Tino Väinämöinen: Suomen Tasalvalta, Republic of Finland.
Y de nuevo. Estoy ciego.
Después de correr y huir todo el día de algunos soldados rusos que irrumpieron en mis bosques, me dejé caer sobre la hierba de un profundo oscuro en el bosque, donde la nieve no estaba llegando. Mi perro fiel como siempre se acostó a mi lado y creí que ese momento sería mi fin.
Tenía demasiada hambre y mi brazo dolía y olía algo mal. Intenté limpiarlo con agua en la mañana de aquel horrible día y quité mucha tierra y sangre seca. Siquiera tenía ya equipaje o algo para coser mi herida. Me plegué sobre mí mismo y decidí no levantarme más. No quería, me dormiría bajo ese árbol y comenzaría a esperar que mi propio invierno se apiadara de mí.
Me entró una pena horrible.
Sentí el viento soplar a través de mi cabello y llegar a mis oídos, susurrándome pensamientos que había olvidado.
Antaño cuando las guerras eran presentes a mis juveniles ojos, nada podía acabar conmigo. No me gustaba la muerte o las heridas terribles, sin embargo, un sentimiento de energía cubría mi cuerpo al ver tanta gente defenderme con el fervor de una tormenta de hielo. Jefes que vi nacer y morir. Mujeres que no las detenían por su condición a empuñar una espada y defender sus casas de los invasores cristianos. Niños soñadores que fueron adultos de bien y ancianos de historias heroicas.
Todos ellos lucharon para que yo ahora cayera bajo un pino que probablemente tenía muchas historias que contar.
Me removí ligeramente e intenté enfocar entre mi oscuridad las ramas. Como no pude, imaginé sus hojas fragantes danzar con la briza cargada de nieve y gotitas pequeñas de agua. Mi amable perro cubrió una de mis manos con su pelaje suave y tibio y lentamente creí visualizar gente observándome desde la altura. No tuve miedo, me sonreían y vestían ropajes que hace mucho no veía. Sostenían frutos fragantes deliciosos y estoy seguro de oler el delicioso sabor de carne asada y la alforja sonaba rítmica a lo lejos. Me levanté y vi mi cuerpo juvenil caminar junto con ellos, hablar de espadas y de que una doncella se casaría pronto. El rio cantaba suave sus gorgoteos incesantes y la frescura del césped bajo mis pies me recordó con claridad las densas nieblas y el sonido de cuernos de guerra atravesar los árboles. Caminé sobre piedras en el rio dando saltos para no mojar mis pies y llegar a la otra orilla. Campamentos y mujeres con sus niños preparaban deliciosas comidas y entre el humo y las risotadas de nuestra gente, estaban mis hermanos. Mathias entrenaba con Berwald y el chocar de sus espadas provocaba sonidos huecos que rimaban con las voces roncas. Emil siempre tras Lukas quien esperaba su turno, y me alegré demasiado al verlos todos juntos. Los ojos de Berwald chocaron con los míos y detuvo enseguida su disimulada pelea. Su rostro iracundo me borró mi sonrisa y él desapareció tras las tiendas dejando solo ver su cabellera larga tras su espalda. Mathias se encogió de hombros y comenzó a luchar contra Lukas.
Berwald…
Fue terrible cuando me di cuenta que me había quedado dormido muy cerca de un par de personas. Me levanté tan rápido que llegué a marearme, cosa terrible porque no había recuperado mi vista. Había percatado de ello cuando me dormí, pero ahora mismo no era importante. Sólo era importante mantenerme seguro. Tomé mis escasas pertenencias y busqué dentro de mi temporal oscuridad, las balas. Pensé en cargar la pistola sin embargo algo me decía que no era necesario desperdiciar tales proyectiles: a pesar de todo, permanecía en cierta calma. De las dos escopetas pesadas que llevaba sobre mi ya terriblemente adolorida espalda, decidí cargar la de caza, con perdigones que me sobraban. Escuché con mi agudizado sentido auditivo que esas personas comenzaban a moverse: no sabía que tan lejos estaban de mí, pero estaban lo suficientemente cerca como para escuchar cómo se removían al interior de una tienda. De vez en cuando, dejaba de oírlos.
Lo mejor que podía hacer era levantarme de aquel lugar y ponerme en guardia. Quizás solo eran cazadores, les dejaría en claro que tendrían que desviar sus caminos. Me llevó un largo momento colocarme de pie y caminar sin meter mucho estruendo. El hambre me acechaba terriblemente y al no ver absolutamente nada, mis oídos no captaban el sonido sordo de los árboles con los que chocaba de vez en cuando. Por un tiempo que no pude estimar, perdí aquellas personas y supuse que ya se habían alejado suficiente. Me relajé y decidí tomar algo de agua, aunque luego me hiciera mal.
Fue cuando escuché ya muy cerca de mí, susurros y una voz muy grave. Me quedé estático y con caricias calmé mi perro a mi lado, el cual ya estaba inquieto. Intenté ubicarme espacialmente a medida que traía adelante la escopeta y acariciaba el gatillo con temor. Una vez ubiqué las voces apunté mi arma y lamentablemente, tropecé con una roca muy grande y caí estrepitosamente al suelo.
El miedo me invadió y sólo disparé en dirección a las voces. Enseguida me respondieron con un disparo de un arma obviamente más imponente que la mía y respondí enseguida. Entre el miedo que ya estaba acostumbrando a sentir, algo se instauró en mi pecho. Mis latidos comenzaron a hacerse presente muy molestos en mis oídos, impidiéndome escuchar con claridad mi ambiente.
Una pequeña tregua dio a mis oídos algo de tranquilidad.
―Estamos libres de armas, cálmate.
Esa voz irrumpió entre los árboles y sólo di media vuelta. Esa voz, maldita sea, mi mente me estaba engañando.
Comencé a alejarme en dirección opuesta después de disparar nuevamente para ahuyentarlos de mí. Prefería esconderme, ya que obviamente lo que decía no era cierto; tenían un arma. Mi mente era muy cruel conmigo mismo. Rápidamente tomé ventaja sobre ellos y nuevamente aquella voz que hería completamente mi calma irrumpió en el silencio abismal del bosque.
― ¿Tin..?
Por precaución disparé. Escuché un alarido de sufrimiento y un vuelco en el estómago me hizo detenerme y caer de rodillas a vomitar el agua que recién había tomado.
Ese desgarrado grito de dolor me recordó mi sueño, me recordó las guerras de antes.
Me recordó a Lukas.
Quería dejar de retorcerme en espasmos por mi estómago adolorido y vacío e intentar regresar: quizás era terriblemente arriesgado y sólo mi mente me estaba jugando una espantosa broma, pero una de esas personas había sido herida por mis balas.
¿Y si era Lukas?
¿Qué hacía Lukas aquí? ¿Le había hablado a Berwald?
Una vez que pude calmar mis ganas de vaciar el estómago, me senté en el suelo y tomé la escopeta para descargarla de balas, ya que era arriesgado sin poder ver, quitarle los pistones. Disparé hacia el cielo unas dos veces más y me apoyé contra un árbol. Abracé el cañón de mi escopeta y derramé un par de lágrimas.
No podía ser mi hermano; creo que Lukas sería el último en buscarme.
Ya no vinieron por mí.
Lentamente mis ojos amanecieron junto con la mañana. En un principio sólo observaba manchas de luz y paulatinamente, las formas de los árboles tomaron colores acuarelados hasta finalmente darme una visión borrosa de un bosque triste algo marchito, bajo el manto níveo de una noche helada que cedía con parsimoniosa calma, una lluvia nostálgica. Mi fiel perro dormía a mi lado; estaba en los huesos y probablemente por no dejarme solo, dejaba algo de lado sus instintos de sobrevivencia. No quería moverme; observé mis botas y estaban muy rotas, mis ropas sucias y ensangrentadas. Mis manos estaban muy dañadas y mi piel blanca estaba cubierta entre suciedad y sangre seca. Hice el ademán de levantarme y a duras penas lo conseguí; iría tras aquellas personas sólo por mera curiosidad, probablemente cuando diera con ellas (si es que lo lograba), me encontraría con desconocidos frente a mis ojos. Removí con el pie delicadamente a mi perro y este no contestó. Lo hice nuevamente obteniendo la misma respuesta.
Ya no lo hice más, comprendí perfectamente que ahora estaba solo. Completamente solo.
Ya ni ganas me quedaban de llorar.
Lo que más lamento de todo esto, es que no tuve tiempo suficiente para disfrutar lo que tuve toda mi vida a mi lado. Siento que desperdicié tiempo valioso de mi pasado en idioteces, y cuando por fin abrí los ojos, se me arrebató absolutamente todo de mis manos.
Caminé unos metros para arrancar un par de lirios de invierno y dejarlos sobre mi difunto amigo, quién probablemente lucía su glorioso pelaje en el paraíso. Me alejé de aquel lugar con el alma abandonada a mi destino, dando tumbos terribles y cayendo de vez en cuando, regresando hacia donde recordaba haber disparado a aquellas personas. Quería correr, pero mis piernas no respondían. Intenté gritar y ya nada resultaba.
Uno, dos, tres árboles; creo que anoche choqué con este…
Ya daba igual si me sentenciaba buscando aquellas personas, las esperanzas me fallaron hace mucho.
De un paso en falso que di, tropecé terriblemente con la raíz de un árbol y caí tras varios tumbos, al rio que emanaba un par de piedras más abajo del gigante de madera. Caí a las pocas profundas aguas y ahí no me importó absolutamente nada; ni que mojara las balas, ni que se llenara de agua los cañones de la escopeta ni que de mi cabeza brotaba un hilito de sangre.
De verdad lo lamento, lamento mucho no haber reído más aún con Emil, o bromear con Mathias, escuchar las historias extrañas de Lukas o visitar a Eduar. Lamento mucho no decirle a Berwald cuando jóvenes, que lo admiraba mucho, que lo idolatraba y buscaba ser tan fuerte como él.
Lamento no haberle dicho el último día que observé sus ojos, que lo amaba.
