¡Hola a todos!
Afortunadamente mi país cumple doscientos años de haber formado el primer gobierno independiente de España. Digo afortunadamente porque eso significa que no tengo clases y puedo escribir, ¡y aquí está el nuevo capítulo!
En cuanto a la publicación del siguiente capítulo, no tengo idea cuándo podré subirlo, sólo lo tengo mentalmente planificado, sin ni una palabra escrita. Lean, piensen, discutan y comenten éste, y después vamos viendo.
Por lo demás, los personajes bla, bla, bla, Stephenie Meyer bla, bla, bla, escribo sin fines de lucro bla, bla, bla.
Los dejo con el capítulo. ¡Gracias por su paciencia!
............................................................................................................................................................................
.
Forks, afuera de la tienda de los Newton. 04:07 PM del martes 21 de mayo de 2006, pocas horas después de la charla de Bella con Mike.
.
-Me preocupa. ¿Es normal que pase tanto tiempo sin que reaccione?
-No tengo idea, no es mi especialidad.
-No estará herida, ¿no?
-No creo. Al menos, no olí nada.
-Yo tampoco. Pero está muy pálida. Eso no suele ser buena señal.
-La policía está viniendo, y un ambulancia también. Ellos sabrán ocuparse.
Oí las voces, pero no pude encontrarles ningún significado. Ni siquiera entendí de qué estaban hablando, mucho menos supe descifrar quiénes eran.
-Ojalá Alice hubiese venido. Ella siempre sabe qué hacer –suspiró una voz que de pronto me sonó conocida…
-Está en Port Angels, no hubiese llegado a tiempo nunca. Fue suerte que pudo localizarnos –dijo otra voz conocida… ¿Jasper?
-Sí, por una vez no tomarnos las cosas tan a la tremenda fue bueno –admitió el otro vozarrón, y de pronto soltó una risita entre dientes. Un momento. ¿No era Emmett? -. Edward se querrá trepar las paredes cuando vea lo que le pasó por exagerado…
-… y Bella va a culparse, porque fue ella quien nos advirtió sobre los teléfonos –musitó Jasper, y de pronto sentí una mano fría en la frente.
-¡No podrá culparse por esto! –discutió Emmett, y pude localizar que su voz sonaba a mi izquierda-. Ni tampoco por lo que le pasó a Newton. Ella no le disparó.
-Claro que no –concordó Jasper a mi derecha, moviendo la mano de mi frente a mi mejilla derecha y luego a la izquierda-. Tenemos la prueba aquí mismo: ella acababa de llegar a la tienda, y además se desmaya al ver sangre. Nunca hubiese podido hacerlo, dejando de lado la cuestión que de todos modos Bella no va por ahí disparándole a la gente.
Con un considerable esfuerzo conseguí entreabrir los ojos en ese momento, y me llevó unos segundos comprender cómo y dónde estaba yo exactamente, ya que lo primero que vi fue el cielo gris. Luego, pude ubicar a Emmett a mi izquierda, en cuclillas, y mirando por encima de mí hacia delante; después localicé a Jasper a mi izquierda, arrodillado, y mirando por sobre su hombro hacia atrás. Comprendí con alguna sorpresa que estaba acostada en el suelo, con algo blando y de tela hecho un bollo bajo la cabeza, y algo más, también de tela, cubriéndome el torso. Mis brazos estaban colocados a ambos lados del cuerpo, y tenía las piernas levantadas, Emmett las sostenía por los tobillos con una sola mano.
-Ya vienen –anunció Emmett en voz muy baja.
-Ya era hora –murmuró Jasper-. Tener a Bella así no me gusta nada, y el olor no ayuda.
-Bella estará bien, tranquilo –prometió Emmett-. En cuanto al olor… No es muy apetitoso. Está casi frío y medio coagulado.
-Sigue siendo tentador –susurró Jasper en el más tenue hilo de voz.
-Sí –concordó Emmett en tono serio-. Es tentador.
Hubo una pasusa de un segundo o dos antes que Jasper volviese a hablar. Yo traté de ladear la cabeza, pero ese mínimo movimiento hizo que las náuseas y los mareos regresaran con renovada intensidad, de modo que preferí cerrar los ojos y limitarme a respirar lenta y regularmente.
-Gracias por no pedirme que me vaya –algo en el tono de voz de Jasper sugería una honda emoción, pese a que sonaba medido y controlado.
-Oh, vamos, tendrás tus momentos de flaqueza, pero eres más fuerte que esto, hermano –dijo Emmett, que me sonó un poco sorprendido-. No creo que ni en tus peores épocas hayas caído tan bajo como para tirarte al piso a sorber sangre medio seca.
-No –respondió Jasper en un tono más firme-. Ni en mis peores épocas.
-Entonces, menos lo irás a hacer ahora –concluyó Emmett con la entonación de quien dice lo obvio y evidente.
Creo que Jasper empezó a decir algo, pero el sonido de una sirena acercándose lo interrumpió. Abrí los ojos de nuevo, y me encontré con que ambos vampiros me miraban fijamente, un poco ansiosos.
-¡Despertaste! –exclamó Emmett, aliviado-. No te muevas, por si acaso. Hum, Bella, ¿cómo hay que proceder cuando un humano se desmaya? –me preguntó con auténtica curiosidad-. Por si acaso, te acostamos en el suelo, pero con mi abrigo bajo la cabeza, a modo de almohada, y te cubrimos con el de Jasper, por las dudas. Ah, y yo sostuve tus piernas hacia arriba, y dudamos si aflojarte la ropa, porque yo recordaba algo de eso, pero no nos pareció correcto. ¿Lo hicimos bien?
-Sí –le respondí, odiando lo débil que sonó mi voz-. Ya puedes recibirte de enfermero.
Emett sonrió enormemente, complacido y divertido.
-Al menos no perdiste el humor –sonrió Jasper.
-Puedes bajar mis pies, me siento ridícula –mi intención fue gruñirle a Emmett, pero con lo temblorosa que estaba mi voz, salió más bien una especie de gimoteo.
Emmett reía mientras dejaba mis pies cuidadosamente en el suelo, pero se detuvo abruptamente cuando una ambulancia frenó a unos metros de nosotros y un automóvil verde oscuro estacionó inmediatamente detrás. Para mi personal y gran desconcierto, Charlie bajó del auto verde junto a otro hombre vestido de uniforme. El doctor Gerandy y dos enfermeros de emergencias bajaron de la ambulancia y se dirigieron hacia mí de inmediato; Emmett se hizo a un lado para permitirles acercarse más.
-Estás despierta, muy bien. ¿Cómo te sientes? –preguntó el médico, abriendo el maletín.
-Mareada y confundida –admití en voz baja, la voz temblándome un poco.
-¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente? –le preguntó el doctor a Jasper, mientras me destapaba y empezaba a arremangarme el brazo derecho. Lo dejé hacer, sabiendo por experiencias anteriores que el médico prendía tomarme la presión.
-Unos cuatro o cinco minutos –respondió Jasper-. Acaba de despertarse.
Charlie estaba de pronto inclinado sobre mí, preocupado y nervioso.
-Bells, ¿estás bien? –me preguntó, angustiado-. ¿Qué pasó?
-El shock, supongo –musité, tratando de levantar la cabeza unos centímetros.
-No te muevas, necesito verificar que no tienes heridas –me ordenó el doctor Gerandy.
-No estoy herida –protesté, maldiciendo internamente que quien había venido era el doctor Gerandy y no Carlisle.
-¿Qué fue lo que pasó? –preguntó Charlie de nuevo, ahora a Emmett y Jasper.
-Vinimos a la tienda de los Newton a comprar un par de cosas para nuestra próxima acampada. Vimos a Bella que abría la puerta, se asomaba y salía unos segundos después, tambaleándose, blanca como si hubiese visto un fantasma –explicó Emmett-. Yo la sujeté justo antes de que se cayera, y ella se desmayó.
El doctor Gerandy apretó el extremo frío y duro del estetoscopio contra el pliegue de mi codo. Traté de centrarme en el relato antes que en la sensación apretada y desagradable que me recorría el brazo mientras el médico observaba con atención los números del indicador digital del tensiómetro.
-Nos asomamos a ver qué la había asustado tanto, y vimos… -Jasper hizo una pequeña pausa-… a Michael Newton caído en el piso, con un charco de sangre alrededor de su cabeza. Yo me acerqué para comprobar si estaba vivo, pero no tenía pulso ni respiraba. Entonces volví a salir al exterior, donde Emmett había recostado a Bella en el suelo, y le conté lo que había visto. Estuvimos de acuerdo en llamar de inmediato a la policía y al hospital, por si acaso. Yo los llamé, esperamos unos minutos, Bella se despertó cuando la ambulancia estaba a unos metros… y aquí estamos.
-Quédense aquí –ordenó Charlie. Emmett y Jasper asintieron, y Charlie se encaminó a la tienda.
El doctor Gerandy me sacó el armatoste del brazo y colocó mi manga otra vez en su sitio, dejando el puño desabotonado. No pude menos que hacer una mueca al caer en la cuenta que era el mismo brazo en el que Charlie hacía menos de un mes me había inyectado la droga para despertarme, después de mi fuga relámpago a Italia para traer a Edward de regreso con vida y de una pieza.
-Presión baja, pero es natural después de un desmayo –diagnosticó el doctor, volviendo a guardar el tensiómetro en el maletín-. Recomiendo descanso y comer algo, en lo posible salado, para aumentar un poco la presión arterial.
-La llevaremos a su casa en cuanto el jefe Swan lo permita –sugirió Emmett, y el médico asintió.
-Estoy bien –protesté e intenté sentarme de golpe, empujándome con los codos para alcanzar una posición erguida.
Antes de que pudiesen detenerme, me había arrodillado y un segundo más tarde estaba de pie, aunque el triunfo me duró poco. La visión se me llenó de puntos negros, los colores desaparecieron y me incliné peligrosamente hacia delante, incapaz de mantener el equilibrio. Para colmo, la brisa trajo una oleada de olor a óxido y sal que yo antes, acostada en el suelo y protegida por los cuerpos de Emmett y Jasper, no había sido capaz de oler, y al mareo se sumó un violento acceso de náuseas.
Un brazo frío y duro me atajó justo antes de que cayese de cara al piso, pero mi humillación no estuvo completa hasta que mi revuelto estómago expulsó mi almuerzo entre violenta arcadas. Vomité una cosa asquerosa, amarillenta, que en nada se parecía a la pizza que yo había comido ese mediodía. El sabor ácido me quemaba la garganta, la boca y hasta la nariz.
Una mano helada me sostuvo la frente, donde el pelo se me pegaba a la frente perlada de transpiración, mientras un brazo me sostenía por el torso y otra mano me masajeaba la espalda. Yo me esforcé en respirar por la boca y en no desmayarme de nuevo, lo cual ya era ocupación más que suficiente. Sentía las piernas como de gelatina, incapaces de sostenerme. De no ser un vampiro quien me sostenía, probablemente no hubiese sido que capaz de aguantar mi peso muerto con un brazo solo.
-Mejor afuera que adentro –opinó el doctor Gerandy, y caí en la cuenta que quien me frotaba la espalda era él-. Vomítalo todo, es lo mejor.
Parpadeé, tratando de enfocar la vista. Yo colgaba desmadejada en brazos de Emmett, que rodeaba mi torso con el brazo izquierdo y sostenía mi frente con la mano derecha. Su expresión era de preocupación intensa y me avergonzó que me hubiese visto tan débil, pero fue peor cuando aparté la vista y vi que frente a mí estaba Jasper. Cuando miré hacia abajo, incapaz de sostenerle la mirada, deseé que por favor la tierra se abriera y me tragara en ese mismo instante. Yo había vomitado sobre los zapatos de Jasper. El izquierdo estaba cubierto de vómito, mientras que el derecho estaba medio oculto bajo esa cosa amarillenta que unas horas antes había sido una excelente pizza. Pude sentirme sonrojar, muerta de vergüenza.
-Bella, no te sientas mal. No lo hiciste a propósito –intentó confortarme Jasper, que debía estar sintiendo mi bochorno.
Gemí y cerré los ojos. Mi estómago seguía contorsionándose de náuseas, pese a que ya no tenía nada adentro que expulsar. Di un par de arcadas más antes de desplomarme por completo en brazos de Emmett, apenas consciente.
No me quedaban ni fuerzas para protestar cuando los enfermeros me colocaron en una camilla, me metieron en la ambulancia y me llevaron, afortunadamente con la sirena apagada, al hospital. Uno de ellos tuvo la amabilidad de limpiarme la boca con un pañuelo descartable. Emmett fue conmigo; Jasper se quedó por si Charlie necesitaba saber algo más, amén que no lo dejarían entrar en el hospital con los zapatos cubiertos de pizza medio digerida.
Emmett sólo salió de la habitación cuando las enfermeras me cambiaron mi ropa de calle por uno de esos incómodos camisones de hospital, y regresó inmediatamente después.
Al cabo de un par de horas me sentí mejor, o al menos, menos mal que antes. Había podido enjuagarme la boca y beber un poco de agua, aunque a mi estómago ni eso parecía sentarle demasiado bien y preferí dejar el resto de vaso intacto, pese a la insistencia de una de las enfermeras sobre que yo debía reponer líquidos. Tonterías. Lo que yo debía hacer era dejar de vomitar.
-Edward pondrá el grito en el cielo cuando se entere que se perdió toda la acción –rió Emmett en voz baja, una vez que las enfermeras salieron.
-¿Dónde está él? –pregunté, odiando lo desvalida que sonaba mi voz.
-Salió a cazar –explicó Emmett, sentándose en la silla destinada a las visitas que estaba colocada junto a la cama. La silla crujió ruidosamente-. Mencionó que se iría especialmente lejos para no tentarse de regresar y escuchar tu conversación con Jacob Black.
-¡Jacob! –exclamé, alarmada-. Tengo que llamarlo después. Iba a ir a mi casa esta tarde… mencionó que tenía algo que contarme.
-Debe tratarse de… -Emmett se interrumpió de pronto-. Ah, bueno, mejor dejo que él lo cuente, si es que se trata de lo que creo.
-¿Y qué es lo que crees que es? –pregunté, ansiosa.
-No es nada malo, sólo un poco… presuntuoso de su parte –opinó Emmett, encogiéndose de hombros-. Pero allá él.
-Emmett, por favor, dime… -supliqué con mi mejor expresión de curiosidad inocente.
-Pierdes el tiempo, chica -él se rió entre dientes y sacudió la cabeza, con lo que sus rizos negros se sacudieron-. Llevo setenta años casado con Rosalie, no hay un truco femenino que ella no haya perfeccionado ya.
Suspiré con fingida indignación y él rió de nuevo, quedamente.
-¿Cómo supieron lo que estaba pasando? –pregunté en voz muy baja.
Con algún esfuerzo me senté en la dura y estrecha cama del hospital. Emmett fue hasta los pies de la cama y empezó a manipular unas palancas; al cabo de unos segundos la cabecera estaba levantada y me recosté de nuevo, quedando medio erguida.
-Gracias. Cuando abrí la puerta, me gritaste que no entrara, y Jasper, que no respirara… ¿cómo supieron? –insistí.
-Alice te vio abrir la puerta y ver a Newton muerto; según su visión, dabas unos pasos más y te desmayabas, cayéndote y lastimándote la cara contra la acera. Pero Alice está en Portland, ella, Esme y Rosalie salieron de compras –explicó Emmett-. Alice supo que no había forma que ella pudiese regresar a Forks antes que su visión sucediera, entonces llamó a Edward. Pero Edward lleva el teléfono apagado siempre, a menos que justo esté hablando, desde que le contaste sobre las líneas pinchadas. Está paranoico con eso, y Alice no pudo localizarlo. Entonces llamó a Jasper. Él y yo fuimos a toda velocidad en el Jeep hasta la tienda, y llegamos en último minuto.
Gemí y cerré los ojos.
-Creí que se le habría pasado un poco la manía a Edward –musité-. Pensé que sería sólo al principio, que se volvería menos obsesivo cuando pasaran un par de semanas…
-Oh, no –respondió Emmett, un poco burlón-. Sabemos que suele reaccionar de un modo exagerado, pero esta vez está batiendo su propio récord. Está histérico.
Gemí de nuevo y me tapé la cara con la sábana.
-No es tu culpa, nadie más de nosotros reaccionó de un modo tan extremo –intentó animarme Emmett-. Es que Edward es la reina del drama, eso es todo.
-No lo insultes –mascullé, irritada.
-Bueno, bueno. ¿Querías saber cómo fue que acabaste vomitándole en los zapatos a Jasper o no? –ofreció, solícito.
-¿Quieres avergonzarme hasta la muerte, acaso? –gruñí desde debajo de la sábana.
-No, claro que no. Si otra vez se corre la voz que estás muerta, ¿quién detendrá a Edward de autoincinerarse en una hoguera o algo igual de absurdo y dramático?
-¡No estás ayudando!
-Lo lamento.
-No es cierto –le discutí, destapándome la cara-. No lo lamentas. ¡Te encanta avergonzarme!
-¡Es que tienes el sonrojo más fascinante de toda la familia…! –intentó justificarse Emmett, sonriendo.
-Soy la única de tu familia que se sonroja –señalé, exasperada.
-Precisamente. Y no seguirás haciéndolo por mucho tiempo, ¡tengo que aprovechar cada ocasión! –replicó él con una gran sonrisa.
Reí sin poder evitarlo. Que alguien hablara de mi próxima transformación con naturalidad era un cambio bienvenido frente al comportamiento de Edward y Charlie. Edward seguía tratando de convencerme de esperar, y Charlie y yo evitábamos el tema desde la memorable noche en que Charlie sacó el tema de mi transformación. Papá me había dado su aprobación, aunque eso no significaba que la gustaba la idea, y yo en verdad no me sentía capaz de abordar el tema con él de nuevo.
-Espera a que yo sea una neófita –le advertí con una sonrisa, un poco desafiante-. Voy a darte una paliza tal que te dolerán los huesos por la próxima década.
-¡Ja! Eso tengo que ver para creerlo –repuso Emmett, riendo.
-Harás más que verlo, ¡vas a sentirlo! –amenacé-. Te va a doler hasta el ego, te lo prometo, cuando acabe de hacerte morder el polvo.
Emmett casi cayó de la silla de tan fuerte que se reía. En eso, se abrió la puerta y Carlisle entró apresuradamente, vestido con esas ropas verde oscuro típicas de hospital.
-¿Bella? Acaba de decirme Peter que te ingresaron hace un par de horas, ¿cómo estás? –me preguntó Carlisle, preocupado, examinándome velozmente.
-Estoy bien –repuse con un suspiro. Me llevó unos segundo atar cabos y recordar que el nombre de pila del doctor Gerandy era Peter.
-La última vez que dijiste eso, linda, acabaste vomitando sobre los zapatos de mi hermano –alcahueteó la bocota de Emmett.
Gruñí mientras me sentía sonrojar de nuevo y Emmett reía. Yo decididamente tendría que golpearlo, y bien fuerte, cuando tuviese fuerza sobrehumana.
-¿Vomitaste sobre los zapatos de Edward? –preguntó Carlisle, sorprendido.
-Los de Jasper –admití.
-No tienes fiebre, no creo que sea gripe estomacal –observó Carlisle, midiendo la temperatura de mi frente con la mano-. ¿Comiste algo en mal estado?
-No, vi a un compañero de curso muerto –respondí con acidez-, y para completarla, estaba tirado en medio de un montón de sangre… Sabes cómo me hace sentir el olor.
-¿La visión de Alice? –preguntó Carlisle, muy serio, sus ojos yendo y viniendo entre Emmet y yo.
-Sí –le dije, incapaz de seguir hablando. Un violento escalofrío me recorrió al recordar la escena en la tienda de los Newton.
-Michael Newton. Ya esta estaba muerto en la tienda de sus padres cuando llegamos –explicó Emmett, serio-. Jasper dice que una bala le atravesó la cabeza. Él entró a verificar si había algo que hacer, pero Mike ya debía llevar un rato muerto. Estaba enfriándose y la sangre derramada ya estaba medio coagulada.
-Acabo de salir de una cirugía, no me había enterado de nada –musitó Carlisle-, o hubiese venido antes a verte.
-Estoy bien, en serio –protesté-. Vomité hasta la primera papilla sobre los zapatos de Jasper y me desmayé en brazos de Emmett, ya cubrí mi cuota de ridículo para todo el mes. ¿Puedo irme a casa ahora a esconderme bajo la cama y salir cuando nadie recuerde el incidente?
-Diría que sí puedes irte, pero estás a cargo de Peter Gerandy. Él tiene que darte el alta médico. Aunque sólo estás en observación, no puedes irte sin que él lo autorice –explicó Carlisle-. No te culpes tanto, hay mucha gente que se desmaya al ver sangre.
-Carlisle, los vampiros reaccionaron con más entereza frente a la sangre que yo –dije en voz bajísima-. ¿Cómo estás esperando que me sienta?
-Espero que te sientas del mismo modo que cualquier otra persona con tu experiencia de vida se sentiría frente a un hecho de estas características, sobre todo considerando que conoces al fallecido en cuestión –respondió Carlisle con voz tranquila, firme, sin trazos de lástima.
Suspiré y cerré los ojos, sintiéndome extrañamente desasosegada, un malestar que nada tenía que ver con mi estómago.
-Todavía me cuesta creer que Mike esté muerto –musité sin abrir los ojos-. Aunque lo vi con mis propios ojos, no puede creerlo del todo. Pese a la visión de Alice… de todas las personas que se me había ocurrido que muriesen… nunca había pensado en Mike como una posibilidad. Pensé en Charlie, en mi madre, en… pero no en Mike…
-Fue algo totalmente inesperado –opinó Emmett-. No había razones para suponer que nadie quisiera matar a Mike, después de todo.
La puerta de la habitación volvió a abrirse, y abrí los ojos a tiempo para ver un gentío entrando, todos a la vez, empujándose un poco. Alice estaba a mi lado en un parpadeo, Esme se quedó un poco más atrás. Jasper se quedó junto a la puerta, y Charlie fue a zancadas hasta ubicarse a mi lado.
-¡Ay, Bella, lo siento, lo lamento tanto! –barbotó Alice, compungida, tan rápido que tuve que hacer un esfuerzo para oír todo lo que ella decía-. Hubiese querido ahorrarte el mal trago, pero estaba lejos, y no podía alcanzarte por vía telefónica, ¡si hubiese visto algo antes…! Pero no vi nada, y cuando lo vi sólo pude tratar de evitar el mal mayor, Bella, lo siento…
-Bells, ¿cómo te sientes? –preguntó Charlie, angustiado, tomándome de la mano.
-Yo estoy bien, ¿cómo están las cosas? –pregunté, impulsándome hacia delante con los codos hasta acabar sentada-. ¿Mike en verdad… está muerto? ¿Tienen el arma? ¿Hay un móvil? ¿Hay sospechosos? ¿Testigos? ¿Qué evidencias hay?
Emmett se puso de pie y le cedió la silla a mi exhausto papá, que se dejó caer en ella con agotamiento. Jasper discretamente cerró la puerta de la habitación.
-Necesito saber –exigí en el mismo tono que Jackson solía utilizar para presionar a la gente, apoyando los codos en la mesa, y fulminando al otro con la mirada. Tendida como estaba en una cama de hospital, tenía menos efecto, pero conté con que funcionara.
-No, no necesitas saber –corrigió Charlie en tono completamente Jefe de Policía-. Es un caso de la policía. El FBI no tiene nada que ver con esto.
Nos miramos desafiantes durante unos segundos.
-Puedo ayudar –ofrecí.
-Puedes ayudar quedándote al margen, sin levantar sospechas y declarando todo lo que sabes a la policía –respondió Charlie.
-Todavía no me llamaron a declarar –le señalé, decepcionada.
-Porque no estabas consciente. Mañana a primera hora de la mañana estarás declarando en la comisaría –bufó Charlie, rodando los ojos-. ¿Satisfecha?
-No. Tendrías que tomarles declaración a los testigos de inmediato –critiqué-. Sin que tengan tiempo de ser presionados por nadie, ni de agregarle más detalles a lo que vieron, ni a desparramar rumores por ahí contándole a medio mundo lo que vieron.
-Bella, nadie va a presionar a nadie, la gente no necesita más que empezar a hablar para agrandar el relato de lo que vieron o creen haber visto, y de todos modos contarán hasta el más insignificante detalle a todo el mundo –dijo Charlie por entre los dientes apretados-. ¡Sé cómo hacer mi trabajo!
-No dije que no sepas… -intenté aclararle, pero Charlie siguió hablando.
-¡Además, considerando que los tres principales testigos oculares son Emmett Cullen, Jasper Hale e Isabella Swan, en verdad quiero creer que no tengo razones para preocuparme! –acabó Charlie, irritado.
-¡Me refiero a los otros testigos! –exclamé-. Los padres de Mike, que podrán sobrepensar a qué hora vieron a su hijo por última vez, lo que estaba haciendo y todo eso. Los vecinos que viven más cerca: los White, los Colbert y la señora Figg, también tenderán exagerar qué vieron y cuándo.
-Los Newton no estaban en condiciones de declarar nada –gruñó Charlie-. Karen está hospitalizada a causa de un ataque de nervios, y a John también hubo que sedarlo. En cuanto a los vecinos, la señora Figg hace doce años que no sale de su casa y sólo se preocupa por sus gatos, difícilmente haya visto algo. Los White salieron de vacaciones esta tarde, hasta que no tengamos un número de teléfono al que llamarlos no podemos preguntarles: sabes que son del Foro Ecologista y se niegan a tener o utilizar teléfonos móviles. Y los Colbert no estaban en casa: tanto Wendy como Daniel trabajan fuera del hogar, y su hijita estaba en casa de la abuela, que vive en el otro extremo de la ciudad –había fría cólera en la voz de Charlie cuando siguió hablando-. ¿Vas a seguir cuestionándome sobre mi trabajo, jovencita, o estás conforme con cómo estoy llevando adelante el caso?
Mi enojo se evaporó y dio lugar a un terrible cansancio. De golpe estaba físicamente tan cansada que sentía la cabeza como llena de niebla.
-Lo lamento, no es que dude de que puedes hacerlo –expliqué con un hilo de voz-. Es que… cada vez que cierro los ojos sigo viendo la cabeza de Mike en medio de un charco de sangre…
-Veremos qué dice la autopsia –musitó Charlie en voz baja-. A ojo de buen cubero, diría que se trató de un disparo de un arma de grueso calibre, pero necesitamos los resultados de los forenses para seguir adelante con la investigación.
Lo miré con duda, con súplica, mil preguntas bulléndome en la cabeza. La mejor forma de escaparme de este infierno era concentrarme en el trabajo, pero no podía hacerlo si no tenía un simple dato. Charlie debió comprender algo de eso, porque suspiró profundamente antes de empezar el recuento.
-Por lo pronto, el chico Newton está muerto. La policía científica de Port Angels se está encargando de la evidencia en la escena del crimen; la tienda está cerrada y vigilada para nadie mueva una sola cosa de lugar.
-¿Creen que se trató de un robo? –preguntó Esme, que parecía afligida.
-No podemos descartar ninguna hipótesis –aclaró Charlie-, pero… el robo parece poco probable. La tienda no estaba desordenada, no parece faltar dinero de la caja registradora, ni tampoco faltaba mercadería, al menos no a simple vista. Estamos trabajando sobre todo en base a las teorías del accidente, del suicidio y del asesinato premeditado.
-¿Accidente? ¿Suicidio? –repetí con incredulidad-. ¿Alguien le voló los sesos a Mike y lo consideran un accidente? ¡Él no se suicidó, no tenía ninguna razón para hacerlo!
-Son hipótesis, no está seguro –aclaró Charlie-, pero considerando que tenemos el arma…
-¿Tienen el arma? –inquirí, ansiosa.
-Creemos que sí. Falta la pericia balística, pero a simple vista diría que sí. Es una escopeta de caza, estaba sobre el mostrador de la tienda, y tenía rastros de haber sido disparada recientemente –admitió Charlie.
-¿Coincide el calibre con la herida? –pregunté con un ligero estremecimiento.
-Eso lo tendrá que precisar la autopsia… pero podría ser –dijo Charlie cautelosamente.
-¿Cómo puede Mike dispararse por accidente con una escopeta de caza? –gruñí-. ¡Eso no fue un accidente!
-Porque aparentemente es una de las armas que los Newton tenían a la venta –replicó Charlie.
-¿Los Newton vendían armas? –preguntó Carlisle, atónito.
-Escopetas y algunas otras armas de caza, con todos los permisos necesarios y los papeles en regla –aclaró Charlie. Yo asentí con la cabeza. Estaba al tanto de esto, dado que trabajaba en la tienda-. Aunque no hay en verdad animales peligrosos en los alrededores de Forks, algunos excursionistas preferían llevar un arma cuando salían de campamento, por si acaso. Con lo de los osos que se veían cerca de aquí hace unos meses, alguna gente prefirió no arriesgarse.
Admiré a los Cullen en ese momento, y los envidié mucho. Ninguno de ellos parpadeó siquiera a la mención de los "osos", mientras que yo luché por no hacer una mueca ni sonrojarme. Charlie era el único en la habitación que no estaba al tanto de la existencia de los licántropos, y era mejor para él que las cosas siguieran así. Por suerte, estaba mirando la pared mientras hablaba y no pareció darse cuenta, aunque con Charlie, yo nunca podía estar segura de cuándo efectivamente no se enteraba de nada y cuándo estaba fingiendo.
-No deja de ser raro que el chico haya tenido acceso a la escopeta –siguió explicando Charlie-, porque por lo que sabemos, Karen y John tenían las armas bajo llave y las guardaban descargadas… pero ellos no estaban hoy. Quizás el chico sacó la escopeta sólo para mirarla y jugar un poco, aprovechando que sus padres no estaban, y se disparó por accidente. O quizás no. Eso está por verse. Sobre que no se suicidaría, a lo largo de los años vi cosas más raras que ésta –dijo Charlie a la nada, reflexivo-. Personas que no parecen tener ninguna razón para quitarse la vida son halladas colgando de un árbol, con las venas cortadas o con dos cajas de somníferos dentro del estómago. A veces aparecen cartas que pretenden explicar su decisión, pero a veces no, y nadie comprende cómo pudo suceder. Por el momento… lo único seguro es que los Newton perdieron a su hijo.
-¿Había huellas dactilares? –pregunté en voz baja.
-¡Docenas! –bufó Charlie-. El mostrador está lleno.
-No me refiero al mostrador, ahí debe haber huellas dactilares de todo Forks –repliqué con impaciencia-. ¡En el arma, quiero decir!
-Los forenses se la llevaron a analizarla, lo sabremos en unos días –repuso Charlie.
-¿Dónde está Mike ahora? –pregunté en voz muy baja.
-En la morgue de Port Angels –respondió Charlie en voz igualmente baja-. Se trata de una muerte violenta, la ley exige que se lleve a cabo una autopsia.
Se produjo un silencio. A todos nos sobraban cosas en que pensar, después de los sucesos de las últimas horas.
-¿Dónde están Edward y Rosalie? –le pregunté a Alice, tratando de dejar de pensar en el rostro muerto de Mike.
-Rosalie fue a buscar a Edward ni bien llegamos de Portland –explicó Alice, echando un vistazo precavido en dirección a Charlie, como midiendo cuánto decir.
-¿Alguna visión al respecto? –preguntó Charlie en el mismo tono conversacional en que cualquier otra persona hubiese preguntado por un pariente lejano.
Alice abrió mucho los ojos un momento antes de sonreír y contestar:
-Sí, Edward está cerca del Monte Rainier. Él y Rose van a pelearse por un puma, acabarán con la ropa bastante maltrecha, y tendrán que pasar por casa a cambiarse antes de poder venir. Eso los demorará un poco –explicó Alice, mirando a Charlie con nuevo respeto.
-¡Edward es imposible! –protestó Emmett-. Llevo meses tratando de convencerlo de ir al monte Rainier, siempre encontró excusas. ¡Y ahora se va sin mí!
-No quería dejar a Bella sola, es por eso que… nunca quiso alejarse –explicó Esme.
-Es por eso que siempre cazó muy cerca, pese a que los pumas le gustan más que los ciervos o venados que encuentra cerca –especificó Alice.
-Estoy al tanto, Esme, como se habrá dado cuenta –dijo Charlie en voz baja, seria-. No quiero hacerla sentir incómoda, pero no necesita vigilar lo que dice.
-No es que no confíe en usted, es que… se me hace raro que frente a alguien más que Bella podamos hablar libremente –explicó Esme, sonriendo con un poco de vergüenza-. Supongo que estoy demasiado acostumbrada a tener cuidado.
-Nunca está de más, lo de tener cuidado –comentó Charlie en general.
Nadie lo contradijo.
.
Forks, casa de los Swan. Por la noche del martes 21 de mayo de 2006, día de la muerte de Mike.
.
Pude regresar a casa esa misma noche, con indicación de hacer reposo y de comer sólo algo ligero. De todos modos, yo no tenía apetito. Charlie calentó algo de pescado asado que había sobrado de la noche anterior para él, y yo me preparé un caldo de verdura de ésos que se hacen agregándole agua hirviendo al contenido de un sobre de papel de aluminio y revolviendo durante cinco minutos. Acabábamos de sentarnos a comer cuando alguien golpeó la puerta con insistencia. Charlie y yo saltamos en nuestras sillas, alarmados.
-Quédate en la cocina –me ordenó Charlie con voz dura, mientras los golpes se repetían.
-Ni hablar. Vamos los dos o no va nadie –le susurré velozmente.
-¡Bella…! –protestó él, exasperado.
-¡Papá! –protesté yo en el mismo tono.
-De acuerdo –aceptó él con un bufido-. Cúbreme las espaldas.
Nos deslizamos con cuidado. Charlie fue hacia la puerta sin quitar la mano de la culata de la pistola, que por alguna razón inconsciente esa noche no había colgado en el vestíbulo, como de costumbre, y abrió con extremo cuidado, sólo para relajarse en cuanto vio quién era. Yo seguí parapetada tras la pared que separaba el vestíbulo de la sala, alerta.
-Pasa, pasa –indicó Charlie, haciéndose a un lado-. Ya me sorprendía que no estuvieses esperando en la cocina a que llegáramos.
-No hubiese entrado sin permiso –se defendió una voz aterciopelada… ¡Edward!
-Hum, entonces supongo que la ventana del cuarto de baño de la planta alta te dio permiso, ¿no? –preguntó Charlie retóricamente, cerrando la puerta.
Dejé mi escondite y corrí hacia Edward, que estaba de pie completamente inmóvil y con una expresión de vergüenza intensa; sólo le faltaba sonrojarse. Claro que con mi habitual mala suerte, me tropecé con un pliegue de la alfombra y estuve a punto de caer cual larga era, hasta que Edward me atajó. Eso era una de las ventajas de tener un novio vampiro: un segundo está siendo humillado por tu padre junto a la puerta, y al siguiente te tiene segura entre sus brazos en medio del vestíbulo.
-¿Estás bien? –me preguntó, abrazándome con firmeza, como si temiera que yo me desvanecería si aflojaba el agarre.
-¿Todo el mundo va a preguntarme eso hoy? –pregunté, prefiriendo esconder la cara en su pecho, tras echarle los brazos al cuello-. Estoy bien, es Mike quien no está bien.
-¿Cómo está tu estómago? ¿Te sientes bien? ¿Quieres hablar de esta tarde? –me ofreció en rápida sucesión-. ¿Quieres que te cocine algo?
-Sólo… quédate conmigo –murmuré sin soltarlo-. Quédate. No tengo apetito, no quiero ni pensar, sólo… ¿quédate, sí?
-Quédate con ella –medio ordenó Charlie. Recién entonces caí en la cuenta que mi papá no se había movido de junto a la puerta; Edward se sobresaltó un poco pero no me soltó-. Y entra por la puerta, ¿sí? Un día de éstos los vecinos van a verte y será peor.
-Papá… -dije en mi mejor tono de advertencia.
-Oh, y algo más…
Charlie buscó algo en los bolsillos de su chaqueta de policía, colgada en el perchero del vestíbulo, y arrojó en nuestra dirección una cajita. Edward, que tenía mucho mejores reflejos que yo, la atrapó en el aire con una sola mano, sin dejar de rodearme la cintura con el otro brazo.
-Ya que no tiene sentido prohibir, por lo menos tengan cuidado, ¿sí? –ordenó Charlie.
Edward miró por un instante la cajita con una expresión mezcla de bochorno y risa, antes de pasármela sin soltarme. Leí la marca sin entender qué era, hasta que vi en letra mucho más pequeña una descripción del contenido de la caja. Entonces no supe si matarme de risa, matar a mi padre, morirme de vergüenza… ¿o darle un uso?
-Papá, no estamos teniendo esta discusión –anuncié, guardándome la cajita en el bolsillo, donde la sentía como si pesara una tonelada en vez de unos pocos gramos-. No acabas de decirnos que tengamos cuidado, y ciertamente no nos diste una caja de preservativos. Hagamos de cuenta que esto nunca pasó, o tendré que gastar mi fondo universitario en psiquiatras que me hagan superar este trauma.
-Sólo… tengan cuidado –advirtió Charlie una vez más, aunque parecía tan ansioso como yo por dejar el tema-. Voy a ver el partido –se despidió.
-¿Y la cena? –le pregunté.
-Comeré frente al televisor –decidió, cambiando el rumbo hacia la cocina.
Un rato después, Edward y yo estábamos en la cocina, donde yo bebía mi caldo a pequeños sorbos, cómodamente instalada en el regazo de Edward, que peinaba mi cabello con los dedos, perezosamente. No hablábamos, sólo disfrutábamos de estar juntos.
-¿Cazaste un par de pumas sabrosos esta tarde? –musité, apoyando mi cabeza en el hombro de Edward-. Alice dijo que pelearías con Rosalie por uno. ¿Quién ganó?
-Lo lamento tanto… -empezó Edward.
-¿Perdiste? –lo interrumpí-. Bueno, no es tan grave, aunque estoy segura que Rosalie estará insoportable después de esto.
-Lamento no haber estado localizable hoy –murmuró Edward en voz baja, dejando mi pelo y rodeándome con sus brazos-. Siento que te decepcioné.
-Me hubiese gustado que estuvieses ahí, pero no es como si eso hubiese salvado a Mike o algo parecido –suspiré-. Lo importante es que estás ahora conmigo.
-No tengo planes para dejarte, ni siquiera para cazar –murmuró él, tomando mi muñeca y acercándola a su nariz. Inhaló largamente, cerrando los ojos-. Me alejo una tarde, y mira lo que pasa. Lo tuyo ya es peor que ser un imán para la mala suerte, eres un imán para la desgracia, directamente.
-No es para tanto, si fuese tan grave sería yo la muerta –protesté, dejando mi tazón de caldo sobre la mesa y acurrucándome más contra el pecho de Edward.
-Eso no lo digas ni en broma –advirtió Edward, serio, rodeándome apretadamente con los brazos.
-Levo seis años esquivando a la muerte gracias a una mezcla de entrenamiento, suerte y casualidad –me encogí de hombros al decirlo-. Antes de conocerte, tenía de alguna manera interiorizado que era poco probable que viviera más de treinta años. En algún momento mi suerte o lo que sea tendría que acabarse.
-¿Conocerme te dio una razón para seguir con vida? –preguntó Edward, que me sonó alarmado.
-No me entendiste –suspiré y me armé de paciencia para seguir hablando-. Yo nunca tuve intenciones de dejar de vivir… bueno, excepto después de enviar el informe final de la misión, cuando salté del acantilado. No solía pensar en morir ni quería suicidarme, salvo en esa ocasión. Pero ya había pasado por tantas situaciones peligrosas que estaba tácitamente convencida que alguna vez no podría encontrarle una salida a tiempo a mis aventuras, alguna vez sería demasiado tarde… -intenté poner en palabras mis vagos presentimientos, impresiones, convicciones o lo que fuesen-. Creo que ya te expliqué esto: no me asusta morir, sólo me irrita pensar en lo mucho que le dolería a Charlie y a Renée, más que nada porque se supone que si muero ahora será por un hecho violento, no una muerte natural.
-No vas a morir –me prometió Edward, su voz aterciopelada sonando algo ronca de emoción contenida-. Nunca vas a morir. Soy tan horriblemente egoísta, que no puedo permitirlo. Te necesito a mi lado, por siempre.
-Qué romántico –dije con una risita. No pude evitar tomarle el pelo al oírlo.
-Bella, ¿qué es lo que más quieres? ¿Qué es lo que más deseas, en todo el mundo? –me preguntó de pronto, muy serio.
-A ti –le respondí automáticamente.
-Algo que no tengas ya –aclaró Edward rodando los ojos.
Me tomé un momento para pensarlo. Había unas cuantas cosas que yo deseaba. La mayoría de ellas no eran materiales, y por eso mismo tanto más difíciles de conseguir.
-Me gustaría… que no tenga que hacerlo Carlisle –musité-. Quisiera… que fuese tu… tu ponzoña la que me transforme –admití en voz muy baja, cohibida-. Sé que para fines prácticos es exactamente lo mismo quién va a morderme, mientras sea un vampiro, y que una vez que tenga la ponzoña dentro de mi torrente sanguíneo, la agonía será la misma y no me voy a dar cuenta siquiera si fue uno u otro quien me mordió, pero…
Dudé, buscando las palabras. Edward se quedó muy quieto, pendiente de cada palabra que salía de mis labios.
-Pero es que esto… es algo… más allá de lo racional. Es como… es que… siento que de ese modo te pertenecería de un modo más completo, más… físico, si eso es posible… -escuchando mis balbuceos, me sentí ridícula de pronto y escondí mi cara contra la camisa de Edward-. Estoy diciendo tonterías –mascullé, sonrojándome.
-No creo que sean tonterías –opinó Edward en voz baja y un poco ronca-. Es verdad que racionalmente no hay diferencias si te muerdo yo, si lo hace Carlisle o cualquier otro. No tiene en verdad que ver con algo físico, no es como si le pertenecieras a Carlisle si fuese él quien te mordiera.
-Sé que suena absurdo… -empecé, pero Edward me interrumpió.
-No es absurdo –me contradijo-. Es… excitante, pensar en mi ponzoña recorriendo tus venas. No tiene nada que ver con lo racional, es… otra cosa –admitió, y a juzgar por el sonido de su voz estaba muy avergonzado por encontrarlo excitante-. Pero estoy preocupado por si sería capaz de hacerlo… yo nunca antes mordí a nadie para convertirlo. No sé si sabría detenerme a tiempo… más aún si se trata de una sangre tan apetitosa…
-Sé que podrás hacerlo –le respondí, convencida-. Fuiste capaz de detenerte cuando fue lo de James, ¿verdad? –le recordé-. Y ésa vez fue peor, porque sorbiste mi sangre además del veneno. Ahora sólo tienes que inocularme.
-Tendría que morderte –observó él en voz ahogada-. Odio hacerte daño, prometí que nunca más te lastimaría.
-No me lastimarías, me estarías dando lo que más quiero –lo contradije.
-¿Creí que lo que más querías era a mí? –me preguntó, y pese a que no estaba mirándolo a la cara casi pude ver su sonrisa torcida.
-De acuerdo, lo segundo que más quiero –me corregí.
-¿Y eso sería…?
-La eternidad a tu lado –le contesté, conteniéndome de no rodar los ojos. ¿No era obvio que yo quería eso?
-De modo que quisieras que quien te convierta sea yo –expuso Edward claramente.
-Sí –admití.
-¿Y qué estarías dispuesta a dar a cambio? –me pregunto, justo cuando yo estaba preparándome para un sermón sobre los riesgos de la transformación y un nuevo intento de Edward de convencerme de seguir siendo humana.
-Cualquier cosa –exclamé, incorporándome y dejando el escondite de su pecho para mirarlo a la cara.
¡Tenía que estar bromeando! Edward siempre intentaba convencerme de revertir mi decisión, o por lo menos, de esperar veinte años más. El que él hubiese sacado el tema, y que hasta estuviese dispuesto a negociar, era un avance increíble…
Él sonrió ligeramente, calculador.
-¿Cinco años?
Mi rostro se crispó en una mueca mezcla de desilusión y miedo. Debía haberme imaginado que no podía ser así de fácil.
-Dijiste "cualquier cosa" -me recordó Edward.
-Sí, pero vas a usar el tiempo para encontrar la forma de escabullirte. Tengo que aprovechar la ocasión cuando se presenta, y Carlisle es un plan B estupendo. Además, es demasiado peligroso ser sólo un ser humano, al menos para mí. Así que, cualquier cosa menos eso.
Edward puso cara de pocos amigos. Yo lo conocía lo suficiente como para saber que era un muy mal perdedor; que las cosas no se hicieran a su manera lo irritaba muchísimo. Habitualmente, contaba con la ventaja de oír qué pasaba por la mente de los demás, de modo que podía manipular con cierta facilidad a su interlocutor, pero frente a mí, esa ventaja desaparecía. Estaba obligado a negociar.
-¿Tres años? –regateó.
-¡No! –me negué en redondo. ¡Esperar tres años más! Empezaba a creer que Edward no me conocía en absoluto.
-¿Es que no te parece que valga la pena? –me preguntó, contrariado.
Pensé en lo mucho que había deseado aquello, pero decidí poner mi mejor cara de póquer y no permitir que se diera cuenta de lo mucho que significaba para mí. Eso me daría más ventaja.
-¿Seis meses? –ofrecí.
-No es suficiente –se quejó, poniendo los ojos en blanco.
-En ese caso, un año –dije-. Ése es mi límite. Un año, máximo.
-Concédeme dos al menos -pidió.
-Ni loca –negué fervientemente con la cabeza mientras hablaba-. Voy a cumplir diecinueve, de acuerdo, pero no pienso acercarme ni una pizca a los veinte. Si vas a tener menos de veinte para siempre, entonces yo también.
Edward se quedó pensativo. Yo volví a recostarme en su pecho, convencida que la conversación estaba concluida. Yo no pensaba ceder, y Edward no podría ofrecerme nada que me hiciera cambiar de opinión, de modo que el tema estaba cerrado. O eso creí, hasta que al cabo de un minuto Edward volvió a hablar.
-De acuerdo, olvida los límites de tiempo –propuso-. Si quieres que sea yo quien lo haga, tendrás que aceptar otra condición.
-¿Condición? -pregunté con voz apagada. La negociación empezaba de nuevo, y ésta vez era Edward quien no parecía tener intenciones de ceder-. ¿Qué condición?
Había cautela en su mirada y habló despacio, claramente, al decirlo:
-Casarte conmigo primero.
-...
Me senté muy erguida y escruté su rostro. Edward estaba completamente serio y un poco ansioso, no había rastro de broma en su voz ni en su rostro.
-Muy bien, ¿cuál es el chiste? –pregunté, desorientada.
Él suspiró.
-Hieres mi ego, Bella. Te pido que te cases conmigo y piensas que es un chiste –se quejó, arreglándoselas para sonar herido. Él venía con propuestas absurdas y encima se consideraba parte ofendida.
-Edward, por favor, sé serio –le medio pedí, medio ordené.
-Hablo completamente en serio –me aseguró, y no había el menor atisbo de broma en su rostro cuando lo dijo.
-Oh, vamos -dije con una nota de histeria en la voz-. Sólo tengo dieciocho años.
-Bueno, yo tengo más de cien, si cuentas mis años humanos –señaló él-. Va siendo hora de que siente la cabeza.
Miré hacia otro lado, en dirección a la oscura ventana, tratando de controlar el pánico antes de que fuera demasiado tarde y yo saliera de la habitación corriendo y gritando.
-Verás, el matrimonio no figura precisamente en la lista de mis prioridades. Fue algo así como el beso de la muerte para Renée y Charlie –intenté explicarle.
-Interesante elección de palabras –señaló con una sonrisa torcida.
-Sabes a qué me refiero –le solté, irritada.
-Por favor, no me digas que tienes miedo al compromiso -espetó con incredulidad, sacudiendo la cabeza-. Bella, no hay comparación entre el nivel de compromiso de una unión marital y renunciar a tu alma a cambio de convertirte en vampiro para siempre -meneó la cabeza-. Si no tienes valor suficiente para casarte conmigo, entonces...
-Bueno -lo interrumpí, un poco irritada-, ¿qué pasaría si lo hiciera? ¿Y si te dijera que me llevaras a Las Vegas ahora mismo? ¿Sería vampiro en tres días, acaso? –lo provoqué.
Edward sonrió y los dientes le relampaguearon como en una publicidad de dentífrico.
-Seguro -contestó poniéndome en evidencia-. Voy a buscar mi automóvil –hasta hizo un amago de levantarse.
-¡Rayos, no! –murmuré, echándole los brazos al cuello para forzarlo a quedarse sentado-. Te daré dieciocho meses –ofrecí, aunque sabía que era en vano.
-No hay trato -repuso con una sonrisa satisfecha-. Me gusta esta condición.
-Perfecto. Tendré que conformarme con Carlisle después de la graduación –respondí encogiéndome de hombros, fingiendo indiferencia.
-Si es eso lo que realmente quieres... –Edward se encogió de hombros y su sonrisa se tornó realmente angelical. Ugh. En esos momentos yo siempre dudaba entre besarlo hasta la inconsciencia o golpearlo bien fuerte.
-Eres imposible –refunfuñé cruzándome de brazos-, un monstruo. Un monstruo malvado y manipulador.
Se rió entre dientes.
-¿Es por eso por lo que no quieres casarte conmigo?
Volví a refunfuñar, irritada conmigo misma. Sí, había conseguido lo que quería, sería Edward quien me transformara, pero el precio me parecía alto…
Se reclinó sobre mí. Sus ojos, de un dorado cálido, derritieron, quebraron e hicieron añicos mi concentración.
-Bella, ¿por favor...? –susurró, usando su voz más hipnótica.
Como tantas veces, me deslumbró al punto que durante un momento se me olvidó respirar. Sacudí la cabeza en cuanto me recobré en un intento de aclarar de golpe la mente obnubilada.
-¿Saldría esto mejor si me dieras tiempo para conseguir un anillo de compromiso? –ofreció-. ¿Eso facilitaría las cosas?
-¡No! ¡Nada de anillos! -dije casi a voz en grito.
-Ouch, ya alarmaste a Charlie –se quejó Edward, mientras las pisadas de mi padre se aproximaban a la cocina.
-¿Qué es lo que pasa? –preguntó mi papá, asomándose a la cocina, donde estábamos Edward y yo, y haciendo una mueca al verme sentada en el regazo de Edward y abrazados.
-Bella se niega a casarse conmigo –explicó Edward en tono quejoso.
-Sus razones tendrá –gruñó Charlie, severo-. Además, ella es demasiado joven.
Edward hizo una mueca de dolor, y yo le saqué la lengua a su expresión de sufrimiento.
-¿Ves? Él también me da la razón –me pavoneé, contenta.
-¿"También"? –repitió Edward, incrédulo-. Él es único que te da la razón.
-Yo también creo que tengo razón –señalé-. Somos Charlie y yo contra tu voto. Ganamos por mayoría.
-Esa no es una votación seria –protestó Edward.
Charlie gruñó y se dio la vuelta para regresar a la sala; Edward quitó las manos de mi espalda y mi cintura y las dejó tras el respaldo de la silla. Una vez que mi papá regresó frente al televisor, Edward cambió su expresión de reproche por una de indiferencia.
-Entonces, de acuerdo. Siempre puedes pedírselo a Carlisle para después de la graduación, claro –aceptó con un encogimiento de hombros.
Gruñí, fastidiada de que Edward hubiese encontrado mi talón de Aquiles. A veces me preguntaba si después de todo no era posible que sólo fingiera incapacidad para oír mi mente. ¿Cómo más se explica que justo hubiese dado con el requisito que yo más problemas tenía en aceptar?
-Hum, hay otra cosa que quisiera pedirte… -empecé, dudosa.
-¿Qué es? –preguntó él de inmediato. Yo casi nunca le pedía nada, y una vez que tenía la oportunidad de complacerme, él no iba a dejarlo pasar.
-Es sobre las experiencias humanas que insistes que yo tenga –empecé, insegura de cómo abordar el tema.
-Bella, no hay una segunda oportunidad para ser humano –empezó Edward, y yo asentí.
-Muy cierto –concordé.
-Por eso, es mejor que no te precipites en convertirte en vampiresa, porque no hay modo de volver atrás después –siguió Edward su sermón, un tono de ligera sospecha en su voz.
-Sí, así es –acepté.
-Aún si realizaras lo mismo después de transformarte, ya no serían experiencias humanas –continuó, la desconfianza ya era evidente en su voz.
-Eso es verdad -convine.
-Es por eso que insisto tanto en que te tomes tu tiempo, que vayas a la universidad, que tengas todo tipo de experiencias humanas –prosiguió Edward, que me miraba con los ojos entornados, como si estuviese esforzándose para tratar de adivinar en qué pensaba yo.
-Todo tipo de experiencias humanas –repetí yo, afirmativa.
-Bella, ¿a qué apuntas? –exclamó Edward, ya completamente fuera de control-. ¿Qué experiencia humana quieres?
No pude evitarlo, tuve que sonreír al verlo tan confundido y alterado. No era una estampa habitual, y debo confesar que mi lado más malicioso disfrutaba de ver a Edward, habitualmente tan medido y controlado, completamente desconcertado.
-¿Te gustaría ir a la universidad? ¿Un viaje a Dineylandia? ¿Un crucero por el caribe? –barbotó Edward-. ¿Viajar alrededor del mundo? ¿Probar comidas exóticas? ¿Nadar con los delfines?
Respondí a cada oferta sacudiendo la cabeza, lentamente, de un lado a otro. Algunas de esas cosas eran bastante interesantes, pero el tipo de experiencia humana que yo tenía en mente era otra, completamente distinta.
-¿Qué es, Bella? –me preguntó, rindiéndose, clavando sus hermosos ojos en los míos-. ¿Qué quieres?
Me mordí el labio, dudando cómo decirle exactamente lo que yo quería. Una cosa era pensarlo, y otra muy distinta confesárselo a Edward mirándolo a los ojos, sentada en su regazo, en la cocina de mi casa, y con mi padre en la habitación de al lado.
-Es algo más simple que todo eso –empecé-. Algo mucho más cercano y más fácil de alcanzar. Ni siquiera tenemos que salir de Forks.
Su rostro de pronto se ensombreció, y por un momento temí que lo hubiese adivinado y estuviese a punto de negarse violentamente.
-Bella, por favor, dime que no quieres hacer salto de acantilado –me medio exigió, medio imploró, el rostro pétreo y la voz ronca.
Casi empecé a reír de alivio. Al menos, no estaba negándose… todavía.
-Oh, no. No, no es nada de eso, en serio –lo tranquilicé.
-¿Entonces? ¿Qué es? –preguntó, intrigadísimo.
Me mordí otra vez el labio, y me coloqué un mechón de pelo tras la oreja. Al hacerlo, mi codo tocó el bolsillo de mi costado, y sentí la ligera presión de algo que tenía dentro del bolsillo… ¡Perfecto! Eso me ahorraba una larga explicación.
Esbocé una sonrisa que pretendí que fuese sensual, aunque me sentí más torpe que deseable, y saqué la cajita del bolsillo. La levanté hasta ponerla al nivel de los ojos de Edward, que me miró con confusión antes de caer en la cuenta a qué me refería yo.
-Bella, no puedes estar hablando en serio –me soltó, escandalizado.
-¿Por qué no? En serio, ésa es la única experiencia humana que me interesa de verdad tener. Puedo prescindir de todas las demás, pero no quiero perderme ésta.
-¿Tienes la menor idea de lo que estás pidiendo? –me preguntó en tono ominoso, los ojos entrecerrados.
-Hum, bueno, no exactamente –admití, sonrojándome sin poder evitarlo-. Quiero decir, me dieron la charla y tuvimos clases teóricas en la escuela, pero no es como si tuviese experiencia de primera mano…
Me interrumpí al ver la mezcla de risa y desaprobación que brillaba en los ojos de Edward.
-No me refería a eso exactamente, mi malpensada hermosa humana –aclaró-. Me refería a que… es peligroso.
-Creí que estábamos de acuerdo que el olor de mi sangre, aunque tentador, no es lo suficientemente intenso como para ponerme en peligro –le recordé, ceñuda.
-No es sólo eso, aunque influye. Bella, habitualmente tu delicioso olor no es problema porque estoy concentrado y prestando atención para no lastimarte. Pero… es ese tipo de situación, es casi imposible no perder el control –me explicó Edward, muy serio-. Eso, sin mencionar que no sólo corro riesgos de morderte, sino también de… aplastarte, o romperte algunos huesos…
-Oh, vamos, sé que puedes hacerlo –protesté-. Sé que no vas a morderme ni romperme huesos, no lo harías de un modo consciente y tampoco de un modo no intencional. Sobre lo de aplastarme… -me sonrojé intensamente-… podemos… hay posturas…
-Lo estás considerando en serio –el tono de incredulidad de Edward era algo hiriente.
-Claro que lo digo en serio. ¿Crees que estaría sobrellevando esta vergonzosa conversación de otro modo?
Edward abrió y cerró la boca un par de veces, como si no encontrara qué decir.
-Mira, sólo digo que lo intentemos. Si no sale bien, bueno, esperaremos. Pero… quiero tener esa experiencia humana. No quiero esperar a después de transformarme, porque sólo hay una oportunidad para ser humana, y aún si lo vivo después, ya no será una experiencia humana –expliqué, citando sus mismas palabras-. Quiero tener esa experiencia mientras sea capaz de concentrarme en mí misma, de ser medianamente racional… no deseo tener que esperar años a que mi sed de sangre no me obsesione tanto, a poder volver a pensar con alguna claridad. Quiero… quiero que sea un experiencia humana, la única que en verdad me interesa. Puedo prescindir de todas las demás, pero no de ésta. Es mi única exigencia…
-¿Exigencia? –me interrumpió Edward.
-Sí, exigencia. Como decía, es mi única exigencia, y me aseguraré que la cumplas –acabé, cruzándome de brazos y levantando la barbilla, obstinada.
Negociamos. Oh, cómo negociamos. Él insistió que debíamos casarnos antes, yo insistía en que no era necesario. Yo ya había cedido respecto al matrimonio y consideraba que no tenía por qué ceder de nuevo. Edward consideraba que yo le pedía demasiado y que, a favor de salvar mi alma y lo que quedara de la suya (rodé los ojos. Otra vez el tema de las almas), debíamos casarnos antes de darle un uso a los preservativos, cosa que por otro lado no tenía sentido, ya que los vampiros no pueden engendrar hijos.
Fue una ardua discusión, y mi única satisfacción es que otra vez me salí con la mía, aunque no del modo en que quería. Ugh. Ahora todo dependía de mí, aparentemente. En cuanto yo aceptara casarme, y estuviésemos casados, Edward accedía a tener relaciones sexuales conmigo y a convertirme él mismo luego. ¿Cómo podían las dos cosas que yo más quería depender de una decisión a la que yo le rehuía como a la peste?
.
Comisaría de Forks. Por la mañana del miércoles 22 de mayo de 2006, un día después de la muerte de Mike.
.
Pero el mundo continuaba fuera de mis planes futuros "para convertirme en una eterna condenada", en textuales palabras de Edward, siempre tan optimista él. Todo Forks estaba conmocionado por la muerte de Mike, como no podía ser de otra manera, y el hecho que yo había sido quien lo encontró muerto me ponía, una vez más, en el innegable centro de atención.
Tal como Charlie había prometido, a la mañana siguiente Jasper, Emmett y yo estábamos declarando en la comisaría. Jasper y Emmett declararon todo lo que sabían, en medida de lo posible. Dijeron que habían ido a la tienda a comprar un par de cosas para su próxima acampada, en lugar de a instancias de un llamado de Alice, y que Jasper se asomó a ver si Mike vivía pero notó que no respiraba ni tenía pulso, pero sin mencionar que notó también que el cuerpo ya estaba medio frío y la sangre parcialmente coagulada.
Cuando me tocó hablar a mí, preferí ser sincera. Expliqué sobre las fotos, el chantaje de Mike, mi puñetazo, el Chat, "Bryan", el modo en que había amenazado a Mike, lo asustado que él estaba y el modo en que yo lo había tranquilizado, sobre que habíamos quedado en que yo iría a la tienda a que él me entregara las fotos, y que cuando llegué, él estaba muerto.
Mark y Gus, los ayudantes de Charlie, estaban impresionados con esa explicación y curiosos por las fotos. Desde luego, no les dije que los amigos que salían en ellas eran mis compañeros de equipo del FBI, pero aún sin eso, el caso de las fotos era lo suficientemente extraordinario como para suscitar interés.
Karen y John, los padres de Mike, se habían repuesto lo suficiente como para declarar también, al igual que los compañeros de curso de Mike y algunos de sus amigos más cercanos. Nadie parecía tener demasiada idea de qué había pasado, y mi declaración sobre las fotos era lo único extraordinario del caso, lo único que no apuntaba a un simple accidente, fatal, pero un accidente. Nadie quería creer en el suicidio.
Los padres de Mike estaban destruidos. Él había sido su único hijo, su orgullo, su todo. De la noche a la mañana lo habían perdido, sin una advertencia, sin un aviso. Habían salido esa tarde a comprar stock para la tienda en Olympia, y habían dejado a Mike a cargo por considerarlo lo suficientemente mayor como para manejarse con los clientes, además que era temporada baja y no había ventas importantes. Los dos no podían dejar de culparse por haberse ido, por dejar a su hijo solo. La cuestión de accidente era rara, explicaron, ya que Mike nunca había manifestado interés en las armas, que por otra parte siempre se guardaban bajo llave, descargadas, y de las que sólo se ocupaba John Newton. Mike sabía dónde estaban, dónde estaba la llave, dónde estaban las balas y cómo se cargaban, pero de ahí a tener un accidente de ese tipo…
La escuela permaneció cerrada por duelo. Fue bueno poder refugiarme en casa tras salir de la comisaría en lugar de tener que mezclarme entre un montón de adolescentes morbosamente curiosos, pero sólo era una solución temporal. La escuela reabría al día siguiente. Edward no me dejó sola ni a sol ni a sombra ese día. Estuvo ahí constantemente, lo cual me era un alivio. Estaba aterrada de quedarme sola. También Alice estuvo varias horas, eso ayudó a distraerme, aunque esa noche ni la presencia de Edward pudo evitarme las vívidas pesadillas.
.
Al día siguiente, junto con el cuerpo de Mike listo para el velatorio y el entierro, llegó el informe de los médicos forenses y también la pericia a la escopeta que aparentemente había matado a Mike.
La autopsia determinaba que Mike era, en principio y hasta que los análisis y exámenes más complejos estuviesen listos, un joven sano, que a primera vista no consumía drogas ni padecía enfermedades. La muerte se había producido por el impacto en la masa encefálica de una bala de grueso calibre disparada desde muy cerca, ya que había ligeras quemaduras alrededor de la herida. La bala había ingresado por un costado de la cabeza, del lado izquierdo, un poco por arriba y por delante de la oreja; el orificio de salida estaba al otro lado de la cabeza, en un ángulo aproximado de treinta grados hacia arriba.
Los análisis de la escena del crimen detectaron el casquillo de la bala, y también la bala misma, ya deformada, que había impactado contra la pared tras atravesar a Mike.
Los peritos balísticos determinaron que, en efecto, era con esa arma que se había disparado la bala que había matado a Mike. Los peritos papiloscópicos establecieron que no había huellas dactilares en toda el arma. Ninguna. De modo que, adiós a las teorías del accidente y del suicidio.
Mike había sido asesinado.
.
Cementerio de Forks. Por la tarde del jueves 23 de mayo de 2006, día del entierro de Mike.
.
El entierro fue por la tarde, en medio de una intensa llovizna. Yo no había visitado antes el cementerio de Forks. No tenía, antes de ese día, parientes ni amigos allí, y no me gustaba visitar ese tipo de lugares si no era por una buena razón. Bueno, ahora la tenía. Iba a darle el último adiós a uno de mis primeros amigos en Forks.
Aunque durante el tiempo que medió entre el momento en que encontré a Mike muerto y el instante en que veía su ataúd descender bajo tierra yo había tenido tiempo sobrado para asimilar el hecho que él estaba muerto, no había tenido tiempo de procesarlo emocionalmente ni elaborar el duelo.
Durante el trayecto del cortejo fúnebre al cementerio, silenciosas lágrimas habían empezado a correrme por las mejillas, pero cuando tuve que ver cómo el ataúd descendía bajo tierra, me vino el verdadero bajón emocional y empecé a llorar como una Magdalena. Mike no había sido un amigo muy especial ni íntimo, pero yo le tenía afecto y el episodio de "Bryan" había servido para unirnos en cierta manera. Sentir que yo le había fallado, y tener que asistir a su entierro en lugar de a su graduación era horrible.
John Newton se había descompensado al llegar al cementerio y había tenido que ser hospitalizado, sólo por precaución. Karen había tenido un nuevo ataque de nervios al saber que su hijo no había muerto por un accidente sino asesinado, y al momento del entierro estaba tan repleta de calmantes y sedantes que los médicos desaconsejaron que estuviese siquiera presente. También Jessica había sufrido un ataque de histeria; gritaba entre sollozos convulsos que era su culpa que Mike había muerto porque ella no lo había cuidado mejor, y estaba en cama llorando y negándose a comer. Yo había rodado los ojos ante tanto melodramatismo, ¡como si Jessica le hiciera algún bien a alguien con su despliegue de sufrimiento!
-… y tierra a la tierra, cenizas a las cenizas…
El reverendo Webber, el padre de Ángela, llevaba adelante el sermón con rostro pétreo, aunque la voz se le quebraba a veces. Él había conocido a Mike, como prácticamente todos los demás habitantes de la ciudad, y sufría también, aunque intentara no demostrarlo. Mark, el ayudante de Charlie, sollozaba en silencio. Era tío materno de Mike, y su padrino de bautismo, algo que yo no había sabido hasta entonces.
Me apoyé más contra Edward, que me abrazaba con un brazo solo, preocupado. Alice estaba a mi otro lado, silenciosa y triste. Yo no podía evitarlo, los sollozos escapaban sin cesar de mi boca. Había fallado. Había fallado de proteger a Mike, como antes le había fallado a mi abuela. Era peor con Mike, porque yo ya era una agente en servicio, y hubiese podido protegerlo… y no lo hice.
De pronto lo comprendí. Ésta era la visión de Alice. Yo estaba llorando, Edward estaba a mi lado, Alice al otro, y varios de los presentes me miraban con lástima, pensando sin duda en lo duro que había sido para mí encontrar a mi amigo muerto, que lo había sido, si bien la culpa por no haberlo protegido mejor era mucho peor, aunque eso ellos no lo supieran.
Y de pronto, algo en mí cambió. Al igual que cuando mi abuela había fallecido, transformé el dolor en fuerzas y tomé una decisión. Cazaría a quien le hizo esto a Mike, un buen chico sin ninguna culpa, y lo haría pagar. Cadena perpetua, sin duda. Atraparía al malnacido que había tomado una vida inocente, destruido una familia y herido a toda una comunidad. No me importaba ya poner en peligro mi tapadera ni arriesgarme a ser descubierta. Lo atraparía y lo arrastraría ante la justicia, sea quien fuere, costara lo que me costase dar con él… o ella.
.
.
.
.............................................................................................................................................................................
Un poco dramático el final, lo sé, pero es que la herida está muy fresca. Bella tendrá tiempo de calmarse y empezar a pensar más tranquila y racionalmente.
Es todo por ahora. Como siempre, comentarios, sugerencias, observaciones, preguntas, correcciones, críticas constructivas y aportes de todo tipo son bienvenidos, y ya saben dónde dejarlos. Además, desde luego, que salvo expresa negativa, quien deje un comentario recibirá un avance del capítulo siguiente, en cuanto el avance esté escrito.
¡Gracias por leer!
