Capítulo 20. Di que no es así.
Dos noches más tarde Hermione se encontraba caminando hacia atrás y hacia adelante frente a Barnabás el Chiflado. Ella sabía lo que quería, lo que necesitaba y lo imaginó en su cabeza mientras caminaba. Enfrente del retrato apareció una puerta, y les sonrió a los demás, esperando ver sus reacciones cuando la abriera. Ellos se quedaron sin aliento al ver las paredes de libros, los montones de cojines dispersos en todas partes de la habitación y los varios detectores oscuros localizados sobre una mesa en el otro extremo.
Hermione vagó alrededor de la vieja aula del ED, alegre de utilizarla otra vez. Se volvió hacia los chicos que la miraban expectantes, incluso Peter, a quien habían convencido de unirse, y que había aceptado bajo la insistencia de sus colegas Merodeadores.
—Bien —comenzó Hermione. —Todos ustedes son muy buenos en defensa; saben cómo enviar hechizos y bloquearlos. Desafortunadamente —continuó. —No consiguen mucho tiempo de práctica en la clase, así que necesitan aprender a leer a su atacante y cómo reaccionar rápidamente.
Los demás asintieron captando toda la información. Hermione sonrió al mirar sus expresiones serias.
—Bien, comenzaremos con lo básico. —inspeccionó al grupo que tenía delante tratando de formar las mejores parejas.
Al final decidió que serian James y Remus (ya que James y Sirius bromearían demasiado), Sirius y Lily y por último ella con Peter, colocando al más fuerte del grupo con el más débil.
—Simple, primero —instruyó Hermione. —Para calentar iniciaremos con Expelliarmus.
Casi al instante la habitación se llenó de gritos del hechizo de desarme. A diferencia de la primera reunión del ED de Hermione en su quinto año, este grupo, con excepción de Peter, sabían exactamente lo que hacían y lograban desarmes efectivos, mientras tanto Hermione trabajaba con la habilidad de Peter.
Treinta minutos después, Hermione les pidió a todos que pararan. Al instante la habitación se redujo en silencio. Hermione les sonrío a los demás.
—Buen trabajo —los felicitó. —Bien, trabajaremos en algún hechizo escudo, lo haremos por turnos en primera instancia, envíen hechizos sencillos como piernas de jalea o inmovilizadores. Practicaremos hechizos aturdidores en otra ocasión —se volvió hacia Peter, como señal para que los demás comenzaran.
—Bien Peter, envíame un maleficio —le ordenó.
Él asintió, nervioso y gritó. —Petrificus Totalus.
Hermione que tenía su varita en mano gritó: —Protego —bloqueando con eficacia el hechizo.
Peter lució un poco decepcionado pero Hermione solo le sonrío. —Bien Peter, voy a enviarte el mismo maleficio e intentarás bloquearlo ¿bien?
Peter asintió y levantó su varita mágica. Hermione envió un haz de luz hacia el pequeño muchacho que vaciló ligeramente antes de gritar: —Protego —lamentablemente su vacilación causo que el haz de luz de Hermione lo golpeara directamente en el pecho.
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Durante el próximo par de semanas el grupo se reunió en la Sala de Menesteres para trabajar sobre sus varias formas de defensa. Hermione podía sentir la diferencia en sus músculos después de estar entrenando con los muchachos y despacio había comenzado a aumentar su confianza. En su propias lecciones los demás lo estaban haciendo bastante bien, habían comenzado a dominar la forma de evitar los hechizos, en lugar de solo usar hechizos escudo. Peter iba un poco rezagado, pero con la ayuda de Hermione y de los demás iba avanzando poco a poco.
Un tranquilo sábado Hermione leía su libro de Encantamientos Avanzados en una butaca de la Sala Común, la tardía luz de invierno bañaba el lugar con un suave brillo. De repente un par de fuertes brazos la abrigaron rodeando sus hombros.
—Hola preciosa.
—Hey —contestó ella sin dejar de leer.
Sirius sonrió y con cuidado retiró el libro de las manos de Hermione.
—¡Eh! estaba leyendo eso —le dijo ella mientras se intentaba girar pero Sirius la apretó contra la silla.
—Vamos Hermione, mira el día, ¿Sabes qué tiempo es? —le preguntó él al oído.
—De lectura con clima soleado —contestó ella.
—No, es tiempo de vuelo.
Hermione se congeló y se volvió para mirar a Sirius y los demás, incluso Lily, sostenía una escoba.
—Sabes, creo que me quedo aquí —dijo Hermione con nerviosismo, tratando acomodarse de nuevo en la cómoda butaca.
Sirius la liberó y se trasladó frente a ella, se puso en cuclillas para estar a su altura y reposo una mano en su rodilla. —Vamos Hermione, necesitas un poco de aire fresco.
Hermione sacudió su cabeza, la última vez que había montado una escoba había sido en su primer año y no estaba interesada en repetir la experiencia.
Sirius se levantó, se acercó a los demás y regresó unos minutos más tarde, mientras que los voladores salían de la Sala Común. Se acercó a la butaca de Hermione, agarró su mano y la levantó, tomando su lugar en la butaca y posando a la conmocionada bruja en su regazo.
—Ahora —comenzó Sirius. —¿Por qué no quieres venir a volar? —preguntó.
Hermione no contestó y miraba como sus dedos agarraban un hilo flojo de la manga de la camisa de Sirius.
—Hun —dijo Sirius. —No tienes que volar si no quieres, pero pensé que podría haberte gustado un poco de diversión.
Hermione miró hacia abajo desde su posición, a los ojos grises del chico y le sonrió ligeramente, sabía que no podía mentirle a esos ojos.
—No he volado una escoba desde mi primer año —confesó.
La mandíbula de Sirius casi llegaba a su regazo mientras que la miraba en estado de shock. —¿No has volado en los últimos siete años?
—No he volado una escoba —lo corrigió Hermione recordando el espantoso viaje en los Threstral al Ministerio de Magia.
—¿Alguna razón en particular por qué? —el chico de cabello negro preguntó.
Hermione se encogió de hombros. —Adivino que era el ratón de biblioteca del grupo, mis amigos volaban.
—¿Y ellos nunca te preguntaron si te unías e ibas a volar? —preguntó Sirius.
Hermione negó con su cabeza, Harry y Ron sabían que volar no era cosa de Hermione. Sirius por otra parte tenía una idea diferente, la posó de pies sobre el piso, se levantó, tomó su escoba y cargó a Hermione arrojándola sobre su hombro mientras que partían hacia el retrato.
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—¡Sirius bájame! —suplicó Hermione repetidamente mientras que Sirius se dirigía hacia el vestíbulo de entrada.
—¿No regresarás corriendo? —le preguntó.
Hermione suspiró. —No, ahora puedes bajarme, leeré mi libro afuera.
Sirius se detuvo y cumplió con los deseos de Hermione, con cuidado la colocó de nuevo sobre el piso. Anduvieron de la mano el resto del camino. Justo antes de alcanzar su destino pasaron por Natasha Tyler (que ya no tenía ese horrendo color verde). Hermione esperaba su mirada habitual de deseos de muerte; sin embargo, Natasha solo miró al par con indiferencia y siguió caminando por el pasillo. Hermione y Sirius se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros, un tanto alegres de saber que la Ravenclaw había logrado, obviamente, superar sus celos.
Sin embargo, lo que la pareja no notó fueron un par de ojos azules acero observándolos fríamente mientras caminaban hacia los terrenos desde el otro lado del pasillo.
