.
Capítulo XIX:
"Nihon"
(Japón)
Puerto de Osaka, Japón, 1868
Cuando al fin aquella larga travesía terminó y sus pies volvieron a tocar tierra luego de un muy largo viaje de meses (1), Giotto y G tenían expresiones muy diferentes reflejadas en sus rostros: Mientras que el pelirrojo parecía estar a un colapso nervioso, con un tic en el ojo y visibles ojeras, Giotto estaba reluciente y alegre, su cara brillaba de emoción pura e incluso bajó del navío de un salto.
No sé podía culpar a G de carecer de aquel entusiasmo que Giotto tenía. En primera, él había cedido a realizar el viaje sólo por el rubio, con muchas veces de arrepentimiento cuando, en el largo trayecto, se mareaba debido al bambolear del barco o simplemente no podía dormir cómodamente por lo mismo. En segunda, ¿quién le podía reprochar el extrañar tocar tierra? ¿Cómo demonios le hacían los marineros o los militares de la marina para soportar estar casi todo el tiempo en el océano? G no lo había disfrutado, cabe decir, y pensó con total resolución que aquella gente debería de estar demente para hacer eso.
- ¡Mira, G! - exclamó Giotto, emocionado - Es justo como nos dijeron, ¡todo se ve tan diferente!
Ambos estaban acostumbrados a observar la vista de un puerto, después de todo, Palermo era una ciudad mercante cuya mayoría de ganancias se debía al hecho de que poseía un puerto para el intercambio de bienes. Sin embargo, el horizonte que se les presentaba no tenía punto de comparación -quizá lo único en común eran los barcos- con lo que presenciaban usualmente en Sicilia.
La estructura de los edificios que se lograban vislumbrar variaba considerablemente al de su tierra natal. Mientras que en Italia abundaba el estilo lleno de adornos, colores cálidos, cúpulas en lo alto y elaboraciones de mármol; ahí, lo que se veía era un estilo sencillo, con techos en forma de punta y colores cuyo espectro no variaba más que de un café, un gris y a lo mucho un rojo, con la mayor parte hecha de roca o madera. Las personas que caminaban eran totalmente diferentes, y no se refería sólo a las características físicas o el lenguaje, sino a la forma de comportarse, los gestos y las maneras. ¡Ya ni mencionar la ropa! En Europa era normal ver a los hombres de traje o pantalón y a las mujeres con vestido, ahí... ¿Qué era aquello que lucían? Se veían distintos, con más capas de tela y algo más holgado que el estilo occidental, y aunque se podía diferenciar algunos detalles sobre lo que usaban los hombres de las mujeres, para unos ojos acostumbrados al gran contraste en vestimenta occidental, se notaban casi idénticos.
Eso sí, Giotto descubrió que al igual que en el continente, las prendas de los mujeres se veían más llamativas, sutiles y delicadas. ¿Por qué será que la ropa femenina siempre era más linda que la masculina?
- Es... - G se detuvo, pensando en alguna palabra que pudiera definir lo que sus ojos veían - curioso... - finalizó - Incluso el idioma. ¿Lo escuchas? Estaba consciente de que las lenguas de este lado del mundo eran diferentes, pero no creí que tanto...
- Su alfabeto es diferente igual, ¿no? - Giotto recordó lo que Dumas le había comentado - Y creo que tenían tres.
- Tres alfabetos - G suspiró - A esta gente le gusta complicarse la vida. (2)
Durante su largo viaje en el barco, ambos se dedicaron a tratar de aprender un poco del país al que iban, al menos para no estar totalmente perdidos. En ese lapso, aprendieron el cómo identificar a gente de distintos puestos (o bien, como se diría a lo occidental, "clases sociales") a partir de su ropa, que era lo que comían (a lo cual G parpadeó varías veces seguidas mientras pensaba como demonios ingerían pescado crudo) y la forma en la que escribían (lo último, de nuevo, acompañado de una exclamación de G diciendo que eso más que escritura parecían garabatos). Bien hubiera sido mejor el aprender directamente el idioma, pero había un problema esencial: Que nadie lo sabía. Aquellos que hablaban japonés eran muy pocos y todos ellos eran agentes extranjeros, ya sea políticos o comerciantes que no tenían nada que ver con la pequeña embarcación, totalmente improvisada, en la que iban. Así que tendrían que arreglárselas por su cuenta en un país donde todo se hacía diferente y no sabían cómo comunicarse. La única parte buena era que había franceses, ingleses y uno que otro estadounidense viviendo ahí con los cuales se podrían entender usando el básico de su lenguaje; no estaban totalmente a la deriva.
Antes de adentrarse totalmente en los caminos y las rutas que se mostraban, Giotto y G observaron, lo más atento y perspicaz posible, sus alrededores; la forma en la que las personas hablaban entre ellas, su lenguaje corporal, sus gestos. Era algo con lo que viviendo en constante lucha y riesgos se habían acostumbrado a hacer, ya sea bueno o malo. Así, fue como ambos se percataron de algo que les incomodó de forma inmediata: la actitud de los habitantes hacía los extranjeros.
- G - Giotto lo llamó - ¿Lo notas?
El pelirrojo asintió, su semblante severo y sus ojos escrutando con profundidad cada situación y figura que veía.
- Sería imposible no hacerlo - contestó - Los miran como si quisieran cortarlos a la mitad, aunque ni siquiera los conozcan.
- Es como nos comentaron - prosiguió Giotto - Tienen hostilidad.
- Hostilidad en contra de los que no son de aquí - especificó G antes de soltar un pesado suspiro - ¿En qué nos hemos metido ahora?
Antes de que Giotto pudiera contestar, un grito femenino proveniente de un puesto cerca de ellos hizo que voltearan de inmediato.
- ¿Qué está pasando?
- No se logra ver bien - G chasqueó la lengua - la gente se empieza a aglomerar. Lo mejor es... - cuando el pelirrojo volteó para hablar con su amigo, ya era algo tarde, pues Giotto ya se había ido corriendo hacía la escena del conflicto. Lo único que pudo ver G antes de que su típico tic en el ojo apareciera, fue la silueta del rubio que se perdía entre el mar de gente que se juntaba adelante - ¡Giotto, maldita sea!
La gente no hacía nada, no intentaba intervenir, ¿por qué? La respuesta a esa pregunta dependía de dos razones, dos razones que Giotto tuvo muy en cuenta a la hora de observar durante unos segundos, la escena.
Dos personas estaban encarando a un grupo de hombres. El par destacaba entre la multitud que se estaba empezando a formar debido a sus rasgos y ropajes. No eran de ahí, era claro. Extranjeros. Un hombre y una mujer; el hombre yacía de rodillas, con las manos hacia arriba y mirando, con claro pánico en los ojos hacia su agresor. Detrás de él, una mujer - seguramente la que había gritado- temblaba de pies a cabeza, aterrorizada por el filo de la espada que relucía muy cerca. Si prestaba atención, Giotto incluso podía reconocer un acento francés en los lloriqueos de la aterrorizada dama.
El grupo, debido a su manera de vestir, los pudo reconocer como parte de una clase alta: samuráis. Aquellas personas que eran los guerreros de los señores de las tierras, los danmyo. Era uno de ellos quien había sacado su espada - Giotto recordó, con una especie de claridad, que no eran espadas como tal. Eran katanas -, la alzó en contra de la pareja y la tenía a escasos centímetros de ellos, amenazante.
Giotto frunció el ceño y apretó los dientes. Estaba consciente de que los llamados samurái tenían privilegios sobre los demás; pero aquello era excederse.
- Bárbaros extranjeros - escupió el hombre en su idioma natal - No deberían si quiera contaminar está tierra con su respiración.
La pareja que de forma obvia no entendía ni una palabra de lo que decían, no supo que hacer y se quedó estática. El miedo los recorría, fuerte como un caudal liberado, y es que sin importar el país en el que uno se encuentre, siempre es bien sabido que lo filoso corta y puede matar.
El samurái les sonrió, una falsa noción de afabilidad que les mostraba, casi como si fuera su amigo.
- Adiós.
De un rápido movimiento, la katana se deslizó por el aire, apuntando hacía el cuello del pobre hombre. La mujer volvió a gritar de espanto mientras cerraba los ojos, esperando escuchar el sonido de la carne siendo cortada seguido del eco de un cuerpo sin vida cayendo al suelo. Se quedó ahí, pasmada y sin esperanza; sin embargo, lo que escuchó no fue nada de eso, lo que se oía eran varias voces que exclamaban con sorpresa e indignidad.
- Ils vont bien? (3) - el suave sonido de su idioma que llegó a sus oídos la tranquilizó, haciendo que su respiración se empezará a normalizar así como el desbocado palpitar de su corazón.
- Oui - contestó su pareja entre tartamudeos.
Eso fue suficiente para que se animara a abrir los ojos nuevamente. La escena también la impactó a ella, casi tanto como lo había hecho con el samurái atacante, cuyo rostro reflejaba un shock abismal.
- ¿Cómo es posible?... - susurró el japonés.
- Sepira tenía razón - rió de forma casi triste - Apenas llego y ya la estoy utilizando.
Momentos antes, en un sólo parpadeó, antes de que el arma llegara a su víctima, Giotto logró detener el ataque. Aventó al hombre hacía atrás y, de una rápida acción, se cubrió con la capa que Sepira le había dado, que chocó contra la katana protegiendo a su dueño sin recibir un solo rasguño. La prenda era tan resistente como el metal y tan ligera como una pluma, digna de ser un objeto que Sepira portaba. Giotto incluso se arrepintió de no haberle preguntado de qué material estaba a hecha.
Para su buena suerte, el rubio guardaba la capa en su pequeña mochila que cargaba cuando bajó del barco. Ahora su mochila yacía tirada en el suelo a unos metros de él y la capa afuera, brindándole protección.
Cómo casi todo lo que hacía en esas ocasiones, Giotto simplemente había actuado sin pensar mucho, por lo que cuando los samurái empezaron a hablar de nuevo, con miradas de odio dirigidas hacia él, no supo que hacer. No entendía el idioma y sabía, cuál aterrorizante verdad, que su acto equivalía a muerte segura a ojos de las costumbres del país.
Cuando todos los demás guerreros desenvainaron sus espadas, Giotto cubrió con su figura a la pobre pareja mientras se ponía en posición defensiva.
Un samurái avanzó hacia él, y aunque el rubio pudo detener el ataque utilizando nuevamente la capa, otro se acercó y estuvo a nada de herirle si no fuera porque el eco ensordecedor de una pistola disparando cruzó el aire. Aunque ningún cuerpo cayó al suelo y nadie resultó herido, la acción generada fue unánime: El tumulto de gente se destruyó, pues asustados, la mayoría salió huyendo.
El par de extranjeros fueron los primeros en voltear hacia la dirección de donde venía el sonido, siendo seguidos por Giotto y los samuráis. Los primeros reconocieron el estruendo del disparo y lo recibieron como algo valioso que les recordó a casa, una esperanza en forma de arma. Los samurái también reconocieron el ruido, pero ellos miraron con fastidio, perspicacia e ira; odiaban las armas y estrategias extranjeras, pues a su punto de vista, no relucían más que la cobardía con la que los de occidente vivían.
- Listen, morons - la esbelta figura de G, sosteniendo el cañón de la pistola hacia el cielo, habló - Stop this. And don't look me like this, all of you must understand me. After all, England has claws here. (4)
Y para su deshonor e incremento de rabia, vaya que le entendían. No por nada pertenecían a uno de los clanes que, más obligados que por propia voluntad, tuvieron que hacer una alianza con el mencionado país para que les brindara la ayuda necesaria para poder combatir a su enemigo. (5)
Viendo que la advertencia fue ignorada, G dirigió la pistola hacía enfrente, tensó el dedo en el gatillo y miró con serenidad y frialdad a sus adversarios. No era la primera vez que disparaba y no sería la última, ¿cuál era la diferencia entre hacerlo en un país u otro?
La tensión se sentía en el aire, tan fuerte y pesada que hasta respirar se dificultaba. Ninguno de los bandos movía un músculo, esperando que el contrario hiciera el primer movimiento; por eso, cuando Giotto vio la media sonrisa que apareció en el líder de aquella especie de banda, su instinto le gritó que algo iba mal.
- G, ¡detrás de ti! - llamó a su compañero cuando notó la trampa.
Otra persona atacó por atrás. G, reaccionando a la llamada, volteó sólo para alcanzar a ver la espada alzarse en su contra a escasos centímetros de él. ¿Cómo es que no había detectado otra presencia tan cerca? De mala gana, en esos momentos, tuvo que admitir que la fama de expertos guerreros que tenían los de esa tierra era bien merecida. El pelirrojo se preparó para el dolor y la herida que venía, pero lo que sucedió fue otra sorpresa: El sonido del acero chocando con el acero, una katana que detuvo a la otra sin un ápice de debilidad y a centímetros de su figura, y otra nueva presencia en el campo de batalla.
- ¡Tú! - exclamó el líder de la banda - Perro de Satsuma.
- Di lo que quieras - respondió con indiferencia la nueva persona - ¿Qué significa esto? Sabes que estás acciones están en contra del acuerdo que realizamos.
- Son franceses, no ingleses. No cuenta.
- Cuenta - contestó con avidez - Ningún extranjero puede ser lastimado. La condición fue clara.
- Sin embargo…
- Vasallo de Chosu - la voz se elevó, y el aura que desprendió hizo que todos los presentes sintieran la latente amenaza - Una palabra más de este tema y cumpliré con el deber que tengo, ¿queda claro?
Los samurái retrocedieron.
Tanto Giotto como G miraban asombrados. No entendían el intercambio de palabras, pero era claro que se trataba de una reprimenda: alguien superior que se mostraba contra alguien inferior; y la gran sorpresa recaía en que aquella persona que se acababa de mostrar tan frío y seguro de sí, lucia de su misma edad. Era un adolescente, como ellos. ¿Cuántos años pudiera tener? ¿Quince, quizás? Y aun así, parecía más fuerte y experimentado que cualquiera de los adultos.
- Váyanse - sentenció el joven. Luego, volteó su vista hacía aquel que había querido atacar a G por detrás - Y no quiero volver a ver algo como esto. Deberías sentirte avergonzado de intentar dar un golpe a alguien sin defensa.
- Si el destajador lo dice - aceptó con cierta burla el líder - Sigue con tu farsa de proteger.
Y con eso, se dio la vuelta y caminó en sentido contrario, siendo seguido al instante por los demás.
Los franceses soltaron un sonoro suspiro, mientras que G y Giotto no dejaban de mirar al joven, quien enfundó su espada.
- ¿Qué demonios acaba de pasar? - habló G. Apenas escuchó sus palabras, el joven japonés volteó a verlo con los ojos abiertos. Como si...
Como si hubiera entendido lo que dijo.
- ¡G! - Giotto llegó corriendo a su lado - ¿Estás bien?
- Gracias al tipo de aquí - admitió de mala gana mientras señalaba al "intruso".
- G, se más amable.
- No entiende lo que decimos, ¿qué importa?
- En realidad… - las palabras salieron fluidas, sin duda e incluso, con un curioso toque de felicidad. El joven samurái los miró con una media sonrisa mientras G y Giotto casi se caen de pura impresión de escuchar su lengua siendo pronunciada por él. Un italiano casi perfecto, con buena entonación y dicción – Lo hago. Que sorpresa ver gente de Italia por aquí.
Giotto fue el primero en salir del shock y, cuando le dirigió palabras al contrario, sus ojos brillaron de emoción.
- Parli italiano? - preguntó. El chico asintió - Che sorpresa! - luego, le tendió la mano en un gesto amistoso - Mi chiamo Giotto, e lui è G - se presentó a sí mismo y a su amigo - E te? (6)
- Ugetsu - respondió con amable expresión - Asari Ugetsu.
- Ky-o-to - Giotto repitió, tratando de hacer una buena pronunciación - Kyoto.
- Es un buen intento - comentó Ugetsu no sin cierta diversión. Siempre, cuando se aprende un nuevo lenguaje, al principio es muy complicado el poder pronunciar bien las palabras. Él mismo lo había sufrido hace unos años cuando empezó a aprender lo básico de italiano.
- La capital de aquí (7) - G prosiguió con el flujo de información - Dices que vienes de ahí, ¿por qué alguien de la capital está hasta este puerto? Tengo entendido que no queda especialmente cerca.
- No lo está - respondió Ugetsu con sinceridad - Sin embargo, es necesario venir de vez cuando. Los puertos y la capital son los lugares donde más extranjeros hay... - frunció ligeramente el ceño antes de continuar - Y como ustedes pudieron ver, la mayoría de las personas tiene un cierto...
- Repudio - completó G - La gente odia a los extranjeros. Dilo directamente.
- ¡G! - lo reprendió Giotto por aquella cruda respuesta.
Los tres se encontraban caminando tranquilamente en un largo camino por las calles de la ciudad. El poder encontrar a alguien que hablara su idioma había sido una sorpresa increíble, y Giotto no lo iba a dejar pasar. Aparte, era la misma persona que los había salvado de un gran problema, quería agradecerlo de alguna forma y, si quería conocer más sobre aquél país tan distinto al suyo, ¿qué mejor que alguien originario de ahí para que le contara?
- Sus palabras son verdad - admitió el japonés - Es por eso que-
- Es por eso que hacen rondas por éstos lares, para evitar que los maten. ¿Me equivoco? - volvió a hablar G. Su rostro reflejaba cierta molestia e incluso desconfianza. Aunque bien el contrario los había rescatado, la forma tan sencilla en la que había ordenado a los otros samurái retirarse estaba presente en su mente. Eso sólo significaba que tenía poder, y el pelirrojo había aprendido, de mala manera, que aquellos con poder siempre eran de temer.
- Tal parece que no caigo en su gusto, G-san... - Ugetsu lo miró con cierta curiosidad - ¿Fue por algo que hice?
- ¿Enserio lo estás pre-
- No te lo tomes a mal, Ugetsu - interrumpió Giotto antes de que el pelirrojo pudiera continuar - Esa es la forma en la que G demuestra aprecio. Es bastante curiosa, pero te acostumbras.
- ¿Enserio? - inquirió Ugetsu. Luego, una pequeña pero sincera sonrisa se dibujó en su rostro - A mí también me agrada, G-san.
- ¡No metan palabras en mi boca! ¡No es así!
- ¿No es lindo? - Giotto siguió hablando con su nuevo acompañante, ignorando el comentario de G - Siempre es así.
- Aquí a eso se le llama "tsundere" - comentó el japonés.
- T-tsundere... - intentó decirlo el rubio. Luego, le dirigió al pelirrojo con diversión, una sonrisa - Mira G, parece que aquí hay una palabra que te describe.
- ¡Vete al demonio! - gruñó G. En respuesta, Giotto rió.
Después de una breve plática con Ugetsu, Giotto, tan sociable y encantador como siempre, entabló una rápida relación de simpatía con el joven. Ugetsu aceptó, con clara amabilidad e incluso una pizca de emoción, el acompañarlos durante aquel día para explicarles la situación del país, que podían hacer o qué no, y una breve enseñanza de frases que podrían utilizar para comunicarse.
Y aunque G seguía sin confiar del todo, Giotto no tuvo problema alguno en confiar en Ugetsu. No es que el rubio fuera demasiado inocente, era, simplemente, que no encontraba razón alguna para dudar de su nuevo conocido. No sentía furia, engaño ni codicia en él; más bien, una sensación de inesperada calma y tal vez, melancolía.
La situación de Japón era incluso algo más grave de lo que a simple vista los comerciantes podían observar. El país se dividía en dos bandos que estaban en constante lucha: Los que apoyaban al shogun y los que apoyaban al emperador; y además, los que apoyaban al emperador se dividían en dos: El Clan Satsuma y el Clan Chosu. Ugetsu pertenecía al primero.
- Ahora que lo pienso... ¿Ustedes entienden inglés pero no francés? - preguntó Giotto. En su mente, la escena del ataque seguía muy presente y ahora que la analizaba con más detenimiento, le pareció curioso que los samurái pudieran entender el inglés de G y no el francés de sus víctimas - ¿Tiene algo que ver con la guerra interna que se está llevando que nos comentaste?
Ugetsu asintió, y por momentos, su mirada pareció perderse en sus propios recuerdos.
- Como les mencioné, nosotros, el bando del Emperador, aceptamos una alianza con Inglaterra. Y como bien han de saber, es muy difícil encontrar a alguien que hable nuestra lengua que sea de Occidente… - explicó – Por lo que nosotros decidimos aprender la suya. En este caso, inglés.
- ¿Ninguno hablaba antes inglés? – interrogó curioso el rubio. Ugetsu negó con la cabeza - ¿Cómo fue que hicieron la alianza en primera instancia?
- Eso es algo bastante… especial – el japonés habló – Cuando la hicimos, había alguien de ellos que sí hablaba nuestro idioma. No lo he vuelto a ver, pero ahora debería tener una edad parecida a la nuestra…
- Espera, ¿cómo alguien tan joven entabló una alianza con ustedes? – inquirió G.
- Era hijo del jefe de la marina de Inglaterra. Spade, ese era su apellido – recordó Ugetsu.
- ¡¿Spade?! – Giotto y G gritaron al mismo tiempo. Algo asustado por la reacción, Ugetsu simplemente asintió.
- ¿Lo conocen?
- Inglés, almirante, Spade. Creo que, por desgracia, lo hacemos – bufó G.
- Estuvo en nuestra tierra hace unos años – rememoró Giotto – Nunca creí que tuviera un hijo…
Las sonoras carcajadas irrumpieron en el aire. El dueño del local frunció el ceño mientras los miraba con reprobación, era de mala educación el reírse de esa manera tan escandalosa; sin embargo, ninguno de los tres le prestó atención pues estaban muy concentrados en lo que hacían, y aunque lo hubieran querido, no es como si se pudiera detener un ataque de risa tan fácilmente.
- ¡No puedo creer que también lo conozcas! - logró articular Giotto entre risa y risa.
- ¡Yo tampoco lo puedo creer! - le respondió Ugetsu - ¿Cuántas veces dicen que se lo han encontrado? - preguntó, tratando de recuperar aire.
- ¿Al señor, "no me importa hablar, simplemente te golpeare"? Más de lo que quisiéramos - fue G quién contestó, incluso él tenía una sonrisa en la cara y se reía, sólo que de forma más disimulada que los otros dos.
- El mundo es realmente pequeño... - comentó el joven japonés.
- Más pequeño de lo que imaginé - concordó Giotto.
Los tres habían parado en un pequeño puesto de comida para no tener el estómago vacío. Dicho esto, tanto G como Giotto miraban asombrados el local como la comida que servían en éste. Era totalmente diferente a lo que estaban acostumbrados, tanto que ni siquiera supieron donde se tenían que sentar. Dándole gracia ese hecho, Ugetsu fue quién se encargó de indicarles todo lo necesario y pedir algo que, supuso, les podría gustar.
Se sentaron en una banca afuera del pequeño local que daba vista hacía el camino de dónde venían y todo el campo alrededor. Giotto tenía que admitir que de alguna extraña manera, el ver aquello le recordó vagamente a Italia, dónde el verde también era normal de ver, al menos en ciertas partes.
Al principio, G miró con duda el alimento, pero luego de que Giotto la probara y le brillaran los ojos mientras exclamaba "¡Esto sabe muy bueno!", el pelirrojo terminó cediendo a la curiosidad. Y por Dios, que ciertamente sabía bueno.
- Su nombre es Takoyaki - les mencionó Ugetsu - Es dulce, supuse que les gustaría.
De ahí, el ambiente se aligeró de forma automática. Empezaron a hablar, preguntándose cosas los unos a los otros, desde historia, anécdotas y aventuras. Inclusive G participó en la conversación. Era algo curioso de observar si se era ajeno, pues los tres no podían verse más diferentes entre sí. Y aun así, parecía que se conocían desde hace años, hablaban como si nada, con cierta confianza, familiaridad y alegría. Ugetsu, internamente, admitió que hacía años que no se sentía tan relajado y a gusto con una persona. Aquella expresión de felicidad y la sonrisa que demostraba cada segundo era algo sincero, no era una farsa ni una máscara que de forma obligada mostraba, era algo que salía desde su interior de forma tan espontánea que le sorprendió.
Fue mientras hablaban, que descubrieron que, aparte del nombre "Spade", conocían a otra persona en común. Alguien inconfundible: Un agente francés con fuerza sobrehumana y habilidad increíble para la lucha que poseía ojos azules del color del océano y una cabellera rubia que fácilmente se podría confundir con un blanco. Ante esa coincidencia, se quedaron tan asombrados que se miraron entre sí con gran curiosidad. Su encuentro no parecía ni se sentía como algo fortuito, más bien era algo...
Predestinado.
Ante la mención del francés, G soltó un bufido y empezó a imitarlo graciosamente, mostrando una cara de aburrimiento digna de un premio de actuación. Giotto y Ugetsu no pudieron evitarlo y rieron, siendo seguidos por un G que, terminando su obra, les acompañó con carcajadas más discretas. Al principio, las risas fueron contenibles y disimuladas, gorgojos que se les atoraban en la garganta negándose a salir por vergüenza. Cuando se cansaron de contener sus sentimientos y se dejaron de reservas, terminó siendo una sinfonía de carcajadas que componían una canción amistosa.
- ¿El camino de Kyoto para acá es muy largo? - preguntó Giotto una vez que logró tranquilizarse, sin embargo, el dolor en su abdomen de tanto reír todavía persistía.
- Algo - admitió.
- Y vives ahí, ¿no es así?
- Exactamente.
- Espera - G interrumpió, conociendo lo suficiente a su amigo para saber a dónde iba aquella conversación - Ni se te ocurra. Recuerda lo que nos dijeron, ¡la capital es un campo de batalla en estos momentos!
Ugetsu volteó a ver a ambos con clara curiosidad y confusión.
- ¿Giotto-san? ¿G-san?
- Sin embargo, es también dónde más extranjeros hay - contratacó Giotto - ¿No nos sería más sencillo movernos por allá?
Con eso, Ugetsu entendió todo.
- ¿Quieres que los lleve a Kyoto? - le preguntó sorprendido. Giotto asintió, alegre.
- Además - continuó - Así podríamos verte los días en los que estemos aquí, ¿no te parece una buena idea?
La sonrisa que le dio hizo que, en el fondo de su pecho, una extraña sensación apareciera. ¿Qué era aquello? Se sentía raro y a la vez... Cálido, asombrosamente cálido.
- La capital puede ser peligrosa - advirtió.
- Lo sabemos.
- Hay varios accidentes y grupos que los pueden atacar.
- Estamos acostumbrados a eso - contestó - ¿No es así, G?
- Eso no es algo de lo que deberías presumir - le regañó G - Pero sí, de dónde venimos eso también es relativamente normal...
- ¿Ves? ¡No hay problema! - luego, Giotto se quedó callado unos segundos mientras su mente concibió una idea - Oh, acaso... ¿Te estamos molestando?
- Para nada - la respuesta se dio de forma tan rápida y sin un ápice de duda, que ambos italianos lo miraron con cierto asombro. Ugetsu carraspeó un poco por pena - N-no son una molestia.
- ¡Bien entonces! - exclamó alegre Giotto - ¡Nos vamos a Kyoto!
G suspiró de forma pesada.
- Aquí vamos, directo a otra locura abismal.
- Vamos, G. Será interesante.
Y mientras los dos intercambiaban palabras, Ugetsu los miró con una sonrisa con tintes de tristeza. Decidió que, aunque significara seguir con su desdichado deber, los protegería de los peligros de Kyoto. A ellos, que en tan poco tiempo lo hicieron recordar lo fantástico que podría ser reír y disfrutar de una plática con alguien.
Que le dieron un poco de la esperanza que ya había perdido.
Aunque tuviera que perder la poca humanidad que le quedaba, se aseguraría de que salieran intactos de ahí.
Berlín, Prusia, 1868
La mujer lo miró decidida, el aura que la rodeaba la hacía parecer una reina cuya mente no cambiaría de opinión. Con eso, el hombre suspiró con resignación.
"Ya sabía que esto terminaría así, ¿por qué me sorprende?" pensó con desánimo.
- Bien - cedió - Haremos lo que dices, lo dividiremos y dejaremos que los humanos cuiden de él - ante dichas palabras, la expresión de Sepira mostró alivio - Sin embargo - continuó, la mujer tensó su cuerpo en reacción - La condición es que de esa división, haya un grupo especializado en proteger todas las partes. Yo escogeré a ese grupo y los vigilaré.
- ¿Grupo especializado en proteger todas las partes?
La tranquila y alegre música de Bach que sonaba de fondo no concordaba con la tensión que se vivía entre ellos dos. Tampoco lo hacía el ambiente festivo a su alrededor, lleno de gente de alto rango que charlaba y hablaba con cierto ánimo.
- No finjas sorpresa - el hombre le dedicó una de sus características sonrisas - Tu dedujiste que ese era mi pensamiento. ¿No es acaso por eso que estás aquí?
Sepira se mordió el labio con frustración. Era cierto y no lo podía negar.
- Lo supuse - respondió - Por eso vine.
- Sabes la fama de ser los mejores que se está construyendo está gente - su mirada vagó por el amplio salón. Estaban en una fiesta de la clase alta de Prusia, donde Checker Face decidió entablar un encuentro con su objetivo. Sepira llegó en el momento exacto en el que él esperaba su aparición - Y es eso lo que necesitamos. A los mejores, a los más fuertes. I Prescelti Sette, por decirlo en el idioma al que le has tomado tanto aprecio - se mofó - Los siete elegidos.
- Siete personas que cuiden el Trinisette como única misión en su vida - aclaró Sepira - ¿Cuál será el precio que tendrán que pagar por eso?
- Directo al grano, ¿eh? - Checker Face la volteó a ver - Por desgracia será uno alto, si eso es lo que tanto te preocupa. Podrías decir que estarán presos de una "maldición". Cargarán con una parte de ese poder mientras también, mantienen en su vista y atención a las otras piezas. Todo esto a cambio de que su tiempo se modifique.
- ¿Su tiempo? - preguntó.
- No podemos permitir que sus habilidades se deterioren por la inevitable vejez humana - explicó - Su tiempo se modificará, eso está sin discusión.
- Debo suponer que solamente estás esperando a que el primero de tus elegidos haga su aparición, ¿es así?
Checker Face alzó los hombros.
- Tu ya tienes a los tuyos, ¿no? - le insinuó - ¿Qué tiene de malo que yo busque a los míos?
Un silencio incómodo se instauró entre ambos antes de que la fémina volviera a hablar.
- ¿Sólo tienes a uno?
El hombre la miró curioso.
- Por ahora. Todavía no decido los otros seis.
- Cinco - le corrigió - Ahora sólo tienes que pensar en cinco.
La expresión de Checker Face se distorsionó, entendiendo al instante a que se refería.
- Tienes que estar bromeando - gruñó - No puedes ser uno de los siete elegidos.
- ¿Por qué no? ¿Me estás diciendo que no tengo la suficiente habilidad para serlo?
- ¡No estamos hablando de eso, Sepira! - gritó. Ante las miradas curiosas que se empezaban a posar sobre ellos luego de eso, rechinó los dientes y trató de volver a su tono tranquilo habitual - Te acabo de decir que afectará su tiempo. Si eres uno de ellos, tu tiempo pasaría a ser el de un humano - comunicó, alargando la última palabra con dejes de desprecio.
- Estoy consciente de ello - contestó - Y está bien. Yo soy la que quiso confiarles este poder a los humanos en primer lugar, es mi deber cargar con parte de ese peso.
- ¿Enserio? - dijo con ironía - Bien, digamos que acepto y te conviertes en parte de los elegidos. ¿Y luego qué? Si decides vivir como un humano luego de eso, la maldición afectará a aquellos que tengas como descendientes – luego, añadió con burla - Claro, sí alguien es lo suficientemente loco como para enamorarse de ti.
Sepira lo miró con enojo.
- ¿Estás dispuesta a aceptar marcar de por vida a todos los que podrías llamar "familiares"? - interrogó - Contigo no habría mucha pérdida, claro. Pero con ellos... Su tiempo de vida sería el de un humano normal pues nacerán como uno de esa raza, si eso le añadimos la maldición, estarías condenándolos a morir anticipadamente. ¿Cuánto vivirán? ¿Treinta, treinta cinco años a lo mucho?
Las palabras eran crueles, pero ciertas. Y aunque Sepira dudaba el ser capaz de entablar una familia con alguien, la posibilidad seguía latente. Ante ese pensamiento, llegó a dudar, sin embargo, la dulce sonrisa de Giotto que apareció como un rayo de luz en su memoria, la hizo decidirse.
No iba a dejar que él soportara solo eso. Ni él ni aquellos que le siguieran, aunque significara condensarse a ella y a los suyos. Así, con decisión refulgiendo en sus ojos, Sepira observó a su compañero.
- Sólo te falta buscar a cinco - dijo - No acepto discusión.
Checker Face estuvo a punto de quejarse, sin embargo, una figura que se acercaba a ellos con serena actitud lo detuvo. Ambos miraron al invitado con fingida cordialidad.
- Una disculpa, ¿son las personas que nos buscaban? - habló. Era un hombre finamente vestido con los típicos rasgos germánicos. Detrás de él, una mujer igual de elegante y un joven de no más de 25 años, lo acompañaban.
Los ojos de Checker Face se posaron en el más joven con anticipación.
- ¿La familia Von Veckenschtein? - preguntó afable. Al recibir una afirmación, siguió - Me alegra. Estoy interesado en su causa y quisiera apoyar.
El hombre lo miró con expectación.
- Por supuesto, podemos hablar de ello.
Sepira por poco y rueda los ojos, pues bien sabía que ese no era el objetivo de su compañero. Y supo, con una simple ojeada a los tres invitados, a quien estaba buscando.
El joven.
- ¿Podría presentarnos a su familia? - le pidió con una sonrisa amigable. El hombre carraspeó.
- Claro, que falta de educación por mi parte - se disculpó - Ella es mi esposa.
La mujer hizo una reverencia.
- Y él es mi hijo mayor.
El joven imitó las acciones de su madre. Su cabello negro cayó elegantemente en su rostro.
- Bermuda.
(1) Aquí hay que tener en cuenta lo lento que en ocasiones puede ser el transporte marítimo. Si aun actualmente se llega a tardar así, imagínense cuánto se tardaba en aquellos tiempos. La travesía podía ser de meses enteros, he ahí la razón por la que, si se fijan, también cambié de año.
(2) Tal vez la mayoría ya lo sepa, pero aun así hago aclaración. El japonés tiene más de una forma de escribir, los hiragana, los kanji, y el hecho para escribir las palabras extranjeras, el katakana.
(3) "¿Están bien?" en francés.
(4) "Escuchen, imbéciles. Detengan esto. Y no me miren así, todos ustedes deben entenderme. Después de todo, Inglaterra tiene garras aquí" en inglés.
(5) Mención de lo que sucede en el capítulo de "Bakumatsu".
(6) Traducción de toda esa parte es: "¿Hablas italiano? ¡Qué sorpresa! Me llamo Giotto y él es G, ¿y tú?"
(7) Como pequeño dato. La capital de Japón antes de la llamada "Restauración Meiji" (la cual pondré en el fic) era Kyoto. Y en esos momentos, como tal no existía "Tokyo", era más bien "Edo".
¡Hola a todos!
Me tardé más de lo que quería en subir el episodio, pero al fin aquí está. ¡Ahora en Japón! Estoy muy alegre de haber llegado a esta parte. Lo que pondré en los siguientes episodios tendrá completa relación con la historia de Japón, especialmente con el final del periodo Edo y el final del Bakumatsu (al que anteriormente mencioné en el capítulo dedicado a Ugetsu), en otras palabras, la llamada Guerra Boshin. Sí, dejaremos a Europa de lado por unos momentos para centrarnos en el país asiático.
No tengo mucho que comentar esta vez, simplemente agradecer como siempre sus comentarios. ¡Me alegra tanto que la historia guste, no tienen idea!
Trataré de no tardarme tanto para el próximo capítulo.
Atte: ElenaMisaScarlet
