Saludos, lectores.
Luego de un rato sin actualizar esta historia y de haber iniciado con un intento de humor el fin de semana, tengo para ustedes un nuevo capítulo y una víctima diferente.
SakuraK Li: gracias por leer, amiga, fui mala pero en un sentido diferente, dejando al pobre caballero contra el polvo y sin ganas de volver a la batalla… Eso es crueldad, muajajajaj, pero en este capítulo habrá sangre y tortura para beneplácito de tu psicópata interior, espero te guste.
Tot12: muchas gracias por seguir esta cruel historia, amiga, Ilias aún estaba en el mundo, pero no alcanzó a ver que su hermanito huía. La derrota… No sé, sabe horrenda y a veces te empiezas a acostumbrar, sientes que la mereces porque no tenías ningún derecho a tener una aspiración, una esperanza. Es aborrecible pero se me hace que por desgracia, es lo que la mayor parte de quienes intentan algo la obtienen. Ya me desvié; espero que te agrade este nuevo capítulo, con una víctima diferente.
Derama17: muchísimas gracias por leer y comentar, amiga. Decisiones, así es; el pobre Sísifo sintió que era demasiado el peso que lo dejó contra el suelo y eligió no pararse, huir del Santuario, resignarse. Luego de mi última derrota, no sé si resignarme, creo que será lo mejor, o elegir una ruta alterna, seguir pero sin esperanza alguna, como tentaleando, y resignada a que será una derrota tras otra tras otra, y si hay alguna victoria me alegraré, el chiste es que no vuelva a quedar contra el suelo otra vez. Será difícil… Jajajajaj, también me proyecté, necesito como diez litros de helado de chocolate… Habría que escribir algo las dos, muajajajaja (por cierto, pásense por el fic Pesadilla de esta autora si quieren reírse mucho, mucho, mucho, es genial ese "cardumen de inútiles" que son los guerreros de Poseidón, jajajajajajajaj)
Liluel Azul (y caballeros que la acompañan): gracias por ir leyendo. Pobre Regulus, le dieron una paliza, lo bueno es que Shunny está cuidándolo. El dulce Andrómeda tiene razón, si me presento en la ventanilla de quejas no nada más Ikki va a matarme; están tras de mí Mascarita, Alba, Ilias y un largo etcétera, y no sería bueno para mi salud recibir sus pliegos petitorios. Espero sigas asomándote al resto de los capítulos, de nuevo muchas gracias.
Lectores silenciosos, de nuevo muchas gracias. Mel-Gothic de Cáncer, InatZiggy-Stardust, Geminisnocris, las extraño muchísimo por estos lares.
Si me lo permiten, quiero dedicarme estos capítulos a mí misma. ¿La razón?, adoré ver a este personaje sentadito con un enorme libro entre las manos. Degel, sí, él es mi próxima víctima, y ama los libros tanto como yo, creo que las páginas van convirtiéndose en el único lugar respirable en este fastidioso rincón de universo que llamamos Tierra. Los hermosos libros son casi lo único que me entusiasma, y bueno, espero no perderles el gusto, porque siempre me puedo escapar con ellos y olvidarme de todo… Argh, siento la depre que me acompaña a donde voy, no hay remedio. De nuevo muchas gracias.
Copyright a Shiori Teshiroji por su intelectual y lindo personaje. Bien, ya pueden pasar por su rebanada de tragedia; está condimentada con una pizca de tortura inquisitorial.
21.- 1750, agosto 4, Degel, celda de castigo
Todavía retumban en los oídos del nuevo jefe de escuadrón las frases roncas de uno de los inquisidores. Tú, azótala. ¿Qué esperas para hacerlo?, se te dio una orden. Así que no obedeces. Bien; llévenlo a la celda de castigo. ¿Por qué no lo hizo? El celador de veintidós años sigue preguntándoselo. Era una prisionera como tantas, como otros. Degel ya había aferrado un látigo, cuerpos inmovilizados a fuerza de grilletes habían exhibido largas heridas por causa suya, por su mano. Entonces, ¿por qué con esa joven fue diferente?
El muchacho se revuelve en el último camastro de una habitación para diez celadores. Da vuelta, se apoya sobre un brazo para al final tumbarse boca abajo. Un respingo; aún lo laceran las heridas de su espalda.
–Esa muchacha…
El susurro hace de la joven de aquella celda una figura más definida. No lo supo, pues no se atrevió a mirarla de frente, pero seguro su rostro estaba bañado en llanto. Seguro se le notaba el miedo.
–…era casi una niña–, dice, aguanta una punzada de dolor.
Sabe cómo terminó, sin importar su juventud. Acabó como terminan siempre todos en cada una de las celdas. Y le da pena, no puede evitarlo. A su pesar, todavía siente pena por esa joven, por la indefensión de su cuerpo semidesnudo y pendiente de los grilletes, sin oportunidad de huir.
Tal vez haya sido porque hasta ahora nunca azotó a una mujer. En Francia, en su corta estancia en Grecia, fueron todos hombres. Dónde compraste esa Biblia en lengua vulgar, esa obra de filosofía, tan blasfema, quién atiende ese mugroso agujero de ratas, te atreviste a leer ya, preguntó, para después amenazar al prisionero con tantos azotes como fueran necesarios para obligarlo a hablar. Y después golpeó. Sin pausa, sin miramientos ni cargos de conciencia, pues para Degel eran todos y cada uno de la misma calaña. El mismo desperdicio de los dioses, o de la naturaleza, pensó el muchacho delante de rostros deformes a causa de una espalda abierta a latigazos, delante de súplicas e intentos de soborno que no tuvieron otra respuesta sino la de un restallar más violento.
Pero ella. Ella parecía ser otra. Quizá perteneciente a la misma raza de aquel extraño en Grecia, esa sombra con una especie de sayal sobre los hombros que se disculpó al chocar con él. Tal vez. O a lo mejor está equivocado y los dos, como la casi totalidad de los seres humanos, son una escoria.
–¿Cómo es posible que siga protegiéndolos?
Igual que cada día, Degel piensa en Krest, su maestro. El caballero dorado de Acuario todavía está a cargo del décimo primer templo, o eso quiere creer. El muchacho sonríe; quien recibiera de vuelta una armadura ya legada se habría compadecido de la prisionera, la habría liberado aun a riesgo de su vida.
–Ella…
El nuevo jefe de escuadrón no puede evitarlo. Se incorpora, se viste con el uniforme de los familiares y sale de la habitación. Aguanta una queja en el pasillo, aprieta el paso. ¿Por qué quiere verla, por qué quiere asegurarse de que no la hayan lastimado demasiado? No sabe, sólo camina en dirección a las mazmorras con la mirada al frente y los puños apretados, sudorosos.
¿Cuál de todas será? Los calabozos parecen el mismo, la misma oscuridad, el mismo cielo raso cubierto de cadenas y grilletes, los mismos lamentos al interior, como gusanos en un agujero, por agua, por frío, por la tortura, por los recuerdos de una vida en libertad. Son uno; Degel podría confundirse.
De pronto, en una celda un poco más iluminada gracias a la cercanía de una tea, se escuchan sonidos que la distinguen como el encierro de la joven. Me gustaría saber qué tiene una bruja entre las piernas, alcanza a oír Degel, sí, me gustaría saber qué se siente estar con una bruja. El antiguo aprendiz de Acuario abre de par en par los ojos, sonrojado, mientras esa voz agrega un "hermosa, bien dice el teólogo que el demonio seduce con la belleza, tú, no vayas a soltarle las manos, y tú, sepárale los pies cuanto puedas". Y entonces no puede evitar acercarse, asomarse a una puerta hecha con barrotes llenos de óxido. Sí, es ella, es la joven de antes, son sus cabellos largos, trenzados a medias, y el jefe de escuadrón la observa con detenimiento, como si de su desnudez emanara alguna fuerza de tipo gravitacional.
Con la prisionera hay tres sombras; dos se encargan de inmovilizarla y una está inclinada encima de ella y le hunde una mano entre los muslos. Degel no parece capaz ni de apartar la vista ni de moverse. Un súbito deseo le empieza a correr por la entrepierna.
–¿Qué miras?–, lo interrumpe la sombra que sostiene, separados, los tobillos de la joven. Degel guarda silencio, observa cómo el pecho de ella se agita cada vez más, observa su talle, sus ropas revueltas en torno a sus caderas, sus párpados apretados.
–Anda, vete–, insiste otra voz, aunque parece la misma. –¿Quieres que te castiguen otro día?
Un día más encerrado, piensa el celador. No, no quiere. Y esta última advertencia, al fin, lo hace parpadear un poco y alejarse varios pasos de la reja. Por favor…, alcanza a escuchar de la prisionera, dos palabras flotando sobre una respiración entrecortada. Quizá se dirija a las sombras que se disponen a poseerla. Quizá no vale la pena ir de nuevo a la última celda por causa de ella, de ella que forma parte de la podredumbre que infecta las aguas y las tierras: los hombres. No, lo decide mientras comienza a desandar la ruta que dibujara por los pasillos, mientras vuelve al dormitorio de los celadores. No lo vale ahora y antes tampoco lo valió.
Con la voz llena de jadeos de la prisionera todavía en el recuerdo, Degel vuelve a tumbarse boca abajo sobre el camastro. Le arde la espalda y ahora está molesto consigo mismo, ¿por qué no obedeció la orden que le dieron?, ¿por qué demonios no la azotó? Se habría ahorrado los grilletes, la burla, las horas aguantando el sueño y el hambre y el fuego como un dibujo circular en el cuerpo, plantado en mitad de su espalda por el enojo de alguien, por su frustración.
No lo olvidará, de eso está seguro, ni eso ni los martillazos que lo metieron en semejante problema. Así que no obedeces, bien; llévenlo a la celda de castigo, sólo eso bastó para que dos custodios entraran y lo condujeran a la celda designada para que el personal del tribunal pague por su indisciplina. Más de una vez el propio Degel había llevado a integrantes de su escuadrón arrestados por ebriedad, por hablar de más en medio de una investigación, por retardos y ausencias. Y ahora llegaba su turno.
Los celadores, sujetándolo por los hombros, avanzaron a lo largo del corredor como si les pesaran los pasos, como si quisieran hacer notorio que el nuevo jefe de escuadrón estaría arrestado las próximas veinticuatro horas. Degel no se dio cuenta; pensando todavía en la joven prisionera, en lo pequeña que se veía delante de la mesa presidida por el escribano, el jurista y el inquisidor, pensando en su indefensión, más evidente por la estatura de los dos hombres que la llevaron hasta esa cámara de tortura, no reaccionó hasta que sus custodios le pusieron los grilletes y descubrieron su espalda.
–Cortesía de Carlo–, dijo uno de los hombres antes de dejarlo solo.
El antiguo aprendiz de Krest se revolvió entre las cadenas, tratando de liberarse. Fue imposible. Si contara con mi cosmos, pensó; luego llegó Carlo.
–Degel–, siseó el hombre sin acercarse, caminando hacia la esquina izquierda de la celda, donde ardía una pequeña fogata que conservaba al rojo vivo más de un atizador metálico.
El prisionero se mantuvo en silencio, apretando las cadenas que ceñían sus muñecas. Apretando los dientes. Desde sus ojos cerrados oyó el rumor que hacía Carlo al caminar, las chispas de esa hoguera, saltando, el sonido de los atizadores al chocar unos contra otros mientras los manipulaban y reacomodaban.
–Así que el flamante nuevo jefe de escuadrón ha caído en este agujero al fin, ¿eh?, así que después de todo no es tan perfecto, ni tan fuerte, ni tan adecuado…
Carlo masticó las palabras desde su lejanía, reprochándole a Degel su nombramiento. A mí me correspondía ese puesto antes de que tú llegaras, agregó arrastrando los pies, casi en un susurro. Cuando Degel iba a contestar que él no tenía nada que ver, que ese no era asunto suyo, el hombre lo golpeó en las costillas con el puño cerrado.
–Ahora mismo me las vas a pagar –amenazó. Luego de unos instantes, en los que reinara sólo el murmullo de sus pasos, llegó un ardor que obligó a Degel a aferrar los grilletes y a gritar con toda la fuerza de su garganta.
El francés volteó apenas, la mirada borrosa y un lamento contenido. Como una premonición, vio a Carlo sosteniendo uno de los atizadores. En la punta al rojo vivo estaba soldada una pieza circular, pieza que el verdugo había apoyado apenas sobre la piel de su víctima. Todavía no acabo contigo, susurró Carlo mientras regresaba a la hoguera y colocaba el atizador en su sitio para elegir otro, esta vez con una pieza larga en uno de sus extremos. Degel tragó un bocado espinoso de saliva.
–Era mío ese puesto, ¿entiendes?–, reclamó el italiano y al mismo tiempo apoyó el atizador en la espalda de su prisionero, justo sobre la herida anterior.
Degel sintió como si un lengüetazo de fuego se prolongara a lo largo de cada una de sus vértebras. Gritó, un lamento mucho más largo que el anterior, y por un momento se creyó capaz de deshacer los eslabones de ambas cadenas con la sola presión de sus dedos. Mordiéndose los labios, con un hilo de saliva y sangre escurriendo de la comisura, sintió como si fuera una acción solitaria la que marcaba su espalda a punta de hierros al rojo. Y es que no hubo diferencia, las tres ocasiones en que Carlo repitió la tortura prolongaron el dolor hasta borrar sus fronteras, hasta llegar a un punto en el que el francés dejó de lamentarse y volvió a Bluegard, a la compañía de su maestro, y se imaginó siguiendo aquellas enseñanzas donde el mayor le explicaba el principio de las bajas temperaturas.
A Carlo le hubiera gustado escucharme suplicar, pensó después Degel, ya consciente, inmerso aún en el ardor de su piel abierta y cauterizada a un tiempo, ignorante de las horas transcurridas desde que el jurista ordenara encerrarlo. Pero seguro el celador había quedado conforme al verlo colgar de los grilletes al igual que tantos prisioneros, agotado por la tortura, y sonrió con una sonrisa abierta mientras él gritaba y el chirriar de su cuerpo quemado llenaba la celda, sonrisa que se repetiría cuando, junto con otro hombre, el propio Carlo llegó a liberarlo.
Para entonces las ropas de Degel cubrían otra vez su espalda. Así el celador que abrió los grilletes no se dio cuenta de las quemaduras, y atribuyó el cansancio del francés a las horas transcurridas en la misma posición.
–Deberías aprender a seguir órdenes, no por ser jefe de escuadrón estás exento de hacerlo–, dijo Carlo, apoyando una mano en la espalda baja del prisionero, y Degel contuvo la respiración para no volver a gritar; no le daría esa satisfacción al italiano.
–Vamos–, susurró apenas el acompañante del verdugo de Degel quien, sumido en el ardor de sus heridas, abandonó con lentitud la celda y fue a tumbarse boca abajo en el camastro del dormitorio, como ahora lo está.
El dolor sigue siendo el mismo pese a los dos días, pese al descanso consecuencia de una repentina escasez de misiones. En tal quietud, sin querer, Degel recuerda a otra muchacha torturada. Fue hace tanto, o eso le parece, ¿qué habrá sido de ella?, se pregunta, el rostro inmerso en el hueco de sus brazos, antes de fruncir el entrecejo, rodeado por un nuevo ramalazo de ardor.
…Continúa…
Tengo un rehén; si continúas con esto, sufrirá las consecuencias, amenaza el caballero a la autora. Ella le pide que no haga nada, que recuerde que sólo es ficción, que es literatura. ¿Literatura?, pregunta el guardián de Acuario, ¡já, escribidora de sexta!, ¿y entonces por qué te quejas de tanta derrota? ¿No será que tus desvaríos no tienen ni pizca de arte? La autora no sabe qué decir, sólo aprieta los puños…
(Si quieren saber más acerca del rehén, pueden leer en mi perfil, ¡mugroso ratón de biblioteca! ¡Gracias!, se escucha a lo lejos; creo que lo tomó como un halago; bueno yo también lo haría).
P.D. Se inician las apuestas, lectores, ¿quién creen que es la prisionera a la que va a ver Degel?
