta y la abrió. Los cuatro iban armados con espadas y ballestas, listos para defender a la reina.

-Ah, general Misawa, que gusto verlo esta noche a usted y sus hombres. Si no le importa, solo hablaba en privado con la reina.- dijo tranquilamente mientras se separaba de ella, pero de pronto, la jaló del brazo y la puso frente a él, usándola de escudo. –Pero ya me tengo que retirar.

-Cobarde y vergonzoso, escudarse con una mujer- rugió Misawa.

-No dejare que me atrapen tan fácil, aunque eso signifique escudarme con su reina, humanitos.- respondió con una sonrisa. Abrió a boca y se acercó al cuello de la temerosa Rin. –Puedo sentir como pasa tu sangre por aquí, y tu miedo hace que huela mejor.

-¡Aléjate de ella vampiro!- gritó uno de los soldados, apuntándole con la ballesta.

-Yo no haría eso si fuera tu, solo arriesgas a tu reina. Misawa, ordénales bajar las armas o ella se muere.

-Bastardo…- dijo furioso el general. –Bajen las ballestas, ahora.- ordenó con cierta frustración, a lo que sus hombres obedecieron sin dudar.

-Perfecto humanos, todo es mejor cuando cooperan- dijo mientras se acercaba al bacón. Aun sujetaba a Rin con sus manos, que ahora permanecía muda con sus ojos llenos de lágrimas. –No se preocupen, si ella cumple con lo que le he pedido, no me verán de nuevo. Pero si no lo hace…- se acercó de nuevo al cuello de la reina y lo rozó con sus colmillos. –Creo que ya saben que haré.- soltó una carcajada y acto seguido, aventó a la joven reina a los brazos de Misawa mientras el corría al balcón.

-¡Atrápenlo!- rugió un furioso Misawa, a la vez que tomaba a Rin en sus brazos y la abrazaba. –¡Quiero verlo preso!

-¡Si señor!- respondieron en coro los guardias y siguieron a Gomu al balcón.

Cuando llegaron, él ya estaba parado en la orilla del balcón, con la cuerda enredada en su brazo derecho pero de un modo que no podían verla. Se despidió de ellos con un ademán y se lanzó al vacío ante las miradas atónitas de los tres soldados.

La soga se desenrollaba tras él con cada centímetro recorrido en al caída; comenzó a balancear sus piernas, de modo que sus pies rozaran con el muro del palacio haciendo más lento su descenso. Miró hacia arriba, los tres soldados lo miraban confusos, a los cuales se sumó Misawa, quien irritado al ver la soga, tomó su espada y la corto de un tajo, pero antes de hacerlo, Gomu logró entrar al palacio por una ventana abierta. Este suceso solo enfureció mas al general, que de inmediato dio nuevas ordenes.

-Ese maldito. ¡Atrápenlo! No me importa si es vivo o muerto, ¡ese hombre no se burlara de nosotros! Suenen la alarma, que todos los hombres se pongan a buscarlo. ¡Lo quiero en mis manos ya!

De inmediato, los guardias salieron de los aposentos reales en marcha a las diversas torres para dar la alarma del intruso. Misawa miro de nuevo el vació, no podía creer que ese hombre se había burlado de ellos tanto tiempo, y menos aun que todos cayeran en su trampa. Regresó a la habitación, donde vio a Rin acostada en su cama y Len a un lado. Tomaba su mano y la acariciaba, tratando de calmar a la reina por el terrible momento que acababa de ocurrir. Sin decir nada, abandonó los aposentos y salió en búsqueda de Gomu.

Megpoid terminó en una bodega, donde solo tenían guardados muebles y candelabros que no se habían utilizado en años. Su llegada levantó una gruesa nube de polvo que la causo alergia y comenzó a estornudar. Cubriéndose con su capa, corrió a la puerta que abrió de una patada para llegar la escalinata. Sin perder tiempo, comenzó a bajar de tres en tres los escalones, debía ganar tiempo ante los soldados sea como sea. DE la nada a sus oídos llegaron los sonidos metálicos que anunciaban la cercanía de la guardia real; miró hacia atrás, eran al menos diez hombres los que lo seguían y dos llevaban ballestas las cuales fueron disparadas. Ambos disparos fueron evitados por el vampiro que siguió huyendo de sus perseguidores sin muchos problemas. Llegó al vestíbulo y se metió a la primera puerta que encontró. Era el comedor, una enorme sala con una mesa donde al menos podían comer 50 personas y a los lados frente a los muros, un grupo de armaduras con banderines amarillos, detrás de las cuales se escondió. La comitiva de guardias entró corriendo e inspeccionaron con la vista el lugar. Uno de ellos se acercó a la armadura detrás de la cual se escondía Gomu, pero antes de que pudiera revisarla, el joven Megpoid empujó la coraza, llevando a aquel soldado al suelo entre un fuerte ruido metálico. Tomando una bota, golpeó con esta al hombre que tenia a su derecha, dejándolo también en el piso y tomando su lanza. De inmediato, el resto de los guardias salió a su encuentro, pero Gomu los evitó saltando a la mesa, sobre la cual corrió, evadiendo los ataques de las lanzas enemigas y, para su buena suerte, la mesa se encontraba limpia, sin plato o jarra que entorpeciera su paso. De un salto bajó de la mesa y llegó hasta las puertas; miró a los soldados que lo perseguían y burlándose de todos ellos, cerró el grueso portón rápidamente, colocando la lanza que había tomado entre los picaportes para atrapar a los guardias.

Unos gritos se escucharon, Gomu volteó a buscar su origen y vio a otro guardia que se acercaba con una ballesta, lista para disparar. El joven se dio a la fuga, ondeando su capa para no resultar un blanco fácil del enemigo, técnica que funcionó y le permitió llegar hasta un gran jarrón vacío que estaba sobre una mesa. Lo tomó y midiendo la distancia, lo arrojó por los aires a su perseguidor al mismo tiempo que corrió hacia el soldado. Aquel dejó caer su ballesta para atrapar el proyectil de cerámica y no pudo prevenir el ataque de Gomu, que llegó hasta él y le mando al suelo de una patada con el jarrón en sus manos, mismo que se rompió sobre la cabeza del soldado.

Ligeramente impresionado por lo que acababa de pasar, Gomu tomó en sus manos la ballesta y arrancó su carrera de nuevo, pero los gritos de otra horda de guardia le llamó la atención. Volteó hacia atrás y vio como un grupo de al menos quince hombres se acercaban a él, listos para disparar sus flechas; sin detenerse, Gomu corrió por el pasillo lo más rápido posible hasta pasar un enorme candelabro que colgaba del techo. Se detuvo y disparó la ballesta hacia las sogas que lo mantenían suspendido en el aire, las cuales se rompieron y la lámpara se precipitó al suelo frente a los soldados que perseguían al falso vampiro con un fuerte golpe. Gomu de nuevo salió corriendo, el tiempo se acababa y aun no daba avisó a su hermana. En su trayecto a la torre este, se encontró con varios guardias a los cuales dejó fuera de combate fácilmente, la ballesta quizá ya no tenia flechas que disparar pero funcionaba con un garrote para golpear a los enemigos que podían aparecer. Al estar por fin cerca del cuarto que buscaba, dos hombres armados con espadas salieron a su encuentro; Gomu golpeo a uno con la ballesta que cargaba y la dejo caer; quitándose su capa de un tirón, envolvió con esta el brazo del otro sujeto y la jaló para acercarlo a él y recibirlo con un codazo en el rostro. Seguido, Megpoid tomó la espada que termino entre su capa y avanzó de nuevo al cuarto frente a la mirada de otro pequeño montón de militares que iban tres él. Cerró las puertas de golpe y puso la espada entre ambas para atorarlas el tiempo suficiente. Presuroso, rebuscó entre las cajas y muebles del cuarto para encontrar una de las trompetas que usaban como alarma; al escuchar como los gritos de los guaridas y, en especial, los de Misawa se intensificaban, la desesperación se adueñó de el y arrojó las cosas al suelo, aumentando el escándalo. Finalmente encontró las trompetas que necesitaba en una vieja caja de madera; tomó una y estas y la hizo sonar una vez. Fue una nota larga y llana, sin pausas ni variaciones. Al terminar de soplar por el instrumento, lo dejo caer en el suelo.

A lo lejos, frente aquel árbol donde Gomu le mando esperar, estaba la joven Gumi mirando el palacio. La iluminación de lugar había aumentado desde hacia ya un tiempo, y el movimiento de los que ahí vivían se intensificó desde que Gomu se le apareció a la reina. Temblando totalmente y con una expresión en su rostro que reflejaba una profunda preocupación, la hermana del señor de la oscuridad tomó el reloj de arena y le dio vuelta, pidiendo a Dios que protegiera a su hermano y le hiciera volver a salvo.

Las puertas se estremecieron. La espada que Gomu usó para cerrarlas estaba a punto de caerse y permitir el paso de los guardianes del Reino Amarillo; los gritos del general Misawa iban en aumento, maldiciendo al intruso y dando órdenes más fuertes a sus hombres. Gomu se acercó de nuevo a la entrada y puso frente a esta un par de cajas, las más pesadas que puso mover, para bloquear el paso de los perseguidores. Miró a su alrededor, desesperado, buscando la salida secreta que había en esa habitación; no podía creerlo de él, había olvidado por completo donde se ubicaba. En un intentó por dar con el túnel secreto comenzó a recorres los muros con su mano, pendiente de que los soldados no derribaran su barricada. Por fin la encontró. La cerradura era una falsa lanza que estaba a unos metros de la puerta principal; metió los dedos bajo esta y de un fuerte tirón abrió el pasadizo secreto, un oscuro camino alumbrado solo por un par de velas. Se adentró en este, cerrando la puerta falsa justo antes de escuchar como las cajas y la espada con las cuales bloqueó el pasó cayeron al piso.

La guardia real entró en la habitación, estaba vacía y por los objetos tirados en el piso, parecía que acababa de vivirse una pelea en ese sitio. Un par se acercó a la ventana, buscando al intruso con sus ballestas listas para dispararle, otros rebuscaban entre los desechos el escondite del joven Megpoid, pero Misawa, caminando lentamente hacía las lanzas que estaban en un muro. Al acercarse pudo notar como una de estas se encontraba con su mango separado del resto; hallazgo que lo llenó de ira.

-Conoce los túneles- murmuró para el mismo. Metió la mano bajó esa lanza y abrió la puerta secreta. –¡Conoce los túneles secretos!- gritó a sus hombre. –¡Rápido! Ustedes dos persíganlo, los demás síganme, debemos bloquear los pasadizos.- ordenó con voz potente a sus hombres.

Gomu corría aprisa por el oscuro corredor y sus pasos aceleraron un vez que escuchó el eco del andar de otras dos personas por el mismo pasadizo. Sin mirar atrás, corrió lo mas rápido que le permitían sus piernas; no podían darle alcancé en un espacio tan reducido donde no sería capaz de maniobrar para escapar. Pronto llegó al final del camino, una puerta de madera cerrada lo señalaba. El señor de la oscuridad se acercó a esta y posó su oído sobre la misma. Se escuchaban muchos pasos cerca, pero debía salir en ese mismo instante. Alejándose un poco para tomar el vuelo necesario, se lanzó contra la puerta de madera y le abrió de un fuerte empujón. La puerta se movió tan rápido que un par de guardias ni siquiera pudieron notarlo y recibieron un fuerte golpe con esta. Gomu salio rápidamente, cerró el túnel con la pared falsa de la cual colgaba un cuadro y jaló un mueble cercano para sellar la salida. Sin hacer pausa alguna, reinicio con su carrera rumbo a la torre oeste, viéndose obligado a recorrer todo el palacio por dentro.

Cruzó a toda velocidad los diversos pasillos y vestíbulos por los que tenía que pasar, escondiéndose y golpeando a cuanto guardia intentara detenerlo. Pero el cansancio en su cuerpo se hacia notar más y más con cada momento, el paso de Gomu se hacia lento y no podía evitar jadear un poco; para su fortuna, ya no faltaba mucho para llegar a su destino, el túnel secreto que lo sacaría de la residencia real se acercaba a él. De una puerta roja salieron otros guardias para atacarlo, armados con espadas que comenzaron a blandir cerca de Gomu, esperando herirlo de seriedad, pero no les era posible acertar las estocadas. Con saltos y empujones, Megpoid evadía las agresiones, pero no podía durar mucho así, en su mente se lo repetía, el tiempo no era su aliado. A lo lejos resonaron otras voces, eran más guardias que se acercaban corriendo; al percatarse, el señor de la oscuridad corrió a una mesa cercana, se subió a esta de un salto y desde ahí trepó de otro brinco a una vitrina cercana. Ante la mirada atónita de los soldados, éste les dio la espalda y empujó con una pierna el mueble, provocando que se cayera. Mientras aquellos hombres acorazados se alejaban de la vitrina, Gomu aprovechó su descuido y saltó de esta para continuar su camino. No faltaba mucho, el túnel que buscaba estaba cerca, solo debía pasar las escaleras.

A fin alcanzó su meta, las escaleras a la torre oeste estaban frente a él. Sin embargo, el escándalo provocado por los gritos frenéticos y os pasos metálicos de los guardias que lo seguían le hicieron detenerse. Esperó la llegada de los soldados, y, en cuanto vio a los primeros, de nueva cuanta echó a correr, subiendo los escalones; pero, al llegar al décimo peldaño, se aferró al pasamanos de marfil y saltó sobre éste, aterrizando a un lado de la escalinata; se acercó lo más que pudo al pequeño muro a fin de no ser visto, bajando la cabeza con la esperanza de no ser detectado. Sus manos temblaban de nervios, cada vez más fuerte al sentir como se acercaban los soldados; segundos después, aquel grupo de hombres acorazados pasó a su lado, subiendo por las escaleras hasta lo mas alto, entre una tormenta de gritos de guerra y golpes metálicos. Al escuchar como se alejaban, Gomu respiró tranquilo, recobrando el aliento que desde hacia rato había perdido, pero ni aun así podía estar en paz. Aun faltaba regresar con su hermana y los quince minutos que él mismo había estimado le llevaría salir del palacio estaban a punto de agotarse.

En silencio se acercó a un estatua cercana, en contra esquina a la escalera. Era una efigie de un hombre alto y robusto, vestido con una armadura que semejaba la figura de un gran oso, y a pesar de su aspecto, el rostro de aquel caballero tenía una sonrisa tranquila. Gomu, tomando las fuerzas que le quedaban, posó sus manos sobre la figura y la empujó hacia enfrente hasta descubrir un gran agujero que se escondía bajo aquella estatua; esa era la entrada al túnel secreto que lo sacaría el palacio. Al contemplarlo no pudo evitar sonreír satisfactoriamente, burló a toda la guardia real y encaró a la reina, tal como el quería; y como no pudieron atraparlo, no tenia porque dejar atrás su papel de vampiro. En esto pensaba mientras se introducía en aquel hoyo pero para su desdicha, sin poder creerlo, un gritó lleno de rabia le obligó a detenerse en seco. Lentamente, con la sangre helada, giró su cabeza hacia atrás y vio a quien menos quería; el general Misawa Kurogane, junto a dos hombres más, miraba a Gomu tratando de huir por ese pasaje, con una mirada tan furiosa que podía sentir como le penetraba en lo mas profundo de su alma. Sin otra opción mas que la de seguir adelante, Gomu se dejó caer por el agujero, provocando de nuevo una persecución en su contra y encabezada por Misawa. Aquel y sus hombres, armados con ballestas, se introdujeron también en el túnel a seguir tras el intruso, que ya les aventajaba varios metros.

Megpoid corría desesperadamente por el pasadizo oscuro, iluminado por unas cuantas lámparas de aceite que, sin embargo, no mejoraban la visión. Alterado además por el contante eco de los pasos de Misawa y sus hombres, el señor de la oscuridad no dejaba de mirar hacia atrás, aunque no distinguía casi nada en aquel lugar tan poco iluminado. De la nada, una flecha pasó zumbando a su lado, exaltándolo aun más y provocando que tropezara con sus propios pasos; de inmediato se puso de pie, papando con sus dedos aquel costado de su cabeza, cerciorándose de no estar herido. Apenas pudo pararse, distinguió la silueta de los soldados que le perseguían y para detenerlos tomó una de las lámparas y la arrojó al suelo, levantando una llamarada que se extendió al menos un metro a los costados. Volvió a la carrera, tenia que alcanzar a su hermana en el coche. Pero aquel muro de fuego de poco sirvió ante la furia de Misawa que era el que lo seguía más de cerca y apuntando con la ballesta a su cabeza.

Con gran dificultad y cansancio en sus pies, Gomu llegó a unas escaleras de piedra, las cuales subió de prisa hasta topar con una trampilla de madera; de un fuerte y veloz empujón la levantó, junto a una nube de polvo que le cegó por unos instantes. Al recuperar la vista, giró a todos lados buscando a su hermana con la mirada, pero no la encontró. Los quince minutos pactados por ambos ya habían terminado y Gumi se fue de su puesto de vigilancia. El joven de cabello verde, cubierto por la peluca azul salió rápido del túnel y corrió hacía los árboles, ahora tenia que ingeniárselas sólo para regresar a casa. Para su sorpresa, no muy lejos de ahí estaba su hermana, avanzando a los caballos lentamente, introduciéndose en el bosque. Dispuesto a alcanzarla, Megpoid Gomu dio unos pasos al frente, dispuesto a salir corriendo al encuentro de su cómplice; sin embargo, y para su desgracia, un fuerte y agudo dolor se extendió por la parte posterior de su pierna, derribándolo entre el césped y retorciéndolo de dolor mientras lanzó al aire un fuerte grito.

-¡¿Hermano?- chilló Gumi detrás de la mascara de esqueleto. Giró la cabeza para ver atrás y pudo ver a Gomu en el suelo, delante de un par de soldados y Misawa.

-¡Cochero!- gritó Gomu ligeramente desesperado. -¡Huye! ¡Rápido!

-Gomu…- dijo con dificultad la chica sollozando. -¡Lo siento mi señor!- respondió con un nudo en la garganta, mismo que apenas le permitió fingir la voz de un hombre. A pesar del momento, ninguno podía dejar su rol.

Gumi se internó en el bosque, acelerando el galope de los caballos, perdiéndose entre el follaje verde de los árboles. Incapaz de hacer otra cosa, Gomu se limitó a decir en voz baja "corre, corre, corre" mientras veía como su hermana desaparecía entre el las hojas.

-Vaya, vaya, miren a quien tenemos aquí.- dijo fanfarroneando el general, dejando la ballesta en el suelo. –Amárrenlo.- ordenó a sus hombres, que de inmediato obedecieron y ataron con una soga al falso vampiro. –Ya no te sientes tan superior, ¿verdad?

-Señor, ¿que hacemos con el cochero?- Preguntó uno de los soldados.

-Déjenlo ir. Ya tenemos a éste que es el líder.

-Entendido señor.

-Y tú- dijo refiriéndose a Gomu. –Tienes gran valor al irrumpir en nuestro palacio y atreverte a hacerle eso a su majestad. Lo admiro, pero que estupido fuiste al creer que saldrías libremente de tal acto.

-Tal vez general, pero eso a sus ojos; a los míos, hice lo que era necesario.

-¿Necesario? Sin duda este hombre está loco.- se mofó de él.

-Búrlese todo lo que quiera, pero en el fondo yo le gané la partida y bien lo sabe.

-Deja de inventar cuentos, lo del vampiro ya no funciona.

-¡Pero funciono! Lo engañe a usted, a sus guardias, a los nobles, al pueblo y a esa niña mimada que se dice ser reina.

-¡Respeta a tu reina!

-¡La única que reconozco como mi reina, es a la reina Lily!

-¡Ella esta muerta!

-¡Y aun así gobernaría mucho mejor!

-¡Cállate!- rugió Misawa dando un puñetazo a Gomu en su rostro, el cual aflojó la peluca azul. –¿Qué es esto? ¿Una peluca?

Gomu guardo silencio, mirando a los ojos de Misawa. Desafiante como siempre lo fue aun de sirviente.

-¿Qué escondes hombre?- dijo quitándole la peluca; dejando al descubierto el cabello verde del joven Megpoid. Los guardias exclamaron sorprendidos al ver quien era en verdad el sujeto que tenían apresado y el general Misawa, por el contrario, solo se enfureció más. –¡Megpoid! ¡Así que tú eres!

-El señor de la oscuridad, general.- respondió sonriendo. –Por eso es que le gane, soy un simple sirviente de humilde casa y pude dejar en ridículo a todo un reino en varias ocasiones. ¡Aun frente a su cara, general!- agregó burlándose de él.

Después de permanecer unos segundos callado, Misawa reacciono. Recogió la ballesta y le puso de nuevo la peluca a Gomu.

-Llévenselo.- dijo fríamente. –Ante la reina, que conozca a quien osó burlarse de ella.

-¡Si señor!

-¡Ah! Y procuren que Hiyama este presente, junto con su hija ¡Deben saber quien es en verdad su querido sirviente! - agregó con una forzada risa. Los guardias obedecieron a instante, llevándose a Gomu arrastrando y sin salir de su asombro. Misawa permaneció en silencio, parado en el mismo lugar; no se movía, se limitaba a mirar como arrastraban a Gomu hasta el palacio con una extraña mueca que asemejaba una sonrisa. –Y con esto, ya no queda nadie que me amenace.