Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


20: Me estoy aferrando


Al día siguiente, Hinata volvía a sentirse mejor, a pesar de que aún estaba un poco cansada. Como siempre, comió con su familia y luego su padre sugirió que dieran un paseo en coche ellos dos solos, para disfrutar de aquel día tan bonito.

Sorprendida, Hinata aceptó encantada. Pero cuando su padre le dijo que condujera, ella se quedó petrificada.

—¿Por qué? —preguntó suspicaz— ¿Pasa algo malo? ¿Estás enfermo?

Su padre se rió al ver sus aspavientos.

—No. Creía que te gustaría enseñarme lo que has aprendido con Naruto.

—¿Lo sabes? —Hinata palideció.

En las facciones de Hiashi Hyuga se dibujó una gran sonrisa.

—Soy tu padre. Éste es mi automóvil. Claro que lo sabía. Además, Naruto me pidió permiso antes de empezar a darte lecciones. Lo criaron como es debido, ¿sabes? Ese chico no es de los que hacen las cosas a escondidas.

Hinata puso los ojos en blanco.

—Primero, él no es ningún chico. Es mayor que tú, que yo y que todos nosotros juntos. Segundo, no lo conviertas en un santo sólo porque te pidió permiso para conducir tu precioso Daimler.

Su padre dejó de sonreír.

—Todos le debemos la vida... y a ti te ha salvado ya dos veces de una muerte segura. En lo que a mí respecta, Naruto puede hacer todo lo que quiera.

Hinata levantó las cejas ante el lenguaje tan descarado de su padre, pero lo que la sorprendió más fue el significado de sus palabras. ¿Naruto podía hacer todo lo que quisiera?

Lo cogió del brazo.

—¿No te importa que no sea humano, papá? Despacio, se alejaron de la casa.

—Por raro que te parezca, no, no me importa —contestó el hombre—. Tal vez aún no lo he asumido del todo, aunque he visto con mis propios ojos de lo que es capaz, pero no. Naruto ha hecho tanto por nosotros que no me preocupa lo más mínimo lo que sea o deje de ser. Y ha hecho muchísimo por ti.

—¿Por mí? —Hinata se volvió de golpe.

Su padre sonrió de nuevo. Parecía tan joven y guapo cuando sonreía.

—Te ha salvado.

—Dos veces. Ya lo has dicho antes. —No quería parecer desagradecida, pero no entendía lo que su padre quería decir con eso.

—No me refiero a físicamente. Te ha salvado emocionalmente, creo.

Quería desviar la mirada, pero una parte de ella sabía que tenía razón. —¿Ahora eres un filósofo, papá?

—Antes de que él llegara, sólo pensabas en encontrar el Grial.

—Sí, bueno, todos sabemos que eso no sirvió para nada. —A Hinata aún le gustaría encontrarlo. Era un sueño sin esperanza, pero un sueño al fin y al cabo.

—Ahora pasas mucho más tiempo con tu familia. Tus hermanas están entusiasmadas con los almuerzos que comparten, tu hermano a tratado de estar mas cerca de ti.

¿En serio? Ellos no le habían dicho nada. Claro que no hacía falta que lo hicieran. —A mí también me gusta mucho. No había acabado con su lista.

—Sonríes más a menudo. Pareces más tranquila.

—Tal vez he aceptado mi destino y, sencillamente, quiero disfrutar del tiempo que me queda. —Era la confesión más honesta que había hecho jamás. No le gustaba su destino, pero sí, lo había aceptado.

Esas palabras hirieron a su padre y Hinata deseó poder retirarlas.

—Puede. O quizá estás enamorada —dijo él.

Que su padre pudiese ver en su interior con tanta claridad la dejó petrificada. A Hinata también le sorprendió ser tan transparente. Si su padre podía verlo, ¿quién más podía? A esas alturas, seguro que sus hermanas también lo sabían. ¿Lo sabría Naruto?

«Oh, Dios, por favor, no. No dejes que él lo sepa.» Lo último que necesitaba era que Naruto se enterase de lo que sentía por él. Lo conocía lo bastante como para saber que se sentiría culpable. Y lo último que Hinata quería era que él se pasara los próximos seiscientos años sintiéndose culpable por ella; al igual que había hecho con Shion.

No quería que ninguna mujer de Naruto se refiriera a ella en el futuro como «la imbécil», como ella hacía con Shion.

No quería que Naruto tuviera ninguna mujer en el futuro. Punto final.

—¿Él te ama? —le preguntó su padre cuando el silencio empezó a alargarse.

—Dímelo tú. Al parecer conoces mis sentimientos mucho mejor que yo; tal vez también conozcas los de Naruto. —Era un pésimo intento de sarcasmo. Ni siquiera consiguió parecer enfadada.

—Creo que él siente lo mismo que tú, pero claro, yo no soy objetivo. No puedo imaginar que alguien no te ame, incluso siendo tan complicada como eres.

Hinata se acercó a él y lo abrazó para luego apoyar la cabeza en su hombro. En esos momentos le iría muy bien llorar.

—Te he mentido, papá. Te he dicho que había aceptado mi destino, pero no es así; no lo he hecho. No estoy preparada para morir.

—Mi queridísima niña, y yo no estoy preparado para perderte. Si Dios me lo permitiera, me cambiaría por ti en este mismo instante.

Eso le partió el corazón.

—Él no lo permitiría. Y yo tampoco.

El Daimler los estaba esperando. Su padre se detuvo a poca distancia del automóvil, donde un lacayo aguardaba para ayudarlos, y se volvió hacia ella.

—Yo no sé nada de estas cosas, pero Hanabi... tu hermana cree que Naruto podría curarte. ¿Es eso cierto?

Qué lleno de esperanza sonaba. Qué lleno de ilusión. Las lágrimas inundaron los ojos de Hinata nublándole la visión.

—Podría, pero me convertiría en vampiro, papá. No podría ser humana otra vez. Sería como Naruto.

Eso a él no parecía importarle.

—Ya lo sé. Pero creo que las ventajas superan a los inconvenientes.

Hinata suspiró. Detestaba tener que explicar esa situación a su familia. Odiaba decepcionarlos.

—Naruto cree que es un monstruo. Prefiere morir antes que convertirme a mí también en uno.

—¿Un monstruo? —Su padre estaba enfadadísimo—. Pero ¡si es un héroe!

Sólo había un modo de hacérselo entender.

—A sus ojos no lo es.

—Tonterías. —El hombre frunció el ceño.

Hinata se encogió de hombros e intentó mantener alejado el dolor. Una pequeña parte de su corazón deseaba llegar a significar tanto para Naruto que él dejara a un lado todas sus creencias y la convirtiera para poder estar juntos; porque no se viera capaz de vivir sin ella.

Era obvio que esa pequeña parte de su corazón era idiota. Para él, ella no significaba lo bastante como para hacerle abandonar sus creencias, ni siquiera para plantearse que eran unas creencias estúpidas. Era un hombre tozudo, que estaba dispuesto a renunciar a un futuro juntos sólo porque se tenía en menos que un humano.

—Voy a tener que hablar con ese muchacho —anunció su padre con la mandíbula apretada.

—Papá, no. —A ella no le importaba sonar como una niña pequeña; si supiera que iba a funcionar incluso empezaría a patalear—. No puedes hacer que cambie de opinión.

—Puedo intentarlo —respondió él decidido.

Antes de que Hinata pudiese contestarle, su padre la acompañó hasta el asiento del conductor del Daimler, donde el lacayo le abrió la puerta. No podía seguir hablando de eso delante del criado así que tuvo que permanecer callada hasta que se pusieron en marcha.

Incluso entonces, su padre se negó a seguir discutiendo y le dijo que se concentrara en conducir. Y eso hizo Hinata, o al menos lo intentó. A decir verdad, toda la conversación no tardó demasiado en quedar relegada a un rincón de su mente. Conducir la hacía sentir libre, y ¡su padre le estaba diciendo que lo hacía muy bien! ¿Por qué querría pensar en otras cosas?

Una hora más tarde, cuando regresaron a la casa, la conversación que habían mantenido volvió a ocupar su mente. Pero por desgracia su padre esperaba unas visitas, y éstos llegaron justo tras ellos. Hinata tendría que esperar para hablar con él y hacerle prometer que dejaría a Naruto tranquilo. Tendría que confiar en que su padre se mantendría callado hasta entonces.

Como último recurso, podía advertir a Naruto de que su padre iba a atacarlo con ese tema. A él quizá no le gustara demasiado que Hiashi Hyuga se inmiscuyera en sus asuntos; unos asuntos que no entendía. Pero Hinata tampoco, y sin embargo estaba enamorada de él. Le era imposible concebir que aquel hombre tan maravilloso, tan valiente y tan sensible no se considerara un ser humano.

De hecho, eso mismo era un claro ejemplo de lo humano que era. Él nunca había dejado de serlo, sencillamente era mucho más. ¿Por qué se tenía por un demonio? ¿Se lo habían inculcado de pequeño con sus creencias? En esa época se creían esas cosas. La Iglesia, aun en la actualidad, ocupaba gran parte de su vida, y la Iglesia le había dicho que era un monstruo.

Tal vez en el mundo hubiese monstruos, pero ella nunca consideraría a Naruto uno de ellos.

Hinata se cogió la falda del vestido para no caerse y corrió hacia la escalera. Tenía que ver a Naruto, tenía que ver su rostro, sentir sus caricias. Antes de morir, tenía que encontrar el modo de convencerlo de que era mucho más de lo que él creía. De repente, pensar que ella moriría y que él seguiría creyendo que era un demonio fue mucho más de lo que podía soportar.

El pasillo estaba vacío y a oscuras. Ahora Naruto era la única persona que ocupaba esa ala, de modo que durante el día la mantenían a oscuras a propósito; por si acaso. Si los criados lo encontraban extraño, no hicieron ningún comentario. Seguramente, al igual que su padre, estaban dispuestos a perdonárselo todo; pues Naruto también los había salvado a ellos de una muerte segura.

Despacio, abrió la puerta de la habitación de él, que chirrió un poquito. Pediría a uno de los lacayos que la engrasara. No podía ser que aquella puerta crujiera cada noche, cuando se encontraban a escondidas.

La habitación estaba oscura, muy oscura. Hinata entró rápido para evitar que nadie la viera. Cuando distinguió la figura tumbada en la cama, pensó que sus precauciones habían sido totalmente innecesarias. Naruto estaba cubierto por las sábanas, su cuerpo entero envuelto en ellas, de espaldas a la ventana, de cara hacia la puerta.

Como un conejo en su madriguera, se le ocurrió a ella, y sonrió ante la absurda comparación. Un enorme, precioso y valiente conejo.

Caminó de puntillas por la alfombra. No sabía por qué iba con tanto cuidado si precisamente había ido a despertarlo.

Estaba alargando la mano para acariciarlo cuando él saltó de la cama de un modo salvaje.

—¡Naruto! —Hinata retrocedió con el corazón acelerado por el susto. Cayó al suelo con un ruido sordo. Debería haberlo sabido. Debería haber recordado que no debía despertarlo. Cuando el padre Iruka se fue, el propio Naruto les advirtió de que no debían despertarlo jamás.

¿Por qué había Hinata creído que ella era una excepción?

Pero Naruto no la había matado. De hecho, ahora parecía mucho más tranquilo. Estaba sentado en la cama, despeinado, maravillosamente desnudo y mirándola como si estuviera loca; y era obvio que lo estaba.

Se pasó la mano por el pelo alborotado.

—Hinata, ¿estás bien?

¿Lo estaba? Sentía como si el corazón le fuera a estallar en el pecho, pero aparte de eso, sí, estaba bien.

—Sí.

Tendría que haberle dicho que no. Tal vez entonces no la miraría con el ceño fruncido. Al menos eso le parecía a ella que estaba haciendo. No podía verle muy bien.

—¿En qué demonios estabas pensando?

Tan pronto como sus temblorosas extremidades se lo permitieron, Hinata se levantó y se alisó la falda.

—Es obvio que no pensé.

—¡Podría haberte matado!

—Pero no lo has hecho.

Esa verdad no lo tranquilizó.

—No. Me he dado cuenta de que eras tú. No sé cómo, pero gracias a Dios lo he hecho.

Las lágrimas volvieron a amenazarla. Dios, ¡se estaba convirtiendo en una llorona!

—Sólo quería estar contigo.

Naruto abrió los brazos, sus desnudos y musculosos brazos. —Ven aquí.

Hinata se acercó en seguida, ansiosa. Naruto apartó las sábanas para que se acostara a su lado, y ella lo hizo sin dudarlo; completamente vestida, se acurrucó contra él, que estaba desnudo.

Naruto le acarició la espalda con las manos.

—¿Ha pasado algo?

—No —contestó Hinata contra su pecho. Sentía su calor. Podría quedarse allí para siempre sintiendo su confortable calidez.

—¿De verdad te has arriesgado a que te haga daño sólo para estar conmigo?

Ella lo abrazó con más fuerza. Parecía tan sorprendido, tan asombrado de que fuera así... ¿Por qué le extrañaba tanto?

—Sí. —Ya le advertiría sobre su padre más tarde. En esos momentos lo único que quería era sentirle junto a ella. Necesitaba estar con él; con él se sentía viva, atrevida pero a la vez segura y a salvo.

—¿Naruto?

Él la besó en la frente.

—¿Sí, ma petite? —Sonaba muy dormido. Se estaba adormeciendo de nuevo, Hinata podía sentirlo.

—Nada. Duérmete.

No iba a decirle que lo amaba. Al menos, no entonces.

—Hoy Hinata me ha llevado a dar un paseo en coche. Naruto enfocó su sorprendida mirada hacia Hiashi Hyuga.

—¿En serio?

Hyuga sonrió.

—Pareces tan sorprendido como lo estaba yo, pero tengo que decir que fue idea mía. —Frunció el ceño—. Hinata llevaba meses insistiendo, y yo odio negarle nada.

La sorpresa fue sustituida por una sonrisa de complicidad.—Sé exactamente cómo se siente.

—¿Lo sabes? —Hiashi lo miró serio, pensativo.

Naruto observó la habitación. Nadie parecía prestarles atención. Incluso Hinata, que solía ser muy curiosa, estaba absorta en la historia que el marido de Kaguya estaba contando a los invitados.

—¿Le preocupa algo, señor? —Naruto era muchísimos años mayor que Hiashi Hyuga, pero aun así le parecía que debía dirigirse a él con el respeto que la edad del hombre merecía.

Hiashi le cogió del brazo.

—¿Podemos hablar claro, Naruto? ¿En privado?

—Por supuesto.

El padre de Hinata le soltó y lo acompañó hasta las puertas de la terraza. Fuera, la noche era fresca e invitaba a salir, el aroma de las flores y del mar impregnaban la brisa. Se quedaron de pie junto a la puerta, así nadie podría sorprenderlos. La luz del salón llegaba al exterior, lo que permitió que la mirada de Hiashi encontrara con facilidad la de Naruto.

Esa mirada inquietó a este último.

—Iré directo al grano —empezó Hiashi sin apartar la vista de él—, me han dicho que podrías curar a Hinata de su... baja forma.

—Con el debido respeto, señor, el cáncer es algo mucho más serio que estar en «baja forma».

Hiashi sacudió impaciente la cabeza descartando sus palabras.

—¿Puedes curarla?

Naruto se cruzó de brazos. El movimiento hizo que su chaqueta se tensara por la espalda.

—Podría, pero no voy a hacerlo.

—¿Por qué no?

¿Acaso no era obvio?

—Porque convertiría a su hija en un vampiro.

—Sí, eso lo entiendo. —La manera en que dijo esas simples palabras, le indicó que a Hiashi no le gustaba nada su tono.

—Ella dejaría de ser humana. —Naruto insistió, convencido de que eso era algo que debería importarle a su padre.

—Pero lo parecería.

«¿Qué demonios?»

—Sí, pero...

—Viviría. —Hablaba como un hombre que sólo tiene un objetivo y no ve más allá.

—Para siempre seguramente, pero para hacerlo tendría que beber la sangre de otros.

Hiashi levantó la barbilla de un modo desafiante. Era una postura que había visto también en Hinata muchas veces.

—Le ofrecería la mía gustoso.

—¿Y cuando usted ya no estuviera? —Quería que Hiashi Hyuga comprendiera la situación, no sólo la parte que él quería ver—. ¿Le parecería bien que Hinata bebiera la sangre de gente inocente?

—Hinata no es ninguna irresponsable. —Hiashi parecía ofendido de que Naruto creyera lo contrario—. Ella no mataría a nadie.

—No, no creo que lo hiciera. —No a propósito, pero la sed de sangre podía ser muy poderosa para un recién convertido. Era muy difícil de resistir. Claro que Hinata lo tendría a él para ayudarla si ella así lo quisiera... No, no podía plantearse eso. No la convertiría sólo para asegurarse de que ella se quedaba a su lado.

—No quiero enterrar a mi hija, Naruto.

Oh, Dios. ¿Eran lágrimas lo que había en los ojos de Hiashi?

—No debería tener que hacerlo, señor. Pero tampoco debería tener que ver cómo se convierte en algo que en otras circunstancias lo aterrorizaría.

—No sé qué crees que somos, Naruto, pero no somos unos ignorantes. Yo no perseguiría a una persona con una estaca sólo porque se salga de lo normal. De hecho, creo que eres tú el que se está comportando como un ignorante.

—¿Disculpe? —Naruto cada vez estaba más enfadado con Hiashi Hyuga y con aquella conversación. ¿Acaso no había nadie en aquella maldita familia que entendiera que convertir a Hinata en un vampiro iba más allá de ganarle la batalla al cáncer? ¿No se daban cuenta de todo lo que implicaba?

—Tienes el poder de salvar una vida y te niegas a hacerlo porque crees que tú sabes mejor que nadie lo que está bien y lo que no. Crees que Hinata se convertirá en una especie de monstruo, pero mi hija nunca podría convertirse en un monstruo; ella no es así.

—Yo tampoco creía serlo, pero lo fui. —Durante el primer siglo de su nueva vida, en ciertas ocasiones había sido un asesino indiscriminado. Cogía lo que quería, cuando lo quería... y de más modos de los que era capaz de reconocer. Oh, él nunca tuvo que forzar a nadie. Nunca le hizo falta.

—Sí, ya veo la clase de monstruo que eres; te arriesgaste para salvar a una familia a la que apenas conocías, a una chica a la que apenas conocías. No me importaría que mi hija se convirtiera en un monstruo de esa clase.

—Señor... —Todo aquello no llevaba a ninguna parte. Hiashi levantó la mano para detenerle.

—Me decepcionas, Naruto. Creía que eras un gran hombre, un héroe. Pero estaba equivocado. Sólo te arriesgas cuando no tienes nada que perder. No quieres ayudar a mi hija porque tienes miedo.

Lo estaba desafiando.

—No tengo miedo.

—Claro que sí. Mi hija te importa, ¿no es así?

—Sí, mucho. —Mantuvo las manos apretadas entre sus brazos y el cuerpo bajo control para evitar golpear al padre de Hinata y hacerle así entrar en razón. A ella no le gustaría que lo hiciera—Por eso mismo no puedo convertirla en algo que más tarde ella no querrá ser.

—Si de verdad te importa tanto, ¿por qué no haces todo lo posible para que se quede contigo?

No había nada más que decir. A Naruto se le ocurrieron muchas razones, pero en lo más profundo de su ser él no dejaba de preguntarse lo mismo. ¿Por qué no hacía todo lo posible para que Hinata se quedara con él? ¿Porque Shion no le había querido? Shion llevaba muerta seiscientos años.

Hiashi Hyuga dejó caer los hombros y se dirigió hacia la puerta. La mirada que le vio Naruto fue la de un hombre triste y derrotado, alguien que se daba cuenta de que iba a perder a una hija y no podía hacer nada para evitarlo.

—Que estés aquí hace muy feliz a Hinata. A pesar de lo que te he dicho, espero que te quedes un poco más. Por ella.

Naruto asintió.

—Lo haré.

—Gracias. —Hiashi entró en la casa y Naruto se quedó donde estaba.

Él hacía feliz a Hinata. Esa frase le produjo tal vértigo que tuvo que sujetarse. ¿Cuándo había hecho él feliz a alguien? Hacía mucho tiempo, demasiado. Pero lo que era incluso más sorprendente era que ella lo hacía feliz a él. Desde el suicidio de Asuma, la única felicidad que había experimentado Naruto había durado unos pocos segundos.

Y en cambio, desde que había conocido a Hinata, había sentido esa emoción muchísimas veces. La experimentaba siempre que estaba con ella, siempre que pensaba en los momentos que habían compartido. Sólo de pensar en que Hinata lo dejaría, esa felicidad desaparecía. Pensar en un mundo sin ella lo llenaba de un vacío tal que incluso lo hacía plantearse salir a ver amanecer, como Asuma había hecho.

¿Estaba equivocado? Todos creían que así era. Tal vez lo estaba, pero él no podía verlo. Los únicos motivos por los que convertiría a Hinata en un vampiro eran egoístas. Todas las razones que justificaban no hacerlo, la tenían en cuenta a ella. ¿Cómo podía entonces estar equivocado?

Como una respuesta a su pregunta, las puertas de la terraza se abrieron y, en lugar de Hiashi Hyuga, fue Hinata quien salió.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

De haber sido capaz, habría reído. Dulce Hinata, él era inmortal y ella se preocupaba por él.

—Sí, estoy bien.

—¿De qué estaban hablando papá y tú? No iba a mentirle.

—De ti.

—Oh.

No le daría detalles. Lo último que ella necesitaba era saber que él y su padre estaban enfadados. No quería tener que explicarle por qué se negaba a «salvarla», tal como su padre le había pedido que hiciera.

En vez de ello, Naruto le tendió la mano.

—¿Quieres pasear conmigo?

Ella rodeó los dedos de él con los suyos y le sonrió al hacerlo. Su mano desnuda descansaba en la de él. ¿Se había quitado los guantes sólo para poder tocarlo? Eso le parecía esperar demasiado, pero sabía que era verdad. Lo veía en su cara.

Lo único que tenía que hacer era mirarla... Su Hinata era para él como un libro abierto.

Su Hinata.

Dejaron la claridad y la amplitud de la terraza y caminaron hacia el jardín, siguiendo el sendero iluminado por antorchas hasta llegar a un lugar en sombras. Naruto guiaba; él veía los posibles peligros que había entre la hierba. Evitó por ejemplo que Hinata tropezara con una raíz que podría haberle rasgado el vestido.

Finalmente se detuvo. Había un círculo de bancos de piedra alrededor de una fuente. Dos lámparas ardían en el lado opuesto del círculo, y el agua que caía de la fuente parecía un ballet de cristales de colores traslúcidos.

Naruto apartó el cristal que cubría las lámparas y apagó primero una y luego la otra, para que la única luz que les llegase fuera la de la luna creciente y la de las lámparas que había a lo lejos.

—¿Qué estás haciendo? —La voz de Hinata rebosaba curiosidad. Él podría romperle el cuello como si fuera una rama, pero ella no le temía en absoluto.

A Shion la había visto aterrorizada. Shion, como Hinata decía tan sabiamente, era una imbécil.

—Nos estoy dando cierta intimidad —contestó él. Una sonrisa seductora se dibujó en los labios de ella.

—¿Necesitamos intimidad?

—Te deseo. —La acercó a él.

Al oír la intensidad que había en su voz, Hinata dejó de sonreír.

—Te ha pasado algo. ¿Qué ha sido?

Naruto la silenció con un beso. Sus labios la devoraron hasta que sintió que se relajaba. Ella se derritió en sus brazos; su cuerpo suave y maleable.

—Te necesito —susurró él entre los labios de ella—. Ahora. Aquí.

Hinata entreabrió los párpados. Unos ojos grandes lo miraron tras unas espesas pestañas.

—De acuerdo.

Naruto se tumbó en la hierba, arrastrando a Hinata con él. Ella encima, para así no estropearle el vestido. Liberó sus pechos y los saboreó hasta que ella apretó las caderas contra las suyas. Llevaba demasiadas capas de ropa, y éstas le impedían tocarla como deseaba hacerlo. Le levantó la falda hasta la cintura y rodeó la suave curva de sus nalgas por encima de la ropa interior.

Hinata se incorporó un poco y lo ayudó a extender el vestido alrededor de ellos. A continuación, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a moverse de un modo seductor que iba a acabar volviéndolo loco.

Bajo la protección de la falda de ella, Naruto se desabrochó el pantalón y liberó de su prisión a su exigente y excitado miembro.

—Soy tuyo —dijo, con voz ronca—. Tómame.

Miró a Hinata, tenía los ojos fijos en su preciosa cara cuando ella introdujo las manos bajo el vestido y sus dedos se cerraron alrededor del sexo de él como un guante de seda. Despacio, lo guió hasta la apertura de su ropa interior, adonde ella era más cálida, húmeda y apetecible. Hinata se levantó un poco para que él pudiera entrar en su cuerpo, y luego volvió a descender, rodeándolo con toda su suavidad.

Naruto suspiró. Levantó las manos hasta sus pechos, se los acarició y moldeó mientras ella lo cabalgaba, pero no intentó controlar sus movimientos. Quería que ella lo hiciera. Quería que Hinata tomara lo que necesitara de él, que lo llevara al orgasmo, y verla mientras lo hacía.

Hinata le deshizo el nudo de la corbata y le abrió el cuello de la camisa a la vez que seguía subiendo y bajando encima de él. Entonces, cuando sus movimientos empezaron a acelerarse y ambos estaban al borde del clímax, ella se agachó y apoyó la cabeza en su pecho.

Le mordió justo debajo de la clavícula, donde el músculo de su torso era firme y compacto. Sus dientes eran puntiagudos, la presión insistente. No lo bastante como para hacerle daño, pero sí para dejarle una marca que, por supuesto, por la mañana habría desaparecido. Él no podría ni siquiera disfrutar que ella lo hubiera marcado como suyo demasiado tiempo.

Naruto sabía lo que Hinata estaba haciendo y eso lo estaba matando. El dolor y el placer que sintió con su mordisco hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas; no porque le estuviera haciendo daño, sino porque ella intentaba unirse a él del mismo modo en que él lo había hecho, pero no podía.

Porque Naruto no se lo permitía.

.

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Continuará...